EL TERCER CANTO DEL GALLO
JOSÉ PÉREZ MORENO
JLJI-J JL JL^JLVV^JL^JCI.
A G U I L A R
Copyright © by M, Aguilar
Queda hecho el depósito que marca la ley
IMPRESO EN MÉXICO PRINTED IN MÉXICO
U N I Ó N GBÁFICA. S. A. Doctor Vértíz, 344. México, D. F .
PRIMERA PARTE
SINFONÍA PROVINCIANA
Al volver a la vieja casa y mirarme en el espejo de la polvosa sala, sobre cuyo cristal azulenco se apaga la luz como si tan sólo reflejara un algo ne- buloso e impreciso, no pude menos que advertir que tras de mí, nada quedaba de aquel tiempo en que el espejo sonreía a una cara de niño. . .
En efecto: todo ha cambiado. Un rostro pálido es el que se asoma para verme. Esos rasgos fami- liares que creo reconocer, son los míos, ciertamen- te; pero a pesar de que con frecuencia los miro, nunca me habían parecido tan reveladores como
ahora. Es como si me hubiera dejado de ver por muchos años y de pronto me encontrara, en un desdoblamiento de la personalidad y me dijera como a quien hubiese dejado de hallar en mi ca- mino :
—¡Ah!. . . ¿pero eres tú?. . .
—Sí, yo, que te vuelvo a ver en donde fuiste niño. . .
Volví los ojos a todos lados. Allí estaban los medallones con los retratos de mis padres; allí un panel formado con un armazón de alambre, con los de los amigos de la casa; los muebles, tapizados
de "reps" verde; las consolas, con sus bibelots de porcelana; los floreros coronados con esferas de cristal. Tan sólo el polvo desvanecía los colores.
El tiempo, sin duda, es más misericordioso con lo inanimado. Y es que el hombre es tan voluble, tan tornadizo y también tan transitorio en su paso por el mundo, que el tiempo se complace en trans- formarlo para un día ponerlo frente a un espejo y decirle:
—¡ Te presento a un antiguo amigo tuyo!. . . Todo tenía una muda elocuencia. Aquellos re- tratos de los amigos de mi padre, conservaban en su aire un poco romántico y un algo severo, la misma expresión que me regocijara en ocasiones o me diera temor. Aquel señor de los grandes bigotes que servían para disfrazar la dulzura de la mira- da; aquel otro tan sonriente; pero con la nariz afi- lada y el ojo malicioso, que siempre me pareció hombre de p e l i g r o . . . Y aquella amiga de mi ma-
dre, tan tierna y amorosa, que murió soltera. . . Y la otra, la del cuello de encajes que sugería una maestra de escuela. No parecían personas desapa- recidas. Se habían quedado en la sala, donde, en las noches, en derredor del quinqué, solían reunir- se en otro tiempo. Continuaban viviendo, en una amable tertulia.
El polvo mismo que cubría rinconeras y con- solas y que formaba una capa sobre la gran mesa de centro, atenuaba las aristas y parecía darle al conjunto una atmósfera de sueño.
Yo estaba allí; pero no me recibían como a un intruso. No se sorprendían de no ver a un niño o a un joven. Ellos se manifestaban amables. Era el espejo el que, amigo siempre de la verdad, me la había dicho sinceramente.
Me arrellané en uno de los sillones. Reinaba el bochorno de la siesta sobre el pueblo. El sol re- verberaba en la calle, sobre las ventanas mismas de la vieja casa de mis padres, cuyos postigos habían estado cerrados y continuaban ahora sin dejar pa- sar sino un par de rayitos dorados en que subían y bajaban las partículas de polvo.
Y, poco a poco, en ese crepúsculo del sueño y la vigilia, todo comenzó a poblarse de nuevo. . .
En el testero principal de la sala se operaba un cambio mágico. Iba surgiendo, entre la sombra, el altar del Viernes de Dolores. Platitos con trigo naciente; naranjas amargas cubiertas de polvo de oro; banderitas de oropel y tiestos con flores mora-
das. La Dolorosa, con siete puñales clavados en el corazón, tenía tres lágrimas en las mejillas; ha- bía olor de romero y alhucema.
La paz del atardecer se iba entrando por todas partes, difundida por la voz de las campanas que cantaban el "ángelus". En el fresco corredor de la casa, bajo las tres arcadas de cantera rosa, esta- ban, en sus poyos, las enfloradas tinajas con agua de chía, con horchata y con jamaica. No tardarían en llegar los visitantes. En ese día, todas las casas tenían abiertos los zaguanes para quien quisiera en- trar a unir sus rezos a los de los dueños, y, presas de sed, en la calina de la tarde, preguntaban siem- pre:
—¿Lloró la Virgen?. . .
Y la ingenua respuesta era un gran vaso con agua fresca.
En su reclinatorio, con el rosario entre las ma- nos, estaba mi madre. Su traje negro despedía olor a vainilla, pues en su ropero siempre había un paquetito que perfumaba la ropa, en tanto en la cómoda de las sábanas eran membrillos los que las aromaban.
Sus grandes ojos oscuros; su perfil delicado;
su piel cubierta de palidez de cera; sus labios fi- nos y su cuello largo, tenían, en su melancólica elegancia, un algo antiguo y romántico. Y ella era así: romántica y un poco anticuada. Dulce y recta a la vez, tierna y silenciosa, y sin embargo llena de fortaleza. Era al igual que la paz, el fuerte apo- yo para las horas de lucha. Se quedaba, a veces, largas horas contemplando las nubes o el paisaje;
pero huía siempre de cuanto enervara el espíritu;
jamás leía novelas románticas.
Sus libros hablaban de cuanto puede templar el alma.
Su catolicismo no era ostentoso. Los domingos iba a la misa del alba y, algunas tardes, al rosario en la iglesia próxima de San Sebastián, pero en cambio su caridad resultaba infatigable. Su dis- creta mano iba dejando socorros a las ancianas, a los viejecillos solitarios; era anónima protecto- ra de) orfanatorio y también provocaban su ca- ridad los desventurados de quienes huyen las "gen- tes de bien".
Recuerdo cómo entregó su alcancía a unos to- reros que se habían quedado al garete. Eran tres aventureros. Llegaron a torear y fracasaron. El cruel empresario íes retuvo los trajes de luces y las espadas y capotes. Mi madre lo supo y envió
a la nana Petra a llevarles su alcancía. . .
Creyeron que una rica dama se había enamo- rado de alguno de ellos. Importunaron a la sirvien-
ta para que les revelara el galante secreto. Y ella se vio en apuros y salió huyendo. Sofocada llegó a la casa. Mi madre se sobresaltó, temerosa de que su buen corazón la hubiera envuelto en un des- agradable incidente.
•—No les habrás dicho nada. . . —dijo con an- siedad.
•—No, niña; pero creo que me han seguido. . . Efectivamente, en el corredor de la casa apare- ció uno de los toreros. En los carteles se anuncia- ba con el mote de Favorito. No obstante su pobreza física, conservaba cierta gallardía de cuerpo y
alma.
—-¿Qué hace usted aquí?. . .•—le preguntó mi madre, poniéndose en pie y dejando caer la cos- tura.
Favorito volvió el rostro a todos lados; con- templó el porte noble y austero de mi madre; miró su limpia frente y sus largas manos, y dándose cuenta de que el socorro provenía de alguien que jamás siquiera lo había visto, dijo:
—Pero, ¿usté no ha ido a los toros?. . .
—No señor., .
—¿Nunca me ha mirao hasta ahora?. . .
— J a m á s . . .
—Entonces, ¡déjeme darle las gracias de ro- dillas!. . .
Así lo hizo, luego se puso en pie y exclamó:
—¡Qué pobres diablos somos, señora, los que no creemos en que Dios se manifiesta a veces!. . .
Y se marchó. Año por año, para el día de Na- vidad, durante algún tiempo se recibía siempre una tarjeta: "José López, Favorito, desea larga vida a su bienhechora..."
Mi padre supo lo ocurrido, precisamente por boca de los tres toreros cuando fueron a rescatar
los avíos que les eran retenidos. Favorito dijo al empresario:
• ^ H e recibió la más grande lección de la vía. . . Yo no pensaba en que la caridá se jiciera por manos de ángeles. . . Creí que el mundo todo era como yo: lodo y nada más que lodo. Y que nada se jacía por la buena; pero hoy me he re- conciliao con el género humano. . . ¡y también con Dios!. . .
Preguntó mi padre al torero a qué se refería, Y Favorito le hizo el relato fiel, incluso de sus turbios pensamientos que desaparecieron en el acto en cuanto estuvo frente a la mujer que les había enviado, tan discretamente, el auxilio.
En su relato había aún el acre sabor de su vi- da aventurera, coronada a veces por el triunfo y en otras maltratada por la miseria y el ludibrio.
