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Claude Mosse La Mujer en La Grecia Clasica

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CLAUDE MOSSE

La m ujer

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C L A U D E M O S S E

m ujer en la Grecia clásica

T ra d u c c ió n d e C elia M a ría S ánch ez

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I'ulilli iulo originalmente en francés con el título h i l 't'mitw dans la Grèce antique, Albin Michel, 1983

Cubierta: Misión de Tritolemo. Detalle de bajorrelieve motivo del S. V a.C. (Foto Oronoz)

Primera edición: marzo de 1990 Segunda edición: noviembre de 1991

© Editions Albin Michel, S. A., 1983 © Ed. cast.: Editorial NEREA, S. A. 1990

Santa María Magdalena, 11. 28016 Madrid Teléfono 571 45 17

© de la trad.: Celia María Sánchez

Reservados todos los derechos. Ni la totalidad ni parte de este libro pueden reproducirse o transmitirse utilizando medios electrónicos o mecánicos, por fotocopia, grabación, información, anulado u otro sistema sin permiso por escrito del editor.

ISBN:84-86763-29-0

Depósito legal: M. 41.290-1991 Fotocomposición: EFCA, S. A.

Avda. Doctor Federico Rubio y Galí, 16. 28039 Madrid Impreso en Lavel. Los Llanos, nave 6. Humanes (Madrid) Impreso en España

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Indice

PROLOGO A LA EDICION ESPAÑOLA...

9

Primera parte: LA CONDICION FEMENINA... 13

CAPITULO 1: La mujer en el seno del

oikos

... 15

A: La mujer en la sociedad homérica... 17

B: La mujer en el

Económico

de Jenofonte... 34

CAPITULO 2: La mujer en la ciudad... 41

A: La época arcaica... 43

La colonización... 45

La tiranía... 48

B: El modelo ateniense: la condición de la mujer en Ate­

nas en la época clásica... 52

La mujer ateniense... 54

La cortesana... 67

La esclava... 84

C: La mujer espartana... 87

CONCLUSION... 99

Segunda parte: LAS REPRESENTACIONES DE LA MU­

JER EN EL MUNDO IMAGINARIO DE

LOS GRIEGOS... 103

(6)

Il LA M U JE R E N LA GRECIA CLASICA

('AIMTIJIA) 4: El teatro, espejo de la ciudad... 117

A: La tragedia... 118

II: La comedia... 130

CAPITULO 5: La mujer en la ciudad utópica... 143

CONCLUSION... 155

APENDICES...'... 161

APENDICE I:

Hedna, pherné, proix:

el problema de la dote en

la Grecia antigua... 163

APENDICE II: La mujer griega y el amor... 169

NOTAS... 181

BIBLIOGRAFIA... 193

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P R O L O G O A LA E D IC IO N E SP A Ñ O L A

L a historia de las m ujeres ha pasad o a form ar p arte de la H istoria desde hace sólo unos veinte años. No hay d u d a de q u e los m ovim ientos fem inistas de finales de los años sesen­ ta tienen m ucho que ver con este interés nuevo p or esa m i­ tad de la h u m a n id a d h asta ah o ra excluida de la g ran H is­ toria por considerarla ajena a ella. Y u n a m u estra de ello es que los prim eros estudios sobre la historia de la m ujer a p a ­ recieron en E stados U nidos, do n de los m ovim ientos fem inis­ tas se desarrollaron con más fuerza.

Pero era g ran d e el riesgo de que la h isto ria de la m ujer se p u siera al servicio de un fem inism o m ilitante, y p a ra con­ vencerse de ello b asta con echar u n a ojeada a las num erosas publicaciones ap arecidas tan to en Estados U nidos como en E u ro p a occidental d u ra n te los dos últim os decenios. L a A n­ tigüedad se ofrecía como cam po sin gularm ente abonado p a ra un inten to sem ejante, pues, y tal vez m ás que en n in ­ gún otro m om ento de la historia, la m u jer se nos m u estra en este período como u n a m enor, excluida especialm ente de las dos actividades fundam entales en la v id a del hom bre griego o rom ano: la política y la guerra. R eb ajad a a la categoría de gu ard ia n a del h o gar dom éstico, sin apenas diferencias con la esclava, la m ujer griega es un ejem plo especialm ente ilus­ trativo de lo que supone el som etim iento de u n a p arte de la h u m an id ad por la otra. Y no sería difícil m o stra r m u ltitu d de citas tom adas de los m ás relevantes escritores y pensad o ­ res de la G recia an tig u a en apoyo de esta tesis.

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Il) LA M U JE R E N LA GRECIA CLASICA

d io s escritores y pensadores, las cosas no son tan simples. C iñcndonos al ejem plo griego, pues es el objeto de nuestro estudio, no puede d ejar de sorprendernos la presencia efec­ tiva de las m ujeres en la epopeya, el teatro, y po r supuesto en la vida cotidiana, tal y como se nos es d ad o im ag in arla a p a rtir de las fuentes de q u e disponem os. B asta con recor­ d a r a H elena, responsable de la g u erra de T ro y a, A n d ro m a­ ca o Penèlope, m odelos de esposas fieles, la tem ible C litem - n estra, las protagonistas de A ristófanes, intrépidas e irreve­ rentes, las m ujeres esp arta n as y las cortesanas atenienses p a ra interrog arn os sobre cuál era el lu g ar real que ocu p a­ ban las m ujeres en las sociedades de la G recia an tigua. L a prim era dificultad con que nos enfrentam os es, p o r supues­ to, que todas n u estras fuentes, o casi todas, son de proce­ dencia m asculina, y sólo algunas poetisas, entre las que so­ bresale la célebre Safo de Lesbos, nos h an dejado huellas de p alab ras fem eninas. C u an d o Penèlope se dirige, en la Odi­

sea, a los pretendientes, es el p o eta quien la hace h ab lar. C u an d o C litem n estra evoca las m iserias de la esposa que se qued a en el hogar esp eran d o el retorno del guerrero, en rea­ lidad es Esquilo el que h ab la por su boca. N o h ay m ás re­ m edio que acep tarlo así. Pero ¿acaso p o r ello vam os a re­ nu n ciar al in tento de definir cuál era el lug ar de las m ujeres en la G recia antigua? De hecho es im prescindible, p a ra no perdernos en el intento, ten er presente u n a doble exigencia. Por u n lado, y ya que se tr a ta de reco n stru ir lo que era la condición fem enina en la G recia an tig u a, no sep arar el es­ tudio de esta condición de las realidades sociales e h istó ri­ cas. E stas no h a n dejado de evolucionar entre los siglos

VIII

y

IV

antes de J .C ., en relación con el paso de u n a sociedad a risto crática a u n a sociedad «isonóm ica», es decir, b asad a en la ig ualdad de los m iem bros de la co m unidad cívica. Pero

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PROLOGO A I.A E D IC IO N ESPAÑO LA 11

u n a igualdad que no fue capaz de h acer que d esaparecieran las desigualdades sociales, no desdeñables en absoluto al h a ­ b la r de las «m ujeres», ya que las «reinas» hom éricas o la es­ posa de un rico h acendad o en la A tenas del siglo

IV

no po­ d ían de n in g u n a m an era com pararse a la p o b re m u jer que, p a ra criar a sus hijos en ausencia de su m arido, prisionero de g uerra, vendía cintas en el ágora de A tenas. Pero ta m ­ bién, y por o tra p arte, hay que ten er en cu en ta las rep resen­ taciones de la m ujer y el lu g ar que éstas o cu p aban en el m u n ­ do ideal de los griegos de la A n tigüedad, a fin de evaluar, en la m edida de lo posible, cómo dichas representaciones re­ flejan u n a realid ad q u e sólo podem os ap reh en d er a través de ellas. L a ta re a no es fácil. E ra necesario, no obstan te, in­ te n ta r llevarla a cabo, sin olvidar p or u n m om ento que se­ g u ram en te no podrem os n u n ca reco nstru ir u n p asado siem­ pre inasible.

