(Homilía sobre Lc 10, 25-37)
El diálogo entre Jesús y el doctor de la ley trata una cuestión que nos afecta a todos: ¿Cómo podemos vivir justamente? ¿Qué debo hacer para que mi ser de hombre llegue a su realización? No es suficiente ganar dinero: uno puede ser muy rico y sin embargo pasar junto a la vida auténtica, haciéndose a sí mismo y a los que le rodean personas desgraciadas. Uno puede ser poderoso, pero destruir más que construir con este poder. ¿Cómo, pues, puedo aprender a ser hombre? ¿Qué hace falta para ello?
El doctor de la ley en su pregunta menciona ya un presupuesto en el que hoy ya no pensamos: para que esta vida llegue a su plena realización, debo ir en contra de la vida
eterna. Debo reflexionar sobre el hecho de que Dios ha pensado una tarea para mí en el mundo y que un día me pedirá cuentas de lo que yo he hecho de mi vida. Hoy muchos afirman que la idea de la vida eterna impide a los hombres hacer lo que es justo en este mundo. Pero es precisamente lo contrario: si perdemos de vista el criterio de Dios, el criterio de la eternidad, entonces permanecerá como línea-guía únicamente el egoísmo. Entonces cada uno intentará acaparar todo lo que pueda de la vida misma. Entonces considerará a todos los otros como enemigos de la propia felicidad, amenazadores y ladrones; la envidia y el deseo marcharán en primera línea y envenenarán al mundo. Si, por el contrario, construimos nuestra vida de forma que pueda estar firme ante los ojos de Dios, entonces se hará visible, también para los otros, un reflejo de la bondad de Dios. Esto es un primer criterio: no vivir para sí mismo; vive bajo los ojos de Dios, vive de forma que él pueda mirarte y
que un día tú puedas ser bienvenido a la eterna compañía de Dios y de sus santos.
Por tanto, en la cuestión del doctor de la ley se contiene ya la verdadera respuesta que después él mismo se da: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo» (10, 27). Lo primero debiera ser que Dios esté presente en nuestra vida. No saldrán las cuentas de nuestra vida si dejamos fuera a Dios; en ese caso todo serán contradicciones. Por tanto, debemos creer en Dios, pero no sólo teóricamente; debemos considerarlo como la realidad más real de toda nuestra vida. Él debe, como dice la Escritura, penetrar en todos los estratos de nuestra vida y llenarla completamente: el corazón debe saber de él y dejarse alcanzar por él; el alma, las energías de nuestro querer y decidir, la inteligencia, el pensamiento. Él debe estar presente en todo momento. Y nuestra relación de fondo con él mismo debe llamarse amor.
Esto a veces puede resultar muy difícil. Puede suceder, por ejemplo, que un hombre esté enfermo o impedido. A otra persona la pobreza le hará la vida insoportable. Otro perderá las personas, de cuyo amor dependía toda su vida. Las desgracias pueden ser múltiples. Entonces es grande el peligro de que el hombre se amargue y diga: Dios no puede ser bueno, pues si lo fuera no se habría comportado conmigo de esta forma. Si Dios me amase, me habría creado de otra forma y me habría dado otras circunstancias existenciales.
Una tal rebelión contra Dios es muy comprensible, pues en esos momentos parece casi imposible el amor de Dios. Pero quien se abandona a una rebelión de ese tipo está envenenando su propia vida. El veneno del no, de la rabia contra Dios y contra el mundo que le devora desde dentro. Pero Dios nos está exigiendo, por decirlo así, un anticipo de confianza. Nos está diciendo: sé que ahora tú no me
comprendes, pero confía en mí a pesar de todo;cree que soy bueno y ten el valor de vivir en esta confianza. Entonces reconocerás que precisamente así te he hecho bien. Existen múltiples ejemplos de santos y de grandes hombres que han tenido el valor de esta confianza y que, precisamente así, en la mayor oscuridad han encontrado la verdadera felicidad: para sí mismos y para otros muchos.
