ÉL ESTÁ PRESENTE
Y
NO ESTÁ CALLADO
Francis A. Schaeffer
Copyright (c) 1974 Logoi Inc., P.O. Box 128,
Miami, Florida 33135, EE.UU. Derechos reservados. . Título del original inglés: He is there and He is not silent, Copyright (c) 1972 by Francis A. Schaeffer,
Huémoz, Switzerland.
Impreso por Jorge Casas, Avda. José Antonio, 160 Barcelona, España
I.S.B.N. 399-145 7-:1
Depósito Legal: B. 51.929-1973 Printed in Spain - Impreso en España
Al personal de L'Abri, miembros y obreros, pasado y presente. Y a cuantos en cualquier lugar estén ligados con L'Abri en un especial «manojo de vida».
Contenido Introducción
1 La necesidad metafísica 2 La necesidad moral
3 La necesidad epistemológica: El problema 4 La necesidad epistemológica: La respuesta Apéndices
¿Es absurda la revelación proposicional? «Fe» contra fe
En un sentido éste es el libro que debimos escribir inmediatamente después de Dios está ahí.1
Desde hace algunos años Edith, mi esposa, y yo hemos estado escribiendo en conformidad con un programa más o menos completo de obras que hemos trazado. Este libro es una de las piezas básicas del programa y sin él la estructura ha estado inevitablemente incompleta. Os explicaré por qué.
Los primeros dos libros fueron Dios está ahí y Huyendo de la razón.2 Debido a que Huyendo de la
razón es más breve, muchos pensaron que era la «introducción » y que Dios está ahí era el desarrollo de lo tratado en el otro. Es al revés. Dios está ahí fue escrito primero y pone el cimiento, establece la terminología y plantea las tesis básicas. Esto es algo por lo que hemos luchado insistentemente en L'Abri: por un cristianismo equilibrado no solamente en la esfera de lo exegético y lo intelectual, sino también en el área de la realidad y la belleza. Hemos insistido en que al iniciarse en el sistema cristiano tal como Dios lo ha dado a los hombres en la revelación proposicional verbalizada de la Biblia, uno puede avanzar y descubrir que cada esfera de la vida ha sido tocada por la verdad y por una canción. Huyendo de la razón trata este principio y lo elabora en el área filosófica de la naturaleza y la gracia y muestra que la cultura moderna se desarrolló a partir de raíces corrompidas que datan de fines de la edad media. Este libro debió aparecer después de los dos mencionados. Era su ubicación lógica. Los tres forman una base unida y sin ellos las diversas aplicaciones que aparecen en libros posteriores parecen no tener fundamento. Este libro trata una cuestión de importancia fundamental: cómo sabemos, y cómo sabemos que sabemos. Si nuestra epistemología3 es incorrecta, todo lo que de
ella se desprenda será erróneo. Por esto es que digo que este libro va con Dios está ahí, vínculo que recibe mayor énfasis por la semejanza del título. El infinito Dios personal está allí, pero a la vez no está callado. Eso cambia todo el universo. Wittgenstein, en Tractatus, sólo encuentra silencio en el área de los valores y del significado. Bergman plantea lo mismo en su obra cinematográfica Silence (Silencio). Este libro ataca al pesimismo de ellos. Él está presente. Él no está callado.
Todos los demás libros que he escrito y que escribiré dependen de la base que proporcionan estos tres libros que constituyen una unidad intencionada que, según mi parecer, descansa en la unidad de las Escrituras mismas. Los demás libros aplican este sistema cristiano unificado a diversas esferas. Cabe destacar que Dios está ahí tiene dos apéndices que tratan dos problemas específicos: la Iglesia de clase media en el siglo veinte, y la práctica de la verdad en la obra cristiana y en el evangelismo. Estos problemas se desarrollan en libros posteriores. Muerte en la
ciudad4 es exegético y aplica lo planteado en libros anteriores a las culturas norteamericana y
noreuropea como una cultura que se ha apartado de lo que Dios nos ha dado como fundamento. Después sigue Pollution and the Death of Man, que es la respuesta cristiana al problema ecológico, y se basa en el mismo sistema. La Iglesia al final del siglo xx5entra a otras áreas de
aplicación: la sociología y la eclesiología.
Los dos apéndices de ese libro, Adulterio y apostasía y La marca del cristiano, tratan el mismo tema que se había tocado en el segundo apéndice de Dios está ahí: enfatizan el equilibrio que debe haber como sello distintivo entre la práctica de la pureza en la iglesia visible y el amor en las relaciones con todos los verdaderos cristianos a pesar de las diferencias que tengan en asuntos secundarios. También hay un tratamiento más amplio y práctico de la eclesiología en The Church Before the Watching World.
Alguien podría afirmar que esto es sólo un neo-escolasticismo árido aplicado a las esferas de la epistemología, la eclesiología, la ecología, la sociología, etc. Si así fuera, sólo sería címbalo que retiñe. Sin embargo, hay tres libros que restablecen el equilibrio. El último capítulo de Muerte en la ciudad, «El universo y las dos sillas», es importante aquí. El libro de Edith, L'Abri, es un elemento vital, y sin él los demás libros pierden la unidad y el equilibrio verdadero. Muestra que la aplicación del hecho de que el infinito Dios personal está allí ha dado resultados en la práctica cotidiana en la comunidad de L'Abri. La verdadera espiritualidad6 es decisivo. Es un tratamiento 1 Publicados por Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, España.
2 Publicados por Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, España.
3 «Epistemología»: Doctrina de los fundamentos y métodos del conocimiento científico. 4 Publicado por Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, España.
5 Publicado por Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, España. 6 Publicado por Logoi, Miami, FL.
sistemático de toda la base de la vida cristiana en una sincera relación con Dios, y luego con nosotros mismos y con los demás.
De todo lo que hemos dicho queda en claro que Dios está ahí, Huyendo de la razón y este libro forman una unidad. Desde luego, podrían haber sido un solo libro dividido en varias secciones y haber tratado algunos temas como la «Ecología», por ejemplo, en notas marginales extensas y haber desarrollado así algún detalle del argumento en un área específica. En el conjunto de los libros el de Edith, Hidden Art, ocupa un lugar de importancia puesto que traslada estas cosas a la hermosa y práctica área de la creatividad en la vida cristiana. Pronto aparecerá un libro sobre los primeros once capítulos de Génesis bajo el título: Genesis in Space and Time y nos dará una base exegética más amplia en el punto decisivo de los comienzos. En conjunto todos estos libros representan un concepto unificado que proviene de un largo tiempo de estudio y de conocimiento experimental del Dios que está ahí y que lo estamos elaborando en relación con diversas disciplinas.
También se verá claramente que este libro, que trata un área primaria, forma parte vital de nuestra defensa o argumento al presentarle el cristianismo histórico al siglo veinte. Él está presente y no es un Dios silente y remoto.
1
LA NECESIDAD METAFÍSICA
Este libro va a tratar de la necesidad psicológica de la presencia de Dios, una presencia no silenciosa, en los terrenos de la metafísica, la moral y la epistemología.
En primer lugar deberemos entender que los tres terrenos básicos del pensamiento filosófico son lo que siempre han sido. El primero de ellos se halla en el terreno de la metafísica, del «ser». Este es el terreno de lo que es, el problema de la existencia. Incluye la existencia del hombre, pero debemos darnos cuenta de que la existencia del hombre no es, como tal, problema tan grande como lo es el hecho mismo de que algo exista. Nadie lo ha expresado mejor que Jean Paul Sartre, el cual ha dicho que la cuestión filosófica básica consiste en que algo «es» y no en que nada «sea». Nada que merezca llamarse filosofía puede esquivar el hecho de que las cosas realmente existen y que existen en su forma y complejidad actuales:
Esto es, pues, lo que definimos como problema de la metafísica, la existencia del ser.
El segundo terreno del pensamiento filosófico es el del hombre y el dilema del hombre. El hombre es personal y no obstante limitado, por lo que no es un punto de integración suficiente para sí mismo. Cabe recordar otra profunda manifestación de Sartre: que ningún punto limitado tiene significado alguno a no ser que tenga un punto infinito de referencia. Los cristianos convendrán en que tiene razón en tal manifestación.
El hombre es limitado, por ello no es punto de integración suficiente para sí mismo, pero el hombre es diferente del no-hombre. El hombre es personal en contraste con lo impersonal o, para emplear una frase que he usado en mis libros, el hombre tiene su «hombría».
