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Supervivencia: los nombres y la herencia

In document Amistad y escritura (página 66-92)

―Y si la vida vuelve, volverá al nombre, y no al viviente, al nombre del viviente como nombre del muerto‖

J. Derrida. Otobiografías

Después de preguntarnos por el concepto de amistad y sus implicaciones filosóficas, podemos pensar en la cuestión de la supervivencia como la articulación conceptual entre el problema de la escritura con la amistad. Pensar esta articulación consiste, básicamente, en argumentar que estas categorías, que se pueden presentar como diferenciadas y, hasta en cierto punto, distantes en la perspectiva filosófica de Derrida, están vinculadas conceptualmente. En este sentido, en este apartado se expondrá desde la perspectiva del nombre propio y la herencia, la propuesta derridiana sobre la supervivencia. De esta manera, en la primera parte de este apartado se problematizará la cuestión del nombre y la firma, mientras que en el segundo apartado se problematizará el «concepto» del fantasma y la herencia para comprender el gesto deconstructivo de Derrida en relación a la supervivencia de la obra. Y finalmente, se abordará lo que significa la supervivencia, pensada aquí, como la estructura que nos permitirá comprender el sentido de la

«sobrevida».

Nombres y supervivencia

Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. (Eco 1980/2004, 475)

Perder el nombre no es emprenderla con él, destruirlo o herirlo. Al contrario, es simplemente respetarlo: como nombre. Es decir, pronunciarlo, lo cual equivale a atravesarlo en pos del otro, el otro que lo porta nombrado por él. Pronunciarlo sin pronunciarlo. Olvidarlo llamándolo, recordándo(se) lo, lo cual equivale a llamar o recordar al otro. (Derrida, Salvo el nombre, 1991/2011, págs. 50-51)

Para abordar la cuestión de la superveniencia y del nombre podríamos retomar a Derrida y detenernos, puntualmente, en la problematización sobre el nombre propio que encontramos en Otobiografías (1984/2009) y las implicaciones que tiene dicha problematización sobre las nociones de vida y muerte que servirán para establecer una noción de sobrevida. En este sentido, nos encontramos con un texto que es producto de una serie de conferencias

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impartidas por Derrida en Estados Unidos, donde no solo plantea la cuestión del nombre propio como concepto, sino que lo problematiza en relación a la firma y la institución.

En el inicio del texto encontramos uno de los gestos argumentativos que es constante en algunos textos y conferencias de Derrida, donde realiza la declaración de renunciar al cumplimiento de una promesa. La paradoja de esta declaración, consiste ante todo en un juego con el uso performativo de la promesa, en el cual la promesa aparentemente será incumplida18. Así, reconoce que no hablará del tema por el cual había sido invitado, es decir, sobre un ejercicio comparativo entre la Declaración de Independencia de Estados Unidos y la Declaración de los derechos del Hombre, pero que sí se interrogará sobre la cuestión de la firma y la diferenciación entre el nombre propio de aquel que firma y el sujeto empírico que porta el nombre (Derrida, 1984/2009, pág. 13).

Esta diferenciación entre la firma y el firmante de un texto nos invita a pensar preliminarmente en algunos problemas, quizás el más central, consiste en mostrar que la firma sirve para fundar alguna nueva realidad, en este caso el acta de independencia de un país en relación a otro. Es así que un documento que es firmado por un grupo de sujetos sirve para hacer un corte con un cierto orden de cosas establecido o para decretar la transformación de un viejo régimen a uno nuevo. Lo singular de esta cuestión es que se esperaría que estos textos fundacionales se separaran de sus firmantes para que se mantenga su efecto en el tiempo, aunque aparentemente la validez del texto y su performance continúen ligados a la firma de uno o varios sujetos empíricos que son reconocidos como los fundadores de la nueva institución19 (Derrida, 1984/2009, pág. 14).

