ALBA NEGRA
1JAIME ESPINEL
1
“... Todo el territorio está tan cruzado
de estas montañas que los que no
tienen fuerzas suficientes para viajar
a pie, o que no quieren ir sobre los
hombros de los indios, tienen que
quedarse toda la vida dentro de
sus límites... La capital de esta
provincia es Santa Fe de Antioquia,
en el 6°48’ de latitud septentrional y
en el 74°36’ de longitud Occidental;
pero a causa de su situación
dentro del país se sabe tan poco
de ella que es imposible dar
ninguna descripción exacta”.
Así describe a Antioquia el exiliado
FRANCISCO ANTONIO ZEA en su
obra COLOMBIA, publicada en
Londres en 1822. La muerte de Zea
en el extranjero no demuestra el
improbable espíritu trotamundos que
se atribuye a sus paisanos. Parece
más acertado pensar que, a estas
remotas montañas, era imposible
volver, porque Zea sabía la dirección
y contaba con cartógrafos, sextantes,
BOLERO DEL LADRON ROBADO
De todos los boleros
ninguno se te somete tanto
como éste que hoy como ayer te planto
lo coloco a tus pies, cantando y muriendo.
Feeling: Rubatto encanto
trunco canto en tu dado
mueres si muere el bardo
tu ladrón fue robado, robado.
Inscrita está en mis muslos
tu licencia abisal:
luz de tu ardor oscuro:
amar para matar.
Chicuca. Añicos. Pedacitos. Colador. Así lo dejaron, hermano: Vuelto añicos y usted no se
merecía esto. Se le notaban al camaján, se le veía el esfuerzo que tenía que hacer para encontrar
las palabras y hablarme en un lenguaje que yo llamaría en él dediparado, un fatal engreimiento que
de un momento a otro deja ver el cobre, muestra tu latín de latón. Me imaginé que al decirme lo que
me estaba diciendo, yo era para él lo mismo que él era para mí: un perfecto desconocido de interior
débil e inexistente. Como si el hombre, al mirar dentro de la coraza inexpugnable que era mi
armadura de lino blanco, se hubiera encontrado de manos a boca con una tomadura de pelo al ver
mi armadura vacía y hueca e inútil porque hacia rato que dentro de mí no habitaba nadie. Todo
había desaparecido. El papirotazo de unos dientes tan blancos como una peineta de marfil de oreja
a oreja, había borrado mi carnadura de la faz de la tierra con su mordisco. ¡Qué deflagre!
Y es que, muy temprano en la mañana e impelido por este bombo rugidor que todavía me
galopa en el pecho porque hoy hace cuatro años te conocí, mi amor, me vestí mejor que nunca para
curtir y con los faldones hacia afuera me puse y el saco muy blanco de lino también, y los pantalones
tan de lino y tan blancos como la chaqueta y con todo así yo casi tan blanco como la chaqueta y con
todo así todo yo casi tan blanco como mi alma, me senté a esperarla bruñendo mis zapatos hasta
dejarlos convertidos en un par de pavonados revólveres negros que destellarían al menor golpe de
las luces y, en el dije del recuerdo, puse las letras de las canciones que cantaría esta noche tan
especial para decirle sin reversa que desde hacia cuatro años la amaba con el extraño dolor y la
morada tristeza que produce el amar a una mujer casada, a una señora bonita y Snob con
mayúsculas como el torcido cuello de los cisnes y ¿eh? y de los poetas y en el punto preciso del
aburrimiento para ponerla a pulsar mano a mano contra la que le sacaran de todas. Por eso, como
una corona de cultura y respeto, de gratitud y de dignidad, de historia real e invención de los hechos,
de virilidad y de respeto intensos por este mi oficio de cantante de boleros, me toqué con un blanco
sombrero aguadeño trepanado por una negra cinta negra a dos pedradas. Ni siquiera de espinas mi
corona fue. Tan contemporánea como yo y encarnada lívida en ese aguadeño, la mía iba a ser una
corona de amante alambre de púas para mí, esta noche. Las rosadas letras de “El Bardo”, tal vez el
más bello de todos los boleros, y “El Ladrón”, el más erizador, no serían rosadas esta noche o no lo
fueron porque...
-Estás preciosa, mi joya, preciosa estás-, le dije con mi rito al besarla.
De negro. Venía matando el luto con un largo collar de perlas que le llegaba hasta la cintura
partiéndola en dos de un tajo blanco sobre su negro traje. Maquillada y magnífica, conspicua, tenía
la extraña y grave elegancia de quien se dirige a un funeral. Dekó. Greta Garbo. La Bella. La
misma de la foto de Sheriddan esa Garbo que como a ti todas las noches que quise tenerte tuve en
casa, pero que nunca llegarías a desayunar conmigo, en la cama ni en la oscuridad de un
cinematógrafo, siquiera, sino como la tercera pata de una freudiana silla vienesa en una antigua
cantera rota. Pero por fortuna tu pelo está cada día más largo, más paje, menos ario y agrio tu perfil
es. Crece tu pelo para nosotros; para el pacto secreto, ritual, inviolable, de los amantes; crece tu
pelo. Beatrice entrevista navegando entre una nube de zancudos muy Cauca abajo en un a chalupa
y nunca en ese tercer escalón de mármol que por su blancura puso al Dante de poniente y de paso
un poquito más pajecito. La risa. Stacatto. La palabra inventada no para sostener un diálogo sino
para manifestar un desacuerdo.
-Hoy cumplimos cuatro años de amarnos y tenés una cara...
-No te traigo buenas noticias.
El Grill. Esta gran catedral se convertirá en un desaguadero, irá a ser sobre este brindis
nuestro.
-¡Salud! ¿Qué pasa?
-¡Salud! Esto se acabó. Soy una mujer casada y tengo familia: hice una tregua con mi esposo.
Me lo dijo sonriéndome con crudeza, casi con crueldad. La miré y no pude imaginármela otra
vez metida a Greta Garbo. Pero por primera vez en cuatro años de estar en ella, me hizo sentir
como un ladrón que hubiera entrado por su ventana para robarle lo que te dije, robarle qué a una
foto fija, robarle qué al robo, quitarle qué al ladrón: Su pobre, su perdida felicidad de señora
enjaulada en ella misma para que ella no se pierda a sí misma en las búsquedas o al menos para
que cuando llegue a perderse, se encuentre. Y yo no soy un ladrón. Soy un cantante. Un artista.
Un varón más decente que todos. Y eso me dolió porque yo soy todos los varones. Y segundo:
Que después de cuatro años de estar conmigo, adherida a mi como una lapa, una sanguijuela,
después de cuatro años a ti no te haya pasado nada, es como si nada te hubiera tocado: Vasija sin
paredes. Volverás a tu “hogar” y a tus Jaquecas, juá, juá y al placer placer placer y mil Jesuses con
silicios en tu jaula de oro. Al alcoholismo de un esposo al que no amas y rechazas pero que siempre
estará esperándote como un elegante niño sin juguete y aguardiente y entre la copa tú, jugándosela,
pero ahí estará cuando regreses porque de esa jaula te escaparás muy furtivita como San Juan de
la Cruz en las noches para buscar tu hambre de mí en otros hombres. En blanco y negro, el pelo a
como yo te he amado, y en cambio otras sí me amaran como me amabas tú cuando decidiste
dejarte crecer el pelo para mí. Cardenala Florentina, agria aria en la sopa de judías. Siempre
dijimos que entre nosotros no se repetiría la perdida historia del amor perdido sino que
demostraríamos con la fusión hermosa de un amor imposible, la digna reverberación de nuestra
pasión adúltera: la purificación por el pecado, eso llegamos a ser: el hueco de una ruana galáctica; el
agua y el aceite: Ni sintigo, Ni con mí. Y el tajo. Mi cabeza puesta en una bandeja como trofeo de
un pacto negrísimo. ¿A quién le eres leal, tú? Porque rojos con la sangre invisible de mi dolor de
amor se mancharían mi traje y el blanco lino moruno de mi canto y tal vez hasta mis fusas quedarían
impregnadas con el dulce almizcle de la muerte: ese olor metálico que tienen las azucenas y el vuelo
de los moscardones.
Es como haber sido sin ser. Samsara. Un Samsara. Reconocer con el ramalazo de la mirada
ese remoto lugar desconocido que sin saberse por qué llevas registrado en la memoria, como tu
mirada revista ahora y nunca antes vista por estos tus ojos verdes porque tú sabes que nunca jamás
volverás a verlos sobre ti. Extraña paisana. Forastera paisana. Alien dentro de mi corazón.
Second Class Citizen yo bajo tu mirada y entre tus palabras y entre tus dientes y entre tu cuerpo
anudado a mí, tu epidermis y tus profundidades abisales delitos, y entre el ritmo punzante de tus
pestañas, de tus gemidos y de repente: Esa mosca en la sopa, un cuerpo extraño. Un cuerpo en
suspensión interponiéndose entre ella y yo como una vidriera. Ella sí. Tal vez su marido lo esté.