Sin embargo, el conductismo y todas las formas del determinismo dirán que el hombre no es personal, que no es intrínsecamente diferente de lo impersonal. Pero esto acarrea la dificultad de que niega la observación que el hombre ha hecho de sí mismo durante 40.000 años, si aceptamos el moderno sistema para la fijación de fechas; y segundo, que no existe determinista ni conductista que en verdad sea consecuente con su determinismo o su sicología conductista, y afirme que el hombre es sólo una máquina. Así lo observamos en Francis Crick, el cual reduce al hombre a las meras propiedades químicas y físicas del patrón ADN (ácido desoxirribonucleico). Pero lo interesante es que Crick demuestra a las claras que no puede mantenerse fiel a su propio determinismo. En uno de sus libros, On Molecules and Men (De las moléculas y los hombres), empieza pronto a hablar de la naturaleza en femenino, y en un libro más pequeño, pero más profundo, The Origen of the Genetic Code (El origen del código genético), comienza a escribir la
palabra naturaleza con «N» mayúscula. B. F. Skinner, autor de Beyond Freedom and Dignity (Más allá de la libertad y de la dignidad), refleja la misma tensión. Por eso nos hallamos con dos dificultades en la aceptación del determinismo y el conductismo modernos, los cuales indican que no hay diferencia intrínseca entre el hombre y el no-hombre: primero, uno tiene que negar la propia observación que el hombre ha estado haciendo de sí mismo durante años y años, incluso desde antes de las pinturas de las cavernas; y segundo, ningún determinista químico o sicológico es capaz de vivir como si él fuese lo mismo que un no-hombre.
Otro aspecto del dilema del hombre es la nobleza de éste. Quizá no os guste mucho la palabra «nobleza», pero fuere cual fuere la palabra que escojáis, en el hombre hay grandeza. Desearía añadir que los evangélicos han cometido el terrible error de equiparar a menudo el hecho de que el hombre esté perdido y bajo el juicio de Dios con la idea de que el hombre es nada, un cero. Esto no es lo que la Biblia dice. En el hombre hay grandeza, y quizás hayamos perdido nuestra mejor oportunidad de evangelismo en nuestra generación al no insistir en que la Biblia es la que explica por qué hay grandeza en el hombre.
Sin embargo, el hombre no es únicamente noble (o cualquier sinónimo de noble), sino que también es cruel. Ello nos plantea un dilema. El primer dilema es que el hombre es limitado y que es personal; el segundo dilema es el contraste entre la nobleza del hombre y la crueldad del hombre. O podemos expresarlo con mayor modernidad: el enajenamiento del hombre respecto a sí mismo y a todos los demás hombres en el terreno de la moral. Por ello tenemos ahora dos campos de pensamiento filosófico: primero, el metafísico, que trata del ser y de la existencia; segundo: el campo de la moral.
El tercer campo de nuestro estudio es el de la epistemología, el problema del conocimiento. Permitidme ahora presentar dos observaciones generales. Primera, la filosofía y la religión tratan con las mismas cuestiones básicas. Los cristianos, y especialmente los cristianos evangélicos, han tendido a olvidar esto. La filosofía y la religión no tratan cuestiones diferentes, aunque dan diferentes respuestas y emplean diversos términos. Las cuestiones básicas, tanto de la filosofía cómo de la religión (y al decir aquí religión lo digo en el más amplio sentido de la palabra, incluyendo el cristianismo) son las cuestiones del ser (es decir, de lo que existe), del hombre y su dilema (es decir, la moral) y el del conocer del hombre. La filosofía trata estos puntos, mas también lo hace la religión, incluyendo el cristianismo ortodoxo evangélico.
La segunda observación general se refiere a los dos significados de la palabra «filosofía», que deben mantenerse absolutamente separados si deseamos evitar confusiones. El primer significado es una disciplina, una rama de estudio académico. Esto es lo que normalmente tomamos por filosofía: un estudio técnico superior que algunas personas efectúan. En este sentido pocas personas son filósofos. Mas existe un segundo significado que no debemos olvidar si queremos entender el problema de la predicación del evangelio en el mundo del siglo veinte. Filosofía es también el concepto del mundo que tiene el hombre. En este sentido, todos los hombres son filósofos, ya que todos los hombres tienen un concepto del mundo. Esto es tan cierto en el hombre que cava zanjas como en el filósofo universitario.
Los cristianos han tendido a despreciar el concepto de la filosofía. Esta ha sido una de las debilidades del cristianismo evangélico ortodoxo: nos hemos sentido orgullosos al despreciar la filosofía, y nos hemos mostrado excesivamente orgullosos al despreciar al intelectual. Nuestros seminarios teológicos raramente relacionan su teología con la filosofía, y menos con la filosofía de nuestro tiempo. Por ello, los hombres abandonan los seminarios teológicos sin saber cómo relacionarla. No es que desconozcan las respuestas, sino que, según he observado, la mayoría de los que se gradúan en nuestros seminarios teológicos no conocen las preguntas.
En efecto, la filosofía tiene una dimensión universal. Ningún hombre puede vivir sin un concepto del mundo; por lo tanto, no existe hombre alguno que no sea filósofo.
No existen muchas posibilidades en respuesta a los tres terrenos básicos del pensamiento filosófico, pero existe gran cantidad de posibles detalles alrededor de las respuestas básicas.
Tanto si estudiamos filosofía en la universidad luchando desesperadamente, como si intentamos ser ministros del evangelio, y por lo tanto hablamos con individuos que tienen un concepto del mundo, nos ayudará enormemente el darnos cuenta de que si bien hay posibilidad de muchos detalles, las respuestas, en sus conceptos básicos, son muy pocas.
A estas preguntas se dan dos clases de respuestas.
1. La primera es que no hay, respuesta racional o lógica. Esto es un fenómeno de nuestra generación. El asunto ha llegado a «la línea de la desesperación». No estoy diciendo que nadie haya tenido antes estos puntos de vista, pero sí que no eran el punto de vista predominante. Hoy en día prevalece mucho más que nunca. Esto es cierto no solamente entre filósofos en sus discusiones, sino también en las discusiones callejeras, en el café, en el comedor de la universidad, o en la gasolinera. La solución que suele sugerirse es que no existe respuesta lógica y racional: todo es caótico, irracional y absurdo. Este punto de vista se expresa con mucha sutileza en el mundo existencial del pensamiento, y en el teatro del absurdo. Esta es la filosofía o concepto del mundo que muchos tienen hoy día. Es parte de la trama y urdimbre del pensamiento de nuestra época afirmar que no existen respuestas, que todo es irracional y absurdo.
Si un hombre mantuviera que todo carece de significado, que nada tiene respuesta, y que no hay relación entre causa y efecto, y si realmente sostuviera su tesis con cierta consecuencia, sería muy difícil rebatírselo. Pero en realidad nadie puede sostener consecuentemente que todo sea caótico e irracional y que no existan respuestas básicas. Este punto de vista puede mantenerse en teoría, pero en la práctica no puede mantenerse que todo sea un caos absoluto. La primera razón por la cual la tesis de lo irracional no puede mantenerse consecuentemente es que el mundo externo existe y tiene forma y orden. No es un mundo caótico. Si fuera cierto que todo es caótico, sin afinidad y absurdo, la ciencia, así como la vida en general, se terminarían. Simplemente vivir sería imposible de no dar por sentado que el universo existe, el universo externo, tiene una forma determinada, un orden determinado, y que el hombre se aviene a este orden y por ello puede vivir en él.
Quizá recordéis una de las películas de Godard, Pierrot el loco, en la cual las personas salían por las ventanas en lugar de hacerlo por las puertas. Pero lo interesante es que no salían a través de paredes sólidas. Lo que Godard nos dice en verdad es que si bien no posee la respuesta, tampoco puede salir a través de aquel sólido muro. Esta es simplemente la forma en que expresa la dificultad de mantener que el universo es totalmente caótico, siendo así que el mundo externo tiene forma y orden.
De vez en cuando alguien intenta poner un poco de orden, pero inmediatamente la primera clase de respuestas —la de que todo carece de significado, que todo es irracional— pierde su consistencia y se derrumba.
