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2ª PARTE: EL IMPERIO ROMANO 1.Introducción:

Con la conquista de Grecia por las legiones romanas en el siglo II a.C., la cultura griega sufre un auténtico colapso, y el centro de gravedad se traslada hacia Occidente, que sale, por fin, de su aislamiento. Si la ciudad-estado griega había intentado mantenerse dentro de unos límites muy reducidos, con Roma sucede todo lo contrario: amplía continuamente sus límites y concede el derecho de ciudadanía de un modo progresivo a los pueblos conquistados. Es más que una ciudad: es la «urbe» civilizadora por antonomasia. Pero frente a las meteóricas conquistas de Alejandro, el crecimiento de Roma es realmente muy lento, y no es obra de un solo hombre genial, sino del tesón de muchas generaciones. La expansión de Roma es su gloria, pero también una de las causas de su hundimiento: no le fue posible mantener la unidad dentro de unas fronteras demasiado grandes.

Roma crea un nuevo «mundo», y lo crea conquistándolo. Al principio no hace sino destruir sin construir: su obra positiva sólo comenzará en la época del Imperio. Pero antes, durante la República, asimila la cultura de los vencidos: helenización.

Roma ha transmitido a la civilización occidental un legado del que cabe destacar la lengua, el derecho y las obras públicas, así como la transmisión de la cultura helénica. Sin embargo, filosóficamente fueron un pueblo poco original, que adaptó el pensamiento filosófico griego a sus propias necesidades prácticas sin entregarse a grandes especulaciones teóricas sobre el universo y la sociedad. Tampoco se destacaron por su curiosidad científica, más allá de cuestiones puramente técnicas, como la construcción de máquinas para la ingenieria civil o militar.

Pero quizá la conquista fundamental de la antigua Roma fue la unificación de la cuenca del Mediterráneo, tanto desde el punto de vista político (creación del estado universal) como desde el cultural (expansión de la romanización). Debido a ello, cuando al final del imperio, el emperador Constantino proclama al cristianismo como religión oficial de Roma, sienta las bases de la expansión de la cultura judeo-cristiana en el mundo Occidental. Cuando, tras la invasión de los bárbaros, caiga el Imperio, las monarquías feudales que ocupen su espacio en Occidente se someterán en lo religioso al catolicismo romano y a su ideal de reunificación de la cristiandad bajo un Imperio Romano-Germánico.

No obstante, la civilización romana se desarrolló a lo largo de un proceso complejo, que puede dividirse en diversas etapas La primitiva Roma, unificó la península itálica. La conquista del Mediterráneo, segunda etapa del proceso, modificó radicalmente la fisonomía de la ciudad del Tíber. Por último, la creación del imperio significó la culminación de 1a expansión romana. Los historiadores antiguos atribuían el nacimiento de las ciudades a héroes mitológicos fundadores, como Rómulo y Remo, y combinaban orígenes locales y movimientos migratorios con el fin de explicar la distribución de los pueblos. Los análisis actuales se apoyan sobre los datos obtenidos por la investigación arqueológica y proponen una historia de las poblaciones de Italia que pone el acento sobre dos tipos de procesos. Por una parte, las estructuraciones internas de las economías y de las sociedades: se estaría así entre el fin de la Edad del Bronce y los comienzos de la Edad del Hierro. Por otra parte, los factores exteriores (navegaciones micénicas, contactos con los fenicios, colonización griega), que produjeron verdaderas mutaciones en los sectores de Italia donde las culturas locales estaban lo suficientemente estructuradas como para reaccionar de modo positivo ante la influencia venida de fuera. El fenómeno determinante fue la colonización griega de Italia meridional. Dicha colonización tuvo como consecuencia la formación de aristocracias, caracterizadas por un mismo modo de vida lujoso y helenizado (consumo de vino y de aceite perfumado, introducción de la escritura...). La civilización etrusca fue pues un caso particular de una evolución más general y