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P rim era p arte

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C A P IT U L O 1

La mujer en el seno del

oikos

El térm ino griego oikos tiene un significado m uy rico y com ­ plejo. E sta com plejidad no q u e d a suficientem ente p lasm ad a si lo traducim os com o dom inio o p ropiedad. Porque si bien es cierto que con oikos se hace referencia en prim er lug ar a la hacienda, un id ad de producción fu n d am en talm en te ag rí­ cola y g an ad era, donde sin em bargo ocupa tam b ién un lu ­ gar im p o rtan te la a rte sa n ía dom éstica, se utiliza adem ás, y tal vez con más frecuencia, p a ra referirse a un grupo h u m a ­ no estru ctu rad o de m a n era m ás o m enos com pleja, de ex­ tensión m ás o m enos g ran d e según las épocas, y donde el lu­ g ar que ocup an las m ujeres se inscribe por consiguiente en función de la estru c tu ra m ism a de la sociedad cuya un id ad básica está co n stitu ida po r el oikos.

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16 LA M U JE R E N LA GRECIA CLASICA

todo en la Odisea. L a Ilíada relata m ás que n a d a com bates, y m uy raras veces se m enciona la v id a «norm al», la del tiem ­ po de paz. En cam bio, la Odisea a rra s tra al lector d etrás de U lises no solam ente a ese «m undo de n in g u n a parte» a d o n ­ de le conduce el odio de Poseidón, sino tam bién a la «casa» de Penélope, en Itac a, a la de H elena, tras su regreso al ho­ g a r en E sp arta, u n a vez obtenido el p erdón, y a la p a tria de A reté, esposa de Alcínoo, a E squeria, p a ra estar ju n to a ella y ju n to a su hija N ausícaa. A hora bien, estas m ujeres que acabo de m encionar son esposas o hijas de reyes. Es decir, el oikos es en este caso tam b ién un centro de poder.

C u a tro siglos m ás tard e, el ateniense Jen ofo nte, exiliado en territorio lacedem onio tras h a b er sido condenado p o r sus conciudadanos como traid o r, acusado de h a b e r com batido ju n to a los enem igos de su p atria , red ac ta un diálogo en el que hace h ab lar a su m aestro Sócrates y a un interlocutor; éste, poseedor de u n a v asta h acien da, d em o strará al filósofo que la oikonomia, el arte de a d m in istra r bien un oikos (de d o n­ de procede n u estra «econom ía»), está al alcance de cualq u ier hom bre sensato. E n el oikos de Iscóm aco es la esposa, la d u e­ ñ a de la casa, la que co ntrola el trab ajo que se realiza en el interio r de ésta, y este control, esta dirección derivan de una au to rid ad que es de n atu ra lez a «real»: la del jefe que sabe m a n d a r y hacerse obedecer. Pero la esposa de Iscóm aco no es u n a reina, e Iscóm aco, au n q u e es rico y respetado, no deja de ser po r eso uno de los 30.000 ciudadanos de A tenas en quienes recae colectivam ente la sob eran ía de la ciudad, una soberanía que se ejerce en las asam bleas populares, fuera del

oikos. E n tre Penélope y N ausícaa po r u n a p arte, y la joven esposa de Iscóm aco p o r o tra, hay a la vez co n tin u id ad y ru p ­ tura: con tin uidad en la función llevada a cabo en el seno de u n a un id a d de producción, ru p tu ra en lo que esta función

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LA M U JE R E N E L SEN O D E L O IK O S 17

rep resenta en el seno de u n a sociedad d eterm inada. P ara d a r cu en ta de u na y o tra h ay que ir, no hay m ás rem edio, d i­ rectam ente a los textos de que disponem os.

A. La m ujer en la sociedad hom érica

Penèlope, H elena, N ausícaa, pero tam b ién C litem nestra, A ndróm aca, H écu b a, son en p rim er lu g ar reinas o prin ce­ sas, las esposas de los héroes que se enfrentan en esta gue­ rra salvaje que d u ra diez años. ¿Q ué pueden enseñarnos acerca del lug ar que ocu pa la m ujer en la sociedad hom éri­ ca? Dejem os de lado la d isp u ta que enfrenta a los que creen en la h istoricidad de la sociedad descrita p o r el poeta y aq u e­ llos que la rech azan como algo fantástico. Com o se dirige a u n a sociedad aristo crática, el b ard o que va de «casa» en «casa» recitan do las an tiguas h azañ as de los héroes las re­ crea como él y sus oyentes im ag inan que se vivía en aq u e­ llos tiem pos lejanos en que A gam enón era el «rey de reyes». Pero si bien todo lo que se refiere a los héroes está teñido de valores positivos — oro en ab u n d an cia, palacios su n tu o ­ sos, espléndidos festines— , cuando se p asa a las escenas de la v id a cotidiana, cu an do se en tra en la casa, au n q u e ésta sea b a u tiz a d a con el nom bre de palacio, nos encontram os con u n a realidad concreta que tiene p a ra el h isto riad o r un valor incalculable. Y esta realid ad es, en p rim er lugar, la de las m ujeres.

E n tre éstas podem os establecer dos grupos socialm ente diferenciados: de u n lado, las m ujeres o las hijas de los hé­ roes, del otro, las sirvientas. Sin em bargo, hay que situ a r ap arte el g rupo am biguo constituido p o r las cautivas. Estas son generalm ente de origen real, o al m enos de sangre no­

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18 LA M U JE R E N LA GRECIA CLASICA

ble. Pero los azares de la g u erra las h a n hecho caer en m a­ nos de los enem igos de sus esposos y de sus padres. C onver­ tidas en p a rte del botín, se ven condenadas la m ayoría de las veces a co m p artir el lecho de aquel al que les h an caído en suerte, destin adas po r ello incluso a la hum illación, salvo si están unidas a su vencedor por un sentim iento de afecto o de am or. No se m enciona p a ra n ad a a las m ujeres del p u e­ blo, com o si los T ersites y otros hom bres vulgares que cons­ tituyen el grueso del ejército estuviesen privados de ellas. Es evidente que al p o eta y a sus oyentes les tra ía sin cuidado. Y adem ás, dejand o ap a rte la cuestión de la realeza, su p a ­ pel en el oikos y en la sociedad no era seguram ente m uy d i­ ferente al de las esposas de los héroes. Pero solam ente estas últim as cum plían u n a triple función: eran esposas, reinas y señoras de la casa.

E n p rim er lu gar eran esposas, o fu tu ras esposas en el caso de la jo v en N ausícaa, y esto nos obliga a esclarecer dos aspectos del m atrim onio: el aspecto social y el que p o d ría­ mos llam ar aspecto afectivo. Nos encontram os con una prim era evidencia: en el m undo de los poem as, el m atrim o ­ nio es y a u n a sólida realid ad social. Sin em bargo, en u n a so­ ciedad prejurídica com o la de H om ero, esta realid ad tom a form as diversas que h a n sido señaladas por todos aquellos que h an in ten tad o definirla. Com o observa J . P. V ern an t, encontram os en ella «... p rácticas m atrim oniales diversas, que pu eden coexistir un as con otras p o rq u e responden a fi­ nalidades y objetivos m últiples, ya que el ju ego de in tercam ­ bios m atrim oniales obedece a reglas m uy sim ples y m uy li­ bres, en el m arco de u n com ercio social entre grandes fam i­ lias nobles, en el cual el intercam b io de las m ujeres se reve­ la como un m edio de crear vínculos de so lidaridad o de de­ pendencia, de ad q u irir prestigio, de confirm ar u n vasallaje;

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LA M U JE R E N E L SEN O D EL O IK O S 19

com ercio en el que las m ujeres son consideradas bienes p re ­ ciosos, com parables a los agálmata cuya im p o rtan cia en la p ráctica social y en las m entalidades de los griegos de la épo­ ca arcaica h a señalado Louis G ernet» 1.

La práctica m ás extendida se inscribe en el sistem a de intercam bios que los antropólogos den o m in an como el de do- te -p o r-d o te . Es decir, que si el esposo «com pra» a su espo­ sa al p ad re de ésta, esta «com pra» no se puede reducir a u n a transacción del tipo «una m ujer por ta n tas cabezas de ga­ nado». El p ad re de la jo v en pued e escoger a su futuro yerno por otras razones que las p u ram e n te m ateriales, y si bien es cierto que entre varios pretendientes escogerá a aquel que ofrezca los hedna (regalos de boda) m ás valiosos, puede sen­ tirse tentad o tam bién de en treg ar a su hija sin hedna a un hom bre cuyo prestigio y h o nor rep ercu tirán sobre su descen­ dencia. El ejem plo de u n a jo v en p ro m etid a sin hedna que con m ás frecuencia se m enciona es el ofrecim iento que hace A ga­ m enón a A quiles, p a ra que vuelva a com batir, no solam ente de trébedes, relucientes objetos de oro, caballos, cautivas, sino tam b ién de u n a de las tres hijas que le h a b ía dad o Cli- tem nestra: «Q ue se lleve la que quiera, y sin necesidad de do tarla, a la casa de Peleo» 2.