A veces en hombros; en otras en la cárcel. Y esos sentimientos se manifestaban en su conversación despreocupada; pero en aquellos momentos, apa- sionada y grave.
—Hemos rodao por todos los caminos; hemos tenío soberbias jembras en los brazos. . . Pero al ver a esa señora, no me he atrevió a pensar en naa malo. . .
—Y ¿quién es ella?. . . —preguntó mi padre.
—Me han dicho que es doña Altagracia, la se- ñora de Jiménez. . ,
La sorpresa de mi padre fue indecible. Por fortuna nadie había oído el nombre, pues a la sazón el empresario, que al mismo tiempo era el principal tendero de ropa, había ido a la trastienda a buscar el hatillo con los avíos de los toreros. Y cuando regresó, ya mi padre se había ido, diciendo a Favorito:
—Sí, la conozco; es, en efecto, un ángel.
El empresario se hacía cruces acerca de cómo habían logrado los toreros encontrar dinero. Se- gún el contrato que con ellos había hecho, él faci- litaría toda la plata que fuera necesaria para dar la corrida; los toreros se comprometían a pagarle aquella suma y darle la tercera parte de las indu- dables utilidades, pues ellos eran sencillamente los más notables diestros venidos de España. Y en caso de fracasar, sus "alhajas", sus valiosísimos trajes de "luces", cada uno de los cuales valía un "Perú", las espadas y los capotes responderían por los gas- tos hechos.
Don Jacinto, el tendero, había estado cavilan- do mucho antes de arriesgar los quinientos pesos que se requerían para dar la corrida. Y al fin, tras de aclarar a los diestros que él nunca se había me- tido a empresario de toros y que por lo mismo con- fiaba en las afirmaciones de ellos de que eran los más bravos y artísticos matadores que jamás hu- bieran visto las edades, firmó el contrato. Apenas hicieron el "convite" en una carretela seguidos de la música, por las calles de la ciudad, se vio que todo iba a ser una catástrofe. Favorito estaba borra- cho como una cuba; los otros dos iban dormitando.
Al salir el primer toro, uno de los tres diestros cayó ruidosamente al suelo. Los otros fueron ob- jeto de naranjazos y de insultos. La corrida se sus- pendió y hubo necesidad de devolver las entradas.
Don Jacinto reclamó en el hotel los equipajes de aquellos desvergonzados, y se encontró que todas las alhajas eran de similor y los trajes de "luces", de lo más deslavado y malo que pudiera haber.
Pero encendido en justa cólera, decidió retener to- do lo que tuviera algún valor, y por ello se suscitó la intervención de mi madre, que supo por mi pa- dre lo que a c o n t e c í a . . .
Cuando él llegó a casa, mi madre salió a reci- birlo.
—]Manuel!. . . ¿Tan temprano llegas?. . ,
—Aguarda, mujer. Deja que me sacuda bien.
No sea que traiga algún diablo conmigo.. .
—¿Eso qué quiere decir?, . .
—-Pues según sé, esta casa es el mesón de los ángeles. . .
•—¿Por qué?. . .
—Pues eso dice Favorito... Y lo que siento es que entre las tonterías de don Jacinto y las alcan- cías de mi mujer, este pueblo va a ser Jauja para cuanto "maleta" ladrón aparezca diciéndose tore- ro. . .
—Pero. . . ¿qué has sabido?, . .
*—Nada, que yo coincido con Favorito. . . —Y levantando entre sus fuertes brazos el leve cuerpo de mi madre, la besó y la condujo hasta el come- dor. No se habló una sola palabra más sobre el incidente.
Esa era mi madre. . .
Y aquel Viernes de Dolores, ella rezaba blan- damente. Sin duda éramos mi padre y yo el moti- vo de su oración. Ambos lo necesitábamos. El, por ser tan sólo un niño grande; yo, porque iba a ser un hombre. . . Sin ella, seríamos dos huérfanos y nada más.
Mi padre era jovial, alegre y parlanchín. Ama- ba el trabajo; pero no tenía la gravedad de los hombres que se entregan con tristeza de esclavos a una labor. Honrado a carta cabal, su formalidad era famosa. Siempre se comportaba puntualmente.
Era el tenedor de libros de todos los comerciantes y hacendados del pueblo.
Sus grandes mostachos garibaldinos, con algu- nos hilos de plata, iban muy bien en aquel rostro
moreno, de grandes ojos árabes, siempre vivara- chos bajo las espesas cejas. Un poco grueso, con una gran leontina de oro de uno a otro bolsillo del chaleco, llevaba como dije de la misma, un reli- cario con el retrato de mi madre. Tenía anchas es- paldas atléticas y manos pequeñas y regordetas.
Siempre daba la batalla en Napoleón. Se sabía de memoria todas las anécdotas del Petit Caporal.
Cuando hablaba de Wagram o de Austerlitz, del Puente de Areola o de Jena, accionaba impetuoso.
Sobre la mesa del comedor formaba las tazas, las cucharas y los platos y explicaba la acción gue- rrera.
Todas las tardes, al anochecer, se le podía en- contrar en la botica, empeñado en un juego de aje- drez con el maligno boticario, don Celestino, quien mirándolo por encima de sus antiparras, solía de- cirle con venenosa intención:
•—[Creo que le estamos dando un "doblete" a su Majestad la Reina y a su Majestad el Rey!. . .
Mi padre hinchaba los carrillos; se mesaba el bigote y respondía:
—¡Claro! ¿qué puede esperarse de un "vende- venenos"?. . .
Y a su vez, cuando llegaba el instante en que podía anunciar:
—¡Jaque mate al Rey!
Entonces el cazurro don Celestino, con una son- risita maligna declaraba:
—¡ Chiripas, señor don Manuel!. . . ¡ Nada más que chiripas!.. .
La sesión de ajedrez solía ser interrumpida con la presencia de alguna linda muchacha que iba a comprar algo. Mi padre ponía cara de buen ca- tador; chispeaban sus ojos; su boca sensual se con- traía en una juvenil sonrisa. Y es fama que jamás
una chica bonita se fue sin un piropo de mi pa- dre ..«
Imprevisor por naturaleza, todo cuanto gana- ba era necesario que mi madre se lo confiscara, usando para ello de la más graciosa ternura:
—¡Pero mujer: si tú me dejas en la miseria!
—Yo no soy sino tu banco, Manuel. Pídeme lo que necesites. . .
—Es que tú eres la que fijas lo que puedo ne- cesitar, a tu arbitrio. No sabes que un hombre ne- cesita para cigarros, para unas copas con los ami- gos, . .
—Basta con que me lo digas y yo te daré di- nero, . . —Y le sonreía de tal manera, que mi pa- dre no podía menos que declararse vencido.
•—¡A tragar bilis, mujer, como si estuviera be- biéndome un vaso de refresco!. . .
Con fingido enojo le volvía la espalda. Y ella transigía:
—¡Anda, llévate esos cinco pesos para toda la semana!. . ,
Mas el domingo, ella se mostraba generosa con mi padre y conmigo. Papá era ese día uno de los de la tertulia de "La Sorpresa", en el Portal Hi- dalgo. Allí se reunían los más desenfadados del pueblo; el boticario, con sus puntas y ribetes de volteriano; un abogado sin pleitos, solterón y seu-
dosuicida, que vivía toda la semana retirado en su pequeño rancho y tan sólo acudía los días de fiesta a beber desesperadamente... Ese hombre era, en realidad, el único amigo que inquietaba a mi madre. Se llamaba don Bernardo Gómez, y según la leyenda, había amado con locura a una monja.
Ella, aterrorizada por la volcánica pasión de aquel enamorado a la usanza antigua que escribía ver- sos blasfemos, encendidos de amor, huyó a refu-
giarse a la paz del claustro. Y don Bernardo, la noche en que ella tomó el hábito, fue encontrado con un tiro en el pecho. Cerca de él estaba un re- vólver y una carta que decía: "Ella se dio a Dios;
yo me entrego al Diablo. Veremos cuál es el me- jor aliado. Y en cuanto a quién fue el que dispa- ró la pistola, creo que no habré de discutirlo con el juez, porque afortunadamente ya estaré muerto y si no lo estuviere, es cosa que sólo a mí me in- cumbe.—Bernardo Gómez".
Sanó milagrosamente. Se retrajo largo tiempo, encerrado en un cuarto de su casa, y su biblioteca la vendió con un "fierrero de viejo" y se retiró a su rancho. Sin embargo, no vivía triste; se en- tregaba siempre a una salvaje alegría, llena de canciones obscenas y de agudas sátiras contra el mundo. Mas, según mi padre, bajo aquello se es- condía un corazón sensible y generoso. Cuanto amigo caía en desgracia, encontraba en don Ber- nardo Gómez fuertes y viriles palabras de aliento y si era necesario un centenar de pesos, seguramen- te no faltarían en el momento oportuno. Borracho dominical, el resto de la semana resultaba un esfor- zado campeón de la lucha contra el alcoholismo.
