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Rafael Azuar

Apenas un breve capítulo fue el destinado por D. Leopoldo Torres Balbás, en su clásico volúmen IV del Ars Hispaniae (1949: 47-56), a tratar este aspecto dentro de su extenso texto dedicado a estudiar el arte hispano-almohade. Con toda seguridad, su condición de arquitecto le permitió, a la vista de los monumentos almohades conocidos y documentados a mediados del siglo XX, expresar lo siguiente: “El

olvido de la técnica de la labra decorativa de la piedra, así como el deseo de la rapidez y economía, fueron causa de que los artistas almohades utilizaran el ladrillo – su material preferido de construcción- para el decorado exterior de los edificios” (Torres Balbás, 1949: 52).

Unas apretadas líneas en las que quedaban perfectamente definidos para el futuro los rasgos básicos de la tecnología constructiva de los almohades: su desconocimiento de la piedra y sus razones de economía e inmediatez constructiva. Opinión que denota su gran conocimiento del proceso productivo de la arquitectura, pero que resulta, a nuestro entender, excesivamente sintética, al reducir el análisis al mero debate entre la sustitución de la piedra tallada por el uso del ladrillo, como material para la decoración exterior de los edificios; sin entrar, ni tomar en consideración las connotaciones que todo ello supuso en las fases de la construcción y en su diversidad edilicia: fortificaciones, palacios, edificios religiosos, viviendas, etc, ya sean en el ámbito urbano o en el rural.

Transcurrido medio siglo, la investigación sobre estos aspectos casi se puede considerar como inexistente, aunque a veces nos sorprenda con desconcertantes hipótesis como la enunciada por Basilio Pavón y que podríamos considerarla como de clara raíz ambiental o ecológica, ya que se plantea la directa vinculación entre la arquitectura de un territorio y los recursos o materiales de la zona. Así, llega a decir: “Vista la arquitectura hispanomusulmana desde la óptica regionalista se registran fábricas comunes o genéricas, pero

con ausencias o superabundancia de determinados materiales (...) Lógicamente los materiales predominantes en cada región durante la dominación islámica marcarán el rumbo a seguir por la arquitectura...” (Pavón, 1999: 569)

Esta visión, llamemos “ecologista”, de la arquitectura de al-Andalus en la obra de Basilio Pavón se completa con un análisis exhaustivo, lineal y “ecléctico” de los materiales y excesivamente determinista en cuanto se refiere a la valoración de las técnicas constructivas empleadas en al-Andalus, lo que casi imposibilita su lectura secuencial, aunque aporte características diferenciadoras:

“Lo que diferencia fundamentalmente a ésta ( arquitectura árabe occidental) de las construcciones romanas es el empleo de varios materiales en una misma muralla, puerta o torre; en esta línea las construcciones de al-Andalus eran más dispares; pero los materiales protagonistas siguieron siendo los sillares y el tapial hormigonado. Mientras este último procedimiento constructivo no dejó nunca de estar presente en Al-Andalus los sillares labrados y aparejados al uso de la Antigüedad, caracteristicos de las etapas emiral y califal, se consideran extinguidos pasado el período de los Reinos de Taifas, tomando el protagonismo el tapial, la mampostería y el ladrillo, materiales que a veces se entrelazan para dar lugar a fábricas mixtas de facturas de muy variable elaboración. Los árabes de España no añadieron materiales o procedimientos a los heredados de la Antigüedad; se limitaron a acrecentar su empleo, sobre todo el tapial y el ladrillo” (Pavón, 1999: 569)

La única novedad que aporta, sobre las clásicas tesis de L. Torres Balbás, es que para época post-taifa , como se ha visto, el debate tecnológico no se centraría sólo en la utilización del ladrillo, como sustituto de la sillería, sino además en el protagonismo que llegó a adquirir el uso generalizado del “tapial” y de los mampuestos en la construcción.

