Etica y política
ERNST TUGENDHAT
ÉTICA Y POLÍTICA
CONFERENCIAS
Y COMPROMISOS
1978-1991
T ra d u c c ió n d eELISA LUCENA
ÍNDICE
Miradaretrospectivaenelveranode 1991 ... Pág. 11 Contralapedagogíaautoritaria. Escritopolémicocon
tralatesis «Educarconvalor» ... 23 Gitanosyjudíos ... 35 Racionalidadeirracionalidaddelmovimientopacifista
ydesusadversarios. Ensayodeund iá l o g o... 40 La República Federalde Alemaniasehaconvertidoen
unpaísxenófobo. Discursopronunciadoen Bergen- BelsencontralaexpulsióndeyazidIe s... 75 Asilo: ¿clemenciaoderechohumano? ... 79 Contralarepatriacióndelibaneses. Discursopronun
ciado EN EL ACTO DE PROTESTA CELEBRADO EN LA IGLESIA
dela Pasiónde BerlIn. el 21 deenerode 1987 ... 91 SerjudIoenla República Federalde Al e m a n ia... 95 Elproblemadelaeutanasiaylalibertaddeexpresión .. 112 Laguerradel Golfo, Alemaniae Is r a e l... 117 Elproblemadelapaz, h o y... 138 Eldebate Singer. Sobrelaobrade Reiner Hegselmann
yReinhard Merkel (eds.), Entornoaldebatesobrela EUTANASIA... 156 Fuenteso r ig in a les... 163
MIRADA RETROSPECTIVA
EN EL VERANO DE 1991
En noviembre de 1949, con 19 años, llegué a Ale mania para iniciar mis estudios sobre Heidegger, pro cedente de la inmigración judia hacia Venezuela y los Estados Unidos. Sólo mucho después tomé conciencia de que este paso había sido bastante cuestionable. Lo peor no era el hecho en sí, sino el gesto reconciliador con el que había regresado, y que en mí, a quien habían ido bien las cosas durante la emigración, no resultaba decente, y sí escandaloso, frente a la víctimas — los muertos y los supervivientes— . Hay una razón por la que ahora regreso a Latinoamérica. Existen también, desde luego, otras razones de índole privada que no corresponden ser tratadas aquí. Pero me importa que este paso no sea mal entendido. No se dirige contra Alemania sino que me concierne sólo a mí.
Al contrario, la República Federal de Alemania me ha acogido bien. En estos momentos, tras la anexión de Alemania del Este y la sorprendente masiva reinci dencia en la xenofobia, la situación en este país será cada día más difícil para el espíritu liberal. Por tanto, es posible que en mi partida se encuentre también un componente de libertad política.
Quien ha comenzado de un modo tan filosóficamen te abstracto como yo con mi antiguo entusiasmo por Heidegger, debe preguntarse por las influencias que después lo condujeron a hacerse más concreto y a inter
venir. La primera que a uno se le ocurre son los amigos, y, si tuviera que mencionar a aquellos dos que a este respecto fueron los más importantes para mí junto a algunos otros —como modelos y consejeros— , éstos son Margot Zmarzlik y Jürgen Habermas. Por ello les he dedicado este pequeño volumen. Incluso llegaron a participar originalmente en el nacimiento de la pri mera de las publicaciones aquí reunidas. Ellas son dos figuras sobresalientes de la generación federal republicana de mi misma edad, para quienes, como para muchos otros, el final de la guerra había conducido a un proceso de reflexión radical que puso en marcha nuevas fuerzas político-morales. «Nunca más» era la consigna, y ambos sabían que no bastaba con decirla.
En mi caso, lo que me puso en marcha fue, desde luego, el movimiento estudiantil. Ello venía facilitado por el hecho de que en aquel entonces ocupaba mi primer puesto de responsabilidad una cátedra en Hei- delberg. Sea como ñiere, uno debía instalarse en una posición. Si tuviera que nombrar a la persona que en aquel tiempo fue más importante para mí, aparte de Margot Zm arlik, ésta es Andreas W ildt, quien por entonces era aún representante de los estudiantes de filosofía. Se dirigía a mí con una insistencia implacable, grave y paciente que me hizo ver nuevas cosas; y él, por su parte, sabía escuchar. Como yo era incapaz, una vez que aceptaba como correcto un argumento, de no darle mi asentimiento, escribimos en aquel tiem po algunos textos — sean, por ejemplo, el de la crítica a Israel o el de la petición de la dimisión del rector («algo asi no debe hacer un colega»), que al día siguien te me dejaron exhausto— .
La situación era dramática por aquel tiempo en Hei- delberg, ya en 1968 y luego otra vez al comienzo de los años setenta, cuando Rolf Rendtorff era el rector
y yo el decano de ia facultad más inquieta. En particular solíam os tener considerables discusiones entre los colegas de la facultad, y la mayoría no creia necesario pedir disculpas cuando no se permanecía leal al grupo. Pero fueron precisamente estas discusiones las que condujeron a que yo, quien hasta entonces siempre me había sentido como un extranjero bien adaptado, pero extranjero al fin y al cabo, pudiera sentirme por primera vez completamente identificado con este país.
Cuando, antes de mi partida hacia Starnberg en 1975, me despedí de mis colegas del departamento, me detuve unos instantes a reflexionar si no debía expresarles mi agradecimiento por haberme tratado con tanta consideración y falta de consideración como ante sus ojos merecía mi conducta política. También quería expresarles mi agradecim iento porque entre ellos no desempeñaba papel alguno que fuera judio; porque, cuando se enojaban, lo que yo siempre percibía, no se mezclaba ningún antisemitismo; porque ellos tampoco me trataban con guante de seda. Yo era en realidad uno de ellos —una sensación que para alguien que no sea judio quizás resulte difícil de comprender—.
En este país se me acogió como a alguien que forma parte de él, y me fue concedido igualmente espacio libre para sentirme como judío y también de otra mane ra. Ésta era una de las condiciones previas para que pudiera manifestarme políticamente con franqueza. Fue hermoso sentirse por algún tiempo como uno más.
Quisiera mencionar aún otra experiencia. Durante los dos últimos años he acudido con frecuencia, al caer la tarde, a una acogedora taberna. La gente toma su cerveza en la barra, y la mayoría son hombres solos. Allí he sentido, al principio, la antigua angustia judia cuando se sentaba a mi lado alguno de esos corpulentos gigantes de ojos azules. Con qué frecuencia me sor
prendía entonces lo inofensivos, simpáticos y a menudo interesantes que eran aquellos hombres. Y cuando, a continuación, yo decia que era judio, y la conversación derivaba entonces rápidamente en convencionalismos, ni una sola vez me ofendió que ello ocurriera. Natu ralmente, no se debe generalizar a partir de una expe riencia como ésta, en la barriada residencial Nicolasee y en una taberna regentada por un extranjero. Ante riormente siempre había evitado en lo posible reconocer que yo era judio. Ahora casi me resulta fácil hacerlo, quizás porque me encuentro mejor conmigo mismo. Pero tampoco nadie me lo ha puesto difícil. En cambio, en otros países —los Estados Unidos, Suiza— he vivido en mi propia carne el antisemitismo más absoluto. Pero éstas no debieran ser afirmaciones comparables, pues serian del todo falsas. En mi caso tuve sin duda mucha suerte, pero uno tampoco debería ocultar simplemente este tipo de cosas. Alemania, tan poco hospitalaria, me ha acogido bien.
En la época del movimiento estudiantil comenzé a publicar algunos escritos políticos, pero sólo en perió dicos locales y sin demasiada difusión. Por ello no he recogido aquí ninguno de ellos. Asimismo, tampoco han sido seleccionadas dos pequeñas declaraciones de finales de los setenta sobre la por entonces llamada Histeria-RAF'. 1
1 Ver « K rim in a lisic ru n g d cr K ritik » [« C rim in alizació n de la critica»], en F. Duve, H. Boíl y K. Staeck, Bríefe zur Verteidigung der Republik [Carlas sobre la defensa de la República], Reinbek, 1977, pp. 153-155; tam bién cabe m encionar el articulo «D cr “ Stem ” durftc die S tandortc für A tom w aflcn produzieren» [«La “Estrella” debió co n stru ir guarniciones para arm as atóm icas»], en F. D uve, H. Bóll y K. Staeck, Zuviel Pazifismusl [¿Demasiado pacifismo?], R einbek. 1981. pp. 94-96.
