La m ujer en la ciudad
A. La época arcaica
Lo que los historiadores h an d ado en llam ar la época arca i ca es el período que va de com ienzos del siglo V III a finales del siglo V I. Período esencial, p o rqu e es entonces cuando se elab oran las estru ctu ras de la ciudad, cuan do el m undo grie go em pieza a extenderse de u n a orilla a o tra del M ed iterrá neo. Pero asim ism o un período cuyo desarrollo es difícil de seguir, d ad o que tenem os que b asarnos en fuentes tard ías, fuentes que son literarias o históricas o, cuando se tra ta de fuentes arqueológicas, m udas. No es que no haya habido producción literaria d u ra n te este período. Se trata, po r el contrario, de lo que u n h isto riad o r h a llam ado «la edad lí rica» de G recia, u n a época en la que se desarrolla u n a poe sía e x trao rd in ariam en te v aria d a, uno de los testim onios m ás ricos de la cu ltu ra griega, y de la que volveremos a h ab lar en la segunda p arte de este libro. Pero al historiado r de la sociedad, esta poesía le sirve de escasa ayuda, y su lectura nos deja m uchas zonas oscuras y suscita num erosos p ro blem as l .
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P ara calificar a esta sociedad se em plea g eneralm ente un térm ino de origen griego; se la llam a «aristocrática», lo que señala bien claro que en las ciudades recientes el p o d er p er tenece a los que se d en o m in an a sí mism os los m ejores (áris-
toi), bien po r nacim iento o po r form a de vida. La superiori d ad de estas aristocracias es a la vez religiosa y política, y está v in culada a la posesión de la tierra. Lo que im plica que ju n to a estos áristoi existen, en el seno de las com unidades que son las ciudades, personas que no tienen ni p o d er polí tico ni tierra (o poca), y que depen den de los prim eros en m ayo r o m enor grado. D e las m ujeres no sabem os g ran cosa. Si pertenecían a la aristo cracia su vida en el oikos era tal com o la hem os descrito en páginas precedentes. E n cuanto a las otras, las m ujeres de los cam pesinos pobres o dep en dientes, seguram ente a rra s tra b a n ju n to a sus esposos la d u ra existencia d escrita p o r el p oeta H esíodo en Los trabajos y los
días. Sin d u d a existían gran d es diferencias en tre las ciu d a des en este m u n d o griego en form ación, y su ritm o de d esa rrollo era desigual. Las ciudades de la costa occidental de A sia M en or y de las islas, en contacto con el m undo o rien tal, eran , si no las m ás ricas, al m enos las m ás brillantes. F ue en ellas do n d e se d esarro llaron las p rim eras especula ciones filosóficas, do n de se crearon los diferentes géneros poéticos. Y no es raro en co n trar aq u í espíritus ilustrados no sólo en tre fos hom bres, sino incluso en tre algunas m ujeres, com o la m uy célebre Safo, n a tu ra l de M itilene, en la isla de Lesbos, y poetisa de g ran renom bre 2.
E sta sociedad aristocrática, cuyo sistem a de valores vis lu m bram o s a través de las producciones literarias, así como tam bién a través del pensam iento m ítico, no era sin em b ar go u n a sociedad inm ovilizada. C irc u lab an p o r ella corrien tes que no siem pre es fácil descub rir, pero cuyas consecuen
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cias se ad ivinan gracias a dos fenóm enos característicos de este período arcaico: la colonización y la tiran ía, am b as in teresantes de an aliz a r desde el p u n to de vista que nos con cierne, es decir, del de las m ujeres.
