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Y DE SUS ADVERSARIOS

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ENSAYO DE UN DIÁLOGO

I

Parto de la angustiosa vivencia, siempre de nuevo repetida, de la falta de un entendimiento mutuo en lo que respecta a la cuestión de la supervivencia colectiva. Casi todo el mundo occidental puede considerarse dividido en dos grandes sistem as de comunicación relacionados entre si por encim a de las fronteras nacionales y que se amenazan reciprocamente con la destrucción, creando nuevas fronteras cuya línea de demarcación atraviesa a familias y amistades. No se trata del mero establecimiento de fines políticamente contrapuestos. Existe una diferencia más profunda que nos puede llevar a desesperar del otro o, si somos delicados, de nosotros mismos. Me refiero a la dife­ rencia existente en cuanto al lenguaje, a la comprensión, a los supuestos tácitos implícitos en la percepción de las realidades políticas.

Cuando los hombres dejan de entenderse, ya sólo pueden aparecer a los ojos del otro como criaturas irracionales. Ello se basa simplemente en el sentido

que posee esa falta de comprensión. Por este motivo, no es ninguna casualidad que la acusación más fre­ cuente que lanzan los adversarios del movimiento pacifista contra éstos, y éstos contra aquéllos, no sea otra que la de irracionalidad. Una acusación tal, sig­ nifica siempre, que las razones aducidas por el contrarío para defender sus convicciones son contempladas como insuficientes. Pero, si ya no podemos comprender las razones de los otros, aún podemos intentar explicar sus convicciones a partir de motivos de los que ellos mismos no son conscientes. Un procedimiento de esta especie, implica no poder considerar ya en serio a la parte contraria como un genuino interlocutor, pues desde este momento dejamos de hablar con él para hablar tan sólo sobre él. Este recurso a los motivos psicológicos y psicológico-sociales subyacentes es raciona] y, por tanto, indispensable, pero únicamente cuando ya no podem os entender directam ente una determinada posición. No es racional, sin embargo, si se pone en juego este recurso antes de tiempo, es decir, cuando previamente no lo hemos intentado todo para entender las razones de la otra parte mediante el diálogo. En concreto, tanto en una dirección como en otra, resulta poco convincente la precipitada acu­ sación de irracionalidad que se dirigen ambas partes entre si. Y es poco convincente porque no pueden persuadir a nadie de que todos los representantes de la parte contraria son estúpidos o malvados o ambas cosas a la vez.

En la lucha política es muy común difamar al adver­ sario. El diálogo se interrumpe lo antes posible, esco­ giendo cada parte aquellos aspectos del otro que antes lo hagan aparecer como un ser débil. Platón, situó este método retórico, tal y como él lo denominara, frente a aquel otro que señaló como filosófico, donde

«filosófico» sólo quiere decir que aspira a establecer un diálogo. No se trata de una mera recolección de puntos de vista, sino de alcanzar por ambas partes la mayor veracidad posible, lo que significa obtener el mayor grado posible de racionalidad intersubjetiva. La exigencia de Platón, según la cual los políticos deben llegar a ser filósofos en el sentido expuesto, ha provocado la hilaridad de muchos a lo largo de los siglos. Sin embargo, en lo que respecta a la cuestión que nos preocupa en la actualidad, y que trata sobre nuestra supervivencia, no podemos permitimos renun­ ciar a una comunicación reciproca. Cada afrenta a la racionalidad supone un paso m ás hacia el abismo. Pero, esta racionalidad es esencialmente intersubjetiva, y ello porque sólo podemos calibrar la plausibilidad e importancia de nuestros propios fundamentos o razo­ nes cuando los confrontamos con los de la otra parte. Así pues, en adelante imaginaré a un interlocutor que se sitúa en la parte contraria, de quien sé que no es ni estúpido ni malvado y al que supongo una nece­ sidad de mutuo entendimiento tan fuerte como la mía. La conversación con R udolf—pues ése es el nombre con el que he bautizado a mi amigo— posee el senti­ do de arrojar nueva luz sobre el panorama de los pun­ tos de vista (junto con sus respectivas posiciones de fondo) que aquí aparecen en litigio.

No he dado al contrincante de Rudolf un nombre ficticio como el suyo, sino que en este punto me man­ tengo en primera persona con el objeto de evitar una falsa apariencia de objetividad. No pretendo negar mi compromiso político, pues no me considero por encim a de los partidos. Naturalm ente, de lo dicho hasta aqui, se hace evidente que, en su conjunto, el diálogo es también subjetivo en la medida en que ha sido construido por mi y soy yo mismo quien pone

en boca de mi amigo sus argumentos. Al respecto no puedo hacer m ás que esforzarm e en equiparlo con los argumentos más sólidos que conozco, procedentes de conversaciones, de los libros o de mis propias re­ flexiones personales. Y doy por descontado que en este aspecto sólo he logrado una aproximación a la verdadera objetividad. Mas, si esto es así, ¿no seria mejor — como alguien podría objetarme— renunciar al diálogo representado y buscar un diálogo con un interlocutor vivo capaz de aportar argum entos que yo no podría anticipar jam ás? Ciertamente, pero lo uno no excluye lo otro. Las discusiones de palestra y las entrevistas, tienen sus propias posibilidades, pero también sus propias dificultades.

