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Las actitudes de Mayo de 1968: la posmodernidad por la puerta de atrás

3. Atisbos de posmodernidad

3.4 Las actitudes de Mayo de 1968: la posmodernidad por la puerta de atrás

Regresando sin embargo a ese momento de «pretransición» o transición cultural de los intelectuales, se comprende, según lo visto, que Vázquez Montalbán afirmase que «éramos postmodernos antes de ser postfranquistas, por cuanto estaba claro ya a comienzos de los años setenta que todo está permitido, con la fundamental responsabilidad ética con lo literario» (1998: 90). Sin abandonar a otro de los «novísimos», citamos a Félix de Azúa, quien da en el auténtico meollo de la antología de Castellet: «lo que había sucedido era el descubrimiento inconsciente de la posmodernidad […] Sin percatarnos, habíamos coincidido con los primeros síntomas que […] Susan Sontag y […] Lyotard, Fredric Jameson, Habermas, Baudrillard y tantos otros comenzaron a analizar por aquellos años74» (2013a: 56). Pues eso era justamente lo que había intuido de manera confusa José María Castellet en la introducción de Nueve novísimos. Un hecho que Lozano Mijares no deja pasar por alto en su estudio al proponer la poesía de los novísimos como una de las primeras muestras de posmodernismo literario en España (2007: 200). La opinión de Lozano Mijares confirma de otra parte el juicio convergente anterior de Andrew P. Debicki (1989 y 1994: 200-201).

José María Castellet, careciendo de un nombre con el que designar este fenómeno incipiente, atribuyó el aire generacional que compartían los «novísimos» y los escritores de su misma edad a «toda esa complicada confusión de los años 60» (1970: 25). Una confusión que a la que también llamaba la «revolución de los jóvenes» (Castellet, 1970: 16). La revolución, o simulacro de revolución según hemos visto, que engloba el fenómeno de Mayo de 1968 y los iconos culturales del final de la década de los sesenta y el comienzo de la de los setenta : Woodstock y la contracultura del rock, el «swinging London», el feminismo y el inicio de la cultura gay, las revueltas universitarias, la enorme difusión de la mitología del cine de Hollywood, y en el caso español la progresiva pero lenta apertura del régimen y la consiguiente llegada al país de una sociedad de consumo capitalista cada vez más integrada en los mercados internacionales, de la que resultaba una mayor permeabilidad a las modas extranjeras de

      

74Azúa precisamente dedicó su ensayo La paradoja del primitivo (1983) a rastrear los orígenes de la

todo tipo. Como escribiría el propio Castellet cuarenta años después «la revolta del Maig del 68 obriria la porta a noves formes de cultura de llarga i profunda durada» (2009: 118). El cambio de episteme hacia la posmodernidad.

Ése fue el «cierto estilo histórico», como lo ha descrito Fernando Savater, que emparentó las distintas urgencias reivindicativas de los «muchos mayos»: las de los estudiantes de Madrid, Barcelona o California, del Barrio Latino de París o la plaza de las Tres Culturas en México, y también las algaradas anticomunistas de Berlín, Praga o Varsovia (1984b: 79 y 1995a: 54). De esta forma 1968 pronto se convierte en referente mítico para muchos jóvenes de aquel tiempo, un aura que conserva hasta la actualidad aunque a veces teñida de decepción o de una ironía relativizadora (Buckley, 1996: 10- 15; Fuentes, 2005; Glucksmann, 2008; Haro Tecglen, 1988; Kurlansky, 2004; Saénz de Miera, 1993: 117-119 y 231-236; Savater, 1975: 113-120, 1984b y 1995a; Serrat Crespo, 2008; Sitbon, 1988; VVAA, 1988). De la numerosa bibliografía sobre aquellos hechos merece ser destacado el libro 1968, el año que conmocionó al mundo del periodista Mark Kurlansky (2004). Este trabajo destaca en especial como referencia por el extenso repaso de los acontecimientos que hicieron de 1968 símbolo de una época de perturbación, revuelta y cambio: los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy, la Primavera de Praga y el Mayo francés, las revueltas estudiantiles norteamericanas contra la guerra del Vietnam, contra el régimen franquista en España, la matanza de estudiantes en Ciudad de México, o el movimiento por los derechos civiles y la liberación femenina en Norteamérica.

