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ciencias histórico-sociales: Weber y el método

In document 47. Grossi, Erica - Weber (página 30-37)

No se puede esperar com prender el trabajo de Max Weber en su com ­ pleja totalidad si antes no se tiene claro el contexto en el que se dedica con especial pasión y precisión analítica a definir las ciencias sociales, sus objetos y m étodos de trabajo.

Naturaleza y cultura, ciencias naturales y ciencias sociales, histo­ ria y sociología son los térm inos clave del debate intelectual que se expande por la cultura alemana, al menos en las dos últim as décadas del siglo xix, en torno a los tem as y m étodos útiles para com prender la realidad en sus m anifestaciones históricas y significados existen- ciales: del derecho a la religión, de la política a la experiencia estética y. por encim a de todos, la economía. La prim era razón, por tanto, por la que el joven Weber no puede ignorar - y esta premisa no puede no tenerla en c u e n ta - las posturas asum idas y las teorías propuestas por las distintas escuelas de pensam iento es que, en los años en los que estalla el debate, él está inm erso directam ente «en el cam po» de la

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investigación, el cual le perm ite formarse una vasta conciencia histó­ rica de prim era m ano en cuestiones muy específicas. Las principales posiciones que se enfrentan en el debate y que un joven estudioso como él debe contem plar si quiere concretar científicam ente los ob­ jetos de su investigación y tom ar posición en el m undo académico pueden ser diferentes, en líneas generales, en tres corrientes funda­ m entales - a pesar de que la actividad científica de cada pensador y las polémicas internas de cada grupo hagan el cuadro general más com­ plejo y rico de lo que las exigencias de síntesis logren restablecer aquí. En prim er lugar, está la llamada escuela histórica de economía, cu­ yos miembros -e n especial Wilhelm G. F. Roscher, Bruno Hildebrandt y Karl Knies y su sucesor «en la cátedra» Gustav von Schm oller- apo­ yan la posición a favor de una investigación propiam ente histórica de los fenómenos económicos, dirigida a determ inar las dinám icas y las leyes que han perm itido el desarrollo económico en cierto m om ento de la historia. En resumen, la escuela histórica alem ana pretende le­ gitim ar las especificidades histórico-sociales de los factores de desa­ rrollo de la economía, en conflicto abierto con las abstracciones teó ­ ricas de la econom ía clásica, basada en la construcción de un homo oeconomicus dedicado a la satisfacción de necesidades individuales siempre idénticas y por ello absolutam ente intem poral y ahistórico. Si se admite, en cambio, com o tam bién sugiere la escuela histórica, que los fenómenos económ icos se encuentran conectados con los di­ ferentes fenómenos sociales, y que la econom ía tiene un desarrollo en la historia - o sea. es ella misma una ciencia histórica en cuanto este desarrollo responde a la m anifestación de específicas «características del pueblo», de «cualidades raciales innatas», de las «condiciones del tiempo» y del «am biente»-, entonces se deberá asim ism o adm itir que las ciencias sociales son necesarias para el estudio de las conexiones entre factores económicos y factores sociales. En esta elaboración

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teórica, como se ve, es la investigación histórica la que constituye la estructura central del edificio epistemológico de las ciencias sociales, adm itidas como instrum entos de investigación, pero sin autonomía, es decir, sin el reconocim iento de una función analítica específica res­ pecto de la consideración historiográfica determ inante. En otras pa­ labras, si se articula la metáfora señalada por el crítico italiano Pietro Kossi,12 se pueden imaginar, en este caso, las ciencias sociales como espacios conectados dentro de un único edificio en los que acam pa la I listona escrita.