Ahora bien, de momento, Rudolf no esta dispuesto a embarcarse sin más en una argumentación denomi­ nada como el titulo de esta conferencia. «¿Es en abso­ luto posible — le oigo preguntar— hablar del mo­ vimiento pacifista? ¿Acaso no consiste el llamado movimiento pacifista en una mezcla de las posiciones más dispares? Pero, si éste no representa a ninguna posición concreta, resulta del mismo modo indeter­ minado hablar de “sus adversarios” . Además, ello hace que resulte enojoso su autonombramiento como “movimiento pacifista”, pues se acepta que sólo aque­ llos que se consideran dentro de este movimiento se preocuparán por la paz. Sin embargo, todos compar­ timos el fin de su mantenimiento, diferenciándonos tan sólo en nuestra concepción de cuáles sean los medios más adecuados para lograrlo.»

«Eso es completam ente cierto — respondo— , en este punto es del todo necesario realizar distinciones. La referencia global al “movimiento pacifista” que aparece en el título, era sin em bargo, obligada, ya que posee una relativa importancia en la conciencia

pública. Por consiguiente, tenemos que partir de ella. Además, la referencia global “al” movimiento pacifista tiene a menudo un oculto valor retórico, precisamente cuando tus am igos lo tachan de irracional. O curre entonces que se toma como punto de partida el con­ siderar que los fines lejanos de muchos de quienes se cuentan en las filas del movimiento pacifista son utó­ picos, poco realistas y, en este sentido, irracionales. A continuación, se transmite calladamente este juicio a ciertos fines próximos dados, tales como el de impedir el rearme, que también son promovidos por el movi­ miento pacifista.»

Asi pues, coincido con Rudolf en que sólo podremos explicar la cuestión de la racionalidad e irracionalidad del movimiento pacifista y de sus adversarios una vez que hayamos establecido una distinción entre diversos planos. Prescindo por completo de una gran parte del movimiento pacifista, a cuyos miembros cabe reprochar su desinformación acerca de numerosos detalles polí­ tico-militares. No informarse o hacerlo sólo parcial­ mente sobre un problema cuya importancia se considera de primer orden y del que se sabe que es controvertido, y mantener al mismo tiempo una determinada postura, es una actitud que, de hecho, conviene como ninguna otra con el calificativo de irracional. Sin embargo, no hay duda de que esta actitud se encuentra en la otra parte en igual medida y, por cierto, en una proporción especialmente elevada. Esta es una circunstancia cuya explicación se encuentra, sencillamente, en que no consideran que el problema posea una importancia de primer orden. Por lo demás, esta forma de irracionalidad, consistente en negarse a estar informado adecuada­ m ente, es, desde luego, un fenómeno gradual. Por supuesto, ello no lo hace mejor, sino que constituye propiamente el mal mayor. Aunque ninguno de nosotros

es un experto, he procurado definir a Rudolf de modo que esté prácticamente igual informado que yo. Por esta razón, no será difícil ponerse de acuerdo en renun­ ciar a lanzamos recíprocamente la acusación conjunta que acabamos de mencionar. Y, en su lugar, cuando en el diálogo nos topemos con aspectos en los que observemos que no somos lo bastante expertos, habre­ mos de tomarlo como una buena ocasión para infor­ mamos mejor. También se puede expresar lo anterior del siguiente modo: asumo que ambos compartimos, al menos, una misma voluntad de racionalidad.

Trataré de responder en dos fases a la petición de Rudolf, según la cual es necesario precisar el discurso sobre el movimiento pacifista, de modo que uno pueda enfrentarse con dos posiciones bien definidas. El míni­ mo denom inador común del m ovimiento pacifista europeo consiste en el rechazo del llamado rearme. Con ello queda señalado el punto decisivo de la dis­ cusión actual. Pero ni Rudolf ni yo estamos dispuestos a reducir el diálogo a este aspecto, aunque, por otra parte, no deja de tener su importancia. Si nos limitá­ semos a esta estrecha definición, no sería posible com­ prender la comunidad que constituyen los movimientos pacifistas de los distintos continentes — de Europa, Norteamérica, Japón. Australia— .