Solía intervenir, cuando miraba a un hombre joven en una cantina, y con voz llena de paternal autori- dad, le decía:
•—¡Un muchacho b e b i e n d o ! . . . Eso no. Hay que tener la cabeza firme. Tan sólo deben beber los desventurados, los inservibles, los miserables.
Ellos nada tienen que hacer en el mundo y está bien que no luchen, porque ya fueron vencidos. . .
Pero un muchacho. . . ¡Vamos, eso es una estupi- dez !. . . Sobre todo, a las mujeres no les gusta una boca hedionda a aguardiente; y al éxito no le gus-
tan los hombres débiles y el que bebe es el más débil de los h o m b r e s . . .
Jamás invitó a beber una copa a nadie; lo que él tomaba, él lo pagaba y no permitía que nadie se lo obsequiara.
Y aquel rostro dramático, pálido, de enormes ojos negros, de nariz de vigoroso trazo romano, con el bigote caído y la boca delgada y grande, tenía un sello de honda tristeza. No predisponía a la compasión; antes, por lo contrario, suscitaba simpatía y admiración. Parecía un poeta atormen- tado de 1830, a lo Mariano José de Larra; su indu- mentaria misma era de aquel tiempo, pues siem- pre iba de negro, con un largo saco de líneas rec- tas, como si fuera una levita del siglo pasado. Y
la camisa, blanquísima, realzaba la austeridad del vestido.
Otro de los de la tertulia era el inquieto don Chabelito, que según el árbol genealógico que te- nía en su casa, se llamaba nada menos que don Carlos José Francisco Isabel de Avellaneda y Car- pió; pero que, en aquel mundillo de la botica de
don Celestino y de "La Sorpresa" de don Filogo- nio, era simplemente Chabelito, mordaz, curioso, sabedor de cuanto enredo había en el pueblo. Y en sus horas libres, las más del día, entomólogo
y botánico...
Bebedor de anisete escarchado, siempre dejaba tras de sí un tufillo de tisana.
"La Sorpresa", era, pues, el lugar de reunión de las pocas gentes que, merced a su peculiar inde- pendencia, no habían llegado a advertir nunca la
diferencia tradicional de las clases sociales del pueblo. Ellos, riendo y bromeando, absortos en
sus grandes partidas de ajedrez o en sus ocupacio- nes, habían acabado por conquistar un sitio bien
singular; en todas partes se les miraba como per- sonas raras, pero soportables.
El único de ellos considerado como hombre digno de toda estimación, era mi padre. Los aris- tócratas hacendados decían: "Buena persona es don Manuel; es hombre leal y trabajador, aunque con la cabeza de un t a r a m b a n a . . . " Y la gente de la clase media: "¡Este Manuelito es hombre que si quisiera sería la gran cosa; pero parece un trom- p o ! . . . " y los de "pópulo", o sea la "plebe" como la llamaban los ricos, decían: "¡Es muy reata don Manuel!.. . "
Y mi madre, que era la que realmente lo cono- cía, exclamaba a veces, reprendiéndolo: "¡Eres un niño grande!. . . Con tus risas y tus bromas no quieres tomarte ni tú mismo en serio; pero sé que tienes el corazón muy noble, la mente despierta y el alma b l a n c a ! . . . "
Y como su bullicioso temperamento no le im- pedía ser exacto en el cumplimiento de sus debe- res, leal hasta la exageración y capaz de rendir un trabajo técnicamente perfecto, por ello resultaba el único de aquellos raros a quien no se miraba como excéntrico.
Era el domingo el día de su verdadero asueto.
Entre semana nunca aconteció que fuera apagada la lámpara de su despacho antes de la media no- che y jamás se sirvió el desayuno después de las ocho de la mañana. Así pues, ese día, temprano iba a misa con mi madre. El siempre permanecía cerca de la puerta, en tanto mi madre llegaba has- ta la baranda del altar mayor para rezar un poco, ante la Virgen de la Soledad. Mi padre pasaba revista a cuanta muchacha entraba, recatada y de- vota, y contestaba centenares de saludos de sus ami- gos. También era de los primeros en salir. Bajo los
naranjos del atrio, atusándose el sedoso bigote, es- peraba, como un galán muy siglo xix, a mi madre, a la que ofrecía, caballeroso, el brazo,
Cruzaban por entre los puestos del mercado.
Elegían la fruta para la comida. Y una vez que mi madre se iba a casa seguida de un chico que lleva-
ba el gran canasto, él se marchaba a "La Sorpre- sa .
El Portal Hidalgo era el de las tiendas. Allí se abrían las grandes puertas de la tlapalería; las achaparradas y pintadas de verde de la "j ardería";
dos tiendas de ropa corriente cuyos dependientes, de filipina blanca, parecían espectros; una pelu- quería y, por último, "La Sorpresa9', cuyo propie- tario, don Filogonio, tenía como orgullo poder de- cir: "¡Aquí puede encontrarse desde una "Viuda de Clicqot" hasta un "Viuda de Martínez!.. .?s aludiendo al célebre champaña y al no menos fa- moso tequila jalisciense...
Bajo las arcadas del portal estaban los pues- tos de dulces, de "fruta de horno"; de aguas fres- cas y de nieve, así como también de velas de cera y exvotos para la Virgen de la Soledad que se vene- raba en la Parroquia.
Las vendedoras de aguas frescas, con sus ena- guas de chillantes colores, camisas de bordados po- licromos y trenzas entretejidas con listones, com- petían con los neveros, gritando:
•—¡Agua fresca de pingüica, güeña pa la ca- lor! . . .
En tanto el nevero de al lado clamaba:
—¡Hay sorbetes, como los que comen los cu- rros! Esto sí que quita la calor. . .
Los vendedores de "fruta de horno" iban de un lado a otro. Los "barilleros", con sus puestos ador- nados con espejitos, listones, rebozos y en fin, cuan-
to puede convertirse en motivo ornamental sin echar a perder el carácter meramente mercantil del negocio, vendían cinturones, espuelas, paliaca- tes, agujas de arria, dijes, encajes y toda esa di- versidad de efectos, conocidos genéricamente como
"barilla".
A la una en punto mi padre abandonaba "La Sorpresa". Jamás pasaba de un par de aperitales, pues no quería ir con la cabeza pesada a la otra tertulia, la de mi madre. Era el día en que la vi- sitaban unas primas lejanas, jóvenes las tres. Eran Clara, la infatigable lectora de versos; Águeda, flor de fuego y Marta que tocaba el piano con aquellas manos de abadesa, y que según los críti- cos pueblerinos, interpretaba como nadie a Cha- pín. . .
Con ellas solían ir otras amigas. Y, en la tarde, llegaban los "pollos59 pretendientes; se cantaba, se decían versos. . . Clara, al lado del piano que era tocado por Marta, decía con voz cálida, de con- tralto :
¡ Oh, qué dulce c a n c i ó n ! . . . Límpida brota
esparciendo sus blandas armonías...
El éxito era seguro. Las manos de las donce- llas buscaban las manos de los galanes; se hundían las miradas unas en otras, y quedaba vibrando la Serenata de Schubert no obstante que hubiera ca- llado el piano. . .
Al anochecer, cuando se encendía el gran quin- qué de bombilla labrada, comenzaba el "juego de prendas", ocasión para que, los tímidos, encontra- ran la oportunidad de decir "un favor y un dis- favor" a la bienamada: "¡Es usted tan linda;
pero tan c r u e l ! . . . "
Y al sonar las ocho, cuando del campanario de la parroquia caía sobre el pueblo el doble de las Animas, terminaba la tertulia de mi madre y todo
mundo se iba a la serenata que concluía a las diez.
Mi padre me decía:
—¡Anda, Gilberto!. . . A ver si ya vas buscán- dote una novia.. . Ve a la serenata y diviértete.. .
Yo era, entonces, un mozalbete de dieciocho años, Y llevaba dos de estar enamorado en secreto.»
ROSA Y ADELA
Los Montemayor eran la flor y nata de la aris- tocracia de Álamo, que tenía en ellos el espejo y.
acabado modelo de cuanto era chic. Y, en efecto, poseían ese indescriptible distintivo del abolengo.
Emparentados rcon la familia de los condes de Valenciana, y llegados los abuelos a México cuan- do el conde era ya el más rico minero de Guana- juato, trocaron, precavidos, sus audacias de aven- tureros en sosiego de hacendados. Una rama de la familia vino a Álamo, donde adquirió la hacienda
"El Encino", nombre que ellos mismos le dieron, puesto que, en su escudo nobiliario, había un en- cino entre dos leones rampantes, y encima el orgu- lloso mote: "Nadie antes que yo", que, según la leyenda, había otorgado don Sancho El Joven a un Montemayor en premio de haberse lanzado, impe-
tuoso y temerario, antes que todos los demás gue- rreros leoneses, al ataque a un castillo enemigo.
