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ES ABSURDA LA REVELACIÓN PROPOSICIONAL?

He aquí dos formas de considerar la cuestión de la revelación proposicional y de la infalibilidad. La primera es mediante la consideración de los supuestos involucrados, y la segunda, por la consideración de los problemas detallados. Este apéndice tratará de la primera. Mientras no se haya encuadrado ésta como le corresponde, no se puede dilucidar sensatamente la segunda. Para el hombre moderno, y para gran parte de la moderna teología, el concepto de la revelación proposicional y del histórico punto de vista de la infalibilidad no es tanto errada como sin sentido. Es en el mismo sentido, y por las mismas razones básicas, que para la mayoría de los hombres modernos y para la mayor parte de la moderna teología carecen de significado los conceptos del pecado y la culpa, en cualquier verdadero sentido moral. Naturalmente tenemos que preguntar si el supuesto de que parten es el correcto y adecuado.

El supuesto cristiano es que todas las cosas tuvieron un principio personal; que hubo alguien presente que hizo el resto. Este alguien tenía que ser suficientemente poderoso y esto significa que tenía que ser infinito. Todavía subsiste la pregunta sobre ese alguien infinito personal por siempre presente, pero si así fuera, los otros problemas no existirían ya. Y de cualquier modo,

cada cual tiene que explicar el hecho de que, existen el universo y él mismo, el individuo; así pues, «existió» antes «algo».

Luego, de haber siempre estado presente ese alguien infinito-personal, todo lo demás sería limitado en contraste con la plenitud o infinitud de aquél. Pero supongamos que hiciese algo limitado, pero en su propia longitud de onda (digamos a su propia imagen), entonces tendríamos una personalidad increada e infinita, y otra creada y limitada. Dicho supuesto explicaría la personalidad creada y limitada. Con base en el mismo supuesto, ¿por qué, de quererlo, no habría de poder comunicarse la personalidad increada con la personalidad creada? Naturalmente, si la personalidad increada e infinita se comunicaba con la personalidad creada y limitada, no iba él a agotarse a sí mismo. Pero dos cosas están claras.

1. Incluso la comunicación entre una persona creada y otra no es exhaustiva; pero no por ello carece de realidad dicha comunicación. Por tanto, el problema de la comunicación entre la personalidad increada y la personalidad creada no tendría que ser de orden cualitativamente diferente respecto a la comunicación entré una personalidad creada y otra. No sería exhaustivo, pero ello no lo haría falso, como tampoco es falsa la comunicación entre las personalidades creadas, a no ser que la personalidad increada fuera mentirosa o caprichosa.

2. Si la personalidad increada se interesara realmente por la personalidad creada, nada de extraño tendría que le dijera a ésta cosas de naturaleza proposicional; de otro modo, como ser limitado, habría mucho que la personalidad creada no podría conocer si su punto de partida fuera únicamente ella misma como punto de referencia limitada y finito.

En tal caso, no habría ninguna razón intrínseca para que la personalidad increada pudiese comunicar algunas cosas vagamente ciertas, y no pudiese comunicar proposiciones ciertas referentes al mundo que rodea la personalidad creada. (En broma, llamemos a esta ciencia.) O, ¿por qué no podría comunicar proposiciones ciertas a la personalidad creada, referentes al orden que siguió en todo lo que hizo la personalidad increada. (Llamemos a esto historia.) No podemos pensar en razón alguna por la cual no pudiese verdaderamente comunicar estas dos clases de cosas proposicionales. La comunicación no sería exhaustiva, pero, ¿podemos pensar en alguna razón por la cual no fuera cierta?

Cuanto antecede es naturalmente lo que la Biblia dice realizar respecto a la revelación proposicional.

Si la personalidad increada desease facilitar estas comunicaciones mediante personalidades creadas individuales, de forma tal que ellas escribieran con su propio e individual estilo, etc., exactamente lo que la personalidad increada quisiera que escribieran en cuanto a la verdad religiosa y lo relativo al cosmos y la historia. (Ahora sería bastante difícil establecer un absoluto y declarar que no podía o no quería proceder así.) Y esto, naturalmente, es lo que afirma la Biblia respecto a la inspiración.

