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La participación activa de los fieles y el desarrollo de la

2. Liturgia y espiritualidad desde la Constitución Sacrosanctum

2.2 La participación activa de los fieles y el desarrollo de la

manifestaciones de vida espiritual60. Esto se debe a que la liturgia es la fuente del espíritu verdaderamente cristiano; la actualización del misterio de Cristo en las acciones litúrgicas, que es lo esencial en ellas, es acción del Espíritu Santo, por ello el espíritu que se bebe en la liturgia y que da sentido a la vida espiritual del creyente es el Espíritu de Dios que santifica; así la vida espiritual del creyente es un modo de vivir según las mociones que obra el Espíritu Santo y que se reflejan en toda la vida (pensamientos, sentimientos y obras).

La relación entre liturgia y espiritualidad desemboca en una continuidad en la vida del creyente de interiorización y crecimiento, que lo lleve hasta la plena configuración con Cristo, esto es hacer de su vida un eco del ser y vivir en Cristo61, para lo cual es necesaria la acción del Espíritu Santo, quien establece la continuidad de su acción desde la celebración a la vida misma de los fieles.

De lo considerado en este punto se desprende que «la constitución ofrece los elementos suficientes para poder afirmar que considera que la espiritualidad litúrgica es la base para toda la vida espiritual del cristiano (que luego puede desplegarse a partir de las diversas escuelas de espiritualidad)»62.

celebración válida y lícita, sino también para que los fieles participen en ella consciente, activa y fructuosamente63.

Si bien es cierto que el primer movimiento de gracia procede de Dios, para que pueda fructificar plenamente el fiel necesita dar una respuesta desde la totalidad de su ser, esa acogida que responde a Dios es la participación que se pide en la liturgia. La recta disposición de ánimo permite encontrar en los gestos la presencia de Dios, además, implica tener habilidades de acogida y capacidad interpretativa que abran la mente y el corazón a Dios, «la intuición inmediata [de la presencia operante de Dios] es fruto de la disposición de ánimo que hace al creyente sensible a cada gesto litúrgico, que no pasa en vano en la consciencia, más bien es asimilado e interpretado de manera existencial»64. Así la comunicación entre Dios y el hombre se da como experiencia de relación por la cual se acoge el mensaje salvífico llevándolo a la vida cotidiana.

Participar en la liturgia es propiciar que lo acontecido en la celebración se realice también en el corazón de cada cristiano, es «entrar en misterio trinitario; en el misterio del Verbo encarnado; en el misterio de la Iglesia y de la asamblea litúrgica»65. En definitiva, participar en la liturgia es adentrarse en el misterio celebrado, acogerlo y dejarse transformar por él.

En este sentido la participación hace posible el desarrollo de una vida litúrgica en los fieles, como lo dice el Papa Francisco: «la Iglesia nos llama a tener y promover una vida litúrgica auténtica, a fin de que pueda haber sintonía entre lo que la liturgia celebra y lo que nosotros vivimos en nuestra existencia. Se trata de expresar en la vida lo que hemos recibido mediante la fe y lo que hemos celebrado»66.

La liturgia no depende de la disposición que arraigue en el fiel, en tanto que la acción litúrgica tiene una eficacia por sí misma como ejercicio del sacerdocio de Cristo (ex opere operato), pero es el fiel quien se priva de la plenitud de gracia cuando no coloca los medios y las disposiciones para vivir realmente, es decir, participar, hacer, la liturgia. La plena eficiencia de la liturgia se asegura cuando el alma se pone en consonancia con lo que expresa la voz y con la gracia divina (ex opere operantis), pues si

63 CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum Concilium, n.11.

64 «L’intuizione inmediata è frutto di disposizioni d’animo che rendono il credente sensibile ad ogni gesto litúrgico, che non passa invano nella coscienza, anzi è assimilato ed intrepretato in maniera esistenziale». F. ASTI, «Liturgia fonte della teología spirituale secondo la Sacrosanctum Concilium», 169.

65 G.MOLINA, «La Sacrosanctum Concilium: planteamientos, logros y desafíos», 83.

66 FRANCISCO, Homilía III Domingo de Cuaresma, Parroquia romana de Ognissanti, 7.III.2015.

faltase la fe, que abarca la totalidad de la persona, faltaría la capacidad de diálogo y acogida del don de Dios67.

En la liturgia se da una armónica conjunción del obrar de Dios, quien tiene la primacía, y el obrar del hombre, llamado a secundar la acción divina, siendo, así, una acción teándrica. Es la compenetración de la llamada divina y la respuesta humana: «la dinámica de la llamada de Dios y de la respuesta del hombre se traduce en el rito litúrgico que manifiesta la fidelidad de Dios y el deseo del creyente de corresponder siempre más al amor salvífico»68.