La posición, toscam ente perfilada, de la escuela histórica «de los orígenes» la contrarresta con la del positivismo francés e inglés, el cual ya ha puesto de manifiesto la autonom ía científica y m etodológi­ ca de la sociología no solo frente a la historia, sino tam bién frente a las demás ciencias sociales. La sociología no es una ciencia subordinada, la investigación sociológica tiene una dirección y unos tem as propios que no participan de forma desordenada en la obra general de organi­ zación de los materiales analíticos de la historia como una única cien­ cia de la cultura. El positivismo contem poráneo - a l que pertenecen Auguste Comte y Herbert Spencer, para en ten d em o s-, aun recono­ ciendo la especificidad de los fenómenos sociales y, por ende, la nece­ sidad de una sociología autónom a capaz de estudiarlos, establece sin embargo otra forma, si no de subordinación, sí de homologación, de la sociología en un orden epistemológico diferente del que esta tom a como punto de referencia. La sociología positivista, de hecho, sostiene que la cultura es para la sociología aquello que la naturaleza es para la física y la biología, anulando así la misma especificidad gnoseológica que siempre ha distinguido entre naturaleza y cultura en la historia del

15 Max Weber, Ensayos sobre metodología sociológica, trad. José Etcheverry, Buenos Aires, Amorrortu, 1982, Introducción de Pietro Rossi.

pensamiento. Ambas son un sistem a ordenado de leyes que un mismo m étodo analítico puede determ inar para explicar de modo infalible y universal los fenómenos en los que se manifiestan, los sociales por un lado y los naturales por otro. Para la cultura alem ana en la que se forma Weber, la provocación positivista no es insignificante. Para los científicos sociales alemanes, cada vez más enfrascados en la teoriza­ ción de planos opuestos del saber, distinguiendo entre quien estudia la naturaleza como m undo fuera del hom bre -físicos, biólogos, quím i­ cos, anatom istas, astrónom os, e tc.- y quien se ocupa del hombre, de sus condiciones de funcionam iento interno y de sus relaciones con los demás por sí solo -filósofos, sociólogos e historiadores-, la postura de los positivistas no es algo que se pueda ocultar fácilmente bajo la al­ fombra. Y sin duda, el m undo académico y cultural alemán de finales del siglo xix no escapa a la provocación, pues está acostum brado des­ de hace más de un siglo a dom inar el cam po de las ciencias humanas.

Así pues, ¿cómo reaccionar?

C ontrastar las hipótesis de la sociología positivista puede com ­ po rtar dos únicas alternativas: excluir la especificidad de la sociología entre las ciencias sociales y dejar que la historia -tam b ién a causa de la hegemonía historicista del pensam iento filosófico alem án- la ten ­ ga subordinada como elem ento de apoyo arquitectónico, entre otras cosas, en su gigantesco edificio epistemológico o, por el contrario, afrontar de m anera crítica la solución propuesta por franceses e in­ gleses: utilizar las premisas analíticas y experim entales de las ciencias naturales para afirmar, a contrariis, la especificidad de los objetos de estudio de la ciencia sociológica y, por consiguiente, sus propios ins­ trum entos metodológicos respecto a las demás ciencias sociales que habitan, aún con desorden, el mismo edificio de la cultura.

Por tanto, tenemos por un lado la polémica interna de la cultura ale­ mana entre las distintas escuelas económicas y, por otro, las posturas

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filosóficas del positivismo europeo. Pero nos encontram os además con un tercer término de comparación, el cual se presenta después de estas premisas, pero no por ello tiene una importancia menor en el debate. Si­ tuar la teoría socioeconómica marxista en este punto del razonamiento permite ante todo resumir algunas de las cuestiones ya abordadas y manifestar con mayor claridad la importancia respecto al posiclona- miento de Weber en el debate sobre la «cuestión de los trabajadores», de donde surge la revista Archivo para ciencias sociales y política social. listamos a finales del siglo xix alemán, la sombra de Karl Marx y las evolu­ ciones teóricas de sus reflexiones desde T i manifiesto comunista (1848) a T í capital (1867) dom inan la disputa que sirve de premisa a las ins- I ancias metodológicas de cualquier reflexión sociológica y económica, incluso las de Weber; tanto es así que la línea directa que conecta sus I rabajos le hará ganar, en varias ocasiones y con matizaciones críticas ambiguas, la definición de «el Marx de la burguesía» o «anti-Marx». Y, en cierto sentido, será el mismo Weber quien adm ita esta situación de enfrentamiento perm anente cuando, al presentar los presupuestos científicos del Archivo y el interés de este por los tem as económico- sociales, se diferencia de inmediato de las posiciones de Marx, distin­ guiendo los fenómenos histórico-sociales en «económicos», «condicio­ nados económicamente» o solamente «económicamente operativos o relevantes», según el punto de vista pertinente y unilateral de su con­ cepción del método de las disciplinas histórico-sociales.