Sólo a partir de 1983 me he comprometido de lleno con dos movimientos políticos, el movimiento por la paz y la lucha por el derecho de asilo. Sobre el pro blema de la guerra y la paz pronuncié varias confe rencias entre 1983 y 1987, que aparecen reunidas, junto con dos declaraciones menores, en mi libro Nach-
denken über die Atom kriegsgefahr und warum man es nicht sieh t [R eflexiones sobre e l peligro de una guerra atómica y p o r qué no se lo ve]2. De estas con
ferencias he recogido en el presente volumen tan sólo la primera, que también ha aparecido, popularizada y abreviada, en el semanario D er Spiegel (1983, n.° 47, pp. 80 ss.). Ésta es, además, la que ha recibido mayor atención, a pesar de que hoy en dia es la más obsoleta de todas.
Llegué a la discusión sobre la problemática del asilo a través de la «G esellschaft fiir bedrohte Vólker» [«Sociedad para pueblos amenazados»], organización en la que ocupé años más tarde un puesto en el consejo de dirección federal. Además, pronto m e vino a la memoria: mea res agitur. A este respecto he escrito y hablado mucho, pero, debido a las muchas repeticiones, basta con reproducir aqui tres de los discursos ya pu blicados. El pequeño discurso pronunciado en la Igle sia de la Pasión en enero de 1987 «Contra la repa triación de libaneses» (infra, pp. 91 ss.), no lo había escrito y ni siquiera preparado. Se trataba de un discurso improvisado que fue grabado en cinta magnetofónica. Sin embargo, me parece importante porque en él apa recen directamente conectados los temas del asilo y de las relaciones entre judíos y alemanes. El segundo tema se encuentra recogido y expuesto con mayor 1
detalle en los artículos «Ser judio en la República Federal de Alemania» (infin, pp. 95 ss.) y «La guerra del Golfo, Alemania e Israel» (infra, pp. 117 ss.). Durante el discurso de la Iglesia de la Pasión, que ofrecí interrumpiendo desde dentro un silencio que cortaba la respiración, tuve la sensación de estar rea lizando un tanteo. Poco después, en la Conferencia de Loccum de diciembre del mismo año, ofrecí una exposición bastante quizás más satisfactoria.
Me parece de mayor calidad el artículo sobre la guerra del Golfo, que escribí en aquel mismo año en el espacio que mediaba entre la Conferencia de Loccum y el dis curso de la Iglesia de la Pasión. Estoy agradecido al editor del diario D ie Zeit por la oportunidad que me brindó. Por fin había llegado a alcanzar una compren sión, espero que ajustada, de aquella cuestión que me había mantenido ocupado durante toda mi vida1.
En cambio, rompí abruptamente mi compromiso con la problemática del asilo poco después de pro nunciar el discurso de la Iglesia de la Pasión. El motivo externo de ello fue una experiencia que, sin duda, resulta más bien grotesca. Por aquella época mi dentista, que era judío, me había sometido a un largo tratamiento odontológico. Sabía que él era bastante conservador en materia de política, pero apreciaba no obstante su trato agradable y delicado, que me pareció caracte rísticamente judío (todo aquel que se ocupa de cues
’ A la ed ad d e IS años escribí e n V enezuela, durante e l verano d e 194S, un ensayo contra la culpabilización colectiva d e los a le m anes. Q uien contem ple desde fuera m i inoportuno aunque logrado regreso a A lem ania, deberia ten er e n consideración lo difícil que debía resultar para un niño educado en un am biente de em igrantes y con un d eterm in ad o sentido d e la ju stic ia lleg ar a e n co n trar un ju icio ajustado sobre el problem a.
tiones relacionadas con el antisemitismo debería tener en cuenta que los judíos siempre tuvieron prejuicios aún mayores que los no judíos). Un buen día, tras haber leído algo sobre mí, m e complicó súbitamente en una conversación sobre los refugiados. Según su opinión, estos eran gentes sucias, criminales y codiciosas. Le rogué que interrum piera definitivam ente la conver sación, pues nunca podríam os llegar a un acuerdo sobre el tema. Pero él persistía. Tomó de un cajón un artículo del diario Das Bild y me lo pasó a continuación. Perdí completamente los estribos y comenzó a gritar: «¿Cóm o puede usted, siendo judío...?». Recogí mi abrigo y, aterrado, me precipité escaleras abajo. Al día siguiente me telefoneó desde la clínica para hacerme saber que no podía continuar con mi tratamiento poique había sufrido un infarto de miocardio. Es asombroso cuánto se puede llegar a odiar. Naturalmente, no hubo ninguna conexión causal que lo provocara, pero hubiera deseado que asi fuera. Nunca más, desde esta trau mática experiencia hasta la fecha, he vuelto a mani festarme públicamente sobre la temática de los refu giados políticos.
No cabe duda de que el sentimiento de impotencia es un componente del odio. Y, por aquel tiempo, se imponía cada vez más en mi interior la sensación de que mi actividad política carecía de sentido. En lo que concierne al derecho de asilo y a la xenofobia, ¿acaso no había estado dándome inútilmente de cabezazos contra una pared? Y, también, ¿había llegado a con vencer, con mis conferencias sobre la carrera arm a mentista, a una sola persona que ya no lo estuviera con anterioridad?
En esta sombría situación me tropecé con un nuevo incidente. Cierto día, a principios del año 1987, un periodista de la revista L ife me hizo una entrevista
acerca de mis puntos de vista políticos. Comenzó con una pregunta que, desde su perspectiva, era del todo inofensiva: «¿Por qué usted, siendo jud ío, decidió regresar a Alemania en 1949?». La pregunta me dejó estupefacto. Era mi talón de Aquiles. Desde la con versación que mantuve con Ruth Stanley en 1984, en el Café Einstein, sabia que esa era «mi» culpa, pero hasta el momento de la entrevista había logrado alejarla de mi mente. Ya no recuerdo mi respuesta, pero desde entonces no la he vuelto a eludir. He aceptado que no soy el único en Alemania para quien las minas, después de cuarenta años, comienzan a estallar. Entre tanto lo he ido asimilando, y ahora creo entrever las conexiones internas de mi desarrollo juvenil, con la esperanza de que el péndulo quede fijo y ya no vuelva a oscilar. Sin embargo, decidí ante todo regresar a Venezuela lo antes posible. Por entonces pasé algunos meses en Sudam érica y, una vez de vuelta en Alem ania, me retracté de aquella prematura decisión. No deseaba exageraciones, y por ello me trasladaré a Latinoamérica el año próximo, una vez obtenida la jubilación. Gracias a Alemania he vuelto a encontrar la paz que había perdido durante esta crisis personal prolongada durante cuatro años. (De esta época — en concreto de 1986 a 1987— proceden uno o dos artículos de tema político, en los cuales el tono con el que me expresaba se volvió demasiado estridente; por ello no quisiera sacarlos a relucir aqui ni tampoco nombrarlos.)
¿Cómo responder ahora a aquellos sentimientos de impotencia y a la pregunta de si la filosofía puede en absoluto contribuir en algo al terreno de lo político?
Comenzaré con la segunda pregunta. Puesto que lo político ha llegado a ser para mí lo que realmente importa, he venido sufriendo cada vez más el que mi modo de filosofar sea tan abstracto. Me encontré con
que era incapaz de decir nada significativo sobre cues tiones concretas. La ruptura llegó en 1983 con la con ferencia sobre «Racionalidad e irracionalidad». En un principio me había parecido inútil, pero más tarde se convirtió en un gran éxito en el Auditorium Máxi mum de la Universidad Libre de Berlín. Paulatinamente comenzé a comprender que la filosofía no puede apor tar prácticamente nada a este terreno, y ello se debe a que trata de exponer cada problema concreto en un análogo argumentativo, lo que espera poder hacer con todo. Se puede decir otro tanto de aquellas cuestiones, como lo son sin duda las relacionadas con el derecho de asilo, que poseen un fuerte componente ético. Filo sóficamente hablando no es posible, de nuevo, aportar casi nada a la solución de estos problemas, pues en un contexto tal es preciso partir de que lo ético no debe comenzar por ser dilucidado desde la filosofía, sino que existe en primer lugar un consenso y, a con tinuación, se debe proceder de nuevo del mismo modo, intentando alcanzar la mayor claridad posible.
¿Y acerca de los sentimientos de impotencia? Natu ralmente. debe pensarse que en las cuestiones políticas, en las que los sentimientos y las ideologías son tan fuertes, no es posible convencer a casi nadie, de modo que uno debe conformarse con ofrecer argumentos a quienes piensan ya de un modo similar al propio. Asi mismo, a raíz de las muchas cartas recibidas sobre mi artículo acerca de la guerra del Golfo, he podido comprobar que en este punto existe una necesidad y una tarea por realizar.
