t.'; 20.
Snscrito en Oruro á 19 de Junio.
349 V O Z D E J E H O V Á (La) por Manuel Campero. Sucre. Tipografia Colon. 1876.
V I U .
Suscrito en Julio í . Con anteportada, portad* y
BIBLIOTECA BOLIVIANA 113 tapa impresa; jeroglífico, una lira en la primera y en la tercera.
850 V I V A Iti patria. Oración patriótica, que cou motivo de los gloriosos triunfos de nues- tras armas eu Chile dixo el Dr. D n . Felipe de Iriarte, párroco eu el arzobispado de Charcas. Emigríido al Tucuman. Buenos Aires. A expensas del General Belgrano. E n la Imprenta de la ludependencia, por Gui- llermo Cook. 1817.
4.1; 18.
* E l RUtor de las iVotas Histórkas y Bibliográficas sobre Bolivia y el Perú* en una de ellaa todavía iné- dita, dice lo que sigue:
«El presbítero D. F E L I P E ANTONIO DK IRIARTE era doctor de Chuqnieaca y diputado por Charcas en el Congreso de Tucuraán. Nativo de Jujuy como el ar- jtobiepo MondizAhiil, í u é así como éate, por la radi- cación, altoperuano en «la plenitud del aór y del een- Ur,} para hablar aquí á la manera de s u estilo.
«No por cierto el estilo de Mendizábai. Si liemos de juzgar por las únicas piezas suyas de la BxblioUca Boliviana,—tres pastorales 6 folletos políticos eu aorvicio todos dei poder reinante —la literatura de este prelado, enriquecido y venturoso, tieue la cha- tedad rastrera y suculenta de la verdolaga oficinal.
Entiéndase aquí un pino alto y robusto, que es el - estilo de I R I A R T E . L a fuerza de la comprensión, la fuerza del apasionamiento, empujan hacia un relie- ve airoso y descollado las tres plezae eclesiástico- políticas que deí modesto cura se conocen. No sin motivo figuran entre las más expresivas y luminosas de la prensa argentina de la Revolución.
«Pero Mendizábai...! Don José María Mendizábai, de inquisidor quema^libros y aguaita-vidas, de fu- námbulo á dos maromas del rey y de la patria, pasó á sentarse, muy sí señor, en la asamblea victoriosa que proclamaba la independencia del Atto-Perd para
8
114 ADICIONES 3a república y la democracia. Suerte hermosa y m á a hermosa hoja de servicios las de padres de la patria tan ejemplares. Pero también es hoy cosa que debería inquirirse, si del cacumen de estoa hábiles del b i e ü pasar y del coraponórselaa mejor, saltó nunca algo hendiendo el aura del coraun discurso al bullir de la sangre y vibrar de los nervios.
«¿Se quiere leer en cuatro renglones la Hiatoriã de Hispano-Amôrica desde el descubrimiento hasta 1810? Héla aquí por IRIARTE al comenzar uno de sue sermones:
<Una invasión ambiciosa nos trajo la esclavitud.
< Con la opresión fermentó el descontento comán; y
« los excesos de la tiranía hablaron eficazmente á
< nuestros espíritus. Genios esclarecidos perciben
« los primeros el lenguaje de la naturaleza. Se repro-
« duce en el corazón de los pueblos. L a imptil-
« sión luminosa obra. Desaparece el letargo funesto;
« y el amor á la Libertad vino á ser un sentimiento
« puro, universal y dominante.»
« Y para que bien se colija cómo este orador sigue y sigue contando, óigasele un poco en s u manera de continuar, pues claro se está que su sencillez no h a de nunca descaecer, si no desmaya justificando por sus causas permanentes y ocasionales la Revolución:
«El universo no presentaba tribunal que oyese
« nuestras quejas, juzgara nuestra cauaa, condenase
« al tirano, y nos pusiese en posesión de nuestros.
< derechos. L a razón, martirizada con las violencias
« del despotismo, nos estimulaba á una empresa
« que sólo podía ser obra de nuestro propio es-
« fuerzo.
«El curso voluble de los imperios, las convulsío-
« nes Intestinas de la corte de Madrid, los golpes
« que descargó Bonaparte sobre España, y loa apu-
« ros en que la ponía una guerra que llegó á colocar
« sobre el trono al extranjero José, nos aproxima-
« ron el momento feliz de oportunidad.