Dentro de este marco, ¿por qué habría de ser inconcebible que la personalidad increada se comunicase con la personalidad creada en una forma verbalizada, si la personalidad increada constituyó a la personalidad creada en ser comunicante por el lenguaje? Somos seres comunicantes por el lenguaje (aunque no sepamos por qué). Solamente hay una razón para considerar inconcebible que Jesús hiciese a Saulo una comunicación proposicional en forma verbalizada en lenguaje hebreo, usando palabras y sintaxis normales (Hechos 26.14), o que Dios hiciese lo propio a los judíos en el Sinaí. Esa única razón es haber aceptado el otro grupo de supuestos, incluso si, usando terminología religiosa, se oculta el haber aceptado los supuestos naturalistas. Uno puede encubrir mediante terminología religiosa lo que ha hecho al aceptar los presupuestos naturalistas y decir o dar a entender: «Jesús (sin que en este caso tengamos forma alguna de saber realmente qué es él) dio a Saulo alguna especie de experiencia trascendente exenta de contenido, en la cual las palabras usadas en el texto bíblico para expresar lo inexpresable no son sino expresiones que reflejan puntos de vista relativos a la vida, la historia y el cosmos, corrientes en aquella época». Pero quien tal haga será poseedor de una fe equivalente a decir: «Creo...» sin terminar la oración ni ser capaz de terminarla, o incluso sin saber si la oración continúa con artículo determinado o indeterminado.

Además, si la personalidad increada puso en un libro de historia la comunicación dada al hombre, ¿por qué no sería verosímil que en dicho libro la personalidad increada comunicase la verdad referente al espacio-tiempo histórico?

Qué raro sería que si la personalidad increada sin ser mentirosa ni caprichosa diese «verdad religiosa» en un libro en el cual la estructura total, implícita y explícitamente, es histórica, y que esta historia fuese falsa o confusa. Indudablemente, a menos de basarnos en el presupuesto preconcebido de que este libro sea únicamente «un palpar del hombre hacia lo alto», dentro del marco de la uniformidad de causas naturales, tal idea resultaría indeciblemente rara. Y es así especialmente porque el propio libro no da indicio alguno respecto a dos niveles; no da indicación de «verdad religiosa» fuera de contacto con la historia que el libro contiene. Reiteradamente se remite a la historia como algo sujeto a verificación presentándola como prueba de la verdad de lo planteado, y no da indicación de que el envolvente espacio-tiempo histórico sea únicamente una incrustación condicionada al error.

¿Por qué la personalidad increada habría de ser incapaz de enseñar verazmente a la personalidad creada en el nivel del conocimiento que es la base de tanto de lo que sabemos sobre el nivel de la personalidad creada: es decir, que el que sabe explique al que no sabe, no exhaustivamente, pero sí con verdad? Ciertamente así es como obtenemos nuestro conocimiento de otras fuentes personales creadas. Además, ¿por qué la personalidad increada no habría de poder decir también la verdad sobre sí misma (aunque no exhaustivamente) a no ser que hubiésemos ya aceptado el supuesto de que lo «increado» tiene que ser lo «otro filosófico». Si empezamos con que una personalidad increada hizo al hombre a su propia imagen, ¿qué se opone a la declaración del Catecismo Mayor de Westminster de que Dios nos dio a conocer, mediante las Sagradas Escrituras, qué es Dios? ¿Existe algún impedimento para que la personalidad increada nos hable verazmente sobre sí misma, aunque no fuese exhaustivamente?

A estas alturas, dos cosas deben resultar obvias: primero, que partiendo del supuesto de que todas las cosas se originaron en una masa de energía, la idea de la revelación o de la infalibilidad es inconcebible; y segundo, que partiendo del supuesto de un comienzo personal, estas ideas no son inconcebibles ni absurdas en absoluto. La sensatez del asunto depende totalmente de la forma en que uno empieza, es decir, de cuál de los supuestos adopta como punto de partida.

Si se comienza con el todo impersonal, la cuestión no tiene naturalmente nada que ver con la posibilidad de que una personalidad increada se comunique con una personalidad creada; sentada aquella premisa, ello es absurdo. Aunque si uno empieza con un todo no-personal, surge una pregunta desafiante: ¿No es igualmente absurda la comunicación entre hombre y hombre? Basado en tal supuesto, nadie ha descubierto la forma de hallar significado, en el hablar del hombre con su prójimo ni a su escuchar excepto mediante un acto de fe contrario a toda su básica estructura de supuestos. Peor aún, para aquellos que mantienen este otro supuesto, los hombres pequeños (yo y los demás) no aceptan de buen grado que su hablar carezca de significado; y todo en la experiencia nos convence de que los demás nos escuchan verdadera aunque no exhaustivamente.

En esta época, ¿no es esto algo así como una pintura de Francis Bacon? Hay que gritar, pero toda la situación es una frustración y una condenación, incluido el grito.