Es evidente que el carácter excepcional de A quiles, u n i­ do a las circunstancias no menos excepcionales del com ba­ te, explica en esta ocasión la donación g ra tu ita que hace A gam enón de su hija. Y au nq u e en un contexto diferente, es asim ism o el c ará cter u n ta n to excepcional del reino de Al- cínoo, a m edio cam ino entre el m undo real y el m undo b á r­ baro de los «relatos», el que explica a su vez que éste p u ed a pensar en en tre g ar a su hija N au sícaa al héroe, despojado de todo, v arad o en su orilla 3. E sta anom alía se justifica ta m ­ bién a causa, po r un lado, de la g ran deza y la fam a de U

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li-20 LA M U JE R E N LA GRECIA CLASICA

ses, y po r otro, de la dificultad de en co n trar en el m ism o lu ­ g ar un esposo digno de la hija del rey. Sin em bargo, au n qu e es ju sto su b ray ar, como lo h a n hecho M . I. Finley

y J- P-

V e rn a n t, que el m atrim onio no es signo de u n a com pra p u ra y sim ple y que «... se inscribe en un circuito de prestaciones entre dos fam ilias», estas prestaciones, ofrecidas como hedna por el fu tu ro yerno a su futuro suegro, no dejan de ser la for­ m a «norm al» en que se m anifiestan las p rácticas m atrim o ­ niales. R ecordem os a este respecto, au n q u e en o tro plano presen ta un carácter un ta n to pecu liar sobre el que volvere­ mos, el ejem plo de Penèlope: si T elém aco, una vez confir­ m ad a la m uerte de U lises, e n tra en posesión de su p atrim o ­ nio, y si Penèlope acep ta volver a casa de su pad re, es a éste a quien los p reten d ien tes se d irig irán p a ra conseguirla «... a cam bio de regalos. D espués, Penèlope se casará con aquel que m ás h aya ofrecido» 4.

Así pues, la form a m ás extendida, au n q u e no la única, de que un noble consiga u n a m ujer es el intercam bio de p re­ sentes, el pago de los hedna. L a m u jer se convierte así en la esposa legítim a, álochos, la que co m p arte el lecho y de la que se espera que conciba hijos. H ay que señ alar que tam bién aq u í las p rácticas m atrim oniales p resentan v arian tes revela­ doras de un estado de las relaciones sociales no bien fijado todavía. E n efecto, la esposa se in stala casi siem pre en casa de su esposo o del p ad re de éste, si vive todavía: recuérdese el ejem plo de cu an d o A gam enón tr a ta de que A quiles vuel­ va de nuevo al cam po aq u eo y le propone que se lleve a la hija que prefiera «a la casa de Peleo». Ig u alm en te, Penèlope deja la casa de su p ad re p a ra ir a vivir con U lises a la de éste. Y lo m ism o sucede con A n dróm aca, la esposa de H éc­ tor, q ue vive en el palacio de Príam o. Pero, curiosam ente, en el palacio de P ríam o viven no sólo los hijos del rey con

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LA M U JE R E N E L SEN O D E L O IK O S 21

sus esposas, sino tam bién las hijas del rey con sus esposos. Si Ulises se h u b ie ra casado con N ausícaa, h ab ría vivido en el palacio de Alcínoo. Pero aq u í nos encontram os ante un caso un poco especial que despende de las situaciones un ta n ­ to excepcionales m encionadas an teriorm ente. T a l vez sea preciso ir un poco m ás lejos y h a b la r de unión p atrilo cal y unión m atrilocal, según la term inología de los etnólogos. En definitiva, está claro que, excepto en casos m uy especiales, la m ujer ib a n o rm alm ente a vivir a la casa de su m arido o a la del p a d re de éste, y era en esta cohabitación donde se cim entaba la legitim idad del m atrim onio, ta n to com o en el intercam b io de los hedna, de los regalos, y en la cerem onia de la boda.

Esto nos lleva a h a b la r del p ro b lem a de la m onogam ia: norm alm ente, en los poem as, u n a vez m ás, es la p ráctica h a ­ bitual. Los héroes tienen exclusivam ente u n a esposa, bien sean griegos (A gam enón, U lises, M enelao) o troyanos (P a­ rís, H éctor). Pero hay casos excepcionales: el de Príam o es el m ás elocuente, pues si bien H é cu b a es su esposa p o r ex­ celencia, las otras «esposas» del rey le h an dad o hijos igual­ m ente legítim os y no deb erían considerarse com o simples concubinas. Pero tal vez el ejem plo de H elen a sea aú n más destacable, po rqu e revela el ca rá cter todavía no bien deli­ m itado de las prácticas m atrim oniales. H elen a aparece como el p a rad ig m a de la m ujer ad ú ltera que h a ab an d o n ad o el h o ­ g ar de su esposo, y como tal es co n d en ad a p o r las otras m u ­ jeres y po r ella m ism a. Pero al m ism o tiem po d isfru ta en la

casa de P ríam o de la condición de esposa legítim a de París. Es significativa a este respecto la conversación que m a n tie­ ne con su suegro en el libro I I I de la litada: éste la tra ta com o hija suya y ella le m anifiesta el respeto y el tem or d e­ bidos a un padre. E sta doble condición es tan to m ás

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sor-LA M U JE R E N sor-LA GRECIA Csor-LASICA

préndente cuanto que H elena sigue siendo tam b ién la espo­ sa de M enelao y asp ira a volver a la casa de su esposo.

Pero nos encontram os ante otro caso lím ite; n o rm alm en ­ te el hom bre tiene sólo u n a esposa, au nq ue com parta el le­ cho de otras m ujeres. A hora bien, la m ujer que, como H e­ lena o C litem nestra, traicion a a su esposo legítim o es con­ denada. El adu lterio de la m ujer no se p erd o n a, pues es ne­ cesario preservar la legitim idad de los hijos. Pero nos encon­ tram os ante un caso de costum bre m ás que de jurisdicción, a diferencia de lo que será el derecho griego posterior 5. L a noción de legitim idad es m uy im precisa todavía. Y si por u n a p a rte se condena el adu lterio de la m ujer, el del hom ­ bre, p o r el contrario, ni siquiera se tiene en cuenta. Se con­ sidera com pletam ente n a tu ra l que el hom bre tenga concu­ binas, sirvientas o cautivas, que viven en su casa y cuyos h i­ jos se in teg ran en el oikos, a veces sin diferenciarse apenas

de los hijos legítim os. Es el caso, p o r ejem plo, de M egapen- tes, el hijo que M enelao tuvo con u n a concubina esclava, y al que éste casa con la h ija de un noble espartano. Es más que verosím il que M egapentes llegue a ser el heredero de su pad re, ya que, según precisa el poeta, M enelao sólo h ab ía tenido u n a hija con H elena y «... los dioses ya no concede­ rían a H elena la esperan za de ten er descendencia después de h a b e r traíd o al m undo a u n a en ca n tad o ra hija tan h e r­ m osa como A frodita con sus joyas de oro» 6. E sta hija, H er- m íone, h ab ía dejado la casa de su p a d re p a ra convertirse en la esposa del hijo de A quiles, N eoptólem o. Si bien la cuasi- legitim idad de M egapentes p o día explicarse po r la ausencia de un heredero varón, no sucede lo mismo con el personaje por el que U lises se hace p a s a r a su regreso a Itaca: el hijo ile­ gítim o de u n noble cretense que tenía num erosos hijos con su esposa. «Y sin em bargo, me colocaba en el m ism o rango