Ya hemos citado antes las ideas de Santos Sanz Villanueva sobre la generación española de escritores de 1968. Al respecto de los hechos concretos asociados con aquel año, Sanz Villanueva, escribe:

No es que en España –y en su literatura- tengan especial importancia o influencia los sucesos del mayo francés que fueron, en buena medida, protagonizados por unas gentes de una edad semejante a la de los narradores a los que aquí estamos describiendo [los narradores de la que él denomina «generación del 68»]. Pero sí que aquélla fue la última revolución europea de nuestro siglo y el espíritu de su desenlace –esa pérdida de utopismo- coincide con la actitud moral y hasta política de nuestros escritores y conecta con su comentada postura de renunciar a todo propósito utilitario transmitido por la obra literaria (1988: 31)

Como se ha mencionado anteriormente, esos acontecimientos tuvieron gran importancia en el cambio de perspectiva estética de Castellet, algo que le llevaría a abandonar la defensa del compromiso histórico izquierdista a través del realismo literario y lo conduciría a embarcarse en la empresa de los «novísimos». La siguiente reflexión, extraída de Els escenaris de la memòria, no hace sino confirmar lo determinante de aquellos sucesos en su adopción de una nueva perspectiva: «tantes coses es van dissoldre entre el Maig francés i la invasió soviética de Txecoslovàquia, el mes d’agost» (1988: 227). El mismo Castellet publica una Lectura de Marcuse (1969), uno de los profetas de Mayo del 68, en sintonía con los nuevos tiempos.

A propósito de esos cambios de mentalidad, debidos a los cambios del tiempo, conviene recordar lo que apunta Fernando Savater sobre el legado más positivo de las actitudes sesentaiochistas; la desculpabilización del sujeto y la revalorización del individualismo hedonista en contra de la sumisión a dogmas ideológicos: «la reivindicación prioritaria de la vida concreta de cada cual frente a las bélicas afirmaciones de los grandes principios caiga quien caiga» (1984b: 81). Los aires

heteredoxos que trajo Mayo del 68, llevaron también un caldo de cultivo anarcoide con el que «la juventud universitaria de un país atrasado y paleto como España se emborrachó», como escribe Ródenas de Moya (Rico, Gracia y Bonet, 2009: 167). Fueron las modas ácratas, como se las llamó en los setenta, de las que es un ejemplo la famosa revista contracultura Ajoblanco, impulsada por el barcelonés Pepe Ribas (2007). Desorientaciones quizá inevitables de la época, pero que con todo llevaban las semillas de los futuros tiempos democráticos a España. La misma «fuga de novela» que protagonizaba Javier Marías en el verano de 1969 para escribir Los dominios del lobo se aparece como una muestra de esa rebeldía hedonista con la que las jóvenes de todo el mundo, y los españoles también, espataban a sus padres. Él mismo escribiría: «incurrí en todos los tópicos de la época» (Marías, 1971: 12).

