• No se han encontrado resultados

Antonio Malpica Cuello

Podemos decir sin temor a exagerar que el periodo que denominamos almohade (siglos XII-XIII) significó en al-Andalus y, por los mismos y distintos motivos, en el Magreb, un cambio importante en las formas de vida de sus poblaciones. La calificación de esta etapa en la Península Ibérica atendiendo a la presencia de unos elementos dominadores que llegaron de África del Norte, en este caso, supone la adopción de una terminología que, aunque pudiera hacer referencia al dominio de la política, va más allá de ella. Si los almohades fueron un grupo que se impuso hasta el extremo de producir cambios significativos y visibles, conociendo cómo funcionaba al-Andalus, hay que señalar que su capacidad de penetración en tal sociedad debió de ser muy grande. Ahora bien, quizás haya que pensar en términos muy diferentes, detectables a partir de la arqueología. La adopción, según sabemos gracias a ella, de unas formas materiales claramente discernibles, puede interpretarse también en otro sentido: no sólo trajeron objetos materiales y formas y concepciones constructivas nuevas, sino que también debieron de llegar poblaciones del Magreb.

Estas cuestiones no son fáciles de plantear y menos de resolver. La dimensión temporal que se le asigna suele estar muy marcada y, en consecuencia, mediatizada por otros tipos de debates, fundamentalmente el surgido de la historia política. Así se producen desajustes y problemas de todo tipo. El principal es que esa dinámica impulsa a un reconocimiento de etapas que, sin embargo, no tienen siempre la misma dimensión. Es el caso, por poner un ejemplo, de los almorávides, que no aparecen nítidamente en la «cultura material» de al-Andalus, aunque es evidente su presencia como elementos políticos. Para mayor abundamiento de lo que queremos decir, hay que destacar que lo habitual ha sido analizar esos periodos a partir de las obras surgidas del y, normalmente, para el poder. De ese modo, y he aquí de nuevo otro ejemplo, la época posterior al califato, la llamada de los taifas, apenas se ha estudiado partiendo de las formas de vida materiales más elementales, que es obligación inexcusable para un arqueólogo. Es lo que se percibe claramente en una

ponencia presentada por M. Acién en el Congreso de Arqueología Medieval celebrado en Valladolid1.

Consideramos que esta problemática se debe de plantear de otra forma con el fin de conseguir mejores resultados y establecer unas bases de discusión más firmes. La realidad a la que nos enfrentamos nos obliga a entrar en un análisis territorial que permita no sólo examinar las dimensiones del poder, sino las mismas estructuras de base. Por eso, es oportuno celebrar reuniones en las que se opte de manera decidida y sin ambages por un marco espacial que sirva de referencia. En el presente caso es verdad que se ha elegido

una distribución por las provincias andaluzas actuales. Tal vez se justifique por la propia organización administrativa de la arqueología que, al carecer en los últimos tiempos de grandes proyectos de investigación, se ha convertido en el punto de atención fundamental, por no decir exclusivo. Como en tantas otras cosas, la arqueología involuntaria y de gestión ha impuesto su ley de manera aplastante, relegando los debates científicos a prácticamente nada, e incluso acusando a quienes intentan abrirlos y continuarlos de descuidar el patrimonio y su difusión. Parece como si la investigación fuese un verdadero

obstáculo para el desarrollo de la gestión, cuando debería ser todo lo contrario2. No vamos a presentar

ahora y aquí un «cuaderno de quejas» propio de un radicalismo que no busca soluciones ni quiere tampoco encontrarlas, sino que sencillamente nos parece que, una vez más, hay que dejar constancia de las debilidades de que partimos y de la necesidad de establecer unos principios de arranque que permitan describir con suficientes garantías científicas la realidad material y la organización social del espacio. Somos conscientes, sin embargo, de que no es una tarea fácil, pero también sabemos que hay que afrontar los riesgos si queremos un progreso que no es exclusivamente científico.

Los elementos que definen el poblamiento y a los que haremos alusión, son tres: castillos y otras estructuras defensivas, ciudades y asentamientos rurales. La combinación de ellos y su interrelación en el espacio, al que modifican creando un paisaje propio, suponen una determinada organización espacial, que ha de conocerse siempre desde la dinámica social que le es inherente. Ni que decir tiene, por tanto, que no puede considerarse de manera aislada, sino formando conjuntos. Asimismo es imprescindible tener en cuenta otros aspectos de la realidad material que permiten establecer los procesos de trabajo y su control y regulación. En tal caso nos referiremos a los indicadores arqueológicos más significativos y de mayor densidad para el conocimiento histórico, especialmente a las cerámicas. Considerada por los arqueólogos el fósil guía por excelencia, habitualmente porque sirve para ofrecer cronologías, qué duda cabe que su análisis debe de trascender los aspectos más formales y mostrar las rutas comerciales que nos indican.