No cabe duda de que hoy en día los problemas se m odifican y agudizan. Como fueron tan pocos los intelectuales alemanes que pudieron decir algo míni mamente acertado acerca de la guerra del Golfo, me imaginé, así, que por una vez nos habían dejado de
una pieza y quitado el habla la avalancha de cambios inesperados que estaban teniendo lugar en el Este y en Alemania.
En este último país ha comenzado una época total mente nueva, con nuevas dificultades y nuevos pro blemas. Sólo cabe esperar que crezcan junto a ellos las fuerzas para superarlos. Creo, sin embargo, que las cuestiones de carácter global, bien definidas en el caso de Latinoamérica, también aquí las veremos pron to subir con fuerza a un primer plano. En el penúltimo artículo de esta obrita aparece indicado, según creo, el cambio de perspectiva con respecto al Tercer Mundo.
Por supuesto, no es casualidad que esta conferencia fuera escrita en su origen en español y debiera ser traducida posteriorm ente al alem án. Espero poder estar también presente en Alemania desde el otro lado del Atlántico, donde volveré a ser extranjero. El paso que había dado en 1949, con el que buscaba una iden tidad que no me pertenecía, había sido un error aun cuando por sus consecuencias demostró tener pleno sentido. (No soy ningún ético consecuencialista.)
Por su especial forma macabra, este error supuso un desatino bastante singular, pero que remite a con textos más generales. El primero es el del problema existente para los modernos judíos no religiosos, mien tras que el segundo se refiere a la posición que uno debe tomar, sea judío o no, ante la cuestión de la propia identidad colectiva, de lo nacional. El deseo — sin duda comprensible, esto es, «explicable»— de una identidad nacional fue construyendo desde el siglo pasado en la autoconciencia de los judíos europeos secularizados su más grande problema moral. Muchos de ellos lo solucionaron en la forma de una sobre
identificación con su país anfitrión (en concreto, con
mediante su aspiración a una patria judía propia, el
sionism o. Hablando en los términos religiosos de los
judíos, las dos soluciones fueron otros tantos «peca dos», consistiendo el sionista en el abandono de la fe, puesto que el retomo a Jerusalén tendría que efec tuarse en principio con el advenimiento del Mesías. (Mi extravagancia de 1949 se sitúa en este contexto. Había optado por el deseo de una sobreidentificación, aunque también a destiempo, inmediatamente después del holocausto y a modo de un regreso.) En su obra
Von Berlín nach Jerusalem [De Berlín a Jerusalén,
Francfort, 1977], Gershom Scholem opone su propia decisión original por el sionismo a la alternativa de buscar un hogar, identificándose con el país de origen
(sobreasimilación) y a la de su hermano (universalismo socialista), considerando la primera como la única
vía correcta. Tal vez resulte más fácil de apreciar en la actualidad que tanto el sionismo como la búsqueda de una sobreasimilación han demostrado ser callejones sin salida.
Cabría preguntar ahora si hubo entonces y hay aho ra una solución que sea la «correcta». Creo que sí. Poseer una cierta identidad colectiva normal es, creo, algo correcto. No es correcto y sí malo el desplaza miento agresivo hacia el nacionalismo. Y también es pernicioso cuando personas que carecen de una iden tidad «normal» del tipo nacional intentan obtenerla por la fuerza. De ahí sólo pueden resultar fracasos y exageraciones. Asimismo, para aquel que sólo posee una identidad restringida y/o compleja del tipo expuesto no le queda más salida, como a cualquier otra persona, que la de aceptarse a sí mismo como quien es. (Puede tener, por supuesto, buenas razones para cambiar, o también puede no tener ninguna razón para ello — y ésa sería ya, en sí misma, una buena razón , pero exis
ten también malas razones. Así, el motivo de querer tener una identidad inequívoca es una mala razón cuan do no se apoya en ninguna otra, en una buena razón.) El cosmopolitismo tampoco es ninguna alternativa. Desde mi punto de vista, los peldaños nacionales per manecen impunes, no pueden saltarse ni deformarse. No cabe duda de que cada cual debería comprender se a sí mismo desde una perspectiva universalista, pues en nuestros días la ética sólo puede ser entendida como una ética del respeto universal. Pero cada cual, en tanto que ciudadano del mundo, sólo puede compor tarse de forma concreta en el terreno de la práctica, y hacerlo como aquel que es, como un «tal o cual» desde la identidad nacional simple o fragmentaría o compleja que él justamente posea. El modo de ver contrapuesto al anterior, el de creer que es posible comprenderse directamente a sí mismo como ciudadano del mundo, sólo había sido sugerido por una situación especial dada en la anterior República Federal. Pero en este punto tampoco deberíamos quedarnos suspendidos en lo ideológico, sino que debemos saber que fue esa situación especial la que, afortunadamente para todos, en estos cuarenta años ha facilitado con mucho el logro de ciertas cosas.
Er n s t Tu g e n d h a t Berlín, verano de 1991
CONTRA LA PEDAGOGÍA
AUTORITARIA*
ESCRITO POLÉMICO CONTRA LAS TESIS «EDUCAR CON VALOR»
Por lo general las tesis son opiniones presentadas de tal modo que invitan a la controversia. Pero las nueve tesis que quieren reconstruir el ánimo y el valor para educar, anuncian un nuevo evangelio, verdades evidentes que deberían poder percibir todos aquellos que no están adoctrinados malévola o ideológicamente.
La Tesis 1 comienza con la frase: «Nos dirigim os
contra el error de pensar que la mayoría de edad, para cuya consecución debería educar la escuela, reside en e l ideal de una sociedad futu ra en la que se dé la com pleta liberación de todas las relaciones vitales condicionadas p o r el entorno fam iliar.»
* E ste e scrito polém ico se dirigía contra las «nueve tesis “ M ut z u r E rzichung” (“ E d u car co n valor” ]», form uladas p o r H crm ann Lübbc en un congreso que tuvo lugar en Bonn e n el año 1978. Aparte de él, las tesis también habían sido suscritas por Hans Bausch, Wilhclm Hahn, G oto M ann, Nikolaus Lobkowitz y Robcrt Spaemann, y repar tidas p o r el M inisterio de C ultura a todos los profesores de Baden- W ürttem berg. De las nueve tesis, las cinco prim eras aparecen repro ducidas po r com pleto en m i articulo. Éste condujo a la aparición de nuevas declaraciones, la d e Robert Spaem ann aparecida en el diario
Die Zeit n.“ 26 y 30 (1978), la de G olo M ann en el Zeit n.° 26 y una réplica de Jürgen H aberm as q ue file publicada en el Zeit n.° 30.
Aparentemente, no podríamos sino dar nuestro con sentimiento a la tesis anterior, pues sin duda es absurdo creer que la mayoría de edad consiste en la construcción de una tabula m sa, de una nada. Sin embargo, cabe preguntar también contra quiénes se dirigen realmente los autores. Tanto en ésta como en las tesis siguientes, el adversario permanece en la oscuridad, y así se deja convencer mejor. Ahora bien, ¿existen en absoluto concepciones pedagógico-políticas que hagan de la «completa liberación de todas las relaciones condi cionadas por el entorno familiar» su meta particular? Desde el escrito de Kant «Beantwortung der Frage: Was ist Aufklárung?» [«Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?», 1784] no se tendría que poder dis cutir más acerca del sentido de la noción de la «mayoría de edad». Kant la define como la capacidad de «hacer uso de la propia inteligencia sin la guía de otro»*. Un empleo tal de la inteligencia implica que las «rela ciones vitales condicionadas por el entorno familiar» sean exam inadas en relación con su razonabilídad — y ello significa, al mismo tiempo: en relación con su rectitud— . Sólo en la medida en que las relaciones mentadas no satisfagan este criterio debe el hombre que ha alcanzado la mayoría de edad exigir una trans formación. El que los autores no hayan tomado en consideración este criterio positivo, el que todos tengan clavada la mirada en la transformación de concepciones
* Este opúsculo de Kant se encuentra traducido al castellano con el titulo «¿Qué es la Ilustración?», en Kant: Filosofía de la historia,
traducción de E ugenio Im az, FCE, M éxico, 1 985,pp. 25-39. La cita se encuentra en la página 25 de esta edición, y dice asi: «servirse de su inteligencia sin la gula de otro». A pesar de que nuestra traducción es algo diferente, creemos que la variación es insignificante para la comprensión de su sentido. (N. de la T.)
políticas definidas — para ser justificadas en detalle o no— , se funda manifiestamente en que ellos, por su parte, han erigido en fin absoluto la protección de lo establecido. Esta sería una posición contraria a la razón y, en sentido estricto, irracional, a menos que se afirme, con Hegel, que «todo lo racional es real; y todo lo que es real, es racional». Tanto Lübbe como Spaemann son discípulos del neohegeliano Joachim Ritter, cuya tendencia a la abstracción también se puede encontrar en estas tesis. En la frase citada, Hegel per vierte el sentido de «razón», convirtiéndolo en su con trario. No es preciso, sin embargo, polemizar acerca de la palabra «razón». En cualquier caso, es claro lo que se quiere decir: lo establecido es bueno porque está establecido; ¡vivimos adaptados!. Hablando en términos pedagógicos, ello supone afirmar que la tarea de la escuela es la de educar en la adaptación y aco modación a lo existente.
