El viejo divisó los tejados de Rancas. Se detuvo en una roca. Cincuenta mil días antes el General Bolívar se había detenido allí: la mañana de su entrada en Rancas. Bolívar quería Libertad, Igualdad, Fraternidad. ¡Qué gracioso! Nos dieron Infantería, Caballería, Artillería. Fortunato avanzó, ahogándose, por la callejuela. En el yeso de la cara, le miraron la desgracia.
—¡Ya vienen! ¡Ya viene la Guardia de Asalto! Respiraba con la boca abierta.
—¿Por dónde? —¡Por Paria!
Se sentó, agotado. Algo así como cincuenta mil días antes el Mayor Rázuri —cinco tardes después encabezaría la carga de los «Húsares del Perú»— había evadido allí la coz de un chúcaro asustado por el anaranjado remolino de una mariposa.
—¡Auxilio, auxilio, Virgen María! —¡Ya nos llegó la hora!
—¡Hay que hacer algo!
—¡Nos matarán como perros!
—¡Cómo van a matarnos! El uniforme es para defender a los peruanos, no para atacarlos! —¿Dónde está el Personero? -preguntó Fortunato.
Hombres y mujeres de rostros derrocados revoloteaban por la plaza. El viejo pensó, sin querer, en las moscas entontecidas en la luz de las lámparas.
—No somos moscas —dijo en voz alta. —¿Qué cosa, Fortunato?
Teodoro Santiago volvía a sus gritos.
—¡Pecado, pecado! ¿Por qué no se terminó el altar? Para diversiones y corrupciones siempre hubo, pero ¿para Diosito? ¿Quién se acordó? ¡Pecadores, corruptos, sinvergüenzas!
—¡Cállese, carajo!
—¡Desvergonzados, sin temor de Dios! ¡Arrodíllense!
—¡Silencio, carajo! —gritó Fortunato cogiendo a Santiago de las solapas enlutadas, aún llorosas por Társila Santiago—. ¡Silencio! No es hora de gritar, sino de pelear. Hoy nos jugamos el todo por el todo. ¡Ármense con palos, con piedras, con lo que sea! ¡EI todo por el todo! ¿Oyen?
Ochenta manos sucias de trabajo recogieron piedras. Al agacharse miraron al Personero Rivera.
—¿Por dónde vienen? —gritó el Personero corriendo.
—Por tres, rumbos —dijo el pequeño Mateo Gallo, desalentado—, ¡por Paría, por Pacoyán y por la carretera!
Por el rumbo de las haciendas trescientos jinetes Ie seguían el trote del doctor Manuel Iscariote Carranza. Algo así como cincuenta mil días antes, casi al mismo paso, el General Necochea, jefe de la caballería patriota, había avanzado por allí.
—¡Ahora nos matarán a todos! —gimoteó una mujer.
—¡No se alarmen, papacitos! —dIjo Rivera—. No pasará nada. En Villa de Pasco, Adán Ponce resistió a la tropa. ¿Ha muerto? ¿No atiende su café? Ayer no más lo vi tomándose un riquísimo caldo. No pasará nada. ¡Vamos a arreglar bonito!
Se calló bruscamente. Los pavonados rostros de los guardias de Asalto avanzaban a la Puerta de San Andrés. Algo así como cincuenta mil días antes había cruzado esa entrada la avanzada del General Córdova, cinco días antes que su regimiento fundara en esa pampa la República del Perú. Avanzaron los de Asalto. A unos treinta metros empuñaron las metralletas. Los ranqueños miraron fascinados la atroz, acompasada belleza de la marcha. A don Mateo Gallo —¡pronto lo enfardelarían como una momia!— le pareció que las bocas de
las metralletas se agigantaban más que las de los cañones que una vez había visto desfilar en el Campo de Marte: un aniversario de la Batalla de Junín. Un alférez flaco, de cara pecosa, maltratado por la altura, se adelantó. Rivera se enfrentó.