Así, la idea de la reivindicación del individuo destacada por Fernando Savater, central en todo su pensamiento, y que desarrollará especialmente en Ética como amor propio (1988) y los ensayos de Humanismo impenitente (1990), se encuentra ya en el núcleo de uno de sus libros clave durante el periodo de la Transición, Panfleto contra el Todo (1978). Un alegato contra los sistemas de pensamiento totalizadores, y en concreto, contra el marxismo militantemente asumido, un ensayo en el que la retórica ácrata o libertaria no esconde el aliento democrático que culminará en La tarea del héroe (1981). El perfil intelectual de Fernando Savater puede ser una muestra en el campo cultural de los valores democráticos que iría asumiendo el conjunto de la población española y que enfatizan la moderación y el consenso por encima del maximalismo de los principios inquebrantables: un viraje imprescindible en cualquier sociedad que pretenda aspirar a una estabilidad democrática (McDonough, Barnes y López Pina, 1998: 1-21). Santos Juliá hablaba también de un viraje político hacia la moderación preconizado por los líderes antifranquistas en la Transición: «que ahora, durante los sesenta y setenta, hasta los dirigentes que situaban la revolución o el socialismo en su horizonte político los mantuvieran en un segundo plano –o sencillamente no hablaran de ellos- y pusieran todo el énfasis en la democracia indica el cambio profundo de los valores políticos entre esas generaciones» (Mainer y Juliá, 2000: 54). Ese temperamento democrático es claramente perceptible una vez más en la figura de Javier Marías. No sólo en la diferenciación entre el compromiso literario y el compromiso político, sino en la actitud cívica que demostrará a lo largo de su actividad como columnista de prensa, desde los años ochenta y sobre todo cuando ésta se hace más frecuente a partir de mediados de los noventa. En efecto, en esas «letras de política y sociedad» (Marías, 2010a) el posicionamiento ante los problemas de la actualidad no conduce al sectarismo o a las adhesiones incondicionales a causas ideológicas, como ha subrayado Núñez Díaz en su trabajo sobre el articulismo de Javier Marías (73-81)

La opinión postrera de Savater sobre el espíritu del 68 es pues similar a la expresada por Gilles Lipovetsky, para quien no se comprende el espíritu de la revuelta de Mayo «si no se tiene en cuenta la aparición del individualismo moderno, del que Mayo del 68 representa un caso particular, pero muy significativo, de una tendencia básica de nuestras sociedades» (Saénz de Miera, 1993: 231-232). Ambas lecturas son convergentes con el juicio de conjunto emitido por Mark Kurlansky en su libro: «donde había comunismo la gente se rebeló contra el comunismo; donde había capitalismo, se rebeló contra él» (2004: 17). Así pues, todas estas interpretaciones contribuyen a la idea de que un nuevo Zeitgeist se inauguraba con la década de los sesenta, y cuyas ramificaciones podemos resumir, citando a González Férriz, de la siguiente manera:

«los hechos de 1968 fueron, a la postre, un gran fracaso en términos de política institucional, pero al mismo tiempo fundaron la cultura contemporánea que más tarde o más temprano, si no al momento, triunfó en todos los países en que se produjeron: el capitalismo individualista, hedonista y mediático» (2012: 32). En esta revalorización del individualismo, Lipovetsky vería, como es sabido, un polo fundamental de la cultura posmoderna: «en la era posmoderna perdura un valor cardinal, intangible, indiscutido a través de sus manifestaciones múltiples: el individuo y su cada vez más proclamado derecho de realizarse de ser libre en la medida en que las técnicas de control social despliegan dispositivos cada vez más sofisticados y “humanos”» (1983: 11).

Enric Bou y Elide Pittarello, en su trabajo sobre los novísimos, se apoyan en la idea de la «edad de oro» del capitalismo, avanzaba por el historiador Eric Hobbswann (1994: 229-399), a la hora de describir el Zeitgeist generacional en que crecieron estos autores:

Eric Hobbswann […] ha definido la existencia de una «edad de oro» entre 1947 y 1973, durante la cual se produce una «revolución cultural» sin precedentes que se materializa en una nueva autonomía de la juventud. […] La «cultura juvenil» se convierte en la cultura dominante en el mundo occidental, a causa de factores como la masa concentrada de poder adquisitivo, el hecho de que cada nueva generación de adultos había pasado por la experiencia de la cultura juvenil con experiencia propia y estaba marcada por esa experiencia. O bien la prodigiosa velocidad del cambio tecnológico da una ventaja tangible a la juventud sobre los otros grupos, con una inversión del papel de las generaciones: los padres tienen que aprender de los hijos. Por último, destaca el historiador británico la «asombrosa internacionalización» por el auge de la industria cinematográfica norteamericana en el periodo de entre guerras (2009: 14-15).

