Otra vez hablaba el conde Lucanor con Patronio, su consejero, en esta forma:
— Patronio, tenía yo un pariente a quien mucho apreciaba, y aquel mi pariente finóF
54
F y dejó un hijo muy pequeñuelo, al que he criado yo. Y por el gran cariño que tenía a su padre, y también por la gran ayuda que yo espero de él a su tiempo, sabe Dios que le amo como si fuese mi hijo. Y aunque el mozo es muy juicioso y confío en Dios que será muy buen hombre, mucho me agradaría que su mocedad no lo malogre. Y por la gran inteligencia que vos tenéis, os ruego que me digáis de qué manera podría yo lograr que este mozo hiciese lo que le fuese más provechoso.
— Señor conde Lucanor –dijo Patronio–, para que os hagáis idea de lo que a mi entender sería lo más acertado, mucho querría que supieseis lo que aconteció a un muy gran filósofo con un rey mozo, su pupiloF
55
F.
El Conde le preguntó cómo fuera aquello.
— Señor conde Lucanor –dijo Patronio–, un rey tenía un hijo y confiólo para educar a un filósofo en quien confiaba mucho; y cuando el rey finó, este su hijo era aún un mozo pequeño. Y criólo aquel filósofo hasta que cumplió quince años. Y cuando el infante empezó a dejar de ser ya un niño comenzó a despreciar los consejos de quien lo criaba y fióse de otros consejeros mozos que nada se preocupaban por alejarle del mal. Y después de algún tiempo por estos derroteros, empezó el jovencísimo rey a arruinar su cuerpo y su hacienda. Yendo aquello tan a mal, el filósofo que criaba al rey ya no sabía qué hacer. Muchas veces probó castigarlo, sin ningún resultado, pues la mocedad
54
Finó: Falleció.
55
todo lo estorbaba. Hasta que al sabio filósofo se le ocurrió hacer lo que ahora oiréis.
Comenzó poco a poco a decir en palacio que él era el mayor agoreroF
56
F del mundo. Y cuando el rey mozo lo supo, preguntóle si era verdad que sabía adivinar el futuro tan bien como se decía. Y el filósofo díjole que era verdad, mas que no era menester que se supiese. Y como los mozos son tan impacientes para saber y para hacer todas las cosas, el rey, que era mozo, se mostraba muy impaciente por comprobar las cualidades adivinatorias del filósofo, Y como éste le daba largas, más crecía en el rey mozo el ansia por comprobar sus cualidades. Tanto insistió al filósofo, que acordaron de ir el día siguiente de madrugada, sin que nadie más lo supiese, a demostrarle cómo sabía interpretar el canto de las aves y adivinar sus mensajes.
Madrugaron mucho. El filósofo se encaminó a un valle en el que había algunas aldeas abandonadas, y después que pasaron por muchas, vieron una corneja que estaba graznando en un árbol. Y el rey mozo mostróla al filósofo, y él hizo como que la entendía. Y otra corneja comenzó a cantar en otro árbol, y ambas cornejas estuvieron así graznando, a veces la una y a veces la otra. Y después que el filósofo escuchó esto un buen rato, comenzó a llorar muy fieramente y rasgó sus vestidos en señal de duelo.
Cuando el rey mozo esto vio, quedó sobresaltado y preguntó al filósofo que por qué hacía aquello. Respondióle que más quería ser muerto que vivo, pues no sólo los hombres, sino también las aves, sabían ya cómo, por su mal proceder, tenía el rey mozo perdidos todos sus dominios, y su hacienda y su cuerpo maltrechos. Y el rey mozo preguntóle cómo era aquello.
Y él díjole que aquellas dos cornejas habían concertado casar al hijo de la una con la hija de la otra; y que la corneja que comenzó a graznar primero, que decía a la otra que pues ya hacía tiempo que aquel casamiento se había concertado, que debían casar a sus hijos cuanto antes. Y la otra corneja díjole que aunque aquello verdad era,
56
Agorero: Quien posee dotes adivinatorias, especialmente prediciendo males o desdichas.
que ahora ella era mas rica que la otra, y que, a Dios gracias, durante el reinado de este rey mozo seguirían abandonándose muchas más aldeas de su reino en aquel valle, y que hallaría en las casas abandonadas muchas culebras y lagartos y sapos y otros tales bichos que se crían en los lugares abandonados, por lo que abundaría su comida y sería más rica que ella, por lo que aquel casamiento no sería entre iguales. Y cuando la otra corneja esto oyó, comenzó a reír y respondióle que no había razón para no celebrar la boda, pues si Dios daba larga vida a aquel rey mozo, ella igualmente llegaría a ser muy rica, pues también en su valle no cesaban de abandonarse aldeas. Y por estas razones convinieron ambas cornejas que se celebrara enseguida el casamiento.
Cuando el rey mozo esto oyó, disgustóse mucho y comenzó a pensar cómo había sido posible la ruina de su reino. Y cuando el filósofo comprobó la tristeza y la preocupación que al rey mozo atormentaba, y que se le veía arrepentido, diole muchos buenos consejos, de modo que en poco tiempo mejoró su reino y recobró la salud de su cuerpo.
Y vos, señor Conde, pues criaste este mozo y querríais que encarrilase su vida correctamente, procurad que con buenas palabras y buenos ejemplos comprenda cómo debe comportarse; pero en ningún caso lo intentéis castigándole ni maltrayéndole, pues la forma de ser de la mayoría de los mozos es tal, que enseguida aborrecen al que los castiga, y más aún si es hombre de elevada posición, ya que lo interpretan como menosprecio, sin darse cuenta de su error, pues no hay tan buen amigo en el mundo como el que castiga al mozo para evitar su desgracia, mas ellos no lo entienden así, sino al contrario. Y si por desventura esto sucediere, surgiría entre vos y él enemistad tal que sólo os traería perjuicios a ambos en adelante.
Al Conde gustó mucho este consejo que Patronio le dio; hízolo así y le fue muy bien.
Y como a don Juan le agradó mucho este ejemplo, hízolo poner en este libro e hizo estos versos que dicen así:
Nunca por las malas al mozo vencerás; sólo por las buenas lo lograrás.