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LA M U JE R E N E L SEN O D E L O IK O S 23

que los descendientes puros de su raza», dice el pseudocre- tense, que cu en ta cómo, u n a vez m uerto su p ad re, fue des­ pojado por sus h erm an astro s, q u e sólo le dejaron u n a casa 7. Estos dos ejem plos son u na m u estra de la n atu ra leza aún m al definida del m atrim onio como institución social. Pero esta com probación no debe hacernos p en sar que en aquella sociedad la m ujer era sólo objeto de in tercam b io o señal de prestigio. L a riq u eza de los poem as nos perm ite calib rar el lug ar que o cu p ab a lo que podem os llam ar, a falta de o tra expresión, el afecto en las relaciones en tre esposos. P o d ría­ mos m o strar m u ltitu d de citas en las que los héroes dem ues­ tran su deseo de ver de nuevo su h ogar y volver ju n to a su esposa. U lises m anifiesta en el canto I I de la Ilíada: «C u al­ q u ie ra que lleve un solo mes sep arad o de su m ujer se im p a­ cienta al verse retenido en su nave de sólida arm azón po r las borrascas invernales y el m a r alborotado» 8, a lo que res­ ponde A quiles en el canto IX con esta queja: «¿Acaso los átrid as son los únicos m ortales que am an a sus esposas? C u alq u ier hom bre bueno y sensato am a y protege a la suya. Y yo am ab a de todo corazón a la m ía, au n q u e era u n a cau ­ tiva» 9. Pero la p areja m odelo de la Iliada es sin d u d a la for­ m ad a por H éctor y A n dróm aca, y au n q u e el po eta se com ­ place en d estac ar la d ebilidad de A n d ró m aca frente a la m ag­ n an im id ad y el valor de H éctor, el am o r que el héroe siente por su esposa se trasluce sin em bargo cu and o éste piensa en lo que le sucederá a aq u élla si T ro y a cae en m anos de los enem igos: «M e p reocu p a m enos el futuro dolor de los tro- yanos, de la m ism a H écu b a, del rey P ríam o o de m uchos de mis valientes herm ano s que cae rán en el polvo derribados p o r nuestros enem igos, que el tuyo, cu an do algún aqueo de coraza de bronce se te lleve llorosa, p riv án d o te de lib er­ ta d » 10. A la p areja H éctor-A n d ró m aca corresponde la de

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'.M LA M U J E R E N LA GRECIA CLASICA

P ríam o-H écuba. Las infidelidades de P ríam o, el hecho de m an ten er en su casa a las concubinas y a sus hijos, no le im ­ piden p ed ir consejo a su an cian a esposa cuan d o hay que to­ m a r la decisión de ir a reclam ar a A quiles el cadáv er de H éc­ tor; consejo que sin em bargo no sigue.

Pero donde la realid ad del am or entre esposos se d estaca con m ás fuerza es sin d u d a en la Odisea y en la perso n a de Penélope. No es que U lises sea u n esposo modelo: ha goza­ do evidentem ente de los encantos de C alipso, antes de que, como dice con g racia el poeta, «... sus deseos d ejaran de ser correspondidos» n . Pero desde ese m om ento quiere volver a su casa y ver de nuevo a la esposa por quien, le rep roch a la ninfa, «... suspira sin cesar d ía tras día» 12. Y cuando está a p u n to de a b a n d o n a r la isla de los feacios, m anifiesta la es­ p eran za, como esposo m odelo que es, de e n co n trar a su re­ greso «... sanos y salvos a mi virtuosa m ujer y a todos los seres que quiero». Al m ism o tiem po hace votos p a ra que sus huéspedes p u ed an «... h ace r felices a sus esposas y a sus h i­ jos» 13. Pero es sin d u d a en la escena del reen cu entro de los

esposos donde se expresa con m ás fuerza la realidad de los sentim ientos que unen a U lises y Penélope. Es evidente que el poeta ha querido m o stra r aq u í la in ten sid ad de un senti­ m iento justificado p o r la h istoria de Penélope y de sus in n u ­ m erables artim añ as p a ra escap ar de sus pretendientes.

Así pues, las esposas de los héroes de los poem as no eran sólo el signo tangible de u na alian za entre dos fam ilias. Po­ d ían ser tam bién objeto de deseo: no hay m ás que recordar la escena de seducción de H era, quien, a p esar de ser una diosa, no prescinde de utilizar todos sus encantos p a ra se­ ducir a Zeus; pensem os tam bién en el reen cu en tro de Ulises y Penélope al final de la Odisea, y en la intervención de A te­ nea p a ra p ro lo n g ar la noche de am o r en tre los dos esposos.

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Las m ujeres d isfru tab an del cariño de sus esposos, y cuando éstos poseían el p oder real ellas p articip a b an en cierto m odo de esta realeza.

Y aq u í nos encontram os con u n pro b lem a com plicado. C om plicado en p rim er lug ar p o rqu e la realeza «hom érica» es difícil de establecer, y p o rq u e surge de nuevo la cuestión de la dim ensión histórica de los poem as 14. ¿Son los «reyes» de la Ilíada y de la Odisea los descendientes de los soberanos micénicos cuyo po d er se nos ha revelado gracias a la arq ueo ­ logía y a la lectu ra de las tablillas en co n trad as en las ruinas de los palacios, o son más bien «reyezuelos», cuya au to ri­ d ad apenas sobrepasa los lím ites de sus oikos, y están obli­ gados a escuchar los consejos de sus iguales desde los oscu­ ros orígenes de la ciudad? El libro de M . I. Finley, hoy ya clásico, h a a p o rtad o a esta ú ltim a tesis argum entos convin­ centes y a p o y a tu ra histórica y a él se h an ad h erido n u m ero ­ sos investigadores, au n cu an d o algunos siguen siendo reti­ centes. Pero au n q u e los reyes de la Ilíada y de la Odisea, a p esar de la riqu eza que poseen, según el poeta, sean ante todo guerreros, dueños de u n vasto oikos, no dejan p o r ello de poseer, respecto a la g ran m asa de los dem ás guerreros, e incluso de algunos héroes, un p od er de n atu ra leza esen­ cialm ente religiosa sim bolizado po r el cetro. A h o ra bien, p a ­ rece claro que la esposa legítim a p articip a b a en cierta m e­ d id a de este poder. P ondrem os com o ejem plo a cu atro de ellas: H écu ba en la Ilíada, H elena, A rete y por supuesto Pe- nélope, en la Odisea.

Em pecem os p o r H écuba: en el canto V I, cuando los aqueos p asan al ata q u e y am enazan con d e rro ta r a las fuer­ zas troyanas, H eleno, uno de los hijos de Príam o, que es ta m ­ bién adivino, sugiere a su h erm an o H éctor que interceda an te su m adre: « E n cam ín ate a la ciu dad y di a n u estra m a­

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dre que convoque a las venerables an cianas en el tem plo con­ sagrado a A tenea, la de los ojos de lechuza, en la Acrópolis; que a b ra con las llaves las pu ertas del recinto sagrado; y des­ pués, tom ando el velo que m ás herm oso le parezca, el m ás g ran d e y el que ella aprecie m ás de cuantos hay a en el p a ­ lacio, lo ponga sobre las rodillas de A tenea, de herm osos ca­ bellos. Y que al m ism o tiem po le h ag a voto de inm o lar en el tem plo doce novillas de un año, desconocedoras aú n del aguijón, si se d igna ap ia d arse de n u estra ciudad y de las es­ posas y tiernos hijos de los troyanos» 15. P or consiguiente H écub a, al ser la esposa del rey, tiene p o der p a ra convocar a las m ujeres de T ro y a, y ella será quien ofrezca a la diosa un sacrificio p a ra p ed ir la protección de la ciudad, de las m u ­ jeres y de los niños. Nos encontram os, pues, no sólo an te la

m ujer del rey, sino an te la m ism a reina. C om o rein a ta m ­ bién se p resen ta H elena en la Odisea, en el can to IV , cuando recibe a T elém aco, que h a venido a ped ir a M enelao n o ti­ cias acerca de su p ad re. H elena h a vuelto de nuevo a vivir con su esposo y h a recup erad o todos sus derechos. Su e n tra ­ da en la sala del b an q u ete donde M enelao hace los honores a sus huéspedes es desde luego la de u n a reina, tan to p o r su porte m ajestuoso com o p o r los lujosos objetos que la rodean, objetos, preciso es decirlo, regalados por la m ujer del p rín ­ cipe que rein ab a en T eb as de Egipto, en el m arco de u n in ­ tercam bio de regalos en el que se sitú a la doble correspon­ dencia M enelao/P ólibo, H elen a/A lcan d ra. H elena no d u d a en to m ar la p alab ra, lo que es aú n m ás extrao rd in ario, y es ella la que reconoce a Telém aco com o hijo de Ulises. A pe­ sar de p resentarse con objetos propios de u n a m u je r— la ru e­ ca, el cestillo de lana— , se le p erm ite o cu p ar asiento entre los hom bres, como corresponde a u n a reina.

