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Acerca de la esencia del amor

In document Ratzinger, Joseph - Mirar a Cristo (página 77-88)

Hasta este momento, la cuestión acerca de lo que es el amor, estaba ocultamente presente en el hilo conductor de nuestras reflexiones. Pero ahora, finalmente, debemos afrontarla de forma ya directa. ¿Qué es el «amor»? ¿Qué relación hay entre el amor «natural» y el «sobrenatural»? Lo primero que hay que hacer es oponerse a una tendencia, que pretende separar eros y amor religioso, como si fueran dos realidades completamente diversas. De esta forma se deformarían ambos, porque un amor que sólo quiera ser «sobrenatural» pierde su fuerza, mientras que, por otra parte, encerrar el amor en lo finito, su secularización y separación de la dinámica hacia lo eterno, falsifica también el amor terreno, que conforme a su esencia es sed de plenitud, infinita.

Quien limita el amor al más aca, le priva de su más profunda identidad, porque al amor le pertenece un futuro sin límites, un sí total, que no soporta restricciones ni en el espacio ni en el tiempo, no soporta una finitud. El principio

puede uno llegar al temor de Dios... si no está libre de toda preocupación terrena. Porque cuando el espíritu llega a la gran paz y ausencia de ansia, entonces queda movido y purificado por el temor de Dios de toda carga terrena, para ser conducido al gran amor de la bondad de Dios». Cap. 17 (p. 57): «...Hasta que (el alma), completamente cubierta por la lepra del deseo del placer, no pueda sentir el temor de Dios... Sin embargo, si empieza a purificarse, entonces siente el temor de Dios como un medio de sal- vación para su vida». Cap. 35 (p. 67): «Cuando en un mar tempes- tuoso y agitado se vierte aceite, entonces por su propia naturaleza vuelve la paz al mar...; lo mismo ocurre con nuestra alma; cuando viene ungida por la bondad del Espíritu, entonces se calma, se serena... Llega a ese estado... en el que el alma se calma ininterrumpidamente por medio del temor de Dios».

general según el cual la gracia presupone la naturaleza, es también válido en este momento. Por tanto, viceversa, el intento de vivir el nuevo amor dado por Dios (agape, caritas) dejando de lado la naturaleza, o incluso oponiéndose a ella, desembocará necesariamente en una caricatura de este amor. El creador y el salvador es el mismo único Dios. La salvación no niega la creación, sino que la cura y la eleva10. Incluso si nuestra meditación contempla esencialmente el aprendizaje del ágape, sin embargo debemos, antes que nada, empezar con un intento de comprensión del amor en general.

a. El amor como un sí

En alemán la palabra «Liebe» (amor) está expuesta, hoy día, a una degradación y a una banalización que poco a poco parece estar haciendo imposible su uso. Sin embargo no podemos renunciar a las primeras palabras (Dios, amor, vida, verdad, etc.) y, sencillamente, no debemos dejar que nos las arranquen de las manos. Si tomamos la palabra en toda la grandeza de su significado originario, resulta casi imposible decir lo que la misma palabra indica. Tan rico y complejo es el fenómeno que se intenta comprender con este término. Pero a pesar de la multiplicidad de aspectos y planos distintos, podemos afirmar que por encima de ellos domina un acto de aprobación general hacia el otro, un sí a aquel a quien se dirige nuestro amor: «es bueno que tú existas», es

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Cfr. M. Marmann, Preámbulo ad gratiam.

Ideengeschichtliche Untersuchung über die Enststehung des

Axioms «garttia praesupponit naturam», disertación,

Regensburg 1974; J. Ratzinger, Gratia praesupponit naturam. Erwägungen über Sinn und Granz eines

scholastischen Axioms, in J. Ratzinger, H. Fries, Einsicht und

como Josef Pieper ha definido la esencia del amor11. El amante descubre la bondad del ser en esa persona, está contento de su existencia, dice sí a esa existencia y la confirma. Antes de cualquier otro pensamiento sobre sí mismo, antes de cualquier otro deseo, está el simple ser feliz ante la existencia del amado, el sí a ese tú. Sólo en segundo lugar (no en el sentido cronológico, sino real) el amante descubre de esta forma (porque la existencia del tú es buena) que su propia existencia se ha hecho también más hermosa, más preciosa, más feliz. Mediante el sí hacia el otro, hacia el tú, yo me recibo a mí mismo de nuevo y puedo ahora decir sí a mi propio yo, partiendo del tú.

