Jacqueline de Romilly
ALCIBIADES
«U n lib ro m u y a c tu a l q u e m u e s tr a c u á n
n e c e s a rio es el c o n o c im ie n to d el p a s a d o p a r a
el an álisis lu c id o d e l p re s e n te » (Paris-Match)
Seix BarraiAlcibiades (Alcibiade, 1995), que ha ol 01 extraordinario éxito de publico en Fran
biografía novelada, sino un riguroso y a la vez ameno ensayo biográfico que, sobre bases documentales muy sólidas, estudia una figura emblemática, odiada y amada a la vez, tan fascinante como peligrosa: la de Alcibiades, cuya aparición y auge señalaron el declive del poderío de Atenas al mismo tiempo que el quebrantamiento de su democracia. En palabras de la propia autora: «A través de Alcibiades se entiende que la ambición es uno de los males de la
democracia... Cuando se prefiere la lucha en favor de uno mismo a la gestión para terceros, el principio democrático queda viciado.» Con razón se ha señalado: «La gran
helenista resucita en este libro el esplendor del imperialismo ateniense, pero también nos pone en guardia contra los defectos de la demagogia. Al leerla, vemos, detrás de Alcibiades, a Kennedy, Berlusconi, Tapie y otras mentes brillantes, capaces de servirse de la libertad con la mejor o peor intención. Bruscamente el destino de un hombre cuya carrera queda destrozada por sus escándalos rebasa el marco
del siglo V antes de Cristo para convertirse en el símbolo de
los desvíos amorales que invalidan la democracia. Esta lectura tan moderna de una aventura tan antigua explica que en un mes esta obra haya llegado a la cabecera de las listas de libros más vendidos» (Gilles Martin-Chauffier,
París-Match)
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Foto: Irm eli Jung
Jacqueline de Romilly nació en Chartres el 26 de marzo de 1913. Profesora de grie go clásico en las universidades de Lille (1949-1957) y Pans-Sorbona (1957-1973) y en el Collège de France (1973-1984, y honoraria desde esta fecha), en 1971 in gresó en la A cadém ie des Inscriptions et Belles-Lettres y en 1989 en la A cadem ia Francesa. Traductora de Tucídides al fran cés, ha publicado estudios sobre Esquilo, Eurípides y Homero, entre otros; pero qui zá de modo especial se ha interesado por la relación entre la G recia antigua y los grandes problem as de la política, en libros tales com o Tucídides y el imperialismo
ateniense (1947), Problemas de la dem o cracia griega (1975), o Grecia y el descu brim iento de la libertad (1989).
JACQUELINE DE ROMILLY
de la Academia Francesa
Alcibíades
o los peligros de la ambición
Traducción del francés por A N A M .a DE LA FU EN TE
¡i
Cubierta: Ánfora panatenaica
Título original:
Alcibiade ou les dangers de ¡ ’ambition
Primera edición: ju n io 1996
© Éditions de Fallois, 1995
Derechos exclusivos de edición en castellano reservados para todo el mundo
y propiedad de la traducción: © 1996: Editorial Seix Barrai, S. A.
Córcega, 270 - 08008 B arcelona
ISBN: 84-322-4762-6
D epósito legal: B. 22.800 - 1996
Impreso en España
N in g u n a p a ite d e e s ta p u b lic a c ió n , in c lu id o el d is e ñ o d e la c u b ie rta , p u e d e s e r rep ro d u c id a , a lm a c e n a d a o tra n sm itid a en m a n era a lg u n a ni p o r n in g ú n m e d io , y a s e a elé c tric o , q u ím ico ,
A Bernard de Fallois en testimonio de agradecimiento
PRÓLOGO
La vida de Alcibíades es una serie de im presionantes aventuras y peripecias. Este joven, ahijado de Pericles, cuyo trato cultivaba Sócrates, estuvo en el centro de toda la vida política de finales del siglo v a.C. Em pujado por la ambición y dotado de un talento extraordinario, determ i nó prim ero la política de Atenas; después, la de E sparta y, por último, la de los sátrapas persas. Su vida tuvo al tibajos dignos de u n a tragedia griega: en Atenas, Alci bíades m arcaba la p au ta en todo, pero pronto tuvo que h u ir de la ciudad, que lo condenó a m uerte; al cabo de varios años, regresó como salvador, entre honores y ho m enajes, para ser exiliado de nuevo por una decisión política, en una aldea de la Alta Frigia donde acabó ase sinado. Siguiendo su trayectoria, pasam os de un a ciu dad a otra, de Sicilia a Lidia, y de un proyecto a otro, acom pañados de la pertinaz piedra de escándalo que sus amores e insolencias ponen en su carrera.
Esta vida de aventuras no se desarrolla en un am biente norm al. La guerra del Peloponeso, en la que él desempeñó un papel decisivo, fue uno de los principales puntos de inflexión de la historia griega: empezó cu an do Atenas estaba en la cúspide de su poderío y de su es plendor y term inó en una derrota aplastante: Atenas per dió su im perio y su flota, y aquí acabó el siglo de los grandes trágicos y de la gloria. Pues bien, Alcibíades in fluyó en todas las decisiones, tanto en un bando como en el otro; le cabe, pues, u n a responsabilidad innegable
en el desaguisado. Por otra parte, m urió el m ism o año de la derrota de Atenas. Desde todos los puntos de \4sta, su aventura personal pasa p o r los m om entos cruciales de la historia de Atenas. Por esta m ism a razón, su figura cen tró la atención de los m ás grandes espíritus de la época, a los que movió a la reflexión. N ada más em pe zar, hem os m encionado a Pericles y a Sócrates: el que dio su nom bre al siglo y el fundador de la filosofía occi dental, ¡casi nada! Pero pueden agregarse otros m uchos nom bres. Alcibiades es uno de los personajes de Tucídi des, el gran historiador de la época. Platón lo m enciona con frecuencia. Aparece en los escritos de Jenofonte, tan to en las obras históricas como en sus recuerdos de Sócrates. Otros, como Aristófanes o Eurípides, hacen alu siones o transposiciones del personaje y otros, como Iso crates y Lisias, disertaron sobre su trayectoria y su ca rácter inm ediatam ente después de su m uerte.
En efecto, existía el problem a de Alcibiades. Porque este pupilo de Pericles parecía h ab er seguido en política el rum bo opuesto al de su m aestro. Y, durante veinticin co años, se observó que este cam bio de rum bo coincidía con la ru in a de Atenas. ¿Existía alguna relación? ¿En qué consistía? ¿Se trataba, sim plem ente, del relevo ge neracional, cuestión de personas y tem peram entos? ¿Ha bía que ver en ello una degeneración m ás am plia del sentido cívico y de la m oral en los com portam ientos po líticos? ¿Y esta decadencia era señal o era causa de una crisis de la dem ocracia y de su funcionam iento? Si, tal como sugiere la visión del m om ento, esta últim a hipóte sis es la válida, la cuestión nos interesa sobrem anera, e interesa a todo el que defienda la idea de dem ocracia.
Podem os añadir, incluso, que la vida de Alcibiades planteó en el siglo v dos problem as de política que hoy siguen siendo de actualidad.
En prim er lugar, Alcibiades encarna el im perialism o ateniense en su form a extrem a y conquistadora, y en las im prudencias que provocaron su caída. Este personaje, que ilum inan los análisis de Tucídides, nos permite, pues, hacer unas reflexiones sobre el espíritu de conquista.
am bición personal al interés com ún. En esto es expo nente del análisis de Tucídides que m uestra cómo los sucesores de Pericles, incapaces de im ponerse por m éri tos como hiciera él, se vieron reducidos a la necesidad de halagar al pueblo y recu rrir a las intrigas personales, nefastas para la colectividad. Así pues, toda reflexión so bre los problem as de la dem ocracia en general gana con el examen de las rocam bolescas aventuras de Alcibíades, que ilum inan los análisis de Tucídides y de los filósofos del siglo IV.
Alcibíades es u n caso único y extraordinario, pero tam bién es un ejemplo típico que a cada instante puede servirnos de modelo.
