Las instituciones educativas se constituyen en verdaderos escenarios de socialización; en ellas, además de formar en áreas del conocimiento fundamentales, se potencializan y desarrollan habilidades sociales para la vida; en la medida en que se genera amistad y camaradería, los jóvenes estudiantes aprenden diversas formas de relación entre iguales, sin embargo, el
encuentro entre jóvenes con diferentes características, actitudes, temperamentos, aficiones, culturas y en general formas diversas de concebir la realidad, originan tensiones que en ocasiones terminan en conflictos, entendidos éstos como algo natural en un contexto de convivencia humana.
Estos conflictos se convierten en verdaderas oportunidades de aprendizaje y al afrontarlos se pueden hallar diversas formas de solución, lo que conlleva a que puedan ser abordados cada vez más, con un pensamiento estructurado, que contemple la generación de acciones y
estrategias diversas que lleven a la utilización de mejores herramientas y recursos para asumirlos. La falta de preocupación de los actores de la comunidad educativa que ven estos acontecimientos como supuestamente aislados, hacen que el fenómeno se fortalezca; para algunos docentes y padres de familia en ocasiones son mucho más importantes las labores de administración educativa y la opinión que sobre su quehacer se tenga, lo que hace que las situaciones de violencia, pueden ser leídas o comprendidas como producto de la edad y de las dificultades que atañen al desarrollo de la infancia y la adolescencia.
Los estudios de Ortega (1994, 1997) sobre este fenómeno en España, muestran que uno de cada cinco estudiantes está implicado en procesos de intimidación escolar, como agresor, como víctima o como ambas cosas; esta situación, muestra un panorama de cierta manera desolador, bien sea por la falta de información o de compromiso con la que generalmente cuentan las personas que tienen a cargo el control y la convivencia en las instituciones educativas,
especialmente las de carácter oficial. Lo anterior, nos lleva a concluir que algunos educadores no hemos prestado la suficiente atención a las relaciones entre los estudiantes, tal vez porque
creemos no tener las herramientas suficientes o contundentes para atenderlas, quizá por creer que estas situaciones pueden ser resueltas por los mismos estudiantes, porque no damos mayor relevancia a las mismas, por temor a que la intervención pueda ser leída como intromisión y en consecuencia la respuesta sea de rechazo o simplemente por pura indiferencia de lo que pasa al interior de las relaciones entre jóvenes; sin darnos cuenta, desperdiciamos verdaderas
oportunidades de formación, a partir de la no comprensión de las vivencias y necesidades del otro; el hecho de que los jóvenes interactúen en diversas situaciones que incluso pueden originar conflictos o ambientes de presión e intimidación, exige una postura del docente presta y atenta a capitalizar los diversos elementos presentes y fundamentales para el aprendizaje de y en la convivencia, es necesario aprender a comprender las necesidades del otro, pero sobre todo es necesario aprender a actuar en colectivo, a actuar en situaciones o ambientes en donde está presente la intimidación.
Aunque en ocasiones los eventos de mal comportamiento en las escuelas pueden surgir de la influencia del contexto social en el cual esta se encuentra, también es importante comprender que el fenómeno de intimidación no es un elemento aislado que ocurre por accidente y que los protagonistas del mismo sostienen una relación muy extensa y muy estrecha en el espacio, lo que puede ocasionar consecuencias de violencia incalculables.
Según Ortega (1995, 1996, 1997) lo que influye en el comportamiento antisocial en las escuelas se resume en 3 dimensiones diferentes: “Evolutiva, esto es el proceso de desarrollo
socio-moral y emocional en relación con el tipo de relaciones que los estudiantes establecen con sus iguales; Psicosocial, que implica las relaciones interpersonales, la dinámica socio-afectiva de
las comunidades y los grupos dentro de los que viven los alumnos, las complejidades propias del proceso de socialización de los niños y los jóvenes y por último, la dimensión educativa, que
incluye la configuración de los escenarios y las actividades en que tienen lugar las relaciones entre iguales”.
Lo anterior, nos lleva a afirmar que en el fenómeno de intimidación juegan un papel importante las relaciones personales, el desarrollo que busca el individuo, el contexto en donde se desarrolla el sujeto, la cultura y principios con que se configura la institución educativa y el desarrollo de los modelos de disciplina; al igual que los escenarios, sistemas de comunicación y el clima socio-afectivo que se desarrolla en la escuela. Como adultos significativos para los estudiantes debemos tener la capacidad de identificar diferentes momentos de la vida en el aula y en la escuela y cómo estos afectan y en ocasiones determinan las relaciones interpersonales de los estudiantes y su convivencia con los demás actores del escenario educativo, reconociendo que algunos de esos comportamientos pueden estar asociados o influidos por situaciones sociales o familiares vividas fuera de la escuela.
Mooij (1997) encuentra que dependiendo del tiempo que el docente o directivo dedica en el aula a procesos de grupo y relaciones interpersonales, existe una relación con la disminución de los comportamientos y el maltrato entre iguales, lo que invita a considerar la necesidad de crear espacios de reflexión y de atención a los estudiantes como personas con necesidades, virtudes, defectos, habilidades y competencias individuales y colectivas, teniendo en cuenta que cada una de sus realidades de vida ejemplifican su configuración de sociedad.