¿En qué consiste esta comunidad? Cabe exponerla, según creo, en dos supuestos empíricos y en una decla­ ración de fines. Los dos supuestos empíricos rezan así: 1) la guerra nuclear es posible; 2) su posibilidad se incrementa día a día. Por su parte, la declaración de fines dice lo siguiente: La guerra nuclear debe ser evitada a toda costa. El acento reside aquí en la expre­ sión «a toda costa». En cambio, el que deba ser evitada a toda costa una guerra en general (y subrayo aquí de nuevo la expresión «a toda costa») es también, desde

luego, un fin muy extendido en los movimientos paci­ fistas, pero no existe al respecto ningún consenso. Asi, y en tanto que un rasgo que es definidor del movi­ miento pacifista, quiero hacer hincapié en que éste no es necesariamente pacifista en sentido absoluto, aunque sí lo es en cuanto a la guerra nuclear. Es impor­ tante poner claramente ante la vista, aquellas valora­ ciones que se hallan implícitas en la declaración de fines mentada. En prim er lugar, toda guerra es un mal, y ésta es una valoración que en la actualidad (no siem pre fue así) com parten todos, ya sea dentro o fuera del movimiento pacifista. Sin embargo, la guerra nuclear es, para el movimiento pacifista, un mal que no puede ser comparado con el de las demás guerras, y ello, porque, en la medida en que supone el completo final de la especie y de la vida, representa el mal más extremo. En segundo lugar, precisamente por ser un mal radical, la guerra nuclear tampoco es parangonable con los restantes valores negativos.

Ahora puedo también hacer entender a Rudolf por qué el movimiento pacifista ostenta su nombre con pleno derecho, lo que no implica en modo alguno el que les sea negada la voluntad de paz a quienes no pertenecen a dicho movimiento. No cabe duda de que los adversarios del movimiento pacifista quieren tam­ bién evitar la guerra nuclear en la medida de lo posible. Sin embargo, es justamente en este punto donde resi­ de la diferencia, pues quieren evitarla en la medida de

lo posible, no a toda costa. Ello implica una escala

de valores diferente. Querer evitar una guerra nuclear en la medida de lo posible significa querer evitarla, a menos que sin ella no sea posible evitar un mal tan grande como éste o aún mayor, como, por ejemplo, la falta de libertad. Para los adversarios del movimien­ to pacifista, la paz es asim ism o un valor más alto,

pero no el más alto. O ¿existe otro valor más alto toda* vía? (recuerdo la expresión de Alexander Haig: «Hay cosas más importantes que la paz») o decimos, cómo podemos oír de labios de los políticos republicanos federales, que los valores de la paz y la libertad son del mismo rango. Con ello, vemos ahora con claridad hasta qué punto el movimiento pacifista ostenta este calificativo con pleno derecho, pues defiende la idea según la cual la paz o, m ejor dicho, la evitación de una guerra nuclear, tiene prioridad absoluta.

También puedo ahora establecer sin dificultad un acuerdo con Rudolf acerca de la división de nuestro diálogo. Así, en primer lugar, entrará en discusión el fin próximo del movimiento pacifista, a saber, el recha­ zo del rearme, y en segundo lugar lo hará la posición fundamental del pacifismo nuclear. Entre las dos cues­ tiones no existe ninguna conexión lógica, y ello es así porque sería en principio pensable (aunque existen buenas razones para que ello no ocurra en el terreno de lo empírico) que un pacifista nuclear apruebe el rearme, siempre que sea de la opinión de que el rearme torna improbable el estallido de la guerra atómica. Por supuesto, la combinación inversa es siempre posible (e incluso empíricamente muy extendida), es decir, que alguien rechace el pacifism o nuclear y esté del mismo modo en contra del rearme.

Mientras discuto con Rudolf sobre el rearme, puedo dejar abierta la cuestión de las valoraciones últimas y asumir que a ambos nos concierne un idéntico fin, precisamente el de reducir la probabilidad de una guerra nuclear. Por otra parte, hay un punto de vista adicional de especial importancia para Rudolf, el de la necesi­ dad de impedir también nuestra sobornabilidad política. En cualquier caso, es la cuestión de la racionalidad, con la que tendremos que habérnoslas en esta primera

parte (sobre todo en su forma más simple), a la que remite la pregunta sobre cuáles sean los medios más adecuados para alcanzar un fin dado. En la segunda parte tendremos que abordar otros aspectos de la racio­ nalidad. En primer lugar, éstos habrán de referirse a ciertas cuestiones evaluativas que también entrarán en juego en la primera parte, como, por ejemplo, la de si es racional — y ello significa ahora: adecuado a la realidad— considerar como bastante alta o bastante baja la probabilidad de una guerra nuclear. En cierta medida, estas cuestiones evaluativas no son decidibles de un modo objetivo. Asi, la racionalidad consistirá aquí en que ambas partes lleguen a darse cuenta de la importancia relativa de este factor subjetivo y de su trascendencia. En segundo lugar, llegaremos a un acuer­ do en lo que respecta a nuestras valoraciones últimas. Mas en este punto, la racionalidad no puede consistir en demostrar que una valoración es tan racional como la otra — ninguna de ellas es racional en sí y por sí— , sino tan sólo en ayudarnos m utuamente a no dejar que nuestras valoraciones y sus implicaciones per­ manezcan en la sombra. II