Alguien vacilará en imputar a los autores de las nueve tesis una afrenta tal a la razón. Sin embargo, en la frase siguiente ratifican, introduciendo algunas restricciones, la interpretación que acabamos de men cionar. «En verdad» — la segunda frase de cada una de las nueve tesis comienza con esta aseveración, que aquí aparece expuesta ex cátedra— «la m ayoría de
edad, que la escuela sólo puede prom over desde las respectivas relaciones fam iliares dadas, es la mayo ría de edad de quienes se han emancipado finalm ente del maestro.»
Esta frase es tan «bella» que apenas si se entiende lo que en ella se afirm a. En apariencia parece que sólo puede ser entendida así: «desde las respectivas relaciones familiares dadas» debe el alumno subor dinarse a «la autoridad del maestro» hasta que haya alcanzado la emancipación, precisamente por haberse
identificado con el educador. Quedaría, entonces, sin ser interpretada la mayoría de edad, que así continúa siendo ia capacidad de vivir sin la guia de otro, pero sólo en tanto que uno haya aprendido a dejar de hacer uso de su inteligencia. Alguien podría encontrar gra ciosas estas tergiversaciones de tanto ingenio y efec tuadas como de pasada, cuando no se tiene en cuenta su sentido demagógico. Todo educador sabe — y hablo aquí también por experiencia propia, la de mi segunda profesión como profesor de Ética en un instituto de enseñanza secundaria de Baviera— que es mucho más sencillo impartir clases de forma autoritaria que esfor zarse por activar la preparación del alumno para que alcance su autonomía. En la actualidad se ha fortalecido el carácter autoritario de nuestras escuelas a través del num erus clausus y de la presión ejercida con el propósito de obtener un mayor rendim iento de los alumnos. Y ahora hasta se debe postergar la transmisión de la buena conciencia a aquellos que se han visto enredados en este proceso. Quizás se vea ya con cla ridad lo que se quiere decir con la expresión «educar con valor».
La frase siguiente y última de la Tesis i reza asi:
«A sí, s i la escuela erigiera en ideal pedagógico la mayoría de edad de una humanidad futura, toda nues tra vida se nos revelaría hasta el futuro como dema siado m enor de edad.»
Lo fascinante de este tipo de formulaciones reside en que uno no se siente capacitado para decidir si han sido establecidas con el objeto de atontar al lector o si sus autores han llegado finalm ente a creérselas. Para todo aquel que no se deja embriagar por el pathos de Lübbe tanto como él mismo, no cabe duda de que la capacidad de crítica, que viene indicada por la noción de mayoría de edad, apunta al futuro, mas precisamente
por ello no puede ser aplazada su consecución hasta alcanzarlo. Asimismo, no se tiene que considerar tam poco la mayoría de edad misma como un estado, sino más bien como un proceso que nunca llegará a su tér mino. También en este punto desearían los autores reivindicar el resentimiento de aquellos que se ofenden cuando alguien les anima a reconocerse a si mismos como imperfectos, aun cuando se hayan «emancipado de la autoridad del maestro». Asi pues, como lo existen te es bueno, también nosotros somos buenos aprobando lo existente. Y parece que da buen resultado asegurarse de que eso que existe se comporta tan «en verdad» como pretenden.
El que haya dejado sin interpretar parte del contenido de la Tesis 1 la puede comprender con la exposición de la Tesis 4, que es la tesis central de todas ellas:
«Nos dirigim os contra el error de suponer que la escuela puede hacer a los niños “capaces de critica" porque los educa para que no dejen sin cuestionar nada de lo establecido. En verdad, con ello, la escuela em puja a los niños en brazos de quienes reclaman para s i derechos absolutos como sabelotodo ideoló gicos. Pero, frente a tales seductores, únicamente estará capacitado para el escepticismo y la oposición critica quien p o r su educación se encuentre en armonía con lo establecido.»
La arm onia o conform idad con lo «establecido» es, por consiguiente, el único rasero de la crítica. De esta premisa se sigue, razonando á la Hegel, una pri mera consecuencia lógica que supone la inversión de la primera frase de esta tesis: la escuela debe educar para dejar que todo lo establecido permanezca «sin cuestionar». Otro tanto ocurre, en segundo lugar, con la segunda afirm ación de la tesis, según la cual el único objeto legítimo de la crítica son los críticos de
lo existente, los «sabelotodo». Se oculta así que es más bien su propia posición, que considera lo existente como sacrosanto, la que merece como ninguna otra la etiqueta de ideológica y reclama para sí un derecho absoluto que, sin embargo, no se puede fundamentar racionalmente.
Por otra parte, se origina la paradoja de que la edu cación para la crítica empuja a los niños «en brazos» de «seductores». No obstante, estos autores consideran una ingenuidad manifiesta la concepción liberal según la cual, tan sólo una educación tendente a fomentar la capacidad de juicio propio puede presentar resistencia frente a las ideas políticas poco fundadas, procedan éstas de derechas o de izquierdas. Con Cari Schmitt, quien ha ejercido una influencia tan duradera en la escuela de Joachim Ritter, piensan según las categorías de aliado-enemigo, situando a este último en la izquier da. Aunque procuran evitar las palabras «izquierda» y «derecha», el pensamiento de fondo no deja lugar a dudas: la educación para una crítica libre, sólo deter minada por la razón y sin conexión alguna con la «armo nía con lo establecido» no ofrece ninguna seguridad contra el peligro de la izquierda. Por tanto, se ha de impedir a toda costa esta libre crítica («desarraigada»). La historia conoce bien este modelo. En efecto, siempre que amenaza el peligro de la izquierda, el lado con servador se cobra al liberalismo. En nuestro caso, la única novedad consiste en que ahora el liberalismo necesita ser cobrado, aunque hoy en día ya no cabe hablar en la República Federal de Alemania de un peli gro procedente de la izquierda. Por ello, los autores de las nueve tesis, no sólo se defienden de la izquierda, sino que, como medida preventiva, consideran también los principios del liberalismo como «errores», revelando asi cierta tendencia al totalitarismo. Éste se hace patente
en la Tesis 2, que viene expresada con las siguientes palabras:
«Nos dirigim os contra el error de pensar que la escuela puede enseñar a los niños a ser felices porque les anima a reclamar su “derecho a la felicid a d 1'. En verdad, con ello, la escuela hace fracasar a los niños y los neurotiza. Pero, la felicid a d no se consigue con la liberación de tal pretensión, sino que aparece en el ejercicio del derecho.»
Cualquier sistema totalitario podría hacer suya una tesis tan menospreciadora del hombre, como la prece dente. En un sistema tal, éste no está ahi para lograr la felicidad del hombre, sino que el hombre mismo viene a ser reducido a la función que el propio sistema le asigna. La escuela existe para que los niños aprendan a tiempo a identificarse con esta función. M ientras que la idea de una escuela democrática aspira a promover el proceso de autodespliegue y la felicidad de los niños. La tarea que asume la escuela autoritaria es la de impedir este proceso, recanalizándolo, de modo que el niño «aprenda» a tomar su inclusión y ordenamiento dentro del sistema por su propia autorrealización, o, por hablar en los términos de los autores, a encontrar su felicidad en el «ejercicio del derecho». Según éstos, se «neurotiza» quien, niño o adulto, se enfrenta a lo anterior, armándose de valor para reclam ar sus derechos o señalando la contradicción existente entre la conformidad con el sistema y su autodespliegue como persona. Me sor prende que estos autores no hayan pensado, al escribir la fiase citada, en lo que está ocurriendo con tales «neu róticos» en países como, por ejemplo, la Unión Sovié tica. Es evidente que también consideran un error aquella fiase de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, según la cual the pursuit o f happiness es uno de los derechos inalienables de los seres humanos.