Pero de todas maneras yo no estoy en ese juego. Mesa vienesa en la que ella juega a ser la pata
más importante de las tres, pierde tercera pata más importante de las tres, pierde tercera pata y
mesa siempre cae. Y ese melodrama interior que oprime por igual a todas las burguesas
obligándolas a ponerle al dolor un libro en la cabeza para que camine derecho, se contenga, mienta
con la hipocresía glamorosa de una buena Greta Garbo. Ese largo collar de perlas que saltó de la
foto despedazado por la bofetada y el magnesio y tu perfil y el triste y gris relumbrón de las perlas de
mal agüero que perla a perla esas perlas rodaron sobre el asfalto mojado por la lluvia de la
madrugada hasta quedarse inmóviles, una a una, como brillantes lágrimas entre charquitos de
fango. Quietas ahí, las perlas, quietas pero rasgando con su blancura el negro intenso de tu noche.
Quieta las perlas en ese yo soy siempre el que soy y tú nunca la que eres porque las mujeres son
dentro, con sus mangueras. Esa Greta Garbo y su corte de pelo a la húsar. Dekó. Andrógino
símbolo sexual de unos imbéciles que se llamaban así mismo hombres; medio dañado símbolo
como lo grita Garbo que Greta no calcina a los hombres sino que con ellos hace pámpanos y
témpanos que coloca al lado de la chimenea, sobre una alfombra húmeda y podrida con tanta agua
de hombres diluidos, derretidos por ella, aunque mal: Págueme. Ese alterego denunciante, entre
andrógino y transvestista huyéndole a Fellini; Aspasia, podés ser Viuda Negra o lo que querás pero
Victoria Regia sí no te dejo ser, ¡las Guevas! Sí y no, Blanco y Negro. Es Tendal. Blanco es, gallina
lo pone. Walkiria de entreguerra. Pérdida y posibilidad. Herido pasado no ocurrido. Oscura luna
enlutada ¡Heil Hitler! Tan opuesta al blanco sol de mis linos del trópico. Si existo en tus perlas es
porque tú eres la negra cinta de mi sombrero. Mi piel en el desolladero. En la banda transportadora
mi cuerpo abierto en canal. Y ese eterno sostenerse durante días con todas sus noches en un
instante fingido: Confía en mí, Te amo. Espérame dos meses. Compréndeme. Te adoro.
Samsara. Tener y no tener modales para manifestar ser ambas cosas y ninguna. Mintiéndome con
la más desconcertante claridad y la más displicente tristeza: “Voy a pensarlo” mientras se madura y
se racionaliza el adiós, mientras me acomodo para despedirme de él, mientras lo estímulo hasta que
llegue el momento para decirle Good Bye desde arriba, sin que me duela y sin que me importe un
pepino si a él le duele y se queja, y para que desde esta casa desde la que sin irme me fui, la
sinceridad del cantante se te transforme en aventura. Ese pelo a lo Greta Garbo no me gusta-, le
dije. A mi marido le gusta así. Pues a tu hombre, que soy yo, no le gusta así a la húsar sino un
poquito más largo, a la paje. Se hace más florentino tu rostro. Le quita esa aria dureza. Y
empezaste a dejarte crecer el pelo. A ser la que tú querías serme. Y hacíamos cuentas en los
centímetros que cada mes crecía tu pelo: ese mantón negro y brillante que arropaba tus pálidas y
estrechas mejillas, para averiguar cuántos meses y días y horas sin hurras para estar juntos, vivir del
todo juntos, nos faltaban. Lento el crecimiento. Loca y hermosa la espera que sólo iba a ser una
demora. Y mientras más crecía tu pelo, menos Greta Garbo eras. Menos señora. Menos casada.
Más mujer y más tú sin perder tu ignota dignidad mientras progresivamente perdías ese aire de flaca
señora aburrida, de travesti contra una reja nocturna. Así te llevé a los bares de Manrique, del Club
Unión al Bar Gardel. Fue Envigado y esa carreterita oscura en Otraparte, donde nos echamos un
quicky y en honor al Viejito González Ochoa, tu pariente. Robledo. El Carlosé. Los Mangos. Pieles
gastado ahí, atrapado ahí, dila y lapidado ahí en el limitado espacio de un pueblucho sin fronteras
envueltos en sus odios de mitras, metras y coca en medio de un remolino atifonado donde todo lo
que nos rodea festeja a la muerte. Pero vení yo te muestro la casa que descubrí, de Longas. Mirá
esta ventana. Esta casa la construyó Nel, el del Palacio. Escuchá esta canción. Oí lo que dice
Muñiz. ¿Qué ves en este cuadro? Mirá el libro que publiqué. Es pa’vos. Chicaniá con tu cantante,
ofendé con tu cuentista. Opón tu orgullo al rumor, tu talante al chisme. Hagámos esto. Hagámos
aquello. Hagámoslo todo. Juntos. Y de un momento a otro tuve la sensación de que me mentías y
de que en lugar de crecérsele la nariz era tu pelo el que crecía. Y hoy, celebrando estos cuatro
largos años de espera y demora me sales con que la cosa ya no va más entre nosotros, que pitití,
que pititá.
-Venga a cantar, hermano. ¡Está triste? ¿Le pegó otra patada a la vida? ¿A semejante piedra?
Venga a cantar, hermano. Porque si está triste, usted va a cantar hoy mejor que nunca, me dijo el
director de la orquesta, por variar.
Cuando canté “Sur” sentí que las enormes y muertas manos de “El Caballo” Rivero eran mías
ahora. Y cuando canté los dos boleros que le dije, estaban Fernando Albuerne y yucho Gatica
fundidos en mí y en mi voz. Bajo la luz cenital que golpeaba mi sombrero enteneblando por
completo mi cara, negro y blanco el sombrero, y yo ahora cantando en la plenitud de mi dolor
poderoso la veía allá, enlutada, un mapa de Suramérica en la penumbra, sentada a la misma mesa
donde todavía estaba mi copa, coqueteando con un desconocido. Cinco minutos después de
haberme dicho Good Bye desde arriba y ya está con otro y yo aquí desgañitándome por dentro, tan
cantante y tan duro de lo puro derecho que he sido, cantando mejor que nunca porque lo único que
puede expresar con exactitud la fealdad del dolor y aplacarlo, es el canto. Un dolor que por nuestra
perdida pasión de amor nos hacia los únicos ajenos al inmediato peligro de ahogarnos. El Canto.
Mi canto que no se detiene y ¡Buena esa! , ¡Bravo! Hasta que un brassier pequeñísimo que me
arrojó una Lolita fanática, me tapó los ojos para hacerme ver la hermosa realidad: Había cantado
mejor que nunca. El dolor había vuelto a embellecer y a hacer más novedoso mi gastado y escaso
repertorio, mi casi cascada y cataratuda Voz del Niágara. Entonces decidí no volver nunca más a
alargado corazón de plástico cuyo derretimiento se hubiera detenido a medio camino, y me dispuse
a sentarme con los muchachos de la orquesta. Aquí me voy a quedar detrás de esta botella y
cuando todo el mundo se haya ido haremos música para nosotros, muchachos; yo pago los tragos.
Pero los muchachos no de habían puesto de pies todavía cuando llegó este desconocido que es
usted y con quien converso ahora, hermano, y les dijo:
_Acompáñenme “El Ladrón”. Yo la puedo cantar.
Me senté solo y de repente esa voz fue llenando de belleza todo el recinto. Yo, el mejor por lo
antiguo y lo clásico y lo renovador y lo osado que soy para cantar el bolero, jamás en mi vida había
oído cantar “El Ladrón” con mayor delicadeza y pasión a la vez. Los glissandos, los trémolos, el
rubatto, una voz rompiendo como un bisturí nuestro azul y tropical corazón de letra ridícula para
bailar en una baldosa vientre a vientre, sintiendo tu cuerpo moverse con esa quietud de las pinturas
egipcias que tienen el bolero, las maracas y su vil insistencia en la constante porque ellas son los
dos corazones de la orquesta, su brassier. Esos silencios suyos cargados de una sonoridad
suspendida en el aire, traídos de los cabellos a mis oídos como una buena noticia, una única alegría,
inútil alegría, la perenne felicidad que espumea en el Mar Caribe cuando golpea en los acantilados.
Cantaba tan bello usted, hermano, que decidí darme vuelta para verlo porque en mi tristeza yo
estaba dándole la espalda solamente al mapa de Suramérica sino al escenario donde usted cantaba.