Por ello, sin duda, descubrim os tanto parecido con la actualidad de nuestro tiem po. En la vida de Alcibíades encontram os am bición y lucha p o r el poder; en co n tram os victorias deportivas que tan to contribuyen a la popularidad de los cam peones, pero que acarrean p ro cesos de índole financiera. E ncontram os «casos» en los que, de la noche a la m añana, aparecen com prom etidos todos los grandes. Encontram os virajes de la opinión pú blica en uno u otro sentido. En algunos m om entos, te nem os la im presión de que el célebre texto en el que Tucídides com para a Pericles con sus sucesores podría aplicarse al general De Gaulle y los suyos.
Sin duda, hay que guardarse de las com paraciones, que siempre son odiosas, pero uno siente que se le aviva el interés por esta vida de Alcibíades al descubrir que se sitúa en una crisis que nos la hace sentir muy próxima.
Por ello se me ocurrió escribir este libro.
A Alcibíades lo conozco desde siempre. Es imposible dedicarse durante toda la vida al siglo v ateniense, como he hecho yo, sin tropezarse con él a cada paso. Es im posible dedicar años a Tucídides y al im perialism o ate niense sin cobrar afecto p o r el que fue uno de los gran des personajes de Tucídides y uno de los hom bres que dio al im perialism o ateniense su form a más ambiciosa. Por añadidura, fui alum na de Jean Hatzfeld en la École des Hautes Études cuando, año tras año, él trabajaba en desenm arañar, para dos o tres alum nos ya especializa
dos, cada uno de los grandes procesos de la época. Aque llo era erudición. Y, duran te dos o tres años, consagré mis cursos en la École N orm ale Supérieure de Sèvres, a la explicación de textos sobre Alcibiades. ¡Siempre Al cibiades! A pesar de todo, nunca m e hubiera puesto a escribir este libro de no ser porque un día, casi por sor p resa y con una fuerte im presión, no hubiera reparado en que aquellos textos resp irab an actualidad. Antes de una hora ya estaba escribiendo.
Estas diversas circunstancias explican el tono adop tado en este libro.
E n prim er lugar, no es una biografía novelada. No se en co n trará en él ni una sola p alab ra puesta en boca de un personaje que no esté contrastada por los textos ori ginales. Ni se encontrarán diálogos, escenas reconstrui das ni monólogos interiores de nadie. Es el libro de una helenista form ada en el respeto a las fuentes y al rigor crítico. Me parece que, al citar y al decir a quién cito, pongo en lo que digo un sello de autenticidad. Además, adm iro estos textos; me gusta citarlos, no sólo a título de garantía, sino por placer, por pu ra adm iración y porque se valora su sutileza y su profundidad. Con frecuencia, tam bién, dejo hablar a Plutarco, a Tucídides o a Platón. Q uizá sorprendan ciertas peculiaridades de su estilo, pero estos textos aportan la m arca de la autenticidad; porque no podem os conocer la verdad sobre Alcibiades m ás que a través de ellos.
Incluso señalo los problem as que se plantean, las di vergencias que se aprecian entre los textos y las inquie tudes que éstos han suscitado en algunos especialistas. Esto form a parte de la investigación de la verdad. Y me ha parecido que, a veces, para nosotros, la aventura de la investigación agregaba interés a la aventura política, la de Alcibiades.
Vaya, dirán algunos, ¿un libro «de griegos» destina do a los helenistas? Pues tampoco.
yo he escrito este libro p ara los que no lo conocen o lo conocen mal, y he tom ado m uchas precauciones para no cansarlos.
He seleccionado, podado y simplificado.
Ante todo, he suprim ido todas las discusiones de deta lle que no interesan más que a los eruditos, que se encon trarán fácilmente en los libros especializados. He supri mido tam bién un buen núm ero de nom bres propios. Por la lectura de las novelas rusas sé lo m ucho que se pres tan a confusión los nom bres propios que no nos son fa miliares. Además, crean la im presión de un tecnicism o m uy desalentador. Por lo tanto, con frecuencia digo «un adversario», «el general lacedemonio» o «un allegado de Alcibíades» en lugar de nom brarlos, a pesar de que sus nom bres me son fam iliares, como lo son a m uchos he lenistas. También este dato podrá verificarlo o comple tarlo fácilm ente quien lo desee. Espero que estas om i siones agilicen la lectura.
Por el contrario, he procurado no m encionar institu ciones ni situaciones políticas sin explicar sucintam ente lo que eran (ya se trate de funciones como la del estra tego, de usos como el del ostracism o u otros datos cuyo nom bre conocemos pero no quizá su exacta naturaleza).
Si esta obra tiene el inconveniente de ser un libro de u n profesor, que tenga p o r lo m enos la ventaja de d ar a conocer, a propósito de este personaje singular, cier to núm ero de textos y realidades de la civilización a la que perteneció. Ello d ará m ayor relieve a las reflexio nes que pueda inspirarnos.
Es costum bre que el au to r de u n a biografía cite las fuentes en las que se inspira. Puesto que aquí se trata de textos griegos y de nom bres que cito con frecuencia, deseo, para terminar, d ar u n a lista de los autores en que me he inspirado y la relación que m antienen con Alci bíades.
En prim er lugar, entre los historiadores, tenemos, por orden cronológico, a los siguientes:
Tu c í d i d e s, que tenía unos veinte años más que Al
cibiades y lo conoció personalm ente. Escribió la his toria de la guerra del Peloponeso y conoció su final, en el 404, pero se detiene en el 411. Alcibiades aparece en su o b ra desde el libro V h a sta el final, es decir, del año 420 al 411.
Je n o f o n t e era más joven. Escribió la continuación de
la h isto ria que Tucídides dejó inacabada. Se titula Las
Helénicas. Alcibiades aparece entre los años 411 y 404.
También habla de Alcibiades en sus recuerdos de Sócra tes, en Los Memorables.
Con Di o d o r o d e Sic il ia saltam os varios siglos: nació
en el 90 a.C. Escribió u na gran obra de síntesis titulada
Biblioteca histórica, cuyo interés p o r lo que respecta a
Alcibiades reside en que el au to r se inspiró en Éforo, un historiador del siglo iv a.C., cuya obra se ha perdido.
Pl u t a r c o se sitúa en el siglo i d.C. Para sus Vidas pa
ralelas consultó num erosas fuentes. Existe u na Vida de Alcibiades,' valiosísima, que se completa con la Vida de Li sandro (el lacedemonio que venció a Alcibiades).
Co r n e l i o Ne p o t e es un h isto ria d o r latino del si
glo i d.C., au to r de Vidas de hom bres ilustres. Su tes tim onio puede valer todavía ocasionalm ente.
E ntre los filósofos, citam os, adem ás de Jenofonte, a
Pl a t ó n. Pudo conocer a Alcibiades, aunque era bastante
m ás joven (más de veinte años). Lo m enciona o lo pone en escena en num erosos diálogos, principalm ente en el
Alcibiades mayor y en El Banquete.
Los diversos discípulos de Sócrates, m enos conoci dos, se citan en el capítulo XII.
Finalm ente los oradores que intervienen aquí son los siguientes:
An d ó c i d e s, algo más joven que Alcibiades. Interviene
sobre todo porque desempeñó un papel im portante en los asuntos que provocaron el exilio de Alcibiades. N arra los hechos en su discurso Sobre su regreso. Un discurso apócrifo se refiere al ostracism o que implicó a Alcibia des; se titula Contra Alcibiades, y no es más que un ejer cicio literario con una retahila de críticas más o menos gratuitas.2
Is o c r a t e s, m aestro de retórica y au to r de discursos
no pronunciados en los que da consejos políticos. Tam bién pudo conocer a Alcibiades. Tenía, aproxim adam en te, quince años menos. Escribió un alegato en favor del hijo de Alcibiades, en el que hace el elogio del padre.
Li s i a s era un poco más joven que Alcibiades, pero no
escribió hasta después de la m uerte de éste. En su obra encontram os dos discursos Contra Alcibiades, el XIV y el XV, en los que la em prende con el hijo de Alcibiades. En el prim ero, ataca tam bién al padre. Su autenticidad es discutida, pero hay quienes la adm iten.
De todos estos autores, sólo los historiadores Dio doro, Plutarco y Cornelio Nepote no pudieron conocer a Alcibiades. Pero incluso éstos pudieron, directa o in directam ente, nutrirse de testim onios contem poráneos au tén tico s3 perdidos en el naufragio de tantos textos.
