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La Hija Del Puma, Monica Zak_ Guatemala

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Academic year: 2021

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Mi nombre es Aschlop

Con los ojos abiertos en la oscuridad, la joven chuj descansaba en la cama, oyendo el canto de los grillos, unas veces intenso, otras suaves. También oía el viento de la selva, que a ratos hacía sonar una cinta de casete que su hermano Antil colocó alrededor de los palos que había entre las casas. Y es que cuando el porta casetes se rompió y dejó de funcionar, Antil extendió la cinta y la enrolló en los palos, de manera que cada vez que el viento soplaba, ésta emitía un sonido extraño. Todos estaban asombrados de la inventiva del muchacho.

"Ahora se oye la música de Antil", decían las mujeres de la fi n ca cuando escuchaban aquel sonido y momentáneamente suspendían sus quehaceres para escucharla.

Cuando la 'música' cesó, la joven supo que el viento se había calmado y que estaba a punto de amanecer. Se quedó quieta, se cubrió el mentón con la sábana, y se puso a pensar en lo que hacía tiempo deseaba hacer. Sí, realizaría algo que ningún indígena c h u j había hecho antes, lo que ningún hombre, joven o viejo, se atreviera a emprender.

Lo había decidido mucho tiempo atrás. Cuando cumplió catorce años y le regalaron unos billetes de un país lejano, supo que era posible. Ahora estaba dispuesta a hacerlo, pero deseaba quedarse un rato más en medio de la oscuridad segura y cálida, escuchando la respiración de sus padres y sus hermanos y sintiendo un poco más el calor de la hermana con la que compartía la cama. Voy a levantarme cuando cante el primer gallo, pensó.

Y así lo hizo. Se incorporó cuando los gallos empezaron a cantar en el patio y como acostumbraba dormir con la ropa puesta, sólo se agachó a recoger el tanate que había escondido debajo de la cama una noche antes, se lo echó a la espalda, abrió la puerta y desapareció en la oscuridad.

Llevaba unos zapatos de lona en la mano, porque no se acostumbraba a cargarlos puestos. Aún estaba demasiado oscuro para ver los charcos que había en el camino, a pesar de que era verano, así que se ayudaba con una pequeña linterna de metal para ver dónde pasaba.

Una perra le salió al paso moviendo la cola. Era una perra blanca y negra que pronto iba a tener cachorros. La joven le ordenó alejarse, pero la perra no le hizo caso, por lo que le pegó con la linterna, pero se sintió incómoda por haber tenido que proceder de esa ñera. Se consoló pensando que había sido necesario Aquella joven que fuera bautizada con el nombre de Angelina Pérez Pérez empezó a bajar por el sendero en dirección a Río Blanco.

Este pequeño pueblo mexicano estaba a veinte kilómetros de distancia de la finca, pero ella había recorrido el camino muchas veces y no tenía miedo. No todavía. Así, caminando debajo de los árboles altos y jugando con la l u z de la l i n t e r n a , no sentía miedo, pero, eso sí, era presa d e u n a constante inquietud. Estaba asombrada de sí misma. Y es que lo n a t u r a l es q u e u n a muchacha se mantenga en su casa. Una muchacha trabaja en casa con el sagrado maíz y el lavado y todos los otros trabajos q u e se impone a las mujeres. U n a muchacha tiene miedo y n o va sola a n i n gú n lado. Pero e l l a , Angelina Pérez Pérez, por sí y ante sí, había tomado l a gran decisión de su vi d a . No s a b í a cómo había sucedido. La i n q u i e t u d tenía q u e ver con lo desconocido que tenía frente a ella y trataba de n o pensar en eso, pero los pensamientos siempre volvían, como atraídos por u n imán i n v i s i b l e. ¿Qué podría pasar si alguien en México descubría q u e e l l a era u n a refugiada de Guatemala y no tenía papeles de identidad? ¿Cómo podría pasar ¡legalmente la frontera con Guatemal a ? ¿Encontraría el camino a su viejo pueblo de Yalambojoch? ¿Encontraría a su abuela? ¿Viviría todavía? ¿Encontraría a su hermano Mateo?, en f i n . ¿Encontraría respuesta a todas sus preguntas?

Cuando pensaba en Yalambojoch se llenaba de imágenes prohibidas. De pronto s i nt i ó náuseas, y quiso vomitar pero siguió caminando. Río Blanco brillaba bajo la l u z de la mañana, en tanto que la niebla a ú n c u b r í a los valles, y los picos de las montañas flotaban como islas entre la niebla blanca. Se puso los zapatos ató los cordones y subió al viejo autobús.

Solo una vez había viajado en autobús cuando ella y diez familias de refugiados se mudaron al rancho en la orilla de la selva del sur de México. Una sola vez en tres años había dejado la casa, pero a pesar de eso no tenía miedo, fue la primera en subir al autobús y tomó asiento junto a una ventanilla. El vehículo se f u e llenando de hombres con viejos sombreros de paja y de mujeres descalzas cargando niños a la espalda. Todos p a r e cí a n s e r i n d í g e n as c o m o e l l a , p er o e r a n mexicanos y n i n g u n o vestía trajes típicos. A n g e l i n a misma, con su vestido de color rojo encendido, sus zapatos de lona y su pelo largo y

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negro, sujeto por una cinta elástica con pelotitas de plástico, se parecía a t o d as l a s ot r as m u j e r e s y m u ch a c h a s d e l a camioneta.

" N o creo q u e se den cuenta de que soy u n a refugiada guatemalteca y q u e no tengo papeles", pensó.

De repente, el autobús se puso en marcha. A cada rato, ella miraba por la v en t a n a ; desde hacía tiempo había querido viajar en ese autobús, ver México... Con sus ojos negros y curiosos lo miraba todo.

E l viaje duró todo el día. El autobús cruzó selvas con árboles talados, pasó por lagos verdes y misteriosos, así c o m o praderas secas, hasta llegar a la ciudad de Comitán, donde le causaron asombro las casas y las iglesias. A l l í abordó otro autobús para continuar el viaje, y todo el día se entretuvo bebiéndose el paisaje con los ojos. Al atardecer llego a C ar m e x á n . S a b í a q u e a l l í e m p e z a b a l o m ás d i f í ci l y p e l i g r o s o .

Carmexán la decepcionó un poco, porque no era otra cosa que unas cuantas casas maltratadas por el sol, justo donde termina la pradera y comienza la montaña. Pero esa montaña que alzaba su silueta alta y azul contra el cielo era su propia montaña, Los Cuchumatanes, sabía que era su montaña, que estaba en Guatemala y que más allá, entre las estribaciones, estaba Yalambojoch. Sabía que la frontera entre México y Guatemala pasaba a la orilla del pueblo. También sabía que en Carmexán estaba el puesto de migración, y que por lo mismo había guardias; todos los indígenas refugiados de Guatemala tenían miedo a los de la migra. Y había tanto soldados de uniforme como agentes de la policía secreta, de repente empezó a pensar que cualquiera de esos hombres podía detenerla si llegaba en el autobús hasta el mismo pueblo. Entonces se levantó rápidamente del asiento con su tanate sobre la falda. Por el espejo retrovisor, el piloto advirtió sus movimientos y detuvo el vehículo.

Angelina se bajó, se colocó el tanate sobre la cabeza y empezó a caminar rápidamente hacia el primer camino que le pareció la llevaba lejos de la calle principal. "Debo aparentar seguridad", pensó. "Deben de creer que vivo aquí".

Para su alegría, vio que aquel camino no llevaba al caserío, sino que subía por una colina desnuda y luego desaparecía en un bosque seco, quemado. Cuando llegó al bosque y se aseguró de que nadie la veía desde el camino, se detuvo y puso el tanate en el suelo. Se agachó, desanudó la manta y la extendió con todo su contenido. La mayor parte era ropa volvió a descalzarse pues ya se le habían ampollado los talones y puso los zapatos en medio de la manta, luego se quitó el vestido y lo tiró al suelo. Cómo odió esas ropas cuando la obligaron a usarlas, pero ahora se había acostumbrado. Después de casi tres años hasta llegó a quererlas, de modo que recogió el vestido, acarició la tela brillante y fresca, lo dobló cuidadosamente y lo puso al lado de los zapatos.

En lugar del vestido se puso una falda, un corte de una sola pieza y una blusa amarilla. Encima de ésta se puso otra blusa bordada y gruesa, le llegaba hasta las rodillas por larga y ancha. Era el 'huipil de las indígenas chujes que las protegía del frío de las montañas. Después se quitó la cinta elástica que recogía sus cabellos, se peinó cuidadosamente y con unos listones azules y naranjas, se trenzó el pelo y se lo enrolló alrededor de la cabeza. Por último, con las puntas de los listones se hizo un moño y lo fijó en uno de los lados.