La Tesis 2 se encuentra estrechamente relacionada con la Tesis 5: «Nos dirigimos contra el error de pensar
que la escuela ha instruido a los niños para que “miren p o r sus intereses”. En verdad, con ello, ¡a escuela pone a los niños en manos de quienes saben interpretar aquellos intereses desde sus intereses políticos par ticulares. Pero, antes de que sea posible m irar po r los intereses propios, es preciso estar ya introducido en el seno de las relaciones vitales en las que aquellos se configuran.»
Esta tesis debe toda su fuerza retórica al carácter indeterminado de su última frase. Ella recuerda, por una parte a algo que resulta trivial, esto es, que los intereses tan sólo pueden desarrollarse en conexión con las instituciones sociales y políticas. Pero, al mismo tiempo, sugiere que esta conexión sólo es pensable en la forma del acuerdo y que, por consiguiente, los intereses de los individuos no se pueden diferenciar de los que vienen indicados por el rol social que las instituciones les asignan. La ideología del acuerdo que asumen los autores es la posición del totalitarismo. Y, de igual modo, entregan «a ios niños en manos de quienes saben interpretar aquellos intereses desde sus intereses politicos particulares». Las instituciones, no los individuos, son la última instancia. Si fuera «en verdad» así, no existiría ningún derecho funda mental ni democracia alguna; las ideas de la Decla ración de Independencia norteamericana y las de la Declaración francesa de Derechos Humanos no serían, entonces, más que otros tantos errores. La escuela a la que apunta esta tesis, es una escuela antidemocrática, en la que se educa a súbditos, no a ciudadanos. La Tesis 3 corrobora lo anterior:
«Nos dirigim os contra el error de pensar que las virtudes de la diligencia, la disciplina y el orden se
han vuelto obsoletas desde un punto de vista peda gógico, porque, han demostrado que es posible abusar políticam ente de ellas. En verdad, estas virtudes son necesarias en cualquier circunstancia política. Pero su necesidad no depende del sistema, sino que sefunda en el ser humano.»
Resulta impertinente tener que enfrentarse con una «tesis» tal. También ella se dirige contra enemigos nebulosos. Los autores deberían, por cierto, nombrar a quienes, según ellos, han afirmado que las virtudes mentadas son «obsoletas» y no las han relativizado con respecto a otras virtudes. Éstas, no han demostrado ser susceptibles de un uso politicamente abusivo. Lo que sí revelan es el puesto, desproporcionadamente alto, que estas virtudes han venido ocupando en la educación tradicional y en la cultura política alemanas, un puesto que aún ocupan y que incluso se ve rebasado gracias a los autores de las nueve tesis. Así, cuando uno se pregunta en qué lugar de estas tesis se men cionan fines educativos positivos, llegamos a la deso ladora conclusión de que todas ellas no son sino antí tesis, de entre las cuales tan sólo encontram os la excepción de la Tesis 3, en la que la diligencia, la dis ciplina y el orden son los únicos fines educativos que se mencionan explícitamente.
Pero esta omisión no puede ser un simple descuido. Así, cabría preguntarse qué otros fines educativos podrían considerar los autores. ¿La mayoría de edad? No, porque en la primera tesis le han dado la vuelta, poniéndola cabeza abajo. ¿La autonomía? Tampoco, pues la cuarta tesis acaba con ella. ¿El autodespliegue? De nuevo hay que responder negativamente, ya que la segunda tesis le priva de una base que lo sustente. Por otra parte, en esta última tesis, se hablaba del «ejer cicio del derecho». Pero ¿no es éste un fin educativo
deseable? En este punto permanece, sin embargo, abier to lo que deba ser entendido bajo tal expresión. Los autores han desechado la «razón» y la «felicidad», puntos de referencia obligados para toda moral heredera de la Ilustración. Sólo resta, entonces, proponerse una pseudomoral en la que el hombre —en la termi nología de Kant— , no sea ya pensado como un fin en si mismo, sino sólo como medio, de modo que las «virtudes» que de él se esperan no sean sino las virtudes propias de un instrumento. Y, en efecto, por lo que se puede extraer de las nueve tesis, la expresión «ejercicio del derecho» que menciona la Tesis 2 no puede referirse sino a las virtudes «diligencia, disciplina y orden», introducidas posteriormente en la Tesis 3. ¿Es, pues, posible que los autores no se hayan percatado de que con ello han convertido el m odelo o tipo de A dolf Eichmann en la norma directriz de la educación?
Las primeras tesis deberían ser las más importantes, tanto desde el punto de vista objetivo como desde el de la intención de los autores, por lo que, en lo que atañe a las cuatro restantes, puede bastar con m en cionarlas tan sólo. Estas últimas no dependen direc tamente de las cinco primeras, sino que persiguen el objetivo de movilizar, con los mismos medios retóricos empleados hasta ahora, diversos resentimientos contra ciertos aspectos muy concretos de la reforma escolar. En la Tesis 6 se trata de atizar el resentimiento contra la nivelación mediante la referencia a la promoción de la igualdad de oportunidades educativas, suponiendo erróneamente que ésta ya se encuentra realizada entre nosotros. La Tesis 7 se dirige «contra el error de pensar que es posible iniciar reformas en la escuela que la sociedad misma no quiere introducir en sus institu ciones políticas». Se trata, de nuevo, de un argumento bastante eficaz y carente de todo contenido de verdad,
precisam ente porque, o bien alude a cualquiera de las reform as que han venido siendo reforzadas por los legisladores, o bien remite a ideas reformistas que no se pueden decretar en absoluto a través de leyes porque promueven un cambio de orientación. Aparte, con esta tesis educativa se niega relevancia política propia a todo derecho. En las Tesis 8 y 9 los autores se hacen eco de la antipatía, especialmente extendida entre los padres, hacia la «cientifización de las clases» y hacia una «educación profesionalizada e institucio nalizada en grado máximo», como si quienes persiguen tales fines fueran los mismos que aquellos contra quie nes se dirigían las cinco primeras tesis.
Lo que Hahn celebra como un «principio comple tamente nuevo para la educación» consiste, por tanto, en el desmanteiamiento de todos los errores existen tes en la pedagogía desde la Ilustración. Y parece un diagnóstico correcto el que este «principio» «deter minará el próximo siglo de política educativa en la República Federal de Alemania». Así, fíeles a su pro pia divisa, los autores se sienten animados por el es tímulo que supone un acuerdo afirmativo con aquello que ya está en marcha. Y, el que uno tenga que enfren tarse con tesis de tan pobre calidad intelectual, con tesis que no han merecido atención alguna en ningún otro país de Europa Occidental, se lo debemos a la actual situación espiritual de la República Federal de Alemania. A los autores les ha dado buen resultado convertir en respetables las ideas pedagógicas autori tarias que muchos ya venían acariciando desde hacia tiempo, pero que nadie se había atrevido a articular desde 1945. Y el éxito se debe a que han revestido aquellas ideas de un ropaje retórico que consigue ocultar un poco su tendencia totalitaria. Ahora, como en los viejos tiempos, tendríamos que sentirnos alen
tados por una educación que no infunde ningún valor, ninguna fantasía, ninguna sim patía y ninguna res ponsabilidad en los hom bres individuales, por una educación que se realiza a costa de los niños y a costa de la democracia.
GITANOS Y JUDÍOS
Por su destino son hermanos los gitanos y los judíos. Son dos pueblos que han vivido en Europa a lo largo de los siglos sin un país propio, dispersados, en todas partes discrim inados por su diferente modo de ser, expulsados una y otra vez y siempre en busca de nuevas formas de existencia locales y económicas. En la socie dad moderna, con su igualdad de derechos, que sólo le fue concedida a aquellos que estaban dispuestos a hacerse iguales, se planteó para aquellos dos pueblos el problema de una integración que suponía la adap tación y pérdida de sus propias identidad y tradición. Los nazis, quienes marcaron su modo de ser diferente como algo condicionado por la raza, evitaron a ambos el problema mediante la anulación final que supuso el exterminio físico. ¿Y qué ocurre ahora con los supervi vientes, ahora que la pesadilla ha pasado?
