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Capítulo elaborado por Aitor Zabalgogeazkoa, Director General, Médicos Sin Fronteras.

sociedades donde actuaba. Sus respectivas relaciones con las autoridades políticas reproducen esta diferencia. Uno se mantenía al margen de los poderes en conflicto y el otro actuaba desde el interior del poder (aunque no siempre estuviera de acuerdo con él). Una variante del primer modelo, donde se enmarcan los orígenes de MSF, decide no actuar desde el interior de los resortes del poder, pero también decide no mantener relaciones complacientes con este y con los que lo ejercen. Decidimos confrontar al poder cuando así lo creyéramos oportuno, no ocupando el vacío dejado por este, sino sobre todo señalando las

responsabilidades.

De hecho, por principio, MSF es una organiza- ción ‘diseñada’ para y acostumbrada a trabajar más en contextos de vacío institucional que en aquellos donde los poderes son fuertes y ejercen un férreo control, y es en estos casos donde nos encontramos empujando a esos poderes a cumplir sus responsabilidades con los vulnerables. Los desencuentros con estos regímenes son parte de la historia de la acción humanitaria. La retirada de MSF de Corea del Norte en el año 1998, momento clave de la toma de posicionamiento público de la organización, no fue motivada por el deseo de protestar contra

la violencia de masas4. La razón principal era la

convicción de que, en esas circunstancias, la ayuda humanitaria servía en primer lugar al poder criminal y que, una vez extinguidas las posibilidades de enderezar la situación, era preferible la retirada a la acción.

4

BINET, Laurence, MSF and North Korea 1995-1998,

coordinado por CRASH Fondation, Médecins Sans Frontières, enero 2008.

1

Introducción: reflexiones previas

Este artículo quiere mostrar ejemplos de los efectos que las prácticas y reacciones

autoritarias tienen sobre la ayuda humanitaria, ya sean aquellas una «democracia vigilada» por un Ejército o una falta total de democracia, restricciones a la libertad de expresión, excesivo control por parte de un partido sobre la vida pública o privada de los ciudadanos, restricción a la libertad de movimientos... o cuando todas

ellas concurren en un mismo contexto1.

Un Estado puede ser parcialmente democrático, no tanto en las formas como en el fondo, pero en sustancia debe haber un legítimo y mínimo interés en ayudar a sus propios ciudadanos cuando estos se ven expuestos a un conflicto o una catástrofe. De hecho, la insensibilidad ante el sufrimiento de la propia ciudadanía es uno de los tics autoritarios más reconocibles. El régimen de Corea del Norte ha demostrado durante muchos años que no tiene ninguna compasión por su gente. Desde finales de la década de los 90 es posible que hasta tres millones de coreanos hayan muerto debido a la falta de comida. Veinte años después, el hermético régimen de Kim Jong-il ha acabado siendo dependiente de la ayuda alimentaria externa. Los donantes empiezan a estar hartos y saben que mucha ayuda es redirigida para mantener el régimen y su Ejército, e incluso su tradicional aliado chino empieza a pensarse su

papel2.

La ayuda humanitaria tiene un perfil anti- autoritario, al menos tal y como la entendemos

desde Médicos Sin Fronteras3. Si analizamos la

historia de la ayuda humanitaria nos

encontramos con dos modelos. El primero tenía como objetivo llenar, aunque fuera

parcialmente, el vacío causado por la violencia. Es el modelo sobre el que fue creada la Cruz Roja Internacional y desarrollado el Derecho Internacional Humanitario. El segundo modelo quería participar en la remodelación de las

1

En relación a las prácticas y reacciones autoritarias, no tenemos interés en este artículo en definir o disertar sobre qué es y qué no es un régimen autoritario.