Angelina se sentía incómoda, pues la blusa le apretaba los brazos y el pecho, debido a que no lo había usado por tres años; durante ese tiempo había crecido y hasta había comenzado a tener busto. La ropa tenía olor de humedad y el pesado huipil se había decolorado. Sin embargo, ella sentía una alegría inmensa. No sabía bien por qué. Quizás porque ya no estaba “disfrazada”. Ahora volvía a ser Aschlop. "Soy Aschlop. Soy la indígena chuj Aschlop del pueblo de Yalambojoch en Guatemala", pensó. "Sí, es cierto que el sacerdote me bautizó con el nombre de Angelina, pero mi nombre verdadero es Aschlop.

Es extraño que todos en el pueblo sean bautizados con nombres castellanos, pero cada nombre castellano tiene su correspondencia en un nombre indígena. Y es el nombre indígena el que más usamos. Siempre me he preguntado por qué no nos bautizan con el nombre indígena de una vez. Pero papá dice que es porque a los sacerdotes no les gustan esos nombres. El cree que está prohibido usar nombres indígenas."

La muchacha que fue bautizada como Angelina, pero que prefería ser llamada Aschlop, se quedó quieta para ver si alcanzaba a escuchar alguna voz, algún ruido. A lo lejos, en dirección del pueblo, se oían ladridos y el sonar de una marimba. Se encuclilló y de entre una servilleta sacó unas tortillas. Se comió tres y guardó el resto. Al poco rato le entró miedo. Conforme fue oscureciendo, el miedo se volvió paralizante. Sin embargo, sabía que tenía que cumplir lo que se había propuesto, de modo que esperó a que oscuridad fuera total. Sabía que allí no debía usar linterna, porque alguien podría verla. Lenta, muy lentamente, empezó a caminar hacia la frontera.

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La hija del puma.

A la luz de la luna vio al soldado. Se apoyaba en el fusil. Estaba tan cerca que podía verle el uniforme verde y las botas altas. Por suerte, cuando salió la luna y lo ahogo todo con su luz plena, a ella la ocultaba la sombra de un árbol.

El soldado encendió un cigarrillo y miró hacia donde Aschlop estaba. Ella trató de no respirar fuerte, pero era imposible. Por el uniforme del soldado comprendió que ya había pasado la frontera y que ahora estaba en Guatemala. El soldado vestía un unifor-me igual al de los soldados que un día llegaron a su pueblo.

Entre ella y el soldado mediaba una distancia como de treinta metros. La joven no sabía cuánto podría soportar quedarse quieta. No se atrevía a moverse, ni apoyarse en el tronco del árbol, mucho menos agacharse. Trató de quedarse completamente quieta y de ahuyentar el pánico.

El soldado empezó a silbar, y Aschlop trató de distraerse con los cantos de los grillos y las cigarras, cuyo concierto se fue intensificando acompañado de graznidos y silbidos. No sabía qué animales producían tales sonidos, pero estaba segura de que eran animales y a estos no les tenía miedo alguno. En cambio, el soldado que tenía enfrente sí era peligroso. De repente, él se movió y ella tembló de angustia. El soldado tiró la colilla del cigarrillo y levantó el arma como si fuera a disparar. ¿La había visto? No. De pronto empezó a caminaren dirección a Gracias a Dios. Allí había un gran cuartel y ella sabía que esa parte de la frontera estaba muy vigilada, de modo que aunque ese soldado se fuera, había muchos otros en la cercanía.

Aschlop continuó sin moverse bajo la sombra del árbol. ¿Sería imposible hacer lo que se había propuesto? ¿No era mejor volverse? Entonces pensó en el niño, y en los alumnos de la escuela con sus pancartas. Si ellos se habían atrevido, ella también tenía que hacerlo. Tenía que esperar a que oscureciera, dejar que la luna se ocultase y sólo entonces podría cruzar la frontera vigilada por una gran cantidad de soldados. Quería ir a Yalambojoch, pues pensaba que allí se enteraría de todo y encontraría a su hermano mayor, Mateo, lo mismo que a su abuela. Además hablaría con su abuelo Juan. Sin embargo, aún no se podía ir, la luz de la luna lo alumbraba todo; los árboles, las rocas y los arbustos se veían claramente y formaban sombras definidas. Si ella intentaba correr a campo abierto para alcanzar el bosque del otro lado de la frontera, los soldados podrían verla. Tenía que esperar que oscureciese.

Entonces se guareció aún más en la sombra, se acurrucó en una grieta que había entre dos rocas grandes y se cubrió aún más con el huipil. No hacia demasiado frio pues aún estaba en clima caliente. Aprovechó el tiempo para comerse las últimas tortillas. La luna seguía cubriéndolo todo con su luz reveladora Aschlop intentó conciliar el sueño pero no pudo. Cuando se dio cuenta de que era la primera vez en sus catorce años, que no tenía a su alrededor el calor de su familia, se sintió inmensamente sola. Al llegar la noche empezó a sentir hambre y se arrepintió de haberse comido todas las tortillas ahora ya no tenía nada que comer pensó que lo mejor era dejar pasar el tiempo y comenzó a fantasear, como de costumbre. Imaginó que preparaba la comida y comenzó a verlo todo muy claro. Le parecía que de verdad estaba de vuelta en la cocina de su casa, que llenaba con agua una pequeña olla de barro y la ponía a l el fuego. Luego tomaba un poco de frijol lo limpiaba, lo echaba en la olla y se sentaba jumo al fuego a esperar que hirviera hacia calor junto fuego y además la atosigaba el humo. Después de un largo rato los frijoles empezaron a hervir, pero ella siguió cuidando la olla. Finalmente tomó una cuchara azul de peltre para sacar unos frijoles se los puso en la mano y los sopló para que se enfriasen, con el fin de probarlos. Los frijoles ya se habían cocido. Con la misma cuchara los sacó de la olla y se dirigió adonde estaba el molino de mano para colarlos. Luego hizo girar el manubrio hasta que los frijoles se transformaron en una masa marrón. En seguida tomó la botella de aceite y volcó un poco de su contenido ente sartén. Cuando considero que el aceite estaba caliente derramó cuidadosamente los frijoles y con una paleta se puso a moverlos lentamente Por último, puso dos Cucharadas de frijoles fritos en una tortilla recién hecha y se la comió despacio. Aschlop repitió la operación dos, tres veces.

Con mucho deleite saboreaba cada bocado y movía las mandíbulas como si de verdad estuviera comiendo. Para su sorpresa, se sentía un poco llena, como si en realidad hubiera comido. Estaba tan embebida que casi se había olvidado de los soldados. Hacía tres años que Aschlop y su familia habían huido de su pueblito en el noroeste de Guatemala, pero no eran los únicos indígenas que tuvieron que abandonar sus casas. Por la radio se enteró, tiempo después, que más de doscientos mil guatemaltecos, indígenas en su mayoría, se habían refugiado en México.

En el camino de vuelta se encontró con algunos que se habían ido después al refugio y le dijeron: "Ahora Guatemala está peor que nunca. Nadie puede ir libremente de un lado a otro. Si uno va por un camino cuando ha oscurecido, los militares le disparan. Todos los hombres indígenas son reclutados por la fuerza para las Patrullas de Autodefensa Civil. Las hay en todos los pueblos y tienen órdenes de los militares de arrestar a cualquiera que no sea del lugar, así como disparar sobre todo lo que se mueva después que ha caído la noche." Aschlop se puso a meditar con mucha preocupación en lo que le dijeron, pero a la vez se le ocurrió un plan que le pareció bueno: tenía que andar una o dos horas, para alejarse de la zona fronteriza donde habían muchos

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soldados, luego buscaría un lugar donde esconderse y esperar a que llegara el amanecer. También pensó en que durante el día caminaría con la cara descubierta por los caminos. Al fin y al cabo era la tierra de los chujes y ella vestía como una indígena más. Por otra parte, sólo era una adolescente, quizás las patrullas no la detuvieran.

"Ahora, el que no tiene papeles en Guatemala se ve en problemas", le habían dicho los refugiados, "las patrullas nos detienen todo el tiempo, nos piden los papeles de identificación y los miran cuidadosamente. Ellos consideran enemigo a todo aquel que no los lleva consigo." Aschlop no tenía nada con qué identificarse, pues sus papeles se habían quedado en la casa de Yalambojoch cuando ella y su familia tuvieron que escapar.

Al llegar la madrugada, se sintió triste y desanimada; le pesaban los párpados, pero en cuanto alumbró el sol, continuó su larga caminata hacia Yalambojoch. Unas veces apresuraba el paso y otras caminaba despacio, siempre con los pies descalzos. El camino iba cuesta arriba y trepaba los Cuchumatanes.

De repente se detuvo para escuchar el trino rápido y corto de un pájaro. Este dejó de cantar, pero no tardó en reanudar su canto. ¿Sería un 'guía de león'?, se preguntó. El abuelo le había enseñado a reconocer los diferentes trinos de las aves. En aquel momento recordó lo que le había dicho el anciano: "Si escuchas a un guía de león, debes quedarte quieta y escuchar. Si oyes que el pájaro vuela de árbol en árbol, sabrás que el puma anda bastante cerca, porque los “guía de león” son compañeros inseparables de los pumas."