El concepto de que todo es caótico y de que no hay respuestas definitivas es mantenido por muchos pensadores de hoy, pero he comprobado que siempre lo mantienen muy, selectivamente. Casi sin excepción (realmente no he encontrado nunca una excepción), discuten racionalmente hasta que se ven perdiendo la discusión y entonces tratan de introducir la respuesta de la irracionalidad. Pero cuando la persona con la que estamos discutiendo actúa así, debemos indicarle que al ser selectivo en la introducción de sus argumentos de irracionalidad vuelve sospechosos todos sus argumentos. Teóricamente puede mantenerse la posición del irracionalismo, pero nadie la mantiene a ultranza con relación al mundo externo o las categorías de su mundo de ideas. Efectivamente, si esta tesis se debatiera adecuadamente, terminarían todas las discusiones. Las comunicaciones entre las personas terminarían. Únicamente nos quedarían sonidos ininteligibles: bla, bla, bla. El teatro del absurdo ya lo ha dicho, pero falla en su intento, ya que si leéis y escucháis cuidadosamente dicho teatro, observaréis que está siempre intentando comunicar su opinión de que es imposible darse a entender. Existe de hecho la comunicación sobre el aserto de que no existe la comunicación. Siempre es selectiva, con
algunas partículas de orden aquí y allá. Por ello vemos que esta clase de respuesta —la de que todo es irracional— no es una respuesta.
2. La segunda clase de respuesta es una que puede considerarse racional y lógicamente, la cual puede uno comunicarse a sí mismo en el mundo de sus ideas, y que puede comunicarse externamente a otros. En este capítulo trataremos de la metafísica en el terreno de las respuestas que pueden ser discutidas; posteriormente trataremos del hombre en su dilema, el terreno de la moral, en relación con las respuestas que pueden ser discutidas. Por ello ahora debemos considerar tales respuestas en el terreno del ser, de la existencia.
Ya he dicho que no existen muchas respuestas básicas, aunque existen diversos detalles en las respuestas. Resulta curioso observar que hay solamente tres posibles respuestas básicas a esta pregunta, aptas para su consideración racional. Las respuestas básicas son ciertamente pocas, muy pocas.
Venimos considerando la existencia, el hecho de que algo existe. Recordemos las manifestaciones de Jean Paul Sartre de que la cuestión filosófica básica es que «es» o existe algo, y no que nada «sea». La primera respuesta básica es que todo lo que existe ha salido de la nada absoluta. En otras palabras, se comienza con nada. Ahora bien, para mantener este punto de vista debe tenerse en mente la nada absoluta, lo que yo llamo nada nada. No puede ser algo-nada ni algo-nada-algo. Si vamos a aceptar esta respuesta, debe tenerse en mente la algo-nada-algo-nada, lo que significa que no hay energía, ni masa, ni movimiento, ni personalidad.
Mi descripción de la nada-nada es la siguiente. Supongamos que tenemos una pizarra muy negra, nunca usada. Que en esta pizarra trazábamos un círculo y dentro de este círculo estaba todo lo que existiera: no había nada dentro del círculo. Luego borrábamos el círculo. Eso sería nada-nada. No se le debe permitir a nadie decir que va a dar una respuesta empezando con nada, si en realidad empieza con algo: energía, masa, movimiento o personalidad. Ello sería algo, y algo no es nada.
La verdad es que nunca he oído sostener este argumento, ya que es increíble que todo lo que ahora existe haya salido de la nada. Pero teóricamente, ésta es la primera respuesta posible. La segunda respuesta posible en el terreno de la existencia es que todo lo que ahora existe tuvo un principio impersonal. Esta impersonalidad puede ser masa, energía o movimiento, ya que son impersonales, y todos lo son por igual. Es por ello que no hay diferencia filosófica básica en que se comience por uno u otro. Muchos hombres modernos dan a entender que tienen una mejor respuesta por el hecho de comenzar con partículas de energía en vez de hacerlo con la anticuada masa. Así lo creyó Salvador Dalí al pasar de su período surrealista a su nuevo misticismo. Pero tales hombres no poseen una respuesta mejor. Ella sigue siendo impersonal. Lo es tanto la energía como la masa o el movimiento. En cuanto acepta el principio impersonal de las cosas, se halla uno frente a alguna forma de reduccionisrno. El reduccionismo argumenta que todo lo que ahora existe, desde las estrellas hasta el mismo hombre, debe en definitiva entenderse reduciéndolo a su original e impersonal factor o factores.
El gran problema de comenzar con lo impersonal es hallar algún significado a los elementos constitutivos. Un elemento es cualquier factor individual, cualquier cosa individual: las partes separadas del todo. Una gota de agua es un elemento, y también el hombre es un elemento. Si empezamos con lo impersonal, ¿cómo puede tener sentido o significado cualquier elemento de los que ahora existen, incluyendo al hombre? Nadie nos ha dado la respuesta a esto. En toda la historia del pensamiento filosófico, bien sea de Oriente bien sea de Occidente, nadie nos ha dado una respuesta.
Empezando con lo impersonal, todo, incluyendo al hombre, debe ser explicado en términos de lo impersonal, sumándole el tiempo y el azar. No permitáis a nadie que desvíe vuestro pensamiento en este punto. No existen otros factores en la fórmula, porque no hay otros factores existentes. Si empezamos con lo impersonal, no podemos tener ningún tipo de concepto teológico. Nadie ha demostrado aún cómo el tiempo más el azar, empezando con lo
impersonal, pueden producir la necesaria complejidad del universo, aparte de la personalidad del hombre. Nadie nos ha dado una pista sobre esto.
A menudo esta respuesta —la de comenzar con lo impersonal— ha sido llamada panteísmo. El nuevo pensamiento místico de la prensa clandestina es casi siempre una forma de panteísmo, y lo mismo puede decirse de casi toda la moderna teología liberal. A menudo este comienzo con lo impersonal es llamado panteísmo, pero realmente es un subterfugio semántico, ya que la raíz «teísmo» acarrea una connotación de lo personal, cuando por definición se plantea lo impersonal. Nunca he permitido en mis discusiones que alguien hable impensadamente sobre el panteísmo. Siempre busco la manera de precisar que no se trata realmente de panteísmo, con su ilusión semántica de personalidad, sino «pantodoísmo». Las antiguas religiones hindúes y budistas, así como el moderno misticismo y la nueva teología «panteísta», no son realmente panteísmo. Son únicamente una solución semántica que se nos ofrece. «Teísmo» se usa como una palabra de connotación. En Dios está ahí7 he realzado el hecho de que las soluciones
modernas son generalmente misticismos semánticos, y éste es uno de ellos.
Pero sea cual sea la forma que tome el «pantodoísmo», incluyendo la moderna forma científica que reduce todo a partículas de energía, siempre tropieza con el mismo problema: en todos los casos, el final es lo impersonal.
Hay dos problemas que siempre existen: la necesidad de la unidad y la necesidad de la divergencia: El «pantodoísmo» da una respuesta a la necesidad de unidad, pero no da ninguna a la necesidad de diversidad. Empezando con lo impersonal no hay significado o importancia en la diversidad. Podemos pensar en el antiguo panteísmo hindú, que lo empieza todo con om. En realidad todo debería terminar con om en una sencilla nota, sin variantes, ya que no existe razón para que haya significación en las variaciones. E incluso si el pantodoísmo da una respuesta a la forma, no da ningún significado a la libertad. Generalmente se presenta la teoría cíclica como si las olas vinieran del centro del mar, pero ello no facilita solución alguna a ninguno de estos problemas. La moral, bajo cualquier forma de panteísmo, no tiene significado como moral, ya que en el pantodoísmo todo acaba igual. La teología moderna debería desplazarse hacia éticas situacionales, porque no existe tal cosa como la moral en este ciclo. La palabra «moral» se usa, pero realmente es sólo una palabra. Este es el dilema de la segunda respuesta, que es la que hoy mantiene la mayoría. La ciencia naturalista la mantiene, empezando todo con partículas de energía. Muchos estudiantes universitarios mantienen cierta forma de pantodoísmo. Los libros liberales de teología moderna son casi todos uniformemente panteístas.
Pero si comenzamos con lo impersonal, como corresponde a los panteístas, no existen verdaderas respuestas respecto a la existencia con su complejidad, o a la personalidad —la hombría— del hombre.
La tercera respuesta posible es comenzar con un principio personal. Con esto hemos agotado las posibles respuestas básicas con relación a la existencia. Puede parecer simple, pero es verdad. Con ello no queremos decir que no haya detalles sobre los cuales se pueda discutir; que no haya variantes, o, subtítulos, o subescuelas, sino que éstas son las únicas escuelas básicas del pensamiento posibles. Alguien dijo una vez brillantemente que cuando uno termina de discutir una pregunta básica no quedan muchos en la habitación. Con esto quería decir que cuanto más se profundiza en una pregunta básica, la selección que ha de hacerse al final resulta tanto más sencilla y clara. No existen muchas respuestas básicas a ninguna de las grandes preguntas de la vida.