II

Pasamos, pues, al rearme. Q uiero suponer que Rudolf fundamenta su visión positiva del rearme del modo siguiente: «Los rusos —afirma— han utilizado la época de la distensión política para incrementar enormemente su armamento, ya sea en el terreno bélico convencional como en el nuclear, en el que cabe des­ tacar, en concreto, el campo de los misiles de medio alcance. Aparte, es conocida su tendencia expansio- nista, que se m anifiesta en su ideología tanto como

en la experiencia histórica reciente, léase Afganistán. Como me consta la ingenuidad y tendencia minimi- zadora que os caracteriza a ti y a los que son como tú en relación con el peligro que amenaza desde el Este, renuncio a entrar en pormenores sobre este punto, ya que, de todos modos, no podría convencerte en tan poco tiempo. Por fortuna, en nuestra cuestión podemos prescindir de las hipótesis acerca de las pretensiones del mando militar soviético. Es suficiente con el mero hecho del desequilibrio armamentistico. Cito del dis­ curso de Kissinger del 1 de septiembre de 1979, que tuvo lugar en Bruselas: «Ni tan siquiera creo que los actuales líderes soviéticos sean particularmente aven­ tureros.» Sin embargo, «nunca ha sucedido en la his­ toria que una nación consiga la superioridad en todas las categorías armamentistas fundamentales y no haya intentado también beneficiarse alguna vez de ello » '. Estoy dispuesto a admitir que Kissinger exagera cuando habla de «todas las categorías armamentistas funda­ mentales», pero doy por demostrada la superioridad soviética en cuanto a las arm as convencionales y a los misiles de tierra de medio alcance. Debido a la superioridad rusa en el terreno de las armas conven­ cionales, no podemos perm itirnos prescindir de la doctrina de la disuasión nuclear flexible. Y la superio­ ridad soviética en el campo de los misiles de medio alcance ha abierto una «ventana de vulnerabilidad» en la estrategia flexible disuasoria. Existe el peligro de un desacoplam iento entre Europa y los Estados 1

1 El discurso de Kissinger aparece reproducido en A. Mechtersheímer y P. Bahrdt (eds.), Den Atomkriegjukrbar und gewinnbar machen?

[¿Hacer que la guerra atómica pueda ser ¡levada adelante y ganada?].

Unidos, entre la disuasión efectuada mediante misiles de corto alcance y la realizada a través de misiles inter­ continentales. Por tanto, sólo es racional —y lo con­ trario seria irracional— desear que los Estados Unidos instalen misiles de corto alcance, siempre y cuando la Unión Soviética no desm antele los suyos. No es otro, por cierto, el sentido del acuerdo bilateral firmado por la OTAN el 12 de diciembre de 1979.

«Muy bien, Rudolf. En lo que concierne a tu primera puntualización acerca de mi ingenuidad, he de decir que no tomo a los lideres soviéticos por buenas per­ sonas, sino que les creo capaces de la más completa falta de escrúpulos a la hora de conseguir sus propó­ sitos. Sin embargo, tu evaluación de sus intenciones, tal y como la has expuesto, me parece muy poco rea­ lista. Te recomendaría la lectura del libro/4 la sombra

de la bomba atómica, de George Kennan, el padre de

la política de contención. Allí aparece publicada su exposición de 1978 sobre “Los fines de la estrategia soviética”, en la que el autor enumera con bastante precisión los criterios que, a su juicio, emplean los líderes soviéticos para las intervenciones m ilitares, en la medida en que tales criterios pueden ser extraídos a partir de su comportamiento y de su ideología. No cabe duda de que tam bién ésta no pasa de ser más que una opinión, si bien empíricamente fundada, y puedes alegar que las opiniones contrarias reclaman de igual modo una fundamentación empírica. Así, en este punto se mantiene como un comportamiento racio­ nal intersubjetivo tan sólo nuestra disposición para hacernos m ás expertos y, adem ás, la capacidad de reconocer que aquí se dan apreciaciones diferentes. Tendremos que delimitar y comprobar con exactitud en todo momento cuál es la importancia relativa que corresponde a tales cuestiones evaluativas para la ulte­

rior argumentación. En concreto, coincido contigo en que nuestras distintas apreciaciones de los objetivos

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