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ACUERDAME DE RECODARTELO

In document Alba negra (página 31-57)

“Es tanta la confusión reinante que ya no se si soy de los nuestros”.

Alvaro Vélez

Más que la pertinaz obsesión de unos coetáneos partisanos o el ilusorio sueño de unos poetas trastornados, como una novia a la vuelta de la esquina estaba esperándonos la tan amada y necesaria y hasta hoy imposible revolución. Dánse las condiciones osábamos decir pero sin impostar la voz el bonito refrán “Una chispa puede incendiar toda la pradera” y dice El Ché que el foco es esa chispa y también lo dijo el chino Sun-Tzú hace miles de años cuando se vio obligado a elegir entre Este o Este e inventó el famoso “Distrae a Este y Ataca a Oeste” pues como sabemos la guerra se hizo para defendernos y derrotar al enemigo, y decíamos decíamos esta década de los sesenta se extenderá por el planeta como una tea libertaria y la revolución ya está aquí muchachos también decíamos, veíamos esa realidad. Con Nasser nace una luna llena para los árabes; en Africa merodean como marabuntas las negras legiones de los Mau-Mau: ahí está Kenyatta y Lumumba y Mandela y Sengkor y ¿Qué me dicen de “los valientes anamitas” qué llamó Martí? y en Indochina Von-Giap y Ho-Chi-Min les están sacudiendo la bufanda a los franceses y la China de Mao ha crecido tanto que ya parece una naranja californiana: Sun-Kist que llaman, compañero, Eso sí: Con una condición: Mientras ellos, incluyendo a los asiáticos apenas están pasando de un feudalismo milenario... ¡Cállate! Sí: dejémonos de teorías y vamos al grano.

-“¿Quiénes somos nosotros, entonces? Nosotros somos el joyoso hombre nuevo que acaba de botar la cola según Chardin nos dicen pero no. ¡Nosotros somos unos rastacueros, eso somos! ¡Somos los hijos pródigos y ya en desuso de don Martín del Corral y de su elocuente cuento titulado “Que pase el aserrador” decíamos mas que un cuento eso es un prontuario que resume como virtudes todos los defectos que si sales de Antioquia los demás seres humanos conocen como

delitos. Porque si además de brillantes y emancipados los paisas no fuéramos unos rastacueros ya le tendríamos ojeriza a Míster Herbert. ¿Cuál Míester Herbert? Míster Herbert Geithner, el tahúr alemán dueño del Bar Metropol: Este garito que nosotros, poetas, hemos llegado a amar como una madre. Tan racista el Herbert tan nibelungo y tan nazi pero tan querido, gandules”.

”El Metropol”, mas que un bar o un ruidoso salón de billares, más que un café, Edith Piaff o una academia de ajedrez que terminaba allá al fondo cerca de los orinales en una garito remiso, era para Navarro “El abrevadero de las almas perdidas”, pero para mi “El Metropol” sigue siendo aquel enorme hangar que no ocupo en la memoria y allá, al fondo del gran hangar el vibrátil vitral transparentado un intenso paisaje diurno cuya luminosidad amanecida aquella cuando, entre el húmedo y el tufo, decidimos hacer nosotros también nuestra revolucioncita pero en serio, nos dijimos y juramos con tal vehemencia y espumosas cervezas que nuestra irreductible promesa de ”¡Patria o Muerte!” acalló los tastases de los billares pero se enardeció el silencio de los ajedrecistas con la severidad de nuestra disparatada aventura.

-Traigan armas e instrumentos útiles como brújulas y poleas u objetos valiosos como sabonetas de oro con leontina, azafates de diamantes. Porque para hacer la revolución si que se necesita plata, muchachos, mucha plata, dijo Sócrates.