En efecto, respecto a la distinción entre factores económicos y fac­ tores extraeconómicos como clave de la controversia sobre el método, el marxismo establece una clara distinción entre los dos conjuntos, que We­ ber critica no tanto desde el punto de vista del detallado análisis marxista de los factores económicos, al que le reconoce una fuerte estructura teó­ rica y de método. Será, más bien, en relación a la exclusión de la hipóte­ sis de hibridación y de interconexión variable entre los distintos factores

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que intervienen en los fenómenos de la realidad donde Weber le critica a Marx que este haya adoptado una posición ideológica preestablecida y miope respecto a la valoración empírica de la realidad por cómo es.

A la hora de teorizar sobre la «estructura» y «superestructura» en la sociedad capitalista europea y occidental -caso de estudio privile­ giado para el filósofo de Tréveris y para el de Érfurt-, Marx considera el elemento económico como el factor que determ ina cualquier otro enfoque de la realidad (materialismo). Este se manifiesta en el transcur­ so de la historia según lógicas evolutivas universales, inm ediatam ente previsibles ya que se dan manifestaciones de un «espíritu» específico del tiempo concreto de una determ inada fase de su historia (histori- cismo de corte metafísico romántico). Así pues, desde el punto de vis­ ta del método, tanto a ojos de Weber como de muchos de sus colegas sociólogos, el «malentendido» materialista se refleja en el dogmatismo metodológico que eleva el punto de vista económico -a ú n subordina­ do a su inseparable carácter de historicidad- a una única perspectiva válida desde donde observar los fenómenos de la realidad, perspectiva que según Marx lleva a una sola dirección específica de investigación: desde los fenómenos económicos a los culturales, y jamás en sentido inverso (materialismo histórico). Si, por el contrario, consideramos con Weber las distinciones variables y múltiples del fenómeno obser­ vado, «móvil, y no delimitable de manera precisa» sobre la base de los aspectos culturales que lo caracterizan, se comprende en qué sentido choca la rigidez del esquema m arxista contra la primera definición por grados económicos con la que Weber se distancia de su rival. Solo el fenómeno que en el sistema de Weber se considera estrictam ente «eco­ nómico» coincide con el factor económico entendido desde el punto de vista marxiano, ya que es el único en la escala analítica cuyos objetivos son estrictam ente económicos y, por tanto, influyen de forma unívoca en los demás fenómenos y aspectos «extraeconómicos» de la realidad

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considerada. Al margen de esta coincidencia de elementos, el esquema binario de Marx pierde significado en el de estructura abierta de Weher. por el cual pueden ser considerados bajo un punto de vista económico también fenómenos que resulten, en cierta manera y circunstancias, capaces de producir efectos o de asumir significados «económicamente relevantes».

Uno de los principales, por la im portancia que reviste en la teoría weberiana y en la confrontación dialéctica con Marx, es, sin duda, el fenómeno religioso. Por último, reconociendo en la realidad la pre­ sencia de fenómenos lejos de ser económicos, pero que en un sentido específico y más o menos im portante han sufrido en su fisionomía los efectos de algún factor económico, Weber incluye en su escala analíti­ ca tam bién estos fenómenos solo «económ icam ente condicionados», como, por ejemplo, el gusto artístico de una época.

Desde cualquier p u n to de vista que se observen las posturas de esta discrepancia, el aspecto m ás decisivo para Weber consiste en la afirmación de la legitimidad de las disciplinas histórico-sociales como ciencias de la realidad para abordar la delicada fase que atraviesa la cultura europea de fin de siglo. Las cuestiones en las que trabaja We­ ber para asen tar las m urallas del edificio de las ciencias histórico- sociales sobre los cim ientos de la validez científica son fundam ental­ mente dos:

1. ¿Qué legitima las ciencias histórico-sociales entre las demás vías de acceso al conocim iento de la realidad?

2. ¿Cuáles son los objetos, los instrum entos y los m étodos de in­ vestigación de estas nuevas «ciencias de la realidad»?

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Marx y Weber: el carácter económico de la

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