Era domingo por la noche y había llegado el momento de que mi padre empezara su lectura vespertina. Hacía unos días que habíamos terminado El conde de Montecristo —después de un viaje angustioso que tardó meses en llegar a su fin— y el listón había quedado muy alto. Y allí, lejos de los castillos, las fortalezas y los tesoros de Francia, me encontré cara a cara con un hombre que podía ver a alguien por primera vez y decir con toda certeza: «Por lo que veo, ha estado usted en tierras afganas». Y la pregunta que se hace Watson —«¿cómo diablos ha podido adivinarlo?»— es la misma que me hice yo. ¿Cómo era posible que lo supiera? Me quedó muy claro que allí había algo más que la simple observación de los detalles.
¿O no? Watson se pregunta cómo ha podido saber Holmes de su estancia en ese país. Es del todo imposible que alguien pueda decir algo así simplemente... mirando. Y supone que, sin duda, alguien se lo habrá dicho.
En efecto, el punto de partida parece ser la pura y simple observación. Holmes mira a Watson y, en un instante, capta detalles de su aspecto, su conducta, su actitud. Y a partir de ellos forma una imagen de aquel hombre como un todo, igual que el Joseph Bell de la vida real había hecho en presencia de un atónito Conan Doyle.
Pero eso no es todo. La observación con «O» mayúscula —la manera en que Holmes utiliza la palabra cuando ofrece a su nuevo compañero una breve historia de su vida a partir de un solo vistazo — supone más que la observación normal (con «o» minúscula). No se trata solo del proceso pasivo de dejar que entren objetos en nuestro campo visual. Se trata de saber qué y cómo observar y dirigir la atención en consecuencia. ¿En qué detalles centramos la atención? ¿Cuáles omitimos? ¿Cómo captamos los detalles en los que elegimos centrarnos? En otras palabras, ¿cómo maximizamos el potencial de nuestro desván del cerebro? Recordemos otro consejo de Holmes: no dejemos que en él entre cualquier cosa; es mejor que esté lo más limpio posible. Todo aquello en lo que decidimos fijar la atención puede acabar en el desván; y no solo eso: su presencia supondrá algún cambio en el paisaje interior que, a su vez, afectará a todo lo que pueda entrar en el futuro. Así pues, debemos elegir con tino.
re a Barbados, su dolencia es elefantiasis, que no es británica sino propia de las Indias Occidentales, y los regimientos escoceses se hallan ahora destinados en aquellas tierras.» ¿Cómo supo distinguir en el porte del paciente los detalles que eran importantes? Esta capacidad era fruto de muchos años de práctica. El doctor Bell había observado a tantos pacientes, había oído tantas historias y había hecho tantos diagnósticos que, en algún momento, esa capacidad se hizo natural, igual que le ocurrió a Holmes. Un Bell joven y sin experiencia no habría hecho gala de esa perspicacia.
Antes de su explicación, Holmes discute con Watson sobre el artículo «El libro de la vida» que Holmes había escrito para un matutino, el mismo artículo al que me he referido antes y que habla de la posibilidad de deducir un Atlántico o un Niágara a partir de una sola gota de agua. Tras este preámbulo acuático, Holmes extrapola el mismo principio a la interacción humana.
Antes de poner sobre el tapete los aspectos morales y psicológicos de más bulto que esta materia suscita, descenderé a resolver algunos problemas elementales. Por ejemplo, cómo apenas divisada una persona cualquiera, resulta hacedero inferir su historia completa, así como su oficio o profesión. Parece un ejercicio pueril, y, sin embargo, afina la capacidad de observación, descubriendo los puntos más importantes y el modo como encontrarles respuesta. Las uñas de un individuo, las mangas de su chaqueta, sus botas, la rodillera de los pantalones, la callosidad de los dedos pulgar e índice, la expresión facial, los puños de su camisa, todos estos detalles, en fin, son prendas personales por donde claramente se revela la profesión del hombre observado. Que semejantes elementos, puestos en junto, no iluminen
de placer, más bien al contrario. ¿Y su porte? Una rigidez poco natural en un brazo que solo se puede deber a una herida.
Trópicos, aspecto demacrado, herida: unámoslo todo como piezas de una imagen más grande, y voilh, Afganistán. Cada observación se hace en el contexto de las demás, no como un elemento aislado, sino como algo que contribuye a un todo integral. Holmes no se limita a observar. Cuando lo hace se plantea las preguntas adecuadas a esas observaciones, las preguntas que le permitirán conjugarlo todo, deducir el océano de la gota de agua. No tenía por qué saber nada de Afganistán en concreto para saber que Watson venía de una guerra; podría haber dicho algo parecido a «por lo que veo, viene usted de un país en guerra». Está claro que no suena tan impresionante, pero la intención es la misma.