El canto intenso del pájaro se oyó de nuevo. Ahora estaba más cerca. Justo en ese momento el sol se asomó en los Cuchumatanes y le dio un tono entre naranja y rosa a las cumbres. Entonces pudo ver al pájaro. Estaba parado en un árbol, cerca de una pendiente muy pronunciada. En la montaña se abría una gruta, lo cual no es nada raro en esta zona, pues por doquiera existen grutas como esta y los ríos sorprenden entrando por un lado de la montaña y saliendo por el otro. Recordó las palabras del abuelo: "No tengas miedo de los pumas. Un puma no ataca jamás a la gente. Tú, sobre todo, no debes tener miedo porque eres la hija del puma." Sí, la hija del puma, así era como la llamaba su abuelo en broma.

Aschlop dio un paso prudente hacia la gruta. Jamás había visto un puma y casi nadie de las personas que conocía recordaba haber visto uno. Estos animales eran raros en la zona pues todos los habitantes los odiaban, porque solían comerse a los corderos, los terneros, los toros jóvenes y a veces hasta las vacas adultas, de modo que los que tenían escopeta trataban de cazarlos.

En vista que l a abertura de l a gruta quedaba un poco arriba de l a pendiente, Aschlop no alcanzaba ver en el interior, por lo que se trepó sobre una piedra. A l l í e n las rocas, adelante de l a gruta, se encontraba el puma, estirado bajo l a luz del amanecer, con los ojos cerrados, relajada y hermosa. Su piel rojiza brillaba bajo la incipiente l u z del día. En seguida ocurrió algo t a n rápido, q u e A s c h l o p a p e n a s s e dio cuenta inesperadamente, el puma dio un salto desde la boca de la gruta y cayó cerca de la piedra sobre la que Aschlop estaba y desapareció a grandes saltos como un rayo rojizo adentro de la maleza. Aschlop vio cómo el pájaro lo seguía.

¿Qué significaba todo aquello que acababa de ver? ¿Era un puma común el que había visto o era un 'nahual'? ¿Y si fuera su nahual, su espíritu protector? Hubiera deseado que su abuelo estuviera allí pasa explicárselo. El era uno de los ancianos que todavía recordaba el calendario antiquísimo de los mayas. Él podía decir cuál animal era el nahual de una persona, dependiendo del día en que se había nacido, según el viejo calendario.

Tu nahual es un puma", le había dicho a la joven, " y p o r eso mismo, tú y él van a tener el mismo corazón. Sí tú eres una buena persona tu nahual va también a serlo y no va a herir a nadie, Pero sí tienes mal corazón, él también lo tendrá y será peligroso, porque podrá hacer mucho daño.

Algunos ancianos y ancianas de Yalambojoch a simple vista podían ver en un animal sí se trataba de un nahual o de un animal común; había quienes estaban todo el tiempo en contacto con el suyo. El nahual del abuelo era una lechuza, Aschlop recordaba que él siempre sabía dónde estaba su lechuza A hora está agarrando una rata", acostumbraba decir," A hora descansa y duerme en un ceibal.

Sí el puma que acababa de ver era su nahual, algo quería decirle, pero ella no alcanzaba a comprender, no entendía si el puma había venido a protegerla de algún peligro Lo único que sabía con certeza era que su vida estaba en peligro más que nunca. Las personas siempre estaban unidas a sus nahuales. "Si alguien le dispara a tu nahual y éste muere, tú también morirás un poco después", le había dicho su abuelo. Lo único que sabía con certeza era que su vida estaba en peligro más que nunca.

Abrumada de presentimientos, la joven siguió caminando montaña arriba. El camino siempre apuntaba hacia arriba, el aire cada vez era más fresco y había más pinos. De repente sintió un fuerte olor a savia que le hizo recordar su infancia de forma muy distinta. Pasó por varios pueblos chujes. Cuando encontraba a alguna persona, bajaba la mirada tímidamente y susurraba:

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-Kilkobá

-Kilkobá -le respondían todas las personas, porque todas eran de su mismo pueblo y hablaban su mismo idioma. Nadie la detuvo.

Nadie le pidió documentos de identidad.

De vez en cuando, le parecía ver una sombra rojiza que se movía entre los árboles a lo largo del camino. ¿Era el puma o su imaginación? "Probablemente es e l puma", pensó. Como cosa rara, se sentía más segura sabiendo que el animal se movía entre los pinos, a la par del camino. "Es porque soy la hija del puma", se dijo, riéndose.

Caminó todo el día. Conforme iba subiendo hacia la cima de l a montaña, se sentía más relajada y contenta. A medida que se acercaba al pueblo donde había v alzaba más la cabeza en señal de que se sentía segura. En el último pueblito iba con la cabeza y mirando la gente a los ojos. Respiraba mas rápidamente, los ojos le brillaban y en sus labio. La sonrisa. Le faltaba poco para llegar a su casa pronto encontraría a Mateo, Pronto vería a sus padres Y también pronto estaría sentada junto al fuego contándole a su abuela todo lo que les había pasado desde que ella y sus padres se vieran obligados a abandonar el pueblo.

Los recuerdos ya no podían detenerse.

Desde una loma divisó Yalambojoch, su viejo hogar. A lo lejos se veían las casas con sus negros techos de madera, el pequeño riachuelo, los verdes sembrados y las milpas marrones. Todo era más pequeño que como lo recordaba y las montañas de los alrededores no eran tan altas como las había imaginado. En su recuerdo, el pueblecito había sido siempre verde y luminoso, pero ahora había sequía, por lo que todo estaba quemado y seco. De todas maneras, el corazón le golpeaba anhelante. "Tienen que estar allí abajo", pensó. "¡Santa María Madre de Dios, haz que estén allí! ¡Santa María Madre de Dios que estás en el cielo, haz que estén en nuestra vieja casa!"

Por la noche había pernoctado en el bosque. Ahora era muy temprano y el pueblo todavía estaba envuelto por la neblina. Sólo cuando el sol salió pudo ver más claramente el pueblo, la escuela blanca, la pequeña iglesia las casas dispersas, las huertas y los campos preparados para la siembra de maíz, que estaba a punto de comenzar. Aquello era para sentirse alegre, pero ese momento que debió haber sido de gran felicidad, de triunfo, una vez más vinieron a su mente imágenes terribles, la asaltaron con tanta (fuerza y fue tan grande su dolor, que se sentó en el suelo y te echó a llorar. Aschlop temblaba y lloraba sin consuelo. Trató de evitar aquellas imágenes pero no podía, otra vez lo veía todo como si estuviese sucediendo en ese instante: los niños de San Francisco la cabeza de Pascual... Oía los gritos y de llanto de los niños y a la vez sentía el olor a quemado, como gallinas quemadas.

Cuando ya no tuvo más lagrimas, se secó los ojos con la manga del huipil No acostumbraba llorar por algo que hubiera pasado antes. Cuando se celebraba alguna fiesta en la finca y alguien había comprado aguardiente, su madre y las otras mujeres refugiadas bebían y cantaban sus tristezas. En esas canciones que componían en el momento, contaban todo lo que les había ocurrido en Yalambojoch. Cantaban de todo. Luego recordaban y lloraban.

Casi siempre cuando ellas cantaban sus penas. Aschlop no estaba presente. Y cuando los muchachos en la escuela empezaban a hablar de Pascual y de lo que había pasado la vez que los soldados llegaron. daba la vuelta y se alejaba. Se había propuesto que no debía pensar en eso.

A l rato de haberse desahogado se incorporó y miró nuevamente hacia el pueblo, en medio de la alegría de haber vuelto y la tristeza por lo que había pasado y los que habían desaparecida Tenía la sensación de un vacío interior: estaba cansada, demasiado cansada

“Debo quedarme un rato más aquí", se dijo. "Bajaré cuando todo el mundo en el pueblo se levante y se vaya a sus quehaceres, porque entonces los hombres de las patrullas no estarán muy atentos y si me ven, es posible que piensen que soy una muchacha del pueblo vecino que ha venido a hacer algún mandado."

Yalambojoch estaba en lo alto, a mitad del camino hacia los picos más altos de los Cuchumatanes. Los indígenas mismos decían que su pueblo estaba en "tierra fría". En verdad, ahí hacía mucho frío. Para conservar el calor, Aschlop metió las manos entre el huipil. Los recuerdos terribles habían desaparecido, pero otros los habían sustituido y se sucedían uno tras otro. La huida debajo de la lluvia torrencial. Schepel que se cayó en el fuego. La pelota de Antil. El pájaro quetzal que de repente salió de las nubes... Aschlop trató de recordarlo todo bien desde el principio.

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Que se la coman los coyotes hambrientos.

Aschlop nació en Yalambojoch. Era un pueblo aislado, a que únicamente se llegaba por senderos estrechos y escarpados, pero todos sus habitantes estaban agradecidos de tener un lugar donde vivir, sus bisabuelos habían vivido en San Mateo Ixtatán, en las ruinas de una antiquísima ciudad maya, pero cuando los militares se instalaron en el lugar, lo primero que hicieron fue arrestar a los adultos para obligarlos a trabajar en las plantaciones de los terratenientes, mientras que los muchachos jóvenes fueron reclutados a la fuerza como soldados. Los indígenas se resignaron por largo tiempo.