No citaré aquí, ju n to a estas fuentes, las obras m o dernas sobre Alcibiades. Si procede, aparecerán en las notas. Pero deseo mencionar, por lo menos, la gran obra, m uy precisa, de Jean Hatzfeld titulada Alcibiades, publica da en 1940 por las Presses Universitaires de France. Des de entonces ha habido diversas ediciones, en distintas lenguas.4 Por lo que se refiere a las discusiones, éstas se han centrado con frecuencia en cuestiones de detalle, como cuando los eruditos polem izan sobre si Alcibiades dejó em barazada o no a la esposa del rey de Esparta, cuestiones que no siempre son fáciles de resolver, incluso sin el obstáculo de una pantalla de veinticinco siglos. Más provechosos son los com entarios sobre los autores, em pe zando p o r el gran com entario histórico a Tucídides, en cinco grandes volúmenes, en inglés, editado en Oxford de 1945 a 1981, obra em pezada p o r A. W. Gomme y ter m inada por A. Andrewes y K. Dover.5
Además, en el caso del personaje histórico que fue Alcibiades, la brillantez de los textos literarios hace que se vuelva sobre él un a y o tra vez. Porque ellos son los que dan a Alcibiades su relieve inm arcesible y nos ayu dan a ver en él un significado que lo sitúa en nuestro tiempo.
I
TODOS LOS DONES, TODOS LOS MEDIOS...
No es necesario presentar a Alcibíades : Platón se en cargó de hacerlo en páginas inolvidable. En El Banquete imaginó una reunión de hom bres em inentes que, alrede d o r de una mesa, hablan del amor. Son unos cuantos. Hablan, escuchan, el diálogo progresa. Pero, avanzada la discusión, llega, m ucho después que los otros, un últi mo personaje. Su entrada se ha dem orado hasta el final, p a ra m ayor efecto, y súbitam ente todo se anim a. Sue n an golpes en la puerta acom pañados de algazara y del sonido de una flauta. ¿Quién llega tan tarde? Es Alcibía des, com pletam ente ebrio, sostenido por la flautista.
«Allí estaba, en el um bral de la sala, llevaba una guir nalda de violetas y hiedra con num erosas cintas» (212 e). Todos le saludan y se instala al lado del dueño de la casa. Al otro lado está Sócrates, al que en un principio no ve el recién llegado. Luego en tran en conversación el joven coronado de hiedra y el filósofo: a p artir de este m om ento el diálogo se desarrolla entre los dos.
Triunfal y espectacular es la entrada en escena del per sonaje, y en ella está contenida ya, en germen, toda su seducción y tam bién todos sus defectos, m ás o m enos escandalosos.
Se le aclama, se le da la bienvenida; ¿por qué? Todos los presentes en el banquete lo saben; pero, veinticinco siglos después es necesario puntualizar. En realidad, el recién llegado lo tiene todo.
Belleza
Su prim er atributo salta a la vista: Alcibiades es be llo, excepcionalm ente bello. Lo dicen todos los autores que evocan los asedios am orosos de que fue objeto. Es el rasgo que Jenofonte señala en p rim er lugar en Los
Memorables, afirm ando, con su candor característico,
que «a causa de su belleza, Alcibiades era perseguido p o r m uchas dam as de renom bre».1 Se le llam aba no r m alm ente «el bello Alcibiades». Al principio del Protá-
goras de Platón, cuando se hace burla de la adm iración
que le tiene Sócrates y se le encuentra un tanto indife rente, se le pregunta: «¿Qué cosa extraordinaria h a po dido ocurriros a vosotros dos? Supongo que no habrás conocido en Atenas a nadie m ás bello que él?» No había hom bre más bello: sólo podía existir u na belleza distin ta de la belleza física, y éste es el significado de la res p u esta que da Sócrates, que dice que él ha conocido a Protágoras, el m ás sabio de todos los hom bres del m o m ento. Es ésta una distinción sobre la que volverá con frecuencia.2
Ahora bien, hay que recordar que en aquel tiem po la belleza era un mérito, abiertam ente reconocido y celebra do. La belleza, com binada con las cualidades morales, constituía el ideal del hom bre cabal, kalós kaiagathós. También podía suscitar adm iraciones m enos virtuosas, que no se disim ulaban, como atestiguan las pinturas de los vasos en los que, p ara celeb rar a algún efebo, no se em plea más térm ino que el de «bello». A veces, en las crónicas costum bristas de la época encontram os la evo cación casi lírica del embeleso que inspiraba la belleza de uno u otro mancebo. Así se ve en El Banquete de Je nofonte, en el que el tem a aparece varias veces, y, muy especialm ente, en el fervor con que el joven Critóbulo celebra su propia belleza y la de su amigo Clinias: «Yo aceptaría ser ciego para todas las cosas, antes que serlo sólo para Clinias.»3 Este joven Clinias era prim o herm a no de Alcibiades.
Volviendo a nuestro héroe, nos gustaría contem plar aquella belleza suya, pero tenem os que contentarnos con
im aginar su perfección po r las reacciones de sus con temporáneos. No hay descripciones físicas de Alcibíades, ni poseemos de él una imagen auténtica. Se nos dice4 que, después de sus victorias en los grandes Juegos, se hizo p in tar en el m om ento de recibir la gran corona, pero los dos cuadros se han perdido. Existieron varias estatuas en las que se le veía conducir una cuadriga, pero eran muy posteriores. De m odo que cada cual puede im aginar el rostro más puro y la figura más gallarda: ése será él.
Sabemos, sí, que su belleza iba acom pañada de do naire y del arte de la seducción. Plutarco se adm ira de ello desde el comienzo m ismo de su biografía: «En cuan to a la belleza de Alcibíades, no hay más que decir sino que floreciendo la de su sem blante en toda edad y tiem po, de niño, de adolescente, de hom bre adulto, le hizo siem pre am able y gracioso. Pues lo que dijo Eurípides, que en los que son herm osos es tam bién herm oso el oto ño, no es así. Este fue el privilegio de Alcibíades y de algunos otros. El se lo debe a un buen natural y a una excelente constitución física. En cuanto a su form a de hablar, se dice que hasta su defecto de pronunciación le agraciaba y prestaba a su lenguaje un encanto que con tribuía a la persuasión.»
Sabía engatusar, incluso a los que le habían ofendi do. Otro bello pasaje de Plutarco nos lo m uestra sedu ciendo a un sátrapa persa hasta conseguir moverlo a su antojo.5
El no podía ser ajeno a este poder de seducción, y se com placía ejerciéndolo. Una anécdota: aunque el peque ño Alcibíades aprendía todo lo que tenía que saber un joven de buena familia, se dice que se negó a aprender a tocar la flauta: porque deform aba la cara y estorbaba la buena pronunciación. Cuentan las crónicas que la in dignada negativa del niño fue tan celebrada, que la flau ta se suprim ió del program a de estudios libres.
El joven Alcibíades, presuntuoso y provocativo, se pa seaba por el ágora con túnica de p ú rpura que le llegaba hasta el suelo. E ra la vedette, el niño m im ado de Atenas, al que todo se le perm ite y se le ríen todas las gracias.
sotros un poco lo que aquel apuesto joven era para Ate nas, con la particularidad de que en aquella pequeña ciudad todos lo tratab an y conocían.
Nobleza
Lo conocían porque no era un cualquiera, ni m ucho menos. Alcibiades pertenecía a u n a fam ilia de las más nobles, lo que no era poco, ni siq u iera en la dem ocra cia igualitaria que entonces im peraba en Atenas. A m e diados del siglo V a.C., las grandes fam ilias gozaban
todavía de renom bre y au to rid a d considerables. Pues bien, Alcibiades descendía de las dos familias más aris tocráticas. Clinias, su padre, pertenecía a la fam ilia de los eupátridas, que, según la tradición, se rem ontaba al héroe Áyax, y uno de sus m iem bros, llam ado tam bién Alcibiades, estaba asociado p o líticam en te a Clístenes, fundador de la dem ocracia ateniense. También Clinias, por su m atrim onio, entró a form ar p arte de la familia de Clístenes, la más célebre de Atenas, la de los alcmeóni- das. Se casó con la hija de un tal Megacles, u n político im portante, objeto de ostracism o, m edida destinada a ap a rta r a un personaje que adquiría excesiva preem i nencia. ¿Y eso es todo? ¡Ni m ucho menos! El abuelo de Megacles era herm ano de la m adre de Pericles, el que durante tanto tiem po perm anecería a la cabeza de la de- m oci'acia ateniense y daría su nom bre al siglo.6 ¡Cuán tos títulos y cuánta gloria! Los periódicos de hoy, que con tanto em peño siguen las peripecias de princesas y herederos de grandes títulos, pueden darnos una idea de la im portancia que se daba, en plena dem ocracia, a una ascendencia semejante, que constituía un a baza precio sa y una formación m uy útil para la vida política.