2

INTERNATIONAL CRISIS GROUP, «Shades of Red:

China’s debate over North Korea», AsiaReport,

núm. 179, 2 noviembre 2009. 3

Por la propia historia y orígenes de Médicos Sin Fronteras, organización surgida en el caldo de cultivo

MSF intentó en vano, durante semanas, conseguir un diálogo con las autoridades sanitarias, que siempre negaron la situación y se negaron a conceder visados siquiera para evaluar la situación. Mientras, colaboramos con personas individuales enviando información y protocolos operativos que podían ser útiles para los sanitarios. En la sexta semana después del primer aviso, cuando el brote estaba en su clímax epidemiológico, las autoridades reconocieron el problema en voz baja, una vez que muestras enviadas a laboratorios de referencia de Europa y África confirmaban la epidemia. Obtuvimos el reconocimiento de la epidemia por parte de las autoridades, pero no así el permiso para intervenir. La decisión del Gobierno guineano, tardía, fue reclamar la intervención ¡del Ejército israelí! Una vez se produjo la intervención, las fuentes de información quedaron mudas hasta el día de hoy. El Gobierno de Teodoro Obiang Nguema, demostrando una memoria de elefante, evitó la presencia de MSF, que en octubre de 1999 había denunciado la corrupción y el inexistente margen de maniobra que existía para la acción

humanitaria en el país5.

Siria es otro buen ejemplo de resistencia a la evaluación externa de las necesidades de una población. En ese país, que está soportando el peso de la asistencia a los refugiados del conflicto iraquí la dificultad de implementar acciones de ayuda se ve limitada una y otra vez

por el Gobierno de Bachar al Assad6.

Actualmente se estima que hay 100.000 familias que necesitan asistencia debido a su mermada capacidad para lidiar con la situación después de años de bloqueo seguidos por la guerra. No es previsible que la situación vaya a resolverse a corto plazo ya que, a pesar de la relativa

estabilidad y mejora de la situación en Irak, el contexto sigue siendo demasiado volátil: no hay interés por parte de los refugiados, ni de los Gobiernos, de fomentar el retorno de los 2,7 millones de iraquíes que han abandonado el país, con la carga que ello supone no solo para

Siria, sino también para Jordania7.

5

QUEROL, David, Guinea Ecuatorial: El espacio humanitario

imposible, Barcelona: Médicos Sin Fronteras, diciembre 1999.

6

En febrero de 2008, UN OCHA y el Gobierno sirio estimaban que se refugiaban en el país entre 1,2 y 1,4 millones de personas, y tan solo 200.000 de ellas están registradas como refugiados por ACNUR.

7

IRC, Five Years Later, a Hidden Crisis. Report of the IRC

Commission on Iraki Refugees, marzo 2008.

2

Las fricciones

La acción humanitaria en los contextos autoritarios queda seriamente comprometida por varios factores, siendo uno de los más importantes su asimilación a la interferencia política de Occidente en los «asuntos

nacionales» que ciertos poderes desearían gestionar sin testigos; un Occidente entendido básicamente como Estados Unidos y la Unión Europea y sus intereses geoestratégicos. Esta percepción nos coloca automáticamente a las organizaciones humanitarias en «el otro bando» cuando se trata de trabajar, por ejemplo, en

Chechenia o en Sri Lanka.Cuando a esta

percepción se añade el factor religioso, y a las sospechas de intencionalidad política se suman las resistencias a una influencia de la cultura judeo-cristiana, las fricciones se complican incluso más, como es el caso de Siria o Sudán. Son numerosos los ejemplos de regímenes autoritarios capaces de abandonar a su pobla- ción a una crisis antes que aceptar que un solo actor neutral ponga un pie en su territorio y pueda ser testigo de lo que ocurre. Cuando esos Gobiernos, además, cuentan con sólidos apoyos en Occidente, poco se puede hacer. En los primeros meses de 2005 se produjo un brote de

cólera en Guinea Ecuatorial. Las poblaciones de

las localidades de Malabo, Rebola y Basupú estaban siendo seriamente afectadas. El personal sanitario que trabajaba en el país comenzó a dar la alarma y, ante la negativa de las autoridades sanitarias a reconocer el problema, lo hicieron también en España. En Médicos Sin Fronteras recibimos muchas llamadas angustiadas, y clandestinas, de personal desbordado por la situación sanitaria y la mortalidad, y aterrorizado ante la posibilidad de que las autoridades supieran que eran ellos quienes estaban haciendo pública la situación.