En cuanto a la profesión, la categoría médico precede a la de
médico militar, la subcategoría siempre va después de la categoría,
Cuando Holmes y Watson se ven por primera vez, Holmes deduce correctamente y al instante la historia de Watson. Pero ¿y las impresiones de Watson? En primer lugar, sabemos que presta poca atención al hospital cuando entra en él para conocer a Holmes. «Siéndome el terreno familiar —nos dice—, no precisé guía para seguir mi itinerario.»
Cuando entra en el laboratorio ve a Holmes. Y la primera impresión de Watson es de sorpresa cuando Holmes le estrecha la mano «con una fuerza que su aspecto casi desmentía». La segunda impresión también es de sorpresa ante el entusiasmo de Holmes por la reacción química que explica a los recién llegados. La tercera es la primera observación real de un rasgo físico de Holmes: «Eché de ver que [tenía la mano] moteada de parches similares y descolorida por el efecto de ácidos fuertes». Las dos primeras son más preimpresiones que observaciones y están mucho más cerca del juicio instintivo preconsciente del desconocido, como el de Mary Morstan del capítulo anterior. ¿Por qué no iba Holmes a ser fuerte? Parece que Watson se ha precipitado al presuponer que se parecería a un estudiante de medicina, alguien que no suele estar asociado a proezas físicas. ¿Y por qué Holmes no se iba a entusiasmar? Como antes, Watson ya ha proyectado su idea de lo que es interesante y lo que no en un desconocido. La tercera es una observación parecida a las que Holmes ha hecho sobre Watson y que le han llevado a deducir que había servido en Afganistán, aunque Watson solo la hace porque Holmes dirige a ella su atención al ponerse «un pedacito de parche» sobre un pinchazo en un dedo, haciendo un comentario al respecto: «He de andar con tiento — explica—, porque manejo venenos con mucha frecuencia». Al final
Hans Ladenspelder, un grabador, terminó una calcografía que iba a formar parte de una serie de siete: una mujer con el codo apoyado sobre un pilar, los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la mano izquierda. Por detrás de ella, a la altura del brazo, asoma la cabeza de un asno. El título del grabado es Acedía y la serie recibe el nombre de Los siete pecados mortales.
Acedía es sinónimo de pereza. Es la indolencia de la mente que
el diccionario define como «falta de ganas de moverse, de voluntad para trabajar, de ánimo o de impulso». Es lo que los benedictinos llaman «demonio del mediodía», el espíritu del aletargamiento que ha tentado a tantos monjes a pasar las horas sin hacer nada en lugar de dedicarse a la labor espiritual. Hoy podría pasar por trastorno por déficit de atención, tendencia a la distractibilidad, poco azúcar en sangre o cualquier otra etiqueta que elijamos para esta molesta y persistente incapacidad de centrarnos en lo que debemos hacer.
Con independencia de que la consideremos un pecado, una tentación, un hábito mental o una enfermedad, la cuestión es la misma: ¿por qué cuesta tanto prestar atención?
ral, pero con frecuencia lo hace de una manera frustrante. Cada estímulo nuevo, cada nueva exigencia que planteamos a la atención es como si fuera un depredador: «Vaya —dice el cerebro—, quizá preste atención a eso en lugar de aquello», y luego aparece alguna cosa más. Podemos dejar que nuestra mente vague sin cesar, pero el resultado suele ser que prestamos atención a todo y a nada. Y aunque la mente esté hecha para vagar, no lo está para cambiar de actividad a la velocidad que nos exige la vida moderna. La idea era que estuviéramos listos para actuar, pero no con tantas cosas a la vez ni en tan rápida sucesión.
Veamos otra vez cómo presta atención Watson —o no, según el caso— cuando se encuentra por primera vez con Holmes. No es que no vea nada. Observa «toda [clase] de frascos que se alineaban a lo largo de las paredes o yacían desperdigados por el suelo. Aquí y allá aparecían unas mesas bajas y anchas erizadas de retortas, tubos de ensayo y pequeñas lámparas Bunsen con su azul y ondulante lengua de fuego». Muchos detalles, pero nada que tenga importancia para lo que le interesa: elegir un posible compañero de piso.
La atención es un recurso limitado. Prestar atención a una cosa va necesariamente en detrimento de otra. Dejar que todo el equipo científico del laboratorio acapare la mirada impide observar otras cosas importantes sobre el hombre que hay allí. No podemos
pueda.) Por cierto, volver a leer una frase es trampa. Lo mejor es imaginar que cada enunciado desaparece en cuanto se ha leído. ¿Preparado?
Le preocupaba pasar calor y se puso el chal.
Condujo por el camino con baches que bordeaba el mar.
(el policía) responde: «De gente útil, sí». Pero resulta que tenía al criminal justo delante y no lo había visto porque no sabía observar. En lugar de al sospechoso había visto a un borracho y no observó ninguna incongruencia o coincidencia que le hiciera pensar lo contrario porque dedicaba toda su atención a su «verdadera» misión, examinar la escena del crimen.