Pero, para Alcibiades, estos brillantes orígenes no lo eran todo: a la m uerte de su padre, que tuvo lugar en el 447, Alcibiades, niño todavía, fue adoptado por su tutor, que no era otro que Pericles. Im posible llegar m ás alto.
Todos estos grandes nom bres form an como una bri llante aureola en torno a Alcibiades.
¡Y cuánta promesa! Porque po r todas partes encon tram os alrededor de él a hom bres habituados a regir la política ateniense, hom bres pertenecientes a la alta aris tocracia que, en m uchos casos, h ab ían prom ovido la democracia. Imposible im aginar m ejor patrim onio para encam inar a un joven hacia la política.
Esta ascendencia ilustre podía ayudarle, incluso, fue ra de Atenas. Porque las familias de tanto abolengo se re lacionaban con otras ciudades. A veces, vínculos oficia les. Alguno de estos personajes era nom brado proxeno en una ciudad extranjera —es decir, encargado de prote ger sus intereses y los de sus com patriotas, algo así como los cónsules de nuestro tiem po—, con la particularidad de que esta actividad no los convertía en funcionarios. En otros casos, podía tratarse de relaciones de hospitali dad que, en el siglo v, conservaban el valor de una fuerte obligación. Otras veces las relaciones podían ser p er sonales, como las que en el m undo m oderno unen a los aristócratas o a los grandes em presarios con sus hom ó logos extranjeros. Alcibíades, p o r su familia, tenía m u chos vínculos de este tipo. Por ejemplo, en el m om ento en que Atenas concertó la paz con Esparta, en el 421, Al cibíades se ofende porque los lacedem onios no han solicitado su m ediación ni le h an otorgado, dice Tucídi des, una consideración a la altu ra de la antigua proxe- nia; porque, aunque su abuelo había renunciado a ella, él tenía el propósito de restablecerla, ocupándose de los prisioneros lacedemonios (V, 43, 2). Y es que no se tra taba de relaciones insignificantes. El abuelo, Alcibíades el Viejo, había renunciado a sus funciones con motivo de unos incidentes surgidos entre Esparta y Atenas. Pero uno de los personajes m ás im portantes de E sparta —en el que Alcibíades se apoyará con fuerza, un tal Endios— era hijo de un Alcibíades. Este Endios acogería en Es p arta a Alcibíades más tarde, durante su exilio.
¡Y, casi en todas partes, lo mismo! Cuando piensa en volverse a Argos, Alcibíades envía un «mensaje privado». La historia nos dice quiénes eran «los anfitriones que Alcibíades tenía en Argos», pero tam bién descubrim os que «tenía vínculos con los m ás preem inentes melinos».7
La política extranjera se hace con frecuencia a golpe de relaciones personales, y la familia de Alcibiades no care cía de ellas...
La familia de Alcibiades no carecía de nada.
Riqueza
Efectivam ente —y esto tam b ién cuenta, qué duda cabe— un a y otra ram a eran gente rica. Del lado p ater no, destaca un Clinias, que equipó de su peculio un a nave de guerra. Del lado de los alcm eónidas, se sabe que, después de h ab er sufrido el exilio a consecuencia de un sacrilegio, se aliaron a los sacerdotes de Delfos y contribuyeron generosam ente a la reconstrucción del santuario. Pericles poseía sin du d a im portantes bienes: al principio de la guerra del Peloponeso, el rey de Es parta, que m andaba las tropas encargadas de invadir y saquear el Atica, tal vez tuviera intención de respetar las tierras de Pericles, puesto que entre ellos existían lazos de hospitalidad, pero sem ejante excepción hubiera sus citado suspicacias co n tra Pericles, p o r lo que éste se adelantó a la m aniobra declarando que, si tal cosa su cedía, h aría donación a la ciudad «de sus tierras y pro piedades».
Alcibiades se encontró, pues, en la cuna, valga la ex presión, todo lo que el dinero puede a p o rtar p ara una carrera, desde una brillante educación al lado de los m e jores intelectos, hasta los diversos m edios de acción que el éxito pueda requerir en cualquier dem ocracia.
Pero Alcibiades no se conform ó con este patrim onio heredado. Cuando llega el m om ento de contraer m atri m onio (el año 422), ¿con quién se casa? Con una hija de Hipónico, quien, a su vez, pertenecía a una familia im portante, célebre sobre todo p o r su riqueza. Cada vez que se m enciona a un m iem bro de esta familia, se dice «el rico Hipónico», «el rico Calías». Es en casa del «rico Calías» (cuñado de Alcibiades, por tanto) donde tuvo lu gar el diálogo de Platón titulado Protágoras. Y es que, gracias a su riqueza, Calías podía recibir y agasajar en su
casa a todos los sofistas con que se topaba: Protágoras, Hipias, Prodico y, en torno a ellos, a todos los hom bres de m oda que iban a escucharlos; Platón nom bra a u na docena. Por cierto, entre ellos figura Alcibiades. En rea lidad, no salimos del m ism o círculo: la esposa de Peri cles había estado casada antes con H ipónico y era m a dre de Calías. En la antigua Atenas, en seguida tienes la im presión de encontrarte en terreno conocido, porque es un m undo muy restringido. Lo m ism o podría decirse de la aristocracia en general. Y es que ésta conservaba u n papel privilegiado en la ciudad dem ocrática por ex celencia.
No obstante, hay que ab rir un paréntesis a propósito de la riqueza de Alcibiades. Porque era tanto lo que gas taba que siem pre estaba falto de dinero. Poseía un a lu josa cuadra de caballos de carreras. Y tenía a gala m os trarse pródigo con el pueblo. Asumía el cargo de trierarca y la función de corega. Aún se hablaría de ello en el si glo siguiente, y Plutarco cita «sus donaciones al Estado, sus coros, su m unificencia sin igual p ara con la ciu dad».8 Aparte de otros rasgos de generosidad. Se cuenta que Fedón —el filósofo que da nom bre a un diálogo de Platón— había sido capturado y vendido como esclavo, y que Sócrates hizo que Alcibiades lo rescatara. Esto, se gún ciertas tradiciones.9 N uestro hom bre, como buen g ran señor, gustaba de los grandes gestos tanto como del fasto.
No falta quien haya dicho que, en sus m om entos de opulencia, gastaba dem asiado. Lo m ism o sucede en to das las épocas. Y es posible que en su conducta influyera el afán de consolidar sus finanzas. El m ismo Tucídides, tan sobrio él, lo dice así: «Sus gustos le hacían ir más allá de lo que le perm itían sus recursos, tanto en el m an tenim iento de su cuadra de caballos como en sus otros gastos» (VI, 15, 3).
Pero tam bién se han exagerado las dificultades oca sionadas por esta tendencia a la prodigalidad. D urante su exilio, se hizo una venta pública de sus bienes, que habían sido confiscados. Se han encontrado fragmentos del acta de venta, grabada en piedra. En un principio se
creyó que era muy poco lo que había. Por lo tanto, se podía pensar que se había arruinado, o que había podi do m an d ar retirar en secreto algunos bienes antes del em bargo (esto ocurre aún en nuestros días, como es bien sabido). Pero han aparecido m ás fragm entos, y pode mos estar tranquilos: en ellos figuran camas, cobertores, mantos, cofres, etcétera.10 Y podem os seguir tranquilos: la ciudad le com pensaría por esta venta ofreciéndole una corona de oro y una finca. Aunque hubiera dilapidado sus bienes, Alcibíades nunca fue pobre.