No obstante, esta posición será interpelada por Derrida en su texto, mostrando que esta división entre sujetos empíricos y su firma, es uno de los puntos de partida para debatir con una tradición de pensamiento donde se expresa el predominio del sujeto empírico sobre su

18 Esta clase de gestos, como lo veremos posteriormente, se inscriben en una perspectiva de la herencia que es concebida como una promesa. En este sentido, el incumplimiento de la promesa no sería una ruptura de la herencia. Por el contrario, la herencia comienza a romper con la lógica del programa y el cálculo. La promesa al igual que la herencia siempre puede ser otra, diferente, a la que pensamos.

19Cuando se hace una interpretación política de estos documentos, se pensaría que su valor declarativo se establece, aparentemente, gracias a los sujetos empíricos que lo firman y no necesariamente a las declaraciones o las firmas, las cuales solamente parecen tener un valor protocolario. Es difícil pensar, desde una perspectiva tradicional, que el valor de estos documentos no se halla en ser simplemente escrituras protocolarias, sino que las mismas fundan un nuevo sentido institucional y, como lo veremos más adelante, es con la firma que se constituyen los signatarios.

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firma. Derrida expresará entonces que esta división pone en evidencia dos aspectos puntuales: los juegos de presencia-ausencia en la firma y el efecto que tiene la firma sobre el sujeto firmante en su constitución subjetiva.

La primera cuestión ya había sido señalada en Firma, Acontecimiento Contexto (1971/1998) cuando se plantea que, contrariamente a lo esbozado por la teoría de los speech acts, existe una fractura entre aquel que se denomina la fuente de la enunciación y su firma, mostrando que la firma tiene su eficacia justamente en la ausencia de su productor. De esta manera, se propone que si bien la firma se establece como una forma trascendental de mantenimiento, se desprende de su intención presente y sigue operando en el futuro, sin posibilidad de cálculo o programa establecido por su signatario (Derrida, 1971/1998, pág. 370).

En este orden de ideas, no hay que descuidar que la firma también tiene un efecto sobre el signatario. En Otobiografías, Derrida plantea contundentemente que ―La firma inventa al signatario‖ (1984/2009, pág. 17), erosionando la idea que concibe que el sujeto firmante es el fundamento de la firma, para mostrar precisamente que este trazo es aquello que constituye a cierto sujeto empírico como firmante. Así, la firma en su iteración intenta reproducir en el tiempo algo que es imposible de reproducir y precisamente es el acontecimiento de constitución subjetiva. Al respecto Derrida indicará que después de firmar:

Me habré dado un nombre y un «poder», entendido en el sentido de poder firmar por delegación de firma. Pero este futuro anterior; tiempo propio para ese golpe de derecho (como si dijéramos golpe de fuerza), no debe declararse, mencionarse, tenerse en cuenta. Es como si no existiera. (…) Mediante este acontecimiento fabuloso, mediante esta fábula que implica la huella y solo es en verdad posible por la inadecuación de un presente a sí mismo, una firma se da un nombre. Se abre un crédito, su propio crédito, de sí misma a sí misma. El surge aquí en todo los casos (nominativo, dativo y acusativo), una vez que una firma se da crédito, de un solo golpe de fuerza, que es también un golpe de escritura, como derecho a la escritura. (Derrida, 1984/2009, págs. 18-19)

Teniendo en cuenta lo anterior, la firma establece el nombre y sus posteriores características y capacidades. La firma posibilita la emergencia del nombre, pero también de la vida del sujeto. Así, se reconoce que la firma y el acontecimiento fundan el nombre y dan vida al signatario. Pero también indican su ausencia y su muerte. Es importante no pasar por alto que la lectura que se hace sobre la vida, en este contexto, no atañe a su

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concepto biológico. La vida, en este caso, hace referencia a la posibilidad de supervivencia y perduración del nombre en el tiempo gracias al texto donde se inscribe, cuestión que resulta fundamental para comprender el concepto de vida-muerte que deviene de este planteamiento filosófico.