Pero ¿ha pasado? Para nosotros, los judíos, puede decirse que si. Para un ju d io asim ilado no se vive mal hoy en día en la República Federal de Alemania. Mas intento ahora imaginarme cómo seria mi vida si los prejuicios que en el pasado existían contra los judíos enviados a Auschwitz hubieran perdurado tan sólidos y enteros como los prejuicios contra los gitanos. Y apartan su m irada del problema real quienes se preocupan por hasta qué punto sigue existiendo aún entre los alemanes un antisemitismo latente, que sólo se sustrae a las consideraciones externas. Quien atiende
únicamente a la posibilidad de la discriminación latente de una minoría determinada, cierra los ojos a la abierta discriminación de otras minorías allí donde realmente está teniendo lugar en nuestro país. En suma, el anti semitismo no es más que una de las manifestaciones posibles de una enfermedad más profunda. Ésta, con siste en una incapacidad para construir la conciencia de la propia identidad colectiva sin despreciar las demás identidades culturales y nacionales, y, de ahí, llegar a negar incluso que los demás también son personas. Por esta razón, los judíos también sirvieron, de una determinada manera, como blanco de esta proyección negativa, quizás porque no había ningún país (ni siquie ra un país distinto de Alemania) donde no fueran mino ría. En este mismo fundamento se basa el que también los gitanos, aun en nuestros dias, se encuentren en el centro de todos los prejuicios, lo que también ocurre con otras minorías nacionales. En el Tercer Reich, los judíos éramos considerados como seres infrahumanos. Si bien es cierto que en la actualidad rara vez se suele calificar de infrahombres a los gitanos, sin embargo, en el fondo se Ies contempla y trata como a tales.
¿Por qué la denominada superación del pasado se concentra en Alemania casi exclusivamente en los ju díos? ¿Por qué se pasó por alto durante el dominio nazi el destino de los gitanos? Existen diversas razones para ello, sin duda, también aquella tantas veces repetida en esta obra, según la cual la República Federal de Ale mania se encuentra ahora, como entonces, bajo una presión internacional ejercida a propósito de los judíos y no de los gitanos. Sin embargo, esto se funda, por su parte, en la circunstancia de que los judíos, a diferencia de los gitanos y gracias a una tradición cultural diferente, pudieron disponerse antes a caminar por la senda de la adaptación, de la que ya han recorrido un largo trecho.
A consecuencia de lo anterior, hoy en día es mucho más fácil para cualquier alemán distanciarse emocio nalmente de la persecución de los judíos que de la de los gitanos. Los judíos ya no se presentan ante los ale manes como extranjeros y amenazadores. No son ame nazadores porque apenas si existen ya judíos en Ale mania. No son extranjeros porque se reconocen sus cualidades, con las cuales hasta creen poder identificarse. Y dicen esto según el punto de vista del que partan; por ejemplo, del de quien piensa en la conjurada sim biosis espiritual germano-judía o en el Estado de Israel. Y así, cuando uno se concentra en la persecución judía, resulta menos difícil poder contemplar la época com prendida entre 1933 y 1945 como un fragmento de his toria extraña, como una mancha pulcramente delimitada. Quien haya leído los artículos comprendidos en el presente volumen, no podrá menos de reconocer que la imagen de la historia se oscurece desde el momento mismo en que nos adentramos en la cuestión de la per secución de los gitanos. Con respecto a ellos existe, o al menos así lo parece, sobre todo en la mentalidad y, en parte, en la legislación, una continuidad entre la época del Káiser, la República de Weimar, el Tercer Reich y nuestros días, una continuidad que viene expresada ejemplarmente en una frase que se encuentra en una afirmación pronunciada en 1956 por el Tribunal Federal Supremo: «Las medidas adoptadas contra los gitanos a partir de 1933 por las autoridades nacionalsocialistas, no se diferencian en absoluto de las correspondientes a las acciones acometidas antes de 1933 en la lucha contra la plaga gitana». La polémica jurídica acerca de si los gitanos fueron deportados por los nazis por ser asociales o por razones de carácter racista, es del todo desacertada, y ello, poique, en el fondo, se trataba de que los gitanos eran asociales precisamente en razón
de su raza. Si nos comparamos con la persecución nazi de los gitanos, puedo comenzar hablando en primer lugar de «nosotros» como nosotros los alemanes, ya que en este contexto uno se encuentra involuntariamente, como judio, en el bando equivocado, el bando de los opresores y no el de los compañeros de infortunio. Allí donde entra en consideración el rechazo de otras mino rías, los judíos alemanes compartimos los prejuicios del resto de los alemanes; no en vano nos hemos esfor zado durante tanto tiempo por ser tan alemanes como los alemanes (y con ello no quiero concluir que existen tantos judíos sin prejuicios como alemanes en igual disposición). En segundo lugar, hoy en día, no cabe ya pensar la superación del pasado como el acto de delimitar algo ya acontecido, sino únicamente como una supera ción del presente que nos concierne a todos sin excepción. Ya no bastan las categorías de la culpa y la penitencia, categorías que resultan poco fructíferas por ser obsoletas. El problema reside, más bien, en que necesitamos cate gorías diferentes. Se puede percibir, con mayor nitidez en el caso de los gitanos que en otros contextos, que los excesos cometidos por los nazis no representaban sino una escalada de esa misma mentalidad que ya estaba presente antes de 1933 y que todavía encontramos hoy entre nosotros. Desde el no querer hacer nada con una minoría, cuyos derechos no son defendidos por ningún otro Estado y que en todo caso nunca podría ser expul sada de su patria, pasando por su concentración y traslado forzosos, y de ahí a su confinamiento en los campos de concentración, hay un paso difícil de dar y muy grave, mas no por ello deja de ser un simple paso.
Desde nuestra propia perspectiva, la cuestión gitana sólo afecta de forma secundaría a la suerte que correrá este pueblo (y ésta es una cuestión que finalmente ten dremos que dejar que la respondan ellos mismos). Nos
preocupa ante todo qué será de nosotros mismos. Éste es un problema que sólo es jurídico en segunda instancia, un problema que no permite ser resuelto ni jurídica ni administrativamente porque es, en primer lugar, un problema que atañe a nuestro comportamiento social. El prejuicio, según el cual los gitanos son asociales, no es sino el reflejo de nuestra propia y poco sociable forma de vida. Les llamamos asocíales porque se niegan a adaptarse a esa nuestra forma de vida, la del individuo que habita en la desintegradora sociedad del rendimiento. No basta con dar una orientación más caritativa a las ideas cambiando de opinión en favor de los gitanos, pues ello los convertiría de nuevo en objetos. La pros cripción sólo sería levantada cuando nuestras formas de vida ya no se asum ieran acríticam ente com o la vara de medir de las restantes: cuando lo insatisfactorio y asocial que hay en nuestro modo de vida ya no debería ser reprimido y sepultado en nuestra conciencia; cuando pudiera aparecer, en lugar del miedo a relacionarse con otros, la necesidad de entrar en contacto con los seres humanos que existen a nuestro alrededor.
En este punto surge un rayo de esperanza, pues en nuestra generación más joven, se ha venido desarro llando la conciencia de que los valores de esta sociedad son insuficientes para el logro de una vida plena. Esta generación ha redescubierto valores que, en ciertos aspectos, les acercan a los gitanos. Encontrar una vía hacia la integración amistosa de los gitanos podría depender de que hallemos un genuino acuerdo con esa contracultura que pertenece a nuestra propia cultura. Pero, también a la inversa: si no renunciamos a dis crim inar al otro, no podremos más que oprim irlo y relegarlo a la vida en el gueto.
RACIONALIDAD
E IRRACIONALIDAD
DEL MOVIMIENTO PACIFISTA
Y DE SUS ADVERSARIOS
ENSAYO DE UN DIÁLOGO
I
Parto de la angustiosa vivencia, siempre de nuevo repetida, de la falta de un entendimiento mutuo en lo que respecta a la cuestión de la supervivencia colectiva. Casi todo el mundo occidental puede considerarse dividido en dos grandes sistem as de comunicación relacionados entre si por encim a de las fronteras nacionales y que se amenazan reciprocamente con la destrucción, creando nuevas fronteras cuya línea de demarcación atraviesa a familias y amistades. No se trata del mero establecimiento de fines políticamente contrapuestos. Existe una diferencia más profunda que nos puede llevar a desesperar del otro o, si somos delicados, de nosotros mismos. Me refiero a la dife rencia existente en cuanto al lenguaje, a la comprensión, a los supuestos tácitos implícitos en la percepción de las realidades políticas.
