Cada uno de los personajes, ya sea de manera individual, ya de manera grupal, tiene un comportamiento en esta parábola.
El padre:
El padre de los dos hijos, tiene varias actitudes: la primera es la de ser sumiso y obediente a la voluntad y decisión del hijo menor. No contradice para nada la iniciativa del hijo menor. Le respeta su
decisión. Y por el contrario, accede a su petición, al repartir, de hecho la herencia. También le respeta su decisión de irse, con herencia y todo.
La otra actitud del padre es activa, ya que, según se desprende de la parábola, estaba pendiente del regreso de su hijo. Lo dice el texto: “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió”. Lo que podría pensarse que el padre estaba pendiente todos los días esperando si veía venir al hijo de regreso. Actitud activa y pasiva al mismo tiempo. Porque al estar pendiente, lo hacía estar activo y ansioso; pero, pasiva, porque esperaba que la iniciativa, igualmente, de regresar la tomara el mismo hijo, que, así, como se fue; así, regrese, pero por iniciativa suya, en ambos casos. Y aquí, se podría encontrar un opuesto: lo que quería el padre, por un lado; pero, lo que respetaba, por otro, independientemente de lo que le hubiese gustado. Bonito ese detalle de los opuestos, en el padre del hijo menor.
Y esa actitud pasivamente activa del padre hace que la parábola sea muy enternecedora, por lo menos, en esa primera parte. Quiere una cosa, pero respeta. No impone. Deja hacer. Pero espera que las cosas se den por si solas, sin forzarlas. Su amor de padre así lo hace sufrir y respetar, al mismo tiempo. Tal vez.
Pero, antes de avanzar en la actitud del padre, quedémonos un tiempo en esta parte de la parábola. Preguntemos a la misma Biblia y a la costumbre del pueblo de Israel para descubrir qué elementos habrían de ser de utilidad para comprender estos elementos evidentes en la parábola, pero ocultos para nuestros ojos.
Así, preguntémonos la edad del hijo menor, y de por qué le pide a su padre lo que le corresponde de la herencia. ¿Por qué esa exigencia del hijo, y por qué esa sumisión del padre? ¿Qué le favorecía al hijo, para actuar así; y que le obligaba al padre para
acceder a la petición del hijo? ¿El padre no podía negarse a la solicitud del hijo?
En el caso del hijo menor, ¿podría vérsele como un hijo rebelde, al exigirle al padre la parte de la herencia, primero; y, después, por el hecho de marcharse? Si se le consideraría un hijo rebelde, el padre podría apelar a la ley que le permitía hacerse respetar. Dice e libro de Deuteronomio (21, 18-21)1, que:
Si un hombre tiene un hijo indócil y rebelde, que desobedece a su padre y a su madre, y no les hace caso cuando ellos lo reprenden, su padre y su madre lo presentarán ante los ancianos del lugar, en la puerta de la ciudad, y dirán a los ancianos: "Este hijo nuestro es indócil y rebelde; no quiere obedecernos, y es un libertino y un borracho". Entonces todos los habitantes de su ciudad lo matarán a pedradas. Así harás desaparecer el mal de entre ustedes, y todo Israel, cuando se entere, sentirá temor.
¿Sería este el caso, con el hijo menor de la parábola? ¿Sería por eso que el papá prefirió quedarse callado, porque, de lo contrario tendría que denunciarlo? Y denunciarlo, significaría la muerte de su hijo, según la ley. Tal vez, era mejor para el padre que se fuera.
Por lo que se desprende de la parábola, el hijo menor entraba en la clasificación de los denunciables, porque dice que “derrochó su
fortuna viviendo perdidamente”, según la parábola; es decir, que era
“un libertino y un borracho”, según lo que determinaba el libro de Deuteronomio.
Por otro lado, el hijo podría haber salido indócil y rebelde, como consecuencia de no haber aplicado las máximas en la educación, ya que según el libro del Eclesiástico (30, 7-13). Dice:
El que mima a su hijo, vendará sus heridas, a cada grito se le conmoverán sus entrañas. Caballo no domado, sale indócil, hijo consentido, sale libertino. Halaga a tu hijo, y te dará sorpresas; juega con él, y te traerá pesares. No rías con él, para no llorar y acabar rechinando de dientes. No le des libertad en su juventud, y no pases por alto sus errores. Doblega su cerviz mientras es joven, tunde sus costillas cuando es niño, no sea que, volviéndose indócil, te desobedezca, y sufras por él amargura de alma. Enseña a tu hijo y trabaja en él, para que no tropieces por su desvergüenza.