Este fenómeno recibe el nombre de «ceguera por falta de atención»: el hecho de centrarse en un elemento de una escena hace que desaparezcan los elementos restantes; yo prefiero llamarlo «inatención atenta». Este concepto fue introducido por Ulric Neisser, uno de los fundadores de la psicología cognitiva. Neisser observó que si miraba por el cristal de una ventana en el crepúsculo podía fijarse en el mundo exterior o en el reflejo de su despacho en el cristal. Pero no podía prestar atención a las dos cosas a la vez porque una se imponía a la otra en un fenómeno al que llamó «observación selectiva».
Más adelante, en el laboratorio, observó que los sujetos que veían dos vídeos superpuestos en los que unas personas llevaban a cabo unas actividades muy distintas —por ejemplo, en un vídeo jugaban a cartas y en el otro a baloncesto— podían seguir fácilmente la acción de uno de los dos vídeos, pero pasaban totalmente por alto cualquier cosa sorprendente que ocurriera en el otro. Por ejemplo, si se fijaban en el baloncesto, no veían que los
pío, cuando estamos de mal humor vemos literalmente menos que cuando estamos alegres: la corteza visual recibe menos datos del mundo exterior. Podríamos ver la misma escena en dos ocasiones, una un día en que todo nos ha ido bien y otra en uno de esos días en que todo sale mal, y nos fijaríamos en menos cosas —y el cerebro recibiría menos datos— en el segundo.
El hecho es que si no prestamos atención no podemos ser realmente conscientes. No hay excepciones que valgan. Y sí, puede que la conciencia solo exija una atención mínima, pero el hecho es que la exige. No hay nada que suceda de un modo totalmente automático. No podemos ser conscientes de algo si no le prestamos atención.
Volvamos unos instantes a la tarea de verificación de frases. Neisser diría que nos habremos perdido el crepúsculo por habernos fijado demasiado en el reflejo de la ventana, pero también se ha dado otro efecto: cuanto más esfuerzo hayamos dedicado a pensar, más se nos habrán dilatado las pupilas. La medida en que se dilatan las pupilas de una persona refleja su esfuerzo mental: los accesos que hace a la memoria, su facilidad para realizar la tarea, su ritmo de cálculo y hasta la actividad neuronal del locus coeruleus, que nos dirá si es propensa a continuar o abandonar (el locus coeruleus, un núcleo del tronco del encéfalo que es la única fuente del neurotransmisor noradrenalina en el cerebro, participa en la
El truco consiste en repetir un mismo proceso, en dejar que el cerebro estudie, aprenda y haga con fluidez lo que antes era arduo. Pero ya no me refiero a algo tan poco «natural» como la tarea cognitiva de verificación de frases, sino a algo básico y que hacemos constantemente, sin pensarlo mucho, sin prestarle atención: algo como mirar y pensar.
Según Daniel Kahneman, el sistema Watson —al que él llama sistema 1— es muy difícil de «adiestrar»: le gusta lo que le gusta, confía en lo que confía, y punto. Su solución es hacer que el sistema 2 —el sistema Holmes— se encargue de todo prescindiendo del sistema 1. Por ejemplo, al buscar un candidato para un puesto de trabajo, en lugar de fiarnos de nuestra impresión, una impresión que, como hemos visto, se forma al cabo de unos minutos de haber conocido a alguien, usaremos una lista de características. Y cuando hagamos el diagnóstico de un problema, ya sea un paciente enfermo, un vehículo averiado, un bloqueo de escritor o cualquier otro problema de la vida cotidiana, escribiremos una lista de los pasos que hemos de seguir en lugar de fiarnos de nuestro «instinto». Las listas, las fórmulas y los métodos estructurados son la mejor opción, al menos para Kahneman.
¿Y cuál sería la solución de Holmes? Pues hábito, hábito y más hábito. Y, además, motivación. Hagámonos expertos en las clases de decisiones u observaciones en las que queramos destacar.
reducimos la que se centra en algo dado y con ello reducimos nuestra capacidad de ocuparnos de ese algo de una manera consciente y productiva.
Además, nos agotamos. La atención es un recurso no solo limitado, sino también finito. Podemos apurarla hasta cierto punto antes de que necesite un reset. El psicólogo Roy Baumeister usa la analogía de un músculo para ilustrar el autocontrol, una analogía también muy adecuada para la atención: al igual que un músculo, la capacidad de autocontrol solo da para cierta cantidad de esfuerzo y se acabará fatigando si la usamos demasiado. Un músculo se debe recuperar con glucosa y un rato de descanso (y aunque la energía de Baumeister no es metafórica, una charla de ánimo nunca va mal). De lo contrario, el rendimiento disminuirá. Y sí, el músculo ganará en volumen cuanto más se utilice (el autocontrol o la capacidad de atención mejorarán y podremos ejercitarlos durante más tiempo y en tareas más difíciles), pero ese aumento también tendrá un límite aunque lo elevemos consumiendo anabolizantes (que son al ejercicio lo que las anfetaminas a la atención). Por otro lado, cuando dejemos de hacer ejercicio el músculo volverá a su volumen anterior.