Aun cuando queda mucho por hacer, contamos ya con algunos trabajos que nos permiten esbozar unas líneas generales, más allá de los análisis puramente ceramológicos, sobre el territorio granadino en la época llamada almohade. Empezaremos por un estudio, resumido y, por consiguiente, mínimo en nuestro caso, de las cerámicas. Éstas han sido objeto de una investigación aún inédita en la Universidad de Granada,

concretamente en nuestro grupo «Toponimia, Historia y Arqueología del Reino de Granada»3. También

hemos de echar mano a otros análisis muy recientes que nos acercan al mismo tema, pero en un contexto territorial distinto, cual es el caso de otra tesis doctoral leída en septiembre de 2003 en la Universidad de

Cádiz4. Sin duda nos servirá de contrapunto para intentar ver cuánto hay de marco local y lo que es más

general, si bien ambos trabajos tienen una vocación que va mucho más allá del punto de referencia concreto, aunque lo tengan siempre en cuenta, estableciendo comparaciones y buscando paralelismos.

Diremos de entrada que, al contrario de lo que ha sido opinión bastante generalizada, la cerámica almohade no representa una crisis cultural. En relación con la anterior, sobre todo la mejor conocida, la de época califal, del siglo X, e incluso de la inmediata, la del siglo XI, que no ha sido objeto de una investigación sistemática, no se debe de entender como fruto de un retroceso tecnológico. Bien es cierto que los parámetros estéticos, especialmente aquéllos que se expresan a través de la decoración, parecen indicar lo contrario, pero esta cuestión, sobre la que volveremos más tarde, ha de revisarse. Así, se podría pensar que las piezas hechas en verde y manganeso son más sofisticadas que las que se producen en época almohade, en donde los elementos decorativos ocupan un lugar menos importante, al menos aparentemente. Sin embargo, se ha demostrado que la vajilla de cocina, tanto las marmitas como

especialmente las cazuelas, que se fabrica en los talleres de los siglos XII y XIII en al-Andalus, en gran parte urbanos según todos los indicios, es tecnológicamente más compleja que la procedente de los alfares califales de donde salían los hermosos ejemplares de ataifores en verde y manganeso que han llegado hasta nosotros. Si es verdad que estas piezas contienen unos códigos estéticos que transmiten la idea del poder

que el califa irradiaba desde la ciudad palatina de Madænat al-Zahrã’, como demostró M. Barceló5, no es

menos cierto que los almohades acudieron también a la cerámica para hacer propaganda6de su concepción

política e incluso religiosa, aunque en este último aspecto es la epigrafía la que adquiere mayor relevancia7.

En todo caso, parece que estamos ante concepciones estéticas diferentes, como también sucede con la tecnología de cada periodo.

Fernández Navarro ha incidido en estas cuestiones al analizar las vajillas de cocina de tal manera que no hay mucho lugar a plantear dudas, coincidiendo en gran medida con lo que nos dice el también citado anteriormente Cavilla para la cerámica de Cádiz. El primero escribe: «Entre la tradición tecnológica de época califal y almohade-nazarí encontramos elementos de coincidencia importantes, aunque también

evidentes diferencias que nos sitúan ante contextos culturales distintos»8.

Advierte elementos comunes entre unas cerámicas y otras. Se trata de la utilización de arcillas ferruginosas, que son las más adecuadas para las piezas de cocina. Igualmente aprecia que su cocción se

hace a una temperatura alta que permite que se obtenga una matriz densa y muy porosa9. Llega incluso a

hablar de una «revolución tecnológica» o giro de 360º «ya que consiste en conseguir los mismos resultados funcionales, con similares materias primas, pero con una secuencia tecnológica totalmente

distinta, con la única incorporación del vidriado como elemento realmente novedoso»10.

El resultado es la producción de piezas de cocina más resistentes al choque térmico, ahorrando recursos y aumentando la producción. El tiempo que se emplea en acabarlas con un espatulado permite que el torno

pueda seguir haciendo más piezas, hasta el extremo de que puede aumentarse hasta un 25% más11.