Estudiemos ahora lo que significa comenzar con algo que sea personal. Es decir, lo personal fue el principio de todas las demás cosas; esto es el extremo opuesto a comenzar con lo impersonal. En este caso el hombre, al ser personal, tiene un significado. No es abstracto. Muchas de las personas que acuden a L'Abri no se convertirían en cristianos si no discutiéramos en este 7 Ediciones Evangélicas Europeas, Barcelona, España.
terreno. Cientos de ellas se hubieran marchado, diciendo: «No conocéis las preguntas». Estas cosas no son abstractas, pero tienen que ver con la propagación del Evangelio de Cristo en pleno siglo veinte.
Estoy cansado de que me pregunten por qué no me limito a predicar el «evangelio sencillo». Se tiene que predicar el evangelio sencillo de modo que sea sencillo para la persona a la cual se habla, o de lo contrario no es sencillo. El dilema del hombre moderno es claro: no sabe por qué el hombre tiene significado en sí. Está perdido. El hombre sigue siendo cero. Esta es la condenación de nuestra generación, el meollo del problema del hombre moderno. Pero si comenzamos por un principio personal y éste es el origen de todo lo demás, entonces lo personal tiene un significado, y el hombre y sus aspiraciones no carecen de significado.
Las aspiraciones del hombre en cuanto a la realidad de la personalidad están en relación con lo que originalmente existía y lo que intrínsecamente ha existido siempre.
Los cristianos son quienes tienen la respuesta en este punto: ¡una respuesta titánica! Entonces, ¿por qué hemos continuado diciendo las grandes verdades en formas que nadie entiende? ¿Por qué continuamos hablándonos a nosotros mismos, si los hombres están perdidos y decimos que los amamos? La condenación del hombre hoy día es que no puede hallar el significado del hombre, pero si comenzamos por un principio personal nos encontramos con una situación absolutamente opuesta. Tenemos la realidad del hecho de que la personalidad tiene significado, porque no es extraña a lo que siempre ha sido, lo que es, y lo que siempre será. Esta es nuestra respuesta, y con esto tenemos la solución no solamente para el problema de la existencia —del ser en sí y su complejidad— sino también para el problema de que el hombre es diferente y tiene una personalidad que le distingue del no-hombre.
Como ilustración, hablemos de dos valles. A menudo en los Alpes suizos hay un valle lleno de agua y un valle adyacente sin agua. Es curioso que a veces hay filtraciones en la montaña, y de repente el segundo valle empieza a llenarse de agua. Mientras el nivel del agua en el segundo valle no es superior al nivel del agua en el primero, todo el mundo llega a la conclusión de que realmente hay la posibilidad de que el segundo lago se nutra del primero. Sin embargo, si el agua del segundo valle alcanza una altura nueve metros superior a la del primer valle, nadie conoce la razón. Si comenzamos con un principio personal para todas las cosas, podremos fácilmente entender que las aspiraciones del hombre a una personalidad tienen una posible respuesta.
Si comenzamos con algo inferior a la personalidad, al final tenemos que reducir la personalidad a lo impersonal. El moderno mundo científico hace esto en su reduccionismo, en el cual la palabra «personalidad» es únicamente lo impersonal con un añadido de complejidad. En el mundo científico naturalista, tanto en la ciencia natural, como en la social o psicológica, el hombre queda reducido a lo impersonal, con dicho añadido de complejidad. No hay una diferencia real, intrínseca.
Pero en cuanto nos ocupamos de un principio a partir de lo personal, aún tendremos que hacer otra selección. Este es el nuevo paso ¿escogeremos la respuesta de Dios o la de los dioses? La dificultad al escoger a los dioses en lugar de a Dios estriba en que los dioses limitados no son lo suficientemente poderosos. Para tener una respuesta adecuada sobre un principio personal, necesitamos dos cosas. Necesitamos un Dios personal-infinito (o un Dios infinito-personal) y necesitamos una unidad y diversidad personales en Dios.
Consideremos la primera selección, un Dios infinito. Únicamente un Dios personal-infinito es lo suficientemente poderoso. Platón entendió que los absolutos son indispensables, pues sin ellos nada tiene significado. Pero el problema de Platón era que sus dioses carecían del poder suficiente para satisfacer la necesidad. Por ello, aunque conocía la necesidad, ésta se desmoronaba, porque sus dioses no eran lo suficientemente poderosos para ser el punto de referencia o el lugar de residencia de sus absolutos, de sus ideales. En la literatura griega, algunas veces parecía que los hados se hallaban tras los dioses, y que los controlaban, y algunas
veces parecía que eran los dioses los que controlaban a los hados. ¿Por qué había esta confusión? Porque en este punto todo se desmoronaba en su pensamiento, porque sus dioses limitados no eran lo suficientemente poderosos. Esta es la razón por la cual necesitamos un Dios personal-infinito. Esto es lo primero.
Segundo, necesitamos una unidad y diversidad personales en Dios, no únicamente un concepto abstracto de unidad y diversidad, porque ya hemos visto que necesitamos un Dios personal. Necesitamos una unidad y diversidad personales. Sin esto no tendríamos respuesta.
De lo que estamos hablando es de la necesidad filosófica, en el terreno del ser y de la existencia, del hecho de que Dios está presente. Esto es todo: está presente.
No existe otra respuesta filosófica adecuada aparte de la que he descrito. Ya podéis buscar en la filosofía de la universidad, en la oculta, en la de las gasolineras, en cualquiera; no existe ninguna otra respuesta filosófica adecuada al problema del ser y la existencia aparte de la que he descrito. Existe únicamente una filosofía, una religión, que llene esta necesidad en el pensamiento del mundo, tanto oriental como occidental, antiguo o moderno, viejo o nuevo. Lo único que satisface la necesidad filosófica de la existencia es el Dios judeocristiano; no únicamente un concepto abstracto, sino la convicción de que Dios está realmente presente. ÉL existe realmente. No hay ninguna otra respuesta, y los cristianos ortodoxos deberían sentirse avergonzados de haber permanecido tanto tiempo a la defensiva. No es el momento de permanecer a la defensiva. No existe ninguna otra respuesta.
Observemos que no hay ninguna otra palabra que tenga menos significado que la palabra «dios». Por sí sola no significa nada. Como cualquier otra palabra, se trata únicamente de un símbolo lingüístico —d-i-o-s—, hasta que uno la llena de contenido. Esto se aplica especialmente a la palabra «dios», porque ninguna otra palabra se ha usado tanto para expresar significados tan absolutamente opuestos. El mero uso de la palabra «dios» no significa nada. Hay que poner contenido en ella. La palabra «dios», tal cual, no es una respuesta al problema filosófico de la existencia, pero el concepto judeocristiano de la palabra «dios» en el Antiguo y el Nuevo Testamentos satisface la necesidad de lo existente: la existencia del universo en su complejidad, y del hombre como hombre. ¿Y cuál es ese concepto? Es el concepto de un Dios infinito-personal, el cual es unidad personal en lo diverso en el más excelso nivel de la Trinidad.
De vez en cuando en mis disertaciones alguien me pregunta cómo puedo creer en la Trinidad. Mi contestación siempre es la misma. Si no existiese la Trinidad, todavía sería yo un agnóstico, ya que no existirían respuestas. Sin el alto orden de unidad y diversidad personales que hallamos en la Trinidad, no existirían respuestas.
Volvamos a lo infinito-personal. Mirado desde el plano de la infinitud de Dios, hay un gran abismo entre Dios por un lado, y el hombre, el animal, la flor y la máquina por el otro. Mirado desde el plano de su infinitud, Dios está solo. Él es el otro absoluto. Él es, en su infinidad, contrario a todo lo demás. Se diferencia de todo lo demás porque solamente él es infinito. Él es el Creador, todo lo demás fue creado. Él es infinito, todo lo, demás es finito. Todo lo demás fue aportado por la creación, por lo que todo lo demás es dependiente, y sólo él es independiente. Esto es absoluto mirado desde el plano de su infinidad. Por lo tanto, en lo que se refiere a la infinidad de Dios, el hombre está tan separado de Dios como lo está el átomo, o cualquier otra porción mecánica del universo.
