Besme recibió un premio por su crimen de parte del cardenal de Lorena, pues le dio en casamiento a una de sus hijas naturales. Doble vergüenza para el cardenal por darle a su hija como
recompensa. Guisa esperaba impaciente en el patio y pidió a su doméstico que echara el cuerpo de Coligny por la ventana para creer en su muerte. Besme y uno de sus compañeros levantaron el cuerpo del almirante que todavía respiraba. Echaron el cuerpo al patio a través de una ventana y el duque de Guisa enjuagó con un pañuelo la cara del moribundo bañada de sangre y le identificó, a la vez que le daba una patada en el vientre. El populacho le mutiló y le arrastró hasta el patíbulo, mientras el duque salió a la calle gritando: “¡Ánimo compañeros. Vayamos a por los demás. Es una orden del rey!”.
Dieciséis años más tarde, el 23 de diciembre de 1588, en el castillo de Blois, el cadáver de ese mismo Enrique de Guisa yacía en el suelo delante de Enrique III, quien le dio
también una patada en la cara. ¡Soberana justicia de Dios! R Juana de Albret (Wikipedia)
Almirante Coligny
Coligny se apoyaba
contra el muro
porque su herida le
dolía mucho y no
podía estar de pie.
El primero en entrar
en la habitación fue
un loreno o alemán
llamado Besme,
criado del duque de
Guisa. Le identificó
y hundió la espada
en su pecho, a la
vez que le daba un
golpe en la cabeza.
Los demás
acabaron con él a
puñaladas.
H I S T O R I A Y L I T E R AT U R A H I S T O R I A Y L I T E R AT U R A
acompañaban hundieron la puerta de donde había salido el disparo, pero sólo
encontraron un lacayo y una criada. El homicida que estaba al acecho tuvo tiempo para huir montado a caballo y se supo que era Maurevel, antiguo paje del duque de Guisa y además pariente suyo. El médico Ambrosio Paré curó las heridas del almirante. Al principio creyeron que las balas de cobre podían estar envenenadas y Coligny pensó que su hora se acercaba. Los amigos de Coligny fueron a avisar al rey para
comunicarle el atentado y le encontraron jugando un partido de pelota. Al recibir la noticia lanzó su raqueta contra el suelo muy enfado y se fue muy contrariado a sus aposentos. El complot de Margarita había fracasado.
Empieza la cuarta guerra de religión (1572-1573).
La noticia del fallido atentado se extendió por todo París y produjo mucha agitación. Ordenaron a los capitanes de
la milicia que juntaran las compañías y guardaran el Ayuntamiento. Sabían que detrás estaba la mano del duque de Guisa, instigado por la reina madre.
Los hugonotes acudieron enseguida consternados a la vivienda del almirante y tuvieron una consulta para trasladarle fuera de París, pero los médicos no lo permitieron. Los mariscales Damville y Cossé, que
pertenecían al tercer partido, fueron también a ofrecerle sus buenos oficios.
Por la tarde fueron a visitarle Carlos IX con la reina madre, el duque de Anjou, hermano del rey y otros personajes de la corte. El rey se indignó por lo sucedido a Coligny y amenazó al duque Enrique de Guisa, además de ordenarle salir de la corte
inmediatamente.
El sábado lo pasaron haciendo preparativos y conciliábulos, para la noche de San Bartolomé. El duque de Guisa que había aparentado marchar sin hacerlo llamó a los capitanes de la guardia
francesa y suiza y les dijo: “Ha llegado la hora que por la voluntad del rey tenemos que vengarnos de la raza enemiga de Dios. La bestia está en la redes y no debemos dejarla escapar”. Luego apostó las tropas a ambos costados del Louvre y les dio la orden de que nadie de la casa de los borbones entrara en el jardín del palacio.
El duque de Guisa entró en el ayuntamiento donde fue recibido con aclamaciones y dirigiéndose a las autoridades presentes les arengó:
“Señores, la voluntad de nuestro Sire es que cada uno tome las armas para matar a Coligny y extirpar a todos los demás hugonotes y rebeldes que están como prisioneros en nuestra villa. Lo mismo se hará en las provincias
siguiendo la orden del rey. Cuando la gran campana del reloj de Saint Germain- Auxerrois empiece a sonar al amanecer, cada buen católico deberá llevar una tela blanca alrededor del brazo y pondrá una cruz blanca en su gorra”.
El tiempo pasaba lentamente.