Pero consideremos un poco más de cerca este primer paso, el sí al tú, la afirmación de su ser (y en tal modo del ser en el amor y por el amor). Este tú es un acto creador, una nueva creación. Para poder vivir el hombre tiene necesidad de este sí. El nacimiento biológico no es suficiente. El hombre puede asumir su propio yo únicamente en la fuerza de aceptación de su ser, que viene de otro, del tú. Este sí del amante le proporciona su existencia de forma nueva y definitiva, recibiendo una especie de renacimiento, sin el que su primer nacimiento quedaría incompleto y le enfrentaría a una contradicción consigo mismo. Para reforzar la validez de esta afirmación, será suficiente pensar en la historia de algunas personas que en los primeros meses de su vida han sido abandonadas por sus padres y no han sido recogidas con un amor, que afirmase y abrazase sus vidas. Sólo el renacimiento del ser amado completa el nacimiento y abre al hombre al espacio de una existencia significativa.

Esta intuición nos puede ayudar a comprender algo de los misterios de la creación y redención. Ahora se comprende

11

J. Pieper, op. cit., p. 45. Los pensamientos y reflexiones que expongo a continuación se basan ampliamente en el magistral tratado de Pieper sobre el amor teologal.

bien que el amor es creativo y que el amor de Dios fue la fuerza que creó de la nada al ser, que el amor de Dios es el verdadero «terreno» sobre el que se asienta toda otra realidad. Pero desde aquí podemos comprender también que el segundo sí, pronunciado con grandes letras en el leño de la cruz, es nuestro renacimiento, y que únicamente este renacimiento hace de nosotros seres definitivamente «vivos». Y finalmente puede surgir el presentimiento de que nosotros, confirmados en Dios, hemos sido llamados a participar de su propio sí. Tenemos el encargo de continuar la creación, de ser co-creadores con él, con la «nueva» tarea de ser para el otro en el sí del amor, de convertir el don del ser verdaderamente en un don.

b. Amor y verdad, amor y cruz

Si consideramos algo más de cerca este «sí», que es la esencia del amor, se nos abren otros aspectos importantes. Habíamos dicho que el amante afirma y confirma el ser del tú, y habíamos añadido entre paréntesis: en este ser del tú e, indirectamente, el ser en general. Si ahora continuamos con esta idea, se evidencian dos verdades de hecho. Por una parte se ve que todo amor lleva consigo una tendencia universal. El mundo, al que pertenece este tú, aparece distinto de lo que yo amo. El amante quisiera, por decirlo así, abrazar con su amado todo el mundo. El encuentro con el uno me abre de nuevo el universo. Ciertamente el amor es una elección: no mira a «millones», sino precisamente a esta persona. Pero en esa misma elección, en esa única persona, se me aparece la realidad entera con una nueva luz. El puro universalismo, la filantropía general, permanecen vacíos, mientras que la elección distintiva y determinada, que recae sobre esta única persona, me da de nuevo el mundo y las otras personas, y ofrece mi propio ser a los demás.

Esta observación es importante, porque desde aquí podemos comenzar a comprender por qué el universalismo de Dios (Dios quiere la salvación de todos) se sirve del particularismo de la historia de la salvación (de Abrahán a la Iglesia). La preocupación por la salvación de los otros no puede conducir a excluir completamente este particularismo de Dios: la historia de la salvación y la historia del mundo no pueden simplemente ser declaradas idénticas, porque Dios debe preocuparse de todos12. Pero este «universalismo» directo destruiría la verdadera totalidad del actuar de Dios, que precisamente a través de la selección llega al todo.

Desde estas observaciones el camino nos conduce ahora a la segunda verdad de hecho. De ella vamos a hablar a continuación. El sí hacia esa persona perdería, en último término, su significado, si el ser en su totalidad no fuera bueno. El sí, primero limitado por el amor, presupone la general bondad del ser. En otras palabras: el sí de mi amor — es bueno que tú existas— presupone la verdad; presupone que el ser de esta persona sea realmente bueno. También que el ser del otro derive de una verdadera bondad, de un verdadero sí. En este sentido podemos decir que el amor sin un Dios creador, que garantice la bondad de lo existente, perdería su fundamento y su terreno13.

12

Así, a mi juicio, en el último Karl Rahner, y en particular en

su Grundkurs des Glaubens, Freiburg 1976, p. Í48: «La

Historia del mundo significa, pues, la historia de la salvación». Página 151: «mostrar que el cristianismo... es una reflexión completamente de- terminada y un llegar a esa misma reflexión de la historia de la reve- lación,

extendiéndose pareja con la misma historia del mundo». Para una discusión al respecto véase mi trabajo Thelogische

Prinzipienlehre, München 1982, pp. 169-179.

