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Ética de la responsabilidad: un arma política sobre la mesa de Versa lies

In document 47. Grossi, Erica - Weber (página 128-134)

Entre 191 4 y 1919, el m undo es un com plejo sistem a de alianzas polí­ ticas y acuerdos económ icos de un extrem o a o tro del continente euro­ peo y del «resto del mundo». Un sistem a d irigid o aún por el m odelo de los acuerdos posnapoleónicos de 1815 y creado m ediante la práctica diplom ática de los equilibrios cruzados. En esta incongruencia entre la realidad geopolítica y el dictado diplom ático es donde se encuentran las razones de lo que se d efin ió com o la «responsabilidad/culpa» alem ana de la guerra. El proceso de retroceso de los im perios centrales -A le m a ­ nia y A u s tria -H u n g ría - fre n te a la afirm ación de las nuevas «potencias m odernas» -E s ta d o s U nidos en prim er lu g a r- está, de hecho, en el o ri­ gen del regenerado m ilitarism o alemán, m anifestado en la agresión a la B élgica neutral co ntra cualquier p rincipio refrendado por el dictado d i­ plom ático. La ca tástro fe a la que A lem ania y A u stria arrastran a Europa es, por tanto, su ficie n te para co nstruir las dos caras juríd ica s del nuevo principio de é tica p olítica nacional e internacional de la «responsabili­ dad de guerra». Por una parte, está la culpa de A lem ania por haberla desencadenado y haberla abordado desde la perspectiva de agresiones ilegítim as, y por otra, la responsabilidad m oral de los aliados, que luchan «para defenderse a sí m ism os [sic] contra la agresión y la dom inación m ilita r prusiana [...], garantía más com pleta y más eficaz contra la po­ sibilidad de que esta casta no vuelva a perturbar la paz de Europa» (D. Lloyd G eorge en la Cám ara de los Com unes, diciem bre de 1916). Por prim era vez, y auspiciada por la Sociedad de Naciones, la resolución del co n flic to tie ne lugar por vía juríd ica y no en el cam po de b a ta lla En Versalles se firm a el ju ic io inapelable de culpabilidad de Alem ania, de sus aliados y de sus gobernantes, y se d efin e el im placable sistem a sancionador (A rt. 2 31 . Los gobiernos aliados y asociados declaran, y A lem ania reconoce, que A lem ania y sus aliados son responsables, por haberlos causado, de todos los daños y pérdidas in flig id o s a los g ob ie r-

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¡ nos aliados y asociados y a sus súbditos a consecuencia de la guerra • (que les fue im puesta por la agresión de Alem ania y sus aliados). ! Se ha debatido durante mucho tiem po si el peso de las sanciones ! y de la deuda impuestas a Alemania (que no fue saldada hasta 2 0 1 0 ) ¡ influyó (y, si lo hizo, hasta qué punto) en las dinámicas sucesivas: en la • afirmación del nacionalsocialismo y, por tanto, en el estallido del segundo ! conflicto mundial. Parece tener lugar una vez más en la moderna Europa ! desfigurada por la contienda lo que el historiador francés François Gui- ¡ zot declaró en la fractura cultural entre los siglos xvm y xix, esto es, que ¡ en la política exterior es donde se manifiestan «las pasiones vulgares e | ignorantes de los príncipes y de los pueblos». Es «el teatro favorito de la ! violencia bruta» y «del egoísmo negligente» de los gobiernos, «tan indife- ! rentes al bien y al mal, tan ligeros, tan perversos, tan quiméricos». Y en ¡ ningún otro ámbito son los pueblos «tan ignorantes de sus verdaderos ¡ intereses, están tan preparados para no ser más que instrumentos y j engañados». Fatales y totalm ente ciegos frente a los escenarios futuros ! ya evidentes, y sordos a los llamamientos de intelectuales y diplomáticos, ! los «políticos de profesión», representantes de las potencias asociadas, ! se mantienen en la contingencia de los números lucrativos de las seve- ¡ ras sanciones. Mientras, en la Alemania de posguerra, los sentimientos ¡ más conflictivos y profundos de venganza y las estrategias más abyectas ! de reafirmación nacional empiezan a nutrirse de la depresión económica ! y social.

¡ Así pues, las normas de la «ética de la responsabilidad» empleadas ¡ como arma política de doble filo - y tan obstaculizadas por Weber du- • rante la negociación internacional- son las que articulan la transición ! del prolongado siglo xix de las guerras napoleónicas unificadoras, de ¡ las reivindicaciones territoriales más tarde traducidas en la «guerra sin ¡ sangre» de los mercados y de los capitales al breve siglo xx de la «guerra ¡ civil europea». De nuevo, el Weber científico (y) político de la moderni- j dad teoriza y reconoce en su época los actores de la «lucha mortal» ! jamás adormecida del espíritu de conquista territorial en la base del Es-

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tado moderno como institución legítima del uso de la fuerza Solo que antes, esa fuerza, encarnada por el carisma de un caudillo «romano» y un Führer pangerm anista buscará su legitimación en un «sistema de va­ lores» asimismo construido pseudocientíficamente sobre la aniquilación física y burocratizada de cualquier com petidor que se halle en el campo de la política, de la existencia y del mundo.

los medios efectivos adecuados para la consecución del objetivo. La de la «convicción» es, por el contrario, una ética de las creencias y de los con­ vencimientos interiores del sujeto agente, que sobredetermina la acción sin ninguna preocupación ni por la naturaleza de sus medios y de sus í ines ni por la idoneidad y la eficacia de la relación misma entre medios y fines.

