• No se han encontrado resultados

4 ACCIONES DELICTIVAS

In document Eduardo Arroyo contra la historia (página 80-89)

Hasta aquí habíamos dejado de lado el contacto de Arroyo con la comunidad de exiliados o refugiados españoles residentes en París, pero parece llegado el momento de abordarlo, pues en ella respiró un fuerte odio al franquismo que, ni mucho menos, caería en saco roto. Su roce con militantes comunistas y viejos republicanos compatriotas se producía de noche, en los bares de Montparnasse, en el Café du Dôme162. Era el momento en el que los conterráneos se ensañaban con las noticias

periodísticas llegadas de la España dictatorial y cuando más ostensible se hacía el patetismo de la España «de fuera». Y así, día tras día y semana tras semana, esta mirada herida del exterior hizo que Arroyo se obsesionara con la historia de su país y tomara conciencia de su realidad social.

Entonces la presencia en Francia del Partido Comunista Español era muy fuerte. Eduardo frecuentaba a militantes del mismo casi a diario. Al poco de llegar a la ciudad, en 1960 o 1961, conoció a Jorge Semprún (1923-2011), que organizaba reuniones de información y captación para intelectuales no adscritos al PCE163

―aunque ya no se ocupara de la lucha clandestina en España―, y con el que simpatizó de inmediato y entabló una intensa amistad que se prolongó hasta la muerte del político e intelectual164. Al pintor y escritor Modesto Roldán (1926-2014), otro

exiliado y comunista de hierro, también lo trató asiduamente165. Y de igual manera

tuvo relación con el republicano Julio Álvarez del Vayo (1890-1975), antiguo ministro de Asuntos Exteriores en el Gobierno de Azaña y embajador en México y Moscú, que estaba obsesionado con la lucha armada. A él le dedicó el cuadro titulado El último

optimista (1970) por su apasionamiento y optimismo. Él fue quien quiso ver en Arroyo

y en el poeta José Miguel Ullán a dos delfines de su causa166.

En este contexto, Arroyo se fue alineando progresivamente con la ideología más izquierdista para articular su crítica al Estado militar-clerical español y, aunque nunca llegara a militar en el PCE ―a punto estuvo de afiliarse en 1965, solo la exclusión de

       162 E. Arroyo, Los Bigotes de la Gioconda, op. cit., p. 33.  163 A. Anaut, Exposición individual. 24 horas con Eduardo Arroyo, op. cit., p. 67.  164 Con motivo de su muerte Arroyo publicó un texto en el diario El País; “El Hombre que no conoció el  rencor”, el 7 de julio de 2011 y diseñó la estela funeraria que sus amigos emplazaron en su recuerdo  en la localidad francesa de Biriatou: J’aurais désire que mon corps fût enterré a Biriatou.  165 Ibídem, p. 71.  166 Ibídem, pp. 67‐68. 

78 

Semprún le disuadió de hacerlo―, se hizo un auténtico hijo prófugo de su madre patria, con continuos desacatos a la autoridad.

La propia práctica pictórica también alimentaba su obstinación por España puesto que, como el mejor de los revulsivos, le hacía regurgitar todo el pasado asfixiante de su juventud. A ello ya nos hemos referido al citar las obras autobiográficas de 1964 concernientes a su mocedad.

La verdadera ruptura con España

Durante los primeros años del exilio, Arroyo entraba y salía de España clandestinamente gracias a los dos pasaportes españoles que poseía: uno correspondiente a Eduardo González Rodríguez, periodista, y otro a Eduardo Arroyo, pintor. Burlaba la autoridad de forma asidua, incluso para asistir a la feria taurina de San Isidro en Madrid. Hasta que en 1973, como vamos a ver, alguien lo delató167.

Tras el impulso de su primera exposición en 1961 con el marchante Detais, Arroyo comenzó a pintar retratos cada vez más torturados, con evidentes connotaciones históricas, y a reflexionar sobre cómo la realidad contextual que se le impone a un individuo podía acabar moldeándolo casi por entero.