Era, como puede verse, un príncipe.
Ahora bien, conviene puntualizar lo que esto significa ba. Durante m ucho tiempo, la política ateniense había es tado en m anos de esta clase aristocrática y culta. Ahora estaba escapando de ella y m uchos atenienses lo lam en taban. Se habían am pliado los derechos dem ocráticos y se había im plantado un m ínim o de enseñanza general: nuevas clases sociales adquirían im portancia. M ientras vivió Pericles todo iba bien; pero, a su m uerte, la auto ridad pasó a Cleón, un rico curtidor, de quien todos los autores señalan su ordinariez, brutalidad e incultura. Al parecer, en toda dem ocracia las gentes sencillas son pro pensas a sentirse atraídas po r u n a vulgaridad que les pa rece familiar y estimulante. En cualquier caso, cinco años después de la m uerte de Pericles, A ristófanes escribió una com edia en la que denuncia este reino de m ercade res. Los servidores de Demos, el Pueblo, se rem iten a un oráculo inventado, según el cual al frente de la ciudad había un com erciante de estopas, después un tratante de corderos y, al fin, llegaría un individuo todavía más vil, un com erciante de m orcillas (Los caballeros, 126-145). N aturalm ente, éste no es hom bre instruido, ni m ucho menos: «Me sé las letras, aunque, en verdad, bien poco y bien mal. —Tu único fallo es saberlas, ni que sea “bien poco y bien m al”. Conducir al pueblo no es tarea de un hom bre instruido y de buenas costum bres, sino de un ignorante, de un pillo» (188-194). No nos extenderemos sobre este cambio social que siem pre am enaza con aca
rrear, como ocurrió en Atenas, el desarrollo de una dem a gogia desastrosa. El m al ha sido denunciado por todos, desde los cómicos y los trágicos al análisis de Tucídides y de Aristóteles. Im porta recordarlo, ya que así se com prende la su p erio rid ad de que gozaba, frente a estos nuevos demagogos, el joven descendiente de las grandes familias, con su elegancia, su clase y su seducción. H u biera debido ser p ara Atenas un nuevo Pericles.
Porque ha llegado el m om ento de decirlo: los privile gios de Alcibiades no acababan en los bienes m ateriales ni en los medios de orden práctico. Poseía tam bién todo lo demás.
Superioridad intelectual
¡Imaginaos tan sólo la form ación del joven Alcibia des, pupilo de Pericles! Desde su infancia estaba hab i tuado a oír hablar de política a personas com petentes. A su lado, su intelecto se había aguzado. De niño y de adolescente, conoció en casa de Pericles a las m entes m ás ilustres de la época. Sin duda aprendió retórica, ya que su tu to r era amigo de los grandes sofistas. Sabemos adem ás el afecto que siem pre le dem ostró Sócrates. Con tales m aestros y tales ejemplos, ¿cómo no iba a desarro llarse la brillante inteligencia p o r la que se habían dis tinguido tantos miem bros de su familia?
Por otra parte, es evidente que nadie cuestionó su vi sión política ni su am plitud de m iras. Tucídides, que no hace del personaje un elogio sin ponerle pegas, dice que la ciudad, al privarse de él, perdió m ucho, porque él había «tomado las m ejores disposiciones relativas a la guerra»." Y frente a un a dificultad Alcibiades sabía im a ginar en seguida, en cada caso, la solución, la com bina ción, las medidas a adoptar.
También era persuasivo. ¡Y qué m aestría la suya! Sa bía convencer a la m ultitud con su elocuencia y sabía convencer tam bién al individuo, m ezclando sus arg u m entos con prom esas y seducción. Incluso autoridades en la m ateria como Demóstenes o Teofrasto dicen que
ha-biaba adm irablem ente. Teofrasto precisaba, según Plu tarco (10, 4), que Alcibiades era <de todos los hom bres el m ás capaz de encontrar y de im aginar lo que conve nía en cada circunstancia»; a veces, se interrum pía, en su esfuerzo por hallar la p alab ra ju sta (un leve defecto de pronunciación incluso añadía encanto a su habla...). E n resum en, Alcibiades ab o rd ab a la p olítica con u na superioridad social acom pañada de una superioridad in telectual indiscutible. Y es que, en realidad, la una ayu daba a la otra.
N ada m ás esbozar su retrato, resulta evidente que todo lo supeditaba a la política. Tenía los medios y las dotes. Tenía tam bién la vocación. A costum brado como estaba desde su juventud a ser el prim ero en todo, ansia b a apasionadam ente desem peñar un papel político. Así lo vemos en los diálogos de Platón en los que aparece y, m uy especialm ente, en el titu lad o Alcibiades (llam ado tam bién Alcibiades mayor, para distinguirlo de otro diálo go que lleva el m ism o título). Más adelante volveremos sobre el Alcibiades.'1 Pero im p o rta reten er desde ahora la im agen de esta am bición que im pulsa al joven hacia el éxito político y que Sócrates evoca con brillantez: «¿Cuál es, pues, la esperanza que te hace vivir? Piensas que si, un día, tom as la palabra ante el pueblo —y cuen tas con hacerlo m uy pro n to — convencerás a los ate nienses, de inm ediato, de que m ereces m ás considera ción que Pericles y que todos los que fueron antes que él, y te dices que, a p a rtir de ese m om ento, serás todo poderoso en esta ciudad. Y, si eres poderoso aquí, lo serás tam bién en tierras de los otros griegos; pero, ¿qué digo?, no sólo de los griegos sino tam bién de los b árb a ros que habitan el m ism o continente que nosotros...» (105 a-c). N aturalm ente estas am biciones no se lim itan siquiera a un continente: la verdadera am bición no tie ne límite. Y el texto dice bien a las claras la fuerza que lo anim a.
Es u na fuerza que, muy pronto, lo em pujará a la ac ción. Lo encontram os, prim ero, en la guerra —¡también poseía el valor!— y a no ta rd a r h a rá su aparición en la
política y desem peñará las m ás altas funciones en cuan to la edad se lo perm ita.
Pero hemos encontrado ya en dos ocasiones el nom bre de Sócrates. Y, en este cuadro de los privilegios de toda clase que le concedieron al joven Alcibíades, sería m ucho sim plificar si om itim os este privilegio excepcio nal, que no le viene de fam ilia ni puede asim ilarse a los otros: su apertura al ideal filosófico y a la influencia de Sócrates.
La amistad de Sócrates
Desde luego, la am istad entre el joven y el filósofo se desprende ya del diálogo de Platón que abre este capí tulo, El Banquete, y todos, diálogos y biografías, la con firm an. Es un a realidad, Sócrates quería a Alcibíades y Alcibíades quería a Sócrates. Aun dejando aparte, por el m om ento, el aspecto erótico de esa relación, ésta deno ta que el joven, por lo m enos durante un tiempo o a in tervalos, estaba profundam ente com penetrado con aquel otro ideal que encarnaba Sócrates, el deseo de seguirle p o r el camino del bien, una cualidad excepcional para la com prensión y la adm iración. Al fin y al cabo, a él, el discípulo fallido, confió Platón, a posteriori, la m isión de hacer el retrato de su m aestro.13
Efectivamente, el apuesto joven de El Banquete entra y se instala al lado del anfitrión. Entonces, estupefac to e intimidado, descubre que el com ensal de al lado es Sócrates. Intercam bian frases galantes. Alcibíades se in form a de qué hablan los com ensales y decide hacer el elogio de Sócrates. Em pieza inm ediatam ente y traza las famosas imágenes relativas a Sócrates que han conmovi do a generaciones y generaciones de lectores. No hay en todo Platón texto m ás personal ni m ás profundo acerca del maestro.
En otras palabras, Alcibíades era capaz de describir de form a vivida la personalidad de Sócrates. Y, a juzgar po r lo que dice, era capaz de sentirse conmovido, em o cionado e inspirado p o r ella.