Por parte del hombre se pide el ejercicio de un acto libre por el cual se hace dócil para dejar obrar a Dios, disponible a acoger la gracia y dejarse modelar por ella, el ser humano pone su colaboración a la acción santificadora de Espíritu que se da por medio de liturgia, haciendo que toda su persona se entregue al actuar divino. Los fieles en la liturgia no son meros espectadores ajenos al misterio que se realiza, sino más bien

«son actores, todos son celebrantes, y su existencia debe quedar comprometida con lo celebrado»69, esto es lo que refiere la Constitución al señalar:

Comprendiéndolo [el misterio de fe] bien a través de los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos […], se perfeccionen día a día por Cristo en la unión con Dios y entre sí70.

Toda la asamblea litúrgica es celebrante, tanto los ministros como los bautizados están llamados a tener una participación activa durante la celebración y después llevar los frutos de la misma a la vida concreta, cada uno según la condición propia de su oficio en la liturgia.

De ello se desprende que la participación de los fieles en la liturgia no se refiere en primer término a un determinado conjunto de comportamientos exteriores que pueda desempeñar en la celebración litúrgica71, éstos son un medio por el cual se debe expresar la disposición interior de hacer vida lo que se está celebrando que es el verdadero sentido de la participación activa que se pide a los fieles.

67 Cf. D. BOROBIO, Sacrosanctum Concilium y la reforma litúrgica del Vaticano II, 17.I.2012.

68 «La dinámica della chiamata di Dio e della risposta dell’uomo si traduce nel rito litúrgico che manifesta la fedeltà di Dio e il desidero del credente di essere sempre più corrispondente all’amore salvifico». F. ASTI, «Liturgia fonte della teología spirituale secondo la Sacrosanctum Concilium», 159.

69 J.SOLER, La liturgia, fuente de la vida espiritual, 29.

70 CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum Concilium, n.48.

71 Una referencia a esta consideración errada de la participación de los fieles en la liturgia es dada en: BENEDICTO XVI, Exhort. Apost. Sacramentum caritatis, n.52-53.

Para poder tener una actuosa participatio de los fieles se requiere que los ministros desarrollen el ars celebrandi, lo cual permita que las celebraciones litúrgicas sean signos más elocuentes de la presencia de Cristo, sabiendo desarrollar la pedagogía de los símbolos para que lo visible conduzca a lo invisible, del signo al significado, del sacramento al misterio. Como señalaba el Papa Benedicto XVI: «por lo que se refiere a la relación entre el ars celenbrandi y la actuosa participatio, se ha de afirmar ante todo que la mejor catequesis sobre la Eucaristía es la Eucaristía misma bien celebrada»72. La celebración es participada auténticamente cuando en ella se alcanza el misterio de Cristo y con la vida interiormente transformada el fiel se hace capaz de donarse sin reserva a Dios y a los hermanos.

A raíz de la promoción de una participación llamada así más activa de los fieles en las acciones litúrgicas, que se desprendió de lo señalado en el Concilio Vaticano II, se incorporaron gestos y ritos que hacen que los fieles puedan expresar exteriormente su participación; pero en muchas ocasiones se quedó sólo en la asignación de algunas funciones exteriores a los laicos y determinar la acción de los ministros ordenados –que de por sí tiene su valor y es necesario- sin educar en el verdadero sentido de la participación73, que no está relacionada solo a un hacer, sino más bien se relaciona con el ser. Esto conlleva a dos extremos, por una parte, un abuso de la forma ritual de la celebración y por otra, un menosprecio general de la forma ritual. Para evitar estos errores en la Constitución se exhortará a la educación de los fieles en los ritos que celebran a fin de que puedan descubrir el sentido de cada uno de ellos: «los pastores de almas fomenten con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles, interna y externa, conforme a su edad»74. La búsqueda de una participación activa de los fieles en la liturgia no consiste en una improvisación de acciones que se incorporan en las celebraciones, la mayoría de las cuales puede caer en un sinsentido y a merced de las apetencias de cada persona, en este sentido se debe considerar que existe en la liturgia algunas leyes o normas que ayudan, cuando son entendidas en su verdadero espíritu, a la vivencia de la

72 BENEDICTO XVI, Exhort. Apost. Sacramentum Caritatis, n. 64.

73 A este peligro hace referencia Ratzinger cuando denota que en los últimos decenios ha habido un movimiento hacia la exterioridad, generando un «ajetreo» donde no puede abrirse los ojos del corazón. Por ello para este autor las categorías de:

inteligibilidad, que exige la eruditio; la participación, en cuanto el hablar, cantar y actuar en la liturgia debe introducir en el movimiento de trascendencia; y la noble sencillez de los ritos, que transparenta lo central en la liturgia y que pide la disposición de los fieles para poder ser captada; son las tres categorías fundamentales en la reforma litúrgica propuesta por el Concilio Vaticano II. Cf.J.RATZINGER, Teología de la liturgia, 518-523.

74 CONCILIO VATICANO II, Const. Sacrosanctum Concilium, n.19.