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Los romanos y la primera supraestructura

Es interesante observar algunos hechos de la romanización, porque ellos muestran con claridad cómo se logró una profunda transforma- ción en el entretejido de los pueblos hispánicos, al hacerse penetrar nuevos elementos de población y asimilarse mentalidades y organi- zaciones extrañas. También es interesante notar cómo se llegó a una organización que sólo afectó en parte al país, convirtiéndose en una especie de supraestructura que absorbió los elementos privilegiados y los alejó de manera progresiva y sensible de la masa del pueblo, o de la tradición indígena no asimilada, integrándolos a la casta domi- nadora en un principio totalmente forastera. A veces este fenómeno puede ser fecundo para enriquecer los valores culturales indígenas.

Pero al contrario en casos determinados, puede provocar conflictos trágicos y perturbaciones del proceso ascensional.

Entre las primeras colonias fundadas por los romanos en la Bética15 se encuentra la de los libertinos de Carteia, del año 171 A. de J.C., que fue organizada para legalizar la situación de los hijos de los soldados

15 Pedro Bosch-Gimpera y Pedro Aguado Bleye, “La conquista romana de España”, en R. Ménendez Pidal, Historia de España, ii, p. 80.

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romanos nacidos de mujeres indígenas durante los cuarenta años que duraron las primeras guerras. he aquí, pues, un primer elemento hí- brido no del todo romano y tampoco del todo español, que además debía mirar al país desde un plano superior; pero también debía de considerar a los verdaderos romanos con el resentimiento de no po- der pertenecer completamente a su mundo. Tenemos ahí un primer elemento superpuesto que actuará como un factor de desnaturaliza- ción al servicio de una causa extraña al país.

Podemos también considerar el suceso, recordado por la primera inscripción romana de España, el bronce de Alcalá de los Gazules:16 la concesión de la libertad hecha por Paule Emilio a los esclavos españo- les de la fortaleza ibérica de la Turris Lascutana, que pertenecía a la ciudad de hasta, con la condición de que entraran al servicio de Roma para convertir a la fortaleza en la colonia de libertinos de Lascuta. A la vez les reconocieron la posesión de las tierras y la propiedad de las mismas y una personalidad jurídica que no tenían en su propio país.

he ahí otro factor de disolución que aprovechó el descontento contra los compatriotas y el agradecimiento al dominador.

Otra etapa es la militarización, que tuvo lugar al ponerse al servi- cio de Roma y explotar el espíritu aventurero, de grandes masas indí- genas a los que la profesión militar transformó en hombres nuevos, quienes se destacaron como una casta superior a sus compatriotas y se convirtieron con celo de neófito en uno de los mejores instrumen- tos de dominio y de penetración espiritual. Después se utilizaron has- ta donde se pudo las milicias indígenas (los auxilia), bien por gusto o por fuerza, como aliados teóricos que cooperaron inconscientemente en la tarea destructora de la personalidad de su propio país y con las levas se organizaron verdaderas unidades romanas que convirtieron al indígena en un soldado romano, más o menos auténtico, que llegó a tener el derecho de ciudadanía.

El padre de Pompeius el Magno, cabecilla de la guerra social Cneus Pompeius Estrabón, mandaba una unidad de caballería ibérica fren- te a Ascali (la turba salluitana, de Salduvia-Zaragoza) que podríamos

16 Ibid., pp. 69-70.

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llamarla “el escuadrón de Zaragoza”. De él formaron parte iberos de todas las comarcas de la cuenca del Ebro, incluso ilergetas de Lérida.

Una tessera de bronce descubierta en Italia17 es el diploma que consig- nó las distinciones a que los equites hispani, los caballeros españoles, se hicieron merecedores por su comportamiento valiente. Es decir, los soldados de caballería de Zaragoza, virtutis causa: en noviembre del año de 90 a. de J.C. recibieron la ciudadanía romana de manos del general, después de un consejo de guerra constituido sólo por los ofi- ciales que se mencionan. “Cn Pompeius, Sn. Filius, lmperator, virtutis causa, equites hispanos cives romanos fecit. In consilio fuerunt...”. Y estos soldados de la policía indígena española que tienen unos nom- bres imposibles e impronunciables para los labios latinos —Sanibelser, hijo de Angibes; Tressino, hijo de Austino, etcétera—, estos bárbaros convertidos de golpe en orgullosos ciudadanos romanos incorpora- dos a la casta dominadora, después de haberse batido heroicamente por una causa que no les interesaba ni poco ni mucho, después de ha- ber derramado la sangre y de que muchos de sus compañeros dejaron los huesos en tierra extranjera, volvieron a los poblados humildes, aragoneses o catalanes, exhibiendo las decoraciones relucientes y habiendo celebrado su ascenso de categoría social con una comilona, para la que el general les concedió generosamente un rancho extra.