Y ellos lo conservaban por soberbios. Ellos eran eso: orgullo y nada más.
La casona señorial, de ancho portón y corona- da con un historiado medallón, ostenta, esculpido, el escudo nobiliario.
La mansión de los Montemayor es una casa de gallarda arquitectura colonial. Alardes de churri- guera hay en la gran puerta y en los balcones. Los forjados hierros de las ventanas y de los repechos, así como del gran cancel del zaguán, resultaban prodigios del arte de ferrería; y en los aldabo- nes lucía una linda estilización de una mano con guantelete de hierro.
A través de los cristales de las ventanas, se po- dían ver espléndidas estancias, con cortinas de ter- ciopelo amaranto y estores de finísimos encajes.
Espejos biselados que reflejaban el dorado de los papeles-tapiz; grandes cuadros, con marcos de áu- rea yarda; alfombras que opacaban el ruido de los pasos, dando a las figuras femeninas un algo eté- reo; muebles dorados; biombos con delicados pai- sajes de artistas franceses.
La dinastía había venido reduciéndose. Los ma- trimonios entre primos originaron la esterilidad de las mujeres. Y tan sólo quedaban don Jaime Montemayor, su rancia y extravagante hermana doña María Josefa, viuda de Trujillo, el taramba- na de Eduardito Trujillo y Montemayor y Adela, hija de don Jaime.
¡ A d e l a ! . . . Su nombre despertaba ideas de aristocracia. Si no se conociera su abolengo, tan sólo con mirarla se creería que era de estirpe de reyes. Alta, esbelta; de talle estrecho y senos pe- queños: con el cuello flexible y redondo; la gar-
ganta mórbida y satinada; los brazos prontos a la actitud elegante. En su rostro un poco frío, era en donde el más fino sentido de belleza se expresaba.
La frente alta y un poco combada; impecable el óvalo del rostro; los ojos, de un gris acerado, con reflejos azulinos, miraban siempre serenos, indife- rentes, orgullosos a veces. . . La boca delgada y pequeña, era voluntariosa; el mentón resultaba vi- goroso a pesar de la suavidad de sus líneas. La cabeza estaba coronada con ensortijado pelo rubio, de flavas tonalidades.
Su padre era un reluciente tipo a la moda de aquellos patilludos banqueros muy fin de siglo xix.
Rollizo, sin ser obeso; con la cabeza calva, de co- lor rosa; grandes ojos claros; bigote y patillas ru- bias, resultaba absolutamente exótico entre el mes- tizaje de aquel pueblo de los Altos de Jalisco.
En el verano eran famosas las alegres tempo- radas en la hacienda "El Encino", pues las mucha- chas ricas del pueblo tenían allí la ocasión de di- vertirse y también de competir —al fin mujeres—
en peinados y atavíos, para la cacería del novio. . . Por el mes de mayo comenzaban a mandarse hacer vaporosos trajes y a encargar grandes sombreros
de paja adornados con vistosos listones. Y en junio, en los primeros días, todo aquel mundillo entraba en nerviosidad; era la época en que circulaban - las perfumadas esquelitas de Adela Montemayor, invitando a "pasar unos días en la hacienda".
Eduardito Trujillo y Montemayor, a su vez, dispensaba a nombre de su riquísimo tío, el alto honor de invitar a los jóvenes capaces de alternar
con aquellas beldades y dignos de pisar el Olimpo de "El Encino".
Era Eduardito el apéndice final de los Trujillos
—-otros aristócratas jaliscienses— y Montemayores.
Con el rubio cabello muy lamido y brillante, los ojillos azules un poco enrojecidos, la nariz respin- gona sobre el recortado bigotito, resultaba algo así como la encarnación misma de la más vanidosa va- ciedad.
Se había educado en la Universidad de Oxford, en Inglaterra; sus estudios superiores los hizo en la Sorbona, en París. Durante varios años, sus va- caciones fueron en Italia y en Alemania, en Suecia y en Rusia, en Austria o en Turquía. Y en parte por snobismo y en parte por auténtica dificultad, ha- blaba con un extraño acento, mezcla de inglés y de francés.
Cierta picaresca gracia había en su conversa- ción. No en vano el dinero proporciona la ocasión de ponerse en contacto con un mundo más o me- nos selecto. Pero era incapaz de hablar de nada profundo. Eduardito aparecía como lo más super- ficial del universo, y de él decía el cáustico don Chabelito:
•—¡Nada más dos dimensiones: ancho y largo, como son las superficies!. . .
—Mon Dieu!. . , Que nos vamos a divertir.
Adela será un success con sus trajes que mandó hacer a México. Está positivamente charmant. . .
—decía, restregándose las manos, para hacer más sensacional, entre los silenciosos aspirantes a ga- lanes de temporada, la hora de la distribución de las invitaciones.
Nadie osaba preguntar los nombres de los ele- gidos. Y Eduardito explotaba aquella situación pa- ra fortalecer su imperio de Beau Brummell pue- blerino.
—¿Cuándo es la salida?. . . —preguntaba al- guno más atrevido, ya que, según el propio Truji- 11o, "don Jaime se disgusta con los que se presen-
tan autocandidatos a ir a la hacienda y no quiere ni verlos".
—-¡ El día de San Luis Gonzaga!.. . —contes- taba el interrogado en tono de quien hace una con- cesión al responder.
Esto acontecía en la cantina uLa Fama Italia- na", a donde los catrines iban a tomar su aperitivo todos los días a la una. El ventrudo don Heliodoro, a quien apodaban don Heliogábalo, dueño del bar, miraba como un privilegio la presencia de Eduar- dito. Equivalía a que el Príncipe de Gales fuera su c l i e n t e . . .
Así pues, el despótico imperio del elegante me- quetrefe tenía allí su trono. Don Heliogábalo era el primero en aplaudir las bromas del aristócrata y el que intervenía, supremo intérprete, a aclarar las prosapias y blasones de los Montemayores y de los Trujillos.
Se quedaba embobado, mirando y oyendo a Eduardito, como si fuera el Ave Fénix del ingenio.
Y reprendía a quien osaba contrariarlo a veces:
—-¡ Usted qué sabe!. . . Se necesita haberse educado en Inglaterra y en Francia y haber viajado como lo ha hecho Eduardito, para poder hablar. . .
•—y se disponía a confirmar su regaño con "vías de hecho". . .
El heredero de proceres consideraba, a su vez, a don Heliogábalo como su verdugo oficial, y a él encomendaba el coro de las carcajadas cuando de- cía un chiste a costa de alguno de sus amigos. En- tonces el cantinero se tornaba implacable: reía, volvía a reír; repetía las palabras mordaces de su reyezuelo y tornaba a soltar el chorro insoportable de su risa.
Y, cuando una semana antes del 21 de junio toda aquella cáfila recibía sus consabidas invita-
ciones, el bar se convertía en el sitio del apoteosis.
Eduardo reinaba como amo y señor.
Siempre, en cada temporada, eran convidados también algunos señorones de México, de Guana- juato, de León, de Guadalajara y de San Luis Po- tosí. Y llegaban puntuales el 21 de junio. Eran
alojados como huéspedes de honor en la gran casa señorial. Y a las once, en grandes diligencias, par- tían rumbo a la hacienda.
Eduardo, en su tilbury encabezaba, pese al polvo que iba dejando a su paso, la caravana de
chispas, guayines y caballería charra que forma- ba la "gente joven".
Las mamas iban con sus tentadores pimpollos, mecidas y a veces maltratadas, en aquellos guayi- nes tirados por cuatro caballos.
La "música de viento" esperaba bajo el arco de la puerta de campo. Y apenas se detenían las primeras diligencias, se escuchaban los acordes de la marcha Honor y Gloria, favorita de don Jaime.
El administrador de campo y de casa, el tene- dor de libros y los trojeros, seguidos de los capora- les, se adelantaban hasta el camino a esperar al
"amo". Y entre una nube de polvo, trotando a los lados de las diligencias, les daban escolta hasta la
(¿asa*
Don jaime descendía con majestuoso continen- te. Vestía traje charro. El sombrero galoneado, de copa pequeña y ala recta, brillaba como una cus- todia. Y con displicencia y su engolada voz de te- nor acatarrado, saludaba al administrador:
—¡Qué tal, Guadalupe!. . .
Y al conjuro de aquella voz quedaban al des- cubierto las hirsutas cabezas de empleados y ca- porales. El aludido, con voz llena de respeto, de- cía:
•—¡Pos no más muy contentos de que venga el
" a m o " ! . . .
Así, con las mismas fórmulas, se había ve- nido efectuando, desde los abuelos hasta don Jai- me, la visita a la hacienda "El Encino".
Jaripeos, días de campo, meriendas en los ame- nos bosquecillos de la huerta, bailes a la luz de la luna y partidas de cacería, eran las principales di- versiones.