no el resultado de una migración. Asimismo, fue entonces cuando apareció la fórmula nombre+nombre de familia que distinguió a los pueblos de Italia central durante toda la antigüedad y fundó nuestro sistema actual. Al término de estos procesos, las sociedades implicadas experimentaron un salto cualitativo decisivo con el paso a la ciudad. El caso mejor conocido es el de la propia Roma, donde apareció, a fines del s. VII a. J.C., un espacio público y religioso en un lugar ocupado originariamente por cabañas. Así, a fines del s. VI, una línea de demarcación muy neta separaba las regiones que conocían bajo formas diversas y específicas (el tipo etrusco y el romano nunca se confundieron) una organización en ciudades, y el resto de Italia que no había alcanzado todavía ese grado de desarrollo. La historia posterior de estas poblaciones es la de los cambios nacidos de sus reacciones al contacto con las ciudades griegas, por una parte, y con las ciudades procedentes de las culturas italianas, por otra.

Roma fue al principio una ciudad parecida a las demás ciudades del Mediterráneo. Se constituyó como Estado asimilando al resto de Italia y conquistó un imperio tratando de extenderse hasta los límites del mundo conocido. Su centro político se convirtió en la mayor ciudad conocida en toda la antigüedad. Observadores griegos, como Polibio, alabaron las excelencias de su Constitución y la cohesión de su cuerpo social: todos los ciudadanos servían en las legiones, pagaban impuestos, elegían a los magistrados y votaban las leyes, así como decidían la paz y la guerra. La política era una cosa de todos. Pero, en realidad, muy pocos estaban incluidos en la clase política de los privilegiados, que se distinguía de una masa cívica, de la que quedaban excluidos mujeres, extranjeros y esclavos al igual que en la Grecia clásica. En realidad, Roma comenzó siendo un república de patricios. Los censores controlaban la fortuna y la honorabilidad de todos los ciudadanos, de los que regulaban, a través de su contribución militar y fiscal, el nivel de intervención en la vida política. Los ciudadanos más ricos y los que tenían la suerte de haber nacido en las mejores familias patricias formaban una oligarquía que se repartía las magistraturas, los mandos militares y las dignidades sacerdotales. Las luchas entre patricios y plebeyos en los comienzos de la república, determinaron una ampliación de esta nobleza, que posteriormente no se abriría sino de forma muy excepcional a hombres nuevos, distinguidos por su talento político y militar, ya que el mando de grandes unidades conducía a la ceremonia del triunfo con que se celebraban las victorias. La ciudad romana era ante todo una comunidad de guerreros. El servicio militar, que podía movilizar a los ciudadanos entre los 17 y los 60 años, la distinguía de Cartago y de los reinos helenísticos, que únicamente disponían de mercenarios. Los deseos expansionistas de la ciudad, ligados al principio a la preocupación por garantizar la propia seguridad, estaban controladas por el Senado -consejo permanente formado por antiguos magistrados-, recibía a los embajadores y decidía sobre el empleo del presupuesto. Las conquistas se extendieron al principio por Italia. Mediante la elaboración de una diplomacia y la organización del territorio italiano con construcción de vías de comunicación y la fundación de colonias, Roma preparó una unificación que apenas fue obstaculizada por la política de Aníbal. Pero, al mismo tiempo, el acceso de más de un millón de italianos a la ciudadanía romana después de la guerra, transformó radicalmente las estructuras de la ciudad. Roma desencadenó un conflicto de consecuencias incalculables cuando atacó a Cartago, dueña del Mediterráneo occidental. Era la primera vez que intervenía en el mar y fuera de Italia. La segunda guerra púnica extendió el teatro de las hostilidades a España, Italia, Sicilia y Africa, así como al mundo griego. La tercera guerra púnica demostró que Roma tenía ya capacidad suficiente como para destruir totalmente a quienes se le resistiesen. Roma venció a Cartago y estableció asimismo su poder sobre todos los reinos helenísticos. Las ganancias obtenidas con estas conquistas fueron tan considerables que, a partir del año 167 a.C., los romanos quedaron exentos de impuestos