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ñalado con frecuencia el hecho de que N au sícaa aconseja a Ulises que se dirija en p rim er lu g ar a su m adre, como si de ésta depen diera la acogida que p u ed an hacerle. A reté, lo mism o que H elena, está sen tad a en la g ran sala del palacio, donde se h allan los jefes de los feacios, ju n to al trono de su esposo. P articip a con los hom bres en el ban q u ete, como lo hacía H elena en L acedem onia.

Pero de todas las reinas m encionadas, Penèlope es sin d u d a la m ás difícil de definir. L a am b ig ü ed ad de su caso está relacionada evidentem ente con el hecho de que en I ta ­ ca se desconoce el destino de U lises y de que no se h a fijado todavía la situación de T elém aco. Si fuera cierta la m uerte de Ulises, si h u b ieran traíd o su cadáver a la isla p a ra darle u n a sepu ltu ra digna, la situación h ab ría sido m ás clara. Pe­ nèlope h a b ría vuelto a la casa de su p ad re, que le h a b ría b u s­ cado un nuevo esposo, a m enos que Telém aco, convertido ya en adulto, se h u b ie ra encargado él m ism o de en contrarle un nuevo ho gar a su m adre. Pero esta am bigüedad no ex­ plica por sí sola la a ctitu d de los pretendientes. Si éstos ase­ d ia n a Penèlope p a ra q u e escoja entre ellos un esposo, es p o r­ que éste se convertiría, po r el hecho de co m p artir el lecho de la reina, en el señor de Ita c a , de la m ism a m an era que Egisto, tras el asesinato de A gam enón, llegó a serlo de M i- cenas, después de casarse con C litem nestra. L a reina — y el poeta no d u d a en em p lear este térm ino— dispone de u n a p a r­ te del po der que diferencia al rey de los dem ás nobles, y p u e­ de por ello transm itirlo . Este poder, como ya se h a m encio­ nado, es de n atu ra lez a religiosa. Pero tam bién, sobre todo en la Odisea, es un po der que cap acita p a ra g o b ern ar bien. Pero el gobierno de la m ujer consiste en velar po r los bienes que constituyen el oikos. Así se lo dice U lises a Penèlope des­ pués de su reencuentro, cuando establece los papeles respec­

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tivos del esposo y de la esposa: «A hora que nos hem os en­ con trado de nuevo en nuestro am ad o lecho, deberás cu id ar los bienes que tengo en el palacio, y com o los infam es p re­ tendientes h an diezm ado nuestros rebaños m e ap o d eraré de un gran núm ero de corderos, y los aqueos me d a rá n otros m uchos, los suficientes p a ra llen ar de nuevo los establos» 16.

El tercer aspecto en el que se nos m u e stran las esposas de los héroes en los poem as es el de señora de la casa. A ca­ bam os de ver cóm o U lises, que está dispuesto a em p rend er nuevas av en tu ras p a ra reco n stitu ir su p atrim o n io , d ilap id a­ do po r los pretendientes, confiaba a Penélope el cuidado de la casa. Los poem as nos p resen tan en v arias ocasiones a las m ujeres d edicadas al cum plim iento de las tareas dom ésti­ cas. A H elena de T ro ya, por ejem plo, tejiendo «una g ran tela de p ú rp u ra en la que d ib u ja los trab ajos de los troyanos dom adores de caballos y de los aqueos de corazas de b ro n ­ ce» 17. A A n dróm aca, a quien su esposo aconseja: «Vuelve a casa, ocú pate en tus labores, el b astid o r y la rueca, y o r­ d en a a las esclavas que se ap liquen al trab ajo » 18. H ila r la lana, tejer telas, dirigir el trab ajo de las esclavas, se consi­ d era lo m ás im p o rtan te de la actividad d o m éstica de la m u ­ je r. T am b ién se ocu p a de recibir a los visitantes extranjeros

y de hacer que se sien tan bien instalados. Así po r ejem plo, cuando Telém aco llega a L acedem onia, H elena «... m andó a las esclavas que p u sieran lechos bajo el pórtico cubiertos con herm osas m an tas, que extendiesen tapices p o r encim a y que dejasen sobre éstos vestidos de la n a m uy tupidos» I9. C asi la m ism a fórm ula se repite cu an d o A reté recibe a U li­ ses en E squeria. Pero este episodio ocurrido en la isla de los feacios añ ad e un m atiz nuevo a la descripción de las activi­ dades dom ésticas de la señora de la casa: en este caso es la hija del rey quien atiende, ay u d ad a p o r sus esclavas, al la­

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vado de la ro p a de to d a la casa. F inalm ente, o tra de las ta ­ reas de la señora de la casa es b a ñ a r a su huésped o hués­ pedes; así lo hace Policasta, la hija de N éstor, con T elém a- co: «C u and o lo h ub o b añ ad o y ungido con aceite, lo cubrió con u n a tú n ica y u n herm oso y vaporoso m anto» 20. T a m ­ bién A reté le p rep ara un baño a U lises cuando éste a b a n ­ dona la isla de los feacios. Y la escena se repite cad a vez que un huésped extranjero llega a la casa de un héroe.

Pero la señora de la casa por excelencia es Penélope, quien a lo largo de todo el poem a rep resenta a la perfección este papel. G u a rd ia n a del ho gar y de la casa de U lises, se niega a en treg ar a los p retendientes lo que su esposo le h a confiado. C om o H elen a y como A reté, p asa los días hilando la lana, tejiendo ricas telas. Y ya sabem os cómo, utilizando la m ism a metis, la astucia de su esposo, se sirve de esta ac­ tividad específicam ente fem enina p a ra en g añ ar a los p rete n ­ dientes, deshaciendo por la noche el trab ajo realizado d u ­ ra n te el día. T am b ién es ella la en carg ad a de recibir a los huéspedes ilustres, de p rep ararles un b añ o y un lecho p a ra la noche. Pero p o r encim a de todo es la que protege el te­ soro form ado p or todos los bienes del oikos. Y cuando, can­ sad a de tan to luchar, se decide a p ro po ner a los p reten d ien ­ tes un agón, u n a contienda, tras la cual el vencedor se con­ vertirá en su esposo, «... subió la a lta escalera de la casa, tom ó en su m ano la p esad a llave bien curvada, bien term i­ n ad a, de bronce, con el m ango de m arfil. D espués se fue con sus doncellas a la habitació n m ás re tira d a de la casa, donde se g u a rd a b a n los tesoros del rey: bronce y hierro bien la b ra ­ do, así como el flexible arco y el carcaj que contenía n um e­ rosas y agudas flechas... Así pues, cuando la noble m ujer lle­ gó al aposento y puso el pie en el u m b ral de encina que en otro tiem po el artesan o h a b ía pulido con g ran hab ilid ad y

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conform ado con un nivel, aju stan d o después en él los m o n ­ tantes en los que encajó u n a espléndida p u erta, se apresuró a d esata r la correa del anillo, m etió la llave y corrió los ce­ rrojos con u na m ano firm e y segura: la p u erta, como un po­ tente toro en la p ra d e ra , m ugió bajo la presión de la llave y se abrió in m ediatam ente. Penèlope subió a la ta rim a eleva­ da donde estab an alineadas las arcas, llenas de perfum ados vestidos. D espués, alarg an d o la m ano, descolgó de un clavo el arco, con la espléndida fu nda que lo envolvía» 21.

A dem ás de ser la g u a rd ia n a de la casa, Penèlope es ta m ­ bién la señora de las sirvientas y los sirvientes. L a relación con las prim eras es evidente, pues son la com pañía h ab itu al de la señora de la casa. Pero adem ás parece claro que, d u ­ ran te la ausencia de U lises, Penèlope debía aten d er tam bién la ad m in istració n de sus posesiones. Al m enos eso parece desprenderse de la reflexión que hace Eum eo el porquero, cuando se queja a U lises, a quien no h a reconocido todavía, de que Penèlope, m uy a su pesar, no se interesa por sus sir­ vientes: «Sin em bargo los sirvientes tienen u n a necesidad m uy g rand e de h a b la r con su d u eña, de preg u n tarle sobre m uchas cosas, de com er y beber en su casa, y de llevarse des­ pués al cam po alguno de aquellos regalos que les aleg ran el corazón» 22.