Entonces lo vi y comprendí de inmediato que usted conoce el secreto que conocemos los grandes
cantantes: La canción es una sola e indivisible de principio a fin, mutable e inmutable porque siendo
siempre la misma tu voz siempre tendrá que hacerla diferente, distinta. Porque con voz o sin ella,
con instrumentos musicales o no, con o sin silencios es una sola la canción y está dentro de uno
como un pacto melodioso pacto. Es el alma, es el “Feeling”, es la palpitación. Palmera contra el
cielo azul. Corazón y reloj. Así lo vi en Janis Joplin, en Benny Moré, en Edmundo Rivero., Belafonte
o Makeba, Lead Belly, Otis Reeding, Muñiz. Por eso y desde mi aguadeño pude amar a Greta
Garbo hasta convertirla en una alemana embarberada, un enlutado mapa de Suramérica en la
penumbra, falsa hechura de un corazón de plástico que no puede derretirse en mí porque yo no lo
poseo. Y por eso cuando lo vi allá, cantando, quedé atenazado por una imagen flagrante: usted
saltando de rito en rito: eso es como andar trotando de la misa a la moza, desnudo. ¿No me ve los
zapatos a mi? Hora y media me gasté en cada uno bru-ñén-do-los. ¿Y no ve mi ropa, hermano?
Claro que está manchado de sangre, el blanco lino del cantante triste que soy. ¿Y el sombrero?
¿Cómo le parece el aguadeño que me corona como Rey del Dolor, Rey de La Sangre Invisible y Rey
del Cruel Canto? Invierta el dolor y el color de las perlas: Hágalas negras y tendrá la negra cinta de
mi aguadeño partiéndola como si fuera un blanco coco mi canosa cabeza. Pero yo no canto sino
que oficio mi rito. Tómese un trago y dígame:
-¿Por qué canta usted de tenis?
-Pues hombre: Canto de tennis porque yo no soy un cantante. Yo lo que soy es ladrón.
Sentí el temblor del ridículo haciéndome así por dentro y miré a Suramérica en la penumbra.
El recién llegado con quien coqueteaba, acababa de terminar de cortarle el cabello muy a la húsar, a
la Garbo, tal como a mí me disgusta. Y la pulía para que pudiera aguantar el reventón de su
próximo collar de perlas, tal como no debe ser. Entonces comprendí todo y me dije:
-Voy a comprarme unos tennis y la próxima vez que me sorprenda una Greta Garbo
suramericana de esas que parecen unas muñecas alemanas compradas en Maicao, antes del pique
le arrancaré el corazón de un raponazo y ojalá que el sombrero no se me caiga en la carrera.
EL SAN CARLOS DE SU EXCELENCIA
Para Oscar Jaramillo
Otro digno homenaje al disparate, un éxito más al desorden, había sido la lectura de poemas
de los jóvenes poetas en la fría capital. Ante lo restallante de esos versos que gran parte del
auditorio calificará de difíciles pero repugnantes y provincianos, ninguno de los jóvenes poes- de
Silva se rió siquiera o de Pombo mofóseles y mucho menos cuando posesos por una alegre luz de
locura iluminaron el largo y trasnochador zaguán del restaurante Arizona para por primera vez en
horas yantar parvos.
Más de uno de los poes había roto más de dos o tres corazones de teta grande con sus versos
de neones, semáforos y servicentros y, tras ellos, caían desparramados los levantes de cuerpo
presente: Unas gruesas y chiquitas y moradas muchachas tan cachetones y feítas como cualquier
bogotana que, sin pecar de advenedizas, venían a descuadrar con sus vientres el magro
presupuesto de esos pobres poes provincianos en gira nacional morral al hombro mas no el ánimo
que a todos los unía y que vos también sentiste cuando en tropel cruzamos esa puerta.
Como su nombre lo dice, el restaurante Arizona no era tan de Colt cuarenta y cinco al cinto ni
tan de mala muerte pero tanto el licor como los musicos serenateros que lo frecuentaban: Tríos
para el entelerido bolero y los sones; Duetos para el bambuco cachaco y Tríos; Solistas para cantar
las de María Greever tan líricas y viriles, pero con Trío-, si eran tan baratos como la comida exquisita
y variada como los comensales gregarios: Unos grises bohemios trasnochadores forrados del todo
en gris: Grises los trajes y el sobretodo, grises las ruanas y los sombreros de los que tampoco se
despojaban para comer y también grises los húmedos paraguas y el ajiaco como si todos los aquí
presentes fueran calvos o friolentos-, me dije bajo mi troskysta gorra de cuero rojo.
Cómo que donde y cuando pues aquí y ahora vigente sigue siendo hombre Heidegger, rige a la
cita: ”La patria es la infancia”, dice Rilke; “Pero sin la rosa envenenada”, te acepto pero para ver que
la patria es la infancia no es sino que mirés y verás que así han sido tu verso y tu vida, poe, sólo se
trasciende si estamos aquí y ahora y tenemos la intuición y las agallas para decirlo con belleza de
pie olvidado al marcar los compases de estos pasillos de petimetres oí que ahí van tus pies bajo la
mesa al ritmo del gran dolor y de la gran imaginación del tiple al inspirar en “Bochica” o será “Alfonso
bailá, bailá, hace aterizar a Kant y a Marx y a Platón y al que querás entre estas fiestas de cuerdas
y este rincón de emanaciones olélas son un haz confuso de olores está bien: Almizcles a fritos y
cocidos y el golpe de ala sumercé yo olvido a Sartre en esta nevera te digo y a los suecos me dices
porque al menos ellos se imaginan los colores y no los ven como nosotros ahí estábamos porque
mirá que de un momento a otro todos los grises de que hablábamos de transformaron o los apagó el
tropel de tipos fuertes y cetrinos y como cúbicos: Selección chulavita-, farfullan, que sin decir
palabra se colocaron contra las paredes de cara a los comensales: “Sopa y seco de fuego cruzado”,
musito. Recuerdo mi pargo rojo y el cecinado sábalo de quién era róbalo enfriándose en nuestra
ciudad pido heladas y que aquí me sirven al clima para que la temperatura ambiente las enfríe y
comprendes nunca se supo si fue en el páramo o en las miradas que nos cruzábamos donde como
mudos quedamos al ver los negros y relucientes cañones de esas armas largas: fusiles,
ametralladoras que sobresalían bajo los sobretodos y las ruanas de aquellos hombres del frío más
helados aun que la andina noche de afuera y mi sangre aterida, congelada bajo un suéter francés y
una astrosa chaqueta de corduroy mientras el frío también me calaba colándoseme entre los
mocasines incapaces de soportar mi friolenta cobardía y la tuya y la mía y al fin nuestra común
cobardía al verlos viéndome indemne a mi ante decí vos diez o quince tipos que, cuando les diera la
gana y creo que ustedes sintieron lo que yo sentí saltar de mi vida como un soplete de acetileno que
utilizamos como lanzallamas para por asalto tomarnos un iglú joven, poe, el gran susto nos trepidaba
el temor dices y por supuesto pero atendé y poné atención vos no escuchás el nuevo retumbar de
esas otras botas que resuenan en el zaguán sobre las gélidas nieves del Kilimanjaro dejá a
Hemingway qué qué cual es la salida de Alain Robbe-Grillet y su novela objetal si él intenta asesinar
lo mejor de Maupassant no me digas debo leerlo lo sé y ya pasé el año pasado y mirón fui del
ciclista tras la celosía porque no es el conocimiento, no, no, ni tampoco la investigación mejor no es
la razón enfrasquémonos, sino la tesa investigación que sobre lo desconocido intentaron tener
nuestros dos preciosos ejemplos para ahuyentar el miedo te dije casi a gritos es imposible enceldar
entre un sarcófago la literatura y el arte como han creído los europeos pero nadie inventa ni
descubre nada. Ellos dicen que nos descubrieron. Y también nos inventaron. Tienen la obligación
de enterrarnos la literatura, según ellos, aquí mismo sobre estos nuestros espléndidos róbalos y
nuestros pargos ya azules o verduzcos abrían más los ojos para no perder detalle como tú y yo,
galones de unos cuasi-caucásicos edecanes caucanos muy bien escogidos y altos y rojizos y
marciales y atención ¡firr! Resonaron sus tacones al unísono cuando oyeron la voz de mi
Comandante desde el contraportón del zaguán del Arizona.
-Todo está en orden, mi general-, dijo resonando él también por la patria.
“No hay moros en la costa”, “”No hay enemigo pequeño”. “La patria es la patria, grité, “La patria
es la infancia”-, corregiste, “Sin novedad en el frente-, remarcó Remarqué y esto si provocó una
colectiva y estentórea pero silenciosa carcajada entre los poes, que empeoró cuando entró Mi
General seguido por un pelotón de oficiales y luego entró Su Excelencia, sí, Su Excelencia el
Excelentísimo Presidente de la República en persona y en compañía de dos amigos, todos tres
borrachos.