En la misma tessera se dice que el imperator, también virtutis causa, les dio cornuculo et patella, torque, armilla falereis et frumentum duplex. Los parientes y los amigos, humildes campesinos ibéricos que no habrían corrido mundo ni se trataron de igual a igual con los soldados de Ro- ma y que no pudieron exhibir sobre sus vestidos las torques, ni recibir el honor del frumentum duplex18 serían mirados de reojo por los nuevos

17 Ibid., pp. 195-198.

18 Comparemos estos medios con los que se han adoptado en tiempos modernos para consolidar un dominio a fin de aplicarlos a finalidades parecidas.

Viajando por las autopistas de Argel cercanas al desierto, encontramos caíds in- dígenas que lucían encima de la djillaba mora la Legión de honor, ganada por haber defendido a Francia en la guerra europea; y quizá dirán, con orgullo, que durante la lucha en Francia se llevaron una mujer francesa a las estepas del Atlas. No hará mu- chos años que en las estaciones de tren españolas se encontraban aquellos carteles de reclutamientos de soldados destinados al tercio en los que se les prometían “uni-

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ciudadanos romanos incorporados ya espiritualmente a la supraes- tructura de los dominadores. Un siglo después, cuando las capacida- des de los primeros pretores fueron sucedidas por el orden, la buena administración, los negocios prósperos y muchas obras públicas, los soldados augustales irían a cumplir fielmente y con todo entusiasmo los ritos del culto al emperador en los concilios provinciales. Enton- ces, un poeta de otro pueblo sometido, el galo Rutilio Numanciano, podría escribir el elogio fervoroso a la obra civilizadora de Roma19 y, sin que nadie lo hubiera impuesto, la lengua de los dominadores haría desaparecer casi sin dejar la menor huella las lenguas indígenas de las que sólo quedaría el acento, unas cuantas palabras obligadas y los fermentos de su espíritu que necesitarían una gestación secular para volver a nacer con dificultades.

Roma supo organizar su supraestructura sólidamente y dejó un rastro indeleble y transformó el curso de la historia de España; sobre todo al incorporar a la casta dominadora todos los elementos que so- bresalían de los pueblos sometidos, no organizando una aristocracia de sangre hereditaria como la de los antiguos patricios, sino ampliando el círculo de los “privilegiados”, pero siempre y cuando éstos se sintie- ran totalmente romanizados. La evolución que tuvo lugar en el carac- terístico de los equites de la turba salluitana se perfeccionó con los em- peradores españoles, oriundos de nuestras regiones, pero romanos de cabo a rabo, que gobernaban dentro de la más pura ortodoxia de los dominadores de su patria.

Sólo fue muy tarde cuando la voz indígena de Orosio trasluciría su simpatía al exclamar: “…vamos hacia Cartago quemada, hacia España ensangrentada durante doscientos años, hacia tantos reyes despo-

formes vistosos” y “alimentación sana y abundante”, “ascensos y primas de recluta- miento y de reenganche a la milicia” (frumentum duplex). Y todavía hace menos tiempo desde que hemos visto al tercio y a la policía indígena de Marruecos utilizados por una nueva “superestructura” para ahogar en sangre una revuelta popular o para imponer una nueva concepción de España.

19 “Fecisti patriam diversis gentibus unam;/ profuit iniustis, te dominante, capi;/

dumque offers victis propii consortis iuris,/ urbem fecisti, quod prius orbis erat./ Te, dea, te celebrant Romanus ibique reccssus,/ pacificoque gerit libera cella in iugo./ Eri- ge crinales lauros, seniumque sacrati/ verticis in virides, Roma refinge comas”.

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seídos y encadenados; a nuestros abuelos, [dice], no les fueron más tolerables los enemigos romanos que a nosotros lo son los godos”, pa- labras con las que las naciones conquistadas por Roma comenzaron a recuperar su antigua y desaparecida individualidad.20