A principios de agosto, fatigados por tantos días de permanencia, regresaban a Álamo, reñi- dos algunos de aquellos muchachos entre sí; las chicas no muy satisfechas de la conducta de sus competidoras; hechos algunos noviazgos; pero des- hechos los más, por causa de la traviesa coquete- ría femenina y de la veleidad ambiciosa de los jóvenes que siempre preferían a la "chica que da- ba más entrada". . ,
Reina de ese mundo era Adela.
Y reinaba efectivamente. Se hallaba rodeada del misterio de su doncellez orgullosa. Era la in- accesible. Sus grandes ojos estaban siempre abs- traídos en mirajes de ensueño. Sin duda su espíri- tu se mantenía en una profunda actividad contem- plativa. El mundo que la rodeaba le era extraño en tanto no surgía de él un homenaje para su al- tivo señorío; mas el mundo interior, era rico en panoramas no expresados. Ninguna amiga había penetrado nunca en aquella alma; ningún amor había perturbado jamás el sosiego de su espíritu.
Sin embargo, ella amaba un grandioso sueño, formado de ella misma. Amaba su soledad porque ella la llenaba íntegramente. Su alcoba, en que ha- bían sido reunidos muebles y objetos de la más pu- ra belleza, nada tenía de sensual. El lecho y el tocador, el guardarropa y el sillón de descanso,
eran de blanca madera de magnolia. La alfombra con arabescos de un leve azul. Unos graciosos gru- pos de porcelana de Sajonia, representaban esce- nas pastoriles. Y los grandes espejos aparecían tan límpidos y serenos, que seguramente jamás Adela se había visto desnuda ante ellos. Para ella su blan- ca carne no había tenido pesadumbres de pecado...
En cambio yo sabía que sus libros eran ardien- tes: La Hechizada y El Caballero des Touches, de
Barbey D'Aurevilly; Graciela y Rafael, de La- martine . . . El librero, amigo mío, me hacía la confidencia de las aficiones de Adela, cada vez que ella iba a comprarle algún volumen.
Todo indicaba que su corazón ardía; pero que su fuego no se comunicaba a nada ni a nadie y que si gustaba de las tempestades del espíritu era sim- plemente como espectadora. Adela no se contagia- ba de pasión alguna. Y por ello, pasaba por en medio de las gentes como una flor misteriosa y aromada.
En ella se había concentrado, en una quinta- esencia orgullosa, toda la soberbia de su estirpe.
Marco de tan singular personalidad era aquel villorrio provinciano. Adela semejaba una flor de invernadero nacida en los jardines rústicos de Ála- mo, y en medio de las vigorosas notas de color, aparecía como un extraño lirio de blancura cega- dora. . .
Su orgullo me irritaba. Sentía a veces un in- vencible deseo de destruir, dentro de mí mismo, su implacable señorío. Y para ello la imaginaba sudorosa de pasión y sucia de pecado; me placía contemplarla, en mi diabólico episodio imagina- rio, con los ojos suplicantes, humedecidos de lá- grimas. Y me agradaba pensarla vencida, palpi-
tante de dolorosa ternura, trémula de palabras de esclava. . .
¡Y jamás había escuchado, dirigidas a mí, palabras ningunas de Adela!. . . El timbre de su voz lo conocí siempre lejano. De mis vengativos ensueños ella surgía más radiante de blancura in- accesible. . .
Rosa resultaba su contraste.
Su padre, don Filogonio, dueño de "La Sor- presa", era un hombre que había hecho su fortuna trabajando de firme. Desde muy joven se "metió tras el palo hueco", como llamaba al mostrador, y allí, desde las seis de la mañana hasta las diez de la noche, permanecía sin dar muestras de can- sancio. De su casa le enviaban la comida y la cena.
Y a su casa iba tan sólo en las noches, pues no te- nía atractivo ninguno el hogar doliente de su viu- dez.
Rosa había crecido al amparo de una tía rezan- dera que cuidaba del hogar de don Filogonio. Y cuando tuvo la chica quince años, la tía se entregó en cuerpo y alma a sus "Libros de Horas", a sus
"Vidas de Santos", a sus interminables rosarios en Santa Brígida o en San Sebastián, a reunir la limosna de la "Conferencia de San Vicente de Paúl", a enseñar el Catecismo en la Sacristía de la Merced y a hacer la exégesis de todos los seño- res curas que habían pasado por el curato de Ála- mo.
Vibrante de vida, risueña y feliz, la hija de don Filogonio tenía alegría de pájaro. Las líneas armo- niosas de su cuerpo grácil; sus ojos negros, húme- dos y brillantes; su tez sonrosada y sus labios gra- ciosamente arqueados en una perenne sonrisa, eran el triunfo maravilloso de la juventud.
Su corazón estaba abierto a todos los sentimien-
tos. Se conmovía hasta las lágrimas ante cualquier espectáculo tierno o romántico; pero en cambio se erguía, altanera, ante el orgullo ajeno. Odiaba lo convencional; amaba lo sincero y lo que tenía ca- lor de humanidad. Su imaginación no estaba nun- ca ocupada con ninguna idea fija. Ella poseía
una movilidad espiritual asombrosa. Lo mismo se le veía llevando a hacer la primera comunión a una niña del pueblo, que, en las fiestas charras,
montar un brioso caballo.
Sus blanquísimos dientes aparecían a flor de sonrisa. Y su cálida voz de soprano sugería un soplo de ardoroso viento. Rosa misma no advertía su impresionante influencia. Se mostraba tan al natural, tan espontánea, que, incluso, todo queda- ba atenuado y nadie podía pensar en rebuscada coquetería.
Sus trajes los elegía siempre vaporosos. No le preocupaba mostrar sus lindos brazos desnudos;
ni tampoco le inquietaba grandemente se le descu- briera un poco más abajo de las rodillas cuando cruzaba, despreocupada, la torneada pierna.
Sin embargo, Rosa era irreprochable. Su cáli- da virtud era firme, pero sin austeridad monacal:
más parecía rayo vivificador del sol. Ella era el ama del hogar de su padre. Siempre limpia la casa, no ofreció jamás boato alguno; todo cómodo y confortable; pero nada rico ni ostentoso. Era el hogar de. . . "esas gentes de la clase media". . .
LA PLACA DE BRONCE
—¡A ver, camina un poco!. . . Ahora da la vuelta. . . ;Te está muy bien, Gilberto!. . . —y mi madre me miraba y remiraba, quitándome las mo- tas del traje negro que acababa de llevar el sastre.
Esa tarde era mi recepción como tenedor de libros, Y en el ánimo de mi madre, equivalía, exactamente, al de mi primera comunión. Quería que su hijo es- tuviera "como un muchacho rico". . .
Ella misma me hizo el moño de la corbata. Y, despidiéndome con un beso en la frente, dijo:
—¿Verdad que vas a quedar muy bien? Mira que tu padre se enfadaría si no fuera así... .
Desde lejos hizo varias señales de la cruz con su pálida mano. Y al doblar la esquina aún vi que seguía bendiciéndome.
El vetusto liceo, gran caserón de estilo colo- nial, había sido, desde muchos años antes, el centro escolar de Álamo, y en sus espaciosas aulas esta- ban la "Academia de Contabilidad", la "Acade- mia de Dibujo y Pintura", la "Academia de Pia- no" . . . Le llamábamos, con infantil orgullo, "La Universidad".
Mi padre daba clase de contabilidad. Y sería mi sinodal aquella tarde. Por eso, cuando penetré al espacioso zaguán, en cuyo arco central colgaba
la vieja farola, sentí que me asaltaba un terrible miedo. El zaguán me parecía la boca de un mons- truo; la farola, el símbolo de un ahorcado.
Me dije a mí mismo palabras de aliento:
"—¡Estás temblando!. . . ¿Vas a tener mie- do?. . . Papá no será un juez contra sí mismo, pues él sería el primero en morirse de pena ante tu fracaso. [Vamos, ánimo!. . . "
Y así entré a la gran sala de actos. Se hallaba iluminada por el dorado sol de la tarde que pe- netraba por las abiertas ventanas. Al fondo estaba el estrado con su gran mesa cubierta con un paño verde; bajo un dosel, el sillón del director; en los muros, Jos retratos de los directores del liceo, a partir del año 1880 en que fue fundado. Había algunos de aquellos retratos, positivamente tétri- cos: los de canónigos que ejercieron la docencia como derivativo a su fiebre de teólogos.
Don Ramiro de la Fuente, el venerable direc- tor de la academia, con su cabeza cana y su rostro fino, era tenido como un aliado de todos los exa- minandos. A su derecha se hallaba el profesor de Aritmética Mercantil y a su izquierda, mi padre.