El Restaurante quedó como su nombre lo dice: silenciosos como el desierto de Arizona. Ni
una mosca osó revolotear sobre las viandas. No era para menos pero, primero las damas, que digo:
Primero fueron los poes con sus chistes, luego las damas y al poco rato todos los comensales
habían recuperado su mundo anterior y a él volvieron entre el rentintín de cubiertos y el chás-chás
de las copas y volvió a sonar en las cuerdas el cachaco pasillo fiestero sería “Los Filipichines”” me
parece cuando el mesero vino a nuestra mesa para informarnos que su Excelencia El Señor
Presidente venía al Arizona con frecuencia no a cenar ni a beber sino en busca de sus músicos
predilectos: El Trío Automático; un trío de cuatro integrantes que cuando había que cantar boleros
era de tres o podía transformarse en dueto para los bambucos y guabinas. Pero los músicos
predilectos de Su Excelencia y sus amigos estaban tomando aguardiente, Su Excelencia había
decidido sentarse con su séquito a esperar el trío que no debe tardar en volver pues es el deseo de
Su Excelencia que sus músicos predilectos le acompañen a parrandear esta noche sanamente en
Palacio nos decía el mesero cuando:
Tanto inclinó ante El Presidente el mesero su cabeza que Su Excelencia sonrió con
repugnancia al ver cómo de la incipiente calva goteaban pelos al azar sobre los platos de comida
caliente y las copas de licor y los vasos de agua y los tazones de chocolate santafereño caliente
mientras el mesero le respondía en voz muy baja no sé qué mirá y miramos y vimos cuando Su
Excelencia miraba el vaso de reojo y a renglón seguido puso su mirada en la mesa de los poetas o
sea nuestra mesa y nuestros poes jóvenes o sea nosotros ni nos inmutamos cuando el mesero dijo
prosopoqué?
-Esos son los nadaístas, Señor Presidente. ¡Nada! Cómo quien dice no creen ni en lo que se
comen-, y salió charol en mano, patoniando.
“La patria es la infancia”, no. “Esta es Colombia, Pablo!!”, tampoco. “Viva España”, caliente no:
¡Traición! El presidente de la res pública se levantó, alzó su copa cuan alto pudo e infló su pechito
de torcaza.
-¡Brindo por la poesía-, dijo. Y en ustedes, muchachos, saludo emocionado a los nuevos aedas
del Parnaso nacional. Ponéos pues de pies, y alzad pues vuesas copas y al unísono con vuestro
Presidente, brindemos todos a la salud de la única belleza imperecedera e inmortal cual es: ¡La
poesía!
Sin romperlo, sin mancharlo, remolino, torbellino, media-vuelta, vuelta entera y héme aquí que
yo también alcé mi copa con la pisca de sensibilidad y fervor patrióticos que me quedaban y bebí
con él.
Ron. De Puerto Rico. Corre fuego esófago abajo. Enciendo un cigarrillo sin atreverme a
sentarme pues Carreño postulas que no debo hacerlo porque El Presidente sigue de pies pero
meciéndose como una gruesa palma caucana y no como los lánguidos camellos de doble mandoble
que a la orilla del Cauca creía ver su padre; tan pulido él que sacrificaba un muslo para pulir un
muerto. Y mientras yo pienso en Quintín Lame arrastrado calle abajo por unas mulas o por un poeta
-Poetas: Estoy a la espera de mis músicos predilectos y, en el interregno, es decir: mientras los
músicos retornan, todo lo que pidan mis amigos, mis queridos y distinguidísimos amigos, Los
Poetas, lo pago yo, Yo: El Presidente de la República. Además y para que a Los Poetas no les
quepa la menor duda de que, no por lo reciente es menos sincera mi amistad, los invito a
parrandear, a beber, a declamar conmigo en el Palacio de San Carlos tan pronto los músicos
retornen, y como si fuera poco....
Ante la presión de sus amigos y edecanes, el Señor Presidente se callo la boca y cayó en su
asiento; y desde allá se oyó su voz cascada y su lengua tartajosa y entre carrasperitas ordenó que
hubiera de todo en nuestra mesa que nada faltara y los licores y los pasabocas y los entremeses y
los platos fuertes y los principios como dicen los bogotanos llovían generosos chubascos y mientras
los poetas nos desatrasábamos de los almuerzos no cometidos y anticipábamos aquellos por venir
se me removió el corazón y contra mi voluntad pensé en el Capitán Rey Calmante, en el Capitán
Escalera, en El Capitán Tarzán, en el Capitán Veneno, en el Capitán Exterminio y en Chispas,
Desquite, Sangrenegra, El Pálido y en nuestros pobres campesinos vueltos unos vándalos políticos,
convertidos en pájaros azules y rojos y exterminados en las montañas como fieras por una clase
hecha cuero y carne en Su Excelencia, mi anfitrión. Por un momento me asaltó la terrible idea de mi
que dignidad consistía en rechazar la invitación presidencial a Palacio, pero ni peligro, me dije.
¡Quieto en primera vós, Jack!
En ese momento entraron los músicos predilectos de Su Excelencia: un enjuto trío de lívidos
trasnochadores que no se porque razón necesitaba, pero carecía, de tres acuciosos edecanes que
les cirenearan para cargar la cruz de los pesados estuches, tan grises como sus trajes, de los
instrumentos. Tienen lira, me dije, cuando a petición de Su Excelencia el trío Bochica como
abrebocas. Nada del otro mundo, dijo el Presidente levantándose y, copa en mano, nos reiteró su
tartajosa pero solemne invitación a parrandear y agregó:
-Caballeros: Os propongo un último brindis pero triple: ¡Viva la poesía! ¡Vivan los poetas! ¡Viva
Cuando escuché en labios de Su Excelencia tu sacrosanto nombre San Juan, apuré mi ron con
ganas y por primera vez en la vida estuve de acuerdo con un Presidente de la República; y por
primera vez me sentí en el poder, compartiendo el poder.... Culpa tuya, San Juan.
Ahora mi decisión de ir a rumbear en Palacio con el Presidente perentoria y acérrima enemiga
de cualquier manifestación en contra de la invitación. Tan vívida y hermosa era mi visión de la visita
que a este encantamiento se sumó al deseo que me asaltaba de fumarme y ay me veía a mi mismo
fumándomelo el interminable habano de marihuana asomado al balcón desde donde dicen que saltó
Bolívar instigado por su dulce Manuelita, paraguas en mano saltó el Libertador, dicen. ¡Qué bueno
matar una chicharra ahí, en ese balcón!, pensé mientras el Presidente pagaba la cuenta con un
“¡Cárguelo a la cuenta de Palacio!”-, pero señor Presidente cómo se le ocurre medio alcanzaron a
decirle que ya que los primeros escoltas, silenciosos felinos zapadores casi invencibles, salían a
desbrozar el camino de posibles atentados y también fueron saliendo los generales, los comodoros,
tres vicealmirantes de marina, los edecanes, su Excelencia y sus amigos, los músicos y sin zozobrar
pero de últimos como siempre, los poes, los poes conspirando a sotto-vocce: “Del Arizona a
Palacio”, A Palacio, Marat, Hoy: Gran parranda palatina; los poes cerrando la descomunal procesión
hacia Palacio. Pobre Marat, amarga toma de La Bastilla, pensé ya en el zaguán.
Pero, cuando llegamos a la puerta sentí el frío cañón de una Madssen en la nuca
-¿A dónde van?- nos preguntó el comodoro al mando de unos duros infantes de ruana, grises.
-A Palacio; vamos a Palacio. El Excelentísimo Señor Presidente de la República acaba de
invitarnos a Palacio.
En ese momento varios escoltas pugnaban por acabar de embutir entre una larga y negra
-Los poetas son mis amigos. Yo los invité a venir a palacio conmigo. Yo: la suprema autoridad
de la República. No podemos abandonar a los poetas porque los poetas son los únicos hombres
que de verdad existen y vibran...
-¿Ve usted que sí es cierto? EL Señor Presidente de la República insiste en que vamos con él
a Palacio.
-¿No ve?- dijo un poe.
-Está borracho-, contestó el hombre de ruana gris y dorado diente de oro y me hundió más el
cañón de la ametralladora en el pescuezo.
La metra continuaba apoyaba ahí contra mi nuca, doliéndome, cuando el cortejo de limousinas
partía y se perdía en la fría noche andina y cuando ya iban casi lejos, el Presidente de la República,
sacando la cabeza por la ventanilla, seguía gritando a voz de cuello:
-No me los dejen. No me los dejen ahí, por favor. Son mis amigos. Los poetas son mis únicos
amigos.
-¿Sí ve que Su Excelencia está borracha?-, me dice.
Pero no me quitaba la metra de encima y ahora, ante este róbalo de evocaciones, te confieso
que aún ahora conservo el obsesionante deseo de fumarme un marihuano en el balcón aquel
aunque la limousina del Presidente haya mucho que vaya lejos, años ha que trastornó en la quince
con octava, y contra cualquier explicación vuelvo a sentir ante este róbalo aquel olvido imborrable
tan tangible que aún aquí y ahora sigue bien hundido en mi nuca el negro y frío cañón de la
Madssen como esperando contra toda lógica a que el róbalo cierre los ojos y mientras espero un
milagro imposible tirito, tirito, y tirito, ¿No ven? ¿Sí escuchan?