desde el primer momento: complejos procesos para la obtención de visados de entrada y de permisos de movimiento dentro del país, impuestos desorbitados, largos procedimientos para el alquiler de vuelos y cargos, trámites aduaneros inacabables, secretismo en las estadísticas oficiales... un verdadero muro de burocracia y barreras administrativas de todo tipo, aparentemente ajenos a cualquier afán de obstaculizar la ayuda humanitaria, pero que al final se traducen en falta de margen de maniobra para evaluar e intervenir. Por el camino también suceden confiscaciones de material o detenciones del personal. Gobiernos con poblaciones en necesidad acuciante como Sudán, Angola, Etiopía o Afganistán son campeones en la fabricación de obstáculos burocráticos para la ayuda

humanitaria. El objetivo de estas barreras impuestas por los Gobiernos afectados por crisis humanitarias no es garantizar la calidad de la ayuda, ni asegurarse de las honradas intenciones de quienes la prestan: tras ese discurso oficial de preocupación por las víctimas lo que claramente se pretende es impedir el acceso a las mismas. Son políticas deliberadas de obstrucción con acciones particulares y que a veces se traducen en sofisticadas estrategias. El acercamiento independiente a una crisis es considerado como una injerencia, o interpretado así para impedir las intervenciones en áreas en las que se pueda beneficiar a la oposición o a facciones contrarias.

El caso birmano ilustra no solo estos constantes

intentos de control en detrimento de la propia ciudadanía, sino también de los desafíos que plantean los desastres naturales, en los que la intervención debe ser inmediata, cuando tienen lugar en contextos autoritarios. El ciclón Nargis azotó el país el segundo día de mayo de 2008 causando una destrucción catastrófica y al menos 146.000 muertos, a la vez que a otros miles de personas se las daba por

desaparecidas. Las operaciones de MSF comenzaron inmediatamente debido a la fuerte presencia anterior en el país atendiendo la pandemia de VIH/Sida, para lo cual había ya desplegados cerca de un millar de trabajadores locales. El caos y desconcierto inicial

permitieron el arranque de algunas

operaciones, pero fueron fuertemente limitadas al menos durante diez días debido a los

permisos de acceso, restricciones a la

importación de materiales y la desorganización de la Junta Militar, que no quería que otros que no fueran las estructuras del Gobierno llevaran la capacidad de rescate y ayuda a las

poblaciones afectadas. A pesar de que la Media Luna Roja Siria-Árabe

(SARC, por sus siglas en inglés) reconoce solo llegar a un tercio de estas familias, el deseo de control de la situación por parte del Gobierno se impone, y sigue siendo prácticamente imposible obtener datos médicos y sanitarios de los refugiados. Las dificultades para evaluar la situación fuera de Damasco son permanentes y obtener un reconocimiento de los graves problemas que está causando la sequía en las zonas rurales actualmente es imposible. Las restricciones a la hora de circular con libertad y contactar con los beneficiarios han marcado los intentos de Médicos Sin Fronteras de establecer un programa médico y de ayuda. Los dos últimos años han sido invertidos sin éxito en intentar empezar un programa de asistencia. El Gobierno sirio exige canalizar toda la ayuda a través de la SARC, institución férreamente controlada desde los resortes del poder: de hecho, ambos coinciden en negar la gravedad de la situación y continúan, a día de hoy,

utilizando el término “desplazados externos”8,

rechazando la condición y la ayuda a la que tendrían derecho los refugiados iraquíes de ser reconocidos como tales.

