leal que no permiten ser competitivos a los productores mexica- nos”. ¡Como si la eliminación de las diferencias estructurales en- tre México y los Estados Unidos –lo que implica también, desde luego, la supresión de las diferencias estructurales al interior de la agricultura mexicana– fueran algo factible de lograr de un año a otro! Hace once años advertimos: “Una negociación sensata de comercio exterior agropecuario no debe apostar a que dentro de diez o quince o veinte años lograremos la equiparación tecnológi- ca y productiva con las potencias agrícolas del norte. El análisis prospectivo de la productividad no debe hacerse contemplando un dinamismo tecnológico y productivo en México y una produc- tividad estática en los países del norte”.20 Ciertamente, la produc- tividad en Estados Unidos se mueve y, con harta frecuencia, más rápido que en México.
Finalmente, el cuarto mecanismo del “blindaje” consiste en:
“Promover y posicionar los productos domésticos en la mente de los consumidores nacionales e impulsar una mayor penetración de éstos en los mercados internacionales”. Sobran comentarios.
En suma: el “blindaje agroalimentario” no es de acero, sino de papel. Lo que el campo mexicano requiere, para decirlo en tér- minos del Consejo Nacional Agropecuario, es “un plan más am- plio e integral”, que utilice de manera simultánea los instrumentos de fomento económico a nuestro alcance –sucintamente resumi- dos en nuestra entrega pasada– a fin de que el sector agropecua- rio pueda cumplir eficazmente sus funciones en el desarrollo económico nacional.
pero los resultados –reconoce el Banco Mundial– han sido de- cepcionantes: estancamiento del crecimiento, falta de competiti- vidad externa, aumento de la pobreza en el medio rural”.21
En el futuro, a juicio del Banco Mundial, “la clave será redise- ñar y coordinar los programas oficiales de apoyo de manera que promuevan la diversificación hacia cultivos de mayor valor o el desplazamiento hacia actividades más productivas en la explo- tación agrícola y al margen de ella”. En otras palabras, según el Banco Mundial, la disyuntiva para los pobladores rurales (la cuarta parte de los mexicanos), consiste en reacomodarse en otros rincones de la actividad agropecuaria o salir de la actividad, cediendo el mercado a la potencia agroalimentaria del Norte.
En la misma perspectiva, el secretario de Agricultura, Javier Usabiaga –en entrevista exclusiva concedida a Lourdes Rudiño–, señaló: “«Estamos planteando para los productores de granos y todo tipo de cultivos una disyuntiva: o te vuelves eficiente con los parámetros internacionales o te buscas otra cosa»”. “Sus advertencias –cuestionó Rudiño– van dirigidas a la gran mayoría de los productores”. “«Sí, efectivamente, pero ese género de pro- ductores –insistió Usabiaga– tiene que enfrentar el reto»”. “«Los agricultores contarán con un periodo de cinco años para hacerse competitivos»”; este ultimátum está contenido en las Acciones [de Política Agroalimentaria y Pesquera para el Fortalecimiento Secto- rial]; y “«el que no lo entendió –remarcó Usabiaga– no lo quiso en- tender»”.22
Los productores rurales habrían podido replicar a Usabiaga:
¡o te vuelves eficiente como secretario de Agricultura mexicano con los parámetros nacionales –es decir, con las realidades del México rural de hoy– o te buscas otra cosa! Porque actualmente existen en México alrededor de cuatro millones de pequeños agricultores (que con sus familias conforman una población de veinte millones de mexicanos), los cuales no muestran disposi- ción de morirse ni de irse al mar, y en el corto o mediano plazo tampoco es objetivamente viable que alcancen “la eficiencia con parámetros internacionales” (que en el marco del TLCAN signifi-
21 Banco Mundial, Informe 23849-ME.
22 Véase El Financiero, 21/XI/02.
ca la equiparación tecnológica y productiva con Estados Unidos y Canadá), ni que, masivamente, se dediquen a otra cosa. Por ello, un secretario de Agricultura verdaderamente de México debería tomar en cuenta esta realidad social, adecuando las políticas pú- blicas agropecuarias al México real.
Sin duda, la tendencia al descenso continuo de la participación relativa de la agricultura en el empleo es una ley general del desa- rrollo de las economías de mercado. Conforme se desarrollan la di- visión social del trabajo y la productividad, las ocupaciones industriales y de servicios absorben una proporción creciente de la población económicamente activa. Sin embargo, esta tendencia sólo se manifiesta en forma de un descenso absoluto de la población agrícola cuando las naciones alcanzan un grado considerable de in- dustrialización y desarrollo económico general. Más aún, en fases previas a este umbral, la población agrícola continúa creciendo en números absolutos, no obstante su descenso relativo.
En Estados Unidos, país que los tecnócratas gustan tomar como modelo, la población agrícola continuó creciendo en cifras absolutas hasta 1910, aun después de más de medio siglo de acelerado desa- rrollo industrial. En 1930, cuando Estados Unidos tenía un PIB na- cional per cápita de 6,520 dólares (a precios de 2000), similar al que México alcanzó en el 2000 (5,834.9 dólares), la PEA agrícola representaba el 23.4% de la PEA total, proporción algo mayor que la PEA agrícola del México de hoy (20.3% de la PEA total). En 1950, la PEA agrícola estadounidense había descendido al 12.6% de la PEA total, pero el PIB nacional per cápita de ese país había alcanzado los 11,913 dólares, lo que implicó un acelerado crecimiento de los em- pleos industriales y de servicios, que absorbieron a buena parte de la población agrícola. En el 2000, la PEA agrícola en Estados Uni- dos había descendido al 2.1% de la PEA total, pero su PIB nacional per cápita había crecido hasta 34,911 dólares (véanse Cuadros 7 y 8).