Al tapial le dedica un extenso apartado (Pavón, 1999: 613-625) en el que hace una detallada descripción de la técnica, seguido de una documentación de las obras más importantes realizadas con ella a lo largo y ancho de la geografía de al-Andalus, que viene a revisar todo lo que han escrito investigadores como A. Bazzana (1992) o P. López Elum (1994), - el cual en su reciente publicación sobre “Los castillos valencinos en la Edad Media” dedica un capítulo a esta cuestión (López Elum; 2002: II, 156-171)-. Concluye, ratificando la antigüedad de la técnica, - como recientemente han documentado P. Gurriarán y A. J. Sáez (2002) -, pero sin entrar a considerar su importancia en el proceso constructivo de la arquitectura de al-Andalus.

Es evidente que, hasta ahora, la investigación se ha centrado en el análisis de los materiles desde una perspectiva meramente tecnológica y subordinada al estudio del edificio, desde su manifestación arquitectónica y sobre todo artística, sin plantearse, aun si quiera de forma colateral, su importancia en la comprensión de los procesos que interevienen en la producción arquitectónica; es decir, nos referimos al conocimiento de las canteras o de la extracción de los materiales, su fabricación y transformación, su transporte, la formació o el nivel de especialización de los trabajadores que intervienen en la construcción, la selección de materiales, etc, el nivel de la demanda edilicia y de la existencia o no de una arquitectura con programa decorativo propio y diferenciado.

Muchos y variados son los procesos que están vinculados a la arquitectura y, por tanto, resulta muy restrictivo el limitar su estudio a los aspectos meramente artístico-decorativos. Por ello, para analizar las técnicas constructivas de los almohades, se hace neceasario una revisión de los materiales, las técnicas y la construcción edilicia andalusí en el siglo XII, lo que facilitará la comprensión del impacto que supuso su llegada, en cuanto se refiere a la utilización de materiales, mejoras tecnológicas y en defintiva, a su capacidad de intervenir en la producción arquitectónica.

Otra cuestión colateral es el análisis de la intervención almohade en la arquitectura y construcción militar defensiva, de la que todavía se tiene una visión cimentada en la información documental aportada por las fuentes cronísticas. En este sentido, es necesario que la arqueológica permita establecer las bases de la investigación de las fortificaciones de época almohade, encaminada a conocer las reformas, ampliaciones o fundaciones llevadas a cabo por los almohades en al-Andalus de y su posible diferenciaciónn tipológica y cronológica.

La construcción y la fortificación en Al-Andalus hasta la llegada de los Almohades

Las razones mencionadas por L. Torres Balbás para explicar porqué los almohades decidieron utilizar el ladrillo en sus construcciones viene a describir, de forma indirecta, cual era, a grandes rasgos, la situación de la construcción en el al-Andalus del siglo XII, anterior a los almohades. Esta imprensión era fruto de la contenplación y del conocimiento del reducido elenco de edificios conocidos en aquel momento, como ya hemos mencionado. Ahora bien, la arqueología desarrollada de forma sistemática en nuestras ciudades a lo largo de estos dos últimos lustros, permite realizar una radiografía más exacta de cual era la arquitectura que en aquellos momentos se construía no sólo en el ámbito urbano, sino también en las alquerías o en los poblados fortificados.

Las continuas excavaciones llevadas a cabo a lo largo y ancho del espacio islámico de la ciudad de Murcia permitieron a J.A. Ramírez y J.A. Martínez (1996: 65) adelantar los siguientes rasgos y cambios observados en la construcción de las viviendas:

“La primera diferencia notable que se observa es en los materiales, ya que las estructuras de tierra (que no las casas) van siendo progresivamente sustituidas por otras de hormigón o ladrillo, el primero más caracteristico del siglo XII y el segundo del siglo XIII. Los muros de tierra cuando son atacados por el agua de lluvia se desmoronan con facilidad, por lo que requieren continuas reparaciones de mantenimiento que se materializan en bataches de ladrillos o mampostería, que terminan por reemplazar completamente el núcleo original del muro de tierra por pilares de este material, cuando no se prefiere levantar completamente la pared mediante técnica de sólido encofrado...”