Hay una desconfianza generalizada de

Gobiernos y partes en conflicto ante la actuación de agentes humanitarios, debido a la erosión de la imparcialidad e independencia, ya sea por campañas en los medios de comunicación o declaraciones de políticos (norte de Sudán tras la expulsión de ONG internacionales en marzo de 2009), o por las propias acciones de ciertos actores humanitarios (trabajo de ciertas ONG junto a fuerzas militares en lugares como Irak o Afganistán) o de los países donantes de

financiación para la asistencia (con la inclusión de las agencias humanitarias en estrategias políticas y militares como fuerzas

multiplicadoras en la «guerra contra el

terrorismo»)9.

En otros casos, se autoriza sobre el papel a trabajar con ciertas poblaciones, pero solo en apariencia, ya que el acceso a las víctimas empieza a ser obstaculizado con mayor o menor sutileza, pero con una constancia desesperante

8

Sobre el problema de los desplazados externos, v.:

IFRC, Middle East: Population Displaced from Irak.

Emergency appeal n° MDR81002. Operations update n° 7, 14 octubre 2009.

9

Sobre el concepto de fuerzas multiplicadoras, v.: LISCHER, Sarah Kenyon, «Military intervention

and the humanitarian “force multiplier”», Global

adaptarse a condicionantes que a corto plazo no iban a cambiar y adoptar dos estrategias pragmáticas para ser más efectivos durante las operaciones de ayuda: movilizar a todos los trabajadores locales disponibles y utilizar sistemáticamente trabajadores extranjeros «aceptables» a ojos del régimen. Así, la

inmensa mayoría del personal internacional que participó en las operaciones de MSF fue de

origen asiático12.

Aunque nuestra postura sea no política por definición, nuestras posiciones durante el desarrollo de un conflicto o una intervención humanitaria la convierten en política, al menos a ojos de los actores implicados. Los efectos colaterales de la ayuda humanitaria son medidos y calculados al milímetro por parte de algunos regímenes. Los Gobiernos de Zimbabue y Níger saben de las consecuencias políticas de lidiar con crisis humanitarias en las que tienen responsabilidades mayúsculas que afrontar.

El Gobierno de Zimbabue ha mostrado pocos

escrúpulos a la hora de utilizar la ayuda para sus intereses o rechazarla. La crisis

humanitaria que se vive bajo el Gobierno de Robert Mugabe está machacando a una población de poco más de 11 millones que está siendo afectada por los excesos del régimen, el declive económico, la sequía y la pandemia de VIH/Sida. A esta situación se le sumó un brote epidémico de cólera sin precedentes en los últimos años en África: ha dejado un saldo de

entre 1.300 y 4.000 muertos13. Solo MSF atendió

a más de 65.000 pacientes de cólera (un 75% del total de casos declarados) en una emergencia que se extendió por todo el país desde agosto de

200814. La intervención de MSF ha estado

marcada por la escala de la epidemia y la incapacidad de las estructuras locales de salud para lidiar con ella.

Como no podía ser de otro modo, la epidemia de cólera y las operaciones de ayuda para

combatirla se convirtieron en un campo de batalla político con el objetivo de minar la

12

SERMAND, Dan, y CABROL, Dr. Jean-Clement, MSF In

Myanmar: Doubts and Certainties. A critical review of MSF operations. Internal document, Ginebra: Médecins Sans Frontières, septiembre 2008.

13

WHO, «Global, national efforts must be urgently intensified to control Zimbabwe cholera outbreak»,

News releases 2009, Ginebra, 30 enero 2009. 14

MSF, Beyond Cholera: Zimbabwe worsening crisis,

Johanesburgo: Médecins Sans Frontières, febrero 2009.

La apertura del país a la ayuda extranjera durante las operaciones de ayuda por el ciclón Nargis era un riesgo que la Junta Militar no quería correr bajo ningún concepto. La ayuda organizada fuera del circuito de poder

imperante es intragable para la obsesión de la Junta por el control y vigilancia de su población. Las autoridades de Naypyidau temían que las operaciones fueran usadas como caballo de Troya por parte de Estados Unidos y otros países occidentales para revolucionar la sociedad civil birmana a favor de la democracia. También recelaban de que, al permitir el trabajo de organizaciones independientes, estas podrían suponer un revulsivo para las organizaciones sociales locales, que ahora son inexistentes o clandestinas en el país. Por todo ello, la negativa a conceder visados y la limitación del acceso a las zonas más afectadas del delta del Irrawadi se utilizaron durante semanas para impedir y retrasar la presencia de las organizaciones humanitarias.