Si por un lado nos encontram os en los poem as con esta im agen rica y com pleja de las esposas de héroes, m ujeres ex­ cepcionales por razones diversas como son A n d ró m aca y Cli- tem nestra, Penèlope y A reté, e incluso H elena, que une a su belleza el conocim iento de las prácticas de m agia, por el con­ trario no se nos dice m ucho de la g ran can tid ad de sirvien­ tas. E stas ap arecen casi siem pre de u n a m a n era an ó n im a a la so m bra de la d u eñ a de la casa, p re p a ra n d o la la n a o lle­ vando la rueca, trayendo el agua p a ra las abluciones de los

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huespedes, a las que ellas aten d ían com o se nos describe en la escena que se desarro lla al com ienzo del canto IV , c u an ­ do Telém aco y sus com pañeros llegan a Lacedem onia: «Se dirigieron a unas bañeras m uy p u lidas p a ra b añ arse, y una vez que las sirvientas les b añ aro n y ungieron con aceite, les vistieron con túnicas y m antos de lana; después fueron a sen­ tarse ju n to al a trid a M enelao. O tr a sirvienta les trajo ag u a­ m anos en u n m agnífico ag u am an il de oro, y lo vertió en una fuente de p la ta, y colocó an te ellos u n a m esa p ulim en tada. Entonces, la resp etab le d espensera les trajo el p an y se lo ofreció; después les sirvió num erosos m anjares, ofreciéndo­ les los que tenía g uardados» 23.

De categoría superior a las sirvientas, la «respetable des­ pensera» aparece en efecto como u n personaje esencial. La encontram os de nuevo en el palacio de Alcínoo, tam b ién en la m ansión de C irce, y po r supuesto en Itac a, en la casa de Ulises. Pero en ta n to que las dem ás sirvientas parecen dedi­ carse sobre todo, ap a rte de tejer las telas, a actividades ex­ clusivam ente dom ésticas — p re p a ra r los lechos, disponer el baño p a ra los huéspedes y hacerles las abluciones— , la des­ pensera, que tiene a su cargo la provisión de víveres, parece ocuparse con preferencia de las actividades culinarias y de servir la mesa.

O tra de las sirvientas que desem peña un papel im p o r­ tan te es la nodriza. Y esta im p o rtan cia se pone de m anifies­ to en la posición q u e ocupa E uriclea en la Odisea. E n prim er lug ar hay que señ alar que sale del anonim ato, pues es lla­ m a d a con el no m b re de su p ad re y de su abuelo. Y adem ás p articip a directam en te en la acción. Sus funciones son las m ism as q u e las de u n a despensera, d estin ad a a g u a rd a r el tesoro. Pero fue la nodriza de Telém aco, y antes la de U li­ ses, ya que L aertes la com pró «por u n precio de veinte bue­

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yes». El poeta añ ad e que el p ad re de U lises la h o n rab a «igual que a su noble esposa», a u n q u e ja m á s com partió su lecho. E lla fue la p rim era que reconoció a U lises, y m antuvo con él el secreto de este reconocim iento. D espués de la m atan za de los pretendientes, ella es quien dice a U lises cuáles son las sirvientas que h an traicionado a su señor, y aprovecha la ocasión p a ra reco rd ar cuál fue su p apel en la casa: ense­ ñ a r a las sirvientas a tra b a ja r, a c a rd a r la lana, a cum plir con paciencia las obligaciones de la servidum bre, un papel que d esp erta b a en estas últim as u n respeto p o r la despense­ ra com parable al que deb ían sen tir p o r la señora de la casa. E n el poem a aparece o tra nodriza, E urínom e, la nodriza de Penélope, que parece desem p eñ ar tam b ién las funciones de despensera, así com o la de ser confidente de Penélope. ¿C o m partían E uriclea y E urínom e las atribuciones? Es difí­ cil asegurarlo. Pero ta n to u n a com o o tra parecen estar m uy por encim a de las cincuenta sirvientas de la casa de Ulises.

Sin em bargo, no todas estas sirvientas p erm anecen en el anonim ato. U n a de ellas, M elanto, llega a in terv en ir en la acción como in stru m en to ciego de los p retendientes, y sufri­ rá con once de sus com pañeras la m ism a su erte funesta que aquéllos. E ste últim o episodio es un ejem plo claro de la fu n ­ ción que las sirvientas p o dían desem p eñ ar en la casa: desti­ n ad as a los trab ajo s dom ésticos, tam b ién p o d ían ser llam a­ das p a ra co m p artir el lecho del señor o de sus huéspedes; lo que explica el castigo infligido p o r Ulises a las que h ab ían hecho causa com ún con los pretendientes.

Q u ed a po r tra ta r un últim o problem a, el de la situación ju ríd ica de estas sirvientas. M uchas de ellas eran sin d u d a cautivas, conquistadas en las guerras o rap ta d as. Pero no hay que olvidar que las m ujeres fig u rab an entre los regalos que los nobles se hacían entre sí: A gam enón, po r ejemplo,

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dliccc a A quiles «siete m ujeres hábiles p a ra todo tipo de tr a ­ bajos», cap tu rad as en Lesbos. Sin em bargo, al menos en la

Odisea, encontram os tam bién, ju n to a m ujeres que form an parte del botín o de los regalos in tercam biad os, a m ujeres com pradas: E uriclea m ism a, sin ir m ás lejos, co m p rad a por Lacrtes por el precio de veinte bueyes. ¿Tal vez fue cap tu ­ rad a previam ente por p iratas que se d ed icab an a este co­ mercio? No podem os saberlo; pero la existencia de este co­ mercio es revelada en el célebre relato del p o rq uero Eum eo, el cual cu enta cómo fue entregado a unos m arinos fenicios por u n a sirvienta de su p adre, u n a fenicia de Sidón que h a ­ bía sido ra p ta d a p or los tafios y v en d id a p or ellos a buen p re ­ cio al p ad re de Eum eo. A unque no p u ed a h ab larse todavía de com ercio de esclavos, vemos que h ab ía ya otros medios, adem ás de la g u erra o el pillaje, p a ra conseguir m ujeres, y no es raro en co n trar fenicios y h ab itan te s de las islas entre los que p ractican este comercio.

Los poem as hom éricos nos ofrecen, po r consiguiente, u n a im agen b astan te clara de la condición de la m ujer griega a comienzos del p rim er m ilenio. Señora del oikos, esposa y «rei­ na», m a n d a b a a las sirvientas y co m p artía con su esposo el cuidado de velar p o r la salv ag u ard ia de sus bienes. Pero sus funciones estab an perfectam ente d elim itadas, y au n q u e po­ día asistir a los b an q u etes, casi siem pre p erm an ecía en su aposento, ro d ead a de sus sirvientas, hilan do y tejiendo. Y si estas «reinas», v eneradas sin em bargo, se atrev ían a hacer oír su voz o a quejarse de su suerte, eran enviadas de nuevo con tod a rap id ez a sus actividades norm ales. H éctor, por ejem plo, cuan do se dirige a A n dró m aca y le aconseja que vuelva a casa; o Telém aco, que afirm a su naciente virilidad diciendo a su m adre: «V e a tu aposento, ocúpate en las ta ­ reas propias de tu sexo, el telar y la rueca, y o rden a a las

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sirvientas que se ap liq u en a su trabajo; la p a la b ra es asunto de los hom bres, sobre todo la m ía, po rqu e yo soy el señor en la casa». Y si el poeta señala que Penèlope se quedó es­ tu pefacta al oír estas p a lab ras es p orq ue éstas fueron dichas po r su hijo, a quien ella veía todavía como un niño. Si h u ­ bieran sido p ro n u n ciad as p o r Ulises, no se h a b ría sor­ prend id o en absoluto.