DEJEN MORIR TRANQUILO A ESE MUERTO
Como un beriquí entre el oído se sentía el estridente rechinar de las chicharras en el samán del
parque cuando los Vilardo lo vieron descender del camión interveredal casi a las seis de la tarde, y si
verlo de vuelta era ya un reto extraordinario, con facilidad pasaron de la ira al asombro cuando el
hombre osó cruzar la calle maleta en mano y, parsimoniosos como si la cosa no fuera con él pero sin
mostrarse desafiante pues al parecer a nadie miraba o ni siquiera veía, se dijo:
-Si es cierto que el tiempo acaba con todo ¿qué no habrá sido capaz de hacer con esta intensa
inquina que siempre nos hemos tenido Cisco y yo que nos envejecimos a punta de oído?
Machacábase, maldecíase y se detuvo bajo el samán para encender un cigarro pero ante la
exagerada lengua de fuego con la que el yesquero de mecha le lamió los ojos, alzó la cara su
instinto para alejarse del calor y fue cuando contra el crepúsculo descubrió a los tres Vilardo en el
balcón, observándolo quién sabe desde hacia cuánto rato con el mismo arcaico y letal rencor que
apenas un minuto antes aun él mismo había creído extinguido.
-Es Andrés Ríos, tío Cisco. ¿A qué vendría al pueblo?, preguntó el mayor de los gemelos
Vilardo, Caín.
-Pues a matarme, gran pendejo. ¿A qué cosa iba a venir Andrés Ríos aquí? Echaba chispas,
tío Cisco.
-Pues porque yo no he podido matarlo a él.
-Pero: ¿Por qué se quieren matar, tío?
-Es una historia tan vieja que a veces ni yo mismo se el por qué... Pero que nos odiamos, nos
odiamos.
Hundido en la mecedora de mimbre, el tío Cisco Vilardo se sumergió en un aluvión de
recuerdos que abarcaban casi seis décadas e, incapaz de recordar cómo, dónde, cuándo y por qué
había jurado matar a Andrés Ríos o morir en el empeño si recordó con nitidez como cuando apenas
tenía quince años cumplidos, Andrés Ríos y él ya estaban acosándose entre las minas de a pie o de
a caballo, en planchones y ferries sobre unos ríos quietos. Entre los primeros polines del ferrocarril
se batieron a barbera en un combate legendario; entre los últimos vapores se surcaron el Magdalena
dieron manga rota a sus enconos con esa rabia instalada adentro, colgante como un ahorcado de
aquí para allá; se buscaron entre las primeras carreteras y ambos tuvieron que vender sus mulas
con arneses y todo para comparar un tiquete aéreo y seguir buscándose tratando de encontrar al
otro de espaldas en los aeropuertos y entre el tráfago de unas ciudades pequeñas pero
superpoblándose y así y asá durante años en un acoso estéril, con un encono inútil, en un esfuerzo
vano, hasta que claro que ambos envejecieron solterones, enjutos y casi en la ruina, cada uno
contemplando por su lado la fabulosa colección de armas que a las claras mostraba la progresiva
evolución de sus combates: De la espada al mosquete; las lujosas pistolas de duelo habían sido
reemplazadas por el Colt 45 y este revólver vuelto obsoleto a su vez por el rifle Winchester de
repetición. Ya no había facones ni navajas y el caballo había sido reemplazado por unos caballos de
fuerza con timón y sin montura y al lado de la carabina San Cristóbal Punto 30 que durante sus
muchos años de guerra ambos hombres habían pavonado como la insuperable arma larga que le
daría la victoria había, ahora, un fusil M-16 de mira telescópica y livianas ametralladoras Mini Uzzi,
pneumáticas, sionistas.
¿Y el odio? ¿Por qué Cisco Vilardo y Andrés Ríos se perseguían con ira? Nadie lo sabe.
la mía. Se trama, se urde y los chismes que corren nos llevan a problemas por deudas de juego y
líos de faldas, pleitos por aguas, linderos, simples cosas de borrachos y póngale y dígale pero nadie
ha dado en el clavo y a ninguno de los dos, Cisco, Andrés, se les ha escuchado decir personalmente
qué fue lo que pasó entre ellos. ¡Cosas de hombres! Y los hombres de temple como ellos, se llevan
sus secretos a la tumba y ambos hombres ya están pero bien viejos, pasan de los setenta. Claro
que como Andrés Ríos está más entero parece más joven y también cuenta con la ventaja de que a
Cisco Vilardo lo agallinó ese raro mal; un como ese cansancio que los médicos llaman deficiencia
cardíaca que lo postró en su mecedora y sus novelas como desorientado y como ido porque como
del Andrés Ríos no se volvió a saber nada durante años como si estuviera muerto, o escondido, o se
lo hubiera tragado la tierra, o como si el Andrés anduviera buscando a Cisco en el extranjero y Cisco
aquí leyendo sus novelas en el balcón y meciéndose a la espera con la seguridad de que Andrés
Ríos regresaría tarde o temprano parta matar la inquina de una vez por todas, con mayor razón
ahora que Cisco era un enemigo inerme, un blanco inválido aunque, para poder darle su merecido,
para poder matarlo, Andrés tuviera que pasar por sobre los cadáveres de sus sobrinos los gemelos
Vilardo, muy diestros con las armas mas más aún el Caín, que se da sus ínfulas de hermano mayor
y de matón porque, dice, le lleva casi dos minutos de edad a su hermano gemelo Abel, ahí en el
balcón con él, juntos e igualiticos. Curioso, pero los sobrinos Vilardo aparecieron de súbito, cuando
el viejo quedó baldado y hasta dicen que son unos guardaespaldas a sueldo y que no hay tal, que lo
que pasa es que Cisco Vilardo ha tenido vicios ocultos, ya ve. De todas maneras eso iguala las
cosas pues siendo tan mujeriego como dicen que ha sido, al Andrés Ríos no se le conocen hijos o
sobrinos o guardaespaldas que continúen incubando su odio o lo venguen si cae.
-Mátelo ahora tío. Nunca lo volverá a tener tan de pechitos-, dijo Caín.
-Si ni siquiera me puedo mover, ¿con qué alientos cree que lo voy a matar?. Cascarrabias: la
ira le había puesto la cara roja, un fuego en los ojos, y un conato de infarto al miocardio.
-Cincuenta y pico de años ajustamos en éstas, para ser más exactos. ¡toda una vida? Dos
vidas. Pero es que la que me hizo Cisco Vilardo no se le hace a nadie, y nadie se queda con ésa,
piensa Andrés Ríos sin buscar el revólver.
Bajo el samán fueron el odio y el pistón del odio su impulso, y la intención de desatrasarse del
tiempo perdido le borró por un momento del alma el rayón de la afrenta inolvidable porque, en una
iluminación repentina, Andrés Ríos decidió matar a Cisco Vilardo en un ya, allí mismo, de sorpresa.
Mientras él fumaba y hacía sus cálculos bajo el ala del sombrero, Caín y Abel Vilardo
desaparecieron en el interior de la casa en busca de armas, se dijo, y también Cisco Vilardo está
armado; es notorio el bulto del revólver bajo la cobija de lana que cubre sus muslos de inválido hasta
donde se ha descargado, boca-abajo, el libro con una mariposa amarilla posada en el único pie
descalzo de un hombre muerto, boca-arriba, en la carátula porque Cisco dejó la lectura para no
quitarme los ojos de encima y como los gemelos Vilardo no tardarán en volver, será mejor que me
vaya a recorrer el pueblo a tontas y a locas para despistarlos y al menor descuido volveré a volver
cisquillo a Cisco en su silla y a correr porque por lo menos yo no estoy inválido, gracias a Dios, ¡Qué
tal! Porque matarlo de lejos no sería matarlo pues quiero que en el momento de morir me vea, me
toque, me sienta y experimente en carne propia lo que es morir viendo cómo te asesina tu asesino
pues tampoco es de hombres matar de sorpresa o dejarse matar así sin más ni más, de modo que a
guardar tu maleta en una cantina hombre Andrés Ríos y te me vas a revolotear por ahí, escotero,
como los gavilanes sobre el galpón porque si cagando lo encuentro, cagando lo mato,
Y como usted tío Cisco, inválido, no podía matar a Andrés Ríos y nosotros, sus sobrinos, los
gemelos Vilardo, no podíamos permitir que él lo matara a usted, tuvimos que comprar su odio, tío.