Esta mirada al interior de sí mismo, en correlación con las actuaciones que se escuchaban del totalitarismo franquista, dio fruto a una muestra en Londres, en la Crane Kalman Gallery, en 1962; pero, sobre todo, a una verdadera matanza pictórica en 1963. Ese septiembre presentaba los torsos destripados de Los cuatro dictadores (fig. 11) en el espacio de L´Abattoir de la III Bienal de París, con la consiguiente protesta diplomática española que ya hemos mencionado. Para más escándalo, apenas unas semanas después, el pintor colgaba su primera exposición individual en España, en la galería Biosca de Madrid, formada por la polémica y radical cuadrilla de toreros

Carancha (fig. 6), Bocanegra (fig. 31) y Cuatrodedos (fig. 7), en cuyos rasgos faciales

se intuían los del propio general Franco. No es de extrañar, por tanto, que esta fuera prohibida por orden gubernativa inmediatamente después de su apertura, en virtud de sus alusiones subversivas. Eduardo no pudo, ni tan siquiera, asistir a la inauguración,

      

79 

ya que después de que la policía fuera a buscarle a casa de su madre en la calle Argensola, respondiendo a un chivatazo168, tuvo que huir inmediatamente del país.

[FIG. 6] Carancha, 1962.   Óleo sobre lienzo, 162 x 128 cm.   Colección particular. [FIG. 7] Cuatrodedos, 1963.   Óleo sobre lienzo, 163 x 130 cm.   Fondation Gandur pour l´Art.

En este momento fue cuando se produjo una verdadera ruptura con España y dio comienzo un vacío de quince años hasta que Arroyo pudo volver a exponer en su país. Aquí es cuando ya se puede hablar propiamente de exilio.

Este desacato a la autoridad española también se dejó sentir en otras cuestiones, como el fracaso de la entonces recién estrenada colaboración del joven de veintiséis años con la galería Marlborough ―fue el primer español que firmó con dicha casa―, la cual rescindió bruscamente el contrato antes incluso de cumplirse los seis primeros meses y anuló una exposición prevista en los Estados Unidos que tenía ya los cuadros a bordo de un transatlántico.

Arroyo vivió el fracaso de su primera exposición de Madrid como un desaire que no tardaría en replicar. A estos primeros asaltos, contra las ideas recibidas y los imperativos doctrinales, le seguirían otros tantos.

      

80 

El pincel como arma

Tras celebrar una exposición en Holanda con temática taurina interpretada con este mismo afán justiciero, el pintor madrileño aprovechó una fecha tan clave para el franquismo como sus bodas de plata, es decir, los festejos por el aniversario de los primeros «veinticinco años de paz» en 1965, para desplegar nuevamente su actividad de provocador feroz. Dedicó una de sus dos primeras grandes exposiciones en París, inaugurada en el mes de mayo en la galería André Schoeller ―simultáneamente presentaba la Petite histoire de Napoléon en la galería Bernheim Jeune169― a

denunciar en tono de parodia, con el cáustico título de Veinticinco años de paz, ese cuarto de siglo de oscuridad y opresión dictatorial que ahora parecía querer remozar su cara con el Primer Plan de Desarrollo (1964-1967) y el impulso del turismo internacional con el ministro Manuel Fraga Iribarne.

¿Acaso quería atraer la atención de la crítica? Desde luego que su plan estaba perfectamente perfilado: para lograr pinturas de impacto inmediato que evidenciaran la corrosión resultante de todos aquellos años, recurrió a la distorsión de algunos mitos de la historia reciente española. Entre ellos, el retrato del Generalísimo, titulado La

cara de Burgos (fig. 8), pintado con gran libertad expresiva a partir de una fotografía

de archivo del día de su victoria; La maja de Torrejón (fig. 86) evocadora del célebre desnudo de Goya, y toda la serie dedicada a Napoleón que parodia la obra Bonaparte

en el puente de Arcole de Gros (véase fig. 9). Pero aún hay más, pues Arroyo no pudo

reprimir sus ganas de asociar este aniversario con sus veintisiete años, introduciendo varias pinturas con elementos autobiográficos, como son los autorretratos de juventud a los que ya nos hemos referido: Velázquez, mi padre; Eduardo entre El Goloso y El

Pardo; Los compañeros del pasado; Los compañeros del futuro; 10 de mayo de 1947

y Eduardo hace su primera comunión (figs. 1, 2, 3 y 4)170.

