Entonces, ¿cómo logra Holmes liberarse de los juicios instantáneos y preatencionales de su desván? ¿Cómo consigue disociar su mente de las influencias que recibe del entorno en cualquier momento dado? La clave reside en la conciencia, en la presencia. Y es que Holmes ha convertido la etapa pasiva de absorber información como una esponja —en el sentido de que la esponja no decide qué
bará por pillar a su mente antes de que se precipite a emitir un juicio (con independencia de que pueda ser acertado o no). Esto le permitirá fiarse mucho más de sus impresiones.
Holmes no da por sentado nada, ni una sola impresión. No deja que ningún estímulo que pueda atraer su mirada le dicte si algo va a entrar o no en su desván y cómo se activarán sus contenidos. Siempre está activo y alerta para que nada se cuele inadvertidamente en su impoluto espacio mental. Es verdad que una atención tan constante puede ser agotadora, pero el esfuerzo puede valer mucho la pena en situaciones importantes y, con el tiempo, veremos que es cada vez menor.
En esencia, lo único que hace falta es que nos hagamos las mismas preguntas que Holmes se suele plantear. ¿Hay algo superfino
en la cuestión que nos ocupa y que influya en mi juicio? (Casi siempre, la
respuesta será sí.) De ser así, ¿cómo adapto mi percepción en
consecuencia? ¿Qué ha influido en mi primera impresión? ¿Y hasta qué punto esa primera impresión ha influido en otras? No es que Holmes no
sea vulnerable a estas influencias, pero es muy consciente de su poder. Así que cuando Watson juzga sin pensarlo a una mujer o una casa, Holmes corrige de inmediato esa impresión con un «sí, pero...». Su mensaje es muy sencillo: debemos tener siempre presente que una impresión solo es una impresión. Reflexionemos unos instantes sobre lo que la ha causado y lo que puede significar
distinta e invitábamos a estudiantes de todas partes para que participaran en una simulación. Yo era presidenta de comisión: preparaba temas, organizaba debates y al final de los congresos daba premios a los estudiantes que, en mi opinión, lo habían hecho mejor. No parece muy complicado. Salvo lo de los premios.
El primer año me fijé en que los representantes de Oxford y Cambridge acababan con una cantidad de premios desproporcionada. ¿Eran aquellos estudiantes mucho mejores, u ocurría algo más? Sospeché que sería lo segundo. Después de todo, había representantes de las mejores universidades del mundo y aunque era indudable que los delegados de Oxford y Cambridge eran excepcionales no tenían por qué ser siempre los mejores. ¿Qué sucedía? ¿Acaso mis colegas que también daban premios no eran del todo imparciales?
Al año siguiente me propuse resolver aquel misterio. Intenté observar mi reacción ante cada participante cuando hablaba, tomando nota de mis impresiones, de los argumentos expuestos y de lo convincentes que eran.
ma no erajyo y que mis premios eran más que merecidos aunque acabaran en manos de alguien de Oxford. De haber alguien con prejuicios, seguro que no era yo.
Pero resulta que mi delegado de Oxford no había sido el mejor. Cuando examiné las notas que había tomado vi que varios estudiantes lo habían hecho mejor que él. Mis notas contradecían por completo mis recuerdos y mis impresiones. Al final me decanté por las notas. Pero la lucha duró hasta el último momento. Y ni siquiera después pude librarme de la incómoda sensación de que el representante de Oxford había merecido el premio.
Las intuiciones son muy poderosas, aunque sean inexactas. Por esta razón, cuando estamos atrapados por una intuición (que una persona es maravillosa, que una casa es muy bonita, que un empeño vale la pena, que un delegado es el mejor) es esencial que nos preguntemos en qué se basa esa intuición. ¿Realmente es de fiar o es que la mente nos engaña? Un medio externo y objetivo de comprobación como mis notas puede ser útil, pero no siempre lo tenemos a mano. A veces basta con que nos demos cuenta de que aun estando seguros de que no albergamos ningún prejuicio, de que nada externo influye en nuestras impresiones y decisiones, es muy probable que no estemos actuando de un modo totalmente objetivo y racional. En esta toma de conciencia —de que en ocasiones es mejor no confiar en nuestro criterio— reside la clave
puede sustituir por otro. Con el tiempo, se pueden modificar las reglas heurísticas. Como dice Herbert Simón, uno de los pioneros del estudio del juicio y la toma de decisiones, «la intuición es puro reconocimiento, ni más ni menos».
Holmes cuenta con miles de horas de práctica más que nosotros. Sus hábitos se han ido formando tras incontables oportunidades, en cada momento de su vida. Es fácil caer en el desánimo en su presencia, pero al final, será mucho más productivo que nos inspiremos en él. Si él puede hacer algo, nosotros también. Solo es cuestión de tiempo. No es fácil cambiar los hábitos que se han desarrollado durante tanto tiempo que se acaban convirtiendo en el tejido mismo de nuestra mente.
Ser conscientes es el primer paso. La conciencia de Holmes le permite evitar muchos de los errores que cometen Watson, los inspectores, sus clientes y sus adversarios. Pero ¿cómo pasar de esta conciencia a algo más, a algo que acabe dando impulso a la acción? Este proceso empieza en la observación: cuando entendemos cómo funciona nuestro desván mental y dónde se originan nuestros procesos de pensamiento estamos en posición de dirigir la atención a las cosas que son importantes y apartarla de las que no lo son. Y en esta observación atenta nos centraremos a continuación.