Pero mirado desde el plano de lo personal que es Dios, el abismo está entre el hombre y el animal, la planta y la máquina. ¿Por qué? Porque el hombre fue hecho a la imagen de Dios. Esto no es únicamente «doctrina». No se trata de un dogma que tenga que repetirse continuamente, como diría McLuhan. Esto es una realidad en las profundidades del problema. El hombre está hecho a la imagen de Dios; por lo tanto, partiendo de la base de que Dios es un Dios personal, el abismo está, no entre Dios y el hombre, sino entre el hombre y todo lo demás. Pero mirado desde el plano de la infinidad de Dios el hombre está tan separado de Dios como lo está el
átomo o cualquier otro objeto limitado del universo. Así que sabemos por qué el hombre es finito y a la vez personal.
No se trata de que ésta sea la mejor solución del enigma de la existencia; es que es la única solución. He aquí por qué debemos mantener nuestra cristiandad con integridad intelectual. La única explicación de lo que existe es que él, el Dios infinito-personal, está realmente presente. Desarrollemos un poco más la segunda parte: la unidad y diversidad personales en el alto orden de la Trinidad. Einstein enseñó que la totalidad del mundo material podía ser reducida a electromagnetismo y gravedad. Al final de su vida anduvo buscando una unidad entre ambas cosas, algo que uniese el electromagnetismo y la gravedad, pero nunca lo halló. ¿Y qué hubiera sucedido si lo hubiese hallado? Se hubiese tratado únicamente de unidad en diversidad respecto al mundo material, y como tal, hubiese carecido de significado. Nada hubiese quedado arreglado, porque la necesidad de unidad y diversidad con relación a la personalidad no se habría afectado. Si hubiera conseguido unir el electromagnetismo y la gravedad, tampoco hubiese conseguido explicar la necesidad de unión y diversidad personales.
Por contraste pensemos en el Credo Niceno: tres Personas, un Dios. Alegrémonos de que escogieran la palabra «persona». Independientemente de si os dais cuenta o no de ello, esto fue la catapulta que lanzó el Credo Niceno a nuestro siglo y sus discusiones: tres Personas en existencia, amándose unas a otras, en comunicación unas con otras, antes de que todo lo demás existiese.
Si esto no hubiese sido así, hubiésemos tenido un Dios que necesitaría crear para amar y comunicarse. En tal caso Dios necesitaría al Universo tanto como el Universo necesita a Dios. Pero Dios no necesitaba crear, Dios no necesita al Universo como el Universo lo necesita a él. ¿Por qué? Porque tenemos una completa y verdadera Trinidad. Las personas de la Trinidad se comunicaban entre sí, y se amaban unas a otras, antes de la creación del mundo.
Esto no es solamente una respuesta a la aguda necesidad filosófica de unidad en la diversidad, sino a la unidad y diversidad personales. La unidad y la diversidad no pueden existir antes de Dios ni subsistir después de Dios, porque por mucho que se retroceda siempre se halla a Dios. Pero con la doctrina de la Trinidad, la unidad y la diversidad son Dios mismo: tres Personas, aunque un solo Dios. Esto es la Trinidad, y no menos que esto.
Debemos agradecer que nuestros antepasados cristianos comprendieran bien esto en el año 325 d.C., cuando recalcaron las tres Personas de la Trinidad, tal como claramente lo declara la Biblia. Observemos que ellos no inventaron la Trinidad para dar respuesta a las cuestiones filosóficas que los griegos de aquellos tiempos entendían muy dinámicamente. Es precisamente todo lo contrario. El problema de la unidad y la diversidad existía, y ellos vieron que en la Trinidad, tal cómo se enseña en la Biblia, tenían una respuesta que nadie más tenía. Ellos no inventaron la Trinidad para hacer frente a la necesidad; la Trinidad ya existía y hacía frente a la necesidad. Ellos comprendieron que en la Trinidad tenemos todo lo que estas personas están discutiendo y definiendo, pero para lo que no tienen respuesta.
Indiquemos una vez más que ésta no es la mejor respuesta, es la única respuesta. Nadie más, ni los filósofos, nos han dado jamás una respuesta a la cuestión de la unidad y la diversidad. Por eso, cuando las gentes nos preguntan si intelectualmente nos sentimos apenados por la cuestión de la Trinidad, yo siempre les remito a su propia terminología: unidad y diversidad. Todos los filósofos tienen este problema y ninguna filosofía tiene la respuesta. La cristiandad tiene una respuesta en la Trinidad. La única explicación de lo que existe es que él, el Dios trino y uno, está presente.
Entonces ya hemos dicho dos cosas. La única respuesta al problema metafísico de la existencia es que el Dios infinito-personal está presente; y la única respuesta al problema metafísico de la existencia es que él, la Trinidad, está presente: el Dios trino.
Seguramente que a estas alturas ya hemos llegado a la convicción de que la filosofía y la religión tratan de los mismos asuntos. Obsérvese que en el concepto básico de la existencia, del ser, o
se acepta la respuesta cristiana o nada. Si entendéis esto, independientemente de que seáis evangélicos u ortodoxos, vuestra vida cambiará.
Permitidme decir algo aprovechando la oportunidad. Veo que muchos evangélicos y ortodoxos quieren la verdad siempre que sea fiel a los dogmas, o a lo que dice la Biblia. Nadie defiende más la inspiración de las Sagradas Escrituras que yo, pero la verdad no termina con la presentación del cristianismo, con lo que la Biblia misma expone. La verdad del cristianismo consiste en que es fiel a lo que existe. Podéis ir hasta el fin del mundo sin necesidad de temer, como lo hacían los antiguos, que al final caeréis en el abismo y los dragones os comerán. Podéis llevar vuestra discusión intelectual hasta el final, porque el cristianismo no sólo es fiel a los dogmas, no sólo es fiel a lo que Dios ha dicho en la Biblia, sino que también es fiel a lo que existe, y nunca caeréis al abismo en el confín del mundo. No se trata de un simple modelo aproximado, sino que se ajusta a la realidad de lo que existe. Cuando los evangélicos comprendan esto, cuando el mundo evangélico lo comprenda, quizá tengamos nuestra revolución. Empezaremos a tener algo hermoso y vivo, algo vigoroso en este pobre y perdido mundo. Tal es la verdad desde el punto de vista cristiano y según Dios lo indica en las Sagradas Escrituras. Pero si vamos a tener esta respuesta, obsérvese que deberemos tener la total respuesta bíblica, y no reducir el cristianismo ni al pantodoísmo oriental, ni al pantodoísmo de la teología liberal moderna, tanto protestante como católica romana. No debemos permitir que se nos filtre el panteísmo teológico, ni tampoco reducir el cristianismo a la teología moderna existencial. Si vamos a obtener estas grandes y titánicas respuestas, el cristianismo debe ser la total respuesta bíblica. Necesitamos la total posición bíblica para obtener la respuesta al problema filosófico básico de la existencia de lo que existe. Necesitamos en su totalidad lo que la Biblia afirma de Dios: que él es el Dios infinito-personal, y el Dios trino y uno.
Permitidme ahora que exprese esto en dos diferentes formas. Una de las formas de decirlo es que sin el Dios infinito-personal, el Dios de la unidad y diversidad personales, no hay respuesta al problema de la existencia de lo que existe. También lo podemos decir de otra forma: el Dios infinito-personal, el Dios que es la Trinidad, ha hablado. Está presente, y no está callado. De nada sirve tener un Dios callado. No sabríamos nada de él: Ha hablado y nos ha dicho lo que es y que él existía antes que nada, y por ello tenemos respuesta al problema de la existencia de lo que existe.
No está callado. Si tenemos la respuesta es porque el Dios infinito-personal, el pleno Dios trino, no ha estado callado. Nos ha dicho quién es él. Adaptad vuestro concepto de la inspiración y la revelación en estos términos, y veréis cómo se acoplan a las razones básicas del pensamiento moderno. No está callado. Esta es la razón que conocemos. Y es porque él ha hablado. ¿Qué nos ha dicho? ¿Se ha referido únicamente a otras cosas? No, nos ha dicho la verdad de la verdad de sí mismo, y porque nos ha dicho la verdad de la verdad de sí mismo —es decir, que él es el Dios infinito-personal, el Dios trino— tenemos la respuesta a la existencia. También podemos expresarlo de esta forma: en lo tocante a la metafísica —del ser, de la existencia— la revelación especial y general habla con una sola voz. Todas las formas de expresarlo indican lo mismo aunque desde diferentes puntos de vista.