Es preciso, por lo tanto, señalar que Derrida toma distancia de la biología, pero también hace lo mismo con una psicología que interpreta la producción del sujeto como una proyección psíquica y por lo tanto como un producto susceptible de un análisis psicobiográfico, para pensar en una filosofía de la vida donde el nombre y la firma son relevantes. En este orden de ideas, no resulta fortuito que Derrida encuentre en Nietzsche y en «sus nombres» una posible articulación de esta relación que propone del nombre, la firma y su supervivencia. En su crítica a las categorías centrales de la metafísica occidental, Nietzsche indica los juegos y las ambivalencias que pueden ocurrir con el nombre y su implicación en la obra. Se puede encontrar que el nombre se ubica en textos a modo de un juego, que deriva siempre como juego que fisura la idea de un autor como presencia plena e idéntica, para ser diferido y por lo tanto en múltiples textos de una obra (Anderson 2012, 66).

La pregunta por la firma articula el concepto de nombre con la vida. Derrida muestra cómo, en el caso de Nietzsche, el nombre se articula con su obra, no en el modo de una producción que es deudora de una proyección del psiquismo del autor, sino que convoca a leer el nombre de Nietzsche puesto en juego en su obra. Derrida nos remite entonces a realizar una lectura del Ecce Homo, pero también nos invita a realizar una lectura desde el recuerdo y el olvido.

Derrida plantea que olvidemos a Nietzsche como sujeto empírico, que lo reconozcamos como muerto y que, como ocurre con cualquier muerto, aceptemos su irreductibilidad ante cualquier criterio conceptual o (pre)juicio biográfico. Pero al mismo tiempo nos indica que recordemos los nombres de Nietzsche y en ese sentido, se haga una deconstrucción de los juegos que se inscriben en su escritura y su firma (Derrida, 1984/2009, pág. 34). Aquí encontramos un orden de lectura y escritura que es propuesto por Derrida para leer a Nietzsche. Un orden del recuerdo y el olvido, que como se verá más adelante, también se

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mantendrá en sus escritos fúnebres y que será clave a la hora de pensar la relación entre amistad y escritura.

De esta manera, al centrar la discusión en el nombre y no en su portador, es posible pensar una apertura a la pluralidad de los nombres como cuestionamiento a criterios identitarios.

La elección por parte de Derrida de un texto como el Ecce Homo de Nietzsche resulta coherente con esta posición: en la historia del pensamiento filosófico occidental, como lo reconoce Derrida en varios lugares de su obra, siempre ha existido un desprecio por la biografía y su incidencia en la obra filosófica. Nietzsche, por el contrario, se caracterizó por implicar su vida y nombre en su obra; en ser un autor que, desde la perspectiva de Derrida fue ―El único, tal vez, en haber puesto en juego en ello su nombre –sus nombres- y sus biografías. Con casi todos los riesgos que esto implica: para «él», para «ellos», para sus vidas, sus nombres y su porvenir, singularmente el porvenir político de lo que él ha dejado firmar.‖ (Derrida, 1984/2009, pág. 33)

Poner el nombre juego consiste no solo en el establecimiento de un compromiso con la obra, también supone el reconocimiento de la existencia de una pluralidad de nombres que dan cuenta de la multiplicidad en la escritura. Esto marca la separación de una noción de autor que está constituido como sujeto empírico y que construye una obra sistemática y constituida en una unidad, para pensar en un autor que se disemina en la variabilidad de los sentidos que puede tomar su nombre en relación a su escritura. En Interpretar las firmas (Nietzsche / Heidegger) (1981/1998) se presenta la pluralidad de nombres como una crítica a la perspectiva de la metafísica occidental que asume el pensamiento bajo un solo nombre, abstracto y general:

Pero, ¿quién ha dicho que sólo tengamos un nombre? Nietzsche precisamente no. ¿Y quién ha dicho y decidido, correlativamente, que exista una metafísica occidental que, a su vez, sea única y que pueda resumirse con ese nombre? ¿Es ésa la unicidad del nombre o de la unidad resumida de la metafísica occidental? ¿Son algo distinto o algo más que el deseo (la palabra suprimida de la cita de Nietzsche) del nombre propio, del nombre único y de la genealogía concebible? ¿No es Nietzsche, junto con Kierkegaard, uno de los pocos que ha multiplicado sus nombres, que ha jugado con las firmas, las identidades y las máscaras, y que se ha nombrado varias veces y de distintas formas? ¿Y si fuese éste el objeto, la causa de su pensamiento, der Streisfall [el caso en litigio]? (1981/1998, pág. 58)