Este elemento implícito en la parábola es realmente muy interesante. Sobre todo, por el silencio y la sumisión del padre, respecto a la solicitud del hijo. ¿No sería, más bien, un reproche para el padre, la actitud rebelde del hijo? ¿No estaría recogiendo la cosecha de la crianza de su hijo, y la rebeldía del hijo, no sería una evidencia de la mala crianza del padre? Esto es novedoso. Ahora parece que el padre, tiene las de perder, desde estos nuevos elementos. Más que interesante, sin duda.
Si es así, como pareciera serlo en nuestro descubrimiento, entonces, la actitud del padre era doblemente activa, y de pasiva no tiene nada. Podría verse como pasiva porque se somete a la petición del hijo; pero, podría verse como terriblemente activa, al tener que ceder inevitablemente a la voluntad del hijo, porque si no, el resultado final tendría que ser la muerte del hijo. Pero, si estaba mal criado, no era por falta de amor. Ahí podría estar el lado débil del papá, que se confirma en el hecho de que deja que su hijo se vaya. Porque prefiere
verlo irse que verlo muerto. ¡Maravilloso! ¡Sorprendente! Prevalece el amor de padre, por sobre todo.
Entonces, era preferible que el hijo se fuera. Era mejor verlo partir. Eso explica la actitud aparentemente pasiva del padre, por un lado; y, por otro, la salida del hijo. Eso también explica el silencio del hermano mayor. Porque podría ser un reconocimiento implícito del comportamiento del hermano menor, que a todas estas, podría ser, como dice el libro de Deuteronomio, una desvergüenza para el padre.
El hijo menor:
La actitud del hijo es siempre la misma. Es decidido en lo que hace. Quiere la herencia que le corresponde y habla sobre ella, porque es su derecho. Además, pide adelanto de lo que le toca para irse de la casa.
Llama la atención el carácter decidido del h ijo menor. Tal vez, tendría mucho de rebeldía. El solo hecho de pedir la herencia y de marcharse indican, sin duda, que quería ser independiente. Aquí surgen muchas preguntas y cuestionamientos: ¿Dónde estaba lo malo en quererse independizar de la familia? ¿No podría verse esa manera del muchacho menor, como un comportamiento de madurez, a pesar de todo? En este punto de las preguntas, podría relacionarse el deseo de ser independiente del hijo menor, con la experiencia del éxodo. Si es así, ¿entonces, dónde estaba lo malo, si, más bien, se trataba de seguir un patrón de conducta vivida y experimentada por todo el pueblo, como el hecho de salir?
Se presentan de inmediato los opuestos, en esta parte de la parábola, por parte del hijo menor: quedarse-salir; obediencia- desobediencia; sumisión-independencia. Y si se aplica lo de la experiencia del éxodo, entonces, estaría el siguiente opuesto: esclavitud-liberación, que es la clave misma del éxodo. En su caso,
¿se trataría de una liberación, cosa que implicaba una salida de la casa del padre? ¿No sería eso mismo la experiencia del jardín del Edén, incluyendo la expulsión, como realidad necesaria, por eso el éxodo? En el caso de encontrar parentesco con la experiencia del Jardín del Edén, estaría aplicándose la libertad. Pero con una diferencia en la parábola, y es que el hijo menor no fue expulsado, sino que fue su iniciativa el partir.
Por otro lado, están los siguientes planteamientos: en el caso de que sea viable el relacionar esa salida del muchacho con la experiencia del éxodo, sería posible y exacta la relación diferencial, como es lógico, siempre y cuando el muchacho hubiese invertido lo que le había dado el padre como herencia, para surgir, y ser totalmente independiente; pero no fue así. Ya que lo gastó todo y “derrochó su
fortuna viviendo perdidamente”, como dice la parábola. No invirtió
materialmente hablando; no se niega, que a nivel de experiencia personal, con toda seguridad, habría de ser una experiencia grandísima. Por lo menos, pudo comparar y comprender la diferencia de vida, de la de antes, a la de ahora como extranjero y empleado ajeno.
Por los elementos de la propia parábola, sin duda, que el hijo menor, era mala conducta. Por un lado, se atreve a contrariar a su padre; por otro, se va de la casa; después, derrochó todo. Aquí hay que anotar que “pródigo” significa una persona que es generosa y dadivosa, que es disipador, gastador, que desperdicia su hacienda en gastos inútiles (es fácil ser pródigo con la fortuna ajena), que gasta sin moderación. Así, por lo menos, aparece definido en la Enciclopedia Espasa-Calpe2.