La generalización del uso del tapial o de la fábrica de encofrado de tierra y cal, será uno de los rasgos característicos de la construcción de esta época y así se documenta prácticamente en todas las ciudades de al-Andalus. Las excavaciones de la Plaza de la Almoina de Valencia constataron esta misma evolución en los materiales y en las fábricas constructivas, como ya pusieron de manifiesto el equipo de arqueólogos en las jornadas celebradas en Granada que versaron sobre “La Casa hispano-musulmana” (Pascual et alii, 1990: 308). Así mismo, se pudo comprobar este dominio progresivo del tapial en la construcción urbana, en las posteriores excavaciones llevadas a cabo en el raval post-taifa del Fortí de Denia (Sentí, Gisbert, Berenguer, 1994: 278). Similares rasgos tecnológicos, con progresivo dominio de las fábricas de tapial, son los documentados en la propia alcazaba de Mértola en Portugal (Macias, 1996: 74).

La arqueología ha permitido constatar una cierta evolución, a lo largo del siglo XII, en la selección de los materiales en la construcción, así como en el uso de determinadas técnicas de aparejo, hasta llegar al dominio absoluto e indiscrimado de la fábrica de hormigón para la construcción; es decir, no sólo se utilizará para levantar los muros medianeros, sino que también con ella se harán los tabicados interiores y hasta se usará para las cimentaciones, desechando el tradicional basamento de mamposería.

En este proceso evolutivo se constata una técnica constructiva que permitía reforzar los tapiales, sobretodo en aquellos muros medianeros o maestros destinados a soportar importantes pesos, ya sea de las cubiertas o que tengan que soportar un piso superior. Esta técnica ha sido descrita por los diversos arqueológos que han intervenido en las numerosas excavaciones llavadas a cabo en la ciudad de Murcia y, recientemente, es identificada por Pedro Jiménez y Julio Navarro en su memoria de las excavaciones de las casas y tiendas de la Plaza de Belluga como “tapial con brencas” (2002: 510), del que además afirman es una técnica muy documentada en el yacimiento de Siyœsa.

Esta misma técnica de refuerzo, emulando pilares, dispuestos a una distancia rítmica y embutidos en la fábrica de tapial de los muros, se utilizó no sólo en las construcciones de la ciudad de Murcia y su territorio, sino que también fue muy empleada en las viviendas y depencias del interior de la alcazaba de Silves, como se ha documentado en el transcurso de sus excavaciones (Varela,Varela: 2001, 78) y, curiosamente, ya fue descrita por Leopoldo Torres Balbás cuando dio a conocer el resultado de las viviendas descubiertas en la alcazaba de Málaga, el cual señalaba su semejanza con las fábricas de época romana (Torres Balbás, 1945: 400; 1981: II, 75):

“entre los pilares de cantillo (sillería a tizón) se levantaron paños de mampostería. También los hay de argamasa muy pobre en cal, interiores, de tierra y de adobes grandes –22por 45cm-, y algunos –raros- de cajones de mampostería entre verdugadas de ladrillo, material éste que también separa las tapæas de tierra, de unos 50cm de altura. Un revestido de cal, grueso aproximadamente de 3cm, protegía los paramentos. Varios muretes de 16 cm de ancho están hechos de sillarejos de cantillo puestos a espejo. Este sistema de construir los muros con pilastras de sillería y entrepaños intermedios de mampostería, adobes o tapias, es una supervivencia romana...”

Cuando L. Torres Balbás escribía esto en el año 1945, prácticamente no se disponía de más información arqueológica y por tanto era imposible contrastar la información, por lo que su adscripción de época taifal o del siglo XI para estas construcciones y esta técnica constructiva, creemos que es perfectamente revisable y, a la vista de los conocimientos actuales, no sería descabellado considerar las construcciones descubiertas en la alcazaba de Málaga como más propias del siglo XII que del siglo XI.