Cuando los hombres dejan de entenderse, ya sólo pueden aparecer a los ojos del otro como criaturas irracionales. Ello se basa simplemente en el sentido
que posee esa falta de comprensión. Por este motivo, no es ninguna casualidad que la acusación más fre cuente que lanzan los adversarios del movimiento pacifista contra éstos, y éstos contra aquéllos, no sea otra que la de irracionalidad. Una acusación tal, sig nifica siempre, que las razones aducidas por el contrarío para defender sus convicciones son contempladas como insuficientes. Pero, si ya no podemos comprender las razones de los otros, aún podemos intentar explicar sus convicciones a partir de motivos de los que ellos mismos no son conscientes. Un procedimiento de esta especie, implica no poder considerar ya en serio a la parte contraria como un genuino interlocutor, pues desde este momento dejamos de hablar con él para hablar tan sólo sobre él. Este recurso a los motivos psicológicos y psicológico-sociales subyacentes es raciona] y, por tanto, indispensable, pero únicamente cuando ya no podem os entender directam ente una determinada posición. No es racional, sin embargo, si se pone en juego este recurso antes de tiempo, es decir, cuando previamente no lo hemos intentado todo para entender las razones de la otra parte mediante el diálogo. En concreto, tanto en una dirección como en otra, resulta poco convincente la precipitada acu sación de irracionalidad que se dirigen ambas partes entre si. Y es poco convincente porque no pueden persuadir a nadie de que todos los representantes de la parte contraria son estúpidos o malvados o ambas cosas a la vez.
En la lucha política es muy común difamar al adver sario. El diálogo se interrumpe lo antes posible, esco giendo cada parte aquellos aspectos del otro que antes lo hagan aparecer como un ser débil. Platón, situó este método retórico, tal y como él lo denominara, frente a aquel otro que señaló como filosófico, donde
«filosófico» sólo quiere decir que aspira a establecer un diálogo. No se trata de una mera recolección de puntos de vista, sino de alcanzar por ambas partes la mayor veracidad posible, lo que significa obtener el mayor grado posible de racionalidad intersubjetiva. La exigencia de Platón, según la cual los políticos deben llegar a ser filósofos en el sentido expuesto, ha provocado la hilaridad de muchos a lo largo de los siglos. Sin embargo, en lo que respecta a la cuestión que nos preocupa en la actualidad, y que trata sobre nuestra supervivencia, no podemos permitimos renun ciar a una comunicación reciproca. Cada afrenta a la racionalidad supone un paso m ás hacia el abismo. Pero, esta racionalidad es esencialmente intersubjetiva, y ello porque sólo podemos calibrar la plausibilidad e importancia de nuestros propios fundamentos o razo nes cuando los confrontamos con los de la otra parte. Así pues, en adelante imaginaré a un interlocutor que se sitúa en la parte contraria, de quien sé que no es ni estúpido ni malvado y al que supongo una nece sidad de mutuo entendimiento tan fuerte como la mía. La conversación con R udolf—pues ése es el nombre con el que he bautizado a mi amigo— posee el senti do de arrojar nueva luz sobre el panorama de los pun tos de vista (junto con sus respectivas posiciones de fondo) que aquí aparecen en litigio.
No he dado al contrincante de Rudolf un nombre ficticio como el suyo, sino que en este punto me man tengo en primera persona con el objeto de evitar una falsa apariencia de objetividad. No pretendo negar mi compromiso político, pues no me considero por encim a de los partidos. Naturalm ente, de lo dicho hasta aqui, se hace evidente que, en su conjunto, el diálogo es también subjetivo en la medida en que ha sido construido por mi y soy yo mismo quien pone
en boca de mi amigo sus argumentos. Al respecto no puedo hacer m ás que esforzarm e en equiparlo con los argumentos más sólidos que conozco, procedentes de conversaciones, de los libros o de mis propias re flexiones personales. Y doy por descontado que en este aspecto sólo he logrado una aproximación a la verdadera objetividad. Mas, si esto es así, ¿no seria mejor — como alguien podría objetarme— renunciar al diálogo representado y buscar un diálogo con un interlocutor vivo capaz de aportar argum entos que yo no podría anticipar jam ás? Ciertamente, pero lo uno no excluye lo otro. Las discusiones de palestra y las entrevistas, tienen sus propias posibilidades, pero también sus propias dificultades.
Ahora bien, de momento, Rudolf no esta dispuesto a embarcarse sin más en una argumentación denomi nada como el titulo de esta conferencia. «¿Es en abso luto posible — le oigo preguntar— hablar del mo vimiento pacifista? ¿Acaso no consiste el llamado movimiento pacifista en una mezcla de las posiciones más dispares? Pero, si éste no representa a ninguna posición concreta, resulta del mismo modo indeter minado hablar de “sus adversarios” . Además, ello hace que resulte enojoso su autonombramiento como “movimiento pacifista”, pues se acepta que sólo aque llos que se consideran dentro de este movimiento se preocuparán por la paz. Sin embargo, todos compar timos el fin de su mantenimiento, diferenciándonos tan sólo en nuestra concepción de cuáles sean los medios más adecuados para lograrlo.»
«Eso es completam ente cierto — respondo— , en este punto es del todo necesario realizar distinciones. La referencia global al “movimiento pacifista” que aparece en el título, era sin em bargo, obligada, ya que posee una relativa importancia en la conciencia
pública. Por consiguiente, tenemos que partir de ella. Además, la referencia global “al” movimiento pacifista tiene a menudo un oculto valor retórico, precisamente cuando tus am igos lo tachan de irracional. O curre entonces que se toma como punto de partida el con siderar que los fines lejanos de muchos de quienes se cuentan en las filas del movimiento pacifista son utó picos, poco realistas y, en este sentido, irracionales. A continuación, se transmite calladamente este juicio a ciertos fines próximos dados, tales como el de impedir el rearme, que también son promovidos por el movi miento pacifista.»
Asi pues, coincido con Rudolf en que sólo podremos explicar la cuestión de la racionalidad e irracionalidad del movimiento pacifista y de sus adversarios una vez que hayamos establecido una distinción entre diversos planos. Prescindo por completo de una gran parte del movimiento pacifista, a cuyos miembros cabe reprochar su desinformación acerca de numerosos detalles polí tico-militares. No informarse o hacerlo sólo parcial mente sobre un problema cuya importancia se considera de primer orden y del que se sabe que es controvertido, y mantener al mismo tiempo una determinada postura, es una actitud que, de hecho, conviene como ninguna otra con el calificativo de irracional. Sin embargo, no hay duda de que esta actitud se encuentra en la otra parte en igual medida y, por cierto, en una proporción especialmente elevada. Esta es una circunstancia cuya explicación se encuentra, sencillamente, en que no consideran que el problema posea una importancia de primer orden. Por lo demás, esta forma de irracionalidad, consistente en negarse a estar informado adecuada m ente, es, desde luego, un fenómeno gradual. Por supuesto, ello no lo hace mejor, sino que constituye propiamente el mal mayor. Aunque ninguno de nosotros
es un experto, he procurado definir a Rudolf de modo que esté prácticamente igual informado que yo. Por esta razón, no será difícil ponerse de acuerdo en renun ciar a lanzamos recíprocamente la acusación conjunta que acabamos de mencionar. Y, en su lugar, cuando en el diálogo nos topemos con aspectos en los que observemos que no somos lo bastante expertos, habre mos de tomarlo como una buena ocasión para infor mamos mejor. También se puede expresar lo anterior del siguiente modo: asumo que ambos compartimos, al menos, una misma voluntad de racionalidad.
Trataré de responder en dos fases a la petición de Rudolf, según la cual es necesario precisar el discurso sobre el movimiento pacifista, de modo que uno pueda enfrentarse con dos posiciones bien definidas. El míni mo denom inador común del m ovimiento pacifista europeo consiste en el rechazo del llamado rearme. Con ello queda señalado el punto decisivo de la dis cusión actual. Pero ni Rudolf ni yo estamos dispuestos a reducir el diálogo a este aspecto, aunque, por otra parte, no deja de tener su importancia. Si nos limitá semos a esta estrecha definición, no sería posible com prender la comunidad que constituyen los movimientos pacifistas de los distintos continentes — de Europa, Norteamérica, Japón. Australia— .
