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Por África Barrales

Desde que llegó al municipio de Vanegas con su familia, hace cua- tro meses, Jeni, de 14 años, tiene que estar lista a las siete de la mañana. Se viste con una blusa de manga larga, sudadera con ca- pucha, pantalón de mezclilla, una gorra y tenis: su uniforme de trabajo en el campo. Llena una botella de agua y ayuda a preparar el “lonche” para la hora de la comida.

La camioneta que maneja su papá sale a las 7:40 de la maña- na del albergue para jornaleros agrícolas de la Secretaría de Desa- rrollo Social, que se ubica en la cabecera municipal.

El lugar tiene una cancha de basquetbol en el centro, a un costado hay un edificio de dos pisos con cuartos. Enfrente y al lado hay construcciones de un piso con más cuartos, baños, regaderas y cocina. Ahí se alojan los trabajadores y las familias que laboran en los ranchos cercanos.

La ventaja es que ahí no dan renta, el único pago son 50 pesos semanales para la limpieza de las instalaciones. Pero esa cuota no es suficiente para tener a raya una plaga de chinches en los colchones. Jeni y sus cuatro hermanas amanecían con ronchas por todo el cuer- po luego del festín que se daban estos insectos con su sangre.

Esas condiciones insalubres fueron reportadas a los respon- sables del albergue, incluso su abuela y su mamá cazaron a los di- minutos bichos y llenaron una bolsa de plástico para demostrar que el lugar estaba infestado. La respuesta fue fumigar pero no sirvió, las chinches —escondidas en la tela de los colchones— con- tinuaban alimentándose de las niñas cada noche.

Se fumigó por segunda vez y el milimétrico ejército no retro- cedió. La familia de Jeni optó por sacar los colchones al lugar más alejado de sus cuartos.

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En los ranchos del altiplano potosino se cultiva tomate, chile serrano, cebolla y calabaza. Jeni lo ha aprendido bien a pesar de trabajar por primera vez en el campo.

Su familia proviene del municipio de Doctor Arroyo, del es- tado vecino de Nuevo León. Aunque su mamá, sus abuelos, sus tíos y su hermana mayor llevan años siendo jornaleros, eso no la preparó para el cansancio y el tedio en el campo.

Con las manos pelonas corta tomates y calabazas, planta se- millas de cebolla y de chiles, desyerba y carga botes llenos. Pero lo que más trabajo le cuesta es el tomate porque hay que estar agacha- da para arrancarlo, echarlo a una cubeta o a un huacal de plástico y cargarlo para llevarlo a un punto de entrega. Si trabaja por tarea hay que llenar 30 botes o cajas en una jornada. Si no termina, su papá o los otros jornaleros le ayudan.

Para cortar calabaza le dan guantes porque pica. Si lo hace a mano limpia termina con pequeñas cortadas y raspadas. Por eso también hay que ponerse varias sudaderas encima, para protegerse los brazos. En la calabaza la cosecha se trabaja por día.

Cuando se trata de cebolla hay que plantar la semilla y ahí la jornada es por surco. Al principio les dieron a ella y a su hermana Alia —de 16 años— cuatro surcos, de cien metros cada uno, pero no los acabaron. Les rebajaron uno, pero tampoco pudieron com- pletarlos. Finalmente les dejaron dos.

Los surcos para plantar tomate miden 200 metros porque hay que hacer un hilo de ida y otro de regreso. Con una estaca Jeni va haciendo los hoyos, mete la semilla y luego la cubre con tierra. Y a pesar de que es laboriosa la siembra, lo que le cansa más es la cosecha. Para sembrar chiles, la jornada puede ser por día o por tarea, si es así les dan tres surcos.

En su estancia en los campos abiertos ha visto ratas, conejos, víboras grandes, sapos y arañas, animales de los que no se preocu- pa como lo hace del sol. Como no les dan equipo para protegerse

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de quemaduras solares, lleva gorras y paliacates para cubrirse la mayor parte de la cara. Eso funciona también para cuando echan fertilizantes y pesticidas. Cuando termina su jornada y llega al al- bergue se quita capas de ropa, suelta su cabello rojizo al aire y una blusa de manga corta deja ver su piel color durazno.

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Jeni no es la jornalera más pequeña en el rancho conocido como “El Zárate”. Ahí hay niñas y niños más pequeños trabajando. “Pobrecitos, a mí sí me da cosa”, dice ella apenas como un susurro. Su hermana mayor —de 18 años— cuenta que una niña “toda flaquita”, como de 10, se cayó porque quiso cargar un bote lleno de tomates. “Anda caminando así”, relata al tiempo que se encorva y camina con los brazos sueltos. Son de Guerrero y “ha- blan español y otro idioma”, es lo que han escuchado porque ahí no se puede platicar. Hay que concentrarse en sacar la tarea para no quedarse hasta el último. Lo que sí hacen es poner música en el celular —a Jeni le gusta escuchar a los reggaetoneros Wisin y Yandel—, pero no le puede estar pique y pique para cambiarle a las canciones. “¡Órale, muévete!”, grita una supervisora si ve que están clavados con el teléfono.

Para hacer del baño hay que irse a un monte solitario por- que en el rancho no hay ni letrinas. Y no hay que tardarse mucho porque les cuentan los minutos, no vaya a ser que estén haciendo “maña”.

“Pero el patrón es buena gente. Nos lleva paletas, man- gos…”, comenta en descargo de quién a veces tiene un detalle que sobresale en un área de trabajo que carece de un garrafón de agua potable para que se hidraten los trabajadores.

El pago por día o por tarea en “El Zárate” es de 130 pesos, menos diez que se les descuenta para la gasolina de quienes los transportan. Su nombre está en una lista y ése es el único requisito para que le entreguen su dinero. No le piden identificación oficial

ni CURP como lo hacen en el rancho “Valles”, que queda por la zona. Tampoco hay oficiales de seguridad privada que le impidan el paso por verse tan niña. Al final la edad no importa, sino lo que sus manos aporten a la producción de un día.

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