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Abuelo, quien habla es Aschlop, la hija del puma.

In document La Hija Del Puma, Monica Zak_ Guatemala (página 36-38)

Angelina Pérez, que tenía catorce años y que prefería llamante Aschlop, se incorporó y miró su antiguo pueblo. Vio a dos hombres que iban hacia la milpa y a una anciana, así como a dos niños pequeños que llevaban unas ovejas.

El pueblo ya no era como antes, Ahora se hallaba extrañamente desierto.

Pero ella empezó a caminar hacia allá. La inquietud y las expectativas habían vuelto a su corazón. "Ojalá que la abuela este ahí y también Mateo", pensó. Una de las tragedias ocurridas tres años antes, fue que la abuela se había quedado atrás Había ido a visitar a una hermana en un pueblo vecino, cuando todo comenzó y tuvieron que irse sin ella. Desde entonces vivían pensando qué habría sido de la abuela. ¿Estaría viva todavía? Papá Kuschín le había escrito una carta a la dirección de Yalambojoch. pero posiblemente no llegó, pues nunca recibió respuesta. Además la abuela no sabía leer. Aschlop caminó despacio por el pueblo, No iba por la calle principal, pues no quería que la vieran.

Le costaba trabajo creer lo que estaba viendo. Yalambojoch era un pueblo fantasma. El monte crecía entre las casas, que en su mayoría fueron quemadas o se habían caído; en algunos lugares sólo había restos de madera carbonizada entre la maleza. La plaza estaba silenciosa y vacía. Sólo se veía a algunos hombres armados con fusiles y sacos de arena apilados. Sin duda se trataba de la Patrulla de Autodefensa Civil del pueblo. Deseaba ardientemente que no la vieran. Rápidamente se metió entre la maleza y se dirigió a la que fuera su casa, pero también estaba vacía. Todo parecía irreal. Estaba parada frente a su antigua casa, pero nada estaba como antes. Las tablas de las paredes habían desaparecido y el techo se había derrumbado. Al asomarse al interior, vio que la pieza estaba invadida por arbustos y plantas trepadoras. Entró y comenzó a caminar con cuidado. Arrancó todas las plantas, quería encontrar algún objeto, algo que le recordara su vida feliz en aquel lugar. Pero no halló nada.

Desde el umbral vio unas cuantas casas que no estaban destruidas y que parecían habitadas. ¿Pero quiénes vivían ahí ahora? Se dirigió hacia la derecha, sobre el camino que llevaba al río; era el mismo de antes, pudo reconocer cada piedra, todo estaba igual que cuando iba y venía, varías veces al día, en busca de agua. Ahora estaba frente a la casa de la abuela. No estaba destruida. Había un cartel electoral en la pared y salía humo por la puerta.

La abuela estaba sentada cerca del fuego. Aschlop se alegró de sobremanera Parecía como si nunca hubiera estado lejos; la abuela se veía igual que cuando Aschlop salió del pueblo, tres años antes. La abuela tenía un pañuelo azul atado sobre el cabello gris, la nariz curva y el labio inferior un poco salido

Llevaba puesto un grueso huipil rojo y amarillo y estiraba los pies para calentarse.

-¡Abuela! Aschlop tomó sus manos y las apretó. No se dijeron nada. Aschlop sólo apretaba las delgadas y pequeñas manos de la abuela, la veía y sonreía.

-¡Abuela! -dijo-. Y pensar que estabas aquí.

-Pequeña Aschlop -dijo la abuela-. ¡Qué grande estás! Ya te podrías casar. Pero qué pálida y cansada te ves. -Es que he caminado varios días y no he dormido desde hace mucho.

- Tengo algunas tortillas y sopa de repollo. Te haré café. La abuela puso la jarrilla con café y la olla en el fuego. Aschlop se acurrucó junto a ella y entonces se dio cuenta de lo cansada que estaba.

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-Sé que tienes mucho que contarme -dijo la abuela-. Pero come primero.

Luego dormirás un poco, ¿Te ha visto alguien? -¡No!

Por la tarde, la abuela despertó a Aschlop con un pocillo de café caliente. Tenía unas velas y una caja de fósforos en la mano. Ve primero con el abuelo -dijo-, pero procura que no te vean.