Esta técnica que todavía utiliza en la fábrica un importante volumen de mampuestos o de ladrillos para reforzar el hormigón de tapial, creemos que podemos considerarla como transicional entre las fábricas de mampostería y la utilización exclusiva del tapial; por tanto, también podemos atribuirle una cronología transicional entre el siglo XI y la segunda mitad del siglo XII. Este último período se caracterizará por una construcción dominada por la resolución tecnológica de las fábricas levantadas en encofrados de hormigón de diversas densidades, en cuanto se refiere a su composición de cal o de tierra. La prueba de nuestra hipótesis es la misma ciudad de Siyœsa de Murcia, la cual está principalmente construida desde sus cimientos en fábricas de encofrado de tierra y posteriormente revestidos con cal y enlucidos de yeso (Navarro, 1991; Navarro, Jiménez, 1990). Técnica cuya utilización masiva se ha podido constatar en las excavaciones extensivas llevadas a término en los poblados de esta época, de Yakkâ (Yecla) (Ruiz Molina, 2000), en el castillo de Puentes de Lorca (Pujante, 2002), en la Villa Vieja de Calasparra (Pozo, 1989), o en la construcción del granero colectivo del Cabezo de la Cobertera de Abarán (Amigues, 1995; Amigues, et alii, 1999).

La lista de yacimientos del siglo XII en los que se observa el uso de estas técnicas de tapiales en su construcción es muy extensa y con una amplia geografía en todo al-Andalus, por lo que no vamos a detenernos en su detalle. Sólo traer a colación que la constatación de esta técnica constructiva en el siglo XII ya la pusimos de manifiesto, tras el resultado de mis excavaciones realizadas en el Castillo del Río (Aspe) desde 1983 a 1987, y así se recoge en la publicación de la correspondiente memoria de excavaciones (Azuar et alli, 1989: 213):

“Las viviendas de este momento están realizadas en sus partes estructurales con mortero de tierra y cal, emparejado con la técnica del tapial. Así, todos los muros de las fachadas, las medianeras y hasta los tabiques de separación de estancias, están construidos con esta fábrica de tapial. La técnica de la “tabiya” se constituye en la verdadera protagonista de la construcción: presente en

todos los elementos y estructuras de las viviendas; unificando la construcción del caserío(...) La maleabilidad de la argamasa y la ductilidad de esta técnica permite solucionar todos los problemas constructivos de los edificios”

La generalización de esta técnica en las fortificaciones del siglo XII es algo perfectamente constatable en los poblados fortificados de esta época (Azuar, 2002), como podrían ser los arriba mencionados o el mismo Castillo del Rio (Aspe) (Azuar et alli, 1994). Igualmente, esta técnica es la dominante en las fortificaciones levantadas por Ibn Mardanæ™ en el tercer cuarto del siglo XII, como pusieron de relieve J. Navarro y P. Jiménez en su detallado estudio sobre “Arquitectura mardanisí” (Navarro, Jiménez, 1995) y en donde se comprueba que la llegada de los almohades supuso la paralización de este programa constructivo. Igualmente, en este estudio queda perfectamente documentada la adscripción mardanisí del Castillejo de Monteagudo, considerado como almorávide, desde que fuera estudiado por L. Torres Balbás en 1934. Esta importante investigación permite aislar este grupo de fortificaciones del ·arq al-Andalus de aquellas anteriores y adscribibles a la iniciativa de los almorávides, de las que conocemos contados ejemplos, según las fuentes árabes, y que practicamente se reducen a determinados tramos de las cercas de Almería, Córdoba, Sevilla, Niebla, etc. (Acién, 1995) y a la fortificación de Fuengirola (López Guzmán, 1995). Su atribución almorávide está todavía por demostrar arqueológicamente, como ha puesto de manifiesto M. Valor en el caso de la pretendida atribución almorávide de la cerca sevillana (Valor, 1996: 56):

“Nunca han sido publicados esos supuestos materiales almorávides que son ciertamente interesantes, teniendo en cuenta que hoy por hoy lo almorávide es un verdadero enigma en al- Andalus. Con todo ello y teniendo en cuenta los paralelos que encontramos en el entorno sevillano, me refiero al caso de Sanlúcar la Mayor (...), Aznalfarache, Lora del Rio(...) Palma del Río (...) (Provincia de Córdoba) o Jerez de la Frontera, la cerca sevillana corresponde al período almohade. La única posibilidad de que esta cerca tuviera un origen almorávide estaría en el hecho de que la tipología constructiva de esta dinastía fuera idéntica a la almohade. Posibilidad que ponemos en duda teniendo en cuenta los paralelos conocidos del Magreb”