      

169 P. Astier, Eduardo Arroyo. op. cit., pp. 11‐17.  170 Ibídem. 

81 

[FIG. 8] La cara de Burgos, 1964.   Óleo sobre tela, 146 x 114 cm.  

Colección particular. 

Como colofón, cargó las tintas del catálogo, que quería ser un folleto de propaganda o panfleto de las supuestas glorias del Caudillo en sentido antagonista, al escoger como autor a Jorge Semprún. Queriéndolo o no, esta campaña de descrédito al régimen evoca las dieciocho viñetas que dedicó Pablo Picasso, en dos aguafuertes, al general con el célebre título de Sueño y mentira de Franco (1937).

Inmediatamente después, el pintor se puso a trabajar en otros envites testimoniales, como es la amplia serie de pastiches Miró rehecho ―presentándose dos de sus óleos en la V Bienal de París, en 1967―, entre cuyos nombres, lugares o fechas referentes a los abusos del franquismo estaba la serie El minero Silvino Zapico es

arrestado por la policía (fig. 52), La mujer del minero Pérez Martínez, Constantina, llamada Tina, es rapada por la policía de 1970 (fig. 37) en referencia a la huelga

minera de Asturias ocurrida en 1962; o el propio Miró, a quien Arroyo ridiculizó por ser el caso contrario de estas víctimas, un cómplice del franquismo. Lo hizo deformando obras mironianas, como es el caso de España te miro el culo (fig. 51) o La

masía (fig. 52) o que darían lugar, en 1967, a la exposición Miró rehecho o las desgracias de la coexistencia en la galería romana Il Fante di Spade, y dos años más

tarde en el espacio parisino André Weill y en la galería Maeght de Barcelona, reuniendo ya a la postre una treintena de lienzos acompañados de un prefacio de su

82 

colega Gilles Aillaud. De cualquier manera, este conjunto dedicado a Miró propone también otras cuestiones que enunciaremos después.

Hasta la muerte de Franco en 1975, Arroyo iba a dedicarse con tesón a la desintoxicación de los mitos de la España oficial. Trabajar sobre el tópico, utilizando imágenes fotográficas de prensa, le permitía extraer de él todas las virtudes comunicativas. Así es que cambió radicalmente su estilo, sustituyendo el expresionismo de sus inicios por un realismo frío y controlado, para obliterar cual matasellos las estampas comunes en vías de circulación.

En 1970 el artista recrudecía su ofensiva franquista con la exposición Treinta

años después, presentada en la Galleria Borgogna de Milán, en l’ARC del Musée

d´Art moderne de la Ville de Paris, así como en el Frankfurter Kunstverein en 1971. Y lo hizo con una diferencia notable con respecto a la celebrada cinco años antes: la eliminación de toda referencia autobiográfica en beneficio de la inculpación despiadada171. En este caso, además, la presentación de la treintena de obras de

idéntico formato (163 × 130 cm) estuvo acompañada de un pequeño un libro-panfleto explosivo, titulado España il poi viene prima (Feltrinelli, Milán, 1970) ―con sendas traducciones al francés, 30 ans après, y alemán, 30 Jahre danach― que, a modo de diccionario formal de los horrores de Franco, en blanco y negro, recopilaba los diferentes tipos de tortura y los nombres de sus ejecutores más siniestros.