En resumen, el hombre, empezando por sí mismo, puede definir el problema filosófico de la existencia, pero no puede producir por sí mismo la respuesta al problema. La respuesta al problema de la existencia es que el Dios infinito-personal, el Dios trino está presente, y que el Dios infinito-personal, el Dios trino no está callado.
Quizá sería conveniente destacar que tanto en la cuestión de la existencia como en la de la moral, el cristianismo da la única y suficiente respuesta con relación al presente dualismo a pesar del monismo original.8 En la existencia, Dios es espíritu. Esto es tan cierto respecto al
8 Algunos pueden decir que existe otra posibilidad (alguna forma de dualismo, es decir, dos contrarios de existencia simultánea, como coiguales y
coeternos), Por ejemplo, pensamiento (ideales o ideas) y materia; o en relación a la moral, el bien y el mal. Sin embargo, si en relación a la moral uno mantiene esta posición, no hay razón alguna para llamar bueno al uno y malo al otro: la elección y las palabras son puramente subjetivas si no existe algo por encima de ellas. Y si existe algo superior a ellas entonces ya no existe el dualismo. En metafísica, el dilema es que nadie se queda al final con el
Padre como al Espíritu Santo, e igualmente respecto al Hijo, antes de la encarnación. Así pues, empezamos con un monismo, pero, con el Dios infinito creando de la nada el universo material, existe ahora un dualismo. Debe observarse que aun cuando Dios creó algo que antes no existía, no se trata de un principio de la nada nada, ya que él ya existía (como el Dios infinito-personal) para crear.
2
LA NECESIDAD MORAL
Pasemos ahora a la segunda área del pensamiento filosófico: el hombre y el dilema del hombre. Existen, como hemos visto, dos problemas relacionados con el hombre y su dilema. El primero de ellos es el hecho de que el hombre es personal, diferente del no-hombre, y sin embargo es finito. Debido a que es finito, no tiene en sí mismo el suficiente punto de integración. De nuevo, como Jean Paul Sartre dijo, si un punto finito no tiene un punto de referencia infinito, carece de significado y es absurdo.
A pesar de ello, el hombre es diferente del no-hombre, es personal; tiene la hombría del hombre, lo que le distingue del no-hombre. Este es el primer problema: es diferente a causa de su hombría y sin embargo es finito. No tiene el suficiente punto de integración en sí mismo.
El segundo punto con relación al hombre y su dilema es lo que llamaríamos la nobleza del hombre. Quizá no nos guste esta palabra debido a sus románticos lazos con el pasado; no obstante, hay maravilla en el hombre. Pero, en contraste con esto, hay crueldad en el hombre. Así que por un lado tenemos al hombre maravilloso y noble, y por el otro su horrible crueldad entrelazada en la trama y urdimbre de la historia humana.
También podemos expresarlo de otra forma: el alejamiento del hombre respecto a sí mismo y a los demás en el campo de la moral. Y esto nos conduce a la palabra «moral». Hasta ahora nos hemos ocupado del problema de las metafísicas, pero ahora debemos entrar en el campo de la moral.
Dejando a un lado la «respuesta» que dice que no existen respuestas en el terreno de la razón, la primera respuesta dada a este dilema de la moral es (como en el terreno de la metafísica) el comienzo impersonal. Cuando consideramos la finitud y crueldad del hombre, ciertamente nos parecerá que estas cosas no son una, sino dos. La humanidad siempre ha considerado estas cosas como dos problemas diferentes. La finitud del hombre es su pequeñez; él no es un punto de referencia suficiente para sí mismo. Pero su crueldad ha sido siempre considerada diferente de su finitud. Sin embargo debemos observar algo. Si aceptamos el comienzo impersonal, llegaremos a un punto en que su finitud y su crueldad son la misma cosa. Esto es una regla absoluta. Independientemente de la clase de impersonalidad con la que empecemos, bien sea la ciencia moderna con sus partículas de energía, o con el pantodoísmo oriental; o la teología neo-ortodoxa, finalmente estos dos problemas emergen en uno solo más bien que en dos. Con un comienzo impersonal, la moral no existe como moral. Si se empieza con un comienzo impersonal, la respuesta al problema de la moral resulta ser la afirmación de que no existe la moral (por muy sofisticada que sea la forma en que se expresa). Esto es cierto si uno comienza con el panteísmo oriental, con el nuevo panteísmo teológico o con las partículas de energía. Con un comienzo impersonal, todo es al fin igual en el terreno de la moral. Con un comienzo impersonal, la moral es solamente otra forma de metafísica, de existencia. La moral desaparece y queda solamente un área filosófica en lugar de dos.
dualismo. Detrás de Yin y de Yang existe un indefinido Tao, y detrás del zoroastrismo se halla una intangible figura o cosa. El hecho real es que cualquier forma de dualismo nos deja alguna forma de tensión o inestabilidad y hay una tendencia regresiva al monismo.
Todos los hombres intentan hallar una unidad entre las dos; o en el caso del concepto del paralelismo (por ejemplo, ideales o ideas y materia) es preciso hallar una relación, una correlación o contacto entre ambas, o nos quedamos con el concepto de que ambas marchan hombro con hombro sin unión que justifique esa armonía.
Así que en un intentado paralelismo ha habido una constante tendencia a que un lado se subordine al otro, o a que el otro se convierta en ilusión. Además, si los elementos del dualismo son impersonales, nos quedamos con el mismo problema tanto en el ser y en la moral, como sucede en el caso de un final impersonal simplificado.. Así pues, para mí, el dualismo no es una forma de respuesta básica como las tres de las cuales trato en este libro.
Puestos en esta posición, podemos hablar de lo que es antisocial, o qué sociedad no gusta, o incluso cuál no nos gusta, pero no podemos hablar de lo que realmente es justo y de lo que realmente es injusto. Si empezamos con lo impersonal, la actual alienación del hombre se debe a la suerte; se ha convertido en algo que no está de acuerdo con lo que el universo ha sido siempre; es decir, se ha convertido en impersonal. Por ello el dilema del hombre, la tensión del hombre, no se halla nunca en el lado moral, si se comienza con lo impersonal; más bien, si extendemos el argumento, el hombre ha sido sacado del carril de lo que el universo ha sido y es intrínsecamente.
Suponiendo que el comienzo fue impersonal, el hombre, accidentalmente, se ha convertido en un ser con aspiraciones, incluyendo impulsos morales para los cuales no hay definitiva satisfacción en el universo tal cual es. El hombre ha sido «lanzado arriba» con la forma en que ha desarrollado su sentimiento de impulsos morales, pues en realidad éstos no tienen significado en el universo tal cual es. He aquí la alienación cósmica fundamental, el dilema de nuestra generación: Giacometti, con sus figuras estáticas alejadas siempre de todo el mundo y del espectador que las observa en el museo. El problema de nuestra generación es de conciencia de alienación cósmica, incluyendo el terreno de la moral. El hombre tiene conciencia de los movimientos morales, mas en el universo tal cual es, está completamente fuera de lugar con lo que existe.
Quizá preguntéis por qué uso la frase «movimientos morales». Simplemente escogí esta frase porque no me refiero a normas específicas. Me refiero al hecho de que el hombre siempre ha sentido que las cosas están bien hechas o están mal hechas. No hablo de que ciertas normas sean buenas o malas. Todos los hombres tienen conciencia de los movimientos morales. Ni en la más remota antigüedad hallaríais a alguien que no la tuviera. Tampoco hallaréis prostituta alguna por las calles que no tenga cierta conciencia de movimientos morales. No hallaréis ni determinista, ni psicólogo conductista que no tenga conciencia de los movimientos morales, incluso si dice que la moral como moral no existe. He aquí pues que nos hallamos al hombre frente a su conciencia de los movimientos morales que en realidad conducen únicamente a una completa alienación cósmica, ya que si se empieza con lo impersonal, en el universo tal cual es actualmente no hay lugar para la moral como moral en sí. No hay ninguna norma en el universo que dé un definitivo significado a palabras tales como el bien o el mal. Si comenzamos con lo impersonal hallaremos que el universo es totalmente mudo sobre tales palabras.