Este no osó mirarme. Estaba sorprendentemente se- vero. Su papel de sinodal lo alejaba completamente de su siempre cordial papel de padre. . ,
Mis compañeros llenaron la sillería. El exa- men fue acucioso. Mi padre me hablaba de "us- ted"; sus preguntas eran dichas con tono frío y un poco cortante. . . ¡Pero todas versaban sobre temas de sobra conocidos para mí y para él, pues me había preparado para ese momento!. . . El muy taimado resultaba mi cómplice; pero aparentaba ser tan sólo un inflexible magistrado. . .
Al concluir el examen, el director me dijo con su pausada voz:
—Un alumno más que va a luchar por la vida, armado con todas las armas que en nuestra humil- de academia forjamos. Sea usted un paladín del trabajo y un modelo de honradez; sea usted un caballero andante en este siglo que injustamente desdeña las viejas normas. . .
Siempre estaba en grandilocuencia don Ramiro de la Fuente. Su ancianidad era nobilísima; su vida llena de austeridad.
Mi padre no pudo contenerse más. Tornó a ser el mismo de siempre. Bajó del estrado; me oprimió entre sus brazos y me dijo:
—Te has ganado una moneda de veinte pesos que traigo aquí en mi b o l s a . . . Yo creo que nos iremos luego a casa. . . ¿no te parece?. . . —y me deslizó el "azteca".
Llovieron abrazos. Y al fin me pude escabu- llir. El zaguán me pareció como un portón abier- to a la inmortalidad (así era de pueril mi pensa- miento y de rica mi imaginación). Ocurría que el sol de la tarde penetraba a raudales. Y al quebrar- se sus rayos en la vieja farola, la convertía en un astro. Todo influía en mi dualidad sensitiva y emo- cional: el espíritu suave y tímido de mi madre y el travieso aunque romántico de mi padre. De ella heredé la imaginación; de él la sensualidad y la emoción. Por eso, aquel sol que penetraba como un haz de flechas de oro, suscitaba en mi mundo subconsciente la idea del apoteosis.
Al cruzar la Plaza de Armas, mi padre, que me llevaba del brazo, se detuvo un instante para son- reír a alguien. Volví la cara. Rosa se acercaba. Y el galán que había en mi padre, apareció como siempre:
•—jEstás encantadora, muchacha!...
Un mohín le hizo entender que no era él sino
yo, el motivo de su interés. Y sin darme tiempo a abrir los brazos, ella abrió los suyos y me oprimió largamente:
—¡Gilberto, te deseo muchos triunfos!. . .
Su rostro estaba rojo; sus brazos, cálidos; su pecho, enhiesto y firme, se apoyaba sobre el mío.
Y sin necesidad de palabras advertí que todo aquel rubor, aquel cálido sonrojo era el despertar de un corazón fogoso. A mi vez sentí erubescer mi rostro.
Y apenas pude balbucir:
—¡Gracias!. . . Yo creo que te veré en la casa más tarde. . .
Mi padre se retorcía el bigote. Me tomó del brazo y como un camarada habló:
—¡ Vaya, conquistador!. . . La chica es linda;
no me disgusta.
Lo miré y él me sonreía. Resultaba encantador dándoselas de mi camarada. Y exclamó:
—¡ Me parecería ideal para nuera!. . .
Llegamos a casa. Aromas de horno festivo nos recibieron. Mi madre hizo llamar el cuarteto del
"Maestro don Apolonio", y como un alarde de ex- quisito gusto, mandó tocar Honor y Gloria, tenida en el pueblo, por obra y gracia de las predileccio- nes de los Montemayores, como la suma expresión del buen tono.
En alas de aquella melodía, que ahora me ha parecido vulgar, tuve el calosfrío de la sorpresa al creer que escuchaba la voz de Adela. Fue tan intensa la evocación que un instante perdí la con- ciencia de lo real. Mas la voz de mi madre, como supremo conjuro, me sacó del ensalmo:
—¡Gilberto, estoy dichosa!. . .
Y apoyando su brazo sobre mi hombro, ade- lantamos hasta el fresco corredor. Guías de flores colgaban de las paredes. Mi madre se había ata-
reado terriblemente para adornar la casa durante el tiempo que yo estuviera en el examen. Y había hecho acudir a sus amigas. Marta, Águeda y Cla- ra se hallaban allí. Y lo mismo estaban los amigos de mi padre, don Celestino, el boticario; el drama*
tico perfil de don Bernardo Gómez se recortaba, como en relieve numismático, sobre el óvalo del gran sillón de la sala; también estaba don Chabe- lito. Y más tarde vinieron don Filogonio y Rosa, su hija. Y con ellos entró una viva alegría.
Todo era barullo; Rosa reía como si tuviera en la garganta cascabeles de plata. Águeda, que en sus cálidos veintisiete años tenía todos los soles de veintisiete agostos, sugería un meteoro rojo.
Clara, tan blanca y dulce, y Marta, de ojos ver- des y transparentes, hacían esgrima de coquete- ría con mi padre y con don Bernardo Gómez, y suscitaban las bromas de don Chabelito, quien, poniendo los ojos en blanco, decía:
—¡Estas diablesas me asustan!. . . Apenas las veo cruzar la pierna, junto las manos y digo devo- tamente el "Magníficat", con todo fervor: "¡Glori- fica mi alma al Señor. . . y mi espíritu se llena de g o z o ! . . . "
Las chicas reían. Y efectivamente mostraban las tres hermanas las piernas más lindas del mundo, de suaves líneas y cubiertas con medias negras, incitantes y misteriosas.
Rosa, en quien el pasado rubor no había de- jado huella, pues ufana y cierta de su belleza era sabedora de que no había más señorío que el suyo, me hablaba con ese imperio que se emplea por quien a su vez se siente en peligro de ser tan sólo una sierva del mismo sentimiento que impone y que teme al mismo tiempo:
—¡Debes ser más galante conmigo y llevarme
a beber un vaso de agua de jamaica!. . . —y apar- tándose de todos, vino hasta donde me hallaba;
enlazó su brazo con el mío y me llevó suavemente hacia afuera. El olor de su carne era semejante a una rajita de canela. Positivamente era el aroma de la seducción...
Solos, en el comedor, bebíamos el refresco.
Ella sonreía y dejaba ver sus blancos dientes. Nos hallábamos muy cerca el uno del otro. Y al ex- tender el brazo e inclinarse un poco para dejar la jarra con el agua coloreada de jamaica, la tuve tan cerca de mis labios que no pude contenerme, y, en la nuca, sobre una sortija de su pelo negro, dejé un fugaz beso que ella aparentó no haber sen- tido. Nuevamente la vi enrojecer; pero, deliciosa- mente femenina, era dueña de sí. Me arrastró al patio. Y al compás de la música bailamos unos mi- nutos.
Su pueril estrategia, sin embargo, tenía un profundo sentido. Si se manifestaba enterada de mi beso, entonces, por pudorosa fórmula, le era indispensable hacerme algún reproche. Las costum- bres pueblerinas le prohibían toda complacencia conmigo, reo de un delito contra la consideración que una dama merecía en el propio hogar. Y si, como lo hacía, me daba a entender que mi beso le había sido grato, entonces no me quedaba sino explicarle la única causa plausible de mi locura:
el amor. . .
A mi vez procuraba analizar mis sentimientos.
Efectivamente, todo mi ser propendía a Rosa; pe- ro también era verdad que todo mi pensamiento era para Adela. Rosa significaba la embriaguez juvenil, el dorado sol de la mañana, el olor de la tierra mojada; Adela era el sofisma de mi espíri- tu. Ella, la ausente, representaba el haz luminoso
de indefinibles sueños. Rosa era la salud del alma.
Adela, el morbo de las ideas.
Algo debió pasar por mi frente, pues Rosa, en un momento dado, huyó, con esa grácil movilidad de pájaro que la caracterizaba. Y poco después la vi junto de Águeda. Ambas me miraban. Y cuan- do terminó la fiesta, Águeda me dijo:
•—¡Temo que estás pasando cerca de tu dicha y no la estás conociendo!. . .
A otro día fui despertado por el martillo per- tinaz de un picapedrero, ruido insólito en una ciu- dad en donde hace muchos años nada nuevo se construye. Era en el zaguán de la casa donde se originaba aquel rítmico ruido. Y al asomarme, vi que era un albañil que horadaba la cantera del marco de la puerta, por abajo de la placa de bron- ce de mi padre, donde se anunciaba como "Con- tador Titulado".
Mi padre, al advertir que yo había abandona- do el lecho, vino a tratar de mantener las cosas en potencia de convertirse en sorpresa. Yo lo adiviné.
Y procurando hacerme el desentendido, lo acom- pañé hasta el comedor.
Pocos minutos más tarde, cuando terminamos nuestras tazas de chocolate, me cogió del brazo y me condujo a la puerta de la casa. Mi madre venía con nosotros. Y, con voz grave, me dijo:
—Gilberto. . . Tú sabes que eres un galeote como yo. Somos pobres; nuestro único patrimonio es el trabajo y la honradez. Bajo mi placa de "Con- tador Titulado", estará la tuya. Lo tengo como un h o n o r . . .