Para dar cuenta de esos años de paz de la dictadura rampante, el artista acompañó cada cuadro con algún documento explicativo, ya fueran fotografías aparecidas en presa, recortes publicitarios o extractos de noticias impresas. Dentro del conjunto cabe recordar temas de gran actualidad en el momento como Sí, entramos en

el mercado común (fig. 33), Gibraltar español o Algunas consideraciones sobre la Reconciliación nacional en el Valle de los Caídos, así como una pintura mordaz

dedicada a Salvador Dalí como artista igualmente aliado con el poder, Retrato del

enano Sebastián de Morra (fig. 56), en la que la faz original del bufón velazqueño ha

mudado al semblante del pintor catalán, que también serán objeto de un análisis detenido en la segunda parte de esta investigación. Tal fue el impacto de este contenido fulminante, que la referida publicación fue reeditada tres años después en Francia bajo el título de Trente-cinq ans après (10/18, 1974)172.

      

171 J. Ameline y B. Ajac: Figuration Narrative. Paris 1960‐1972, op. cit., pp. 152 y 158.  172 A. Anaut, Exposición individual. 24 horas con Eduardo Arroyo, op. cit., p. 101. 

83 

Eduardo Arroyo: apátrida oficial

En el año 1972, y todavía en el contexto italiano, Arroyo fue nombrado miembro del comité organizador de la Bienal de Venecia para la siguiente edición de 1976. Semejante golpe de fortuna se debió al Partido Comunista Italiano, con el que Arroyo simpatizaba ―teniendo incluso ciertas responsabilidades dentro de él―, que disponía de uno de los puestos que se otorgaban para la sección de artes figurativas y, dado el fuerte deseo que existía de acabar con Franco en las instituciones europeas, se pensó en él, artista subversivo español residente en Milán173.

Arroyo aprovechó esta posición de poder para proseguir su batalla política: convenció al resto del comité para cerrar el pabellón español en señal de denuncia a la censura artística de la dictadura, y organizar en su lugar una exposición no oficial en el pabellón de Italia. Para ello, nombró a un grupo de personas relevantes que formaron una comisión y asumieron el proyecto desde dentro de España, entre otros Valeriano Bozal, Oriol Bohigas, Alberto Corazón, los miembros del Equipo Crónica, Tomás Llorens o Tàpies174.

En el ínterin de la organización, este cargo ya empezó a reportarle serias consecuencias. La primera de ellas el 19 de octubre de 1974 cuando, en el curso de una visita clandestina a Valencia para encontrarse con algunos de los participantes españoles de la Bienal, Arroyo fue detenido por la policía por su activismo antifranquista en el ámbito cultural. El destino quiso que la policía no tuviera conocimiento de todas sus faltas contra Franco ―no tenía conciencia del citado libro incendiario― por lo que, tras ser interrogado en Madrid y juzgado por el Tribunal de Orden Público, como lo había sido su padre, le emitieron un nuevo pasaporte de apátrida, solo de ida, para ser expulsado del país. Y desde entonces hasta abril de 1976, cuando le restituyeron su documentación, España se terminó para él. Pasó a ser un refugiado político del Estado francés. Sea como sea, aquí no terminaría el corolario de esta historia175.

La lenta agonía de Franco comenzó en octubre de 1975, cuando Eduardo Arroyo y su mujer Grazia Eminente se instalaron por una estancia de nueve meses en Berlín- Oeste, invitados por el Servicio de Intercambios de la República Federal Alemana

      

173 Ibídem, p. 164.  174 Ibídem. 

84 

(DAAD)176. Allí el pintor acometió el cuadro más grande que pintaría nunca, un

pastiche a tamaño natural de La ronda de noche de Rembrandt. El título de su versión,

Ronda de noche con porras (fig. 87), ya deja asomar al franquismo agonizante que

está latente en un segundo plano, como comentaremos después.