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Cuando se establece esta pluralidad del nombre, también se puede seguir constatando inevitablemente la ausencia del sujeto firmante. Derrida advierte con agudeza que cada vez que nos referimos a un nombre, no se hace referencia a su portador. Estamos haciendo referencia, como ocurre en el texto de Nietzsche, a los múltiples nombres que se juegan en su obra. La firma no es una garantía de propiedad, es paradójicamente el reconocimiento de la desapropiación de lo escrito. Esto significa que, cuando se firma un texto con la intención de mantener una propiedad sobre él, es precisamente porque se asume que se presentará una irremediable separación entre el autor y su texto, afirmando de manera inevitable la orfandad del texto. La firma muestra precisamente la supervivencia del texto y la irremediable desaparición del sujeto empírico y su «egocidad» (Derrida y Stiegle 1996/1998, 138).

Así, cada vez que hacemos referencia a cierto autor, no nos estaríamos remitiendo a su existencia como sujeto empírico, sino a su nombre, aquel nombre que queda ligado a un texto. Derrida dirá que: ―Y si la vida vuelve, volverá al nombre, y no al viviente, al nombre del viviente como nombre del muerto‖ (Derrida, 1984/2009, pág. 37). Cada vez que se lee una firma que sella alguna obra, se vuelve sobre el nombre y no sobre su firmante. Este punto sería, particularmente, la expresión más significativa de la ausencia del sujeto que es pensado como el fundamento de la producción del sentido, rompiendo con el privilegio de una presencia que, aparentemente, servía como soporte de lo escrito.

En el caso de la lectura del Ecce Homo, Derrida muestra que la firma de Nietzsche no solo plantea una división entre un sujeto empírico y su nombre, también indica una división entre la vida y la muerte. En este punto, el entre vuelve a ocupar un lugar importante como forma de indeterminación para pensar el nombre más allá del lugar de la representación.

Este aspecto se configura a partir de la tensión entre «el padre muerto» y «la madre viva»

que forman el nombre de Nietzsche. Esta tensión muestra que el nombre propio también hace referencia a lo impropio y a la imposición de la herencia, pero también expresa la posibilidad de supervivencia y su fatalidad (J. Derrida 1984/2009, 47). Esto significa que el nombre está asociado con una carga genealógica que lo precede, la historia de los antepasados, pero también es parte de la supervivencia en la medida en que el nombre

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puede ser legado como herencia, como posibilidad de nombre que sobrevive y que puede ser diseminado en otro tiempo.

Si Derrida insiste en que para Nietzsche la vida biológica del autor es un prejuicio, lo hace para indicar que en el pensamiento nietzscheano ya opera una política del nombre. Se diría que se pueden conocer los nombres del autor y algunos prejuicios biográficos que se ajustan parcialmente a estos nombres; no obstante, la vida del autor será siempre un lugar irreductible y aquello que será legado, que sobrevive, es su(s) nombre(s) y su escritura. El pensamiento filosófico se ha transmitido entre la escritura y las firmas que sellan estos escritos, siempre sin saber y sin poder calcular qué ocurrirá con estos nombres y cuáles serán sus interpretaciones en el futuro.

Todo esto nos recuerda la frase del viejo monje Adso de Melk de la novela El Nombre de la Rosa de Umberto Eco, que escribía en sus últimos días de existencia y finalizaba el manuscrito que narraba su vida de la siguiente manera: ―Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus.‖

Podríamos decir que de la vida, al igual que de las rosas, lo único que nos queda y nos sobrevive son los textos y los nombres. Los nombres que se convierten en, como lo plantea Derrida, causa de pensamiento.

