No se trata de un sentimiento de falsa modestia, que suele ser, en el fondo, un rasgo de más sutil vanidad. Lo cierto es que me siento avergonzado, casi abochornado, por tener que asistir a esta explosión de evaluaciones y elogios. Leia hace unos días, no recuerdo dónde, que só- lo se complacen en los homenajes aquellos que no los merecen. Se me podrá repHcar, entonces, que, si yo me siento hoy tan incómodo será porque me considero dig- no del homenaje. Se repetiría así la anécdota que me han contado de Miguel de Unamuno que, al recibir de manos de Alfonso XIII no sé qué condecoración, dijo al mo- narca: «Gracias, Majestad, la merecía». Sorprendido, el rey le expHcó: «¡Qué curioso, don Miguel! Cuando les pongo esta condecoración, todos me dicen que no son dignos de ella». Y Unamuno rephcó, impávido: «Tam- bién ellos dicen la verdad».
Ni la altura de los personajes ni las circunstancias tienen ahora nada que ver con nosotros. Si la idea de es- te homenaje partió de la generosidad de mi compañero Manuel Fernández-Galiano, yo sólo podía interpretarlo
—y, por tanto, aceptarlo— como una simple congrega- ción de amigos y compañeros dispuestos a celebrar el ca- si medio siglo de «trabajos y días» —spya xal fuaépai—
de otro operario que sólo tiene el mérito de habérseles avanzado cronológicamente en esta especie de Xa\nia-
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HOMENAJE A MIGUEL DOLÇ
ôrjôponia que es la carrera de nuestra dedicación a la cultura clásica. En realidad, creo que se trata de un tiempo suficiente para pedir, como lo hacia Séneca a Ne- rón en la memorable audiencia narrada por Tácito en sus Anales (XIV 53), algún peregrinum otium, algunos studia in umbra educata, alguna quies, que se converti- rán todavía, bien lo sé, en el labor improbus de siempre.
Espero que sabréis perdonarme tantas reminiscencias textuales, que no son sino un natural aspecto de nuestra deformación profesional o, si se prefiere, una muestra, al mismo tiempo, de nuestro «ímprobo trabajo» diario, tan a menudo poco agradecido ni siquiera advertido. Si tengo hoy un curriculum algo copioso en facetas cultura- les y publicaciones, no se debe a ningún mérito especial:
se debe sólo a mi innato deseo de trabajar, porque no sirvo para otra cosa (o asi me lo han hecho creer, según me decia hace unos días un amigo en Barcelona), o bien porque, como aseguraba Pirandello, // lavoro è il miglior rimedio a questo male della vita. Todo, en resumidas cuentas, viene a ser lo mismo.
Si tuviera que hacer, en efecto, un balance de tantos años, todo habría que someterlo, con mayor o menor propiedad, a dicho punto de vista. Un antiguo maestro mío, Marco Valerio Marcial, que casi en todo estaba al cabo de la calle, supo darnos una pauta sobre balances de este género, válida para muchos: Se mezclan en este curso dulzuras y amarguras, aunque son más abundan- tes los días felices; de modo que, si los representáramos todos, aquí y allá, en dos montones de piedrecitas de di- verso color, la masa blanca superaría a la negra (XII 34, 3-7). Creo que no se puede pedir más a los caprichos de la ciega Fortuna, tanto si nos referimos a la Fortuna uirilis como a la Fortuna muliebris.
H O M E N A J E A MIGUEL DOLÇ
67 Tal vez yo no lograría precisar con exactitud la identi- dad de esta «masa negra». No sobresaldrían en ella, puedo asegurarlo, excesivas pesadumbres de la vida universitaria, a la que me he entregado siempre con total fidelidad, pero sí, tal vez, constantes trifulcas con gobernadores y jefes del Movimiento que se cruzaron siempre en mi camino denun- ciando mi «laisser faire» ante las protestas de libertad y los sindicatos democráticos estudiantiles. Mejor olvidarlo.
Más visible, efectiva y duradera será, por supuesto, la
«masa blanca»: los goces domésticos, las amistades im- borrables, los frutos de la cátedra, el auge de tantos alum- nos que se han ganado un puesto insigne en la docencia, en la sociedad, incluso en la política.
Pero, en este precipitado recuento de piedras negras y piedras blancas, el candidior calculas será sin duda, para mí, la ocasión que hoy nos ha reunido aquí para dar fe de una pequeña historia personal, modesta, desde luego, pero vivida hasta sus últimas consecuencias. Merece la pena, os lo aseguro, alcanzar este punto de la vida para verse rodea- do de tantos y tan buenos compañeros y amigos. Yo sólo soy capaz de expresaros a todos, desde lo más hondo de mi ser, mi más segura y más cordial gratitud. Debo expre- sarla, en primer lugar, a Manuel Fernández-Galiano, que, con la adhesión del Patronato de la Fundación Pastor, ha organizado este acto; a Antonio Fontán y Sebastián Mari- ner, que con tanto cariño y encarecimiento han trazado, embelleciéndola, mi semblanza —que ya no sé si es la mía—; y, de modo singular, a los que han querido comple- tarla y se han asociado a nuestra reunión sin temor a las molestias del viaje: a Marcos Mayer, llegado expresamente de Barcelona, y a Josep María Llompart, de mi nativa Mallorca. A todos ellos y a cada uno de vosotros, muchas gracias y mi declaración de una deuda perpetua.