En México, es absurdo esperar en el mediano plazo una re- ducción de la población agrícola hasta una proporción similar a la que Estados Unidos alcanzó después de dos décadas (1950) o de siete décadas de desarrollo (2000), después de cruzar el um- bral del descenso absoluto de la PEA agrícola, que México toda- vía no alcanza.
Si en 1930 hubieran arribado al poder político estadouni- dense tecnócratas neoliberales decididos a precipitar el desahucio de la población rural, para alcanzar la proporción que la PEA agrícola tenía entonces en Inglaterra (4%), habrían provocado una profunda conmoción social, pero sin lograr su objetivo. Porque ni la agricultura había alcanzado el nivel de productividad compatible con esa reducción de la PEA agríco- la, ni la sociedad habría tolerado que tres millones de familias rurales fueran arrojadas abruptamente a las calles de las urbes para competir por los empleos y provocar el descenso de los salarios urbanos.
Cuadro 7.
Estados Unidos. Empleo agrícola y desarrollo económico
Años
PEA agrícola
PIB agrícola*
PIB nacional per cápita**
(Miles de personas)
(% de la PEA total)
1930 10,340 22.7 8.3 6,520 1940 9,540 20.1 6.3 7,931 1950 7,497 12.5 6.8 11,913 1960 4,847 6.4 3.8 14,167 1970 3,842 4.3 2.5 18,812 1980 3,884 3.5 2.0 23,124 1990 3,640 2.8 1.4 28,828 2000 3,027 2.1 0.8 34,911
* Como porcentaje del PIB nacional.
** En dólares constantes de 2000.
Fuente: Elaboración propia con base en US Department of Commerce, Boreau of the Census, Statistical Abstract, US; FAO, Statistical Data base; y USDC, BEA, National Income and Product Accounts Tables.
Cuadro 8.
México. Empleo agrícola y desarrollo económico
Años
PEA agrícola PIB
agrícola* PIB nacional per cápita**
(Miles de personas)
(% de la PEA total)
1960 6,097 54.1 13.3 2,033.6 1970 5,004 37.5 9.1 3,114.8 1980 5,670 28.0 6.5 6,078.1 1990 6,230 24.0 6.2 4,074.4 2000 6,550 20.3 5.0 5,834.9
* Como porcentaje del PIB nacional; ** En dólares constantes de 2000.
Fuente: Elaboración propia con base en US Department of Commerce, Boreau of the Census, Statistical Abstract, US; FAO, Statistical Data base; y USDC, BEA, Na- tional Income and Product Accounts Tables.
Precisamente, lo peligroso de la visión según la cual México tiene un exceso de población rural estriba en que esta visión apo- ya medidas que aceleran el desahucio de los campesinos. De he- cho, las “reformas estructurales” realizadas en el campo mexicano durante las dos últimas décadas, parecen haberse de- cidido a partir de un ejercicio de pizarrón que manipuló con cri- terios ahistóricos las variables demográficas.
El problema consiste en que la población agrícola no muestra intención de morirse ni de irse al mar. Por eso, no obstante la de- sesperación neoliberal por saltar al primer mundo, es absurdo que la nación caiga en una suerte de locura: creernos país de primer mundo y tratar de ajustar nuestras variables demográfi- co-económicas (y particularmente la participación de la agricul- tura en el empleo) a las observadas en el primer mundo.
Porque saltar de un PIB nacional per cápita de 5,835 dólares a un PIB per cápita de 11,913 dólares (que Estados Unidos tenía en 1950, cuando su PEA agrícola era el 12.6% del total) –no digamos ya hasta un PIB per cápita de 34,911 dólares– no es posible ha- cerlo en cinco años (plazo fijado por el secretario de Agricultura, Javier Usabiaga para que los campesinos mexicanos “se vuelvan eficientes con parámetros internacionales o se busquen otra co- sa”).23 Pero reducir la PEA agrícola del 20.3% de la PEA total, al 12.6% o al 10% en un quinquenio, es algo que puede intentarse:
basta continuar con la acelerada apertura comercial y terminar de desmantelar los programas de fomento agropecuario para que, con la reforma ya realizada en la legislación agraria, se pro- duzca el acelerado desalojo de la población rural y la rápida com- pactación de los predios campesinos en explotaciones de mayor dimensión. El problema consiste en que en el curso de este pro- ceso puede estallar una rebelión campesina.
En esta perspectiva, las protestas y movilizaciones rurales, así como la exigencia campesina de renegociar el capítulo agrope-
23 Véase El Financiero, 21/XII/02.
cuario del Tratado de Libre Comercio de América del Norte y su demanda de que el gobierno instrumente una vigorosa política de desarrollo agropecuario, similar a la vigente en Estados Unidos desde la Ley Agrícola de 1933, simplemente representan la expre- sión pacífica del instinto de sobrevivencia de una población que no está dispuesta a morirse ni a irse al mar.