La especulación financiera y la corrupción no son algo nuevo en la historia. La literatura del siglo XIX y principios del XX ofrece numerosas muestras de personajes que son el espejo en el que se reflejan la codicia y la ambición humanas. Desde Aristide Saccard, el ambicioso especulador creado por Zola[9],
que va de pelotazo en pelotazo hasta la bancarrota final, a Mr Cowperwood, el magnate sin escrúpulos protagonista de The Financier[10], imagen en la ficción
de un hombre de negocios de la época, pasando por Augustus Melmotte, de Anthony Trollope, que embarca en una aventura a ambiciosos hombres de negocios con objeto de obtener dinero fácil y rápido[11], son numerosos los
o la falta de escrúpulos no son conductas nuevas sino que han sido inherentes al capitalismo desde su aparición.
¿Qué es, entonces, lo que caracteriza nuestro mundo actual?
Hace aproximadamente tres décadas Ronald Reagan y Margaret Thatcher, fieles servidores de los intereses del gran capital, decidieron imponer una serie de políticas económicas basadas en la reducción del gasto público, la privatización de empresas y servicios públicos, la total desregulación de los movimientos de capital y la reducción de impuestos a las grandes fortunas y a las empresas. Todo ello ha terminado conformando este tiempo de canto al mercado y al dinero, de desprecio a la Naturaleza, de fomento del individualismo. Se ha colocado en el centro al mercado, como dios supremo y regulador de la vida. Es el tiempo en el que se ha abierto la brecha más grande entre ricos y pobres, y en el que se está poniendo en grave peligro al planeta, que se ve incapaz de soportar un proyecto perpetuo de explotación de sus recursos. Los habitantes del mundo nos enfrentamos a una situación nueva y trágica, en la que está en juego la supervivencia del propio planeta.
Las nuevas tecnologías de la información han permitido que las comunicaciones sean planetarias e instantáneas, lo cual ha facilitado que también las transacciones financieras se realicen de manera simultánea en todo el mundo y alcancen un volumen desconocido hasta ahora. La falta de control de estas transacciones, que instauró la desregulación impuesta por Reagan y Thatcher, ha hecho posible la creación de instrumentos financieros que sólo son útiles a la especulación y no a la actividad productiva. En 1970 la suma total de las transacciones financieras mundiales era quince veces el valor del PIB mundial; en 2007 esa suma era ya setenta veces el valor del PIB. Hoy en día apenas el 10 por ciento del movimiento de divisas que tiene lugar en el mundo se destina a cerrar acuerdos comerciales o a canalizar transferencias de capital destinadas a inversiones productivas. Este incontrolado movimiento de capitales a nivel mundial ha permitido que el volumen de transacciones financieras a corto plazo crezca exponencialmente, lo cual ha favorecido la especulación financiera y ha provocado, en consecuencia, una gran inestabilidad en un sector clave de la economía.
Hervé Kempf[12] presenta un ejemplo muy gráfico: «Nada mejor para simbolizar
esta nueva fase del capitalismo que las palabras utilizadas por los comentaristas: antes “inversor” designaba a un empresario que comprometía su capital en una operación industrial o comercial de resultado incierto; ahora el término califica a las personas o a las firmas que juegan en el mercado financiero y que no son en realidad más que especuladores». Es decir, el planeta se ha convertido en un gran casino financiero en el que se apuesta con el deseo de ganar mucho dinero en poco tiempo. Y las fichas con las que se juega van desde los ahorros a las pensiones, desde las hipotecas a los alimentos.
La codicia alimenta las inversiones especulativas en detrimento de la economía productiva. Y para que el sistema funcione se han creado unas herramientas imprescindibles que permiten la fuga de capitales y favorecen el fraude, la corrupción y la evasión fiscal. Hablamos de los paraísos fiscales[13] —también
capitales de todo el mundo (sin que importe su procedencia) que no se someten a ninguna (o prácticamente ninguna) tributación. En ellos reina el secreto bancario y sirven tanto para albergar el dinero que procede del narcotráfico o del terrorismo como para camuflar malversaciones y otras actividades mafiosas, derivadas de lo que se ha dado en llamar ingeniería financiera. Acogen a sociedades instrumentales mediante testaferros y su existencia se muestra imprescindible en los numerosos casos de corrupción que aparecen constantemente en la prensa. La opacidad con la que operan no permite evaluar con precisión la cantidad de dinero que ha ido a parar a ellos, pero sin duda se trata de billones de dólares que benefician a los poderosos y a las entidades financieras y que perjudican a los ciudadanos de todos los países, quienes ven considerablemente mermados los ingresos del erario. Todos los grandes bancos y corporaciones financieras tienen sucursales en los paraísos fiscales y operan en ellos con la connivencia de los gobiernos nacionales, que no hacen nada contra el fraude y la evasión fiscal. Y no hablamos de paraísos lejanos: «Los paraísos fiscales están en la Castellana», decía de forma muy expresiva un inspector de Hacienda en un debate sobre este tema celebrado en Madrid.
Para los que vivimos en Europa atención especial merecen en este contexto las instituciones europeas. Cuando se formuló el proyecto de Constitución Europea, se alzaron muchas voces para denunciar que, tras el bloque de derechos civiles, venía todo un capítulo dedicado a la economía, en el que se consagraba Europa como un espacio de total libertad para el movimiento de capitales, que no estaban sujetos al menor control o regulación, se consolidaban en ella los paraísos fiscales y se privatizaban los servicios públicos. Al mismo tiempo se levantaban muros para la libre circulación de las personas. Hoy la UE es un espacio financiero, un paraíso para las grandes finanzas, que cuentan con dos excelentes aliados: la Comisión Europea y el Banco Central. Además, las directivas de la Comisión Europea son la coartada perfecta para los gobiernos de los distintos países cuando tienen que aplicar medidas impopulares.
Los principales instrumentos de estas políticas han sido los bancos, los paraísos fiscales y los organismos supranacionales: el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM), la Organización Mundial del Comercio (OMC) y otros, organismos estos que, aun no habiendo sido elegidos de forma democrática, son quienes dictan a cada país las medidas que tienen que adoptar por obligación. Se ha creado un auténtico Poder Global que gobierna el mundo por encima de los ciudadanos y de sus gobiernos.
UN MUNDO CON DEMASIADAS SOMBRAS