Estas dos tipologías éticas de la acción política son, com o ya sabe­ mos, com pletam ente ideales y. para Weber, tam bién impensables en una acción práctica en la realidad que quiera ser eficaz en la resolu­ ción de los problemas y en la dirección pragm ática de la cosa pública. Escribe Weber sin ambages:

No es que la ética de la convicción coincida con la falta de respon­ sabilidad y la ética de la responsabilidad con la falta de convicción. En absoluto nos referimos a esto. Existe una diferencia abismal entre obrar según la máxima de la ética de la convicción, la cual -en térmi­ nos religiosos- ordena: «El cristiano obra bien y pone el resultado en manos de Dios», y la acción según la máxima de la ética de la respon­ sabilidad, según la cual hay que tener en cuenta las consecuencias (previsibles) de las propias acciones.67

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Efectivamente, si bien parecen antinóm icas en la teoría sociológica y en la orientación ideológica de los propios actores políticos -p en se­ mos en el ejemplo weberiano más práctico y actual que enfrenta ideo­ lógicamente la acción por convicción del sindicalista (antieconómico) y la acción por responsabilidad del empresario (capitalista m onopo­ lista)-, en la realidad es conveniente, para Weber, que se integren y se completen, porque por sí solas, tanto la ética de lo ideal como la de la praxis, no pueden responder a las preguntas y a los problemas propios de la complejidad del desorden desencantado del m undo moderno.

En el panoram a tan preocupante y desilusionado trazado en al­ gunos bocetos de su tiempo, Weber deja entrever el pesim ism o que alim enta la actualidad posguillermina alem ana y las previsiones sobre el éxito del experim ento forzado de la República de Weimar. Acaba así por desear tam bién el surgir en esta extrem a burocratización de toda esfera de la existencia de una figura carism ática que se exprese contra la racionalización y el desencantam iento en nom bre de una vocación política que sea, en cierto sentido, revolucionaria, y haga saltar los barrotes de la «jaula de hierro». Solo una personalidad capacitada y que inspire confianza y dedicación a las m asas públicas lograría des­ m antelar la rígida organización, el control y la inmovilidad sociopolí- tica que Weber ve ya tan difusos y tan profundam ente radicados en el presente como para solo poder ser superados por un acontecim iento o un personaje extraordinario.

Con dem asiada frecuencia, las conclusiones del discurso político de Weber han sido asociadas por la crítica -incluso las posteriores a la m uerte del a u to r- con los acontecim ientos de la Alemania hitleriana y la historia europea entre los años veinte y la segunda guerra m un­ dial. La política dom inada por regímenes de carácter carismático, res­ ponsables de los peores horrores que jam ás haya vivido Occidente en nombre de una combinación peculiar de una ética de la convicción y

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un orden burocrático del Estado -e n especial en el monopolio legíti­ mo y en el uso despiadado de la violencia total destinada al exterm i­ n io - pareció en realidad el espacio de la realización de las previsiones pesim istas de Weber, al igual que en otros casos, el de la continuación de sus teorías políticas en la realidad. O sea, por un lado, se ha dicho que Weber era un pesim ista irrevocable, para quien las degeneracio­ nes de la m odernidad pueden resolverse solo en la utópica «remitifi- cación» del m undo desencantado o en la recuperación de una ética religiosa de la historia pasada universal, capaz de volver a gobernar la acción de la desorientada hum anidad. Por otro, se le ha acusado poco menos de ser uno de los intelectuales del nacionalsocialismo y del fascismo y precursor «científico» de Hitler y otros dictadores del siglo pasado.

Estas dos consideraciones -so b re todo cuando las realizan repre­ sentantes de las ciencias histórico-sociales- son contrarias tan to a la diferenciación weberiana entre constatación empírica y juicio de valor, como al principio fundam ental de la neutralidad de valoración de la ciencia sociológica que Weber teorizó y llevó a la práctica con su labor y vocación de científico, para no escabullirse en ningún mo­ m ento del examen de la realidad, incluso cuando esta se le presenta­ ba como extrem adam ente desagradable. En este caso, tam bién en la m anifestación de la antinom ia personal científica del conocim iento histórico-social y filosófico del siglo xix, Weber se reafirma como pen­ sador «típico» de una idea de modernidad.

In document 47. Grossi, Erica - Weber (página 128-134)