Pero, por fin un día empezaron a protestar. Después dos familias se dirigieron a lo alto de la montaña donde encontraron una zona desierta en la parte izquierda de los Cuchumatanes. En aquellas alturas prepararon la tierra y sembraron el maíz que habían llevado consigo. Poco a poco empezaron a llegar otras familias de San Mateo Ixtatán. En los primeros días vivieron bajo un árbol pero las personas que llegaron antes que ellos los ayudaron a construir sus casas, al pueblo lo llamaron Yalambojoch. La bisabuela de Aschlop tenía siete años cuando s u b i ó a la montaña junto a sus padres y sus hermanos. Llevaban cuatro ovejas. Durante el viaje tuvieron que pernoctar en una gruta y finalmente llegaron a Yalambojoch. Allí podrían vivir en paz. Cuando Aschlop nació, el pueblo lo constituían alrededor de 150 familias, todos de la etnia chuj.

Los padres de Aschlop se llamaban Juana y Kuschín. Su primer hijo fue bautizado con el nombre de Mateo.

Luego se acabó el maíz, como decían en broma los hombres del pueblo, pues ya no nacieron más niños. Juana y Kuschín tardaron siete años en tener otro hijo, a quien bautizaron Andrés, pero se acostumbraron a llamarle Antil El pequeño tenía dos años cuando nació Aschlop.

Ella fue una niña muy querida. Su madre solía cargarla en un rebozo a la espalda mientras hacía tos oficios domésticos. Cuando la pequeña despertaba o lloraba, de inmediato l a amamantaba. Por las noches, luego de haber terminado sus quehaceres, Juana y Kuschín se sentaban junto al fuego a contemplar a su hija, la acariciaban, la besaban, le hablaban y hasta improvisaban canciones para ella. Como todos los padres del mundo, ellos pensaban que nunca habían visto a una niña tan bonita como la suya.

Los recuerdos iníciales de Aschlop eran con su madre, pues siempre estuvieron juntas. El primero era cuando estaba sentada en el piso de tierra, viéndola machacar el maíz en la piedra de moler. Cuando Aschlop aprendió a caminar, seguía a su madre por todas partes. Por las mañanas iban a ver ' si las gallinas habían puesto huevos y acompañaba a su mamá al riachuelo para traer agua. Juana acostumbraba llenar un gran cántaro de barro y cargarlo en la espalda de regreso. Precisamente, uno de los juegos de Aschlop era 'cargar agua, el cual consistía en tomar una pequeña vasija, llenarla de agua y echársela a la espalda como su madre. Por otra parte, cuando la madre hacía tortillas, Aschlop estaba siempre al lado de ella y más adelante, cuando estuvo en posibilidad de hacerlo, mamá Juana le daba un puñado de masa para que aprendiera a tortear. Los primeros intentos de Aschlop no fueron muy felices, pero ahí estaban, en el comal, y ella estaba tan orgullosa de su trabajo que se las comía todas.

Y así, incansable, ayudaba a su madre a hacer tortillas, cada vez mejor, para el desayuno, el almuerzo y la cena. Siendo aún muy pequeña, cuando no estaba ayudando a su mamá, solía jugar con su primo Pascual, casi siempre, a 'hacer tortillas'. Para ello, se iban al río a buscar barro y se acomodaban detrás de la huerta de verduras, donde amasaban el barro y, sobre unas piedras, ponían a secar al sol las 'tortillas' grises y lisas.

Por la tarde ayudaba a su madre a lavar ropa en el río. A veces, Juana la dejaba cargar a la espalda un pequeño tanate de ropa sucia y esto la hacía feliz. La r u t i n a era que luego de lavar l a ropa y tenderla sobre algunas matas que había cerca de la casa, se sentaban dentro del rancho a desgranar maíz, el cual ponían a remojar para el día siguiente por las noches, mamá Juana, papá Kuschín y sus tres hijos se sentaban junto al fuego. La casa consistía en un solo cuarto que era cocina y dormitorio al mismo tiempo con cuatro camas pegadas a lo largo de las paredes; del techo colgaban mazorcas ahumadas. Aschlop acostumbraba sentarse en las rodillas de su padre, quien hablaba mucho con ella; en realidad, todos le hablaban y la escuchaban cuando quería decirles algo y a menudo los hacía reír. Cuando había invitados, el padre y los hermanos llevaban a casa la marimba del pueblo. Tanto el papá como el hermano mayor tocaban la marimba. Cuando la marimba empezaba a sonar, la mamá solía decir

-Baila, Aschlop.

La pequeña Aschlop se contoneaba y a todos les causaba mucha gracia. Las veces que su papá estaba de buen humor bailaban con ella. Una noche, cuando tenía cinco años, sorpresivamente la despertó su padre. Aschlop se levantó de la cama aún semidormida. Una única vela brillaba en la casa y antes de que su padre la sacara en brazos para afuera, percibió que su madre se quejaba.

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¿Qué había pasado? ¿Su madre estaba enferma?

Papá Kuschín la sentó en un banco afuera de la casa. Los hermanos ya estaban sentados allí. La noche era muy oscura y hacía frío. Papá Kuschín la cubrió con su gruesa chaqueta de lana. Ninguno de los hermanos dijo una palabra.

-¡Quiero i r con mi mamá! -gritó Aschlop. La pequeña estaba m u y asustada. -¡Cállate! -dijo su padre enojado-. Tienes que guardar silencio.

De tanto en tanto se abría la puerta y por último, una mujer entrada en años apareció en el umbral. Aschlop vio que el fuego ardía con gran fuerza y escuchó gritar a su madre.

Por la mañana pudieron entrar en la casa. La madre estaba en la cama y a su lado había un bultito envuelto en trapos. - ¡Ahora tienes una hermana! -dijo papá Kuschín.

El sacerdote venía al pueblo cada tres meses en una cabalgadura. La siguiente vez que vino dio la misa y bautizó a la niña. La bautizaron como Isabel, y siempre la llamaban Schepel.

Al principio, Aschlop sentía aversión por la pequeña. Y es que, según ella, su hermanita había venido a alterarlo todo. Ahora sólo ella se sentaba en las rodillas de su padre, y todos querían tenerla en sus brazos, incluso sus hermanos. Todos la besaban, la alzaban en sus brazos y le hacían gracias para que sonriera. Por ser chiquita, la madre tenía que llevarla consigo a todos lados y tan pronto como lloraba le daba el pecho. Aschlop opinaba que nunca había visto a un niño comer tan a menudo.

-No entiendo qué es lo que pasa con Aschlop, -comentaban sus padres.

Aschlop había entrado en una etapa de celos en la que con frecuencia se tiraba al suelo y lloraba a gritos aunque no tuviese motivo para hacerlo. Cuando mamá Juana le daba alguna fruta, un durazno maduro, para calmarla, Aschlop sólo le daba un mordisco y tiraba el resto. Y por si fuera poco, hasta la gallina pinta que su padre le regaló cuando era recién nacida, sufría sus corajes porque con frecuencia le daba puntapiés.

Aschlop se negaba empecinadamente a aceptar lo que había pasado, quería que el tiempo retrocediera.

-Mamá, ¿puedo cargar a Schepel en la espalda con un rebozo?, -le dijo un día que la vio sentada amamantando a su hermanita. -Eres demasiado pequeña.

-¿Y entonces por qué a otras niñas las dejan cargar a sus hermanos pequeños?

Fueron tantos los ruegos que la madre finalmente cedió, le puso a la pequeña Schepel sobre la espalda y le ató el rebozo para estar segura de que no se le caería. No era nada raro. Había muchas otras niñas de cinco años que llevaban a sus hermanos pequeños en la espalda. Aschlop estaba feliz. Con Schepel en la espalda se dirigió al río, lo vadeó por donde era menos hondo y siguió caminando por una pendiente. Allí dejó abandonada a Schepel y salió corriendo.

-Ahora se la comerán los coyotes hambrientos. Ahora se la comerán los coyotes hambrientos -cantaba con voz alta y aguda.

En realidad, algo dentro de ella la hacía vacilar respecto de lo que le dirían mamá Juana y papá Kuschín cuando la vieran llegar sin su hermanita. Esto la hizo quedarse contemplando el río por largo rato, también se detuvo a mirar a las mujeres que lavaban ropa y jugó con otras niñas. Finalmente regresó a casa con paso lento. "Ahora estará todo como” antes, pensaba.

Al llegar se detuvo en el umbral y... ¡vaya sorpresa!, allí estaba su madre sentada en un tronco, dándole de mamar a Schepel. Allí estaba, como de costumbre, sosteniéndola en sus brazos.

-¿Cómo pudiste hacer algo así? -gritó la madre con cierto aire de enfado, que Aschlop casi no la reconoció.

-El vecino Mekel la encontró. Estaba sucia y con hambre. ¿No entiendes que es peligroso dejarla abandonada en el suelo e irse así nomás? Los coyotes pudieron haber llegado adonde estaba ella.