La colonización
L a llam ad a, no m uy acertad am en te, colonización griega es un vasto m ovim iento de em igración de los griegos po r los contornos del M ed iterrán eo , que com ienza a m ediados del siglo V III antes de n u e stra era y se prolonga d u ra n te casi dos siglos. Al finalizar este período encontram os ciudades griegas desde las colum nas de H ércules (estrecho de G ibral- tar) h a sta las orillas del m a r N egro, ciudades in d ep en d ien tes un as de otras y que con frecuencia sólo h an conservado vínculos m uy débiles con la ciu d ad m ad re (m etrópoli), vín culos g eneralm ente de n atu ra lez a religiosa. El carácter de es tos asentam ientos, o m ás bien del m ayor núm ero de ellos, explica claram ente q u e lo que los em igrados b u scab an en p rim er lu gar y antes que n a d a era tierra. Y que el origen del m ovim iento era en efecto esta stenochoría, la falta de tie rra que o bligaba a los m ás pobres o a los hijos m enores p ri vados de h erencia a buscar en o tra p arte lo que no tenían en su país. Los relatos de fundación, elaborados a m enudo decenios después del establecim iento de la ciudad nueva, pero que tran sm iten tradiciones conservadas oralm ente, p e r m iten hacerse u n a idea de las condiciones en las que se lle v ab an a cabo las salidas: elección de los futuros colonos, no m bram ien to del oikistés, el jefe de la expedición, consulta al oráculo de Delfos, etc. Pero lo q ue en este caso nos im p o rta es que en esas expediciones no se m enciona casi n u n
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ca a las m ujeres 3. Los que se van son los hom bres, y la m a yoría de las veces al p arecer se van sin llevar m ujeres. Lo que significa que p a ra aseg u rar la reproducción de la com u n id ad ten d rá n que e n c o n trar otras en el lu gar de destino. Es ilu strad o ra a este respecto la tradición m uy conocida de la fundación de M arsella: la unión en tre la hija del jefe indíge n a y el joven griego, jefe de la expedición focea, m u estra un hecho que seg u ram en te se h a reproducido m uchas veces, ya sea que efectivam ente los jefes locales cedieran a los recién llegados sus hijas y u n a p a rte de las tierras de que dispo nían, o bien que éstos, al en co ntrarse con pueblos hostiles se d ed icaran a r a p ta r m ujeres. Sea lo que fuere respecto a las circunstancias de estos asentam ientos, podem os afirm ar que en estas ciudades de nueva fundación las m ujeres han sido en co n trad as con frecuencia en el m ism o lugar. El silen cio m ism o de nuestras fuentes con relación a este problem a explica claram ente que la finalidad de estas uniones era ase g u ra r la reproducción de la ciudad, y que en este asunto no se m ezclaba el pro b lem a del m estizaje con las poblaciones indígenas. Los niños nacidos de estas uniones serían griegos e hijos o hijas de ciu dad an o s 4. A p a rtir de la segunda ge neración, los problem as se p la n teab a n sólo en térm inos po líticos, es decir, en un terreno del que las m ujeres estaban excluidas. H áy que m encionar aq u í sin em bargo el caso un poco peculiar y a m enudo recordado de Locros Epizefirios 5. D ebem os a P&libio el relato de la fundación de esta colonia en Ita lia m eridional. O , p a ra ser m ás exactos, el historiad o r nos cuen ta las dos tradiciones opuestas en tre sí relativas a esta fundación. L a p rim era, re la ta d a po r A ristóteles, decía que los prim eros colonizadores eran «esclavos», o descen dientes de esclavos, que m an tu v iero n tra to con m ujeres de Locros d u ra n te la ausencia de sus esposos a causa de u n a
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larga guerra. L a segunda, la de T im eo, h isto riad o r siciliano, se neg aba por el con trario a a d m itir este origen servil de los colonizadores. V olverem os m ás ad elan te a h a b la r de estas tradiciones que h an sido citadas a m enudo en apoyo de la tesis de la existencia de un m a tria rc ad o griego y que, según h a señalado V id al-N aq u et, se in scribían en u n contexto en el que esclavitud y ginecocracia reflejaban la inversión de los valores de la ciudad. Lo que nos interesa aq u í es que, en am b as tradiciones, m ujeres de las m ejores fam ilias de la Lo- cros d oria aco m p añ aro n a los em igrantes que ib a n a esta blecerse a Italia. ¿Es el ejem plo de Locros u n a excepción, o hay que pensar, en co n tra del silencio casi general de nues tras fuentes, que a veces los em igrantes llevaban m ujeres en las naves en sus viajes a tierras lejanas? Las com paraciones que pueden hacerse con otros fenóm enos de em igración o de colonización llevan a sup on er que el m undo griego conoció seguram ente am b as experiencias: hom bres que p a rtía n so los h acia la av en tu ra y em igrantes que llevaban con ellos a m ujeres, niños y divinidades del hogar. E n el p rim er caso, en co n trab an m ujeres en el m ism o lugar, pacíficam ente o re curriendo a la violencia, pero, como ya se h a señalado, los niños nacidos de estas uniones eran considerados griegos desde la segunda generación. E n el segundo caso, rep ro d u cían en el territorio de la nueva ciudad las estru cturas de la antigua: la m ujer tra íd a de G recia se convertía en la guar- d ia n a del oikos. N i siquiera el ejem plo de las locrias es u n a excepción a la regla. Pues si los descendientes de las nobles locrianas form aron la aristocracia de la nueva Locros, ello fue en com paración con aquellos cuyos padres tuvieron que buscar a m ujeres indígenas en el m ism o lugar. Lo cual no im plicaba en absoluto u n a situación su p erio r de estas m uje res o de las m ujeres en general en la nueva ciudad.