«La energía y el genio se electrizaron. E l deseo de
« ser dueños de nuestra existencia apuraba. Los
< progresos que tenía hechos el patriotismo en Nor-
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« te América nos precipitan a] fin á pensar, obrar y
« Bervirnog á nosotros mismos.»
«En el gremio de los doctores del Alto-Perri per- teneció I R I A R T E al viejo cenáculo de los oposicio- nistas teóricos y críticos, esto es, al grupo que re- chazaba «en derecho y por derecho» el régimen colonial. Muy al revés de la generalidad, compuesta de legistas.que no se decidió por la patria sino al tener por perdido el trono borbónico,—los radicales madru- garon artificiosamente á hacérselo así creer—la par- cialidad de I R I A R T E promovió con ánimo ligero la i n - surrección de 1809, porque desde muy atrás venía eofiando en la icdepemlenein americana, indepen- dencia conforme á principios filosóficos acariciados con ardimiento y ambición, principios enteramente superiores á las doctrinas jurídicas reinantes.
< E 8 0 S temerarios, siguiéndola propensión capcio- sa de la tierra, no invocaron sino para ante el vulgo y los tímidos el derecho escrito, ó sea el haber que- dado disuelto, por fuerza mayor y abdicación propia, el vínculo colonial del vasallaje americano; «obliga-
« ción sagrada >— decían— «para con la persona au-
• < gusta de nuestro propio señor natural y legítimo,
* don Fernando V i l ; nô para con España, ni para
« con otro rey que é s t a quisiere darse.» Pero óigase é. I R I A R T E en una de sus oraciones patrióticas, y se vendrá en conocimiento de las ideas revoluciona- rias de algunos doctores en Chuquisaca el afio de 1809:
(Colón descubre este mundo desconocido. E l Sér
« Supremo había criado á sus habitantes con inde-
« pendencia y señorío. Tranquilos lo cultivan y lo
« adelantan. Sujetos á las leyes de la naturaleza y á
« la inocente política que les sugería su razón, re-
« pentinamente ven sorprendidas sue costas, oyen
« el estruendo del cañón, y comienzan â experimen-
« tar la hostilidad de los recién venidos. No hubo
« más. Apelo á lo que ellos mismos han dicho y es-
< crito.
«¡Crueles opresores! ¿Y esta conducta execrable
« llamáis un legítimo derecho de conquista? ¿Cuál
« es el justo título de hacer la guerra á un Estado
116 ÂDÍOIONES
« que ni os ofeadió ni os conocía? ¿Dónde está el
« fundamento juetiflcativo de esa expedición inva-
€ eora á territorios que nunca pudieron pertenece-
« ros? ¿Quién oa autorizó para ocuparlos, destronar c sus monarcas y degollar á eus habitantes?>
«Pero los doctores legistas, y con ellos alguna par- te del vecindario superior de las ciudades,—entre amigos íntimos muy decidida por la revuelta—hur- taron mafiosamente el cuerpo el día del golpe en Chuquisacft á la autoridad colonial, y aun más toda- vía lo hurtaron cuando en L a Paz estallaba la revo- lución de Hispano-América. Quedaron al frente del enemigo un pufiado de criollos aventureros, casi en masa el paisanaje mestizo de los distritos rurales altoperuanos, y el grupo de los doctores radicalistas.
Para gloria suya entre ellos el clérigo IRIARTE.
« Con ese transfugio y estos elementos, imposi- sibles gobierno y ejércitos regulares para la lucha organizada. Así que, tras los prontos desastres pri- meros del gobierno y legiones de L a Paz, y con la experiencia del mal ó s i t o ulterior de los ejércitos auxiliares de Buenos Aires, fué en adelante forzoso obrar en dispersión, haciendo contra las tropas vete- ranas realistas guerra de partidarios. E n este linaje de guerra prestaron A hurtadillas buenos servicios hombres y mujeres de las clases superiores. I R I A R T E desde el púlpito de Tucumán se volvía hacia esta guerra del Alto-Perú y decía para alentarla:
«Esperemos resultados gloriosos á la causa y fu-
« nestos ai enemigo que ya vacila. Los dignos pa-
« triotas de Salta y Jujuy, Fernández por la Laguna,
< Aramayo en Chichas, algunos en Siporo, y otros
* en diferentes partee, lo rodean de cuidados, le lla-
« man la atención, y le hacen ver que no es ló mis-
< mo pelear con los esclavos del emperador francés,
« que con hombres libres,..