Usted quería enterrarlo a él antes de morirse y mi hermano y yo asumimos su venganza. ¿Recuerda
tío? Caín y Abel Vilardo juramos matar a Andrés Ríos o quitarnos la vida si fallábamos en el intento
cuando mi hermano y yo vimos por primera vez el contenido de sus misteriosos baúles, tío Cisco:
mapas, armas, sextantes, pólvora, catalejos y del más grande de los baúles extrajimos unas tulas de
cordobán y usted nos gritó: “Abranlas, pendejos!!”, y como un par de imbéciles Caín y yo extrajimos
dos alijos de lona y lino como una momia, más papel pero Albanene y papel cebolla y papel de arroz
refulgieron dos navajas gitanas del tamaño de un brazo y punzantes, filosas, a las muy garridas
sonábales el argento entre sus estuches cuando como cunas las sacudimos y salimos hacia el
samán en donde por supuesto Andrés Ríos no nos estaba esperando, ni bobo que fuera, tío Cisco; y
entonces salimos a buscarlo a la topa tolondra por boca y nariz, y la gente nos decía por allí va, salió
de aquel café, acaba de tomarse un tinto aquí, dobló la esquina, llegó al parque, ¿recuerdas,
hermano? Lo vimos bebiéndose una cerveza de pies y en la botella y ya lo íbamos a matar cuando
se nos atravesó un jinete, después una bicicleta, luego un taxi y por último, cuando pasó el bus,
Andrés Ríos estaba conversando con el alcalde por sobre unos linderos; sobre unas misas con el
cura; con su primo Jorge; después se nos atravesó una guapa pero vil viejita de paraguas y ríanse:
a Andrés Ríos vi en el parque y de allá veníamos, nos dijo ella y échele por este atajo, esta
callejuela, agarrá esa travesía y vélo allá ya está llegando al balcón, casi detrás casi debajo del
balcón estaba Ríos y usted tío Cisco concentrado en la letal lectura de la tal muerte anunciada esa,
como si ninguna muerte estuviera anunciada, ni siquiera la del muy ladino Andrés Ríos, corréle que
ese hijueputa va a matar al tío Cisco a la traición pero no nos ha visto, dijiste, porque estaba tan
concentrado en usted, en columbrar hasta dónde estaba usted en el mundo de la novela inmerso
que ni cuenta se dio cuando veníamos, ni cuando llegamos, ni cuando “¡Caéle!” te grité y le caímos y
lo encendimos a punta de navajazos, de andaluzazos, de gitanazos, de midiosazos y de
hijueputazos contra las paredes y las puertas y en las ventanas y en media calle hasta cuando cayó
y aún caído le seguimos dando golpes de yerro y de nácar y Andrés Ríos en el suelo vuelto
cendales: Un colador de café rojo, no; parecía un tibio surtidor cuando, casi exangüe, fueron
perdiendo altura los chorros que brotaban de él por falta de presión como cuando apagan la fuente
luminosa del parque, tío Cisco, y sólo nos lo pudieron quitar de encima o de debajo cundo mi
hermano y yo ya estábamos exhaustos y romas teníamos las navajas andaluzas, rotas e inútiles.
Como setenta u ochenta y pico de agujeros le contaron los médicos, tío, y si no le pegamos más fue
porque ya no había más a qué darle y si Andrés Ríos no se murió ahí mismito, estése tranquilo, tío,
que de esta no sale porque nosotros también lo desguasamos, ¿cierto, hermano?... ¡Lo
desguasdamos! Quedó tan mal, tío que los médicos del hospital dijeron que ahí ya no había nada
que hacer con él, que Andrés Ríos estaba más que muerto y que lo mejor sería...
Y así es: pasados los dos o tres primeros días, el difunto Andrés Ríos se negaba a morir, y
solito solito se vino fluyendo del más allá para el más acá y ante la tenaz fiereza con que se aferraba
a la vida, hasta los médicos sumaron a sus suturas su granito de arena y las drogas y las
radiografías a la gran playa blanca que formaban las plegarias de las muchas mujeres que Andrés
Ríos había dejado como granito de arena esparcidas por las playas entre sus suspiros de amores
deshechos por todo el país; granito fueron las apuestas al “SI se muere”, “NO se muere” y granito de
arena fue el rechinar de las chicharras en el samán del porque; granito del odio de Cisco Vilardo y
granito de arena la frustración de sus sobrinos los gemelos, prófugos desde el día del atentado y
después semiocultos durante meses entre las turegas y los aperos del cuarto de sanalaejo y a
quienes ya los vecinos habían oteado oteando detrás de las cortinas porque como Andrés Ríos no
se había muerto y el cuerpo de delito caminaba convaleciente y flacuchento por los pasillos del
hospital, los gemelos Vilardo terminaron andareguiando calle arriba y calle abajo, de cantina en
cantina, y en una borrachera parejita porque sabían que, aunque furioso e iracundo como el carriquí,
el tío Cisco atalayaba desde el balcón la salida de Andrés Ríos cuando lo dieran de alta en el
hospital y como aquí a nadie le gusta perderse detalle de nada, todos absolutamente todos
escuchamos sus gritos:
-¡Caín, Abel! Corran, corran, que ese hijueputa cedazo está otra vez bajo el samáan, mijos.
Sobre los recalentados frisoles de la víspera y los cuatro huevos y las dos tazas de chocolate
para cada unos y las cuatro arepas con mantequilla ya mirándose a los ojos, ora acariciando con
dulzor el pesado revólver embutido entre la pretina, ni Caín ni Abel Vilardo dizque escucharon al tío
Cisco llamándolos a gritos desde el balcón porque, claro que ninguno de los gemelos se ha atrevido
a reconocer que al verse obligados a elegir entre el suculento desayuno y la dulce venganza, ya
llevaban el primero muy adelantado como para dejarlo ahí servido y que al llegar aquí, Andrés Ríos
ya no estaba bajo el samán sino en un bus con rumbo quién sabe hacia dónde y el tío Cisco se
moría morado, moradísimo, presa de un infarto al miocardio tan fulminante y furioso que lo mató
después de que Caín y Abel llegaran de barriga llena y Colt 45 en mano al balón y en lugar del rojo
siquiera el cura, pudo cerrar sus ojos de halcón que aún desde la sepultura siguen espiando la
puerta del hospital.
-Que sea un motivo, Abel.
-Que sea un motivo Caín.
Ebrios y extrovertidos, pero sin dejar entrever los motivos que los empujaban a empinar el codo
por despecho aquí o acullá alegría, nos preguntábamos al verlos: ¿Por qué beben o brindan Caín y
Abel Vilardo? De tristeza por el duelo o de alegría por su jugosa herencia, o quizá acaso el odio que
sentían por Andrés Ríos les descendía garganta abajo o cerebro arriba subíales, o tal vez porque
aparentemente después de la tempestad viene la calma, con mayor razón si el desenlace de la
guerra es de capicúa: Los gemelos Vilardo ricos, el tío Cisco muerto y Andrés Ríos huyendo,
digamos que las cosas habían llegado a puerto pacífico, estaban en su sitio y todos podían quedarse
allí quietos pero tan pronto los Vilardo se estaban desternillando de la risa, los veíamos llorar a moco
tendido con la cabeza clavada en la mesa entre envases de cerveza, un tufo a ron y Los Trovadores
de Cuyo y Obdulio y Julián cantando en la vitrola, y ni sus mejores amigos llegaron a sospechar que
el tal remordimiento que no los dejaba vivir tranquilos y les remordía tan adentro las conciencias era
el juramento hecho ante el tío Cisco en su lecho de muerte y el pacto entrambas almas gemelas
hecho de suicidarse con cianuro al unísono si fracasaban pero como no sabían si Andrés Ríos
estaba vivo o muerto, Caín y Abel ya no eran los gemelos sino casi el par de zombies Vilardo pues
llevaban varios días con sus noches sin dormir y al garete como botes remolían hasta que lo rayaron
el disco aquel del Trío San Juan, el del suicida, el del disparo cuando, náufragos y ahogados en el
licor, alguien les tiró un salvavidas, alguien que nadie supo nunca quién.
-Muchos han visto a Andrés Ríos viajar en el camión interveredal de Tapartó; muchos lo han
visto, y varias veces.
Eso fue como con la mano: Caín y Abel dejaron de empinar el codo y se embebieron en los
Andrés Ríos seguía vivito y coleando, tranquilo como siempre, y los gemelos Vilardo se dedicaron a
pavearlo, a buscar la caída de Tapartó para acá y de acá para Tapartó, de día y de noche, juntos o
por turnos sin que, jamás de los jamases, Andrés Ríos se les cruzara en el camino. Parecía un
fantasma de aire, un espectro de agua, algo que fue y es a la vez, eso parecía el Andrés. ¿Verdad,.