Em pieza por com pararlo a las estatuas de los sile- nos. Al igual que el sileno, pero sin la flauta, Sócrates encanta a quienes le escuchan. Y Alcibiades describe el efecto de sus palabras: quienquiera que sea el oyente o el que repite sus frases «el influjo que causan en noso tros nos estremece y nos sentim os poseídos po r ellas».14 Después precisa, hablando sólo en nom bre propio: «Por que, cuando le escucho m i corazón late con m ás fuerza que el de los coribantes en sus transportes, sus palabras me hacen brotar lágrimas, y veo a una m ultitud experi m entar las mismas emociones.» Después de oír a Sócra tes, «no me parece posible vivir com portándom e como me comporto [...]. Él me obliga a confesarm e a mí m is mo que, cuando tantas cosas me faltan, persisto en no preocuparm e sólo de m í sino a intervenir en los asuntos de Atenas».
Sócrates es, en fin, como las estatuillas de los silenos porque, en su interior, él adivina un a sabiduría más pre ciosa que cuanto pueda haber en el m undo: «Cuando se pone a hablar en serio y el sileno se entreabre, ¿ha visto alguien alguna vez las figuritas que hay en su interior? No lo sé. Yo las he visto, y me han parecido tan divinas, de una sustancia tan preciosa, de u na belleza total y tan extraordinaria, que no hubiera podido sino entregarm e con todo mi em peño a h acer al m om ento todo lo que Sócrates me ordenara.»
Sigue un elogio extenso de la tem planza de Sócra tes,15 de su independencia respecto de las cosas externas, y de su valor.
El elogio describe adm irablem ente a Sócrates; pero, por lo mismo, retrata al propio Alcibiades. Nos lo m ues tra vibrante por la evocación de un ideal m oral, conm o vido por la idea del bien, dispuesto a cam biar de vida, el más sensible, más estrem ecido, m ás apasionado de los discípulos.
Porque el joven ebrio del principio tam bién podía em briagarse de exaltación ante el descubrim iento del bien: «Yo las he visto...»
Es un herm oso regalo el que le hizo Platón. Ninguno de los que habían hablado antes, ni ninguno de los dis
cípulos presentados en los otros diálogos, ha sido más regiam ente servido. Cualesquiera que fueran las razones de esta distinción, que no se explicarán sino al final de este libro, debemos ad m itir que reflejan u na relación real y una im presión vivida: Alcibiades hubiera podido someterse realm ente a un a influencia que tan poderosa seducción ejercía sobre él.
E n el capítulo siguiente volveremos sobre esta seduc ción y el contexto am oroso que sugiere; aquí, en un ca pítulo que se inicia con El Banquete de Platón, im porta sólo agregar esta otra cualidad, tan distinta de las otras, que revaloriza al personaje con nuevo esplendor. El jo ven que contem plam os al principio no era sólo el pro to tipo de una juventud dorada.
Pero la m ism a expresión «el joven» sugiere u n a úl tim a observación. En Alcibiades se piensa como en un joven. Y Platón tiene su parte de culpa en que este atri buto haya quedado unido a su persona para siem pre y acrecentado su encanto.
Juventud
Alcibiades nunca fue viejo: m urió antes de cum plir los cincuenta años. No obstante, cuando tiene lugar El
Banquete, ya no era joven. Nació entre el 452 y el 450. Al
em pezar la guerra del Peloponeso acababa de em anci parse de la tutela de Pericles. A p a rtir de entonces tiene su casa y sus esclavos. Pronto podrá asum ir responsabi lidades políticas. Pero el carácter del hom bre sigue sien do el de un adolescente brillante, audaz y un poco irres ponsable, y así se le im aginará siem pre. La escena de El
Banquete se ha situado en el 416: Alcibiades tiene, pues,
treinta y cinco años; pero aún se le trata como a un «amado» al que los hom bres persiguen con sus atencio nes 16 y como un niño m im ado que puede decir lo que se le antoje, porque se le perdona todo. En cierto modo, la im agen de este adolescente se ha proyectado en nues tras impresiones y se nos ha im puesto para siempre.
Él no conoció al joven Alcibíades. H abía entre uno y otro u na generación de diferencia. Pero la leyenda de Alci bíades dom inaba la im aginación. Y, en relación con Só crates, siem pre se le vio adolescente. Platón, que nunca fue m uy respetuoso con la cronología, así nos lo m ues tra, a expensas de la verosimilitud.
Pero es preciso agregar que Alcibíades, que poseía la belleza hasta ro n d ar la cincuentena, nunca vaciló en en carn ar a la juventud.
En cuanto la edad se lo perm itió, empezó a desem pe ñ ar su im portante papel en la política, haciendo bandera de su juventud. Precisam ente en el año 416, cuando, al oponerse a Nicias, es tachado de joven, reivindica p ara los jóvenes el derecho a hablar p ara d ar consejos útiles.
Esto ocurre durante el debate sobre la expedición a Sicilia. Nicias, que se opone a la expedición, ataca con virulencia al joven am bicioso que a sus ojos es Alcibía des. Nicias tiene poco m ás de cincuenta años y no se m uerde la lengua: «Porque si alguien, jubiloso de haber sido elegido para mandar, os aconseja la expedición, sin pensar m ás que en su propio beneficio, siendo como es aú n dem asiado joven para d eten tar el m ando...» Y ge neraliza: «A mí, el ver a esta juventud aquí reunida a la llam ada de este m ism o personaje, m e asusta; y a mi vez hago un llamamiento a los hom bres de edad...»17 Aquí, en la Atenas del siglo V, encontram os ya la oposición entre
«jóvenes» y «viejos» que tan fam iliar nos es. En el teatro hallam os tam bién m uchas alusiones al respecto. Eviden tem ente, era lo que llam aríam os un «fenómeno social». Pero Alcibíades no se deja intim idar. Es joven, sí. Cita sus éxitos y declara: «Ahora bien, esta política es mi ju ventud, es lo que en m í se ve como una locura contra na
tura y que, con las palabras adecuadas, creó contactos en
el seno del poder del Peloponeso, inspiró confianza por su vivacidad y se im puso. Que hoy no os asuste, pues, esta m ism a juventud...»18 Más adelante, vuelve sobre el m ism o tem a con desdén: «Que la inactividad que preco niza Nicias y sus discrepancias entre jóvenes y viejos no os aparten de la empresa. Aquí tenem os una buena tra dición: deliberando juntos jóvenes y viejos, nuestros p a
dres situaron nuestra política en el m ás alto nivel [...]. Juventud y vejez nada podrán la una sin la otra.»
Lo mismo que en El Banquete, la juventud sigue sien do el signo de este hom bre de trein ta y cinco años. Ju ventud que, en sus m anos, se convierte en un triunfo más, en un arm a de seducción de individuos y de m ulti tudes, en un nuevo m edio de atracción.
Lo tenía todo. Tenía demasiado. ¿Cómo no había de pen sar que estaba por encim a de los demás? Por lo tanto, re sulta un motivo de reflexión, perenne y clamoroso. Por que en todas las épocas ha habido jóvenes brillantes y privilegiados. Todos conocem os a jóvenes que cuentan con todas las ventajas posibles p ara abordar la política. Pero Alcibiades las tenía en grado superlativo. Su noble za, su encanto personal, su audacia no tienen parangón. Es más, su patria está en el apogeo de su poderío y de su cultura. Y su am bición no tiene límites. Por otra p a r te, el hom bre que pretende atraerle hacia el bien es el m aestro m ás estricto en sus exigencias de rigor y ju sti cia. La vida de Alcibiades tiene, pues, un valor modélico que la hace simbólica e inolvidable. En todas las épocas adquiere sentido. En la n u estra tam bién, y quizá más que en ninguna otra. Alcibiades, figura de la am bición individualista en un a dem ocracia en crisis, ilum ina con sus seducciones y sus escándalos nuestras propias crisis, a pesar de que pocos Alcibiades podemos distinguir en tre los políticos modernos.
En realidad, como en un a proyección esquem ática, vemos cómo su destino lo arrastra y arrastra tam bién a Atenas. Em pieza por los pequeños escándalos de un in dividualista insolente y continúa con las intrigas de una política audaz... hasta el día en que los escándalos re percutan sobre él con violencia. En u na dem ocracia, el escándalo es peligroso y siem pre lo ha sido.
Los escándalos de Alcibiades em pezaron pronto y lle garon lejos...