2 En todo el Antiguo Testamento aparecen solo tres veces la palabra “pródigo” (2
Sam. 23, 20 y 1 Cron. 11, 22, referidos a Benaías, pródigo en fuerza y en heroísmo). La tercera aparece en Eclsiástico 16, 11, referido a Dios, pródigo en ira. Y en el Evangelio de San Lucas, en el capítulo 15, cuando habla de la parábola, el titulado
Aquí es donde aparece el otro grupo de los personajes de la parábola. Son los amigos con quienes gastó su fortuna el hijo menor, incluyendo las “malas mujeres”, como dijera el hijo mayor. Es con este grupo que el hijo menor se ha mostrado pródigo; es decir, generoso, dadivoso, gastando lo que era suyo porque era la parte de la herencia, pero que no le había costado, sino al padre.
Finalmente, termina cuidando cerdos, cosa abominable para un judío, contrariando aún más el orgullo de la familia y del padre. El hijo al trabajar en tierra extranjera y criando cerdos, completa su rebeldía en contra de la familia. Contraría así a la familia haciendo todo lo contrario del orgullo de su comunidad, aun los preceptos religiosos, que era, entre otras cosas, criar cochinos, animal que no comía. Trabajaba en lo que era abominable para un judío. Esto aumenta y completa la total rebeldía del muchacho hacia su familia y su padre.
Es sobre este punto que el muchacho menor recapacita. Punto crucial en su orgullo y dignidad. Comienza a sentir la añoranza de la casa del padre. Ciertamente, es por causa del hambre. Pero es el hambre lo que le hace recapacitar sobre sus principios y que por conveniencia, le hacen pensar en sus orígenes. Y podría decirse que se pudo haber aplicado la norma de Deuteronomio 23, 18-19, al recordar tal vez, que le decía que: “No llevarás a la casa de Yahveh tu Dios
don de prostituta ni salario de perro, sea cual fuere el voto que hayas hecho: porque ambos son abominación para Yahveh tu Dios ”. En ese
momento estaría comenzando en el muchacho el auto-encuentro. El volverse sobre sí mismo. Comienza, entonces, a planificar su regreso. Se podría estar aplicando a sí mismo el cruel descubrimiento de la verdad expresada en la experiencia sabia de sus mayores y contenida en la catequesis familiar de lo aprendido, por ejemplo en el libro de
aparece como “el hijo perdido y el hijo fiel”, y el subitulado dice “el hijo pródigo” (véase Biblia de Jerusalén, Desclee de Brouwer, Bilbao, 1975).
Eclesiástico 9,63, o el libro de los Proverbios 29, 3, donde se aconsejaba, que “el que ama la sabiduría, da alegría a su padre, el
que anda con prostitutas, disipa su fortuna”.
Tal vez, en esa experiencia del hambre y de necesidad, vuelve el recuerdo de sus orígenes: de la familia, del templo, de su religión, del hogar, de las tradiciones. Ronda la idea y la decisión del retorno.
Un elemento tenía el muchacho a su favor, a este punto de nuestro análisis. Ese elemento era la certeza del cariño que le tenía el padre. Quizás, por e so era que actuaba como estaba actuando desde un principio. Sabía que el padre tenía su debilidad frente a él: lo amaba, lo quería. Y, quizás, este sería el punto débil del padre; y, a la vez, el punto fuerte del hijo. Se valía de esa realidad. Estaba seguro. Se podría decir que el hijo menor, tal vez, por ser el menor, era el consentido. Y podría decirse, muy a la ligera, por supuesto, que manipularía al papá. El caso es que el muchacho se dice a sí mismo lo que le va a decir al papá cuando regrese: “Padre…”, con la consiguiente parte del discursito que iba a decir para terminar de ablandar el corazón del viejo: “he pecado contra el cielo y contra ti;
ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
El muchacho menor, el pródigo, la pensaba muy bien. Todo lo calculaba. Nada lo dejaba al azar. Se las sabía todas, como se dice. Volvía a aparecer su astucia. Le diré “Padre”, dice el texto que se dijo que iba a decir. Y enseguida la segunda parte del chantaje “ya no
merezco llamarme hijo tuyo”. Con la primera confesión y
reconocimiento lo ablandaría. Y con la segunda parte, lo chantajearía. El viejo no aguantaría tantas emociones juntas, en un mismo momento. Y remataría, por si la segunda no hiciera el efecto esperado, con la tercera, que sería infalible: “trátame como a uno de tus
jornaleros”. Con todos estos tres pases y elementos, el muchacho
volvería a ponerse al viejo en la palma de la mano, en caso de que hubiese algún distanciamiento. Pero, estaba seguro que todo le era favorable.