Así pues, para el panteísta, la tensión o mal fundamental es la falta de aceptación de vuestra impersonalidad. Si dirigís la mirada hacia el Oriente, donde el panteísmo se ha desarrollado con mucha más uniformidad que en nuestra moderna teología liberal, o en el tipo hippy del panteísmo, observaréis que el mal fundamental del hombre, el fundamental Karma, si lo preferís, es el hecho de que no acepta su impersonalidad. En otras palabras, no acepta ser quien es. En el pantodoísmo hindú existe un gran desarrollo del hecho de que no hay diferencia definitiva entre la crueldad y la no crueldad. Esto puede verse fácilmente en la persona de Kali. En todas las representaciones hindúes de Dios, hay siempre una figura femenina. Algunas veces la gente dice que existe una trinidad en el hinduismo debido a que hay tres diferentes caras reproducidas en un bajorrelieve. Pero ello es debido a que no comprenden que se trata solamente de un bajorrelieve. Realmente son cinco las caras que hay en una representación hindú, cuatro alrededor, si mantenéis la figura de pie, y una en la parte superior, mirando hacia arriba, incluso si no la podéis ver e incluso si no se halla realmente tallada. No existe la trinidad en el hinduismo. No solamente no son tres sino que son cinco, pero, lo que es más importante, no son personas: son únicamente manifestaciones del dios final, impersonal. Pero una de las manifestaciones es siempre femenina, debido a que lo femenino debe estar presente como está lo masculino. Mas lo curioso es que la femenina Kali siempre es destructora. A menudo se la representa provista de grandes colmillos, con cráneos colgando de su cuello. ¿Por qué? Porque finalmente, la crueldad es solamente una parte de lo que es como lo es la no crueldad. Por ello tenemos a Vishnú en sus tres fases constructivas, pero por otra parte siempre veréis a Kali, la que rompe, la que destruye, la que está dispuesta a devorarles la carne y destrozarles. La crueldad es una parte de lo que es, como la no crueldad.
¿Por qué la parte cruel es siempre femenina? Nadie lo sabe, pero me atrevería a conjeturar que es un recuerdo pervertido relativo a Eva. El mito generalmente se refiere a algo, retrocede a algo, pero generalmente nos llega pervertido.
Eventualmente, cuando se examina la nueva teología, así como el panteísmo del Oriente, se llega a un momento en el cual no se puede hablar honradamente de bien o de mal. En el
pantodoísmo religioso occidental hallamos hombres que intentan salirse de esta situación, y mantener una distinción entre crueldad y no crueldad. Intentan evitar el llegar al momento en que tengan que reconocer que no existe significado básico para las palabras «bien» y «mal». Mas esto no puede conseguirse. Es como querer que una piedra suba a la montaña. Cuando se empieza por lo impersonal, aun cuando se usen términos religiosos e incluso términos cristianos, no existe el final absoluto y no existen categorías finales referentes al bien o al mal. Partiendo de esto, lo que queda se puede definir de diferentes formas en diferentes culturas, pero es únicamente lo relativo, lo que es sociológico, estadístico, situacional, y nada más. Podemos tener éticas situacionales, estadísticas, la norma de los promedios, pero no podremos obtener moralidad.
Finalmente, debemos entender que en este punto, el bien carece de significado tanto como el mal. La moral como moral desaparece y lo único que nos queda es la metafísica. Únicamente somos los pequeños contra los grandes, y nada que tenga significado en el bien y en el mal. En nuestra moderna cultura estamos llegando muy rápidamente a esto. Consideremos el concepto de Marshall McLuhan de que la democracia está acabada. ¿Qué es lo que nos quedará en lugar de la democracia o de la moral? Dice que está llegando el momento para esta aldea que es el mundo (y en el campo de la electrónica no está lejano) en que podremos conectar a cualquier individuo con un computador gigante, y lo que éste indique como promedio en un determinado momento decidirá si es un hombre bueno o malo. Quizá penséis que esto está aún lejano, pero no es así, ya que debéis entender que esto es exactamente lo que Kinsey indica como éticas estadísticas sexuales. Es el sistema con que los suecos modernos regulan su ética sexual.
No es una teoría. En nuestra cultura occidental hemos llegado a este punto porque el hombre se ve a sí mismo como fruto de lo impersonal, de la partícula de energía y nada más. Lo único que nos queda son las éticas estadísticas, y en este punto, simplemente no existe la moral.
Si usamos el lenguaje religioso en lugar del lenguaje secular, puede parecer que la tensión cede un tanto. Pero cuando nos apoyamos en las palabras religiosas, no tienen más significado real que la reducción naturalística, psicológica, de la moral al condicionamiento y los reflejos. Tras las palabras de connotación religiosas, nos encontramos únicamente con el mismo problema con que nos encontramos en el mundo secular. El concepto de moral como moral al fin de cuentas desaparece. El hombre que expresó esto mejor que nadie fue el marqués de Sade, con su determinismo químico, al afirmar sencillamente: «Lo que es, está bien». Nadie podrá argumentar contra ello, si empezamos por un principio impersonal.
Resumamos: Comenzando con lo impersonal, no existe explicación para la complejidad del universo o la personalidad del hombre. Como dije en el precedente capítulo, no se trata de que el cristianismo sea la mejor respuesta, sino que si se comienza por lo impersonal, en realidad no se tiene ninguna otra respuesta a todas las preguntas metafísicas. Y lo mismo sucede en el área de la moral. Si se comienza por lo impersonal, independientemente de cómo defináis dicha impersonalidad, no existe significado para la moral.
Examinemos ahora la respuesta opuesta: el principio personal. Con esta respuesta, existe la posibilidad de mantener separadas la metafísica y la moral. Esto es un tema muy profundo, aunque parezca sencillísimo. Mientras el principio impersonal nos conduce a una fusión de la moral y la metafísica, el principio personal nos brinda la posibilidad de mantenerlas separadas. En otras palabras, la limitación del hombre puede separarse de su crueldad.
Sin embargo, tan pronto como reconocemos esto nos enfrentamos con una terrible pregunta. Si empezamos por un principio personal y miramos al hombre como es ahora, ¿cómo podemos explicarnos el dilema de su crueldad? ¿Bajo qué perspectiva debemos mirar esto?
Existen dos posibilidades. La primera es que el hombre tal cual es ahora en su crueldad es lo que intrínsecamente ha sido siempre, es decir lo que es el hombre. El símbolo h-o-m-b-r-e iguala a lo que es cruel, y ambos no pueden ser separados. Pero si es verdad que el hombre ha sido siempre cruel, nos hallamos ante dos problemas.
Desearía tratar extensamente el primero de ellos. Si el hombre fue creado por un Dios personal e infinito, ¿cómo podemos eludir la conclusión de que el Dios personal que hizo al hombre cruel es también malo y cruel? Aquí es donde entran en escena los pensadores franceses Charles Beaudelaire y Albert Camus. Beaudelaire, gran historiador del arte y gran pensador, pronunció esta célebre declaración: «Si existe un Dios, es el Diablo». En principio los cristianos creyentes en la Biblia pueden reaccionar negativamente ante esta afirmación. Sin embargo, después de meditarlo, un verdadero cristiano convendría con Beaudelaire en que si hay una línea
ininterrumpida entre lo que el hombre es ahora y lo que intrínsecamente ha sido siempre, entonces si hay un Dios, es el Diablo. Aunque como cristianos estemos definitivamente en desacuerdo con Beaudelaire, tendremos que aceptar esta conclusión si empezamos con su premisa.
Sin embargo Camus trata el mismo problema desde un punto de vista ligeramente diferente. Argumentaba que si realmente existe un Dios, no debemos luchar contra el diablo, ya que si lo hacemos estaremos luchando contra Dios que hizo el mundo tal como es. Creo que lo que estos dos hombres dicen es irrefutable si aceptamos la premisa básica de que el hombre permanece donde siempre ha permanecido, es decir, que ha habido una continuidad de crueldad intrínseca. Al llegar aquí, nos encontramos con quienes ofrecen una respuesta selectiva en el área de la irracionalidad. La primera clase de respuesta que tratamos en el capítulo uno era la que dice que no existen respuestas, que al final todo es caótico e irracional. Mucho de lo que es religioso, y específicamente la teología liberal occidental, se inclina hacia el campo de la irracionalidad y dice: «No tenemos respuesta para esto, pero hagamos uso de la fe contra toda razón y toda equidad y digamos que Dios es bueno». Esta es la posición de toda la teología liberal moderna, tanto si se trata de la antigua línea liberal racional, como si se trata del pensamiento bartiano. Sin embargo esto se verá por lo que es: una parte de la respuesta al caos y la irracionalidad. Ya he dicho que quienes argumentan que la irracionalidad es la respuesta, son siempre selectivos en lo que se refiere a si ellos llegarán a ser irracionales. Esto es indudablemente cierto en esta área. Repentinamente los hombres que venían diciendo que basaban sus argumentos en la razón, se convierten en irracionalistas en este punto, y dicen que sólo hay una respuesta irracional a la pregunta de por qué Dios es bueno. La teología moderna liberal está firmemente fija en esta clasificación.