Caín?, ¿Cierto Abel? Porque ustedes confirmaron con sus propios ojos cómo, en el colmo del
optimismo, Andrés Ríos pintó con lentitud la finca de amarillo: una casa polaca en medio monte,
sobre el cañón, y él mismo resanó los techos trecho a trecho e irguió las casi en el suelo paredes,
encaló; azul les puso a los pilares del patio y otra vez alegraron los canarios y zezontles cautivos en
las jaulas de oro la casa con sus trinos y aletazos y las orquídeas florecieron orquídeas y las flor de
un día parecen importadas de lo hermosas ¿ves Andrés? pero importadas de las mil y una noche las
preciosas, y hasta nuevas zanahorias y rábanos y lechugas brotaron de las eras al conjuro de su
entusiasmo, les digo, porque yo, Andrés Ríos, me veía florecer en todo, mi yo renacía en la huerta,
en el jardín y hasta en el perro y en el gato fluyo yo a borbotones después de llevar una vida en
duermevela porque yo no quería tener venganzas con Caín y Abel Vilardo pues pensaba que muerto
el ahijado, acabado el compadrazgo, según dicen, y sin darme cuenta casi estaba era agonizando
en mi inocente ingenuidad porque como aquí nadie tuvo el valor de decirme que los gemelos Vilardo
habían jurado suicidarse con cianuro si no eran capaces de matarme para vengar en mí un muerto
que no maté, me parece hasta vergonzoso que ustedes me digan tan ingenuo vos, hombre Andrés,
pues todos ustedes conocían el pacto de Caín y Abel, sabían lo del cianuro de los Vilardo mientras
yo, digamos que permanecía en babia pero alerta, sin buscarlos pero sin permitir que ellos me
encontraran, con la convicción de que tarde o temprano tendría que enfrentármeles cara a cara
hasta el día del guayacán amarillo...
-Pero él lo sabía. Andrés Ríos sabía que...
Pero ya no importa si Andrés Ríos sabía o no lo del juramento. Lo cierto del caso es que un
hombre de su viveza y de su bravura y de su soltura y tan de mundo y tan de lances como él, no iba
a estar exponiendo su vida de esa manera. ¿Viajar en un camión al lado del chofer? Ese su aire de
yo no fui tan a flor de piel fue siempre parte de su gato. Andrés Ríos es un gato; no se le olvide que
detuvieron el camión con naturalidad y de un solo salto, como dos acróbatas se treparon revólver en
mano y sin mediar palabra sometieron a Andrés Ríos a un plomeo cruzado y escandaloso y tan
persistente que todavía no me explico cómo alcanzó a arrojarse ese hombre al río San Juan que,
pedregoso, corre allá abajo entre unos profundos cañones oscurísimos. ¿Han tirado una piedra para
sonar allá abajo, en el fondo, y a esos abisales abismos se arrojó el gato Andrés y nada habíamos
vuelto a saber de él hasta el sol de hoy...
Al sol de hoy y con Andrés Ríos escondido quién sabe dónde, la finca polaca se volvió a
enmontar: la selva y la maleza invadieron la casa, la pintura se floreó en ampollas que estallaban
como triquitraques al calor del poniente y ni hablar de las huertas herbazaladas, de los despojos de
los pájaros mustios o muertos de hambre en sus jaulas, inanes; hasta del perro y del gato que no se
dejaron ver de nadie en su tristeza y del guayacán amarillo que mondo y áspero vimos. Era como si
en lugar de oír, estuviéramos demoliendo “Las Acacias”, esa engolada canción nostálgica pues ya ni
vive nadie en ellas y que ahora si les hizo retomar la copa con mayor intensidad en sus
interminables farras despilfarradoras a los gemelos Vilardo que obsesos en un Samsara porque no
sabían si eran vengadores o suicidas, si iban o venían, bebían a la desesperada rodeados de
aduladores, prostitutas y lustrabotas que los obnubilaban a punta de loas y de chistes, de malos
versos y peores canciones, con ese dolor y con esa paisura tan intensos que siempre degeneran en
una ridícula alegría, en un éxtasis de susto, y como castañuelas del terror resonaban sus copas de
cantina en cantina; patanes primitivos lanzando al aire sus frases de doble sentido, de triple
intención, de siete venenos como: “Ya se cayó el arbolito”, “Fatigado de este viaje de la vida”, “No
me amenaces, no me amenaces” estaban cuando entró en la cantina de José aquel desconocido
altísimo y demacrado a quien de una apodamos “Lázaro” y les arrojó a los gemelos Vilardo un
segundo salvavidas para rescatarlos de sus eufóricas pero tormentosas borracheras de anís,
cerveza, cerdo frito y rameras en donde sin saber si estaban vivos o muertos como Andrés Ríos,
navegaban Caín y Abel Vilardo cuando como náufragos se aferran a aquel salvavidas de dos
cañones:
-¡Caín! ¡Abel! Alguien ha estado pintando la finca polaca otra vez... ¡Caín! ¡Abel!-. les gritaba
El recuerdo es confuso pero: ¿Quién fue el que dijo: ”Yo no invento, transcribo”? Porque gente
rara, unos fuereños, moraba en la casa ahora. Digo fuereños porque tienen gustos diferentes pues
mirá que para empezar, al frente y a los corredores de la casa les cambiaron el color amarillo polaco
y ahora vibran con una pintura color rojo vida y han sembrado unas extrañas flores en el jardín que
circunda el patio grande, plantaron otras hortalizas en la huerta que ellos llaman habas, una especie
de frisol pero grande. EL desconcierto de Caín y Abel Vilardo empezó cuando les mostraron las
guacamayas amazónicas con los colores de la bandera nacional y llegó casi al clímax cuando los
gemelos se vieron frente a frente a esos pájaros que ladran como perros, son capaces de imitar los
sonidos del viento y la flauta los de una puerta de golpe al cerrarse: ¡Plocccc! Y remedan el
remurmurar del río y el seseo de la voz humana; al paisa.
-Cómo se llaman los animalitos?-, preguntó Abel.
-Arrendajos-, contestó el fuereño.
-¿Son para la venta?-, preguntó Caín Vilardo.
-Son míos; no se venden estos pájaros.
-¿Cuánto hace que estás trabajando aquí en esta finca?
-Yo no le trabajo a nadie. Yo soy el dueño de la finca y de todas las mejoras que ven.
-No nos venga a decir ahora que usted compró esta propiedad.
-Sí.
-Eso es cosa mía. Pero en la notaría municipal encontrarán el registro de la escritura de
traspaso, por si de pronto siguen interesados en saber-, y el forastero les do la espalda y volvió a
sus arrendajos.
Abatidos, con la frente marchita, Caín y Abel Vilardo emprendieron lo que a ojos vistas era un
evidente regreso a la semilla. Ralo y tenaz los despidió el guayacán de Andrés Ríos antes de
estallar de nuevo como un Van Gogh de flores efímeras, ¿lo ves? En este lugar, en este mismo aquí
se sentó Andrés Ríos ese día a esperar el camión Tapartó interveredal como nosotros ahora.
-Pero Andrés Ríos no tenía miedo, hombre Caín.
-¿Tenés miedo vos, hombre Abel?
-Sí. Pero no le temo a Andrés Ríos.
¿A qué viene ese miedo, entonces?
-Les tengo un pánico cerval a nuestro pacto y a tu maldita cobardía, Caín.
-Ahí viene el camión-, dijo Caín.
Derrumbado, mostrando en el rostro un cansancio indescifrable, Abel Vilardo le echó una última
mirada al magro guayacán y se entregó a los bandazos del camión Tapartó interveredal
aceptándolos como un sedante; otros golpes y golpes que agregar a su cansancio y a la
repugnancia que le producía odiar a Andrés Ríos entre este mismo camión azul que repite sus
pájaros, su cigarro bajo el samán del parque: un relumbrón de vida bajo las navajas andaluzas y el
trepidar del plomo o bajo el balcón ante la imagen de mi distraído tío Cisco tullido en su mecedora de
mimbre que se mece y se mece como un péndulo recordatorio aún tantos meses después de muerto
quien se mecía; el templado acero y el tibio revólver entre la pretina; el pacto suicida con su cobarde
carretera abajo, en un descenso indetenible que lo arrastraba hacia los insondables cañones del río
San Juan y a su lecho de piedras enormes que todo lo maceran y oxigenan como airean las
lombrices de tierra y los tubérculos, o los uracos aún sin restañar que dejaron las balas en el
espaldar del asiento, par pulmones, pleuras gemelas las de Andrés Ríos en este mismo camión
cuando aquí en la curva de Evelio lo encendimos a candela, a balazos y...
-Aquí fue.
-Sí. ¿Qué vamos a hacer ahora?
-¿A hacer de qué?
-¡No te me hagas el bobo! ¿Qué vamos a hacer de nuestro juramento?
-Todavía no sabemos si Andrés Ríos está vivo o muerto.
-¡No me importa Andrés Ríos! No aguanto más esta incertidumbre, estoy cansado, harto.
-Calmate, calmate. Vení vamos a ver el registro de la escritura.
-¿Por qué no pasamos primero por la farmacia, hombre Caín?-, dijo Abel halándolo del brazo.