directos. Pero las tensiones sociales se agudizaron. A pesar de los intentos de reforma como el de los Gracos el sistema económico y social y la cohesión de la organización política sufrieron un proceso de disgregación. El conflicto de ambiciones entre los jefes militares condujo a la creación del Imperio. Augusto, fue Emperador César Augusto (con el nombre de Imperator se saludaba en la época republicana al comandante en jefe tras la victoria). Bajo su reinado, se elaboró la ideología del emperador victorioso, unificador del mundo según un orden que gustaba a los dioses. Las victorias militares de Augusto y de sus sucesores, en particular de Trajano, fueron siempre ampliamente exaltadas -arcos de triunfo, monumentos conmemorativos- y permitieron la toma del poder por parte de algunos Emperadores, es decir, generales victoriosos. Augusto fue asimismo el iniciador de un régimen político designado con el nombre de Imperio. Transformó la república en monarquía. César había intentado hacerlo utilizando la Dictadura. Augusto no hubiera podido conseguir sus propósitos sin un amplio consenso. Desde el Senado, que veía debilitarse su papel, hasta la población de Roma, protegida por la beneficencia Imperial, de las crisis de subsistencia, pasando por los pueblos de las provincias que se organizaron para celebrar su culto: todos deseaban la paz después de las guerras civiles. Seguro de esos apoyos, Augusto quiso incluso prescindir de sus poderes excepcionales; como muestra de agradecimiento, el senado le concedió el título de Augusto, por el que se le conoce, que llevaron después todos sus sucesores. Augusto se convirtió en el único dueño de un inmenso Imperio en el que las sociedades urbanas coexistían con sociedades tribales, controlado por una burocracia, protegido por un ejército permanente y en el que regían un control fiscal regular y unas leyes de valor universal. De Roma procede la imagen del imperio que se tiene todavía en la actualidad. La paz, garantía de la prosperidad, celebrada por los poetas y los artistas, era una paz armada. Este Imperio exigía una sólida infraestructura militar, formada por 300.000 hombres, una red de carreteras que permitía una intervención rápida y una frontera (limes), reforzada por una colonización agrícola, para la cual se organizaron traslados masivos de población. La desestabilización de esta paz empezaría con Marco Aurelio el emperador filósofo. La paz romana también quedaba ampliamente garantizada por la voluntad de asociar a los antiguos vencidos a los beneficios del Imperio. La clase de los Caballeros, que nutría la burocracia del Imperio, se reclutaba sobre todo entre los notables de las provincias. Los más modestos podían también convertirse en Ciudadanos entrando en el ejército. Finalmente, Caracalla concedió en 212 la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio. El propio Caracalla ilustraba perfectamente esa política de integración, puesto que era hijo de un Emperador de origen africano, Séptimo Severo. Era la última etapa de una política de asimilación que siempre caracterizó a Roma en occidente, la expansión de la lengua latina y la adaptación a la ciudad y a los modelos de comportamiento romanos, permitieron el desarrollo de una romanización cuyas huellas siguen siendo visibles en la actualidad en toda el área geográfica del Mediterráneo. La presencia de Roma en la Península Ibérica se extendió desde fines del siglo III a.J.C., con ocasión de las guerras púnicas , hasta principios del siglo V d.J.C., cuando la crisis del Imperio se agudizó con la llegada de los primeros pueblos germánicos. La conquista militar, chocó con una fuerte oposición de las tribus indígenas, cuya disgregación obligaba a campañas específicas, tipo guerra de guerrillas. Las dificultades y la lentitud en la conquista y el desigual estado de desarrollo de los pueblos peninsulares marcaron diversos grados de romanización. El Levante y el Sur, que fueron las regiones más tempranamente y profundamente influidas por la presencia romana, pueden considerarse dominados hacia 197 a.C., cuando se realizó la primera división administrativa de la zona. Entre 197 y 174 a.C. Roma trató de controlar los accesos a la Meseta, a partir del asentamiento en los valles del Ebro y del Guadalquivir. La lucha por el dominio efectivo de la Meseta contra lusitanos y numantinos (155-133 a.C.) representó la fase más sangrienta de la conquista, después de la cual se inició la romanización a fondo de la

