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In document Jacqueline de Romilly - Alcibiades o Los (página 198-200)

XI

Alcibiades se encontraba, pues, en sus fortines de Tra- cia, bien instalado e independiente.

Sin duda alguna, mantenía los ojos puestos en Ate­ nas. Y no carecía de medios. Se había formado una fuer­ za militar propia con mercenarios tracios, gracias a los cuales había reunido un buen botín. Estos medios le per­ mitían ejercer una acción.

Primeramente, en la región. Porque en Tracia había agitación y disturbios, y él podía intervenir y ayudar al Rey a sofocarlos. Por otra parte, podía vigilar los alrede­ dores y, como dice Plutarco, «proteger a los griegos de la región de las incursiones de los bárbaros» (36, 5). Ello suponía velar por las ciudades que no hacía mucho ha­ bía incorporado a Atenas. ¿No podía ser éste un medio para conciliar la opinión de Atenas y prepararse, quizá, un segundo regreso...?

Esta idea de un pequeño reino independiente cerca de los estrechos no era nueva. El famoso Milcíades, el vencedor de Maratón, consiguió su fuerza gobernando el Quersoneso, gobierno que era debido a la circunstan­ cia de que su tío, otro Milcíades, había sido tirano de Quersoneso. Aquí podemos admirar, pues, una vez más, la rapidez con que Alcibiades, doblegado por los acon­ tecimientos, traza un nuevo plan político, audaz y cor? posibilidades de enderezar la situación. Inmediatamente él reacciona. Inmediatamente, vemos perfilarse un nue­ vo plan.

Pero había que esperar.

Pudo pensar que había llegado su oportunidad con motivo de la batalla de las Arginusas. Esta batalla fue li­ brada por Conón, su sucesor, en el otoño del año 406. Fue una batalla ruinosa: Atenas perdió veinticinco trirremes, bienes y personas; y, para colmo, los jefes faltaron al sagrado deber de recoger a los muertos y moribundos. Hubo un proceso clamoroso. Se destituyó a todos los estrategos que habían intervenido en la batalla. Éstos echaban la culpa a los trierarcas, que no habían obedeci­ do su orden, y los trierarcas, a la tempestad. Hubo acres discusiones sobre el procedimiento a aplicar. Y aquí ve­ mos reaparecer a Sócrates, que fue el único que recha­ zó toda medida o enjuiciamiento que no fuera conforme a la ley. El asunto desembocó en la condena a muerte de los ocho estrategos encausados, de los que seis, que se encontraban en Atenas, fueron ejecutados. Poco después, los atenienses lo lamentaban... como suele ocurrir en estos casos.

Estos desórdenes no afectaban a Alcibiades, pero hu­ bieran podido darle una oportunidad, porque revelaban una Atenas sumida en el desconcierto. Y debió de haber movimientos en su favor: éste es el momento en el que se sitúa la comedia de Aristófanes Las ranas, que hemos comentado en el capítulo anterior.

En realidad, no pasó nada, Alcibiades no reaparece­ ría en la historia de Atenas más que una sola vez, al año siguiente. Pero fue en circunstancias sobrecogedoras e inolvidables.

Fue la víspera de la batalla que marcaría la derrota definitiva de Atenas, la derrota de Egospótamos. Y ocu­ rrió no muy lejos de los fortines de Alcibiades, a la en­ trada del estrecho del Quersoneso.

Lisandro, una vez reparada la flota, súbitamente la llevó de Rodas al Helesponto. Llegó a Abidos. Los ate­ nienses, al enterarse, zarparon también hacia el Norte. Mientras Lisandro recuperaba la vecina Lampsaco, los

atenienses se aproximaban al Quersoneso con intención de llegar a Sestos, en el lado norte. Pero, deseosos de acercarse a la flota de Lisandro, fondearon en Egospó- tamos, una pequeña aldea cuyo nombre significa «arro­ yo de la cabra» situada también en la orilla norte, pero justamente frente a Lampsaco, donde estaba Lisandro. La pequeña aldea marcaría uno de los hitos más ilustres de la historia de Grecia.

Entre una y otra escuadra estaba el Helesponto. Pero Jenofonte puntualiza que en este punto el estrecho no mide más que unos quince estadios, menos de tres kiló­ metros.

Ya están frente a frente las dos escuadras. Los ate­ nienses tenían ciento ochenta naves, situadas en un mal fondeadero. Lisandro contaba con una flota en excelente estado (Ciro le había concedido nuevos subsidios), surta en un puerto abrigado: le convenía esperar.

En consecuencia, Lisandro hacía como si fuera a pre­ sentar batalla, pero no salía de puerto. Así, cuatro días.

Y entonces se produjo la aparición por sorpresa de Alcibiades. Se presentó en el campo ateniense para apor­ tar su experiencia y las observaciones que había tenido ocasión de hacer. Se ofrecía en calidad de consejero en el momento crucial, el punto culminante de los dramá­ ticos acontecimientos, con lo que demostraba, por últi­ ma vez, su sentido de la oportunidad.

Desde sus fortines se había enterado de todo y lo ha­ bía comprendido todo. Había visto que el fondeadero de la flota ateniense era malo: una simple playa, sin ningu­ na ciudad cerca. Había visto que era necesario llevar el avituallamiento desde Sestos. Y así lo dijo claramente a los generales. También había observado el cariz que to­ maban las cosas y el partido que Lisandro podía sacar de ellas. Porque, cada vez que la flota volvía a fondear sin que el espartano aceptara el combate, las tripulacio­ nes atenienses se desmandaban: se veía a los hombres, dice Plutarco, «una vez bajaban a tierra, yéndose cada uno y dispersarse a placer, cuando frente a ellos tenían la escuadra enemiga, acostumbrada a ejecutar sin pro­ testar las órdenes de un comandante único» (36, 6). Todo

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