Ante el enorme y pesado libro de registrs más ansioso Abel que Caín Vilardo estaba; a éste le
corría un leve sudor frío y cobardón frente abajo mientras su hermano, agacahado, recorría con el
índice Erre arriba y Erre abajo en busca de Ríos y Caín ya comparaba el peso del sólido libro con la
ingrávida levedad de la dosis del cianuro capaz de matar un toro, quien la ve hombre Abel y ya ves...
-Esa es la firma de Andrés Ríos, yo la conozco, hermano. ¿Qué hacemos, hermano?-, vaciló
Caín Vilardo.
-¿Cómo que qué hacemos? ¡Pues cumplir como hombres de palabra!
-Pero esta firma no prueba nada, no demuestra nada; seguimos sin saber si Andrés Ríos está
vivo o...
-Lo que pasa es que tú siempre has sido u cobarde, Caín.
-No me has entendido. ¿Cómo...
-Con un café, en una cerveza, disuelto en un vaso de agua pura...
-Abel: Quiero decir: ¿Dónde se pudo haber metido ese hijueputa?
--Dónde quieras: En la cantina, en la casa, en el monte, bajo el samán del parque o...
-No me arrastrés Abel, no me arrastrés. Comprendé que estamos en las mismas.
-Y en las mismas, Caín. Vení conmigo que te lo doy al hacer tragar en el cementerio, al lado de
la tumba del tío Cisco Vilardo. ¡Vení, cobarde!
-¿Cobarde yo? ¡Suélteme!
-Vení conmigo si no querés que te mate aquí mismo, Caín. ¡Qué más da si de todas maneras
ACUERDAME DE RECODARTELO
“Es tanta la confusión reinante
que ya no se si soy de los
nuestros”.
Alvaro Vélez
Más que la pertinaz obsesión de unos coetáneos partisanos o el ilusorio sueño de unos poetas
trastornados, como una novia a la vuelta de la esquina estaba esperándonos la tan amada y
necesaria y hasta hoy imposible revolución. Dánse las condiciones osábamos decir pero sin
impostar la voz el bonito refrán “Una chispa puede incendiar toda la pradera” y dice El Ché que el
foco es esa chispa y también lo dijo el chino Sun-Tzú hace miles de años cuando se vio obligado a
elegir entre Este o Este e inventó el famoso “Distrae a Este y Ataca a Oeste” pues como sabemos la
guerra se hizo para defendernos y derrotar al enemigo, y decíamos decíamos esta década de los
sesenta se extenderá por el planeta como una tea libertaria y la revolución ya está aquí muchachos
también decíamos, veíamos esa realidad. Con Nasser nace una luna llena para los árabes; en
Africa merodean como marabuntas las negras legiones de los Mau-Mau: ahí está Kenyatta y
Lumumba y Mandela y Sengkor y ¿Qué me dicen de “los valientes anamitas” qué llamó Martí? y en
Indochina Von-Giap y Ho-Chi-Min les están sacudiendo la bufanda a los franceses y la China de
Mao ha crecido tanto que ya parece una naranja californiana: Sun-Kist que llaman, compañero, Eso
sí: Con una condición: Mientras ellos, incluyendo a los asiáticos apenas están pasando de un
feudalismo milenario... ¡Cállate! Sí: dejémonos de teorías y vamos al grano.
-“¿Quiénes somos nosotros, entonces? Nosotros somos el joyoso hombre nuevo que acaba de
botar la cola según Chardin nos dicen pero no. ¡Nosotros somos unos rastacueros, eso somos!
¡Somos los hijos pródigos y ya en desuso de don Martín del Corral y de su elocuente cuento titulado
“Que pase el aserrador” decíamos mas que un cuento eso es un prontuario que resume como
delitos. Porque si además de brillantes y emancipados los paisas no fuéramos unos rastacueros ya
le tendríamos ojeriza a Míster Herbert. ¿Cuál Míester Herbert? Míster Herbert Geithner, el tahúr
alemán dueño del Bar Metropol: Este garito que nosotros, poetas, hemos llegado a amar como una
madre. Tan racista el Herbert tan nibelungo y tan nazi pero tan querido, gandules”.
”El Metropol”, mas que un bar o un ruidoso salón de billares, más que un café, Edith Piaff o
una academia de ajedrez que terminaba allá al fondo cerca de los orinales en una garito remiso, era
para Navarro “El abrevadero de las almas perdidas”, pero para mi “El Metropol” sigue siendo aquel
enorme hangar que no ocupo en la memoria y allá, al fondo del gran hangar el vibrátil vitral
transparentado un intenso paisaje diurno cuya luminosidad amanecida aquella cuando, entre el
húmedo y el tufo, decidimos hacer nosotros también nuestra revolucioncita pero en serio, nos
dijimos y juramos con tal vehemencia y espumosas cervezas que nuestra irreductible promesa de
”¡Patria o Muerte!” acalló los tastases de los billares pero se enardeció el silencio de los ajedrecistas
con la severidad de nuestra disparatada aventura.
-Traigan armas e instrumentos útiles como brújulas y poleas u objetos valiosos como sabonetas
de oro con leontina, azafates de diamantes. Porque para hacer la revolución si que se necesita
plata, muchachos, mucha plata, dijo Sócrates.
¿De que se ríe? Eso de llamarse Sócrates es un infortunio tan greco-quimbaya como decirle:
“Esta es Colombia, Pablo”, un país donde los perros solo pueden tener dos nombres : Nerón y
Trotzky; sin otra explicación el podía llamarse Sócrates porque, desde el principio, hacer la
revolución aquí es la alegría más lúgubre del globo o pregúntales al peruano Heraud y otras
minucias: Dalton, Otto René, Fabrizio y en fin porque en América Latina estamos y si usted se
sigue riendo le tallará la risa porque además de ser nuestro Comandante en Jefe, este griego de
aquí, Sócrates, aportó la Mackaroff, sí: Su enorme pistola rusa suena pero no pega; única arma del
grupo si excluimos a Sócrates, también experto en artes marciales asiáticas y en el cultivo del
chocolate o teobroma, y en casa de Sócrates nos encontramos al otro día para partir de ahí.
¿Qué quien llevó a la Bardott? Ni idea. Sobre la cama de Sócrates, al lado de la Mackaroff, se
de monte con cachas de ciervo como un recuerdo de Sir Robert Lord Baden Powell of Gildwell; ese
inglés de sombrero de fieltro a cuatro pedradas se inventó a los Boy Scouts para combatir con
zapadores a los Boers y a Siddharta. Vi que de dos había una brújula británica en buen estado y
garrochas, marmitas y baterías de cocina, platos, cubiertos, servilletas de sobra; cobijas; una
multicolor carpa intacta, como de circo, muy delatora; el frasco de colapiscis para el sombrero de
Baden Baden, pensé; suero antiofídico, seda dental, aspirinas, akaseltzers, citrinetta para el tsé-tsé,
un diminuto ajedrez magnético; bicarbonato, anfetaminas, barbitúricos, yerbabuena, las obras
completas de Camus, Vallejo, César, Kafka y Tolstoievsky, dos Jack London, un San Juan de La
Cruz de relojera; poco, muy poco dinero, y sólo un arma: La fiel rusa negra de Sócrates.
Sobre la colcha de retazos todo eso yacía (o chillaba) sobre la colcha en un alborotado
matalotaje no carente del orden que digamos tiene un rompecabezas sin estrenar. ¿Podemos
cambiar el trato? El usted es distante y creo que nos conocemos ha rato y confiesote que al ver esa
como cuasi-excursión sobre la cama me asaltó el escepticismo y con él la certeza de la derrota, el
típico síndrome del falluto. Porque, más que el equipo de combate de un pionero grupo guerrillero
aquel alijo parecía un esquizoide mural donde nos desdoblábamos vidas e historias: el estúpido
equipaje de excursionistas al páramo.
Pero éramos inmortales y todos teníamos absoluta fe en el triunfo, dijo alguien. ¿Acaso
Jesucristo y Fidel no empezaron las suyas con doce? Y Don Quijote fue capaz de hacerlo con uno y
un rocín. Sin pecar de optimista, creo que superábamos en número el Dueto de Antaño que eran
tres y también a los tres que fueron cuatro mosqueteros; mas que los Siete Sabios de Sión éramos
pues nuestra columna tenía casi el poder de fuego de un equipo de fútbol, mas el grupo que se nos
uniría en Cartagena. Por lo tanto no había razones para desistir ahora a la hora, de nona.
¡Confianza en el anteojo, no en el ojo-, muchachos, coreamos.
Y pusimos los ojos y los binóculos en la Sierra Nevada no sé si porque nos hacía agua la boca
su seca sattiva o por la proximidad casi palpable del mar y del sol y de las cumbres, o quizá por
aquello de que moran allá los Arhuacos con sus poporos y sus nácares y su orgullo insostenible fue