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Perspectiva de género, memoria y trauma

In document Fracturas de la memoria: (página 57-60)

A partir de los trabajos de autoras como Patricia Hill Collins, Virginia Maquieira y Aurelia Martín Casares, entendemos el género como una categoría analítica, una divisoria socialmente impuesta y una construcción social de las identidades genéricas y los comportamientos psicosociales que marcan las relaciones de poder; éste es (re)creado y retroalimentado por sistemas como el racismo, el clasismo y la heteronormatividad, que se intersectan e interactúan de distintas maneras y en diferentes contextos, resultando en relaciones asimétricas de poder a favor de la masculinidad hegemónica.104 Comprendiendo así el género, en este artículo nos vamos a centrar de manera exclusiva en la construcción social de las personas que se identifican o son identificadas como mujeres –y la discriminación que enfrentan- y de las personas que se identifican o son

99 Imelda Marrufo Nava, Abogada y activista por los derechos de las mujeres que trabaja en Ciudad Juárez, Chihuahua. Entrevista realizada el 14 de marzo de 2014 en Madrid, España. Entrevistadora: Sordo Ruz, Tania.

100 Organizaciones de la sociedad civil. “Carta abierta al gobernador de Chihuahua”, México, 27 de marzo de 2012, firmada por diversas organizaciones nacionales e internacionales dedicadas a la defensa y promoción de derechos humanos. Recuperado el 8 de junio de 2012 de observatoriofeminicidio.blogspot.com.es/

101 Nuestras Hijas de Regreso a Casa. “Los ciclos …”, op. cit.

102 Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Segundo informe sobre la situación de las defensoras y los defensores de derechos humanos en las Américas, OEA/Ser.L/V/II., Doc. 66, 31 diciembre 2011, pp. 119 y 120.

103 Iniciativa Mesoamericana de defensoras de Derechos Humanos. “Nuevo ataque a Norma Andrade. ¡Acción Urgente!” Recuperado el 9 de julio de 2016, de nobelwomensinitiative.org/wp- content/uploads/2012/02/Pronunciamiento-Norma-Andrade-ESP-Feb-2012.pdf y Cruz Flores, Alejandro.

“Atentan contra la activista Norma Andrade, protegida por la PGR”, La Jornada, México, publicado el 4 de febrero de 2012. Recuperado el 9 de julio de 2016, de www.jornada.unam.mx/2012/02/04/politica/005n1pol

104 Patricia Hill Collins, Black Feminist Thought: Knowledge, Consciusness, and the Politics of Empowerment, New York and London, Routledge Classics, 2009; Virginia Maquieira, “Género, diferencia y desigualdad”, en Elena Beltrán y Virginia Maquieira (eds.), Feminismos. Debates teóricos contemporáneos, Madrid, Alianza Editorial, 2001, pp.

127-184, y Aurelia Martín Casares, Antropología del género. Culturas, mitos y estereotipos sexuales, Madrid, Ediciones Cátedra, 2006.

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identificadas como hombres –y los privilegios que tienen-; sin negar otras posibles categorías de género que existen en cada sociedad, pues no pretendemos negar las vulneraciones a los derechos humanos de las personas disidentes de las categorías heteropatriarcales.

Consideramos que una perspectiva de género conlleva un análisis interseccional si queremos realmente comprender la forma en que la intersección de distintos sistemas de dominación y opresión, en sociedades como la mexicana, produce violencias y una discriminación específica contra las mujeres que no pertenecen a los grupos dominantes o privilegiados.

Estudiar o hacer visibles a las artistas y sus obras sin una perspectiva de género puede contribuir a reforzar roles y estereotipos de género, más que a transformar la situación histórica de desigualdad que han enfrentado las mujeres. En cambio, estudiar o hacer visibles a las artistas y sus obras con una perspectiva de género consiste en cuestionar de forma crítica los sesgos existentes, la normalización de la constitución del hombre occidental como canon y paradigma de la humanidad y el papel que se ha impuesto y se impone a las mujeres. La perspectiva de género, por tanto, “es consciente de un orden social de género, lo cuestiona y lo intenta transformar”.105

El analizar con perspectiva de género las representaciones y artefactos culturales contemporáneos de artistas mexicanas, se asuman estas o no como feministas, nos permite reconocer las aportaciones de la teoría feminista del arte y la influencia del feminismo en muchos trabajos.106 A la vez que nos permite comprender la raíz de la violencia por razón de género contra las mujeres en sus distintas manifestaciones, que, en palabras de Marcela Lagarde, tiene “sus orígenes en una sociedad que se empeña por seguir considerando a las mujeres como seres humanos inferiores y objetos sexuales”.107

Cuando hablamos de violencias por razón de género contra las mujeres desde una perspectiva de género, como con los casos de feminicidio en Ciudad Juárez, la memoria, la memoria colectiva y el trauma ocupan un lugar central en la resistencia y la denuncia de esta vulneración a los derechos humanos de las mujeres, que tiene consecuencias en toda la sociedad.