¿De que se ríe? Eso de llamarse Sócrates es un infortunio tan greco-quimbaya como decirle: “Esta es Colombia, Pablo”, un país donde los perros solo pueden tener dos nombres : Nerón y Trotzky; sin otra explicación el podía llamarse Sócrates porque, desde el principio, hacer la revolución aquí es la alegría más lúgubre del globo o pregúntales al peruano Heraud y otras minucias: Dalton, Otto René, Fabrizio y en fin porque en América Latina estamos y si usted se sigue riendo le tallará la risa porque además de ser nuestro Comandante en Jefe, este griego de aquí, Sócrates, aportó la Mackaroff, sí: Su enorme pistola rusa suena pero no pega; única arma del grupo si excluimos a Sócrates, también experto en artes marciales asiáticas y en el cultivo del chocolate o teobroma, y en casa de Sócrates nos encontramos al otro día para partir de ahí.

¿Qué quien llevó a la Bardott? Ni idea. Sobre la cama de Sócrates, al lado de la Mackaroff, se oxidaban los senos de la BB en un afiche y habían piolas y manilas esparcidas; dos o tres cuchillos

de monte con cachas de ciervo como un recuerdo de Sir Robert Lord Baden Powell of Gildwell; ese inglés de sombrero de fieltro a cuatro pedradas se inventó a los Boy Scouts para combatir con zapadores a los Boers y a Siddharta. Vi que de dos había una brújula británica en buen estado y garrochas, marmitas y baterías de cocina, platos, cubiertos, servilletas de sobra; cobijas; una multicolor carpa intacta, como de circo, muy delatora; el frasco de colapiscis para el sombrero de Baden Baden, pensé; suero antiofídico, seda dental, aspirinas, akaseltzers, citrinetta para el tsé-tsé, un diminuto ajedrez magnético; bicarbonato, anfetaminas, barbitúricos, yerbabuena, las obras completas de Camus, Vallejo, César, Kafka y Tolstoievsky, dos Jack London, un San Juan de La Cruz de relojera; poco, muy poco dinero, y sólo un arma: La fiel rusa negra de Sócrates.

Sobre la colcha de retazos todo eso yacía (o chillaba) sobre la colcha en un alborotado matalotaje no carente del orden que digamos tiene un rompecabezas sin estrenar. ¿Podemos cambiar el trato? El usted es distante y creo que nos conocemos ha rato y confiesote que al ver esa como cuasi-excursión sobre la cama me asaltó el escepticismo y con él la certeza de la derrota, el típico síndrome del falluto. Porque, más que el equipo de combate de un pionero grupo guerrillero aquel alijo parecía un esquizoide mural donde nos desdoblábamos vidas e historias: el estúpido equipaje de excursionistas al páramo.

Pero éramos inmortales y todos teníamos absoluta fe en el triunfo, dijo alguien. ¿Acaso Jesucristo y Fidel no empezaron las suyas con doce? Y Don Quijote fue capaz de hacerlo con uno y un rocín. Sin pecar de optimista, creo que superábamos en número el Dueto de Antaño que eran tres y también a los tres que fueron cuatro mosqueteros; mas que los Siete Sabios de Sión éramos pues nuestra columna tenía casi el poder de fuego de un equipo de fútbol, mas el grupo que se nos uniría en Cartagena. Por lo tanto no había razones para desistir ahora a la hora, de nona. ¡Confianza en el anteojo, no en el ojo-, muchachos, coreamos.

Y pusimos los ojos y los binóculos en la Sierra Nevada no sé si porque nos hacía agua la boca su seca sattiva o por la proximidad casi palpable del mar y del sol y de las cumbres, o quizá por aquello de que moran allá los Arhuacos con sus poporos y sus nácares y su orgullo insostenible fue o simplemente así es porque ni nos sentíamos ni éramos del Caribe o de los Andes ¡Qué tal! Pero si

bien románticos en el buen sentido de la palabra somos los últimos románticos hombre en Holderlin fuimos, nunca en Los Panchos, qué tal.