INSOLENCIAS Y ESCÁNDALOS
II
La juventud privilegiada nunca fue am iga del orden. Alcibiades tenía m uchos dones como p ara que no se le subieran los hum os a la cabeza: la insolencia era inhe rente en su talante y su situación la hacía casi obligada. E staba muy seguro de sí m ism o y no se dejaba frenar por cualquiera.
Ello im prim ía en su carácter rasgos que, si bien m e nos am enazadores para el futuro que su ambición, com binados con ésta, al principio, la fom entaron y, después, a fuerza de escándalos, la p erju d icaro n y la hicieron fracasar.
Porque Alcibiades no era en sus defectos más m ode rado que en sus m éritos. M ientras que de Alejandro se alaba el autodom inio, la discreción y la piedad, la pos teridad dedica a Alcibiades todo un rosario de superla tivos reprobadores. En un latín que ni siquiera hoy es necesario traducir, Cornelio Nepote lo declara «luxurio
sus, dissolutus, libidinosus, intem perans» (1, 1).
Nosotros no irem os tan lejos: el lector tendrá que conform arse con menos. Pero las anécdotas que recoge Plutarco bastan para revelar todo un carácter... con los peligros que eso supone.
Las cita desordenadam ente, y es posible que algunas carezcan de fundam ento, porque un personaje como Al cibiades suscita pasiones, leyendas y fábulas, pero todas concuerdan entre sí, y son congruentes con el carácter de este hombre.
Por otra parte, hay que confesar que son anécdotas divertidas. Se leen con esa indulgencia que las personas sensatas m uestran a veces p o r las calaveradas de los jó venes, porque ven en ellas un m atiz de valor, desenfado y libertad. Pero no h ab ría que disculparlas, porque, poco a poco, se pasa de u n a insolencia alegre a un ver dadero atentado contra las personas y al desprecio de toda norm a. La indulgencia no procede, visto lo resba ladiza que puede ser la pendiente. Como lo fue p ara Al cibíades.
Se adivina ya en la presentación del personaje que nos hace El Banquete. ¿No estaba borracho nuestro Al cibíades? ¿No llegaba vociferando? ¿No tenía que soste nerlo la flautista? Sí, era la dorada juventud. Sí, inspira ba adm iración, pero habría que distinguir lo que en el bello Alcibíades anunciaba ya al insoportable Alcibía des: su doble inseparable.
Su insolencia se rem onta a la infancia y a su prim era adolescencia.
Una de las prim eras anécdotas que relata Plutarco ocurre en la calle, es un incidente de circulación que po dría o cu rrir hoy en cualquier pequeña ciudad. Alcibía des es un niño (mikrós) y está jugando a las tabas en el arroyo cuando de pronto se acerca un carro cargado de m ercancías. «En un principio, ordenó al conductor que parara, porque las tabas caían en las rodaderas por don de pasab a el carro. El carretero, u n rústico, no le hizo caso y siguió avanzando. Los otros niños se apartaron.» ¿Qué hace Alcibíades? Se tiende en el suelo delante del tiro y grita: «Pasa, si quieres.» El carretero, asustado, tiró de las riendas y todos se precipitaron sobre el niño, gritando horrorizados (2, 4).
H ubiera debido dejar p asar el carro, por supuesto. ¡Pero qué presencia de ánimo! ¡Qué valor! A Alcibíades no ha de faltarle nunca. Siem pre p lan tará cara al peli gro, tan to en la guerra, com o en la política, como en el m om ento de su m uerte. Pero esta prim era im agen da un a idea de su valor casi tem erario; y quizá muchos
lec-tores de hoy evoquen la im agen de un m uchacho solo, plantado delante de un tanque, en una gran plaza de China. Lo cierto es que el corazón de los atenienses que aquel día presenciaron el incidente vibró po r el m ucha cho, a pesar de su arrogancia y su indisciplina.
Después lo encontram os, m ozalbete ya, ejercitándo se en la lucha. Un día, m uerde al adversario, que excla ma: «¡Muerdes como u na mujer, Alcibiades!» ¿Y él se avergüenza? ¡Ni p o r asomo! Él responde, ufano: «¡No! ¡Como los leones!» (2, 3). ¡Bonita frase! Plutarco la cita adem ás de como frase célebre de Alcibiades, tam bién como frase célebre de un lacedem onio.1 En cualquier caso, encaja en el personaje. Desde luego, Alcibiades h u biera debido abstenerse de morder, pero la arrogancia de su respuesta despierta adm iración. ¡Y qué, si es vio lenta! M uchas de las «salidas» de Alcibiades se harán cé lebres. Le ayudaba la inteligencia, pero tam bién una to tal falta de timidez y de consideración.
Lo cierto es que, con u n tem peram ento así, el joven Alcibiades prom etía distinguirse po r su insolencia. Y, en efecto, com probam os que todos sus privilegios dieron lugar a defectos que tuvieron consecuencias cada vez más graves en la vida cotidiana.
Sabiéndose guapo, noble y rico, creyó que todo le es taba perm itido y descuidó el respeto hacia los demás. E sta actitud se m anifestó, prim ero, en sus modales. Ya hemos aludido a sus largas túnicas de púrpura. Pero esto no era todo. Sabem os que lanzó unos zapatos de form a nueva llam ados alcibíades;2 se dice que criaba ga llos de pelea; en resum en, se había erigido en el espejo en que se m iraba la dorada juventud de la época.
En su trato con los dem ás, adoptaba una actitud arrogante que daba lugar a pequeñas ofensas, unas sim páticas y otras odiosas, que revelan un desprecio total del prójimo.
Como el día en que encuentra a un m aestro de es cuela y le pide un texto de Homero. El hom bre no lo tie ne. ¿Qué hace Alcibíades? ¿Le pide perdón y le da las gracias? Sencillamente, lo abofetea.3 No todos podemos defender de este m odo el estudio de Homero, aunque a
veces sintam os la tentación de hacerlo. La diferencia está en que Alcibiades no se resiste a ninguna tentación: tiene la m ano larga.
Otro día es un corega el que rivaliza con él: ¡otra bo fetada! (16, 5).
O el pintor al que secuestra hasta que term ine su tra bajo (tam bién en esto le envidiam os, pero no p o r ello nos parece aceptable su conducta...).
Alcibiades critica, insulta. De él se h a dich o 4 que es taba tan seguro de sí m ism o que hubiera criticado a los doce dioses...
Lo que es más preocupante, su insolencia le lleva in cluso a transgredir las m ism as leyes de la ciudad. Una anécdota, un tanto sospechosa, desde luego, relata que arrancó y destruyó un acta de acusación contra uno de sus protegidos.5 Este episodio, aunque sea inventado, no dejar de ser simbólico de la actitud del que se cree libre de hacer lo que le plazca.
A fin de cuentas, uno com prende la virulencia de los ataques de sus adversarios. Así el au to r del Contra
Alcibiades, texto falsam ente atrib u id o a Andócides, se
exagera: «Despoja a unos, golpea, secuestra, rescata a otros; dem uestra que la dem ocracia no es nada, ya que habla como un consejero del pueblo y actúa com o un tirano» (27).
E sta falta de respeto hacia las norm as se hace más patente en los casos en los que la riqueza o la belleza de sem peñan un papel determ inante. La prim era da lugar a la soberbia; la segunda, a los atentados contra las bue nas costum bres.
Alcibiades era rico. Como le gustaba que se h ab lara de él, tam b ién era pródigo. Por consiguiente, en todo m o m ento tenía que p ro cu rarse dinero y quizá m ás de una vez abusó sin escrúpulos de su prestigio y de su re nom bre.
Tres anécdotas ilustran esta afición al derroche y a la falta de escrúpulos, que a veces confiesa para provocar.
enter-necedora. Según Plutarco, su entrada en la vida pública se hizo durante u na asam blea en el curso de la cual el pueblo recibía donativos y aclam aba a los donantes. ¡Ah, qué herm oso canto el de las aclamaciones! Alcibía des se precipita a la trib u n a y hace su contribución. De bió ser im portante, pues «el pueblo aplaudió y profirió gritos de alegría».6 Alcibíades, embelesado, suelta la co dorniz que lleva bajo el m anto y todos corren a recupe ra r el ave del hom bre de m oda. El caso de la codorniz evoca su ligereza, el donativo, la generosidad y las acla maciones nos recuerdan su gusto p o r la popularidad y el revuelo que levantaba su persona.