*Ciudad meritoria del Tucumán: dad á ia Patria
< muchos hijos, desembarazados guerreros empren- dí dedorea; dad también á la Patria muchos sacerdo-
« tes como el cura de la catedral del Cuzco, el doc-
« tor don Ildefonso Muñecas. Oigo decir que «la
BIBLIOTECA BOLIVIANA
< fiera pésima» lo devoró. ¡Sefiorl ¿Has franqueado
« A su alma virÉuoea un asiento en vuestra corte ex~
« celsa? Ciudadanos; su sangre inocente y noble, Í clamando al cielo contra los verdugos y sus hijos,
< todavía nos favorece...
«El clero de Charcas: la ciudad de L a Plata: su
* ilustre claustro: el pueblo de Tinguipaya..., se
« me presentan y me interrumpen. ¡Hijos de mi
« corazón, de mis constantes recuerdos y de mi
« mayor dolor! — Existo. Allá voy á abrazaros -y
« á bañaros con lagrimas deleitablesy eoaíiofadímis.
« Entre tanto, no perdáis oportunidad de aumentar
« el terror que han imprimido al enemigo los golpea
<i del patriotismo,»
«Pero no llenó" sus deseos el enérgico emigrado.
Antea de Ayacucho, el año 1821, fallecía en Tucu- mán asistido inmensamente de! respeto público.
« L a mañana en la misa y novenas y trisagios, las horas altas del día para defensas famosas de pleitos en el foro, con la fresca al Congreso à !a batalla po- lítica contra ei espíritu de facción y contra la domi- nación colonial, y así digna y laboriosamente consu- midas las horas de la -vigilia cotidiana. Y si, como auréola de apóstol, ia pureza de costumbres se agre- ga á todo este afán, afán «del sentir, del pensar y del hacer», como el cura de Tinguipaya sicológica- mente decía, tendremos un concepto, ya que no la imagen colorida, de u n a existencia militante de la época, un tipo de hombre que por su profesión y ministerio era como hoy decimos un tintelectual», quizá también u n « m í s t i c o » , y á la vez un sectario siempre en fila con la voz y con la pluma y con la sagrada liturgia, en público y en privado tribuno in- fatigable de su causa contra la fuerza y la violencia, que eran entonces los protagonistas de la lucha.
«Un gran luchador, Lutero, decia que hablar á la muchedumbre es desenvainar la espada del espíritu.
No es difícil imaginarse que I R I A R T E fuera acaso uno de estos agitadores armados del pensamiento.
Acabamos de ver la desnudez de su acero salir me- llada por la pena, y a l punto mismo volverse cóntra
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el enemigo pidiendo á sus hermanos que acosen á éste sin tregua aun viéndole abatido.
cAntes de esto en el Alto-Peni ¡qué fragua y yun- que de pasiones y deideaa, cuáles í m p e t u s de peclio y de cerebro, cuánta mafia y cautela de trajines y tesón, conspirando por entre la macisa inercia de gentes cogidas de e g o í s m o y de ignorancia y de te- mor inveterados! Y [cuental que de un momento á otro pudiera por delación caer como el rayo la ven- ganza de los realistas.
<Ciflrto dia, en un relámpago de venturosa perspi- cacia, fué ya forzoso, meenftda y todo, ponerse en aalvo con la fuga, afrontando riesgos de muerte y mil penalidades y trabajos. Enseguida, larguísimo silencio temibie. Por fin, desde el ptílpito de Tucu- mán exclama «¡EKÍ8to!»Ycon esta brevedad inmensa y durable lo ha dicho todo á sus feligreees y amigos del Alto-Per^.
<Amplificando un reciente pensamiento suyo, dice en una exhortación inédita á loa jefes y oficiales del ejército de Belgrano el a ñ o 1817:
«Dios de los Exórcitos: las depredaciones del go-
« Bienio intruso nos hicieron buscar el asilo de la
< Independencia. Fuimos allí á consolarnos de núes-
« tros.trístes infortunios pasados: allí constituimos
« el nuevo poder de nuestra soberanía entre el furor
« que devora ta tierra y las calamidades públicas: y
« ailí estámos pendientes y dependientes sólo de
« vos. Señor, que sois árbitro de sacar nuestros es-
< fuerzos á término, mostrándonos el camino seguro
« de la salvación y del triunfo.»
«¿Cuáles eran las calamidades públicas el año 1817 en las Provincias Unidas? E n la pieza 3489 de la Biblioteca Boliviana clama I R I A K T K por el <or- den», la «unión», el «amor»; y bien se comprende que estos gritos generosos, lanzados desde la tribuna sagrada á presencia del Congreso y del Ejército, corresponden á tros realidades tristes ó verdades dolorosas de la época.
