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Mujeres: la vida en un contexto social adverso

In document CONTRALAVIOLENCIA DE GÉNERO. (página 114-121)

P) Ellas luchan, ellas imponen: es lo correcto

4.2. Mujeres: la vida en un contexto social adverso

El segmento social estudiado es análogo al de los varones. La información pro- cede de un grupo de discusión con mujeres entre 20 y 28 años, estudiantes y traba- jadoras, todas sin hijos; la mitad convivía en pareja, el resto no convivía o no tenía pareja. Además, se ha incorporado parte del material procedente de un grupo reali- zado en Madrid (trabajadora social de 25 años, lesbiana conviviendo en pareja).

La identidad grupal se distancia de las «chicas pijas» pero también de las pro- puestas feministas. Y se sitúa en una órbita muy diferente a la del discurso de los varones jóvenes de su mismo ámbito social: si estos muestran un mundo de progre- siva libertad e igualdad entre sexos, ellas construyen su punto de vista alrededor de las dificultades y obstáculos que impone el contexto social para las mujeres que intentan vivir de acuerdo a un modelo «igualitario». Aunque se sienten a gran distan- cia de la generación de sus abuelas (matrimonio para toda la vida, encerradas en lo doméstico y totalmente dependientes), perciben demasiadas continuidades con la de sus madres, lo que las mantiene a medio camino entre el ideal de la igualdad y los condicionantes de la socialización «femenina». Cuando muchos hombres, incluidos los de su misma generación, suponen que ellas han impuesto irremediablemente la pareja igualitaria y se han incorporado plenamente a la esfera pública, el discurso de las jóvenes pone el énfasis en las dificultades existentes, las resistencias masculinas e incluso su propia impotencia para llevar a cabo dichas transformaciones. Han aban- donado el modelo tradicional pero no pueden vivir en el postulado como ideal.

Existe un diagnóstico compartido por todo el grupo: la sociedad española actual está lejos de haber garantizado la superación del papel subordinado de las mujeres.

Sostiene que vivimos en una sociedad machista, que pone innumerables dificulta- des a las mujeres. De forma reiterada hacen referencia al acoso sexual en el lugar de trabajo, y a la mera intimidación (miradas «intencionadas»), que condiciona negativamente a las mujeres, obligándolas a cambiar de forma involuntaria sus com- portamientos:

–Eso del tema del machismo, depende un poco del ámbito, pero realmente vivimos en una sociedad machista totalmente. (GD2, 13).

–Sí, yo opino igual [España país machista], sí, aunque digan que no y que cada vez hay más igualdad, es mentira. A mí personalmente en el último trabajo que tuve, trabajábamos mi jefe y yo, y todos los viernes mi obliga- ción, yo es que he trabajado como diseñadora gráfica, mi obligación los viernes era limpiar toda la zona de trabajo, o sea, los viernes yo no diseñaba,

era la chica de la limpieza. Si hubiera habido un compañero no le hubiera tocado hacerlo, estoy completamente segura. (GD2, 1)

–Si queremos ascender y resulta que tenemos un jefe que nos pone ese tipo de condiciones [acoso sexual], pues una de dos: o renuncias a lo que has querido toda tu vida o tragas. ¿O qué? Porque parece ser que este tío pues es bastante…, no sé, dicen que es muy poderoso y que conoce a mucha gente y tal y cual, y supongo que por eso, por miedo, porque las coaccionaba un montón.

–Eso está a la orden del día. (GD2, 7).

–[En el trabajo me miraban el escote], es una tontería, pero además luego me miraba en casa, digo: ‘será la línea que cae justo ahí’. Pues tengo muchos compañeros chicos, pues con tres de ellos, estoy hablando, primero uno, luego me ha pasado la situación en otro momento con otro y luego con otro.