¿En qué consiste esta comunidad? Cabe exponerla, según creo, en dos supuestos empíricos y en una decla ración de fines. Los dos supuestos empíricos rezan así: 1) la guerra nuclear es posible; 2) su posibilidad se incrementa día a día. Por su parte, la declaración de fines dice lo siguiente: La guerra nuclear debe ser evitada a toda costa. El acento reside aquí en la expre sión «a toda costa». En cambio, el que deba ser evitada a toda costa una guerra en general (y subrayo aquí de nuevo la expresión «a toda costa») es también, desde
luego, un fin muy extendido en los movimientos paci fistas, pero no existe al respecto ningún consenso. Asi, y en tanto que un rasgo que es definidor del movi miento pacifista, quiero hacer hincapié en que éste no es necesariamente pacifista en sentido absoluto, aunque sí lo es en cuanto a la guerra nuclear. Es impor tante poner claramente ante la vista, aquellas valora ciones que se hallan implícitas en la declaración de fines mentada. En prim er lugar, toda guerra es un mal, y ésta es una valoración que en la actualidad (no siem pre fue así) com parten todos, ya sea dentro o fuera del movimiento pacifista. Sin embargo, la guerra nuclear es, para el movimiento pacifista, un mal que no puede ser comparado con el de las demás guerras, y ello, porque, en la medida en que supone el completo final de la especie y de la vida, representa el mal más extremo. En segundo lugar, precisamente por ser un mal radical, la guerra nuclear tampoco es parangonable con los restantes valores negativos.
Ahora puedo también hacer entender a Rudolf por qué el movimiento pacifista ostenta su nombre con pleno derecho, lo que no implica en modo alguno el que les sea negada la voluntad de paz a quienes no pertenecen a dicho movimiento. No cabe duda de que los adversarios del movimiento pacifista quieren tam bién evitar la guerra nuclear en la medida de lo posible. Sin embargo, es justamente en este punto donde resi de la diferencia, pues quieren evitarla en la medida de
lo posible, no a toda costa. Ello implica una escala
de valores diferente. Querer evitar una guerra nuclear en la medida de lo posible significa querer evitarla, a menos que sin ella no sea posible evitar un mal tan grande como éste o aún mayor, como, por ejemplo, la falta de libertad. Para los adversarios del movimien to pacifista, la paz es asim ism o un valor más alto,
pero no el más alto. O ¿existe otro valor más alto toda* vía? (recuerdo la expresión de Alexander Haig: «Hay cosas más importantes que la paz») o decimos, cómo podemos oír de labios de los políticos republicanos federales, que los valores de la paz y la libertad son del mismo rango. Con ello, vemos ahora con claridad hasta qué punto el movimiento pacifista ostenta este calificativo con pleno derecho, pues defiende la idea según la cual la paz o, m ejor dicho, la evitación de una guerra nuclear, tiene prioridad absoluta.
También puedo ahora establecer sin dificultad un acuerdo con Rudolf acerca de la división de nuestro diálogo. Así, en primer lugar, entrará en discusión el fin próximo del movimiento pacifista, a saber, el recha zo del rearme, y en segundo lugar lo hará la posición fundamental del pacifismo nuclear. Entre las dos cues tiones no existe ninguna conexión lógica, y ello es así porque sería en principio pensable (aunque existen buenas razones para que ello no ocurra en el terreno de lo empírico) que un pacifista nuclear apruebe el rearme, siempre que sea de la opinión de que el rearme torna improbable el estallido de la guerra atómica. Por supuesto, la combinación inversa es siempre posible (e incluso empíricamente muy extendida), es decir, que alguien rechace el pacifism o nuclear y esté del mismo modo en contra del rearme.
Mientras discuto con Rudolf sobre el rearme, puedo dejar abierta la cuestión de las valoraciones últimas y asumir que a ambos nos concierne un idéntico fin, precisamente el de reducir la probabilidad de una guerra nuclear. Por otra parte, hay un punto de vista adicional de especial importancia para Rudolf, el de la necesi dad de impedir también nuestra sobornabilidad política. En cualquier caso, es la cuestión de la racionalidad, con la que tendremos que habérnoslas en esta primera
parte (sobre todo en su forma más simple), a la que remite la pregunta sobre cuáles sean los medios más adecuados para alcanzar un fin dado. En la segunda parte tendremos que abordar otros aspectos de la racio nalidad. En primer lugar, éstos habrán de referirse a ciertas cuestiones evaluativas que también entrarán en juego en la primera parte, como, por ejemplo, la de si es racional — y ello significa ahora: adecuado a la realidad— considerar como bastante alta o bastante baja la probabilidad de una guerra nuclear. En cierta medida, estas cuestiones evaluativas no son decidibles de un modo objetivo. Asi, la racionalidad consistirá aquí en que ambas partes lleguen a darse cuenta de la importancia relativa de este factor subjetivo y de su trascendencia. En segundo lugar, llegaremos a un acuer do en lo que respecta a nuestras valoraciones últimas. Mas en este punto, la racionalidad no puede consistir en demostrar que una valoración es tan racional como la otra — ninguna de ellas es racional en sí y por sí— , sino tan sólo en ayudarnos m utuamente a no dejar que nuestras valoraciones y sus implicaciones per manezcan en la sombra. II
II
Pasamos, pues, al rearme. Q uiero suponer que Rudolf fundamenta su visión positiva del rearme del modo siguiente: «Los rusos —afirma— han utilizado la época de la distensión política para incrementar enormemente su armamento, ya sea en el terreno bélico convencional como en el nuclear, en el que cabe des tacar, en concreto, el campo de los misiles de medio alcance. Aparte, es conocida su tendencia expansio- nista, que se m anifiesta en su ideología tanto como
en la experiencia histórica reciente, léase Afganistán. Como me consta la ingenuidad y tendencia minimi- zadora que os caracteriza a ti y a los que son como tú en relación con el peligro que amenaza desde el Este, renuncio a entrar en pormenores sobre este punto, ya que, de todos modos, no podría convencerte en tan poco tiempo. Por fortuna, en nuestra cuestión podemos prescindir de las hipótesis acerca de las pretensiones del mando militar soviético. Es suficiente con el mero hecho del desequilibrio armamentistico. Cito del dis curso de Kissinger del 1 de septiembre de 1979, que tuvo lugar en Bruselas: «Ni tan siquiera creo que los actuales líderes soviéticos sean particularmente aven tureros.» Sin embargo, «nunca ha sucedido en la his toria que una nación consiga la superioridad en todas las categorías armamentistas fundamentales y no haya intentado también beneficiarse alguna vez de ello » '. Estoy dispuesto a admitir que Kissinger exagera cuando habla de «todas las categorías armamentistas funda mentales», pero doy por demostrada la superioridad soviética en cuanto a las arm as convencionales y a los misiles de tierra de medio alcance. Debido a la superioridad rusa en el terreno de las armas conven cionales, no podemos perm itirnos prescindir de la doctrina de la disuasión nuclear flexible. Y la superio ridad soviética en el campo de los misiles de medio alcance ha abierto una «ventana de vulnerabilidad» en la estrategia flexible disuasoria. Existe el peligro de un desacoplam iento entre Europa y los Estados 1
1 El discurso de Kissinger aparece reproducido en A. Mechtersheímer y P. Bahrdt (eds.), Den Atomkriegjukrbar und gewinnbar machen?
[¿Hacer que la guerra atómica pueda ser ¡levada adelante y ganada?].
Unidos, entre la disuasión efectuada mediante misiles de corto alcance y la realizada a través de misiles inter continentales. Por tanto, sólo es racional —y lo con trario seria irracional— desear que los Estados Unidos instalen misiles de corto alcance, siempre y cuando la Unión Soviética no desm antele los suyos. No es otro, por cierto, el sentido del acuerdo bilateral firmado por la OTAN el 12 de diciembre de 1979.
«Muy bien, Rudolf. En lo que concierne a tu primera puntualización acerca de mi ingenuidad, he de decir que no tomo a los lideres soviéticos por buenas per sonas, sino que les creo capaces de la más completa falta de escrúpulos a la hora de conseguir sus propó sitos. Sin embargo, tu evaluación de sus intenciones, tal y como la has expuesto, me parece muy poco rea lista. Te recomendaría la lectura del libro/4 la sombra
de la bomba atómica, de George Kennan, el padre de
la política de contención. Allí aparece publicada su exposición de 1978 sobre “Los fines de la estrategia soviética”, en la que el autor enumera con bastante precisión los criterios que, a su juicio, emplean los líderes soviéticos para las intervenciones m ilitares, en la medida en que tales criterios pueden ser extraídos a partir de su comportamiento y de su ideología. No cabe duda de que tam bién ésta no pasa de ser más que una opinión, si bien empíricamente fundada, y puedes alegar que las opiniones contrarias reclaman de igual modo una fundamentación empírica. Así, en este punto se mantiene como un comportamiento racio nal intersubjetivo tan sólo nuestra disposición para hacernos m ás expertos y, adem ás, la capacidad de reconocer que aquí se dan apreciaciones diferentes. Tendremos que delimitar y comprobar con exactitud en todo momento cuál es la importancia relativa que corresponde a tales cuestiones evaluativas para la ulte