Para abrir el frente, para que la libertad llegara al poder, nuestras vías no podían ser más expeditas y claras que las que nos ofrecía el Comandante Sócrates y su fiel rusa negra. Traqueteando con el bus rumbo al norte también son parte de la columna tres poetas jóvenes y brillantes con ron y marihuanita pero pecadores existencialistas sartrianos según sus padres; náufragos en los tremedales de la droga para sus enemigos salmuera, o sosos místicos locattos de creérles a los blandos nenúfares que en sus almas flotan hemos y a las fotografías de unas novias hermosísimas vueltas un zurullo aleve en el fondo de los morrales y, aquí entre nos, ocultas bajo el blazer y los pantalones de flannel, grises, tan típicos de mi su cocacolo que despúés de abandonarla ha llegado al descaro de esconder sus fotografías como un pecado inconfesale. Pero no podía darte explicaciones cuando a nuestra gloriosa columna de inmortales la esperaba un destino glorioso. Tú comprendes cómo es ella, la gloria, vidita, de exigente le dije y en un tono más melodramático agregué la poética es una porquería y debo pensar en utopías más profundas, mi amor. Mirá que hasta Rimbaud tuvo que dejarla porque el muy egoísta quería matarse vivo y sin ayuda. ¿Y qué me dices de Maiakovsky?-, les digo que te dije él prefirió volarse la tapa de los sesos porque después de hacer la revolución ¿con qué se sigue? ¿Qué hay detrás de la libertad? Tal vez otro vacío, mi amor, pero espérame: Yo te traeré ese vacío- ¡No! Entonces el único consuelo de la poética es seguir sabiendo que la camisa con la que se ahorcó Sergei Essenin en la Pensión Inglaterra, se transformó en un chal para ejecutar una venganza común porque el pobre poeta del campo no se resignó a aceptar la perdida de la perdida Isadora ni aún después de muerto, adiós, y le colgué, muchachos. Sin embargo, por ella, mi corazón sigue girando como un trompo en llamas. ¿Se toman un trago, Daríos? Brindemos por ellas aunque mal paguen, muchachos; digo yo.

Son tres Daríos que no los poseían entre Persia y Nicaragua, rumbo al frente.

Darío el poeta de la apenada puma enjaulada eran en él bruno el uno por el dolor y rubio el otro, el narciso por convicción si se piensa en sus poemas de pelotas de ping-pong y letras amarillas donde el golf y el mamey me endurecen pero saborear el mamey y a secas me produce un

remordimiento de este color, muchachos-, y abre los brazos para mostrar el color del remordimiento que se siente en dénme mameyes agrega y fuma el poeta Darío como Jean Paul Belmondo fumó en Sin Aliento y con sus duros dientes de depredador muerde con tal fuerza el cigarrillo que el filtro sangra y nos salpica y humea por su puma y por mis diazepanes y por todo esto muchachos porque cuando uno se muere lo único que deja son todas las cosas e insiste en urdir un nudo As de Guía con el último lazo de fique que nos queda porque ya empezó la invasión de las sogas de plástico y en tus bragas asoman el Nylon, la Lycra, mi Puma y adiós porque llegó Michaux muchachos.

Como el poeta también odia el nylon su tocayo Darío, el orfebre más, aún, si digo odio al nylon me quedo corto porque en realidad este orfebre fiorentino y fino detesta todo lo sintético y sostiene a pie juntillas que mediante la alquimia ha obtenido el oro mediante la alquimia dice pero no se le ocurrió, nunca se le ocurrió, recuerdan, fabricar oro en ese momento cuando lo delataban sus temblonas manos de Benvenutto, su cabeza de chorlito y su corazón de león mientras trepidábamos intrépidos entre la polvareda rumbo a la guerra descubrí en esos dedos algo que no es cobardía ni falta de agallas nos dice, nos los muestra, aunque sus dedos son muchos más duchos si lapidan una gema muzuana, balandronean a la cera perdida sus pectorales primitivos, dice, más hermoso aquel set de cáliz, copón, báculo y sagrario que me encargaron Los Carmelitas chicanea y ¿Esos dedos me digo-, tendrán esos dedos los hígados que se necesitan para apretar el gatillo de una ametralladora? y sin darme cuenta y quién sabe desde hacía cuánto rato me sorprendí escrutándome los míos y luego el pulgar, el meñique de Javier, el más joven de los poes.

