Nueve cerros, cincuenta pastizales, cinco lagunas, catorce puquios, once cuevas, tres ríos tan caudalosos que no se hielan ni en invierno, cinco pueblos, cinco camposantos, engulló el Cerco en quince días.
Antes que los Personeros se reunieran para considerar sus ambiciones, el alambrado devoró la pampa. Cenicientos rumores demacraron la llanura. Los viajeros, forzados a pernoctar en Rancas, murmuraban que el Cerco no era obra de humanos, que brotaba al mismo tiempo, en docenas de caseríos, que pronto el Cerco entraría en los pueblos y hasta en las habitaciones. Bruscamente, el Cerco sacó la cabeza a veinte kilómetros, en Villa de Pasco.. Fortunato corría, corría, corría. En la bermeja neblina de su cansancio, Fortunato entrevió la cara asustada de Adán Ponce, los rostros fruncidos de los Notables de Villa de Pasco. También el Cerco infectaba esas tierras. Cerca de Villa de Pasco dormitan dos lagunas: Yanamate grande y Yanamate chico, dos aguas solitarias frecuentadas únicamente por patos salvajes. Entre las dos lagunas emergió el Cerco. Los pastorcitos que, desde hacía semanas, conocían sus violáceas hazañas, corrieron .a avisar a Adán Ponce, el principal vecino de Villa de Pasco. Adán abandonó el arreglo de unas herrumbrosas tijeras y salió con veinte varones. Ya el Cerco deglutía la pampa Buenos Aires. Esa noche se hospedó allí. Al día siguiente trepó Buenavista y encerró a cuarenta familias. Hombres y mujeres impedidos de salir de sus casas empezaron a gimotear. Para salir sólo se les ofrecía el tosco camino de los nevados. El tercer día, el Cerco subió la Cuesta de los Pumpos y encerró otras dieciocho familias. Ese atardecer se detuvo, a quince kilómetros de su cuna, en las resbalosas orillas del río San Juan. Encerró otras treinta familias. El río San Juan nace en las cordilleras del Chauca, gordo de riquísimas truchas; desgraciadamente, aquí las desconocemos: las emponzoñadas aguas de los relaves las asesinan. Aquí el San Juan es un curso de aguas difuntas. Pero sus fétidas aguas no detuvieron al cerco. El Cerco saltó el San Juan y avanzó hacia Yuracancha, el pueblo más flaco de la pampa. Cuando el Creador visitó estos lugares, no quiso entrar en Yuracancha. Así dicen los lugareños resentidos con el páramo que les repartió don Jesucristo. La única riqueza de Yuracancha es una mina de cal. Para mantener vivos sus rebaños los yuracanchinos fatigan a las leguas, en busca del pasto. Ese mediodía el Cerco se aproximó. Los yuracanchinos salieron, temblando, con palas y piedras para enfrentarse.
Pero a doscientos metros del pueblo, el Cerco les volvió la espalda, torció y se extravió desdeñosamente en la pampa. En Yarosyacán sí entró. Los vecinos inocentes pastaban sus rebaños. En el pueblo sólo quedaban mujeres y viejos. Los yarusyaquinos son valientes. Ellos jamás hubieran permitido que el Cerco llegara al pueblo. En Yarusyacán hay algunas escopetas de caza. Se hubieran defendido. Pero, hasta entonces, el Cerco no había violado ningún pueblo. Devoraba tierra, masticaba lagunas, comía cerros, pero no se atrevía a penetrar en los pueblos. Pero tres horas después de rechazar a la mísera Yuracancha, sorpresivamente, el Cerco se metió a la calle principal de Yarusyacán. Las mujeres, únicos habitantes a la hora de los trabajos, salieron chillando con ojos enormes. Las más valientes empuñaron sus hondas y castigaron, desde lejos, a las cuadrillas. Los niños de la escuela los apedrearon también; pero una sola atropellada de caballos deshizo las cargas inútiles. El Cerco dividió el pueblo en dos: ya no se podía cambiar de vereda. Atravesó Yarusyacán y se refundió en la pampa. Buitres enormes revoloteaban en la tarde de ceniza.
Ya nadie durmió en los pueblos. Esa noche llegó a Rancas el último arriero: un comerciante de tunas, encerrado en los caminos desde hacía tres días. Ese hombre comunicó: «Señores, este Cerco no concierne sólo a la pampa. Este alambrado camina por toda la tierra. Distritos íntegros engulle. En ciertos sitios la gente, encerrada, se muere de
hambre y de sed. Yo he visto cerrada la carretera a Huánuco. Otro arriero, a quien le regalé mis tunas -se pudrían me notificó que más allá de Huariaca hay cientos de camiones bloqueados. Los pasajeros se mueren y las mercancías se pudren».
Tres días después sobrevino el Gran Pánico.
Toda la semana se advirtieron signos. Don Teodoro Santiago descubrió que el agua de Yanamate se cribaba de agujeros. En Junín una vaca parió un chancho de nueve patas. En Villa de Pasco, al abrir un carnero, saltó un ratón. Signos hubo, pero nadie quiso verlos. Aun en la víspera hubiera podido sospecharse de la nerviosidad de los perros. Alguien les comunicaría que se clausuraba el mundo. Huyan antes que sea tarde. Alguien les notificaría. Y los árboles también se asustaron. Yo no lo vi. Aquí no crecen árboles. Pero en Huariaca, mil metros más abajo, los eucaliptos enloquecieron. No soplaba ningún viento: por eso llamó la atención. El aire cabeceaba tranquilo cuando los sauces y los molles se volvieron epilépticos: se retorcían, tiritaban, se agitaban, pobrecitos, como si quisieran, pobrecitos, pies para irse. Alguien les murmuraría que la tierra se cerraba. Se retorcían, se lastimaban, se clavaban sus espinas. La mitad de la tarde y la totalidad de la noche padecieron. Algunos árboles lograron arrastrarse unos metros. Amanecieron sudados de leche desconocida. Pero ya nadie se compadecía de los árboles : los animales fugaban. Los inteligentes zorros, como inteligentes, huyeron desde las cuatro de la mañana. Sin decir una palabra, sin comunicarse con nadie, zumbaron por la carretera a La Oroya : millares y millares de hocicos hendieron la oscuridad. A las siete se descubrieron a las lechuzas deslumbradas. Alguien las notificaría. La gente se arrodilló con la cara color de esa pared. ¡Piedad, Jesucristo! ¡Por las llagas de tu Hijo coronado, Virgen Santísima! y don Santiago, de rodillas, acelerando el pánico: «Acúsense, pecadores, acúsense antes que sea demasiado tarde». Y se acusaron. Mayta comenzó a morderse las manos. ¡Manos sucias, manos condenadas! «yo he robado tus gallinas, don Jerónimo, soy un triste ladrón, perdóname.» Don Jerónimo contestó con un hipo. Se abrazaron sollozando. Clodomiro también confesó: el Barrigón no era el culpable del hurto de la harina de don Jerónimo. Y la mujer de Odonicio también se arañó la cara. Pájaros y peces disputaban los caminos del cielo. Cielo negro, cielo verde, .cielo azul, cielo tierra. ¡Ay Diosito, quiero quemarme el vientre: he fornicado con mi cuñado! Traigan carbones para comérmelos. Así era: aprovechando la enfermedad de Odonicio, se revolcaban a un metro del paralítico.. Atrocidades se conocieron. Rancas, arrodillada, alzó las manos inútiles hacia los cerrados labios de Dios.