Y por supuesto la difusión que todo ello tuvo a través de las pantallas de los

televisores, determinante en que esas novedades (el pop, el feminismo, el sincretismo religioso, los derechos civiles, el pacifismo, la juventud como clase, las drogas como liberación, las relaciones sexuales desculpabilizadas, los políticos pendientes de su imagen) alcanzasen «una centralidad tan abrumadora» (González Férriz, 2012: 11). En efecto, la importancia de los nuevos medios de comunación, y muy particularmente de la televisión, serían determinantes en el auge de la nueva sociedad posmoderna (Vattimo, 1994: 12-13). A nada de ello será ajena España, como demostraba el libro pionero La década prodigiosa (Sempere y Corazón, 1976), donde se daba cuenta de la incidencia de las transformaciones sociales de los países europeos y los Estados Unidos en la todavía franquista España. En este sentido, Barry Jordan y Rikki Morgan- Tamosunas precisan que muchas de las manifestaciones internacionales de la cultura juvenil puestas en circulación durante los sesenta no se asumen plenamente en España hasta el final de la década de los setenta, después de la muerte de Franco (2000: 263). El proceso de la incorporación cultural de España al resto del mundo era ya algo que no tenía vuelta atrás. De este modo, Ramón González Férriz ha podido concluir que

La exigencia genérica de más justicia y más diversión nacida en 1968, la teatralización de la reivindicación política, la conversión del capitalismo en un sistema que premiaba la rebeldía, el

ascenso del artista como pensador mediático a medio camino entre el establishment y la

contracultura, entre el Estado y el mercado…Todos los fenómenos culturales que se produjeron en el mundo de los sesenta en adelante se reprodujeron en España, aunque fuera años más tarde y con las singularidades propias de las circunstancias políticas del país (2012: 125)

Pero que en España el cambio epistémico hacia la posmodernidad se estaba iniciando a finales de los sesenta y comienzos de los setenta sólo hemos podido saberlo con el

tiempo. Cuando en 1970 José María Castellet escribía el prólogo de Nueve novísimos, se había apoyado en las entonces recientes aportaciones teóricas de Marshall McLuhan, Roland Barthes, Umberto Eco y Susan Sontag para intentar explicar esa «confusión de los años 60». Como hemos dicho, Castellet quiso subrayar la naturaleza rupturista de la antología enfatizando la formación de sus poetas al margen del «viejo humanismo literario».

Para su teorización, el antólogo utilizaba pues la idea de Umberto Eco del cogitus interruptus, elipsis estilística propia de los escritores de una «ilógica razonada», que, según Eco, se habría cultivado sobre todo en los ámbitos de expresión ajenos a la cultura literaria clásica: canción popular de consumo, cine, cómics, publicidad, novelas de género o folletines (Eco, 1965: 383-403). Igualmente, Castellet aprovechaba la lectura que hizo Umberto Eco, en Apocalípticos e integrados (1965), su pionero e influyente estudio sobre las relaciones de la alta cultura humanista con la cultura pop de masas, de los trabajos de McLuhan sobre las repercusiones de los nuevos medios de comunación (1962 y 1964), que revelarían la existencia de un «nuevo hombre gutenbergiano en mutación» (Eco, 1965: 52). Ese nuevo hombre era el que José María Castellet creía haber visto en la formación mass-mediática o «posgutenbergiana» de los «novísimos» más jóvenes (1970: 34). Un nuevo tipo de escritor que tendría en el cine y el fetichismo cinematográfico de esos autores su ejemplo más evidente, como se desprendía del listado de «influencias» de Terenci Moix, o de la inmersión en la mitología de Hollywood que transpiraba Los dominios del lobo de Javier Marías. De Contra la interpretación, el alegato de Susan Sontag contra la hermenéutica tradicional, Castellet tomaba la noción de camp, como forma de esnobismo que se regodea en un mal gusto ornamental y antepone la sensación al análisis (Sontag, 1965: 355-376). En último lugar, de Mythologies (1957) de Roland Barthes, la constatación de la tendencia eminentemente mitificadora de la sociedad de consumo. «No era exactament el món de Castellet, però el va fer seu amb una inequívoca capacitat d’ensumar els temps», escribirá Jordi Gracia (2012: 182). En efecto, es un conjunto ecléctico de referencias e ideas, que el antólogo no siempre consigue desarrollar coherentemente en su estudio introductorio, y que tampoco resultan las más pertinentes en todos los casos para describir la poesía de los «novísimos», pero lo que sí es cierto es que todas ellas apuntan a las características del posmodernismo, tanto epistémicas como formales, rasgos que empezarían a ser codificados por aquellos mismos años.