—¿Cuál es el motivo, señores? —preguntó con voz adelgazada por la palidez. —¿Usted quién es?
—Yo soy el Personero de Rancas, mi alférez. Yo quisiera saber...
Se le extravió la voz. El alférez lo miró, cachaciento. Tres años de servicio le enseñaban que el uniforme enronquece las voces más valientes. El Personero sudaba para recuperar la palabra refugiada en sus intestinos. Quería hablar, informarle al alférez que ellos, los comuneros, pisaban sus propias tierras, que si les daban tiempo exhibirían títulos expedidos por la Audiencia de Tacna, pergaminos emitidos antes que el alférez, que el bisabuelo del alférez, naciera, que sólo vivir en esa estepa enemistada con el sol es ya una hazaña, que esos pastos no producían nada, que en esa pampa donde el sol calienta una hora, un saco de semilla produce apenas cinco sacos de papa, que ellos casi no conocían el pan, que sólo en los buenos años podían comprarle a sus niños galletas de soda, que ellos...
Quien habló fue Fortunato.
—¿A qué se debe la visita, mi alférez?
—Hay orden de desalojo. Ustedes han invadido propiedad ajena. Tenemos orden de desalojarlos. ¡Se van! ¡Ahora mismo se van!
—Nosotros no podemos desalojar esta tierra, mi alférez. Nosotros somos de aquí. Nosotros no hemos invadido nada. Otros nos invaden...
—Tienen diez minutos para desalojar. El uniforme se volvió a la fila grisácea.
—Es «La Cerro de Pasco» quien invade, mi alférez. Los gringos nos cercan y nos persiguen como a ratas. La tierra no es de ellos. La tierra es de Dios. Yo sé bien la historia de «La Cerro». ¿O acaso trajeron la tierra al hombro?
—Faltan nueve minutos.
El escuadrón de republicanos convergía a la Puerta de San Andrés.
—En estos lugares nunca se conocieron cercos, mi alférez. Nosotros nunca supimos lo que era un muro. Desde nuestros abuelos, y aun antes, las tierras eran de todos. Ni alambrados, ni cercos, ni candados conocimos hasta que llegaron los gringos de mierda. Ellos introdujeron los candados. No sólo los candados. Ellos...
—Faltan cinco minutos —murmuró el galón. El viejo miró las llamaradas. Los escuadrones comenzaban a incendiar las chozas.
—¿Por qué incendian? ¿Por qué atacan? ¡Ustedes no respetan ni padre ni madre! — rezongó—. Ustedes no saben lo que es ganarse la vida. Ustedes nunca han agarrado una lampa, nunca han abierto un surco...
—Faltan cuatro minutos.
—No para abusar. Para protegernos el Gobierno les paga, señores. Nosotros no faltamos a nadie. Ni siquiera faltamos al uniforme. —Señaló el color caqui: «Ése no es el uniforme de la patria». Se agarró la chaqueta: «¡Estas hilachas son el verdadero uniforme, estos trapos...»
—Faltan dos minutos.
La gente fugaba sucia de alaridos.. El incendio crecía. Una lágrima surcó el pómulo de cobre.
—Nos consideran bestias. Ni nos hablan. Si nos quejamos, no nos ven; si protestamos... Yo me quejé al Prefecto. Yo llevé los carneros, mi alférez. ¿Qué dijo?
El alférez sacó lentamente su revólver. —Ya no falta nada —dijo y disparó.
Una universal debilidad destituyó a la rabia. Fortunato sintió que el cielo se desfondaba. Para defenderse de las nubes alzó los brazos. Se abrió la tierra. Intentó agarrarse de las hierbas, de la orilla de la vertiginosa oscuridad, pero sus dedos no obedecieron y rodó, rebotando, hasta el fondo de la tierra.
