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Ú TILES, PRODUCTIVOS, RENTABLES Y LUCRATIVOS

In document La Masculinidad Toxica - Sergio Sinay (página 70-73)

O NADA

Hay historias que sintetizan miles de historias y que, en sí mismas, describen a fondo una cuestión. La siguiente es una de ellas. Me la contó un hombre que vino a consultarme para que lo acompañara en la exploración de algunas preguntas existen­ ciales que lo habían alcanzado en la mitad de la vida. Hablába­ mos de ciertas actitudes relativas al matrimonio, a los hijos, a la familia y al trabajo que empobrecen nuestras vidas. Entonces me contó de uno de sus amigos, un importante empresario de la industria automotriz al que nada le faltaba. Había logrado dinero, mercados, poder. Representaba a una gran corporación europea, era homenajeado por esa corporación debido a los pingües negocios que generaba. A su vez recibía a los altos direc­ tivos de la compañía cada vez que venían a la Argentina, como si fueran reyes. Les conseguía los mejores alojamientos, los lleva­ ba a suntuosos restaurantes, los guiaba en los más excelentes

viajes de placer y hasta se encargaba de que dispusieran de os­ tensible y generosa compañía femenina que él mismo contrata­ ba. Este hombre era amigo de políticos, de funcionarios, los bancos le rendían pleitesía, prácticamente desconocía la impo­ sibilidad, despreciaba los límites. Le gustaban los caballos y se había construido un hipódromo particular. Amaba la caza y las cabezas de las piezas que mataba decoraban cada metro de sus casas (la de campo, la de la ciudad, la que tenía en la playa).

Un día, en una partida de caza, el hombre sufrió un terrible accidente, combinación de disparo y caída. Fue trasladado rá­ pidamente a un hospital y salvó su vida casi azarosamente. Mi consultante fue a visitarlo varios días más tarde a la clínica en la que estaba internado. Lo encontró inmovilizado por yesos y vendajes en casi un 80% de su cuerpo. Varias sondas llevaban sueros a su organismo y apenas podía hablar. La visita fue bre­ ve; no había que cansado y él apenas podía sostener la atención. Era evidente que el tratamiento y la internación llevarían un largo tiempo. Tres días más tarde, mi interlocutor regresó a la clínica para una nueva visita y se encontró con una sorpresa. Su amigo ya no estaba en el lugar. Bajo su propia cuenta y riesgo (para lo cual había firmado un documento), se había retirado a su domicilio para continuar allí con el tratamiento. Pero tam­ poco lo encontró en la casa. Por fin dio con él en el último lu­ gar en el que esperaba encontrarlo. En su despacho de presi­ dente de la empresa. Había convertido su oficina en una suer­ te de clínica ambulante. En donde solía estar el escritorio se veía una cama rodeada de monitores y de soportes para las bo­ tellas de suero. En la cama, yacía el empresario. Mi consultan­ te le preguntó si estaba loco, inquirió a qué obedecía aquello. "¿Sabés una cosa?", respondió el empresario, "no puedo estar si no es aquí, en otro lugar me muero. En la clínica me siento pa­ ralizado, en mi casa no soy nadie, todo me resulta ajeno. En cambio aquí me siento bien. Soy el rey, me siento bien."

La historia es real. El paradigma masculino tóxico dice que el hombre es lo que hace. Es abogado, es empresario, es obre­ ro,

es comerciante, es futbolista, es ingeniero, es médico. Iden­

tidad y profesión u oficio se confunden, se licuan hasta el punto en que son indivisibles. "En mi casa no soy nadie", di­ ce el empresario averiado. ''Aquí soy el rey." Necesita estar en su lugar de trabajo para sentirse reconocido. Desde que pro­ ducción, provisión, potencia y poder se instalaron como ba­ ses constitutivas del modelo masculino todavía predominan­ te, un hombre debe encontrar un lugar en la cadena produc­ tiva. No trabajar, no producir, es sinónimo de no poder pro­ veer, lo que a su vez se puede entender como impotencia (in­ cluso sexual, ya que así suelen vivirlo los varones) o como de­ bilidad. Para el varón de esta sociedad, todavía hoy, el trabajo no es tema de elección. Es una obligación. Si se es hombre, se

debe

trabajar. Hasta las mujeres que claman por caballeros más sensibles y espirituales desconfían cuando estos carecen de oficio, profesión o quehacer comprobado o comprobable. Acaso esto haya comenzado cuando Adán fue expulsado del Paraíso con el mandato de ganarse el pan con el sudor de su frente (en ese mismo momento la mujer, Eva, quedó obliga­ da a parir con dolor y a ratificar su feminidad a través de la maternidad). Lo cierto es que el mandato está vigente y tiene vastas consecuencias culturales y sociales.

Una gran empresa inmobiliaria y financiera publicó en dia­ rios argentinos, a principios de esta década, un aviso tan sinies­ tro como memorable. En la imagen se veía al presidente de la firma y se afirmaba que, en esa compañía, todos los empleados aman su profesión.

Pero sus familias la odian, añadía una frase·

casi desafiante. Y, más abajo, por si alguien no había entendi­ do, remataba con este texto: La mayoría de nuestros brokers de­

bería dedicarle más tiempo a su familia. Pero eso es difícil, por­

que le dedican mucho tiempo a usted.

Pocas piezas mediáticas

deben de haber sintetizado con más ferocidad y de una manera más escalofriante lo que se entiende por trabajo en la sociedad organizada según los cánones del modelo masculino tóxico.

In document La Masculinidad Toxica - Sergio Sinay (página 70-73)