B. La m ujer en el Económico de Jenofonte

A p rim era vista pued e p arecer a rb itrario ign orar cuatro si­ glos que se sitú an entre los m ás ricos de la h isto ria de la h u ­ m a n id ad y en los q u e tuvo lu g ar el apogeo de la civilización griega. Pero si bien, como verem os m ás adelan te, el n aci­ m iento de la ciudad otorgó a la m ujer un lu gar y u n a fun­ ción específicos en la sociedad griega, es evidente sin em b ar­ go la perm an encia de algunas estru ctu ras v inculadas a la fa­ m ilia y al oikos. Y n in g ú n texto es ta n significativo como el

Económico de Jen o fo n te p a ra m o strarn o s esta perm anencia. El Económico está escrito en form a de diálogo cuyo in ter­ locutor p rincip al es el filósofo Sócrates, que vivió en A tenas en la segunda m itad del siglo V . E n él asistim os a u n a con­ versación m an ten id a p o r éste con un rico ateniense, C ritó- bulo, interesado en a d q u irir inform ación sobre la m ejor for­ m a de a d m in istra r su patrim onio, su oikos. C om o Sócrates es pobre, la única m an era que tiene de ap o rtarle alg u n a luz a C ritó bu lo sobre la oikonomia es ponerle como ejem plo a un rico propietario, Iscóm aco, con el cual h a tenido ocasión de conversar no hace m ucho. Es en este segundo diálogo (d en ­ tro del diálogo) donde Iscóm aco, al h a b la r con Sócrates de la buen a gestión del oikos, se refiere al papel reservado a su

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esposa. A la p reg u n ta de Sócrates sobre si se q u ed ab a ence­ rrado en casa p a ra a d m in istrar sus bienes, Iscóm aco le res­ ponde: «Yo n u n ca m e quedo en casa, p o rque mi m ujer es muy capaz de dirig ir sin ay u d a de nadie los asuntos dom és­ ticos» (V I I,3). A hora bien, su m ujer no conocía esta «cien­ cia» cuando Iscóm aco la recibió de m anos de su p ad re. «T o­ davía no h ab ía cum plido quince años, y h asta ese m om ento había vivido bajo u n a estricta vigilancia; d ebía ver y oír el m enor núm ero de cosas posible, h acer m uy pocas p reg u n ­ tas. ¿No es m aravilloso que al venir a mi casa haya sabido hacer un m a n to con la lana que le d ab an , y que hay a sabi­ do d istrib u ir a cad a sirvienta la ta re a de h ilan d era que le co­ rrespondía?» (V I 1,5-6). A priori no encontram os aq u í n ad a diferente en tre la m ujer de Iscóm aco y las reinas de la epo­ peya. C om o Penèlope, h a dejado la casa de su p ad re p a ra ir a la de su esposo. Y la ta re a m ás im p o rtan te q u e te n d rá que hacer en ésta será la de h ilar y tejer, ro d ead a de sus sir­ vientas. Pero Iscóm aco cree que debe h acer de ella tam b ién una b u en a a d m in istrad o ra de sus bienes. El m atrim onio, en efecto, ya no se inscribe en el siglo

V

d en tro de la práctica del intercam b io de regalos 24. E n un m undo en el que las rea­ lidades económ icas h an ad q u irid o un sentido nuevo, los m o­ tivos de la alian za h a n cam biado. Pero sigue siendo u n a alianza entre dos fam ilias. «N inguno de los dos, ni tú ni yo — dice Iscóm aco a su jo v en esposa— , estábam os im pacien­ tes por en co n trar a alguien con quien dorm ir. Pero después de h ab er reflexionado, yo p or mi cu enta y tus pad res p o r la tuya, sobre cuál sería la m ejor co m pañ ía que podríam os to ­ m a r p a ra form ar un h o gar y tener unos hijos, yo p o r mi p a r ­ te te he escogido a ti y tus pad res, a lo que parece, m e h an escogido a m í en tre los partid o s posibles» ( V I I ,11). El ob­ je to de esta alianza debe ser «esforzarse po r m a n ten er el p a ­

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trim onio en el m ejor estado posible y au m en tarlo ta n to com o se p u e d a p or medios honorables y legítimos» ( V I I ,15). En prim er lugar, pues, es im p o rtan te p ro crear p a ra ten er here­ deros a quienes transm itirles la p ro pied ad , al tiem po que se asegura el am paro p a ra la vejez; a continuación h ay que re­ p a rtir las tareas en función de la « naturaleza» que los dioses han otorgado al hom bre y a la m ujer. P a ra el hom bre los tra ­ bajos externos: « la b ra r el barbecho, sem b rar, p la n ta r, llevar el gan ad o a p astar» . P a ra la m ujer, los trab ajo s de dentro: «Los recién nacidos deben ser criados bajo techo, tam bién así debe ser p re p a ra d a la h a rin a p ro p o rcio n ad a por los ce­ reales, e igualm ente a cubierto deben confeccionarse con la la n a los vestidos» (V II,20-21). V olverem os a h ab lar, en la segunda p arte del libro, de los fundam entos « n aturales» de este rep a rto de tareas tal como los define Jenofonte. Pero se ap recia ya claram en te que las justificaciones ideológicas en­ m ascaran aq u í u n a realidad que refleja algo que sigue sien­ do perm anente: la m u jer en la A tenas de Jen o fo n te, como en los «reinos» de la epopeya, está co n sagrad a en p rim er lu ­ g ar al trab ajo dom éstico.

A ho ra bien, en esta actividad dom éstica la señora de la casa tiene un cierto poder, ya que debe dirigir el trab a jo de las sirvientas y de algunos sirvientes. Y lo que diferencia a la b u en a am a de casa de la m ala, a la que está d o ta d a de cualidades «reales» de la que no lo está, es la m a n era de u ti­ lizar este poder. No es u n a casu alid ad que Jenofonte, por boca de Iscóm aco, com pare la función de la m ujer en el oi-

kos con la de la rein a de las abejas. C om o ésta, el am a de casa debe «... qu ed arse en casa, h acer que todos los sirvien­ tes que tengan que tra b a ja r fuera salgan ju n to s, ... vigilar a los que lo h ag an d en tro de la casa, recibir lo que le traigan, distrib u ir lo q u e h ay a que g astar, p en sar de an tem an o en lo

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que hay que econom izar, y cu id ar de que no se gaste en un mes lo que está previsto g astar en u n año» ( V I I,35-36).

Así pues, el ejercicio de este poder consiste en p rim er lu­ g ar en saber m an d ar, y después en sab er d irigir la casa. U n buen jefe es an te todo aquel que sabe sacar el m áxim o p ro ­ vecho de sus su bo rdin ad o s 25. Por lo ta n to la señora de la casa, p a ra ser un buen jefe, d eberá sab er escoger a aquellos y aquellas que dependen de ella y apro v echar al m áxim o sus cualidades: «... si coges u n a esclava que no sab e tra b a ja r la la n a y tú le enseñas, d o blan do de esta form a el valor que tie­ ne p a ra ti, si coges u n a incapaz p ara ser despensera y buena sirvienta y tú consigues h acerla capaz, fiel, que sirva bien y que tom e p a ra ti u n valor inestim able; si puedes recom pen­ sar a tus esclavos cuan do se com portan bien y son útiles en la casa, puedes castigarlos cuando ves que son m alos...» (V II,4 1 ). L a elección de la despensera es p articu larm en te im portante: « P ara escoger a la despensera hem os buscado cuidadosam ente la sirvienta que nos p arecía la m enos incli­ n a d a a la glotonería, a b eb er y a dorm ir, la m enos p red is­ p u esta a buscar a los hom bres, adem ás la que, a nuestro en ­ tender, tenía la m ejor m em oria, la m ás capaz de ev itar que la castiguem os por algu na negligencia y de buscar, p or el contrario, que la recom pensem os por sus buenos servicios... Al m ism o tiem po que la form am os, le inculcam os el deseo de co n trib u ir al enriquecim iento de n u e stra casa, poniéndo­ la al corriente de nuestros asuntos y haciéndola p articip a r en nuestros logros» ( I X , 11). Pero p a ra que este p o d er que la señora de la casa posee p u ed a ejercerse con eficacia, d i­ rectam en te o por m ediación de la despensera, es preciso que en la casa reine un orden com parable al que debe rein ar en el cam po de b atalla o en el in terio r de un barco: «Si quieres saber la m ejor m a n era de g ob ernar n u estra casa, en con trar

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fácilm ente en ella todo cu anto necesites en el m om ento p re­ ciso, y com placerm e d ánd o m e lo que pido, escojamos cu id a­ dosam ente el lu g ar conveniente p a ra cad a objeto y, después de haberlo puesto en él, enseñem os a la sirvienta a cogerlo y a volver a colocarlo en su sitio. De esta m an era podrem os sab er lo que está a n u estra disposición, en buen estado o no...» ( V I I I ,10). Iscóm aco recu erd a entonces cómo le h a ido enseñando a su m ujer todas las habitacio n es de la casa y el uso reservado a cad a u n a de ellas. Así, po r ejem plo, como en las o bras de H om ero, en el thálamos se g u ard an los bie­ nes más preciosos; hay piezas previstas p a ra alm acen ar el grano y el vino, p a ra colocar la vajilla de uso diario y la de los días de fiesta, m ás valiosa. L a d u eñ a de la casa vigilará cuidadosam ente cad a u n a de estas dependencias, y te n d rá en el gobierno de la casa la a u to rid ad de u n a reina, au n q u e esta realeza ejercida sobre esclavos y sirvientas no p u ed a com pararse a la que ejerce un jefe o un rey sobre hom bres libres.