Cuando una catástrofe natural golpea a un país que vive en dictadura, el sistema humanitario se enfrenta a una contradicción: ¿se debe forzar a ese país a aceptar ayuda humanitaria y con ella a personal extranjero? Existe en la actualidad un debate internacional sobre si la soberanía nacional debe ser respetada cuando esta se interpone a la protección de las víctimas de un desastre. Aunque la resolución de la ONU 43/131 de 1988 reconoce que la intervención de ONG es necesaria para ayudar a salvar vidas, no las autoriza a imponer su asistencia a países

que opten por rechazarla10.

La ley internacional solo reconoce el derecho a la asistencia humanitaria sin el consentimiento de los Gobiernos en situaciones de conflicto. Imponer la ayuda a un régimen autoritario en base al concepto de responsabilidad de proteger es, en teoría, aplicable para situaciones de genocidio o crímenes contra la humanidad, pero

no es un derecho reconocido11. De cualquier

modo, ese no era el caso de la catástrofe del Nargis en Myanmar, por lo que MSF optó por

10

La resolución 62/92 de la ONU de 2008, relativa a los desastres naturales, subraya, como ya lo hacía la 43/131, que la responsabilidad de organizar, coordinar y desarrollar las actividades de asistencia humanitaria le corresponde al país afectado, y que este puede o no aceptar ayuda externa, y que nada le obliga a aceptar la entrada de equipos extranjeros o asignarles la tarea de organizar la ayuda.

11

UN, UN General Assembly 2005. World Summit Outcome. A/60/L.1, Nueva York, 14-16 septiembre 2005.

gente no podía comprar comida que sí estaba disponible revelaba la verdadera naturaleza del

problema17. La prensa nacional y las

organizaciones sociales, como la Coalición contra la Vida Cara, lo hicieron notar: la crisis nutricional no era una desgracia natural, sino el resultado de una pésima gestión por parte del Gobierno de Tandja.

En julio de 2008, MSF Francia, la sección de MSF más activa en Níger, recibió una carta de suspensión de actividades en Maradi, sin explicación alguna de los motivos de la misma. Con el paso de los meses, y a falta de otros argumentos, parece claro que la única razón fue política, dado que la desnutrición es una

cuestión altamente sensible para el Gobierno y por tanto se aborda como una cuestión política y no humanitaria. Al comunicar públicamente sobre la misma, MSF también se convirtió en objetivo... político.

En los casos más extremos, una vez que la ayuda humanitaria ha conseguido abrirse paso hasta el terreno, una segunda estrategia de acoso a la asistencia humanitaria es la de la intimidación y violencia contra los trabajadores humanitarios. Asistimos de un tiempo a esta parte a un aumento de la criminalidad (robos, asaltos, etc.) con el objetivo ostensible de obtener recursos (material, equipos de comunicación, dinero, vehículos, etc.), y el soterrado propósito de frustrar cualquier intento de asistencia a las víctimas. La

impunidad de que gozan estos actos evidencia la intencionalidad política de las estrategias de intimidación.

El régimen militar de Omar al Bashir en Sudán

ha protagonizado interminables series de crisis humanitarias en las que miles de vidas se han perdido, sobre todo orquestando la violencia contra civiles en el sur y oeste del país. Allí donde la violencia generalizada o el conflicto abierto coinciden o se exacerban con posiciones autoritarias, los problemas para desplegar y ejecutar la acción humanitaria se multiplican. Allí donde la libertad de expresión no es interpretada de la misma manera, la

comunicación pública es percibida como una amenaza. Y cuando las limitaciones

administrativas o la denegación del acceso no

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