Traducido literalmente, Javier parece más dramático y melancólico, que quién dijéramos por sus poros flameaban el fuego de Prometeo y las alas de Icaro adheridas a su magro cuerpo con cera virgen. Sin ir muy lejos, Javier es el poe que más deja de todos-, reíamos. Al abandono de su novia y de la precoz poética que lo alumbra, sus mozas, se le suma una mesiánica intención de morir tan marcada como el poker de Vladimiro en la frente.

El último de nuestros Daríos era el símbolo visible de nuestra lucha: Darío, el obrero, ese si que deja dijimos de ti: Deja el mal pago yugo de su turno en la fábrica; a Fabiola con siete meses de embarazo deja y sin un plato de comida que darle a Fabiolita también deja y el obrero piensa en su

amada y le casteñetean los dientes como si se nos muriera de frío y aquí en Cartagena se le yelan las lágrimas con su Fabiola favela arrimada o arrumada estará ahí sin ser como un escaparate inútil me la tendrán preñada, gestando sus nana, su otra cebollas estará.

Firme está Jaime. Mi tocayo, suponemos, utiliza un nombre falso pero Jaime o no él es un bandido grueso y alto; bandidos no escasos hoy: Buen tirador y hombre de ley entre el hampa y el lumpen bien curtido en atarvanadas. Si negros como la noche le restallaban los ojos tampoco nos gustó nunca su siniestra sonrisa por blanca que fuera. Dicho en otras palabras, Jaime era todo un soberano hijuetántas pero era nuestro hijuepta ¿O no, Mr Teodoro el del I took...?

El otro valiente soy yo. ¡Bienvenidos a la cena! ¿Recuerdan que decíamos ayer yo había roto la foto de mi novia y...¡

-Ni un trago más-, ordenó Sócrates. Estamos llegando a Cartagena y tengo dos cosas que decirles: La primera es que, en todo el país, no se pudo conseguir ni un solo proyectil para la Mackaroff; por lo tanto tendremos que hacer la revolución con una sola bala y la segunda es que por favor no sigan bebiendo así porque no quiero que José, Javier y Jorge Rojas Herazo nos vean el forro de borrachines desde el comienzo. ¡Poetas! Solamente yo y tal vez Dios creé en ustedes.

Pero fueron Los Trillizos los que pelaron el cobre porque ni siquiera nos esperaban al llegar. Este incumplimiento me obligó a pensar mientras los perseguían que claro que Cartagena huele a mar y a ojo tapado, a mar del puro. Cómo que no me lo huelo no digan eso muchachos si después de que casi rojos nos dejara la ira nos convertimos en un verdadero comando para buscarlos durante tres días, inútil caza: los trillizos habíanse hecho humo entre la murallas y Las Casas antes de que iniciáramos la guerra. Mas el cazurro del Sócrates ya se había olido la primera traición. ¿Y si los Trillizos Herazo son espías?-, preguntó sin enunciar cómo íbamos a atrapar a los trillizos con una bala pero terminábamos cambiando de hotel para evitar sorpresas y ahora andábamos como alma en pena casi sin fondos e inermes pero en el clandestinaje y semihambrientos y ni siquiera los suculentos Bikinis diminutos, justos o la posibilidad de una salobre aventura amorosa allende la impenetrable Mar Caribe donde pululan los fantasmas de piratas, de patriotas y de petimetres nos

conmovía nada nos conmovía ni el Mirá Mirá qué caderas las de esas caderas y allá esa como irlandesa pelirroja del helado de frambuesa bañado en leche agria y ni el ahí va la tetona mulata encandongada y ve que negras de grito abierto ¡Cóco Frecco!, el yo ya atalayé a la turgente francesa de los omelettes pero nada, nada ni nadie podía arrancarnos del alma la certeza de nuestra derrota. ¿Por qué? El hombre es una pasión inútil y la literatura es la elección del fracaso qué más dá.

