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Sobre generación y ciudad como símbolo moderno

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ARTÍCULOS

Anexo 4. Levantiscos», respuesta de Ricardo Palma a Julio S

1. Sobre generación y ciudad como símbolo moderno

Résumé:

La présente recherche aborde les premiers ouvrages de trois des plus importants auteurs de la Génération du 50 : Enrique Congrains Martin, Julio Ramón Ribeyro y Sebastián Salazar Bond; à savoir, Lima, hora cero (1954), Los gallinazos sin plumas (1955) et Náufragos y sobrevivientes (1955), respectivement. Bien que ses textes aient été étudiés, il n’existe pas de recherches montrant comment leurs projets esthétiques s’articulent par rapport aux idéaux qui ont guidé leur praxis artistique. En usant de la théorie des polysystèmes, nous parcourrons les circonstances de l’inter- prétation de l’expérience de transformation que traversaient Lima et le Pérou dans les années 50. Autrement dit, nous déterminerons comment la pluralité de certains ensembles naissants s’est traduite dans leurs récits, ce qui nous conduira à proposer une idée de nation construite par eux, avec ses possibilités et ses limites, puisque la capitale, dans leur perspective, prévaudrait sur la migration et la dépersonnalisation du nomade cherchant à s’insérer dans le centre du pouvoir.

Mots clés: Génération du 50, polysystèmes, réalisme, identité, nation Recibido: 21/06/2022 Aprobado: 20/07/2022 Publicado: 10/12/2022

y, sin duda, esto implicaba una fricción insalvable y dependiente de un concepto y un mecanismo de análisis precarios.

Si es que alguna vez la teoría de las generaciones fue útil, esta solo sirvió como fuente de categorización o de taxonomía de manual, y no como una herramienta de discusión sobre la producción estética. Fuera de esto, cierto aire romántico de la teoría psicologista de Wilhem Dilthey (1945) fue lo que se mantuvo en la adopción teórica de José Ortega y Gasset (1983), pero sin ningún impacto real sobre la reflexión propiamente estética. Sin duda, la concentración en los tiempos como formas de percepción artística pudo significar una forma de aproximación, hasta cierto punto, válida o de cierta plasticidad, pero se enfrentó a la cuestión del gusto o de la permanencia y la insistencia de formas expresivas.

Es importante recalcar que ciertos métodos son útiles según las nece- sidades coyunturales y, si el estudio de las generaciones impactó en el ámbito de la investigación, esta se enfocó en la facilidad de establecer conjuntos de análisis y explicación de ciertos fenómenos históricos, en general. En ese sentido, aquel panorama de organización soslayaba la singularidad estética y apuntaba a lo que se denomina hoy como tematología, es decir, se trataba de otra pauta cuya tendencia era totalizante, pero más plástica, si consideramos su relación con la literatura comparada. No obstante, nuestra reflexión considera que, a través de la singularidad de las obras, es posible establecer puntos de encuentro entre autores, antes que determinar únicamente el dato temporal. Esto no implica pasar por alto las fechas o los acontecimientos relevantes, sino su impacto en la necesidad expresiva de los artistas y cómo conjugaron la construcción estética con su material y sus premisas de exis- tencia: la realidad. En ese sentido, la ideología moral (Eagleton, 2011) de los conjuntos textuales será construida desde la materialidad de un espectador no tan cercano o, tal vez, imposible.

Si consideramos que cada época presenta sus propias angustias o los temas que serán evaluados por el arte, se evitaría la simplificación inocente;

no obstante, el arribo de las obras depende de una trama sutil que se localiza en los diversos campos que atraviesa el artista y las propias peripecias de recepción de las obras. En Las reglas del arte, por ejemplo, Pierre Bourdieu

(1995) propone un seguimiento milimétrico de la trama que permitió la valoración paradójica de Baudelaire en los círculos intelectuales de su época. Además de ello, se incluyó la forma en que sus relaciones y sus conflictos con los referentes inmediatos de su tiempo fueron claves en su trascendencia poética, la cual respondía a un planteamiento hegemónico del arte y sus relaciones de poder.

Las artes dependen de los campos o, de manera más realista, de los terrenos que permiten el despliegue de la comprensión de la realidad para su posterior traducción hacia la materialización de la obra. Así, el análisis de la génesis de ciertas obras se corresponde con una realidad etológica, es decir, de comportamientos entre colectivos y sus procesos de alimentación y retroalimentación. Estas mismas relaciones, sin duda, consiguen su independencia hasta ser un campo autónomo, como el cenáculo literario, por ejemplo, con capacidad de ejercer poder sobre otros terrenos de la experiencia cotidiana del conjunto social. Bajo esta premisa, es importante anotar un análisis realista de la sociedad peruana de la década del 50 con una afirmación contundente: el campo literario en el Perú era inexistente y este, desde nuestro punto de vista, recién se forma de manera autónoma de la mano del mercado y la publicidad. Este hecho no implica que se trate de objetos verbales sobresalientes necesariamente, debido a las posibles condiciones coloniales de publicación; en otros términos, las agrupaciones marcadas por el amiguismo o la conocida argolla constituían la estructura de producción estatuida.