Aquellas solemnidades de mi padre no me pa- recieron ridiculas jamás. El era así, un poco tea- tral; pero lo era porque en su corazón los impul- sos tenían el valor de hechos supremos. Mi madre,
que lo sabía, neutralizaba siempre aquellos arre- batos con su suavidad. Cuando volvimos a entrar y nos dirigimos al despacho, donde el escritorio de mi padre había sido sustituido por otro más grande, más reluciente, sólo que de dos pupitres, formando ángulo, nuevamente habló mi padre:
—¡Mira, allí estará tu título, cerca del mío!. . . Y este escritorio es para ambos: para ti y para mí.
Así nos bastará con levantar un poco la cara para vernos los ojos. A las horas de fatiga nos sonreire- mos mutuamente y nos animaremos uno al otro, como buenos camaradas. Muchas noches nos sor- prenderá aquí el primer canto del gallo. . . Esta- remos juntos. Somos soldados que vamos a la mis- ma batalla. . .
Su elocuencia tomaba giros napoleónicos. Mi madre sonreía benévola. Y cuando terminó mi pa- dre, ella me alargó simplemente dos mangas de lustrina y me dijo:
—¡Para que no se te vayan a romper los co- dos de la camisa!. . .
Aquel había sido su presente, su humilde pre- sente. Y no pude menos que hundir mi cabeza so- bre su pecho.
Esa fue la primera mañana de labor bajo la insignia de la placa de bronce. . ., ¡bronce en que se cree encontrar la eternidad!. . .
CLASES SOCIALES
Dos años habían transcurrido desde el día de mi examen profesional. Y, sin embargo, nada ha- bía cambiado en la vida de Álamo, como si en su lento ritmo el tiempo no abarcara años sino ho- ras. Rosa continuaba infatigablemente entregada a cuanto significara alguna emoción en aquella placidez monótona del pueblo.
Y, en cuanto a Adela, cada vez más orgullosa.
Sus ojos claros ya no reflejaban sino extrañas ex- celsitudes. Ella miraba a lo lejos, ausente, entre- gada por completo a su mundo interior. Tan sólo en compañía de las gentes de su "rango", se ani- maba, era entonces cuando vibraba, llamando "pri- mito travieso" al tarambana.
Llegaron las fiestas de octubre. El 4, día de San Francisco de Asís, santo titular de Álamo, es famoso a muchas leguas a la redonda. Las ca- lles se adornaban con farolitos pendientes de lar- gos hilos que formaban una especie de techo lumi- noso. El templo de San Francisco, anexo a antiguo convento, se erguía sobre una suave loma que do- minaba por el lado poniente la ciudad. Desde una de las terrazas del vetusto jardín de los francis- canos, se podía contemplar el espléndido valle, en
cuya parte principal y en primer término, se ha- llaba la población.
Y era curioso observar, desde allí, cuan pro- fundo era en Álamo el sentido clasista. Cerca del templo parroquial, hermoso monumento de can- tera, de arte barroco, se destacaban cuatro grandes manzanas de casas, de cuyos patios salían los pe- nachos de palmeras o el recortado follaje de las araucarias. Estas manzanas eran las que se halla- ban por dos de los lados del atrio parroquial. Ha- cia la parte de atrás del templo estaba la mole ro- sada del Teatro independencia, y frente a la Pa- rroquia se extendía el gran cuadro de la Plaza de Armas, con su quiosco de pintada cúpula en forma de campana. Tres enormes portaladas corrían por otros tantos lados de la plaza.
Hacia el oriente de la población estaba el ba- rrio obrero. Allí vivían las tejedoras de encajes
de "bolillo"; allí los dueños de telares en donde hacían finísimos sarapes de colores; también en ese barrio estaban los zapateros, los carpinteros, y más hacia la orilla, los alfareros, que hicieron famosa la loza de Álamo. Hacia el norte se Dodía ver la fábrica de hilados y tejidos; también la fábrica de vidrio. Por ese lado corría el río, el tranquilo y risueño río de Los Jarales. En una de sus márgenes, como decoración expresa, estaba el molino de harina "El Principal". Sus tejidos rojos contrastaban con la blancura de los muros.
La gran chimenea, toda de ladrillo, era como un centinela en la tersura del valle.
Los lados sur y poniente de la población cons- tituían los barrios de la "clase media". Casas pe- queñas, limpias, alegres, acogedoras, eran como una perenne exposición de patios enflorados. Nin- guna de ellas carecía de la consabida cancela de
historiados hierros, en el zaguán, a fin de poder abrir las puertas de la calle y mostrar a los tran- seúntes los patios llenos de macetas. Rosas, garde- nias, belenes, extraños lirios, acacias y azalias constituían las flores predilectas. No había, tampo- co, ningún huerto, lo mismo de casa rica que de casa pobre, que no tuviera una mata de "huele de noche", con lo que, la ciudad, pasada la hora del crepúsculo vespertino, se llenaba de un enervante aroma.
El barrio de los aristócratas era el que se ha- llaba a los lados de la Parroquia. Portalones de cantería cincelada daban acceso a zaguanes pa- vimentados de finos azulejos, al fondo de los cuales se veían las cancelas, alardes prodigiosos del arte.
No se lucían macetas, sino prados de curioso tra- zo. Enormes pajareras se levantaban en los iar- dinillos o bien fuentes cantarínas. En el corredor, frente al zaguán se abrían las puertas de los sun- tuosos comedores, de tal manei*a que, a la una de la tarde, era posible ver, desde la calle, a los ri- cos señores sentados a la mesa.
Álamo siempre tuvo fama de sus muchas fa- milias ricas. El latifundio constituía verdaderos feudos. Eran una especie de barones, aquellos se- ñores con poder hereditario. Lo habían ejercido empeñosos hombres de campo y estúpidos señoriti- nes dedicados a los vicios. Pero todos, por el solo hecho de llevar alguno de los rancios apellidos, tenían con ello una especie de título de nobleza.
Se trataba, ¡claro está!, de señores campira- nos. Mas no por ello carecían de finos modales.
En México los antiguos marqueses, los condes y los duques que constituyen apéndice histórico de las viejas familias, todos han vivido gracias a sus pro- piedades rústicas. Son señores de chaparreras y de
frac, según la ocasión. Hacen honor a su orgullo de caballeros, pues es la caballería charra no sólo su principal deleite, sino su primera obligación.
Por ello su vida social es singular. Se mantienen implacables en sus prosapias; discuten con feroci- dad cuestiones genealógicas; no se casan sino con gentes de su igual. . . Pero alternan gustosos con caporales.
Si se les rinde pleitesía, son afables y hasta generosos. Les agrada el tono protector para con los inferiores, y cuando se deciden a proteger a
alguien, generalmente usan en ello verdadera lar- gueza y magnanimidad, ¡Pero el precio es el in-
acabable homenaje de por vida!. . .
Su moral estima, por sobre todas las cosas, la virtud del reconocimiento. Aborrecer a los ingra- tos es, para ellos, hacer nada más que justicia. Ese feo vicio no merece siquiera el análisis del juz- gador; hay que execrarlo simplemente. No impor- ta que se haya abusado de los derechos que con- cede el otorgar un favor; no se debe tener en cuen- ta que el ingrato lo haya tenido que ser obligado por extremos de dignidad; el que hace el favor ad- quiere con ello el derecho de usar, a título de acre- edor, de todo cuanto le pareciese ser crédito de gratitud.
Ensamblados, embutidos, formando una sola pieza con el caduco pasado; conservadores del pen- samiento y de todas las formas del espíritu; ape- gados a sus tradiciones; fieles a sus costumbres, a sus gustos, a sus modos mismos de expresión, conservan, intocada por los años, una casta enve- jecida. Cuando se instalan en las grandes ciudades, reclaman a los cronistas sociales la resurrección de sus títulos nobiliarios; si acaso se dedican a la literatura, lo hacen en español antiguo o bien se
dedican a investigaciones heráldicas o a historias de la nobleza.
Y, mientras tanto, el mundo pasa frente a ellos, sin que ellos vean que las gentes que los miran, son personas que ponen en hacerlo esa curiosidad de visitantes de museo.
Sin embargo, son las mujeres de ese estrato social las que patrocinan toda acción piadosa o caritativa. En los pueblos pequeños es a ellas a quienes se deben obras meritorias de profundo sen- tido humanitario: orfanatorios, asilos para ancia- nos, hospitales. . . Allí seguramente se encontrará la mano de una de esas señoronas que, esclaviza- das por la prosapia, hubieron de aceptar conver- tirse en esposas de algún degenerado señorito de su clase, hemofílico o glotón, estulto o borracho, pero dueño de un apellido que figura en los catá- logos de los Reyes de Armas.
Es entre esa gente donde perdura, como pro- testa contra el régimen republicano, la costumbre
de escribir México con / . . . y es entre ellos donde aún se habla de Madero con odio y sarcasmo.