Semanas después, en sus tumbas, sosegados los sollozos, acostumbrados a la húmeda oscuridad, don Alfonso Rivera le contó el resto. Porque los enterraron tan cerca que Fortunato escuchó los suspiros de don Alfonso y consiguió abrir un agujero en el barro con una ramita. ¡Don Alfonso, don Alfonso!, llamó. El Personero, que se creía condenado para siempre a la oscuridad, sollozó. Lloró una semana, luego se calmó y, más tranquilo, le informó que él, Fortunato, se escurrió al primer balazo, de bruces, sobre su sangre.
—¿Y qué pasó luego?
—«Ya saben que esto va en serio», gritó el alférez. La gente se dispersó como plumas de gallina. Yo no pude pararlos. «Tienen otros cinco minutos», advirtió.
—¿Y qué pasó? —preguntó Fortunato ampliando, pacientemente, él orificio.
—Se me ocurrió traer la bandera. Al Pabellón Nacional lo respetan todos. Eso pensé. —¡Era una magnífica imaginación, don Alfonso!
—Ordené traer la bandera de la escuela. Don Mateo Gallo se acomidió atraerla. —¡Muy bien hecho! Usted no podía abandonar su puesto.
—Volvieron con la bandera. Los guardias rodeaban Rancas. Una cintura de capitanes venía por tres lados. Por el lado de Paria vino el doctor Iscariote Carranza con trescientos cabalgados.
—¡Cojones!
Egoavil traía doscientos montados de Pacoyán y por la carretera, el propio Comandante Bodenaco.
—¿Y?
—«Cantemos el himno.» No me salía la voz, don Fortunato. Finalmente comenzamos: «Somos libres, seámoslo siempre». Y o pensaba «van a cuadrarse y saludar». Pero el alférez se calentó. «¿Por qué cantan el himno, imbéciles?» «¡Suelta eso!», me ordenó. Pero no solté la bandera. La bandera no se suelta.
—Esa bandera tiene un escudo bordado que si no recuerdo mal costó seiscientos soles. —Eso pensé, don Fortunato, pero los guardias me soltaron una docena de culatazos; yo caí, pero seguí cantando «... y antes niegue sus luces el sol que faltemos al voto solemne. ..» Se enfurecieron y me molieron a culatazos. Me rajaron la boca. «Suéltala.» «No la suelto.» «Suéltala, concha de tu madre.» «No la suelto.» Me zamparon un bayonetazo y me cortaron la mano. «Suéltala.» Otro sablazo me descolgó la muñeca.
—¿Y los demás?
—Habían corrido. Me quedé solo. —¿Y luego?
—Yo vi la grasa de mi mano y pensé: ya me jodieron. Ahora ¿con qué voy a trabajar? y no recuerdo más: ahí mismito oí la ráfaga.
—¿Y luego?
—Ya no sé más. Me desperté aquí, consolado por tu voz, Fortunato. —Yo sí sé lo que pasó luego —dijo una voz violeta.
—¿Quién es? ¿Quién habla? —Soy yo, Tufina.
—¡A usted también la mataron, viejita! ¡Hijos de puta!
—No blasfemes, Fortunato. Considera el sitio. Piensa en Dios.
—Se le oye mal, doña Tufina —dijo Fortunato—. ¿No puede abrir un huequito? —No puedo, tengo los dedos rotos. Me los machacaron.
—¡Hijos de puta!
—Cuenta no más, mamacita —dijo Rivera—. ¿Qué pasó? ¿Qué sucedió con mis hijos? —A tus hijos los vi vivos, llorando sobre tu cuerpo. Tu mujer gritaba: «¡Bandera es mentira, himno es mentira! »
—¿Seguro que los viste ?
—Ensangrentados, pero vivos, don Alfonso.
—Cuente lo que sucedió luego, doña Tufina —dijo Fortunato tratando de no maltratar más al Personero.
—Usted cayó, don Alfonso. Los guardias avanzaron regando muerte. Las balas suenan como maíz tostándose. Así suenan. Avanzaban; de rato en rato, se detenían y mojaban los techos con gasolina. Las casas ardían. Vi caer a Vicentina Suárez. La gente se enfureció. Respondió con piedras. Cayó don Mateo Gallo.
—¿Era la única resistencia?