Península. Sin embargo, las últimas operaciones militares se realizarían un siglo más tarde, cuando el Emperador Augusto llegó para someter a astures y cántabros. Dos siglos de enfrentamientos militares corroboran la sentencia de Tito Livio: Los primeros en ser invadidos y los últimos en ser dominados. La inclusión peninsular en el mundo romano modificó profundamente los hábitos de los pueblos indígenas. En el siglo I, Hispania, que así llamaban los romanos a la Península Ibérica, que contaba aproximadamente con 6 millones de habitantes, se convirtió en un granero del Imperio. Los cultivos dominantes, dedicados a la exportación, eran cereales, vid y olivo. Se introdujo la rotación de cultivos, los abonos y el regadío, y se extendió el uso del arado, llamado hasta hoy "romano". También se desarrolló la ganadería y la salazón del pescado, cuyos productos se comercializaban hacia las grandes Metrópolis del Imperio. La minería se intensificó en todo el territorio, con el empleo de mano de obra esclava. Las primeras formas de organización política se impusieron sobre las estructuras tribales de la Península, que quedó unificada, por primera vez, con el Emperador Diocleciano. Un factor básico para la unidad fue la magnífica red de calzadas, de gran interés militar y comercial, perfectamente inserta en las vías naturales de la Península: constan documentalmente 9.000 km de vías principales, a los que habría que sumar otros 20.000 km de calzadas secundarias. La romanización también fue cultural. Con la implantación del latín vulgar y la desaparición de las lenguas íberas y celtas, se aceptaron progresivamente la religión, el derecho y las costumbres de la metrópoli. De la profundidad de la romanización hablan innumerables, aportaciones de Hispania a la cultura romana: el filósofo Lucio Anneo Séneca, el poeta épico Lucano, el retórico Quintiliano y el poeta satírico Marcial, así como tres Emperadores de origen hispano, Trajano, Adriano y Teodosio. Los romanos, finalmente, dejaron innumerables huellas de su afán constructor en la península Ibérica; puentes: Mérida, Alcántara, San Martín, Orense, Salamanca, Córdoba; arcos de triunfo: Bará, Medinaceli; acueductos: Segovia, Tarragona, Mérida; teatros: Mérida, Sagunto; anfiteatros: Itálica, Mérida, Tarragona; murallas, templos: Vic, Mérida y miles de necrópolis. Al finalizar la crisis del siglo III, el Imperio -que se conoce como Bajo Imperio- sufrió profundas transformaciones, convirtiéndose en una monarquía absoluta cuyas capitales fueron sucesivamente Rávena, Milán, Tréveris y Constantinopla. Roma ya no era sino un centro cultural y religioso. Los emperadores instalaron en las fronteras a pueblos bárbaros, con el estatuto de Federados, y reforzaron la línea fortificada entre el Rin y el Danubio para contener a los germanos. Cuando Constantino decidió, por el edicto de Milán (año 313), conceder la libertad de culto a los cristianos, también se organizó la jerarquía eclesiástica. Es importante señalar, por tanto, que la organización de la Iglesia proviene de la organización política de las provincias romanas en el Bajo Imperio. El Metropolitano, llamado más tarde Arzobispo, regía una provincia, mientras el obispo dirigía la iglesia de una ciudad. Constantino, convertido al cristianismo, se consideraba cabeza de la Iglesia. Fue el que reunió el primer Concilio Ecuménico en Nicea (año 325) para luchar contra la herejía arriana. Bajo el reinado de Teodosio I, el cristianismo alcanzó verdaderamente el rango de Religión de Estado. La cultura del Bajo Imperio no era en absoluto decadente: por el contrario, en el terreno del pensamiento y de las artes puede hablarse de un renacimiento. A la muerte de Teodosio, el Imperio romano se dividió en dos: Rávena fue la capital de Occidente y Constantinopla la de Oriente. A fines del siglo IV, bajo el empuje de los Hunos presionando a los bárbaros, avanzaron hacia el oeste en oleadas sucesivas en primer lugar los nómadas iranios, sármatas y alanos, y tras ellos los godos. Los visigodos recorrieron el Imperio y se apoderaron de Roma el 410. La caída de la Ciudad Eterna provocó estupor: San Agustín tranquilizó a los cristianos escribiendo La Ciudad de Dios (413-426). Los visigodos se instalaron finalmente, con autorización Imperial, en el sur de la Galia (Francia) y en Hispania (España). Los vándalos, capitaneados por Genserico, siguieron su avance hasta Africa. Después de adueñarse de Cartago, el gran puerto exportador