La mirada es… Yo digo, primero que no tengo pecho, no sé, digo: «¿qué mirará?, ¿me habré manchado algo?», ¿no? Pero es eso, luego llego a casa y digo ¿será la línea? No, no, es el pecho, es que no sé ¿porqué no te pue- den mirar a los ojos? Es mirar abajo, no lo entiendo. Pues hasta ese punto de la intimidación. Claro, cambias tu forma de vestir, o sea, yo mira cómo voy, voy anchita. Pues mañana igual, me pongo más ancha porque no me apetece, no me siento cómoda. Entonces, eso es un poco…Que sí que hemos cambiado, pero también por culpa de ellos ¿no?, de la mentalidad esa…, no sé cómo decirlo de manera fina. (GD2, 10)

A partir de este tronco común se dibujan tres fracciones discursivas diferencia- das.

N’) «Peor están otras»: adaptarnos a lo posible

En el ámbito de la pareja, hay cierto reparto de tareas pero conseguir una dis- tribución equitativa parece ser un asunto de «suerte», por ejemplo, que el hombre haya sido convenientemente socializado en el hogar paterno. Por lo demás, las difi- cultades son atribuidas a factores genéticos (estructura cerebral) contra los que se lucha, pero de manera infructuosa. En todo caso, no parece que los papeles de cada sexo respondan a modelos sociales que pudieran ser modificados; ante ello, sólo cabe adaptarse lo mejor posible, o confiar en un golpe de suerte:

–El libro ese de «¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entien- den los mapas?»; no sé si lo habéis leído. Pero es muy curioso porque ade- más te habla de las estructuras del cerebro, o sea, realmente no es igual la del hombre que la de la mujer, por eso muchísimas explicaciones. Yo no voy a profundizar porque, no sé, pero realmente es un libro muy curioso y es así ¿cuántas mujeres no saben leer un mapa realmente? Yo la primera, o sea, la primera y es así; también, muchas cosas. Yo lucho también por eso ¿no?

Yo mi pareja en casa cocina, porque cocina mejor que yo, sin embargo, hay otras tareas que realmente podía hacer él y las hago yo como poner la lavadora, fregar; vamos, fregar en seis meses no ha fregado, yo qué sé…

–Son cosas que haces tú, para qué las va hacer él.

–Claro. Es como que sería ya, bueno, eso es tuyo y lo otro es mío ¿vale?

Pero el hombre, pues eso, son más trabajos de fuerza y la mujer en casa son otro tipo de trabajos; la limpieza…

[…]

–Bueno, yo en mi caso, sí que nos repartimos mucho las tareas. Por ejem- plo, lo que hablabais de, si uno cocina, el otro friega; la verdad, que bas- tante. Pero porque a él lo han educado así. (GD2, 2)

En todo caso, los avances que se han realizado hacia el igualitarismo encuen- tran dificultades entre las propias mujeres. Por ejemplo, hay sectores de la propia juventud femenina que se resisten a abandonar el papel tradicional de mujer encar- gada de las tareas del hogar:

–Aún así, es bastante sorprendente cuando, por ejemplo, hace unas sema- nas estábamos hablando con unos amigos y cuando uno comentó que los sábados por la mañana pues él solía limpiar, arreglar su habitación y limpiar las cosas de la casa, una de las chicas le dijo como sorprendida: «¡ah!,

¿pero tú limpias?», como algo realmente…

–Claro, que es eso.

El comentario ya hubiera sobrado. Eso también es bastante revelador,

¿no? (GD2, 3)

Pero toda la valoración crítica respecto a las dificultades que encuentran las mujeres concluye en una aceptación conformista de la situación actual. Tenemos dificultades pero podemos contentarnos pensando que hay mujeres que están en situación mucho peor; comparando con los países en los que rige la poligamia en España «al menos» un hombre sólo puede tener una mujer. La expresión tiene una doble lectura; por un lado, reconoce que en el contexto global la situación de las mujeres españolas no es de las peores; por otro, el argumento parece justificar el estado de cosas actual, eludiendo profundizar en la crítica de los factores negativos que se han denunciado:

Aquí aún por lo menos un hombre tiene a una mujer (…), allí está bien visto que un hombre tenga veinte mujeres para él, lo del jeque árabe que contaban. (GD2, 34)

Esta actitud conformista obedece a la percepción de que la capacidad de acción femenina es limitada: aunque «eres persona» y «quieras plantar cara» (GD2, 77), el contexto no te favorece y no queda más remedio que plegarse a sus exigencias.