Eran los ricos de Álamo los que habían logra- do que las fiestas del 4 de octubre se dividieran en las de la "plebe" y de la "gente decente". Las romerías de la loma de San Francisco, las jamai- cas en el Jardín Viejo, umbroso parque de árboles centenarios; los paseos por las riberas del río, eran destinados a "la plebe". . , Esta comía cacahuates, jicamas, lechugas y "quiote"; rodeaba las mesas de las vendedoras de tacos y enchiladas; saborea- ba el atole blanco con buñuelos, y desde la parte de fuera de la Plaza de Armas hacía bromas con los trajes de los catrines y los peinados de las cu- rras. . .
La gente decente se divertía en los novenarios
en el templo de San Francisco, en las procesiones por las oscuras crujías del antiguo convento; con los Juegos Florales en el Teatro Independencia, y el combate de flores en la calle Real, el día 4, de cinco de la tarde a ocho de la noche. Y, sobre to- do, con el gran baile de La Lonja.
La clase media participaba, según sus posibi- lidades, de unos y otros festejos. Había quienes soñaban todo el año con una invitación al baile de La Lonja, o quienes se mandaban hacer con seis me- ses de anticipación, trajes para el combate de flo- res.
Rosa, por ejemplo, no se ocupaba sino del no- venario y de la fiesta en la calle Real. Ella tan sólo buscaba lo que significara alegría o que re- quiriera esfuerzo. Los amigos de mi padre mis- mo, se divertían de buen grado con la "plebe".
Mi madre se reducía a sentarse a la ventana de su alcoba a "ver pasar la gente" . .. Yo, a mi vez, me entristecía en todas partes donde miraba a Adela. . . ¡y Adela no me miraba!. . .
EL FUGAZ REINADO
El combate de flores dio ocasión a dos luci- mientos extraordinarios: la inauguración de la luz eléctrica en Álamo y el estreno de dos automóvi- les, uno de tipo limousine y el otro sport. El pri-
mero, lo manejaba el propio don Jaime Montema- yor, cuyo traje se hallaba cubierto con una espe- cie de larga bata blanca, y el otro lo conducía Eduardito, el rubio primo de Adela*
En numerosas casas había fiesta también. En la mía, por algún tiempo, nos veríamos aún con el hogareño quinqué antes de que hiciera su apari- ción la brillante bombilla eléctrica. Mas en las re- sidencias de los ricos, esa noche se estrenarían candiles suntuosos, cubiertos de focos de sesenta bujías. . .
Álamo fue uno de los poblados que permane- cieron por mucho tiempo sin las ventajas de la elec- tricidad, pues situado en el corazón de los Altos
de Jalisco, no disponía de medios para instalar una planta o para hacer llegar la postería de al- guna de las grandes ciudades del centro de la Re- pública. Gracias al empeño del presidente munici- pal, don Félix María de la Borbolla —rancia aris- tocracia, genio de empresario, astucias demagó- gicas y disfraz de progresismo— habíase instalado una p l a n t a . . . ¡ de la que eran propietarios don Félix María, don Jaime y seis aristócratas más!. . .
En cinco años se prometían, por obra de las altas tarifas, resarcirse de los gastos. . ., y todo lo demás no era sino ganancia. De paso, la luz que gastaban en sus casas sería gratuita y cada uno de los socios tenía además un sueldo. Don Félix María era el gerente, don Jaime el presidente del consejo y el resto eran secretario, tesorero y con- sejeros . . .
A lo largo de la calle Real se instalaron ar- botantes. También en derredor de la Plaza de Ar- mas lucían candelabros con opalinos globos. El Ayuntamiento se comportaba con liberalidad. El contrato hecho con la "Compañía de Luz Eléctrica
de los Altos de Jalisco", era demasiado generoso para ésta, pues por cada lámpara pública pagaría el municipio tres pesos mensuales... Y habían sido instaladas, por lo pronto, quinientas lámparas en toda la población.
—¡ Este es el bien entendido progreso!. . .
—declamó don Félix María de la Borbolla en el Salón de Cabildos del muy H. Ayuntamiento, aque- lla mañana del 4 de octubre—. La antorcha de la civilización flamea sobre esta noble ciudad. Po- demos estar orgullosos los hombres de esta genera- ción al declarar que hemos vencido a la noche.
Nuestra ciudad es un emporio de luz. Y en los hogares, la electricidad proporcionará todo el con- fort que el progreso humano ha inventado. Álamo ha dado hoy el paso más grande hacia su catego- ría de gran ciudad. ¡Loor eterno a los que han rea- lizado esta magna obra!. .. —y recibió como ge- rente de la Compañía de Luz, el aplauso que él mis- mo provocaba como alcalde de la ciudad.
El Portal Hidalgo fue el único que no res- pondió íntegramente a aquella "magna empresa".
Muchos tenderos pensaron en que les bastaba con sus mecheros de gas; otros hacían cuentas y veían que no era negocio hacer los gastos de instalación para tener abierto nada más hasta las nueve de la noche. "Retardatarios, cegados aún por las som- bras del oscurantismo —como decía el progresista don Félix María— no piensan que, al modernizar- se Álamo, no les quedará más remedio que hacer los gastos a los que ahora se muestran tan rebel- des. . . Y, entonces, a lo mejor ya ha subido la tarifa", anunciaba ei gerente de la "CLEAJ", co- mo llamaba ya a la Compañía de Luz, usando de cierta coacción en contra de los morosos propieta- rios de las tiendas de abarrotes y jarciería, mer-
cería y ropa, quienes tenían a su cargo el comer- cio con los rancheros.
En cambio.. . ¡había que ver el Portal del Comercio! Allí estaban las tiendas de ropa de lu- jo y la Nevería Alpina; estaban la mueblería de don Augusto Reinhart y la sucursal del Banco Na- cional de México. Los escaparates lucían innu- merables lámparas. La mueblería hizo alarde de
of recer una exposición, exhibiendo una sala, un comedor y una alcoba deliciosamente amuebladas
e iluminadas a "giorno" con "el mejor y más ex- quisito gusto" según declaraba don Heliogábalo, el del bar, repitiendo letra por letra las palabras de Eduardito.
El Portal del Ayuntamiento, al que solamen- te se abría el espacioso zaguán de la Casa Mu- nicipal y el no menos espacioso del Círculo de los Altos -—¡oh, prodigios de soberbia en el empleo de los nombres!. . ,— resultaban maravillosos de luz. El presidente del círculo, don Jaime Monte- mayor, había introducido la más depurada inno- vación: en cada mesita había hecho instalar una
lámpara eléctrica de esmerilada guardabrisa.
Las mesas de mármol y los sillones de mimbre que eran colocados en el portal para exclusiva- mente los veintiocho socios del Círculo de los Al- tos, fueron otros tantos sitios de privilegio. Na- die que no fuera del aristocrático club o de los se-
ñalados amigos de los miembros del mismo, podía aspirar a tan extraordinaria distinción.
Criados de filipina blanca y llevando al brazo la alba servilleta, servían los vasos de mint-julep o las copitas de coñac. Exquisitas viandas formaban la copiosa "botana". Y a la seis de la tarde era ser- vido el té con pastas secas. Era entonces cuando se admitía la presencia de las señoras. . .
Los concurrentes a la serenata podían ver a to- da la nobleza reunida, con sólo volver la cara hacia el Portal del Ayuntamiento, . .
Por frente a ese portal pasaba la calle Real.
Y eri consecuencia era como el palco regio en el combate de flores. Los venturosos miembros del círculo, que tenían a gala su insospechable crio- llismo, "ni una sola gota de sangre indígena", gritaban y se divertían al paso de las lindas mu- chachas. Lejos, más allá de la empedrada calle, estaba la "plebe", formada por los altos y esbeltos rancheros de Jalisco, por las preciosas mujeres de profundos ojos oscuros; o por los artesanos y obreros, la mayor parte mestizos de piel morena.
Don Jaime Montemayor apareció con su re- luciente Hudson, en medio de una nube de hedion- da gasolina quemada. Adela, a su lado, arrojaba gardenias. Detrás iban tres amigas de Adela, en- cargadas tan sólo de proveerla de los delicados proyectiles.
En seguida venía Eduardito con sus desafora- dos amigos, que arrojaban puñados de confetti y de vez en cuando huevos podridos. Eran los "tra- viesos y alegres muchachos" que "con todo el de- recho que da la juventud, se divierten decente- mente", según el paternal don Félix María de la Borbolla.
La "plebe" se abstenía de la fiesta. Miraba y miraba, con aire burlón. Las chicas de la clase me- dia se sentían, por un momento, protagonistas de un novelesco carnaval. Y los muchachos de esa misma clase, hallaban la manera de estar lo más cerca posible de las picaras novias que de otro modo habría que ver a través de las rejas de la ventana. . .
Cuando don Jaime Montemayor dio el volante a