En resumen, son cerámicas hechas con arcillas ferruginosas que tienen las paredes muy delgadas, con

sus bases convexas y un acabado espatulado y con un vidriado melado en su interior12. Ya hemos señalado

que las arcillas ferruginosas hacen posible que las cerámicas queden muy compactadas y al mismo tiempo permanezcan muy porosas. El hecho de que las paredes sean muy delgadas hace que tengan una mayor elasticidad, que su peso sea menor y que haya un ahorro de arcilla en su elaboración. La existencia de bases convexas le confiere una mayor resistencia a los golpes externos así como a las tensiones internas que produce el calor. De la misma manera estas bases permiten un mayor acomodo a las fuentes de calor, por lo común una cama de brasas, y se pueden situar sobre cualquier superficie por inestable que sea, pues su

centro de gravedad hace que sea difícil que se vuelque13.

Todas las cuestiones tecnológicas señaladas, conocidas en otros contextos arqueológicos territoriales,

como es el caso de Cádiz14, ponen de manifiesto realidades de un grandísimo interés, que trascienden, por

supuesto, los aspectos más claramente ceramológicos y que nos obliga a plantear situaciones históricas de mucho mayor calado. Así, la gran calidad técnica de las piezas que se han estudiado nos hace pensar en un contexto productivo especializado y, por consiguiente, en una centralización de los alfares, que no quiere decir que no hubiese un gran número de ellos. El estándar cerámico que se observa en los diferentes yacimientos aproxima los conjuntos urbanos a los rurales por lo que respecta al consumo y distribución de piezas. Así, se ha constatado que las cerámicas están expandidas por doquier. La única explicación posible es el desarrollo de un gran tráfico comercial que penetra en todos los puntos de un territorio.

Hay que resaltar asimismo que no se aprecian grandes diferencias, como ocurre en otras etapas, entre las cerámicas llamadas comunes y las denominadas de lujo. No es que no existan piezas de un gran valor

estético, e incluso portadoras de un mensaje propagandístico surgido de las esferas del poder15, sino que

como el propio Fernández Navarro ha escrito al referirse a la cerámica de cocina almohade «se trata de una estética volcada en la funcionalidad más que en el carácter representativo o simbólico de otros tipos

de producciones cerámicas que siempre han despertado más interés entre los ceramólogos»16.

Tenemos, pues, que un simple análisis de la cerámica almohade, a partir desde luego de estudios más densos y especializadas, nos muestra un estado de cosas muy diferente al conocido en épocas anteriores en al-Andalus. Si se dio una generalización en el uso de una cerámica estandarizada en cuanto a su conjunto, sin grandes diferencias entre los que proceden de los ámbitos urbanos y los propiamente rurales, una gran variedad formal y tipológica y una especialización en la fabricación de las piezas, el resultado más inmediato sería una centralización en determinados alfares, muchos de ellos especializados o capaces de serlo, con una gran productividad y una generalización del comercio. Cuando hablamos de generalización no podemos ocultar que la llegada de la cerámica a todos los puntos presenta la contrapartida de un tráfico de productos en sentido contrario. Es así como cabe pensar que la cerámica partiera de las ciudades al campo y, en sentido contrario, determinadas mercancías procedentes de los asentamientos rurales fuesen a los mercados urbanos. No es que haya una relación directa y mecánica entre ambas cosas, sino que las vías comerciales constantes están consolidadas y son al mismo tiempo fluidas, lo que hace que ésa fuese la práctica habitual.

Tales características nos hablan, partiendo del estudio propiamente arqueológico, de aspectos que revelan realidades más complejas. No se puede establecer una correlación mecánica entre las diversas manifestaciones materiales, pero en su mayoría dibujan una sociedad muy diferente a la que antes había en al-Andalus. Las obras del poder, así como la organización del poblamiento, van en la misma línea.

De lo que más sabemos es de la edilicia en los centros urbanos y en algunas estructuras defensivas. Técnicamente está representada por el tapial, pero asimismo se detectan modificaciones

arquitectónicamente muy significativas. Ya han sido suficientemente analizadas por diferentes autores17,

aunque no está de más recordarlas. El desarrollo de los mecanismos defensivos es lo que más destaca. Se crean torres albarranas, se generan corachas, las torres de la línea de muralla destacan por encima del adarve, se construyen barreras y antemurales y las puertas se hacen en recodo simple e incluso doble. Todo ello contribuyó a que las defensas fueran mayores y mejores frente a un enemigo cada vez más poderoso y capaz. Pero no puede desecharse la idea de que en los programas constructivos haya una parte claramente de aparato del mismo poder político. Por eso mismo se ha hablado de que la arquitectura almohade «llega

a incurrir en el colosalismo»18. Es así como las puertas aparecen con una clara función de aparato, pero

también se generan torres residenciales, que, pese a su carácter exterior adusto, se decoraban interiormente. En muchos aspectos esta arquitectura militar fue continuada y aumentada por los nazaríes.