Para una vida feliz es preciso, por tanto, un entendimiento íntimo con Dios, sólo si esta relación de fondo funciona bien, las otras relaciones podrán ser justas. Por eso es importante aprender a lo largo de toda una vida y desde la juventud, a pensar con Dios, a sentir con Dios, a querer con Dios, de modo que desde aquí surja el amor. De esa forma el amor se convierte en el elemento de fondo de nuestra vida. Estamos hablando del amor del prójimo, por supuesto. Porque si el elemento de fondo de mi vida es amor, entonces también mi relación con el prójimo, que Dios ha puesto en mi camino, podré vivirla a partir de la aceptación, de la confianza, de la afirmación y del amor. La Sagrada Escritura adopta para descripción del amor del prójimo un modo de decir muy sabio y profundo: «amar como a ti mismo». No exige un heroísmo aventurado y falso. No dice: debes negarte a tí mismo y existir únicamente para el otro, debes olvidarte de ti, o cosas parecidas. No, sino: como a ti mismo. Ni más ni menos. Una persona que no esté en paz consigo misma no será tampoco buena para los otros. El amor verdadero es justo y nos conduce a amarnos como a miembros del cuerpo de Cristo. A sí mismo como a los otros. Liberarse de la falsa perspectiva con la que todos nacemos, como si el mundo girase en torno a mi yo. Todos nosotros debemos aprender a hacer por medio de la fe una especie de giro copernicano. Copérnico descubrió que no es el sol el que gira alrededor de la tierra, sino que es esta tierra junto con los otros planetas la que gira en torno al sol. Cada uno de nosotros se ve a sí
mismo, al principio, como una pequeña tierra en torno a la que todos los soles deberán girar. La fe nos enseña a salir de este error y a entrar junto con todos los otros, por decirlo así, en la danza del amor en torno al único centro, en torno al centro que es Dios. Únicamente si Dios existe, sólo si él es el centro de mi vida, solamente entonces será posible este «amar como a mí mismo». Pero si él existe, si se ha convertido en mi centro, entonces es posible también llegar a la interna libertad del amor.
En teoría el doctor de la ley del evangelio de hoy lo sabía todo esto muy bien. ¿Por qué, pues, se lo pregunta al Señor? El evangelio nos dice que le quería tentar, le quería poner en un aprieto. Su segunda pregunta, sin embargo, nos hace ver que él mismo no estaba muy satisfecho de la relación recíproca en que se encontraban teoría y praxis en su propia vida. En efecto, en su tiempo —en el tiempo de Jesús— existía una fuerte controversia sobre la praxis justa del amor al prójimo. El buen hombre quería, evidentemente, enredar a Jesús en esta controversia y así quitarle simpatías, aún sabiendo que la respuesta teórica no se cuestionaba. Con la parábola (la del buen samaritano) Jesús responde a la controversia viva en el Israel de su tiempo.
Estaba, en primer lugar, el grupo de los combatientes que militaban por el reino de Dios, llamados los sicarios, que se habían agrupado en torno a Judas el galileo. Eran guerrilleros que buscaban el reino de Dios con la guerrilla armada. Se podría pensar que los ladrones que asaltan al hombre camino de Jericó pertenecían a los sicarios. Para ellos la violencia era el medio del amor, a fin de provocar la llegada del futuro reino. Después estaban los fanáticos religiosos, los zelotes, que deseaban la restauración de la religión pura con todos los medios, incluidos los violentos. Estos y otros grupos similares tenían en común una confianza total en la estructura, y en ella depositaban todo su amor.
Para ellos amor era cambiar el mundo de modo que se convirtiera en reino de Dios. Con esta máxima en su corazón podían atacar a otros, o al menos pasar junto a ellos y abandonarlos. Sin embargo el samaritano aparece sin teoría alguna. Es su corazón quien le sugiere lo que es el amor: aquí y ahora ayudar al necesitado con todo lo que tengo y poseo. Actuar con él como si fuera yo mismo.
Y así la respuesta de Jesús a la controversia de las teorías es completamente práctica: el amor del prójimo debe ser realmente amor del prójimo, amor por el prójimo; su esencia consiste precisamente en el hecho de no diferir el bien en un futuro, sino que en total proximidad hago lo que puedo hacer. La violencia no puede ser un medio del amor, y tampoco la indiferencia. El amor no debe tener miedo. Quizás el sacerdote y el levita, independientemente de las teorías, solamente tenían miedo de que les pudiera ocurrir algo, y por eso pasaron deprisa junto a aquel lugar siniestro. La parábola nos enseña que no son las grandes teorías las que salvan al mundo, sino el valor del acercarse, la humildad que sigue a la voz del corazón, que es la voz de Dios.
La parábola intenta, pues, hacer nuestro corazón vigilante, para que aprendamos a ver dónde hay necesidad de nuestro amor. A base de hablar del amor del prójimo hemos llegado, y no pocas veces, incluso a «mordernos y devorarnos mutuamente» (Gal 5,15). Discutimos acerca del amor y nos hemos hecho incapaces de darnos cuenta de lo que está cercano a nosotros, del prójimo que nos necesita. Pidamos al Señor que despierte nuestro corazón para que podamos ver. Porque solamente así comprenderemos lo que significa: ama a tu prójimo.