Por un momento Aschlop pensó que su madre le iba a pegar, pero no lo hizo. Papá Kuschín también estaba en la casa y parecía una nube de tormenta. Nunca le había pegado, tampoco lo hizo ahora, pero le habló con tono fuerte. Fue como si hubiera pasado una frontera invisible. Por primera vez en su vida se sintió del otro lado de sus padres. Lloró como no lo había hecho antes, con mucho sentimiento.

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Lloró porque sus padres estaban tan enojados con ella. Pero también lloró por decepción. "¿Por qué el tonto Mekel había tenido que venir y encontrar a su hermanita?", pensaba, "¿Por qué sus papas habían tenido otro hijo más? ¿No bastaba con tres?"

Aschlop se quedó de pie en el medio de la habitación y los miró con mucho enojo a través de su lacio y largo flequillo: -Ni piensen que me voy a dedicar a cuidar a esa niña -les dijo.

Schepel en el fuego y el mundo que crecía.

Un recuerdo de la infancia perseguiría a Aschlop el resto de su vida.

Cierto día de la estación lluviosa mama Juana había ido a visitar a unos vecinos y solo Aschlop con Schepel se habían quedado en cas. La lluvia caía a cantaros afuera y golpeaba con fuerza contra el techo. Todo estaba húmedo y resbaladizo y en el umbral de la puerta se había formado un gran charco. Schepel ya tenía un año y Aschlop seis. La mas pequeña se puso a gatear sobre la tierra mojada. Cuando Aschlop la vio considero que estaba muy sucia y pensó:

“Tendría que llevarla al rio para limpiarla, pero no tengo ganas, además hace mucho frio y llueve”. Al poco rato la vio gatear en dirección al fuego, pero no le dio importancia. Schepel ya estaba muy cerca del fuego, el cual crepitaba y ardía vivamente en el medio de la habitación. De pronto, la pequeña desnuda y sucia, se puso de pie. Se balanceaba hacia atrás y hacia delante, pues sus piernas aun no podían sostener el cuerpo con firmeza. Sentada sobre un saco de maíz al otro lado del cuarto. Aschlop la miraba pero seguía sin prestarle mucha atención.

De repente, la pequeña Schepel dio un paso adelante y cayo.

Finalmente, Aschlop se incorporó e intentó alzar en sus pequeños y débiles brazos a Schepel, pero no fue fácil. A su edad, Schepel era una niña robusta y Aschlop apenas tenía seis años. Sin embargo, pudo más el deseo de salvar a su hermana, y fue así como logró tomarla en los brazos y salir vacilante hacia el patio. Schepel seguía gritando de dolor.

Aschlop se puso a gritar lo más alto que podía: — ¡Mamáaaaaa! ¡Mamáaaaaa! ¡Mamáaaaaa!

Juana llegó corriendo bajo la lluvia, detrás suyo, todas las vecinas y sus hijos llegaron corriendo. Aschlop vio cómo su madre la miraba con gesto de pregunta.

-Yo no la empujé -le dijo, sin contener el llanto-.

¡Yo no lo hice! ¡Por diosito que no! -Y para que la madre le creyera se dio un beso en el dedo pulgar.

Aschlop estaba aterrorizada por lo que había pasado. Se prendió de la falda de su madre y lloró con mayor desconsuelo.

"No quiero que Schepel se muera, pensaba. No quiero que la pongan en un cajón y la entierren en el cementerio junto a los otros muertos."

Mamá Juana parecía perdida. Cargó a Schepel y, dando de gritos, entró a su casa, bajo la lluvia torrencial. Se sentó en una de las camas y comenzó a mecer en sus brazos a la infortunada niña. Los vecinos y sus hijos, todos mojados, llenaban el interior de la habitación. De pronto, una de las ancianas tuvo la idea de rezar "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros...", y repitió la oración varias veces. Después de un tiempo que a Aschlop le pareció como un año, su hermana cesó de llorar, se puso a chupar el pecho de mamá Juana y poco a poco se quedó dormida, pero siempre quejándose en el sueño.

Aschlop, quien todo el tiempo había estado adelante de las mujeres y los niños que acudieron al enterarse del percance, levantó una mano y acarició con el dedo índice la mejilla de su hermana, pero lo hizo con mucho cuidado, para no despertarla.

-Mi pequeña Aschlop -dijo su madre con ternura-. Corre a buscar a tu padre.

Juana y Kuschín nunca habían visitado a un médico ni conocido a una enfermera, porque éstos jamás habían llegado a Yalambojoch. Nadie en el pueblo había intentado desplazarse por la mañana para llegar a un camino vecinal, donde tomar una camioneta para ir a la ciudad en busca de un hospital. Si alguien se enfermaba, lo más natural era que se curase recurriendo a yerbas o que buscase a un hombre del pueblo. Desde hacía unos años, éste guardaba un botiquín de primeros auxilios que cierta

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vez le dio el cura que llegaba a decir misa y administrar los sacramentos. Algunos acudían a este hombre. Pero para cosas muy serias, como haber sufrido la mordida de una víbora, una quemadura o tener mal de ojo, la gente prefería ir a un curandero. Los padres de Schepel no dudaron. La envolvieron en un trozo de plástico corrieron bajo la lluvia a la casa de uno de los tantos curanderos que había en el pueblo. El curandero rezó por la mano herida, sabía un conjuro mágico contra las quemaduras. Luego le untó la mano con grasa de res.

Esa noche. Kuschín abrazó fuertemente a Aschlop. Entonces el llanto se agolpó en la garganta de la niña hasta dolerle, y el dolor no se calmó hasta que se hubo desahogado.

Lo de Schepel no es serio, dijo la mamá. El conjuro ha sido tan milagroso, que ahora duerme tranquila.

Aschlop se quedo quieta, pensando en lo que su madre acababa de decir. Que no era serio. Que dormía tranquila. ¿Entonces no se iba a morir?

Juana bordaba. Se había sentado en uno de los troncos cerca del fuego para poder ver la costura, pues la única luz dentro de la casa provenía del fuego. De tiempo atrás llenando la tela blanca con bordados en rosa, rojo y verde. Había que ver con qué paciencia reproducía flores, hojas y pájaros en aquella tela que más tarde sería un huipil.

-Empecé un nuevo huipil para Aschlop -dijo-. Quiero que ella lleve uno nuevo cuando vaya conmigo al mercado. El que tiene ahora es tan pequeño y está tan viejo que me da vergüenza.

Y dirigiéndose a su hija mayor, agregó: -Ahora eres grande, Aschlop. Schepel es muy pequeña y por unos años aún va a dar trabajo, pero tú eres grande. Creo que me ayudarás a vender en el mercado. Te enseñare a pesar cosas y a contar dinero para que puedas cobrar por tu propia cuenta.

Aschlop apretó la cara contra la camisa de papá Kuschín y se rió.

La mano de Schepel fue sanando, en cambio el malestar que Aschlop sentía contra ella tardó en desaparecer; sin embargo, después del grave percance, empezó a querer un poco más a su hermana. Poco a poco fue desapareciendo aquel confuso estado de ánimo en la pequeña. El cambio quizás tenía que ver con el hecho de que ahora tenía seis años y su mundo no giraba solamente en torno a la casa y a mamá Juana. Su mundo era ahora enorme.

En primer lugar estaba el mercado.

El domingo era un día especial porque los indígenas, en gran número, bajaban de la montaña cargando sus ventas a la espalda, una costumbre que se repetía todos los domingos desde que empezaba a clarear. Llegaban de todos los pueblos cercanos a comprar y a vender en Yalambojoch. El mercado era el centro del pueblo; era el corazón del pueblo y como tal, latía con mucha fuerza y viveza.

Alrededor de donde se levantaba el mercado, junto a los pastizales, estaba la escuela y allí mismo, la casa del maestro, hecha de trozos de madera y vigas; también había una casa de adobe pintada de blanco que los habitantes del pueblo llamaban orgullosamente la 'casa comunal'. Ésta se hallaba dividida en dos piezas, en una de ellas había puesto el alcalde su oficina, aunque lo único que tenía era una mesa con un mantel plástico floreado y un banco de madera; la otra habitación no tenía ningún mueble, por lo común era usada como cárcel.

Como los domingos son para el descanso, entonces los hombres descansaban de las tareas del campo y se reunían en grupos alrededor de la plaza. Toda la plaza estaba llena de mujeres acompañadas de sus hijos. Se las veía sentadas en cuclillas, luciendo sus trajes más hermosos y coloridos, junto a sus mercancías, entre las que había sacos de papas, chiles, frijoles, coliflores, aguacates y duraznos. Asimismo, tomates, cebollas, café, gallinas vivas, recipientes de barro y hasta algún cerdo. Los domingos, algunas mujeres ancianas acostumbraban vender caldo de gallina, que desde temprano ponían a cocinar en grandes ollas, y nomás comenzaba a hervir llenaba el ambiente de un olor apetitoso. Lo acompañaban de 'tamales' y 'atol' blanco, todo servido en jícaras. Los que habían ganado algunos centavos solían darse el gusto y comprar un tamal o un poco de caldo.

