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Existe una creencia muy extendida en la clase política y parte de la ciudadanía de que el polinomio I+D+i es una descripción exacta de un proceso lineal, que se cumple de forma inexorable, según el cual en primer lugar surgiría una idea brillante en un laboratorio científico (I), luego esta idea sería desarrollada en algún centro tecnológico o similar (D) y finalmente este desarrollo sería transferido a una empresa, que lo convertiría en una innovación (i) y lo lanzaría después al ávido mercado.

Pues bien, las cosas no funcionan así, prácticamente nunca; desde luego antes del siglo XIX las innovaciones tecnológicas (molinos, barcos, máquinas de vapor, armas, tejidos, cultivos, construcciones, etcétera) fueron obra de simples improvers of technology sin ninguna aportación apreciable de la ciencia de su tiempo; durante los siglos XX y XXI las relaciones entre el conocimiento

científico y las innovaciones tecnológicas han venido siendo mucho más estrechas, pero en ningún caso han seguido un proceso lineal o secuencial, como podría hacernos creer el manido polinomio I+D+i. Se ha dicho, por ejemplo, y con toda razón, que deben más los principios de la termodinámica (Carnot, 1824) a la máquina de vapor (James Watt 1770, George Stephenson 1825) que ésta a aquéllos.

No es éste el lugar para entrar en detalle sobre el complejo proceso de innovación tecnológica y sus complicadas relaciones con los descubrimientos científicos, pero queremos dejar claro a los lectores que los investigadores sabemos que no existe una relación ni lineal ni directa entre la ciencia y las innovaciones que se introducen en el mercado.

Sabemos también que la insuficiencia en el desarrollo de la ciencia en un determinado país no es la responsable ni de su paro laboral ni de su baja productividad relativa.

Ahora bien, existen abrumadoras evidencias empíricas de que los países que no tienen un alto nivel educativo y un alto nivel científico alcanzan enseguida un techo de cristal que, si no lo rompen, los condena a perpetuarse en una determinada cota de desarrollo.

España se ha desarrollado mucho y muy rápidamente en los últimos decenios, hasta superar la media de riqueza de los países de la Unión Europea, pero hemos llegado ya a nuestro techo de cristal y para superarlo no hay otra alternativa que mejorar los niveles educativo y científico del país.

No es una extravagancia propia de ricos ociosos el hecho de que los países de mayor producción tecnológica y mayor dinamismo económico sean también los que más invierten en investigaciónbásica. Se trata más bien de que los países son ricos porque investigan, no investigan porque ya son ricos. No es sólo el caso de Estados Unidos que, en contra de esa falacia retórica de la llamada «paradoja europea», produce más y mejor ciencia básica que Europa, sino también el caso de Japón, cuyo primer ministro Nakasone lanzó en 1987 el Human Frontier Science Program, al que se han ido asociando casi todos los países desarrollados del mundo (con la consabida ausencia de España); o de Corea, con su Basic Research Program, que pretende generar conocimientos «ante el cambio de paradigma causado por la reestructuración del orden financiero internacional», y así sucesivamente.

El argumento del cambio de paradigma es clave: para Thomas Kuhn la ciencia avanza a través de paradigmas que dominan, como si fuesen modas, toda una época y la mayoría de los científicos trabajan inmersos en una corriente mayoritaria (mainstream). Los grandes científicos serían, según este autor, los que son capaces de romper con esa corriente mayoritaria y luchan por crear un nuevo paradigma.

Pues bien, esa especie de salto cuántico lo suele dar la investigación científica y no, salvo raras excepciones, los meros improvers of technology, e igualmente sólo aquellas sociedades que tienen un tejido científico denso y profesional pueden crear o anticipar o adaptarse con rapidez a los nuevos paradigmas.

Si queremos estar entre esas sociedades más alerta y, por tanto, mejor preparadas para capear las crisis económicas cíclicas, debemos pues aplicarnos aquello de «recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte» porque, por ejemplo, el presidente Obama viene aplicando notables incrementos en los presupuestos de I+D de 2010, 2011 y en el anteproyecto de 2012 a pesar de la grave situación económica de la Unión y a pesar de las duras resistencias del Congreso.

En concreto, en el borrador de presupuestos para 2012 se prevé un incremento destinado a la National Science Foundation de un 13 por ciento sobre 2010 (www.genomeweb.com, Biotech NEWS Feb.14). Sus argumentos son muy convincentes: «Como muchas empresas no invierten en investigación básica, que no ofrece resultados inmediatos (that does not have an immediate pay off), nosotros, como nación, tenemos que dedicar nuestros recursos a estas áreas fundamentales de la indagación científica (these fundamental areas of scientific inquiry)», dijo el presidente en un discurso del pasado día de San Valentín.

Si el presidente de la nación que viene siendo líder mundial en ciencia desde la Segunda Guerra Mundial sostiene que hay que incrementar la aportación del Estado a la financiación de la I+D, porque las empresas norteamericanas han reducido su contribución al respecto, imagine el lector lo que debería hacer Europa en general, y España en particular, si no quiere acabar convirtiéndose en una especie de conjunto de pintorescos y mal avenidos parques temáticos para disfrute de americanos, asiáticos y, en un futuro, quizá también africanos.