Catalina dijo a Carlos IX que no se podía dar marcha atrás y que había llegado el momento de quitar la gangrena. Carlos vaciló y un sudor frío recorrió su frente. Su madre le tocó la fibra más sensible y le
preguntó si con sus
indecisiones estaba dudando de su valentía. El rey se enfadó al pensar que
sospechaban de su cobardía y se levantó gritando: “¡Pues, bien. Empezad!”. Era
exactamente la una y media de la madrugada.
En la cámara del rey sólo estaban Catalina, Carlos IX y el duque de Anjou quien había jugado un papel criminal en la conjura de Amboise. Los tres guardaban un silencio lúgubre. Resonó un primer disparo. Carlos se estremeció y mandó
decir al duque de Guisa que no se precipitara. Era demasiado tarde. La reina madre, en claro desafío ante las reticencias de su hijo, había ordenado
adelantar la hora señalada. La gran campana de Saint-
Germain, empezó a doblar el domingo 24 de agosto entre las dos y las tres de la
madrugada. Al toque de rebato empezaron a salir de todas las puertas hombres armados que gritaban: ¡Viva Dios y el rey!.
El duque de Guisa
acompañado de su tío, el duque de Aumale; del caballero de Angulema y de trescientos soldados, se precipitaron hacia la casa del almirante. Llamaron a la primera puerta en nombre del rey. Un gentilhombre abrió y cayó apuñalado. Hundieron la puerta interior y al oír el ruido de los golpes de arcabuz, Coligny y todos los que estaban en la casa se
levantaron e intentaron hacer barricadas en la entrada de los apartamentos, pero los débiles parapetos cayeron ante el empuje de los agresores. El almirante había pedido a su ministro Merlin que orara con él. Los moradores de la vivienda subieron hasta la azotea, excepto Nicolás Muss, su intérprete de alemán. Coligny se apoyaba contra el muro porque su herida le dolía mucho y no podía estar de pie. El primero en entrar en la habitación fue un loreno o alemán llamado Besme, criado del duque de Guisa. Le
identificó y hundió la espada en su pecho, a la vez que le daba un golpe en la cabeza. Los demás acabaron con él a puñaladas.
Besme recibió un premio por su crimen de parte del cardenal de Lorena, pues le dio en casamiento a una de sus hijas naturales. Doble vergüenza para el cardenal por darle a su hija como
recompensa. Guisa esperaba impaciente en el patio y pidió a su doméstico que echara el cuerpo de Coligny por la ventana para creer en su muerte. Besme y uno de sus compañeros levantaron el cuerpo del almirante que todavía respiraba. Echaron el cuerpo al patio a través de una ventana y el duque de Guisa enjuagó con un pañuelo la cara del moribundo bañada de sangre y le identificó, a la vez que le daba una patada en el vientre. El populacho le mutiló y le arrastró hasta el patíbulo, mientras el duque salió a la calle gritando: “¡Ánimo compañeros. Vayamos a por los demás. Es una orden del rey!”.
Dieciséis años más tarde, el 23 de diciembre de 1588, en el castillo de Blois, el cadáver de ese mismo Enrique de Guisa yacía en el suelo delante de Enrique III, quien le dio
también una patada en la cara. ¡Soberana justicia de Dios! R Juana de Albret (Wikipedia)
Almirante Coligny
Coligny se apoyaba
contra el muro
porque su herida le
dolía mucho y no
podía estar de pie.
El primero en entrar
en la habitación fue
un loreno o alemán
llamado Besme,
criado del duque de
Guisa. Le identificó
y hundió la espada
en su pecho, a la
vez que le daba un
golpe en la cabeza.
Los demás
acabaron con él a
puñaladas.
H I S T O R I A Y L I T E R AT U R A H I S T O R I A Y L I T E R AT U R A
Juan A. Monroy
Periodista y Pastor evangélico
El 2 de marzo de 1992 se cumplió medio siglo de la muerte de Miguel Hernández. La ciudad alicantina de Orihuela recordó a su poeta con la celebración de un Congreso Internacional al que asistieron 500 especialistas en la obra de Miguel Hernández, procedentes de numerosos países. En la Lonja de Pescado de Alicante tuvo lugar una amplia exposición de obras, fotografías, escritos varios y numerosos objetos
relacionados con el poeta. Madrid y otras ciudades españolas celebraron actos literarios en recuerdo del escritor desaparecido. Uno de los hechos más
relevantes de este aniversario fue, sin duda, la publicación de sus Obras Completas, tarea emprendida por la Editorial Espasa Calpe. La edición crítica de esta obra definitiva,