Aschlop evitó pasar frente a las casas habitadas hasta llegar al cementerio. Lo encontró destruido y lleno de monte, como todo en Yalambojoch. La única tumba que estaba cuidada era la del abuelo. Se hincó frente a ella y rezó todas las oraciones que el sacerdote le había enseñado. Cuando terminó de rezar, encendió las velas y las colocó sobre la tumba. Luego se sentó y comenzó su relato:

"Ahora estoy aquí, abuelo, -dijo con voz clara-, soy yo, Aschlop, la hija del puma. Han pasado tres años desde la última vez que estuve aquí. ¿Te acuerdas cómo nos divertimos el Día de Muertos, cuando bailamos, comimos y tomamos, para que te pusieras contento? ¿Cómo has estado todo este tiempo? Espero que no te hayas sentido demasiado solo."

Te voy a contar todo lo que nos ha pasado a mí y a la gente del pueblo. ¡Qué lástima que te hayas muerto! Cuando te fuiste, no había nadie en el pueblo que conociera el calendario maya, sus rezos y sus ceremonias. Tú lo habías hecho solo durante tantos años y cuando te moriste no había nadie a quien elegir como rezador. Por eso ya no hubo nadie que hiciera ofrendas en las montañas y pidiera por todo el pueblo. Ya no hubo nadie que pudiera interpretar las señas. La noche antes de que pasara la desgracia, se escucharon los pájaros carpinteros, los coyotes y las liebres; los animales nos previnieron, pero nadie les hizo caso. Y al día siguiente, la tierra gritó fuera de la casa comunal, pero tampoco se le hizo caso. Si tú hubieras estado, nos habrías advertido. Seguramente nos habrías hecho huir a nosotros y a los de San Francisco antes de que llegaran los pintos. Yo estuve en San Francisco cuando ocurrió la desgracia

¿Lo sabías, abuelo? Mateo y yo habíamos ido a comprar maíz, pero Mateo se adentró en el bosque en busca de una vaca y por eso se escapó. Yo me escondí en la parte superior de la pirámide. Los pintos no me vieron. Todos los pobladores fueron asesinados, sólo dos hombres pudieron escapar. Después los encontramos en México. Tenían una lista de todos los que habían sido ejecutados. Yo vi aquella lista. Había trescientos cincuenta y un nombres, más de cien eran de niños menores de doce años. "Espero que no estés decepcionado de nosotros, pero no podíamos quedarnos en el pueblo. Nos vimos obligados a huir. Me entristeció mucho tener que dejarte, pero pensé que sólo nos iríamos por algunos días, lo cual no fue así. Ya han pasado tres años desde entonces. Cuando huimos me dio mucha tristeza no haberme llevado al pequeño Dios Verde. Simplemente se me olvidó."

Aschlop guardó silencio y comenzó a buscar dentro del rebozo que se había amarrado alrededor de la espalda con un nudo en el pecho. En seguida, sacó algo que conservó en la mano apretada como un puño. Poco a poco fue abriéndola; en su palma de la mano estaba la pequeña cabeza de jade verde.

"Mira, abuelo, aquí está. ¿Creerás que estaba en el mismo escondite? No se me ha olvidado lo que me dijiste: que siempre la conservara y que jamás la vendiera”

De seguro ya sabes que los soldados mataron a Pascual, También asesinaron a tu hija y a tus nietos. Incluso a los más pequeños, Quisimos enterrarlos, pero no nos atrevimos y salimos corriendo de allí ¡Corrimos bajo una lluvia intensa. Casi no me acuerdo de la huida. Sólo recuerdo que teníamos frío y que en las noches nos tapábamos con un trapo de plástico, Luego papa dijo que estábamos en México, A mí no me importaba. Estaba, cómo te diré, como perdida. No quería seguir viviendo. Me acuerdo que nosotros, bueno, papá y nuestra familia, nos detuvimos frente una casa, que papá dijo que se hallaba en el lado de México. Era una casa con techo de palma y paredes de bajareque.

Una mujer con una gran pansa salió rodeada de sus hijos harapientos. Nos vio y papá le dijo que veníamos huyendo del ejército guatemalteco."

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