Más claramente: o mejoramos de manera muy significativa nuestros niveles educativo y científico o seguiremos adorando a Zeus, Júpiter, Odín y otros dioses, tan enternecedoramente europeos como definitivamente anacrónicos.

Javier Pérez de Albéniz Javier Pérez de Albéniz es periodista. Ha trabajado como reportero, y como crítico de música y televisión en El País (diez años), donde creó la primera sección sobre medioambiente de la prensa española («Vida verde»), y en El Mundo (nueve años). Hace siete años inició en este último diario la publicación de su blog El descodificador, que llegó a tener más de 70.000 visitas en un solo día. Lo trasladó al diario digital Soitu y, al cierre de esta innovadora web, pasó a colgarlo en Wordpress.com donde a menudo se encuentra entre los más vistos de los miles de blogs de todo el mundo. Entre sus libros destacan 10.000 km a través de África, Lugares poco recomendables y El lince ibérico. Ha trabajado en Radio Nacional de España, El Diario Vasco, Telemadrid (La noche se mueve, del Gran Wyoming), Telecinco y TVE (El peor programa de la semana, al lado de Fernando Trueba).

Blog. El descodificador:

«No es de una crisis de la cultura de lo que en realidad se trata, sino más bien de su destrucción».

MICHEL HENRY

En el lugar en el que usted podía ojear las memorias de Chateaubriand, un volumen caro que tal vez tardó meses en decidirse a adquirir, ahora un ejecutivo despieza con la precisión de un cirujano un magret de pato. En la tienda de discos donde le descubrieron a Tom Waits, la banda sonora de su vida, ahora se levanta un Starbucks. Y donde vio su primer concierto, ese que nunca podrá olvidar, actualmente hay una tienda de una cadena multinacional que vende ropa barata, fabricada en condiciones laborales desconocidas en algún país asiático.

Cuando, ante la indiferencia popular, las viejas librerías, las tiendas de discos y las salas de conciertos se transforman en bistrós, tiendas fashion y cafeterías posmodernas, es que la cultura agoniza: se ha rendido a la voracidad de políticos depredadores, de intelectuales millonarios y de ciudadanos conformistas. Todos aquellos lugares mágicos que nos guiaban como faros en la tormenta, poniendo al alcance de nuestra curiosidad mundos ignotos, sonidos formidables y pensamientos rebeldes, esos lugares que marcaban el pulso de la cultura de una ciudad han sido desplazados no sólo por la torpeza de las editoriales o la amenaza de las descargas ilegales, sino por la especulación inmobiliaria, la competencia desleal de las grandes superficies, la incompetencia de las administraciones y la trivialización del conocimiento.

Carecemos de referentes, navegamos en el desorden y nos asomamos al abismo. Hoy nadie protesta por la muerte de una librería, una tienda de discos o una sala de conciertos, como nadie se queja de la decadencia de un museo, el esperpento de la programación televisiva o el abandono de la educación pública. Vivimos gobernados por el poder financiero. La apología de lo superficial, una orgía consumista, el esplendor del low cost intelectual, la movilización de Internet y las redes sociales por la inmediatez y la gratuidad.

¿La globalización? Podría parecer que los cientos de miles de millones de individuos que pululamos por el planeta somos capaces de encontrar todo el conocimiento, el entretenimiento y el ocio de calidad en los posos de un caffè latte, en una cadena de televisión dedicada las veinticuatro horas del día a Gran hermano o en un clic del ratón del ordenador. No es así.

El bienestar de nuestra sociedad, construido de espaldas a la solidaridad, la dignidad, la verdad y la ética, es precario. No podía ser de otra manera: está basado en el egoísmo. La cultura, como la libertad o la democracia, también son creaciones sociales perecederas. Mantener esa llama exige un mantenimiento, una atención constante. En caso contrario retrocederemos y reviviremos miserias pasadas.

La cultura es lo único que tenemos. Por eso debemos gestionarla los ciudadanos. No podemos confiar un arma tan poderosa, capaz de cambiar la sociedad, a unos políticos como los nuestros, ignorantes, ambiciosos, indolentes, ineptos, mentirosos, inmediatistas y soberbios, que desprecian el pensamiento, la imaginación, la utopía, los valores. Los ingredientes fundamentales para construir un mundo sano y creativo.

Hemos aceptado sin reservas que los líderes políticos transmitan ignorancia. No nos escandalizamos ante la imagen grotesca de altos cargos que no hablan idiomas, se expresan con dificultad, leen como chavales de primaria o se insultan y faltan al respeto. Dar por hecho que estamos en manos de unos inútiles, asumir la mediocridad de nuestros dirigentes es el principio del fin. La peor actitud siempre es la indiferencia.

Todo esto quizá le parezca apocalíptico. Ésa es mi intención. En esta sociedad todo, incluido este texto, tiene una vida muy breve, así que alguien que pretenda hacerse oír debe obligatoriamente gritar. Ideas, reflexiones y mensajes envejecen con sorprendente rapidez, quizá debido a la necesidad impuesta de olvidar el pasado y repetir errores. ¿El progreso es un fracaso? ¿Todo adelanto tecnológico implica un retroceso cultural? ¿Debemos sentir nostalgia de los viejos tiempos? Recuerde que hubo un día en que la Ilustración iluminó las sombras de los crucifijos con las luces de la razón. No se preocupe, no es necesario ir tan lejos...