—No, no era la única. Los muchachitos de la escuela subieron a la loma y trataron de empujar una galga.
—Pero ¡si el terreno no tiene subida!
—Así es, fracasaron: las piedras no rodaban. Los guardias los corrieron a balazos. Allí cayó el muchachito Maximino.
—¿El que construyó el espantapájaros?
—Así es, señor Personero. Vi caer al muchachito y sentí una quemazón en la sangre, saqué mi honda y le solté una pedrada en la cara a uno de los guardias. Me disparó su metralleta. Caí de espaldas con la barriga abierta.
—¿Moriste allí mismo?
—No, estuve muriendo hasta la tarde. —¿Y nadie te ayudó?
—¿Quién me iba a ayudar? Rancas era un ascua. Incendio, gritos y balas, humo y llantos, eso era.
—¡Pobre doña Tufinita!
—Vomité mi vida a las cinco. Lo último que vi fue el humo de las bombas lloradoras. —Shssst —susurró Rivera—, shsst. ¿No oyen? Están bajando otros muertos.
—¿Quiénes serán ? —dijo Tufina.
—Si son ranqueños, algo conocerán -dijo Rivera.
Para no asustar a los sepultureros, que cavaban, se callaron. No abrieron la boca hasta que el sordo paletear de las lampas apagó el ruido de la mañana. Suave, delicadamente, trataron de comunicarse con el nuevo.
—¿Quién es? ¿Quién es usted?
Sólo les respondió el tranquilo rumor de un dulce canto. —Es un angelito —dijo Tufina.
—¿Cómo te llamas, hijito?
El angelito siguió cantando. Ninguna respuesta obtuvieron, pero tres días después sonaron los aldabonazos de otro sepelio. Temerosos de que los sepultureros lo enterraran lejos de sus voces, enmudecieron.
—¿Quién es usted? —preguntó Fortunato. El zumbido de los padrenuestros arreció.
—¡Perdóname, Jesucristo, que no me arrodille! ¿Discúlpame que no te bese tu mano! - suplicó el recién llegado.
—¡Soy Fortunato, don Teodoro!
—¡He pecado! ¡Por mi culpa y por mi grandísima culpa fuiste condenado y crucificado! —Cálmese, don Teodoro. Ya pasó lo peor.
—¿Quién eres? —Soy Fortunato.
—No me asustes, Sapito.
—¿Qué le ha pasado, don Teodoro?
—¡He estado mal, don Alfonso! El día de la masacre los guardias me culatearon en el costado. Escupí sangre. No me cuidé. Ése fue mi error: cogí un viento. Padecí dos semanas. Sólo ayer descansé.
—¿Qué novedades hay arriba? —preguntó, con sencillez, Rivera.
—¡Todo anda boca abajo, Personero! La policía persigue a todos los habladores. Se han llevado a muchísimos presos. El mismo Alcalde de Cerro está encarcelado en Huánuco. Tú tenías razón, Sapito. No es Jesucristo quien nos castiga, son los americanos.
—¿Se ha convencido, don Santiago? —¡Me convenciste, Fortunato!
—Pero ¿qué ha pasado? —se impacientó Rivera.
—Los hacendados quieren borrar a las comunidades. Han visto que «La Cerro» nos masacró a su gusto. Se exceden. ¿Se acuerdan de la escuela 49357?
—¿La escuela de Uchumarca?
—Al día siguiente de la masacre los Londoño mandaron clausurar la escuela. Sacaron a los niños, vaciaron el local, destecharon el tejado y metieron candados. Ya no es una escuela: es un chiquero.
—Pero ¡si esa escuela tenía un escudo mandado de Lima! —se asombró Rivera.
—¡No hay niños, hay cerdos! Sucede lo mismo en toda la pampa. Sobramos en el mundo, hermanitos.
—Shsst —avisó Tufina—. Ahí vienen otros. —¿Quiénes serán?
—¿Serán ranqueños?
—¡Sabe Dios! —suspiró Fortunato.