de trigo, Genserico persiguió a los católicos. Los hunos de Atila, instalados en la cuenca danubiana, invadieron occidente en 451. Atila intentó invadir Italia en 452, pero renunció a pasar más allá de Mantua, cediendo a la petición del papa León Magno. A lo largo de la segunda mitad del siglo, los estados bárbaros se organizaron. Los burgundios se instalaron entre Langres y Aviñón. Los anglos, jutos y sajones invadieron Bretaña y empujaron a los celtas hacia el oeste. Los suevos, instalados en Galicia, llevaron su influencia a casi toda la Península. Los visigodos extendieron sus dominios desde el Loira hasta la Tarraconense, primero, y luego a toda Hispania, a excepción de Galicia. En Rávena los emperadores, auténticos juguetes en manos de los príncipes bárbaros, se sucedían con gran rapidez, hasta que Odoacro decidió poner fin a esa ficción, ocupando el lugar del último emperador, Rómulo Augústulo, y devolviendo las insignias imperiales a Constantinopla. El Imperio romano, en su parte occidental desapareció quedando en su lugar células dispersas de lo que fue un extenso Imperio; dirigidas por los propios bárbaros que habían contribuido a su destrucción. Según Julián Marías toda civilización derrotada por las armas vence en el terreno ideológico. Así Roma reaparecerá en muchas instituciones de sus vencedores. Los llamados bárbaros son los herederos del propio mundo que contribuyeron a destruir. En la parte oriental del Imperio, pervivió durante 1.000 años con el nombre de Imperio Bizantino (por el nombre de su capital: Bizancio, hoy Estambul). El cambio de la capital del Imperio romano a Constantinopla (actual Estambul), en 330, puso de manifiesto la voluntad de Constantino de reunir bajo su égida las dos partes, oriental y occidental del Imperio. A pesar de los esfuerzos de unificación, la separación no dejaría de acrecentarse. Constantinopla fue "la nueva Roma"; este título demuestra que el Imperio bizantino se fundó a la vez bajo el signo de la continuidad y de la ruptura. Se consideró la heredera del Imperio romano (su Emperador llevará siempre el título de Emperador de los romanos), y o fue efectivamente por sus instituciones, aún cuando éstas sufrieran transformaciones en el curso de los siglos: el Estado bizantino se basó en una administración central fuertemente jerarquizada, eficaz hasta el siglo XIII. Los intercambios sociales eran reglamentados por el derecho romano, reconocido y enseñado en todo el Imperio. Hasta los siglos XI-XII, la economía agraria se basó fundamentalmente en la pequeña propiedad privada y en el campesinado libre, responsable de pagar los impuestos. Los intercambios económicos fueron activos, debido a una fuerte circulación monetaria. Bizancio