«Cierto gacetero del rey escribió en Madrid, no á este propósito, pero sí en estos días, que la «uuión»
BIBLIOTECA BOLIVIANA 119 implicaba ante el sentido común el «amor,» y que loe insurgentes del Eío de la Plata andaban desuni- doa porque ae detestaban uuoa á otros con todas laa veraa de su corazón.
« H e m o s de ver un testimonio de gran autoridad y que aplaude, en el terreno de ios hechos, la división fundamentai de I R I A R T E . Entre tatito, recordemos que ni en el orden doméstico, ni en el social, ni en el político, es conclusión necesaria de la lógica especu- lativa que se amen en todo caso aquellos qne están y tienen que estar unidos.
«Además, el orador se dirigió desde T n c u m á n á todos los hispano-americanos y pensaba en la gue- rra. «Las ramas»—dice—«de un árbol robusto, tra-
< badas unas con otras, resisten la violencia de los
< huracanes; desparramadas y dispersas, un céfiro
« ligero las quiebra y las destroza.»
«Lo que presta sumo interés á la división estable- cida por IRIARTK, ea que boy sabemos del caso cla- ramente dos coaas: primera, desde 1810 todos los argentinos, aunque muy divididos entre sí y á las veces en guerra abierta, estuvieron siempre de acuerdo como un solo hombre contra la domina- ción espafiola; segunda, cuando aquel eclesiástico tribuno hablaba, año 1817, aun no esisftan entre los ciudadanos cou carácter de generalidad el desorden, desunión y deaamor de la íamosa anarquía argentina, sino la eferverscencia incipiente de las pasiones que tres a ñ o s más tarde h a b í a n de generar aquella cala - midad. E s esta inquietud vaga ó turbulencia difusa la que el observador nos pinta, más bien como filó- aoío moralista que como consejero político.
«El edificio magnífico de las Provincias Unidas descansaba sobre comunes intereses euencialíaimos;
pero también, sobre indiriduales y colectivas ten- dencias de desamor, d e desunión y de desorden ca- paces de socavar loa cimientos. No la persistente induración refractaria dentro laa visceras que en la sociabilidad del Alto-Perú; pero sí algo muy rudo, in- dómito y aun montaraz, personificado en holgazanas muchedumbres distantes entre sí, lugarefiamente
]20 ADICIONES antagónicas en mitad de BU aiBlamiento, y junto con eso virilmente rehacías en común A las preatacionea de central dependencia y cooperativo civismo, qua reclamaban para BÍ loa nuevos arreglos.
«Al orador no ee ocultaba et alentar inasimilable de estas energías latentes de la composición etnoló- gica nacional; No habían ellas entrado á ligaren la cohesión de principios eficientes, simpáticos y adap- tables entre sí, que hoy por hoy formaban la comu- nidad política de las Provincias Unidas. A l contrario:
en este organismo viviente y militante, deque tanto había menester América para fuerza y prestigio de la Revolución, aquella vitalidad de los inferiores contenía gérmenes de disgregación y eiementos do caudillaje, más bien que nunca hoy temibles mer- ced á la lejanía y desastres del enemigo.
«Al calor de las nuevas ideas de independencia, esos miembros musculares de la sociabilidad ¿no andaban con desasosiego, aquí ó allá, sintiéndose ganosos de su concupiscencia aventurera, prontos á soltar bajo el escozor de un aguijón enérgico sus bríos seguidores, desasidos cada vez más del miramiento á las clases educadas de au provincia, antes bien capaces de Arrollarlas y refundirlas en su aversión re- gional al orden concéntrico del pacto político? Los desmanes de sus primeras arremetidas y de sus en- sefioramientos de la autoridad social ¿ n o comenza- ban ya á retorcer las entrañas de la gran patria ar- gentina como en afán de d estroza rlaa? L a mon- tonera acaudillada y el provincialismo divergente habían hecho unidos en aparición en el litoral.
Mientras )a hija mayor y por Ib. que tantos sacrífl- cloa—el Alto-Perú—yacía cautiva del enemigo, se alejaban cada vez m á s de la madre, por obra sólo de pasiones y personas, el Paraguay, la Banda Oriental y Santafó.
« U n estadista perspicaz hubiera estimado los pri- meros disentimientos instintivos como síntomas, en el país, de una contienda más ó menos próxima ó tardía entre todas las fuerzas sociales de la civiliza- ción y do la barbarie.