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El fenómeno de la colonización, nacido de la necesidad de b u scar tierras nuevas y sin d u d a tam b ién de la urgencia que los griegos te n ían de aseg u rar la posesión de un cierto núm ero de productos indispensables p a ra el establecim iento de factorías com erciales, no trajo consigo n in g u n a m odifica ción de la situación de la m ujer en la sociedad, au n cuando éstas ciudades nuevas pud iero n ser a veces «laboratorios de experim entación» políticos. L a m ayoría de las veces h an re producido las estru ctu ras de la sociedad de do n d e surgieron, y las m ujeres, venidas de la ciudad m ad re o en co n trad as casi siem pre sobre el terreno, co n tin u ab an siendo lo que siem pre h ab ían sido: g u ard ian as del h o gar dom éstico y encargadas de aseg u rar m ed ian te la procreación la reproducción de la com unidad.
La tiranía
L a colonización, es decir, la em igración y la fundación de ciudades nuevas, h ab ía sido un m edio de resolver las graves dificultades que p la n te a b a al m un do de las ciudades griegas la stenochoría, la falta de tierras, sin d u d a ligada a u n creci m iento dem ográfico pero tam bién a fenóm enos m al conoci dos de los que sólo alcanzam os a conocer el resultado: el d e sigual rep arto de la tierra, lo que los historiadores llam an la crisis agraria, que sacudió al m un do griego a p a rtir de la se g u n d a m itad del siglo V II 6. El desconocim iento de los rqe- canism os económ icos que originan este desequilibrio nos im pide recu rrir a explicaciones que se lim itarían a tra sp la n ta r a la sociedad griega arcaica los esquem as de la econom ía m o dern a. No hay p or qué relacio nar en m odo alguno la «crisis agraria» con la llegada m asiva de cereales del m undo colo
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nial, con el desarrollo de la econom ía m o n etaria o con cual quier otro factor propio de u n a econom ía de m ercado. D e bem os lim itarnos a h acer constar que en algunas ciudades — en E sp arta, en A tenas, sin d u d a en C orinto— se alzaron voces de p ro testa que reclam ab an un rep arto igualitario, u na nueva distribu ción del suelo. Y si bien en E sp a rta el p rob le m a se resolvió gracias al establecim iento de un nuevo orden del que m ás ad elante hablarem os, y en A tenas con ay u d a de Solón, que puso fin a la d ep endencia cam pesina au n q u e se negó a hacer un rep arto igualitario, en otros lugares los desórdenes suscitados po r la «crisis agraria» desem bocaron en la im plantación de la tiran ía 7.
Las inform aciones que poseem os sobre los tiranos arca i cos proceden de fuentes que, en la m ejor de las hipótesis, d a ta n de u n siglo (H erodoto) o m ás después de los aconteci m ientos que refieren. Estos relatos, cotejados con algunos d a tos arqueológicos o num ism áticos, h an perm itido a los his toriadores reco n struir la h isto ria de algunos de estos tiranos surgidos a p a rtir de m ediados del siglo V II: Cípselo y Pe- rian d ro de C o rinto, O rtág o ras y C lístenes de Sición, T rasí- bulo de M ileto, Polícrates de Sam os, Pisístrato y sus hijos en A tenas. T odos ellos son presentados como los defensores del pueblo co n tra la aristocracia, a la que despojan de sus bienes p a ra entregárselos a sus adeptos o a la que ridiculi zan. Pero de todos se cu en tan tam bién relatos que constitu yen u n a especie de folclore, do n d e se d a n cita el oráculo que an u n cia la p róxim a llegada del tirano, su nacim iento gene ralm en te oscuro, las atrocidades que com ete u n a vez que h a llegado a hacerse con el poder. El conjunto describe u n a es pecie de m undo subvertido, donde se niegan los valores de la ciud ad nueva, pero donde se ad iv ina tam b ién algo así com o la reim plantación de valores m ás antiguos. L a m ujer
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no está ausente en este conjunto, y los diferentes lugares que ocupa en las im ágenes que de la tiran ía arcaica nos ha de ja d o la tradición m erecen ser exam inados con algo m ás de
detenim iento.