En un extremo de la plaza había un espacio techado que era ocupado por los que llegaban de más lejos. Todos eran indígenas la mayoría

Ahí se ponían a vender camisas y pantalones, tazas de porcelana peinen faldas tejidas y caites hechos de llantas viejas.

En realidad el domingo era el día de fiesta del pueblo, A tempranas horas, los hombres se asomaban cargando una marimba y la instalaban en el medio de la plaza, era una marimba hecha por artesanos del pueblo con madera de palo de hormigo y cedro. La

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tocaban cuatro o cinco hombres provistos de baquetas, con las que extraían de aquel instrumento los más delicados y alegres sonidos que se extendían más allá de la plaza.

Ese domingo los hombres jóvenes y viejos tomaban la vida con calma, conversando en grupos; unos cuantos ingerían un aguardiente traído de más allá de la montaña, de Bolej, un pueblito donde se elaboraba aguardiente clandestino, A medida que consumían mas y mas aguardiente los hombres comenzaban a cantar. Por la tarde ya había un buen número de ellos en torno a la marimba canturreando, con voz alta y un tanto desafinada, canciones de amor y penas de amor.

Eso no era nada nuevo para Aschlop Cada domingo desde que nació, su mamá la llevaba al mercado» Sin embargo este sería un día especial. Era un día de cambios Estrenaba el huipil que le había bordado su madre largo ancho y cubierto de hermosos dibujos. Camino al mercado no podía resistir el deseo de bailar un poco detrás de su mamá para que el huipil se le moviese

Aschlop se sentó junto a su madre en la esquina acostumbrada. Se sentó en cuclillas como las otras indígenas, con la espalda recta y el gesto solemne. Delante de Aschlop, la madre colocó un canasto con las escasas papas que tenían para vender y a su lado la balanza. Juana le había enseñado cómo vender.

Ahora, ella, sin la ayuda de su madre, pesaría y cobraría lo que vendiera. Completamente por su cuenta.

Aschlop no conocía a la primera compradora, no la había visto nunca; seguramente no era del pueblo. La mujer cogió unas papas para ver si eran buenas y preguntó cuánto costaban. Aschlop le respondió en voz baja. La mujer quería dos libras. Aschlop comenzó a pesarlas, y aunque sus manos le temblaban un poco, lo hizo. También pudo calcular cuál era el precio de las dos libras.

Mamá Juana le sonrió para darle aliento y Aschlop miró alrededor para ver si alguien la había visto. Claro que había otras niñas que sólo tenían seis años y estaban sentadas al lado de sus madres. Allí estaba la hija de la vecina con una gallina en las rodillas. "Pero sólo la cuida", pensó Aschlop. "Y la otra, esa que sujeta a los marranos con un lazo, de seguro que no sabe cuánto cuestan". Siguió viendo hacia todos lados y no pudo encontrar una niña en el mercado que fuera tan pequeña como ella y que pudiera pesar y cobrar sin la ayuda de nadie.

Mateo, su hermano mayor, la llevaba a un mundo todavía más grande. La dejaba acompañarlo a las milpas que tenia en una ladera de la montaña. Cuando el maíz estaba recién sembrado, Aschlop ayudaba a cuidarlo. Con palos y trapos armaban espantapájaros para alejar a los zanates y a otras aves que trataban de comerse las plantitas y más adelante los granos de maíz. Su abuelo Juan influyó de sobremanera en el gran cambio que se operó en la vida de Aschlop. Aquel era un hombre amable; todo el tiempo estaba alegre, que al sonreír mostraba sus dientes amarillos y disparejos y entonces el rostro se le llenaba de mil arrugas. El abuelo era de pequeña estatura y descalzo, casi siempre vestía una chaqueta de lana con un pájaro bordado en la espalda.

El día que vino a buscarla, se veía muy serio. En una mano llevaba un manojo de velas largas y delgadas y en la otra, flores y hojas de palma que debió traer de la costa.

-Aschlop tiene que venir conmigo- dijo secamente-.También su primo Pascual.

En seguida, salieron a las afueras del pueblo; el abuelo iba a la cabeza y atrás, Aschlop y el primo Pascual; los dos tenían la misma edad. Aschlop estaba inquieta y un poco asustada. “¿Adonde iremos?”, se preguntaba. ¿Se irían del pueblo sin tener a su mamá con ellos? Subieron a uno de los cuatro picos del cerro que rodeaba a Yalambojoch, en cuya cima había una cruz de madera. Ante la mirada de asombro de Aschlop y Pascual, el abuelo ató las flores y las hojas de palma a la cruz y luego encendió fuego, cuando éste terminó de arder, echó los restos en una lata que le servía de incensario y encima dejó caer gramos de copal de inmediato despidieron su aroma envolvente. Cada vez que el abuelo removía la lata salía una gran nube olorosa y blanca.

Aschlop lo miraba con sorpresa. Ella sabía que el abuelo era el rezador del pueblo. Había oído que mantenía las viejas tradiciones, que hablaba con los espíritus de las montañas, de los ríos, del maíz y de los vientos, pero no sabía bien lo que hacía un rezador.

El abuelo puso la lata en las manos de Aschlop y le enseñó a moverla de un lado a otro. Después, encendió las velas y las clavó en la tierra frente a la cruz, se puso de rodillas y desde donde estaban, miró hacia abajo en dirección al pueblo. En seguida, comenzó a rezar, diciendo en voz alta: -¡Nombre de Dios! ¡Santa Justicia! Abre tu corazón y escúchame. Vengo a pedirte que protejas a nuestro pueblo. Te pido que los militares no vengan. Que podamos seguir viviendo en paz en Yalambojoch. Haz que mi pueblo prospere. Protégenos de las enfermedades. Haz que todos los

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recién nacidos vivan. No dejes que venga la helada y queme el maíz recién nacido. No dejes que los vientos doblen las plantas de maíz. Haz que la cosecha del sagrado maíz sea grande para que el tiempo del hambre sea corto. Por eso te enciendo velas y te doy flores y copal. Lo único que te pido es que protejas a mi pueblo.

Tan pronto como el abuelo terminó la oración, se puso de pie y se marchó, seguido por los dos niños. En ese mismo viaje ascendieron a los otros tres picos que custodiaban a Yalambojoch. En cada uno de éstos, el abuelo pidió por el pueblo.

Las grutas sagradas y la gran serpiente.

El abuelo Juan siguió llevando a sus dos nietos a las ceremonias. Lo habían elegido como rezador del pueblo cuando era joven, pero luego la gente del pueblo lo siguió eligiendo año tras año. El rezador era el guía espiritual del pueblo Era el que se ocupaba de todos los ritos que había que ejecutar.

En caminatas que efectuaba alrededor del pueblo, el abuelo Juan se detenía en muchos lugares para hacer ofrendas. Algunas de sus oraciones eran tan secretas que los niños debían alejarse un poco y prometer que no lo escucharían. Aschlop se aburría de tantas oraciones. Lo que más le gustaba era sentarse en algún lugar, ya fuera sobre la grama, sobre una piedra o bajo un árbol, y comer de las tortillas que el abuelo llevaba siempre en su morral, después que el anciano había terminado de rezar. Entonces, él les llenaba la imaginación Con alguna historia.

Les hablaba de la tierra sagrada, del padre sol y de la madre luna. También les hablaba de los espíritus de las montañas y de los ríos. Les contaba cómo se había formado la tierra y les enseñó a oír a la naturaleza y a reconocer las plantas y los animales.

Aschlop pensaba que su abuelo Juan lo sabía todo. Y tenía razón porque el anciano podía interpretar sueños. También sabía qué días eran buenos, porque no todos eran iguales. Algunos eran buenos para hacer una fiesta o para comprar una vaca. Otros, en cambio, eran peligrosos. Por ejemplo, si un niño nacía en uno de éstos, los padres y los abuelos tenían que pedirle al dios de ese día para que el niño sobreviviese. También había malos espíritus y los niños que nacían bajo su influencia no tenían salvación. Asimismo, había días en que uno debía ser cuidadoso, si uno tenía malos pensamientos o se peleaba con alguien en un día de esos, debía hacer ofrendas, pues de lo contrario podían suceder accidentes.

Fue en una de esas caminatas que el abuelo le dijo a Aschlop que su nahual era un puma y el de Pascual un escorpión, en tanto que el suyo era una lechuza.

Sin embargo, lo que más le gustaba a Aschlop era que el abuelo les contara de las grutas sagradas y de la gran serpiente. La niña casi siempre trataba de hacer que el abuelo les hablase de esto, cuando estaban sentados, descansando. Aschlop había oído la historia muchas veces, pero cada vez que la escuchaba de nuevo, sentía el mismo gusto y el mismo miedo.