BIBLIOTECA BOLIVIANA 121
«porque es un hecho demoatrado que venía ya pe- netrando sordamente en laa provincias interiores, implícito en el curso ordinario de laa eneas, aquel recelar al principio vivaz y después iracundo rea- pecio de Buenos Airea; y porque ¡a ciudad cabecera, qne tenía también su iocalismo y aversiones y r&- pngoanciaa congénitas, y que sustentó siempre las tendencias orgánicas y gubernamentales de la cal- lara cRuedeica, no debía eaterilizar en adelante, Wtftba antes bien obligada A hacer sentir, para loa fines internos y externos de la nacionalidad srgeu~
tinajlae ventajas políticas irresistibles deau estruc*
tora etnológica y de su ubicación geográBca, , «Existencia, seguridad, desarrollo, eran para el
nuevo Estado un resumen de los beneficios que en sos promesas contenía l a Revolución. Y bien puede ya comprenderse, con armonía de alcance, el ahinco y nríjencia con que el revolucionario de 1810, y también do 1809, reclamaba de ias provincias inte- riorea,—para ¡a Patria en campaña y para el .Estado recién constituido,—«orden», «unión,» «araor,> por sobre encima de toda suerte de intereses ó paeio- nee intestinas.
«Examínense el discurso donde ee explican estas nobles ideas y las circunstancias de su producción sotemne, y se vendrá en la cuenta de que es la obra y empresa de l a provincia raetropolitaúa, — la guerra y á la sombra de la guerra los arreglos polí- tícos—lo que IRIARTE en 1817 virtualmente preco- niza y sostiene con el calor de su patriótico celo.
Cno lee de corrida hoy, ai trasluz de la doctrina política dei moralista, algo como una apología de aquel ascendiente directivo de la cabeza, y también pudiera decirse del pecho, en los pasos y eeíuerzoB del cuerpo bien concertado y robusto en sus movi- mientos, ascendienteqvieen vez de ascendiente otros, durante la guerra civil, van pronto á nombrar así: «el predominio intolerable y odioso de Buenos Airee so- bre las provincias.»
«¿Había aquel hombre superior puesto el oído á raíz de la tierra? ¿Había logrado percibir el hondo
ADICIONES
disturbio de la sociedad argentina? E l candor de su palabrft bien denota hoy que el pródromo do la ca- tástrofe había llegado á su alma, pero sin que la mente se diese precisa cuenta ni del origen ní del desarrollo posible del malestar.
«Kl decía: «Compatriotas: ¡que metamorfosis! jquó
< alegre perspectivai ¡quó seguridad de fortuna no
« HOB presenta la gloriosa Revolución á que nos
« compelieran la ingratitud y el rigor... [Bendita
« seáis,Revoluciónsantíaíma.[Pueblos!gloriflcadla.»
Poro ráfagas tristes cruzan el ambiente de este j ú - bilo inmenso. Al acariciar con la mano, en su verjel de esperanzas, al naciente poderío autónomo del país, espinas agudísimas saltan de eeaa flores del almti á punzar dolorosamente Ja imaginación del político.
«Presagios del futuro conflicto de las razas argen- tinas que se denomina, el Afio X X y durará algunos años. Son boy conmovedores como espectáculo dela historia. Curioso sería recoger las emociones patrió- ticas del afio 1817, cuando la voz presentida y tem- blorosa de IRIAUTE se alzó para llamar los corazo- nes á la conciencia del peligro.
«Entre loa peligros inmediatos y presentes aquél señaló dos úlcera», que según su entender llevaba en su cuerpo la Revolución: el «egoísmo» y los «te- jedores.» Y aquí las consideraciones políticas ceden su puesto á la pintura de costumbres-
«IKIABTIÍ nos pone á la vista el cálculo interesado de loe que se quejan de no habérseles puesto ya en posesión de las delicias que el nuevo sistema les ha- bía prometido, y el genio artificioso y simulador de ciertos duendes políticos, partidarios eficacísimos en la intimidad, esquivos ante el menor caso de com- promiso público ó averiguabte de su conducta. «No
« andemos con cumplimientos;»—dice el predicador
—«hablo de esos que los pueblos mismos llaman tc-
* jedores... Osengafíáis, tejedores. L a América se ha
« de constituir.»
«Los egoistas y los tejedores son una carcoma de la Revolución. ¿Traía á Tucuraán IRIARTE vívida eu