Con ante nos el prohibido mapa de la Sierra Nevada que yo mismo había comprado por ventanilla en el Instituto Agustín Codazzi escrutamos las cotas a la inglesa, nos escapamos de sus vertientes paramunas y husmeamos en un manual su vegetación casi compuesta a punta de cactos y frailejones antes de aventurarnos a recorrer con la mente sus caminos inescrutables con tanta propiedad que, hablando con franqueza, el conocimiento que llegamos a tener de la Sierra nos hubiera llevado de la mano al descubrimiento de Ciudad Perdida en mil novecientos sesenta y uno. ¿O fue en el sesenta y dos, hombre tocayo? Sentíamos un hálito maldito ante el mapa y flotaba como si todos los gatos negros del mundo hubieran cruzado para mala pata las calles del alma, nuestra alma que más que un optimista columna guerrillera parecíamos un derrumbado octeto para cañones sin pólvora. Apenas si alzábamos la copa para apurar un “Suffering-Bastardo” o para echarle furtivas miraditas a la fiel rusa negra de Sócrates induciéndonos al suicidio desde su mesita de hotel con baño colectivo pero sólo había una única bala en la recámara de la Mackaroff y éramos ocho como ahora; once porque entonces también contábamos a los trillizos.

-Aterricemos- dijo Sócrates. ¿Cuánto dinero nos queda?

-Trescientos pesos-, contestó Darío el obrero que fungía de tesorero. ¿Tesorero, yo? Nó, mijo: Primer Banco Estatal de la Revolución. Ya verán como estamparé mi firma en los billetes de la libertad. “Persa” y rúbrica. ¿O acaso Guevara no se firma “Ché”?

A ratos fue nuestra risa el disuasor, nuestra manera de silbar en la noche para espantar los fantasmas que nos acosaban como a Sábato decíamos pero de noche para esquivar los guiños melifluos, seductores, llamándonos desde la mesita, sí o nó.

-Ya que no podemos jugar a la ruleta rusa con la negra, nos jugaremos ese dinero a la ruleta en el Casino, dijo Sócrates.

-Y nombramos la comisión de tahúres, dices tú.

-Con doscientos pesos, porque dejamos los otros cien pesos para que ustedes se los bebieran en el hotel.

-“Suffering- Bastard”-, dices.

-Y “Bloody Mary” tomé yo, recuerdo-, evoca el aquí.

Una comisión de dos, únicamente dos de nosotros podían jugar en el Casino. Sin uniforme y sin armas o mejor dicho con ellos aquí adentro, en el alma, pero con un platal para despilfarrar pensábamos todos creo cuando por un feliz golpe de suerte dejé de ser un poeta y me transformé en uno de los dos afortunados individuos que participaría en el operativo del Casino: La Ropa.

-Petimetres desaforados-, grita aquel con envidia.

-Cocacolos bien vestidos.

Para entrar al Casino, el comando debía vestir con elegancia como digamos Omar Shariff y todos los integrantes de la columna modelábamos pinta de Sport un poco montaraz y friolenta para el Caribe: Blue-Jens (pero que sean Levis’s- gritamos); camisa estilo Leñador canadiense, par de pieles rojas mocasines hechos a mano por los Black-Foot y las obvias medias de rombos amén de las opacas gafas Ray-Ban. En todo este guardarropa ninguna prenda resistiría el aguafuerte de la elegancia, tampoco el ajetreo de la guerra, tal vez los blue.jeans, digamos, pero todo los demás se diluiría en humedades menos las botas, claro: las puntiagudas botas tejanas de media caña; tan tejanas como los anzuelos y hasta las carnadas especiales para pescar trucha o salmón río arriba

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