—Hace mucho tiempo, cuando aún vivíamos en San Mateo Ixtatán. Hacíamos ofrendas y rezábamos oraciones en una gruta que está un poco lejos del pueblo -contaba el abuelo-. A veces ofrendábamos chumpipes. La gruta era grandísima y profunda; en el fondo tenía una laguna y un río subterráneo; además, había varios espacios con figurillas de dioses labradas en piedra por nuestros antepasados. Anualmente, el rezador del pueblo se encerraba en ella cuarenta días y entonces veía el futuro. Podía ver lo que iba a suceder al año siguiente en el pueblo y en el resto del mundo. Podía ver todas las enfermedades, los accidentes y las guerras que estaban por venir. Después rezaba para que todas esas desgracias no llegasen a ocurrir. Durante ese tiempo, rezaba por su pueblo y por todo el mundo. Las grutas que usamos son sagradas. En la de San Mateo sólo el rezador y sus asistentes pueden entrar. En otras grutas sagradas sólo pueden entrar indígenas, pero no los ladinos. ¿Saben ustedes a quién se le llama ladino? -El maestro de la escuela es ladino -contestó Aschlop sin vacilar, pero al mismo tiempo pensó que la pregunta era tonta, pues todos sabían lo que era un ladino.

-Sí-dijo el abuelo-. También el sacerdote es ladino. Así llamamos a todos los que no son indígenas. Ahora les voy a contar lo que pasó en Santa Eulalia, un pueblo que está del otro lado de la montaña. Santa Eulalia está al lado de una carretera, y por eso muchos ladinos se han ido a vivir allí. Pues bien, muy cerca del pueblo hay una gruta a la que una mujer ladina

Quiso entrar por curiosidad, tal vez porque había oído el rumor de que los indígenas guardamos grandes riquezas en las grutas. La mujer era dueña de una tienda en el pueblo. Un día se acercó en secreto a la entrada de la gruta. Lo que ella ignoraba es que todas las grutas sagradas tienen un guardián, y la de Santa Eulalia era custodiada día y noche por un espíritu.

Cuando éste vio que la mujer se acercaba, hizo surgir un río en la entrada de la gruta. Pero la mujer no hizo caso del río. su curiosidad era tan grande que se quitó los zapatos y vadeó el río. Cuando llegó a la ribera opuesta, se encontró con una gran serpiente, que se le enroscó en las piernas. En seguida, dos grandes rocas rodaron en dirección adonde la mujer estaba, quedando a ambos lados de ella, de modo que no podía escapar. La mujer lloraba en medio de la oscuridad. De repente, el rezador del pueblo llegó a la gruta y viendo la situación en que estaba la mujer,

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le tuvo lástima, por lo que le pidió al guardián de la gruta que la dejara ir. Fue así como la serpiente se desenroscó de las piernas y las rocas volvieron al lugar de donde habían llegado La mujer estaba ilesa pero aterrorizada. Ni bien se vio libre, se fue corriendo para su casa. Unos días más tarde se volvió loca.

Aschlop veía todo esto delante de sus ojos; en su fantasía la serpiente era blanca, enorme, con un estómago grande, como el de una vaca, y con ojos brillantes y rojos En San Mateo pasó lo mismo -siguió contando el abuelo-. En 1958. un maestro ladino entró en la gruta. y se encontró una sapiente enorme. Dos días más tarde estaba muerto

Durante tres años Aschlop y su primo Pascual le hicieron compañía al abuelo Juan en sus caminatas y oraciones. A Aschlop le gustaba acompañarlo a pesar de que no entendía lo que él decía y contaba. Pero eso sí, se sentía incómoda cuando el abuelo comenzaba a hablar en contra del sacerdote católico y la religión que éste predicaba, porque entonces el anciano se encolerizaba, y eso la asustaba. De todas estas cosas, mucho tiempo después ella no recordaría más que esto:

"Cuando nuestro pueblo subió a la montaña y fundó Yalambojoch, los entristecía que no hubiera ninguna gruta en las cercanías, por eso tuvieron que construir una casa especial para rezar. Cuando me eligieron rezador, la casa ya estaba hecha y era allí donde hacíamos todas nuestras fiestas y ceremonias. Allí nos juntábamos todos los años antes de sembrar el maíz. Bebíamos atol, tocábamos la marimba y bailábamos."

"Entonces, yo le pedía perdón a la sagrada tierra. Ustedes tienen que comprender que cuando uno siembra, el cuerpo de la tierra siente dolor, y es por eso que antes de hacerlo hay que pedir perdón. Le pedía que el sagrado maíz creciera sano y hubiera buenas cosechas. Al siguiente día todos los habitantes del pueblo iban a rezar a las cruces que hay alrededor del pueblo. Cuando empezaba la 'tapizca', se armaba una gran fiesta. En ese tiempo todos en el pueblo trabajábamos juntos y lo hacíamos según el viejo calendario maya, tal como lo habían hecho nuestros antepasados por miles de años. Diariamente yo imploraba a los espíritus guarda fronteras, es decir, los espíritus que custodian los límites pueblo que nos protegieran y no permitieran que nadie nos despojara de nuestra tierra."

"Sin embargo, no día vino un sacerdote católico montado a caballo, era un sacerdote extranjero, mas como cosa curiosa, hablaba nuestra lengua. Según dijo, todo lo que yo hacía venia del diablo y recalcaba en que su dios era el único de verdad. Aquella vez, les roció agua bendita a algunas gentes del pueblo y les dijo que ya estaban bautizadas, que ésa era la señal de que ya pertenecían a su iglesia. Después se fue y nadie pensó más ni en él ni en su dios. Siete años más tarde volvió de nuevo a caballo. Esta vez logró casar a varias parejas, a algunas personas les ensenó a cantar salmos en castellano y eligió a otras para que enseñaran el catecismo. Además, consiguió que los habitantes del pueblo construyesen una iglesia, para la cual donó una pequeña imagen de la Virgen María. Todos los que la visitaban decían que tenía gran poder, que podía hacer milagros sí se le pedían

"Yo no voy a vivir en el pueblo, dijo el sacerdote, pero lo visitaré cada tres meses para oficiar la misa; mientras tanto, ustedes deberán reunirse todos los domingos en la iglesia y los que elegí como catequistas habrán de dirigir el canto de los salmos y leer la Biblia."

"Los hombres nos reunimos en la plaza para discutir lo que el sacerdote había dicho. Yo estaba muy enojado Insistí en que no podíamos abandonar el camino de nuestros antepasados, pero muchos de los jóvenes dijeron que debíamos probar la nueva religión, que practicar la antigua religión tomaba mucho tiempo, pues había que rezar bastante. 'La nueva religión, en cambio, parece ser buena, basta con una media hora cada domingo1, dijeron."

Tal como lo había prometido, el padre vino cada tres meses a oficiar la misa, a la que asistía casi todo el mundo. Entonces, muchos se casaron y llevaron a bautizar a sus hijos. A veces sentía odio en contra de mi pueblo porque siempre terminaban haciendo lo que decían los blancos. Yo también iba a la misa pero estaba en contra de todo. Estaba en contra de que hubiesen echado abajo la casa en la que acostumbrábamos rezar; en contra de que hicieran una escuela y en contra de cultivar verduras y fundar una cooperativa como decía el sacerdote. Tampoco estaba de acuerdo en que se mandara a algunos jóvenes a un curso de enfermería.

Sólo coincidía con el sacerdote en que todos los hombres somos iguales. 'A los ojos de Dios un indígena y un ladino son iguales', dijo un día." Cuando Aschlop empezó a acompañar al abuelo Juan en sus caminatas, casi todos en el pueblo eran católicos. Pero él siguió siendo el rezador del pueblo y por lo tanto, los habitantes le daban maíz, dinero y frijoles para que rezara a los dioses antiguos y celebrara las ceremonias que acostumbraban los antepasados.

Aschlop acompañó a su abuelo por tres años y al cabo de un tiempo también quiso recordar lo que él le había contado acerca de las transformaciones que Había experimentado el pueblo desde la llegada del sacerdote, pero fue inútil.

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El pequeño Dios Verde.

Estoy muy preocupado -dijo el abuelo Juan cierta noche que visitó la casa de Aschlop, cuando todos estaban sentados alrededor del fuego-. La rueda del tiempo va rápida, me estoy volviendo viejo. Quiero rezar por el pueblo en una de las grutas sagradas antes de que me muera y pienso ir a la gruta Quen Santo.

-¿Dónde queda? -preguntó mamá Juana.

-Allá donde se pone el sol, del otro lado de Waxa-kaná.

El día que el abuelo emprendió el viaje, Aschlop y Pascual se fueron con él, cada uno cargaba a la espalda un bulto con tortillas y frutas para comer por el camino. Debían caminar dos días. Cada noche dormían en un pueblo chuj, donde el abuelo hablaba con los ancianos, mientras los niños les mostraban a Pascual y a Aschlop sus secretos, un hueco en la montaña donde vivía una lechuza, un nido con pajaritos, una colina donde las piedras eran completamente rojas.

En cuanto amanecía, el abuelo y los muchachos continuaban su camino, cuesta abajo de la montaña. En el camino encontraron restos de pirámides y muros de piedra sobre los que había crecido el pasto y la vegetación.

-Todo esto fue construido por nuestros antepasados -dijo el abuelo.