U n p rim er grupo lo constituyen las p rácticas m atrim o niales de los tiranos; p rácticas que Louis G ern et h a an aliza do en un artículo ya antiguo, pero cuyas conclusiones siguen siendo interesantes: las p rácticas m atrim oniales de los tiranos rep ro d u cían con seguridad el co m portam iento m atrim o n ial de los «tiem pos legendarios», au n cu an do por su nacim iento o su política innovadora suponen una ru p tu ra con el pasado 8. L. G ernet cita en apoyo de su tesis las uniones en tre fam ilias de tiranos que se d a n ta n to en Sicilia (los tiranos de Siracusa y de A grigento) como en el m u n d o egeo; las dobles nupcias que nos rem iten a u n a sociedad en la que el m atrim onio m o nógam o no se h ab ía im p lan tad o todavía; p o r últim o, el «re galo» de un a hija p a ra fortalecer así su poderío. Sirva como ejem plo el tiran o de Sición, C lístenes, cu ando convoca a su corte a jóvenes de to d a la aristocracia griega y los entretiene d u ra n te un año p a ra en co n trar u n esposo p a ra su h ija Aga- rista 9. O M egacles el A teniense, cuando d a a su hija en m a trim onio a P isístrato (quien tenía ya otras dos esposas) con la intención de favorecer el restablecim iento de la tiran ía de su yerno 10. A lianzas m atrim oniales y regalos que recu erd an a los héroes de la epopeya, cuyos descendientes dicen ser es tos tiranos a pesar de su origen a veces oscuro. Este deseo de en tro n car con el p asad o legendario explica tam b ién el lu g ar que ocupan algunas m ujeres de tiranos en este folclore anecdótico. Así p or ejem plo M elisa, la esposa de P erian d ro de C orinto: éste, según H erodoto, obligó a las m ujeres de Co- rin to a despojarse de sus joyas y sus lujosos vestidos p a ra re galárselos a su m ujer, elevada así al rango de u n a divinidad 11.
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Los tiranos, m ed ian te estas prácticas, revivían el pasado legendario por encim a de los valores de la ciudad nueva. Pero otras p rácticas, que sólo conocemos, es cierto, a través de testim onios tardíos y parciales, se p resen tan como v erda deras inversiones de los valores cívicos: son aquellas que vinculan, en m edio de la subversión p rovocada p o r el tira no, a m ujeres y esclavos. El único ejem plo «histórico» que leñemos de la época arcaica, si dejam os a un lado el caso ya m encionado de las fu n dadoras de Locros, es el del tirano A nstodem o de C um as, quien, instigando al pueblo a suble varse con tra la aristo cracia de esta ciudad a finales del siglo V I, liberó po r esta acción a los esclavos y los unió a las mujeres de sus antiguos dueños 12. Pero volvemos a encon- Irar el m ism o suceso, con m uy pequ eñas diferencias de m atiz, en H eraclea P ó ntica en el siglo IV 13, en E sp a rta con
Nabis a finales del siglo III 14, como si la inversión de valo res a trib u id a a la tiran ía im plicara la unión necesaria de aquellos que la ciu d ad no rm al m an ten ía ap artad o s, las m u jeres y los esclavos. Pero al m ism o tiem po — y esto nos
rem ite a las p rácticas m atrim oniales m encionadas antes— , como si la tierra, confiscada a sus legítimos propietarios y re d istrib u id a a los p a rtid a rio s del tirano, se tran sm itiera en cierto m odo legítim am ente gracias a las m ujeres. Es difícil no p en sar en el p roblem a ya p lan tead o de Penélo- pe, a través de la cual se conseguía la realeza en Itaca. Com o tam b ién señala Louis G ernet, a propósito del m a tri m onio de Pisístrato: «Es la m ujer desposada la que otorga la realeza», concedida p or M egacles a su yerno. E n la ciudad histórica, d u ra n te la revolución llevada a cabo por el tirano, es la m ujer desposada quien confiere la posesión de la tierra, y quien legitim a gracias a ello el acceso a la ciu d a danía.
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La época de los tiranos no term in a cuando lo hace la épo ca arcaica, au n cuando la tiran ía siciliana por u n a p arte
y
los tiranos revolucionarios del sigloIV y
de la época helenís tica por o tra se nos m u estran con aspectos diferentesy
cad a uno con características particulares. Pero la inversión de v a lores que sim boliza el tiran o explica que d u ra n te su reinado el lugar destinado a la m ujer esté asociado unas veces al m undo so brehum ano del héroey
otras al m u n d o in frah u m a no de los esclavos. C on la ciudad griega, que sitú a al hom bre griego, al ciudadano, en el centro m ism o de lo hum ano, por lo que puede calificarse de «club de hom bres», se esta blece definitivam ente la situación de la m ujer, in teg rad ay
m arginal al m ism o tiem po, que vam os a in te n ta r p recisar a continuación.B. El m od elo ateniense: la co n d ició n d e la m ujer en