13

Véase para mayor detalle mi trabajo: Vorfragen zu einer

Theologie der Erlösung, en L. Scheffczyk, Erlösung und

Dejemos de lado otras consideraciones teológicas y ontológicas y reflexionemos sobre una conclusión totalmente práctica. El amante dice un sí incondicional hacia el amado. Le ama no en base a esta o a aquella cualidad, sino que ama la misma persona, que se manifiesta en sus cualidades, pero que es algo más que su mera suma. El amor hace referencia a la persona tal y como ella es, incluso con sus debilidades. Pero un amor real, a diferencia del breve encanto del momento, tiene que ver con la verdad y se dirige de tal modo a la verdad de esta persona, que incluso puede no desarrollarse, esconderse o deformarse. Ciertamente que el amor incluye una disponibilidad inagotable al perdón, pero el perdón presupone el reconocimiento del pecado como pecado. El perdón es curación, mientras que la aprobación del mal sería destrucción, sería aceptación de la enfermedad y, precisamente de esa forma, no bondad para el otro.

Esto se ve rápidamente si consideramos el ejemplo de un tóxicodependiente, convertido en prisionero de su vicio. Quien realmente ama no sigue la voluntad desordenada de este enfermo, su deseo de autoenvenenamiento, sino que trabaja por su verdadera felicidad: hará todo lo posible para curar al amado de su enfermedad, incluso si es doloroso e incluso si debe ir contra la ciega voluntad del enfermo. Otro ejemplo. En un sistema totalitario uno puede salvar su vida y quizás hasta su posición, pero al precio de la traición de un amigo y de la traición a sus propias convicciones, al precio de su alma. El verdadero amor está preparado para comprender. pero no para aprobar, declarando bueno lo que no lo es. El perdón tiene su vía interior: perdón y curación, que exigen retorno a la verdad. Cuando no ocurre así, el perdón se convierte en una aprobación de la autodestrucción,

se coloca en contradicción con la verdad y por tanto en contradicción con el amor14.

Ahora se puede entender qué significa la denominada «ira de Dios» y el indignarse del Señor, así como los modos necesarios de su amor, siempre idéntico con la verdad. Un Jesús que está de acuerdo con todo y con todos, un Jesús sin su santa ira, sin la dureza de la verdad y del verdadero amor, no es el verdadero Jesús tal y como lo muestra la Escritura, sino una caricatura suya miserable. Una concepción del «Evangelio» en la que ya no existe la seriedad de la ira de Dios, no tiene nada que hacer con el Evangelio bíblico. Un verdadero perdón es algo completamente distinto de una débil permisibilidad. El perdón está lleno de pretensiones y compromete a los dos: al que perdona y al que recibe el perdón en todo su ser. Un Jesús que aprueba todo es un Jesús sin la cruz, porque entonces no hay necesidad del dolor de la cruz para curar al hombre. Y, efectivamente, la cruz cada vez más viene excluida de la teología y falsamente interpretada como un mal suceso o como un acontecer puramente político. La cruz como expiación, la cruz como modo del perdón y de la salvación no se adapta a un determinado esquema de pensamiento moderno. Sólo cuando se ve bien el nexo entre verdad y amor, la cruz se hace comprensible en su

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Este ejemplo está tomado de Pieper, op. cit., p. 76; cfr. ibid. los agudos análisis de las pp. 73-80. Pieper introduce en este contexto (p. 75) la distinción entre excusa y perdón. «Por "excusa" entendemos el mal reducido a nimiedad; yo dejo que algo "sea bueno", aunque sea malo».

Consecuentemente «se puede perdonar sólo algo que se considera expresamente como malo y cuyos elementos negativos no se ignoran... Por otra parte el perdón presupone que el otro también condena ("se arrepiente") lo que ha hecho y que además acepta el perdón». A. Gorres proporciona importantes intuiciones sobre este asunto en

Schuld und Schuldgefühle, en «Internat. kath. Zeitschrift» 13

verdadera profundidad teológica. El perdón tiene que ver con la verdad y por tanto exige la cruz del Hijo y exige nuestra conversión. Perdón es, precisamente, restauración de la verdad, renovación del ser y superación de la mentira oculta en todo pecado. El pecado es por esencia un abandono de la verdad del propio ser y por tanto de la verdad del creador, de Dios.

Se podría añadir: el perdón es la participación en el dolor del paso de la droga del pecado a la verdad del amor. Es un precedente y un andar con paso grave en este camino de la muerte al renacimiento. Solamente este andar en compañía puede ayudar al toxicómano (y el pecado es siempre una «droga», mentira de falsa felicidad) a dejarse conducir a lo largo de la oscura línea del dolor. Unicamente la decisión previa de entrar en el dolor y en la muerte del camino de transformación hace soportable esta vía, porque sólo así, en la noche oscura de la vía estrecha, se hace visible la luz de la esperanza de una nueva vida. Y viceversa: es verdad que sólo el amor da la fuerza del perdón, es decir, del andar junto con el otro por el camino del dolor de la transfiguración. Sólamente el amor hace posible asumir y llevar junto con el otro, y en favor del otro, la muerte de la mentira. Sólo el amor hace capaces de ser portadores de la luz en la oscuridad interminable de un túnel, y de hacer sentir el aire fresco de la promesa que conduce al renacimiento.