Aschlop miró las ruinas. Sólo eran montones de piedra. En realidad no podía entender por qué sus antepasados habían construido tantos montones de piedra. Cuando llegaron al pie de los Cuchumatanes vieron un pequeño valle que se extendía delante de ellos, a un lado había unas ruinas y al otro una gruta.

-Hemos llegado, -dijo el abuelo con cierto aire de solemnidad. Esta es la gruta Quen Santo.

Aschlop miró con gran inquietud a su alrededor, pues sentía miedo. Se preguntaba dónde estaría el guardián de la gruta. No vio nada raro, pero no pudo dejar de pensar en la gran serpiente que mencionó el abuelo y la vio claramente enfrente suyo, blanquecina, enroscándose.

-Ahora entraremos -dijo el abuelo-. Ven Aschlop, ven. No es peligroso. Tú no eres ladina, de modo que puedes entrar y si hay un guardián en esta gruta, no te hará ningún daño.

-¿Cómo lo sabes? — preguntó Pascual de inmediato. Al ver la inquietud del Pascual y Aschlop, el abuelo decidió entrar solo. Cuando salió tenía el sombrero roto más abajo dela frente y las manos ocultas en las amplias mangas de De chapeta. Los niños se habían dado cuenta que el abuelo había cambiado; parecía como si se hubiese encogido allí adentro. A pesar de eso sintieron la necesidad de correr hacia él y preguntarle:

¿Abuelo que vistes? ¿Estaba allí la serpiente? ¿Había imágenes de dioses? ¿Vistes el futuro?

El abuelo guardó silencio y empezó el camino de regreso Caminaba lento y pesadamente, Por primera vez Aschlop pensó que su abuelo ya era muy viejo. Por la tarde se aproximaron a Chucula, "el lugar del agua roja" Aquella era una gran extensión de tierra, propiedad de un alemán. Es uno de los hombres más ricos de toda Guatemala", decían los indígenas. "Es dueño de este rancho de ganado y en la costa tiene doce grandes plantaciones." Sin embargo, ninguno había visto nunca al dueño. Tenía empleados que cuidaban de El Agua Roja, él llegaba sólo una vez al año en helicóptero para inspeccionar.

No podemos ir por el camino que atraviesa El Agua Roja, dijo el abuelo. Era la primera vez que hablaba desde que saltó de la gruta. Al dueño de la finca no le gusta que uno atraviese su propiedad -siguió diciendo-. He oído que tiene dos perros negros que andan sueltos y que atacan a todos los que pasan por sus terrenos. Será mejor que caminemos por el bosque

El abuelo y los niños apresuraron el paso. Ya era tarde, hacía mucho calor y había que apurarse para llegar al próximo pueblo antes que anocheciera. Dejaron el sendero y se internaron en el bosque tupido. Aún estaban en las tierras bajas; el bosque era frondoso; a veces los bejucos se les enredaban en los pies como queriendo detenerlos. El abuelo llevaba el machete en la mano y lo usaba todo el tiempo para cortar las ramas y los bejucos que les entorpecían el paso.

La vegetación era tan cerrada, que el aire apenas movía las hojas. De repente el abuelo se detuvo y les hizo señas a los pequeños para que no se movieran. Aschlop alcanzó a oír ruidos. Lo primero que pasó por su mente fue que los perros negros se acercaban, pero antes de que tuviera tiempo de asustarse de veras, oyó voces de gente y un ruido como de metal chocando contra una piedra. El abuelo les susurró de nuevo que se quedaran quietos, mientras él avanzó despacio, tratando de no hacer ruido. Aschlop se le quedó viendo y le pareció que no estaba tan viejo. Ahora el ruido se oía más claro. El anciano les hizo señas de que lo siguieran en silencio. Entre las hojas y las ramas podían ver un montón de piedras y dos hombres del otro lado. El corazón de Aschlop empezó a latir fuertemente. ¿Cómo podía latir un corazón de esa manera? Aquellos hombres le

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daban miedo, pues no eran indígenas. Tenían gorras rojas y hablaban entre sí en una lengua que ella no conocía. Los hombres cavaban con palas sobre el montón de piedras y muy cerca de ellos había dos pistolas tiradas en el suelo. Si acaso las llegaran a necesitar, les bastaría con dejar las herramientas y estirar el brazo para alcanzarlas

El abuelo les hizo señas a Aschlop y a Pascual de que se mantuvieran quietos y callados. Aschlop lo intentaba pero le era difícil. El bosque estaba caliente y húmedo. Las gotas de sudor le hacían cosquillas al rodarle por las mejillas, y debía secárselas con la mano. El abuelo la vio y frunció el ceño. La cosa empeoró cuando llegaron los mosquitos y formando una pequeña nube rodearon a los tres. Uno zumbaba sobre la cabeza de Aschlop, de vez en cuando otro se detenía en su cara o en sus pies descalzos, y la niña sólo apretaba los dientes. Era doloroso no poder quitárselos de encima.

Detrás de las ramas vieron cuando los hombres dejaron las palas y se agacharon para tomar cada uno un costal, dentro del cual metieron algo, luego se colocaron al cinto las pistolas y se alejaron del pozo que habían excavado, llevando el costal en una mano y las palas en la otra. Oyó sus voces feas y una risa bulliciosa. El abuelo volvió a pedirles a los niños que no se moviesen de donde estaban y se acercó adonde los hombres habían estado excavando. Cuando estuvo seguro de que no había otros desconocidos llamó a los niños.

Entonces, Aschlop vio que el abuelo no estaba triste, sino furioso:

-¡Saqueadores!, ¡ladrones ladinos!, ¡bandidos! -decía con indignación, mirando el hoyo excavado por los hombres-. Este montón de piedras es parte de una obra de nuestros antepasados. Quizás de una tumba..., no lo sé. De todas maneras siempre hay objetos valiosos de aquellos tiempos en ruinas como esta y eso era lo que buscaban. Vinieron aquí para robarse las cosas de maestros antepasados en la cara enrojecida se le podía ver la ira. Enojado como estaba, empezó a rellenar con piedras que al caer levantaban una nubecilla de polvo. En medio de esa nubecilla Aschlop vio un objeto verde que brillaba,

Mira abuelo! –dijo.

El anciano, entonces, se agachó y con la mano removió la tierra. Cuidadosamente levantó la pequeña pieza y se la dio a Aschlop Era una cabeza de hombre esculpida con primor

-¿Que es? -preguntó Pascual.

—Es una cabeza tallada en jade —respondió el abuelo-, fue hecha por nuestras antepasados — ¿Pero que es? —insistió Pascual.

-Quizás representa a un dios, -dijo el abuelo-. Pero también puede ser un juguete. Quizás alguien hizo esta cabeza para que sus hijos tuvieran algo con que jugar. Al decir esta el rostro amigado del abuelo se iluminó con una sonrisa y en seguida lanzó una carcajada

-Ahora sí se “tontearon” los ladrones, porque no encontraron esta cabeza -dijo-. Aschlop la ha descubierto y por lo tanto ella debe conservarla.-Dirigiéndose a la pequeña, continuó-: Pero antes debes prometerme que la conservarás siempre, que no la venderás a nadie porque muchos indígenas Excavan en las ruinas y encuentran tinajas, pequeñas estatuas y anillos que les venden a los compradores que vienen caminando o a los turistas en las ciudades. Prométeme que tú no harás nunca eso.

Aschlop apretó la cabeza de la figurilla de nariz 'aguileña y con pendientes en las orejas y la sintió fría. En seguida le prometió a su abuelo que jamás la vendería ni a compradores de antigüedades ni a turistas Después se quedó pensando en las palabras del abuelo y se preguntaba qué era un turista.

Aschlop y Pascual le llamaron "El pequeño Dios Verde" a la figurilla, la cual se convirtió en el secreto más grande de sus vidas. Además, le encontraron hogar en una hendidura entre dos piedras, al otro lado del río, adonde casi nadie iba. En ese agujero escondieron al pequeño Dios Verde y lo resguardaron con piedras. Aschlop ayudaba a mamá Juana todos los días en los quehaceres de la casa. Pascual cuidaba las seis ovejas de la familia y trabajaba con su padre en el campo. Al medio día, los hombres regresaban del campo para almorzar. Aschlop esperaba toda la mañana el regreso de Pascual. Su casa quedaba tan cerca de la de ella que podía verlo entrar por la puerta. Aschlop pensaba muy a menudo en Pascual. Lo consideraba distinto a los demás, pues raras veces se juntaba con ellos cuando peleaban o cuando andaban en zancos o hacían arcos y fusiles de madera para jugar a la guerra. Pascual también prefería estar con ella. Las niñas se burlaban de Aschlop. "¡Te vas a casar con Pascual!, ¡Te vas a casar con Pascual!", le gritaban. Aschlop

Simulaba enojarse cuando le decían eso, pero en realidad le gustaba.

Como Pascual no tenía que volver enseguida al trabajo, cuando terminaban de almorzar se dirigían al río y lo atravesaban metiéndose en el agua cristalina y fría. Cuando estaban seguros que nadie los espiaba, sacaban al pequeño Dios Verde de su escondite y lo colocaban en el suelo en

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