O’) Contexto machista y escaso margen de agencia femenina

Esta fracción comparte con las demás la afirmación de que la sociedad es machista y somete a las mujeres a prácticas sexistas, en el trabajo y en la esfera

pública. Añade, además, que la socialización de género condiciona negativamente a las mujeres, haciéndolas menos solidarias y más competitivas entre sí, especial- mente en las clases populares. Pero aunque comienza cuestionando la «cultura machista» de los chicos y chicas de clases bajas, acaba afirmando que existe un machismo coactivo que condiciona al conjunto de las mujeres.

Además, los papeles de género no son percibidos como una condena basada en la biología sino como una construcción social. Esta reflexión no conduce, sin embargo, a la posibilidad de revisar esos procesos de configuración social con el fin de transformar la estructura de socialización de género. En cambio, sirve para expre- sar la consciencia del poder que tienen los papeles interiorizados por las mujeres, que acaban jugando en contra de sus deseos proclamados de cambio:

–Yo lo que quiero decir, no es que el comportamiento no sea ese, sino que no es una cuestión de naturaleza humana, sino una cuestión social y de educación, precisamente lo de la competencia, etc., o sea, el tema de la publicidad, el cine, o sea, todos los mensajes que se emiten continuamente y nos emiten a las mujeres, dirigido a las chicas, digamos que fomentan ese perfil de mujer que por huevos tienes que ser atractiva y tu…, digamos, tu éxito en la vida va a depender de que seas la más ligona de la clase o la más guapa y el chico, sin embargo, a lo mejor no se le exige tanto eso que cada vez también. (…) No creo que sea una cuestión de naturaleza que por nacimiento las mujeres sean más folloneras y los chicos, sino es una cuestión precisamente (…), no son las genéticas sólo, es el ambiente, es lo que tú aprendes, es eso, es ambas cosas. Si en casa tú has vivido toda la vida el ver que tu padre se va a trabajar, tu madre también, pero cuando vuelven a casa la que se está encargando de tus hermanos es tu madre; la que plancha, la que friega, la que…, pues eso, tú de alguna manera es que lo interiorizas y el día de mañana, quieras que no, no lo haces adrede, o sea, no es mal intencionado, simplemente es que te nace. Yo, es eso, yo llego a casa y veo una taza, no puedo evitar el recogerla, es que no puedo verla ahí, o sea, a lo mejor es porque durante veintisiete años he visto como una taza mi madre llegaba y la recogía. (GD2, 3-4)

Finalmente se trata de un contexto social opresivo al que hay que adaptarse; la mirada masculina limita e impone, condicionando comportamientos y coartando la libertad femenina. En este contexto el enfrentamiento no es posible, puesto que se libra sólo en el plano individual y para ello se requieren grandes dosis de autoestima y asertividad que no muchas mujeres poseen:

–O sea, yo desde mi punto de vista he cambiado en eso en mi forma de pensar, o sea, ya no sólo lo que yo piense de cómo voy vestida, es lo que piensan los hombres ¿sabes? A lo mejor nosotras sí que hemos cambiado, si voy vestida así es porque quiero; pero ellos muchas veces sí que piensan, a lo mejor lo de ‘vas ceñida, vas provocando’. (…) Sí, que tienes que estar todo el día ganando el respeto de alguien, si tienes que estar todo el día ganándote el respeto de la gente con la que estás hablando, pues al final optas por decir, bueno, pues voy a acomodar mi forma de vestir, de manera que ellos no me juzguen, por decir, de antemano. (…) Claro, eso no te

gusta, entonces tú misma dices: «a mí no me apetece…» Yo si paso por una obra, ya digo: «no me apetece pasar», o sea, es ese miedo ¿y por qué lo tengo que tener? Miras al frente…O miras el móvil o cualquier cosa o lo esquivas para disimular, para que no te digan nada, porque no… (…)

¿Por qué te tienen que decir nada? O sea, ¿yo voy diciendo a la gente algo por la calle, algo que le vaya a molestar? ¿Por qué me tienen que decir algo? (…) Si yo tuviera la cara para contestarle te aseguro que lo haría, pero no la tengo. (GD2, 9-10)

Esta última reflexión reduce las posibles salidas femeninas a la cuestión de si existe o no capacidad personal para enfrentar la intimidación masculina. Se está muy lejos de las consignas que hacen referencia al «empoderamiento» femenino y no hay asomo de considerar el asunto como un problema de alcance social. Por tanto, este segmento de jóvenes mujeres se encuentra en una situación de bloqueo, que las condena a la frustración o a la reproducción de papeles no deseados.

