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SALIR DEL SIMPLISMO

In document La Masculinidad Toxica - Sergio Sinay (página 112-115)

¿Es la violencia un componente de la "naturaleza masculi­ na" ? Algunas versiones del feminismo (las más radicales y fun­ damentalistas) se apresurarían a responder que sí, lo que nos llevaría a un callejón sin salida. O con una salida única: elimi­ nar a los varones para terminar con la violencia. Esas miradas son la contrapartida exacta del machismo. Así como éste no ve lo femenino como una energía distinta y complementaria, sino como algo inferior, indeseable o rechazable, hay una con­ cepción feminista que hace lo mismo con lo masculino. S in em bargo, no e xiste una naturaleza masculina que incluya la violencia como ingrediente. Sí, como mencioné , están com­ prendidas en esa naturaleza la agresividad, el empuje, la

audacia. La testosterona, ho rmona definitoria de lo masculino, conlleva, desde lo fisiológico, a tal con figuración. El canadien­

se Michael Kaufman, director del Centro de Investigación so ­ bre la Violencia en América Latina e imp ulso r de la campaña internacional Lazos Blanco s, que convoca a los hombres que se oponen a la violencia masculina a usar en las solapas lazos de ese color, afirma que la violencia "es una conducta que se ap rende al ver y experimentar violencia de diversas formas en

el seno de la sociedad". Eso ocurre, remarca, cuando la socie­ dad se asienta so bre bases verticalistas, patriarcales, de autori­ dad, dominación y control que se evidencian en todas las acti­

vidades, tanto en las sociales como en las económicas, en las políticas o, incluso, en la relación con la Naturaleza.

En un detallado trabajo sobre los orígenes de la violencia humana, los antropólogos Richard Wrangham y Dale Peter­

son, de la Universidad de Harvard (elli bro se titula Machos demoníacos') apuntan que tanto entre lo s humanos co mo en­ tre lo s chimpancés, las coaliciones masculinas van más allá de la simple defensa de sus territorio s para pasar directamente a la agresión no p rovocada. ¿Se parece en algo a las actitudes de las barras bravas del fútbol, que se convocan por la simpatía común hacia un equipo y se convierten en agresores de todos

los que no llevan lo s mismos colores? ¿O a las patotas y pan­

dillas, tanto juveniles como adultas, que se agrupan por ve­ cindad, por afecto s, por experiencias compartidas, como la de cursar en la misma escuela o vivir en el mismo barrio, y aca­

ban agrediendo a cualquiera que sea diferente o que esté en infedo ridad numérica o de condiciones? ¿Se parece en algo a la actitud de los grupo s de varones, de cualquier edad y con­

dición social, que eligen como destinatario de sus bromas

constantes y pesadas a un varón más débil, más joven, o más viejo, cuando no a una mujer? ¿Se parece en algo a la agresión que generan las convocatorias patrióticas y nacionalistas, ya sea en política, en deportes o en cualquier ámbito? Desde mi p unto de vista las reminiscencias son claras. "Las comunida­ des organizadas en torno de los intereses masculinos tienden a seguir estrategias masculinas y, gracias a la selección sexual, buscan el poder con un entusiasmo casi ilimitado", señalan Wrangham y Peterson. Más aún, estos investigadores arries­ gan que "el imperialismo deriva en parte del hecho de que la política exterior humana se fundamente en intereses masculi­ nos antes que femeninos". Es decir, en la acumulación de po­ der, en el sometimiento de los otros, en la conquista de terri­ torios (y de hembras, podría decirse, si se los asociara a com­ portamientos de primates). "El expansionismo imperialista es

una tendencia amplia y persistente en nuestra especie de ma­ chos demoníacos ", reflexionan los antropólogos. Y se pregun­ tan si hay esperanzas de domar a ese demonio.

El interrogante concuerda con el que formula el psicólogo y filósofo italiano Marcelo Colussi, que trabaja desde hace años en América Central en temas de derechos humanos: ''¿Se puede ser varón sin ser violento?'", se pregunta. Como Wrang­

ham y Peterson, Colussi remarca que nuestros modelos cultu­ rales están construidos en torno de la lógica tradicional mas­ culina. Y, como ellos, cree que urge recuperar y poner en prác­ tica, para la convivencia social y la construcción de los víncu­ los, algunos predicados femeninos referidos a la solidaridad, compasión, receptividad, poder compartido.

Es esencial detenerse aq uí. S i la violencia fuera algo in­ herente a lo mascul ino, como el poder o la fuerza, y s i la

solidaridad, el cooperativismo y la compasión fueran inheren­ tes a lo femenino, no tendríamos opciones. La resp uesta a los

interrogantes de Wrangham, Peterson, Colussi y tantas otras personas preocupadas por el m ismo tema sería un tajante y de­ cepcionante No. Lo natural está dado, no cambia, tiene sus le­ yes inamovibles. Pero, al mismo tiempo, es armónico, integra

los opuestos, preserva lo existente. Basta con o bservar cómo se relacionan el día y la noche, el agua y el fuego, el frío y el ca­ lor, la tierra y el aire, lo áspero y lo suave, lo duro y lo blando. No ocurre así con lo masculino y lo femenino cuando los de­

fin imos a partir de los paradigmas y estereotipos vigentes. Chocan, se niegan, se fragmentan, no se integran, lejos de la armonía producen desacuerdo, insatisfacción, recelo, enfrenta­ miento, infelicidad. Dan una base para pensar que esas "natu­ ralezas" no son naturales. Entendidos como mandan los para­ digmas culturales, lo masculino (so bre todo) y lo femenino son manifestaciones contra natura.

In document La Masculinidad Toxica - Sergio Sinay (página 112-115)