Ahora, a la luz de esta total confusión a la cual nos conduce el otro supuesto (lo impersonal + tiempo + el azar), el supuesto de un comienzo personal merece otro examen cuidadoso. Si todo comenzó por aquel increado principio Personal, entonces no son inconcebibles ni intrínsecamente inverosímiles la comunicación de la personalidad creada con la personalidad creada, ni la comunicación de la Personalidad increada con la personalidad creada.

La importancia de todo esto reside en que la mayoría de la gente hoy (incluso algunos que aún se llaman evangélicos), que han renunciado al concepto histórico y bíblico de la revelación y la infalibilidad, no lo han hecho debido a la consideración de los problemas detallados objetivamente estudiados, sino porque han aceptado, ya analítica, ya ciegamente, el otro grupo de supuestos. A menudo les ha ocurrido como quien recibe una inyección, sin darse cuenta de lo que les ha sucedido.

Una vez aceptado el otro supuesto contra la evidencia de la verdadera, aunque no exhaustiva, comunicación hombre-hombre, me pregunto qué les hará escuchar. Es extraño comunicar verdaderamente la noción de que se rechaza el concepto de una personalidad increada «existente», cuando entonces no hay forma de saber el cómo, el por qué, el qué de la comunicación con los de mi propia especie. Y la extrañeza pasa a decir que es irrazonable per se considerar el hecho de la existencia de la Personalidad increada, cuando esto explicaría el cómo, el por qué, y el qué de la comunicación que realizo con los de mi propia especie.

Al llegar a este punto ya estamos en situación de considerar los problemas detallados. Pero el punto de vista histórico de la Biblia y de la iglesia sobre la revelación y la infalibilidad ya no son per se absurdos, e incluso la mayoría de los problemas detallados tienen aspecto muy diferente una vez resuelto el de la connotación absurda.

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«FE» CONTRA FE

La palabra «fe» debe ser analizada, y se verá que puede significar dos cosas completamente opuestas.

Supongamos que estamos escalando en los Alpes y nos hallamos a gran altura sobre rocas peladas y de repente cae la niebla. El guía se vuelve hacia nosotros y nos dice que está helando y que no hay esperanza; antes de la mañana habremos muerto congelados aquí en el reborde de la montaña. Con el fin de mantenernos calientes, el guía nos mantiene en movimiento dentro de la densa niebla más hacia el reborde, hasta que ninguno de nosotros tiene idea de dónde estamos. Después de aproximadamente una hora, alguien le dice al guía: «Supongamos que me caigo y hallo una planicie diez pies más abajo en la niebla. ¿Qué sucedería?» El guía le contestaría que podría sobrevivir hasta la mañana y salvarse. Y, sin conocimiento o razón alguna que respalde su acto, uno del grupo salta y cae en la niebla. Esto sería una clase de fe, un salto de fe.

Pero supongamos que después de bregar en el reborde, en medio de la niebla y del creciente hielo de la roca, nos detenemos y oímos una voz que dice: «No podéis verme, pero por las voces sé exactamente dónde estáis. Estoy en otra sierra, he vivido en estas montañas, de niño y de hombre, más de sesenta años, y las conozco palmo a palmo. Os aseguro que tres metros debajo de vosotros hay una planicie. Si os descolgáis hasta allí, podéis pasar la noche y yo os sacaré por la mañana».

Yo no saltaría y caería enseguida, sino que haría preguntas para tratar de asegurarme de que el hombre sabía de lo que estaba hablando y de que no era enemigo mío. En los Alpes, por ejemplo, le preguntaría su nombre. Si el nombre que me diese fuese el de una familia de esta parte de la montaña, esto me convencería bastante. En los Alpes suizos existen ciertos apellidos que indican familias de la montaña de ese sector. Por ejemplo, en el sector de los Alpes done yo vivo, tal apellido sería Avanthey. En mi desesperada situación, incluso teniendo presente el correr del tiempo, le haría las preguntas que considerase necesarias, y cuando estuviese convencido por sus respuestas, entonces saltaría y caería.

Esto es fe, pero obviamente no tiene ninguna relación con el primer caso. Efectivamente, si a uno de estos casos se le llama fe, el otro no debería designarse con el mismo vocablo: La

histórica fe cristiana no es un salto de fe en el sentido post Kierkegaard porque «Él no está callado»,

y se me invita a formular las preguntas que considere necesarias con respecto a los detalles pero también con relación a la existencia del universo y su complejidad, y con relación a la existencia del hombre. Se me invita a formular las preguntas suficientes y entonces creer en Él e inclinarme metafísicamente ante Él al saber que yo existo, porque Él hizo al hombre, e inclinarme moralmente ante Él al necesitar sus disposiciones para mí en la sustitutiva y propiciatoria muerte de Cristo.

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