Desde aquí habría que desarrollar una teología de la cruz, una teología de la verdad y del amor: cruz de Cristo significa que él va delante de nosotros y con nosotros en la via dolorosa de nuestra curación. Desde aquí habría que llevar a cabo, asimismo, una teología del bautismo y de la penitencia: cruz, bautismo, penitencia. Estos temas acaban por coincidir y son en último término el desarrollo del único fundamental tema del amor, que ha creado y redimido al mundo.

Ni siquiera habría necesidad de decir que todo esto tiene consecuencias pastorales muy concretas. Una pastoral de la tranquilidad, del «comprenderlo todo, perdonarlo todo» (en el sentido superficial de estas palabras) se encontraría en drástica oposición con el testimonio bíblico. La pastoral justa conduciría a la verdad y ayudaría a soportar el dolor de la misma verdad. Debiera ser un modo de caminarjuntos, a lo largo de la vía difícil, pero hermosa, hacía la nueva vida, que es, al mismo tiempo, la vía hacia la verdadera y gran alegría.

c. ¿Qué es el amor de sí mismo?

En nuestro análisis sobre la esencia del amor apenas hemos rozado hasta ahora la cuestión del yo. Pero en este momento debemos afrontarla directamente. ¿Puede existir el «amor de sí mismo»? Es un concepto significativo, y si la respuesta es sí, ¿cómo se debe entender? Si nos dirigimos con esta cuestión a la Biblia, encontraremos en primer lugar posiciones aparentemente contradictorias. Escuchamos, por ejemplo, palabras como: «Si uno quiere salvar su vida (alma), la perderá, pero el que pierda su vida (alma) por mí y por la buena noticia, la salvará» (Mc 8,35). Y aún suenan más fuertes las siguientes palabras de Jesús: «Si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío». En la misma dirección se mueven las palabras de la «negación de sí» como presupuesto necesario para el seguimiento de Jesús (Mc 8,34), y otros textos. Por otra parte se nos ha dicho que hay que amar al prójimo «como a ti mismo». Pero esto significa lo siguiente: el amor de sí mismo, la afirmación del propio ser, ofrece la forma y la medida para el amor al prójimo. El amor de sí mismo es una cosa natural y necesaria, sin la que el amor al prójimo perdería su propio fundamento.

Pero ¿cómo es posible encontrar una unidad interna en estos dos grupos de textos? No queremos en este momento abundar en datos e investigaciones exegéticas; puede ser suficiente, para aclarar esta cuestión, llamar la atención sobre una verdad fundamental en el pensamiento bíblico. Todos los hombres han sido llamados a la salvación. El hombre es querido y amado por Dios y su tarea máxima consiste en corresponder a este amor. No puede odiar lo que Dios ama. No puede destruir lo que está destinado a la eternidad. Ser llamados al amor de Dios es ser llamados a la felicidad. Ser felices es un «deber» humano-natural y sobrenatural. Cuando Jesús habla de negarse a sí mismo, de perder la propia vida, etc., está indicando el camino de la justa afirmación de sí («amor de sí mismo»), que reclama siempre un abrirse, un trascender. Pero la necesidad de salir de sí no excluye la autoafirmación, sino todo lo contrario: es el modo de encontrarse a sí mismo y de «amarse». Cuando hace cuarenta años leí por primera vea el Diario de un cura rural de Bernanos, me impresionó muchísimo la última frase de aquella alma sufriente: No es difícil odiarse a sí mismo; pero la gracia de las gracias sería amarse a sí mismo como un miembro del Cuerpo de Cristo...

El realismo de esta afirmación es evidente. Hay muchas personas que viven en contradicción consigo mismas. Su aversión a sus propias personas, su incapacidad de aceptarse y de reconciliarse consigo mismas, queda muy lejos de la «auto-negación» pretendida por el Señor. Quien no se ama a sí mismo no puede amar a su prójimo. No le puede aceptar «como sí mismo», porque está contra sí mismo y por tanto es incapaz de amarle partiendo de lo profundo de su ser15.

15

Cfr. R. Guardini, Die Annahme seiner selbst, Mainz 1987, pp. 9-35; muy útiles también las ideas de W. K. Grossouw,

Todo esto significa lo siguiente: egoísmo y amor auténtico de sí mismo no sólo no son idénticos, sino que se excluyen. Uno puede ser un gran egoísta y estar en discordia consigo mismo. Sí, el egoísmo proviene con frecuencia

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