Los tiempos de la herencia

Dicho de otro modo, la cuestión de la herencia debe ser la pregunta que se le deja al otro: la respuesta es del otro. No podemos preguntarnos acerca de lo que hará el otro, pero lo que debemos desear es que la respuesta sea la del otro y no la mía, que no sea dictada por mí, y que el otro, aunque esté bajo la autoridad o la ley de mi testamento por ejemplo, no se determine más que por sí mismo. No deseo que mis lectores o mis herederos se constituyan en herederos sino libremente. Si lo hiciesen constreñidos, no los consideraría herederos. Es preciso que yo renuncie a estar detrás de lo que digo, hago o escribo para que la cuestión de la herencia se plantee. (Derrida, A corazon abierto: entrevista con Catherine Paoletti, 1998/2001, pág. 46)

a) Una sonrisa derridiana: desarzonar lo ejemplar

Hasta aquí nos encontramos deambulando en medio de una historia hecha de nombres. Ya no hablamos de la historia de los hombres, ahora preferimos escribir una historia de los nombres que acechan y, hasta el día de hoy, nos convocan a seguir escribiendo sobre sus

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nombres y textos. El planteamiento derridiano sobre el nombre hace temblar toda una forma de pensamiento que ha puesto la presencia del sujeto empírico como sustento del sentido de la obra, Derrida desconfigura esta lógica y piensa en los nombres desde otra perspectiva. Así, la propuesta derridiana consiste en plantear que lo único que podrían hacer estos nombres es legarnos algo de ellos. No nos podrán legar su experiencia de vida, así las estanterías de nuestras bibliotecas rebosen con sus biografías o con sus archivos

«personales»; solamente, nos pueden legar su escritura. Es en esta relación con los nombres donde podemos trazar un punto de intersección entre escritura y herencia.

La cuestión de la herencia interviene constantemente en la obra de Derrida, pero en nuestro caso, la cuestión de la herencia ya ha motivado una discusión previamente en esta tesis. Es así que en Políticas de la amistad encontramos que la herencia puede asumirse desde varias perspectivas: una que es problematizada y severamente interpelada, que consiste en pensar que la amistad es parte de una herencia natural y otra que muestra que precisamente la herencia hace parte de cierta artificialidad, de una emulación simbólica de lo que está dado por naturaleza. Así, Derrida insiste en que en el pensamiento platónico la herencia está ligada al parentesco natural, así toda posibilidad de reconciliación entre griegos se produce gracias a su vinculación por el parentesco, a la syggéneia. La consecuencia de esta vinculación de la amistad con el parentesco se origina en medio de un elogio profundo al

―fervor testamentario y testimonial del heredero‖ (Derrida, 1994/1998, pág. 115). Así, surge una formación ritual y conmemorativa, que establece la vinculación entre amistad y herencia. Una alianza que se instaura bajo una lógica donde los muertos incursionan y son presencia entre los vivos. Se les honra y se les recuerda con rigor, convirtiendo la herencia en una obligación del recuerdo, ya que son ellos aquellos que sustentan los vínculos y lo común:

Pues desde el momento en que se amolda en sus leyes a la physis, a la eugenia y a la autoctonía, es la politeía la que conforma a los hombres, es ella la que les da alimentos y educación (trophé), y no a la inversa. He aquí quién debe enunciarse, he aquí quién debe acordarse, pues se trata de un acto de memoria; he aquí quién debe comprometer la memoria en el presente, si se puede decir así, en presencia de los muertos, pues por difícil que resulte decir esto (Cicerón lo advertirá: difficilius dictu est, mortui vivunt), los muertos viven y los ausentes están presentes. Velan incluso por aquellos que velan por ellos. Y en cuanto a la palabra dada ante los muertos vivos, ante «los muertos aquí presentes», se la lanza aquí ahora, en primera persona del plural, en la tradición fiel y presente de nuestra política. (Derrida, 1994/1998, pág. 116) (Derrida, 1994/1998, pág. 116)

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