El mero enunciado de esa edilicia que acabamos de hacer nos lleva a los ámbitos urbanos, que son los puntos mejor conocidos en el poblamiento de época almohade. Se sabe que las ciudades andalusíes crecieron de forma que se puede apreciar sin muchas dificultades. Más allá del reforzamiento de las defensas urbanas y de la creación de importantes alcazabas, como es el caso, por ejemplo, de Badajoz que

ya estudió Torres Balbas19y excavó más recientemente Valdés20, se ve claramente cómo hay una verdadera

Teniendo en cuenta el carácter rigorista de los almohades, se hallaban enfrentados con el Islam dominante, por lo que optaron por segregarse en el marco urbano preexistente creando espacios nuevos y propios, aislados. Pero es significativo, en segundo lugar, el desarrollo que adquirieron poblaciones urbanas y otras que no alcanzaban tal carácter y se convirtieron en pequeñas o en casi ciudades. Tanto las fuentes escritas, que permiten tener una idea muy cabal de lo que ocurrió, como el trabajo arqueológico confirman

esta evolución. Es lo que sabemos que ocurre en Gibraltar21y, desde luego, en Sevilla22. Además de las

grandes obras tanto de fortificación como de construcciones de carácter palatino y residencial, se puede conocer el desarrollo de una política urbana que significa una expansión de la madæna, en buena medida con fines productivos, fundamentalmente agrícolas. En otro lugar hemos apuntado esa posibilidad y nos

hemos referido a la Bu¥ayra sevillana23, pues, siguiendo el texto de Ibn Åa¥ib al-Åalœt24, se pueden obtener

algunas conclusiones o, al menos, unas referencias dignas de tenerse en cuenta.

Se habla no sólo de la construcción de un espacio palatino, sino también de tierras que se pusieron en cultivo en el marco urbano y estaban asociadas a aquella nueva estructura. Creemos que no es posible considerarlas únicamente como una zona recreativa. Se plantaron millares de olivos de diferentes clases y otros frutales, algunos escogidos en partes más o menos próximas de al-Andalus. Tierras y árboles fueron comprados con dinero del Majzen, mientras que tal vez las obras arquitectónicas se hiciesen con medios distintos. Cabe suponer que se invirtió en estas tierras con el objetivo de conseguir que fueran productivas y hacerlas rentables. Para dar mayor fuerza a lo que ya hemos señalado, se debe de poner de manifiesto cómo los jeques campesinos colaboraron en la selección de los olivos. Es posible, por tanto, que las extensiones plantadas tuvieran como fin último el desarrollo de un área periférica de la ciudad, por supuesto productiva, y su inclusión en ella a partir del ejercicio directo del poder. Estamos lejos de la concepción de épocas precedentes en las que las estructuras palatinas se situaban fuera de las antiguas ciudades, creándose de nuevo y sin relación con una ocupación anterior, como es el caso, por ejemplo, de la ciudad califal cordobesa de Madænat al-Zahrœ’.

Podría pensarse, no obstante, que estamos ante una excepción, teniendo en cuenta el carácter palatino de la Bu¥ayra y el hecho de que Sevilla fuese la capital almohade de al-Andalus. Pero esta realidad también se percibe, aunque con matizaciones, en la ciudad de Granada. Ya hemos puesto de

manifiesto, de acuerdo con lo señalado, en un estudio precedente25, cómo Madænat Garnœ§a responde un

tanto a estas mismas líneas, por supuesto con las correcciones necesarias.

De entrada diremos que la continuidad nazarí hace que Granada sea una estructura urbana de difícil reconocimiento en épocas anteriores y, sobre todo, en tiempos almohades. El desarrollo de lo construido por éstos y su adaptación en fechas posteriores, salvo que se haga un trabajo muy minucioso y riguroso en las excavaciones, impide una percepción clara de las realidades almohades. Es más, la primera etapa nazarí, quizás hasta mediados del siglo XIV, responde más a los presupuestos establecidos por éstos que a unos propios, por lo que es muy difícil a veces hacer demasiadas precisiones cronológicas. Así, aun cuando algunos elementos que vamos a examinar se desarrollan en fechas nazaríes, pueden y deben de explicarse por lo que sucede con los almohades. Aun señalándolo, nos ha parecido prudente mostrar esta continuidad.

La ciudad, configurada como madæna en el siglo XI, ocupaba parcialmente la margen izquierda del río Darro. Aun cuando existían puentes que comunicaban ambas orillas, todo indica que el grado de urbanización era distinto en una y otra parte. No vamos a referirnos a la parte más abrupta, en donde se