Todo parece indicar que así era. Por eso el muchacho pide la parte de la herencia. Sabía que se la iban a dar. Tal vez, estaba muy seguro de que el padre no iba a ser capaz de aplicar lo que mandaba la norma del libro de Deuteronomio, de denunciarlo. Quizás, por eso mismo, el muchacho tomó la determinación, igualmente, de regresarse a la casa. Porque sabía que su padre lo iba a recibir. El muchacho menor, tal vez, sabía esa verdad. Por eso actuaba como actuaba, en ambos casos: en la de irse, y en la de regresarse. Podría pensarse también, por otra parte, de las muchas partes que ya tiene en nuestro análisis, en que la salida y la partida del muchacho no fue de mala manera; si no, ¿cómo se explicaría que él pensase mínimamente en regresar y en esperar que lo recibieran? Esta sería una carta bajo la manga que el muchacho tenía. Y se iba a valer de eso para entrar por lo bajito a la casa del padre, con el pretexto de que lo recibiera como un empleado más. Inteligente, sin duda. Por ahí iría poco a poco ganándose a los que trabajarían en la casa, y con posible seguridad, volvería a ganarse al padre…
Queda como en tela de juicio el verdadero arrepentimiento del muchacho. Porque lo que determina la decisión de regresarse a la casa, es el hecho de que está pasando hambre. Así lo dice la parábola: “Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que
comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”. El arrepentimiento es consecuencia del hambre. Se
podría decir, que es más conveniencia y necesidad que dolor de conciencia, que es una de las claves del arrepentimiento.
A este punto de nuestro camino, llegamos a una relación muy interesante. Porque tenemos que relacionar el hambre que tenía el muchacho de la parábola, con el hambre del pueblo de Israel, cuando lo del éxodo. Y no solamente con el caso de la protesta del pueblo en contra de Moisés, sino también con la experiencia del árbol del bien y del mal, del que comieron Adán y Eva. Entonces, las preguntas que nos hacíamos anteriormente, al respecto, cobran sentido y razón. Porque se ve la relación que existe, de hecho, entre la parábola del hijo pródigo con el Éxodo, y la experiencia del árbol prohibido. Esto es una gran sorpresa. En el caso del éxodo, los israelitas protestan contra Moisés. Dice el libro del Éxodo, que, “toda la comunidad de
los israelitas empezó a murmurar contra Moisés y Aarón en el desierto. Los israelitas les decían: «¡Ojalá hubiéramos muerto a manos de Yahveh en la tierra de Egipto cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta hartarnos! Vosotros nos habéis traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea.» (Ex. 16, 2-4).
Parece sarcástico e irónico que hayamos descubierto que lo que origina las ganas de regresar del hijo menor de la parábola del hijo pródigo, sea el hambre. No pareciera que fuera un dolor de corazón o un cargo de conciencia respecto a la ofensa realizada al padre, sino que, más bien, fuera el dolor producido por el hambre. Lo de la ofensa al padre, pareciera que es la excusa y el pretexto justificado para fundamentar el regreso, porque, como dice el texto, fue, primero y principalmente el hambre. Ya que si del muchacho dependiera, a él “le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que
comían los cerdos; y nadie le daba de comer”. La cosa estaba bien fea
la comida. No de otra cosa. Así lo dice el texto: “Recapacitando
entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”. En la casa de su
padre hay comida de sobra. Estaba pasando hambre. No es justo. Mejor se regresa. Y se regresa. Y se encuentra una conexión con la experiencia del Éxodo, definitivamente.
Ahora bien: ¿dónde está lo malo que así sea; es decir, que sea el hambre lo que origina y conlleva la toma de decisión de regresar? Si se está cómodo y bien, no hay necesidad. Mientras que si se carece, se siente la pobreza, la necesidad y la urgencia. Sobre todo, que se lleva a comparar que antes se estaba mejor. Y, ¿por qué no regresar? Mas, si se sabe que el cariño es seguro por parte del padre.