Como es bien sabido, el 20 de noviembre de 1975 murió el general Franco y, al poco tiempo, en abril de 1976, a Arroyo le restituyeron el pasaporte aunque el regreso no iba a resultar ni tan fácil ni tan inmediato como nuestro protagonista había imaginado. El verano de 1976 iba a dar ya anticipo de lo difícil que resultaría la reinserción para los exiliados españoles que se vieron repudiados por el escudo de recelo de las gentes que se habían quedado resistiendo en el país. Entonces, Arroyo tuvo que hacer frente a las enarboladas críticas que suscitó la celebración de la XXXVII Bienal de Venecia y su espacio dedicado al arte liberal español, España:

vanguardia artística y realidad social (1936-1976)177, entre cuyas obras estuvo

precisamente Ronda de noche con porras. A nadie se le escapa que esta exposición no oficial, gestada por Arroyo para sustituir al pabellón español (primera vez que ocurría en la historia de la Bienal), era un proyecto bien controvertido, pues no dejaba de ser una reescritura crítica de lo que en verdad había sido la historia oficial del arte español durante el sombrío periodo de la dictadura. Ahí estaba de nuevo Arroyo dándole vueltas a la historia. Con razón, desde el día de su inauguración, el 5 de julio ―el mismo en el que Adolfo Suárez tomó posesión de su cargo como presidente de España―, aparecieron toca clase de rencillas y suspicacias por parte de la derecha y de los excluidos de la nómina de artistas, pensadores y críticos antifascistas elegidos. Y a pesar de que Arroyo, como sabemos, no formó parte de la comisión elaboradora, tanto unos como otros afectados, olvidados y seleccionadores, calmaron las aguas eligiendo como chivos expiatorios a las dos únicas personas vinculadas que residían fuera de España: a Arroyo y al historiador Tomás Llorens, que por entonces ejercía su profesión en el Reino Unido178.

El resultado de este gran escándalo alcanzó también a la primera exposición que Arroyo celebró en Madrid, restablecida la democracia, en la memorable galería Juana Mordó de la calle Villanueva. Esta muestra, tras ser exhibida en la galería Maeght de

      

176 F. Calvo Serraller, Diccionario de ideas recibidas del pintor Eduardo Arroyo, op. cit., pp. 35‐36.  177 VV. AA, España: vanguardia artística y realidad social: 1936‐1976, Barcelona, Gustavo Gili, 1976.  178 F. Calvo Serraller, Diccionario de ideas recibidas del pintor Eduardo Arroyo, op. cit., pp. 164‐165. 

85 

Barcelona por Jacques Dupin y Daniel Lelong179 con mejor fortuna180, no solo no

generó ningún eco social, sino que fue ignorada por la crítica, como si se hubiera encendido la tea de la vengan. Una actitud que Arroyó comprendió como natural años después 181. Ahí fue cuando el pintor exiliado cayó en la cuenta de que los artistas e

intelectuales españoles estaban divididos entre los de dentro y los de fuera.

A partir de entonces, Arroyo sintió una enorme impotencia y decepción que se tradujo en un «su verdadero exilio». En 1977, al día siguiente del mitin del recién legalizado Partido Comunista Español en la plaza de toros de Carabanchel, en el que participaron Santiago Carrillo y Ramón Tamames, Arroyo hizo las maletas y se marchó de nuevo a París por un periodo de cinco años.

Hasta entonces, Arroyo había contemplado la pintura como un arma. Sin embargo, tras este capítulo de su vida empezó a considerar el ejercicio político como «una completa pérdida de tiempo, una estupidez que no sirvió para nada, ni cambió nada» y con el que, además, corrió grandes riesgos y sufrió muchas angustias y miedos.        179 Ambos demostraron mucha generosidad ya que pese a ser los representantes de Miró, a quien  Arroyo había ridiculizado con sus cuadros, le dijeron «queremos que vuelvas a España de nuestra  mano», ver A. Anaut, Exposición individual. 24 horas con Eduardo Arroyo, op. cit., p. 159.  180 V. Combalía: «Eduardo Arroyo, en Barcelona», El País (Madrid, 10‐III‐1977).  181 E. Arroyo, Minuta de un testamento. Memorias, op. cit., p. 70. 

86 

5.- HABITAR OTROS ESPACIOS

In document Eduardo Arroyo contra la historia (página 80-89)