Se está refiriendo al estudio que en su día hiciera S. Martínez Lillo de las fortificaciones almorávides del Magreb (1995), de la que las más representativas son las de Amergo y Zag@ra, levantadas totalmente en mampostería. En tapial, pero sobre basamento de mampostería, es la fábrica utilizada en las murallas de Tremecén (Martinez Lillo, 1995: 151); pero su ejemplo no es prueba suficiente para identificar y establecer una tipología de las fortificaciones almorávides de al-Andalus, por lo que habrá que esperar a los resultados de la futura investigación arqueológica.

Mientras tanto, sólo podemos resaltar el uso de la mampostería en estas fortificaciones del siglo XII. Mampostería que no presenta marcas de talla y por tanto hemos de presuponer que simplemente se acopian las piedras de la zona y se aparejan, con fuerte argamasa, buscando la linealidad de las tongadas, remarcadas a veces por hiladas de piedras planas, pero sin tallarlas, como se aprecia en la fortificación del castillo del Río de Aspe, por poner un ejemplo (Azuar, 1994: 16-17). Esta manenra de aparejar los mampuestos se atestigua en las construcciones urbanas, en donde es muy común encontrar la mampostería en las cimentaciones de los muros, como se ha mencionado en los casos de las ciudades de Valencia, Denia, Mértola, etc. y sobre los que no insistiremos. Lo que sí parece de interés, es señalar como en estas construcciones se reaprovechan sillares o sillarejos para reforzar los vanos, las jambas, las ventanas o determinadas zonas, pero normalmente están embutidos en los muros y luego recubiertos por el enlucido,

lo que demuestra la pérdida de su valor ornamental como sillar. Valga como ejemplo el caso de los niveles inferiores de las viviendas de la calle Platerías de Murcia, en concreto de la vivienda “A”, en donde se atestigua su utilización secundaria (Jiménez, Navarro, 1997: 29):

“ Es interesante resaltar la presencia abundante de piedra tallada en el momento constructivo original de esta casa, puesto que en edificios más tardíos es practicamente inexistente. Parece significativo que sillares bien escuadrados y de caras alisadas, que sin duda debieron ser costosos, se utilicen en cimentaciones; creemos, por tanto, que podría tratarse de material reutilizado, procedente de edificaciones que a comienzos del siglo XII, fecha aproximada de construcción de la casa A, se hallaban en ruina o en proceso de demolición”

La sillería reutilizada la encontramos, también,, en la casa almorávide Mallorca (Riera, Rosselló, Soberats, 1990) o en las construcciones de la alcazaba de Silves (Varela, Varela, 2002), por citar algunos ejemplos; y en todos los casos se constata su utilización como cantería reaprovechada, de ubicación secundaria y en la mayoría de los casos, no es visible, sino que queda oculta bajo la capa del enlucido de cal de las paredes. Todo ello, nos confirma, en este siglo XII la desaparición de la cantería en la construcción, con todo lo que supone; es decir, inexistencia de canteras y de los circuitos de transporte y acarreo de las mismas; reaprovechamiento de sillares procedentes de los derribos próximos o de las viviendas anteriores. Igualmente, es evidente que no existen canteros y por tanto no hay especialistas en la talla de la piedra, remitiéndose a una simple operación de aparejamiento de piedras o mampuestos en la fábrica. Esta presumible desaparición de la cantería y de sus profesionales, a la vista de las construcciones, explicaría el que en el libro de “¥isba” de Ibn ‘Abdun de Sevilla, no se mencionen ni las canteras, ni al gremio de canteros (García Gómez, Lèvi-Provençal, 1981).

Junto a la ausencia de canteras y canteros en la construcción de este siglo hay que añadir también la escasa presencia del ladrillo en en estos contextos arqueológicos. Su utilización está practicamente