Así pues, la distan cia entre la m ujer de Iscóm aco y Pe­ nèlope se nos m u e stra escasa, como si cu atro siglos no h u ­ bieran m odificado en absoluto la condición de la m ujer, así com o tam poco la de las sirvientas sobre las que ejercía su au to rid ad . Com o Penèlope, la m u jer de Iscóm aco h a sido ca­ sad a p or sus p ad res con u n h o m b re elegido p o r ellos. T a m ­ bién como Penèlope, p a sa los días hilan d o y tejiendo ro dea­ da de sus sirvientas. Y finalm ente es ella, com o Penèlope, la que tiene la llave de la hab itació n do n d e se g u ard an los ob­ jeto s preciosos y la que o rd en a a las sirvientas y sirvientes

la ta re a que tienen que llevar a cabo cad a día.

Pero la sem ejanza no va m ás allá. Iscóm aco no es un hé­ roe de la epopeya, sino un ciu d ad an o ateniense. Es posible que u n a cam p añ a m ilitar le obligue a a b a n d o n a r el Atica.

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Pero si vive «fuera», es casi siem pre p a ra intervenir en las conversaciones del agora o estar en la Pnyx donde se deciden los asuntos de la ciudad. A penas d a detalles de su vida p e r­ sonal. No h ay que olvidar que a los ojos de Sócrates es el

kalós k ’agathós p o r excelencia, el ho m bre de bien que vive se­ gún los modelos de otro tiem po, a diferencia del p rim er in ­ terlocutor del filósofo, C ritóbulo, que d ilap id a su fortu n a lle­ vand o u n a vida m u n d an a. C onocem os gracias a otras fuen­ tes contem poráneas en qué consistía esta v id a m u n d an a: d a r banquetes, m a n ten e r cortesanas. Las esposas legítim as no p a rtic ip a b a n en esta vida. U n a m u jer resp etab le no asistía a un b an q u ete, au n q u e éste se celebrará en su p ro p ia casa. Bajo ningún concepto p o día hacer uso de la p a la b ra en p ú ­ blico, como lo hacían las pro tago nistas de H om ero. L a ciu­ dad, ese «club de hom bres», las h ab ía en cerrado definitiva­ m ente en el gineceo.

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C A P IT U L O 2

La m ujer en la ciudad

L a ciudad griega se constituyó com o u n a form a prim itiv a de E stado ap ro x im ad am en te a com ienzos del siglo V III. Pero te n d rá n que tra n sc u rrir dos siglos antes de que se creen las instituciones que den al m u n d o de las ciudades sus rasgos específicos, dos siglos caracterizados significativam ente por tres tipos de hechos en tre los que no siem pre es fácil esta­ blecer relaciones inm ediatas. El prim ero está vinculado a la expansión territo rial del m undo griego, lo que llam am os h a ­ bitu alm ente la colonización. El segundo deriva del d esarro ­ llo de la producción y de los intercam bios, que se refleja en la profusión de objetos de fabricación griega en todo el con­ torno del m undo m editerráneo. F inalm ente, el tercero se m a­ nifiesta en form a de u n a grave crisis social, relacio n ad a ge­ neralm ente con el p ro b lem a del desigual rep arto del suelo y

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que d a paso, d u ra n te un tiem po m ás o m enos largo, a regí­ menes autoritarios: las tiranías. Al final de este período, y al tiem po que d esaparecen los últim os tiranos, se establece un cierto equilibrio que se plasm a, tras la crisis de las gue­ rras m édicas, en la hegem onía que ejerce A tenas d u ra n te m ás de un siglo sobre el m undo egeo.

Sin em bargo, esta hegem onía puede falsear el análisis del historiador. P orque si bien la dem ocracia ateniense rep re­ sen ta el resultado y la form a m ás ac a b a d a del desarrollo de la ciudad griega, está lejos de ser su única m anifestación, ni siquiera el ejem plo m odelo, al m enos h asta el siglo IV . R ea­

lizar el estudio de la condición de la m ujer en la ciudad guiándonos sólo p o r el ejem plo ateniense, como ta n tas veces se h a in ten tad o hacer, d a d a la ab u n d a n c ia de las fuentes, se­ ría ap arta rn o s de la realidad. C iertam en te existen con stan ­ tes y rasgos com unes. Pero, indepen dientem en te de la evo­ lución política de la que no podem os prescindir, es evidente que esta condición no es la m ism a en el m undo colonial que en el viejo m u n do griego, en O rien te que en O ccidente, en E sp a rta que en A tenas. T am poco era la m ism a en el cam po que en la ciudad, entre los ricos que en tre los pobres, en las familias donde se p erp e tu a b a n an tig u as tradiciones que en­ tre los ciudadanos de tiem pos recientes. Sin em bargo, en to- dap parths nos encontram os con la m ism a evidencia: en es­ tos Estadios, a veces m inúsculos, do nd e la so b eran ía residía en la colectividad de los que form ab an la ciudad, los ciuda­ danos, au n cuando, com o en A tenas, n adie se veía ap artad o de ella a causa de la p obreza o p or el ejercicio de u n a pro­ fesión desprestigiada, abso lu tam ente todas las m ujeres eran consideradas eternas m enores. Por la m ism a razón que los niños, los extranjeros y los esclavos, p erm anecían al m argen de la com unidad, indispensables po r supuesto p a ra asegu­

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ra r la reproducción de ésta, pero sin ningún derecho. P ara com prender en to d a su am p litu d la exclusión que sufre la m ujer, n a d a m ejor que estu d iar la A tenas dem ocrá­ tica, d ad a la ab u n d an c ia de fuentes, como ya se ha señala­ do, así como tam bién las form as diversas en que se m a n i­ festaba dicha exclusión tan to en el plano ju ríd ico como en el terreno cotidiano. Pero como este período es el resultado del an terio r, conviene ex am in ar antes las form as de tran si­ ción que encontram os en otros lugares y con an teriorid ad en el vasto m undo de las ciudades griegas.

A. La época arcaica

Lo que los historiadores h an d ado en llam ar la época arca i­ ca es el período que va de com ienzos del siglo V III a finales del siglo V I. Período esencial, p o rqu e es entonces cuando se elab oran las estru ctu ras de la ciudad, cuan do el m undo grie­ go em pieza a extenderse de u n a orilla a o tra del M ed iterrá­ neo. Pero asim ism o un período cuyo desarrollo es difícil de seguir, d ad o que tenem os que b asarnos en fuentes tard ías, fuentes que son literarias o históricas o, cuando se tra ta de fuentes arqueológicas, m udas. No es que no haya habido producción literaria d u ra n te este período. Se trata, po r el contrario, de lo que u n h isto riad o r h a llam ado «la edad lí­ rica» de G recia, u n a época en la que se desarrolla u n a poe­ sía e x trao rd in ariam en te v aria d a, uno de los testim onios m ás ricos de la cu ltu ra griega, y de la que volveremos a h ab lar en la segunda p arte de este libro. Pero al historiado r de la sociedad, esta poesía le sirve de escasa ayuda, y su lectura nos deja m uchas zonas oscuras y suscita num erosos p ro ­ blem as l .

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