Examinemos esto más detalladamente. En el momento en que la irracionalidad es traída a este punto, nos conducirá a una tensión en dos direcciones al mismo tiempo. Primeramente, habrá una regresión hacia la razón. Cuando las gentes argumentan que Dios es un Dios bueno contra toda razón y racionalidad, algo hay en ellos que está en tensión. Consecuentemente, los liberales que ofrecen esta respuesta frecuentemente se retrotraen a la razón, y cada vez que lo hacen, pierden su optimista y ciega respuesta. En cuanto entran en la razón, la respuesta optimista desaparece, porque todo el optimismo referente a la bondad de Dios reposa sobre la irracionalidad. Si retroceden hacia la razón, han retrocedido al pesimismo, es decir, que si existe Dios es un Dios malo, según lo dicho por Beaudelaire, es el Diablo. Cuando uno se encamina hacia la irracionalidad, existe la tendencia a sumergirse en el pesimismo.
La otra tensión que inmediatamente se produce cuando la gente da esta respuesta es la caída en la otra dirección, la que convierte todo en irracional. A medida que caen en la irracionalidad, se preguntan, ¿dónde pararemos? Entonces tienden a decir que quizás uno debería simplemente aceptar el todo irracional, la situación caótica, y decidir que no tiene significado usar ninguna suerte de «palabras divinas». El irracionalismo no puede ser acallado para que contra toda razón diga que Dios es bueno. Estas son las dos tensiones que se producen tan pronto como se procura introducir la respuesta de la irracionalidad en este punto crucial.
El segundo problema inherente a esta situación es que si decimos que el hombre con su actual crueldad es lo que siempre ha sido y lo que intrínsecamente es, ¿cómo podemos tener esperanza alguna de un cambio cualitativo en el hombre? Puede haber un cambio cuantitativo, es decir, puede llegar a ser algo menos cruel, pero no puede nunca existir el cambio cualitativo. Si Dios hizo al hombre como ahora es entonces esto es lo que el hombre es como tal. Así pues, nos queda el pesimismo en relación con el hombre y sus acciones. Estos son los dos problemas que surgen al dar por sentado que el hombre fue hecho por un Dios personal, que su origen fue personal y no impersonal, y que el hombre ha sido siempre lo que ahora es.
Permítaseme, sin embargo, que retroceda. Digamos que nos declaramos en pro de un principio personal, de que el hombre ha sido hecho por algo que es personal y no que sea una parte de un «cuanto-existe» completamente impersonal, total y definitivo. Volvemos a un principio personal para el hombre, a la creación del hombre por un Dios personal. Debemos reconocer una segunda posibilidad: que el hombre tal como es ahora no sea lo que era; que el hombre haya sufrido una solución de continuidad, en lugar de continuar siendo lo que fue. O, para decirlo de otra forma, el hombre es ahora anormal, ha cambiado.
Esto involucra otra pregunta y otra elección: si Dios cambió al hombre, o le hizo anormal, caemos de nuevo en que es un Dios malo, y no hemos solucionado nada. Pero todavía existe otra posibilidad: que el hombre creado por Dios como ser personal haya cambiado por sí mismo,
que haya llegado a la discontinuidad no porque Dios le haya cambiado, sino porque ha cambiado por sí mismo. Lo que el hombre es ahora por su propia elección no es lo que intrínsecamente era. En este caso podemos entender que el hombre sea ahora cruel, pero Dios no es un Dios malo. Esta es precisamente la tesis judeocristiana.
Hemos estudiado todas las posibilidades filosóficas, y hemos visto las fallas, y adónde conducen en cada caso. Ahora llegamos a la otra posibilidad, la tesis judeocristiana. Se ha producido en el hombre una transformación histórica, espacio-temporal. En el hombre hay una discontinuidad y no una continuidad. El hombre, hecho a imagen de Dios y no programado, en algún momento de la historia varió por propia elección desde su adecuado punto de integración. Al proceder así se convirtió en algo que previamente no era, y el dilema del hombre se convierte en un verdadero problema moral más que en un mero problema metafísico. El hombre, en un determinado momento de su historia, se transformó a sí mismo, y ahora permanece en su crueldad, en discontinuidad con lo que fue, y tenemos una cierta situación moral: de repente la moral existe. Todo queda supeditado al hecho de, que el hombre ahora es anormal; en contraste con lo que originalmente fue.
La diferencia entre el pensamiento cristiano y el de los filósofos no cristianos, ha residido siempre en este punto. Los filósofos no cristianos siempre han dicho que el hombre es ahora anormal, pero el cristianismo bíblico dice que el hombre es anormal ahora. Es interesante en este aspecto observar que el difunto Heidegger comprendió que no se podía llegar a respuestas definitivas afirmando que el hombre es siempre normal, por lo que él a su modo dice que el hombre es anormal. Pero proponía una clase de anormalidad muy diferente, epistemológica, aristotélica. Esto en realidad no da ninguna respuesta al problema, pero es curioso que Heidegger, quizás el mayor filósofo moderno no cristiano, viese que la tesis de que el hombre es normal conduce a un punto muerto.
Sin embargo, cuando, se piensa en la respuesta cristiana; es decir, que el hombre es anormal ahora porque en algún momento de su historia cambió (no epistemológica sino moralmente) emergen inmediatamente cuatro puntos:
1. Podemos ahora explicar lo que acontece: es decir, que el hombre ahora es cruel, sin que por ello Dios haya de ser un Dios malo.
2. Hay una esperanza de solución para este problema moral que no es intrínseco a la hombría del hombre. Si su crueldad es intrínseca a su hombría, si esto es lo que el hombre intrínsecamente ha sido siempre, entonces no hay esperanza de solución. Pero si se trata de una anormalidad, existe una esperanza de solución. Al dejar esto sentado, la propiciatoria y sustitutiva muerte de Cristo deja de ser un concepto incomprensible. En la teología liberal, la muerte de Cristo siempre es una incomprensible palabra divina. Pero en este punto al cual hemos llegado, la sustitutiva muerte de Cristo cobra significado. No se trata meramente de palabras divinas ni de historias sobrenaturales. Tiene un significado sólido. Podemos tener la esperanza de una solución para el problema del hombre si éste es ahora anormal.
3. Sobre esta base podemos tener un gran motivo para luchar contra el demonio, incluyendo el demonio social y la injusticia social. El hombre moderno no tiene bases reales para luchar contra el demonio, porque ve al hombre como normal, tanto si procede del pantodoísmo oriental como de la teología liberal moderna, o del pantodoísmo que reduce el todo (incluyendo al hombre) a únicamente la partícula original de energía. Pero el cristiano sí tiene base; puede luchar contra el demonio sin tener que luchar contra Dios. El cristiano tiene la solución al problema de Camus, podemos luchar contra el demonio sin luchar contra Dios, porque Dios no hizo las cosas tal como son ahora, como el hombre las ha hecho con su crueldad. Dios no hizo cruel al hombre, y por lo tanto no hizo los resultados de la crueldad del hombre. Estos resultados son anormales, contrarios a lo que Dios hizo, y por ello podemos luchar contra el demonio sin luchar contra Dios. En otro de mis libros he usado el relato de Jesús ante la tumba de Lázaro. Para mí, lo que Jesús hizo ante la tumba de Lázaro prende fuego al mundo; se convierte en grito que agita la ciénaga del siglo veinte. Jesús llegó a la tumba de Lázaro. Aquel que se dice Dios permanece ante la tumba, y el idioma griego nos dice claramente que experimentó dos emociones. La primera fue el llanto por Lázaro, pero la segunda emoción fue una ira ciega. Estaba furioso, y podía estar furioso con el demonio de la muerte sin estar furioso contra sí mismo como Dios. Esto es tremendo en el contexto del siglo veinte. Cuando yo miro al demonio, la crueldad anormal no hecha por Dios, mi reacción debería ser la misma. Yo puedo no solamente increpar al demonio, sino que puedo estar encolerizado con el demonio, siempre que tenga cuidado en que el