No es el menor de esos rasgos de la posmodernidad la desconfianza ante los grandes ideales, la noción del acabamiento del discurso de la modernidad, como señalaba Lozano Mijares. El troceamiento de la matriz ideológica de la episteme moderna a la que, a través de conceptos como «dispersión» o «indeterminación», apuntaba Ihab Hassan en The Dismemberment of Orpheus (1971: 91-92), uno de los primeros hitos en el estudio de la posmodernidad, el desmoronamiento o troceamiento de la matriz ideológica de la episteme moderna. La desconfianza, en fin, ante los «metarrelatos», como los va a designar Jean-François Lyotard en La condición posmoderna (1979). Citemos las propias palabras de Lyotard:

Los «metarrelatos» a que se refiere La condición posmoderna son aquellos que han marcado la

modernidad: emancipación progesiva de la razón y de la libertad, emancipación progresiva o catastrófica del trabajo (fuente de valor alienado en el capitalismo), enriquecimiento de toda la humanidad a través del progreso de la tecnociencia capitalista, e incluso, si se cuenta al cristianismo dentro de la modernidad (opuesto, por lo tanto, al clasicismo antiguo), salvación de

las criaturas por medio de la conversión de las almas vía el relato crístico del amor mártir. La filosofía de Hegel totaliza todos estos relatos y, en este sentido, concentra en sí misma la modernidad especulativa (1986: 29).

Lozano Mijares explicita diáfanamente lo esencial en el concepto de metarrelato lyotardiano: «igual que los mitos, los metarrelatos legitiman las instituciones y las prácticas sociales y políticas, legislaciones, éticas, maneras de pensar, pero se diferencian en que buscan la legitimidad no en un acto originario fundacional, sino en el futuro, en una Idea a realizar: el Proyecto, que es universal y orienta todas las realidades humanas» (2007: 58). Echando mano del lenguaje religioso, Salvador Pániker ha dicho que la posmodernidad es una secularización de la modernidad (2008: 99).De la misma manera, Josep Picó, en el prefacio a su compilación de trabajos de referencia sobre la posmodernidad, escribía: «la creencia en una historia unitaria, dirigida hacia un fin, ha sido sustituida por la perturbadora experiencia de la multiplicación indefinida de los sistemas de valores y de los criterios de legitimación» (1988: 45). Esa es efectivamente la tendencia que prevalace en las contribuciones de aquel volumen editado por Picó, Modernidad y Postmodernidad (1988). Uno de los pioneros readers sobre la posmodernidad en España, que siguió a la traducción de La condición posmoderna de Lyotard en 1984 (Rico, Gracia y Bonet, 2009: 180). La incredulidad ante nociones teleológicas de la historia y la ausencia de certezas filósoficas están, en efecto, en el centro de la episteme posmoderna. Ello puede ilustrarse como hacía Brian McHale postulando que, de resultas de ese cambio de episteme, la literatura posmoderna se definirá por su cuestionamiento ontológico de la realidad, un proceder que exacerbaba y al tiempo se diferencia del rasgo dominante por el cual se había caracterizado la literatura del modernismo: la preocupación por cuestiones de orden epistemológico75 (1987, 1988 y 1992). Es decir, una problematización de la noción del ser que venía dada por la intensificación de los problemas relativos al acto de percepción de la realidad (Connor, 2007: 66)

Por esta razón, el hallazgo intuitivo de la posmodernidad en 1970 que podían simbolizar los «novísimos» ratifica el cambio de la episteme literaria en España. Una transformación mediante la cual se pasaba definitivamente del modelo de escritor engagée, y su labor en el fondo apostólica, convencido de la razón de su causa, al talante posmoderno que representaba la nueva generación. Era el final de las actitudes que podían haber representado en los años cincuenta el entonces dogmático Juan Goytisolo o el Castellet de los momentos más exaltados de Veinte años de poesía….