La inexistencia de un campo literario implica la ausencia de una industria y el polo de consumidores de ficción. La transformación de la ciudad, su explosión demográfica y la circulación del capital para expandirla generó la necesidad de entender sus linderos, lo cual devino en la emergencia de diversas relaciones de poder. Entre los muchos mecanismos de comprensión de la realidad, el arte cumple un papel importante y esto se manifiesta en los tres autores que nos incumben en esta ocasión: Julio Ramón Ribeyro, Enrique Congrains y Sebastián Salazar Bondy. Si bien son contemporáneos, razón por la cual se les reunió en la denominada generación del 50, su existencia intelectual y sus investigaciones estéticas tienen su razón de ser en un tiempo germinal

exigido por la transformación vertiginosa de la ciudad. En ese sentido, sumamos al tiempo la razón del espacio. Aún más, no sería posible asumir estas variables sin reconocer que ambas existen en su percepción y su habitación, respectivamente.

El verdadero pionero de la creación, incipiente por supuesto, del campo literario en el Perú fue Enrique Congrains, quien, al crear el Círculo de Novelistas Peruanos, reunió las propuestas literarias de Ribeyro y Salazar Bondy, junto con la suya. En este primer momento, el campo aparece casi como un evento noticioso de lo que pasaba en la capital. Por un lado, Congrains apunta a la eclosión de la ciudad, el momento «Lima, hora cero», en pleno proceso de modernización, el cual no ve con buenos ojos. Por otro, se observa una Lima que animalizaría a sus pretendientes desde la infancia como en Los gallinazos sin plumas y, finalmente, a un espectador de situaciones insulares en un mar que podría ser la capital, en la cual se mantiene con aliento quien pueda como en sus Náufragos y sobrevivientes. Como se observa, estos primeros movimientos, en lo tocante a la formación de un campo de miradas sobre la ciudad, no tenía más que un impulso emprendedor y un inexistente público que pudiera o supiera consumirlo. Todo esto es, evidentemente, distinto a una Francia del siglo xix explicada por Bourdieu.

La única contraparte entre los artistas y sus necesidades de represen- tación radicaban en la ciudad misma como un objeto de investigación. Es importante recordar la necesidad de exploración: Lima era el espacio idóneo, ya que experimentaba la reconfiguración plena de sus fronteras y sus relaciones de poder. La década del cincuenta no solo era el momento cero de Lima, sino también era el primer paso necesario para la conformación de una escritura de la ciudad.2 Cabe recordar que Ribeyro, en 1953, publicó un artículo en

2 En comunicación personal, el profesor Edgar Álvarez Chacón propone que «los modernistas de principios de siglo no solo desarrollaron una narrativa con referencia a la ciudad, sino que también constituyeron un campo intelectual incipiente, pero de mucho dinamismo en virtud de las redes intelectuales continentales y trasatlánticas que se tejieron en el marco de la modernidad (periódicos, traducciones, revistas ilustradas, telégrafo, premios literarios, viajes, educación, público). Los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial ampliaron y fortalecieron los mecanismos de circulación, consumo y producción del arte, que, en el caso de Hispanoamérica, llevó al llamado “boom” de la literatura hasta los años 60».

el cual reclamaba la ausencia de una novela para nuestra capital, ya que era merecedora de un producto estético que le hiciera justicia (1976, p. 15). El contraste que propone es claro: ¿cómo una ciudad en crecimiento y llena de posibilidades representativas carece de una obra de envergadura a su medida, tal como ocurría con París? Líneas arriba se explicó su pregunta; esta se vincula con la ausencia de un campo que haya podido sostener tal empresa.

No se debe ignorar que la gran obra de la ciudad fue estipulada por Mario Vargas Llosa en La ciudad y los perros (1963), pero esta novela habría carecido de concreción si se hubiera pensado en Lima como móvil para su creación. Si bien era lógico pensar que, a fortiori, una gran novela debía gestarse para un espacio que adquiría nuevos matices y brillos, no era simple que apareciera sin condiciones de existencia. La novela de Vargas Llosa apareció en España y eclipsó cualquier intento posterior de narrar la ciudad. De una u otra forma, el tinte colonial se impuso, porque Lima sería entendida en el campo literario europeo, desde la mirada de un joven arriesgado y, curiosamente, afrancesado para la época. La petición ribeiriana no podía realizarse in situ, sino bajo el dislocamiento de un lugar que distaba de concebir el arte como una forma más de informar sobre lo que acontecía en un mundo oscuro para las metrópolis. Un producto de dimensiones coherentes con la dinámica de Lima solo podría haber visto la luz con experiencias similares a ella y no en su gestación misma. Esta situación es paradójica, pero la descripción del campo y sus entretelones era posible para un Vargas Llosa afincado en Europa y no para un Congrains, un Ribeyro o un Salazar Bondy, por mucho que supieran de lo que se hacía en el mundo y entendieran sus formas de funcionamiento.

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