La memoria no es una reproducción simple y no mediada del pasado, únicamente accesible a través de la experiencia, sino más bien una recreación selectiva de ciertos hechos cuyo significado dependerá del contexto social, las creencias y las aspiraciones de la persona o de la comunidad en el momento de recordar.108 Estas recreaciones del pasado son, por su propia naturaleza, parciales, inestables, muchas veces impugnadas y propensas a convertirse en espacio de luchas.109 Por nuestra parte, nos apoyamos para esta investigación en un modelo procesual de la memoria, como el que proponen Stoler y Strassler:110 en este sentido, la memoria (colectiva) es fuente de negociación y conflicto en el seno de la sociedad, y sus narraciones deben ser constantemente revisadas, lo que convierte al pasado y al presente en consustanciales. Así, entendemos la memoria como

105 Tania Sordo Ruz, Violencias en contra de las mujeres…, op. cit., p. 18.

106 Mónica Mayer, “De la vida y el arte como feminista”, en Karen Cordero Reiman e Inda Sáenz (Comp.), Crítica feminista en la teoría e historia del arte, México, Universidad Iberoamericana y Universidad Nacional Autónoma de México, 2007, pp. 401-413 y Magali Lara, “La memoria es como una piedra pulida”, en Karen Cordero Reiman e Inda Sáenz (Comp.), Crítica feminista en la teoría e historia del arte, op. cit., pp. 415-420.

107 Lagarde, Marcela. “Peritaje de la Dra. Marcela Lagarde…”, op. cit., p. 18.

108Andreas Huyssen, Twilight Memories. Marking Time in a Culture of Amnesia, Nueva York, Routledge, 1995.

109 Elena Rosauro, Historia y violencia en América Latina. Prácticas artísticas, 1992-2012, Murcia, CENDEAC, 2017, p.

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110 Ann Laura Stoler, y Strassler, Karen. “Castings for the Colonial: Memory Work in “New Order” Java”, en Comparative Studies in Society and History, vol. 42, núm. 1, 2000, p. 4-48.

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toda una serie de procesos acumulados en los “andares, posturas, movimientos y en el resto de componentes corporales que, juntos, componen el código cultural y las dinámicas sociales en las prácticas diarias”.111 En palabras de Francisco Ortega Martínez,

una memoria colectiva es ante todo una lucha de significados, abiertamente política, con la que se hace posible —o imposible— reconocimientos sociales, reparaciones simbólicas y dignificación. Es, por eso mismo, un escenario para la naturalización y legitimación de la agresión y el desconocimiento del sufrimiento social o, al contrario, para la instauración de nuevos límites éticos y morales contra la violencia.112

Estas memorias colectivas, cuando se refieren a eventos violentos, están necesariamente atravesadas por el concepto de trauma social. Aun estando de acuerdo con quienes argumentan que el “actual discurso sobre trauma sistemáticamente ha marginado la dimensión social del sufrimiento [...y] promueve un enfoque fuertemente individualista que presenta el trauma como algo que pasa en la mente humana”,113 al tiempo que este discurso “tiende a pasar por alto el hecho de que las causas, el núcleo de las experiencias y las consecuencias de la violencia colectiva son predominantemente sociales”,114 aún así, entendemos que “hablar de la dimensión específica de un trauma colectivo significa entender la representación generalizada de un suceso, señalado como injustificado, que causó la dislocación masiva de las relaciones, instituciones y funciones sociales de ese grupo o comunidad”.115 Así, para los fines de este texto adoptaremos la noción de trauma social, siguiendo a Ortega Martínez, “para designar los procesos y los recursos socio- culturales por medio de los cuales las comunidades encaran la construcción, elaboración y respuesta a las experiencias de graves fracturas sociales que se perciben como moralmente injustas y que se elaboran en términos colectivos y no individuales”.116 Asimismo, esta definición de trauma se refiere simultáneamente a tres dimensiones: “el acontecimiento violento, la herida o el daño sufrido, y las consecuencias a mediano y largo plazo que afectan el sistema”.117

Entendemos, por tanto, que los feminicidios en Ciudad Juárez y la denuncia y resistencia fuertemente influenciada por los movimientos feministas significan un trauma social tanto en la propia ciudad como a nivel nacional e internacional, puesto que han configurado todo un movimiento social, cultural y artístico en torno a estas violaciones a los derechos humanos que trata de construir una respuesta a estas experiencias de grave fractura social, al tiempo que busca también influir y afectar a medio y largo plazo en el sistema social, político y jurídico.

111 Arthur Kleinman y Joan Kleinman, “How Bodies Remember: Social Memory and Bodily Experience of Criticism, Resistance, and Delegitimation Following China’s Cultural Revolution”, en New Literary History, vol. 25, 1994, p.

716-717.

112 Francisco Ortega Martínez (ed.), Trauma, cultura e historia: Reflexiones interdisciplinarias para el nuevo milenio, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 2011, p. 42.

113 Íbid., pp. 26-27.

114 Íbid., p. 27.

115 Íbid., p. 29.

116 Íbid., p. 30.

117 Íbid., p. 31.

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Representaciones y artefactos culturales contemporáneos de dos artistas

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