P’) Lucha individual contra el sexismo dominante

Esta fracción insiste, aún con más énfasis, en la importancia de los obstáculos sociales que encuentran las mujeres en la esfera pública. Pero, frente al acomodo y la incapacidad, reclaman una actitud de afirmación individual para modificar la situa- ción. En este caso, el discurso adopta las pautas que ensalzan el empoderamiento femenino, aunque desprovisto de toda connotación de proceso social global. Lo que se propone es no dejarse comer terreno en las interacciones cotidianas, enfrentando o ridiculizando las actitudes masculinas agresivas:

–Yo creo que, a veces, las mujeres también tenemos que sentirnos más seguras de nosotras mismas ¿no? Porque en ese caso, o sea, yo me pongo un escote y me pongo un escote porque quiero y si te miran, pues oye (…) A lo mejor no te lo pones tampoco para que te miren, te pones un escote porque te gusta llevar escote. (…) Bueno, pues si te miran te han mirado. Ahora, claro, también tenemos que saber poner la barrera de

«hasta aquí es lo que yo quiero y hasta aquí es lo que yo no quiero», eviden- temente. No sé, a mí una de las señoras me ha hecho un comentario tam- bién de: «Es que profe, tú vas hoy muy ceñida», me ha dicho: «vas mar- cando» y le he dicho: «yo me visto como quiero», y eso no quiere decir que tenga que provocar a nadie, ni que…, no sé. Que, a veces, ella nos…, tam- bién nosotras también nos ponemos la etiqueta de, a ver, si vas ceñida o llevas escote ya es que estás provocando, ni muchísimo menos. (GD2, 9) –[Ante un piropo] O te lo tomas a cachondeo (…) Lo que pasa que dicen un piropo y dices: «éste que está bueno» y le sigues el rollito, no es bajarte (…) pero lo dejas roto porque no se lo esperan que te gires y les digas: «p’a guapo tú», o cualquier tontería de esas…

–Si el problema no es que sean piropos, es que son a veces burradas…

–Pero te giras: «qué bruto eres», te lo tomas a cachondeo, si te lo tomas a cachondeo. El problema es que, claro, como enseguida nos ofendemos

y además nos sorprendemos. (…) Tómatelo a cachondeo, te giras y dices: «guapo».

–Pero ¿por qué me tienen que molestar?

–Pues si ellos hacen lo que les da la gana, pues tú pasas, o no pasas y lo…

(GD2, 10-11)

Encontramos una versión de este discurso entre jóvenes lesbianas que afirman que la actitud personal es la clave para enfrentar el machismo social, manteniendo coherentemente sus valores y principios ante los demás, sin tener en cuenta los condicionamientos existentes. Así, el posicionamiento individual, libre y provocador, es la única estrategia posible, puesto que no existe posibilidad de afrontar una trans- formación que tenga en cuenta el conjunto de las mentalidades sociales y su pro- funda carga histórica:

Yo vivo para educar y si te rallo te jodes (…) yo intento hacer una norma- lidad en todo lo que hago, porque si me fijara en lo que piensan los demás viviría amargada (…) o en la historia, pensar en lo que ha pasado. (GD4, 27) En definitiva, la relación entre los sexos aparece como un espacio de conflicto y lucha, en el que las mujeres deben saber defenderse y ganar. Aquí la sociedad se presenta sin estructuras ni agentes sociales claros, más allá de los esfuerzos y estrategias de los individuos; o como un ámbito inabordable.

In document CONTRALAVIOLENCIA DE GÉNERO. (página 114-121)