Pero pronto hem os de p asar a cosas más graves. Por ejemplo, la anécdota relativa a las cuentas de Pe ricles. Un día en que Alcibíades quería ver a su tutor, le dijeron que estaba ocupado: buscaba la form a de rendir cuentas a los atenienses (los m agistrados debían hacer lo al final de cada año, y había quienes decían que Peri cles se había tom ado ciertas libertades). Al parecer, Al cibíades respondió: «¡Más valdría que buscara la forma de no tener que rendirlas!»7 ¿No es ya toda una prom e sa de su futuro político? En todos los m om entos de la vida de Alcibíades se observa en él un a inquietante de senvoltura para alcanzar sus fines: m entiras diplom áti cas, juegos de m anos financieros. El joven elegante no siem pre se com porta con elegancia.
La tercera y más célebre de las anécdotas es tam bién reveladora. Es la del perro del rabo cortado. Alcibíades poseía un perro de gran valor al que cortó el rabo, que llam aba la atención p o r su herm osura. ¡Estupor y re probación! Pero él está encantado: «Eso es —les respon dió— lo que yo quiero; que los atenienses hablen de esto.» ¿Por qué? ¿Porque le gusta que hablen de él? ¿Porque desea llam ar la atención? Desde luego, pero hay más. Alcibíades tiene siem pre un propósito, y tam bién tiene siem pre algo que hacer olvidar. Y concluye: «Porque quiero que los atenienses hablen de esto, para que no digan de mí cosas peores» (9, 1).
Le gusta el escándalo porque halaga su vanidad; tam bién le gusta porque le sirve de cortina de hum o
p ara disim ular las pruebas de su am bición y de su m ala conducta.
¿Lo hacem os nosotros mejor, en nuestro siglo xx? Lo cierto es que, con razón o sin ella, había rum ores de malversación. Plutarco, en el paralelism o que hace entre Alcibíades y Coriolano, escribe: «En lo que se re fiere al dinero, se dice que, con frecuencia, Alcibíades lo recibía fraudulentam ente de gentes que pretendían co rrom perlo y que él lo utilizaba tam bién fraudulentam en te para sus lujos y sus excesos» (3). ¿Calumnia? Nunca se h an lanzado calum nias sem ejantes contra otros ho m bres de Estado. La dem ocracia ateniense ya se dejaba m in ar po r la corrupción. E n este sentido, no hem os in ventado nada.
Ya sabem os adonde llevaría a Alcibíades su afán de lujo y de fama. Como se ha hecho en otras épocas, él buscó la fam a por la brillantez de las victorias deporti vas. Poseía una cuadra de caballos de carreras y tuvo di ficultades con la justicia a causa del dinero invertido en ella. Más adelante volveremos a h ab lar de este asunto, pero este contexto le im prim e ya su significado.
Antes debemos referirnos a otro tem a de escándalo, pero no el escándalo asociado con la riqueza de Alcibía des sino con su atractivo físico: las relaciones amorosas.
Aquí proliferan las anécdotas. Algunas quizá sean falsas, pero la im presión de conjunto es inequívoca. Por otra parte, no tiene nada de sorprendente que su belleza le hiciera llegar muy lejos en este cam po. En sus relacio nes tan to con m ujeres com o con hom bres acum ula es cándalo tras escándalo. Se diría que tam bién en esto quería ser el campeón.
Le fue fácil.
N orm alm ente en Atenas las relaciones con las m uje res dab an poco que hablar. El m atrim onio m antenía a las m ujeres som etidas al m arido, recogidas en casa, sin ver a nadie. A las relaciones con prostitutas, nadie les p restab a atención. Se habló de ellas en el caso de
Alci-bíades por su núm ero y p o r el revuelo que, en ocasio nes, las envolvía.
Pero nuestro hom bre llevó el escándalo hasta su m a trimonio.
Prim eras habladurías: siendo m uy joven todavía, Al cibiades fue a Abidos, a orillas del Helesponto, con un tío suyo. Se dice que allí tío y sobrino se casaron con la m ism a mujer, que ésta tuvo u n a hija de la que no se supo de cuál de los dos era y cuyos favores com partie ron después ambos, de form a incestuosa. Muy fuerte, ¿no?, dem asiado p ara ser verdad.8 Pero cuando el río suena... Después se diría que Alcibiades había cometido incesto con su m adre, con su hija y con su h erm ana.9 Las invectivas que nos han sido transm itidas con el nom bre de Antifonte indican, en todo caso, que Alcibia des fue a aprender de las m ujeres de Abidos prácticas acordes con sus instintos viciosos y depravados.10
No obstante, tuvo un m atrim onio norm al. La elec ción no podía ser m ás digna, ya que se casó con u na m ujer discreta y virtuosa, hija de un hom bre muy rico y conocido. Pero genio y figura...
Para empezar, abofeteó a su futuro suegro... ¡por una apuesta! Al día siguiente, invitó al hom bre a casti garle y flagelarlo. Y... fue perdonado.
La novia llevaba buena dote. Muy pronto nuestro jo ven esposo reclamó m ucho m ás, alegando que así se h a bía acordado, caso de que hub iera hijos. La fam ilia de la esposa temió verse arm iñ ad a...
¿Fue, por lo menos, buen m arido? No, por supuesto. Su esposa, viendo que Alcibiades «frecuentaba a corte sanas extranjeras y atenienses, abandonó el hogar y se retiró a casa de su herm ano. Como Alcibiades no se die ra po r enterado y persistiera en sus excesos»,11 ella p re sentó u na dem anda de divorcio. Era raro y estaba muy m al visto que la m ujer pidiera el divorcio, pero se daban algunos casos. Ahora bien, el día de la com parecencia, cuenta Plutarco, Alcibiades «se arrojó sobre ella y to m ándola en brazos se la llevó a casa cruzando la plaza pública, sin que nadie osara arrebatársela» (8, 5). Por m ás que convengamos con Plutarco en que no tenía
n ada de ilegal, fue otro gesto de audacia del bello Alci bíades.
H ubo en su vida otras m ujeres: después de la con quista de Milo por los atenienses en el 416, los hom bres de la isla fueron pasados a cuchillo y las m ujeres red u cidas a esclavitud: Alcibíades tom ó a u n a de ellas por com pañera y educó al hijo que le dio (16, 6)..No hay ra zón p a ra dudar del hecho (con W. M. Ellis). Pero, a u n que Plutarco lo cita como u n rasgo de hum anidad, es evidente que él satisface sus pasiones a expensas de un pueblo pequeño cuyo destino será siem pre un a vergüen za p ara Atenas. Y parece que Alcibíades apoyó la propo sición que preveía tan duras m edidas de represión con tra la isla, por lo menos, la que condenaba a las mujeres a la esclavitud.12 Preñar a u n a de ellas después de esto no parece m uy ético.
Pero, al hilo de sus aventuras am orosas nos hem os deslizado hasta su carrera política. No im portará, pues, que nos deslicemos un poco más: dos episodios de su carrera m uestran con claridad la im portancia que, con el tiem po, tendrían sus relaciones con m ujeres de todas clases y países.
Alcibíades, exiliado en E sparta, todo lo debe a sus nuevos amigos. ¿Y qué hace? Según los textos, se apro vecha de que Agis, rey de E sparta, está en cam paña, p ara seducir a su esposa y dejarla em barazada (¡otra más!). ¡Y tan poseída por la pasión estaba la reina que, cuando nadie la oía, llam aba al niño Alcibíades! ¡Menu do escándalo...! ¡Y nuestro héroe se jactab a de haber obrado de esta m anera p ara que u n día sus descendien tes fueran reyes de Esparta! Menos ufano debió de sen tirse el rey de E sparta cuando sus cálculos le confirm a ron su infortunio (durante un terrem oto, ocasión fácil de datar, se vio salir al bello ateniense de los aposentos de la rein a).13
Uno de tantos incidentes, se dirá. Sí, pero el lance contribuyó a que Alcibíades rom piera con E sparta y se aproxim ara a Persia que, en lo sucesivo, arbitraría en el conflicto. El resultado de la guerra se resintió de ello. Atenas salió ganando. Pero quizá, indirectam ente, ello