Siendo el contexto educativo un pilar de relaciones sociales es por ende natural que existan intercambios e interacciones entre docentes, directivos, compañeros y compañeras de clase y en general entre todos los actores de la comunidad educativa. Dichas relaciones se configuran en el espectro entre la amistad, la tensión o el temor, las cuales escenifican una gran cantidad de situaciones de conflicto, eventos agresivos, comportamientos no deseados, actitudes no
controladas o expresiones desadaptadas que irrumpen en la cotidianidad de los estudiantes, las cuales se convierten en experiencias que según Miranda, Jarque y Tárraga ( 2005) , de acuerdo a la forma como se lleven a cabo, pueden ser enriquecedoras o actuaciones relacionadas con alteraciones de la convivencia escolar.
Es así como en un reclamo social que han hecho a gritos, distintas poblaciones en distintos momentos de la historia, han asegurado que la escuela se está convirtiendo en el escenario que cada vez más posibilita y permite la presencia del conflicto. Algunas de las razones para
justificar la afirmación anterior, oscilan entre la pérdida de autoridad por parte de los docentes y directivos en las instituciones educativas o tal vez por la concepción de los últimos tiempos sobre la flexibilidad en el manejo y control disciplinario de los estudiantes o por la norma que se ha
propuesto favorecer a los jóvenes en la garantía del cumplimiento de sus derechos y sin límites se llega fácilmente al abuso de tal protección.
Bajo estos argumentos hemos podido traer a este recuento teórico la visión que desde nuestra propia experiencia como directivos docentes y lo que se percibe al interior de las instituciones en términos de convivencia social, para afirmar tristemente que la escuela se ha tornado ingobernable, asumiendo una percepción de los estudiantes como seres incontrolados e incontrolables, para quienes la norma aparece como permisiva y las sanciones como correctivos son en ocasiones insuficientes ; incluso escudando los episodios de intimidación en el
hacinamiento en las aulas de clase, lo que genera poca motivación académica.
Otro aspecto que debe ser tenido en cuenta es la influencia que ejercen las culturas juveniles en la proyección de expectativas de nuestros estudiantes, al igual que en la manifestación de sus intereses, los cuales se plasman en su estilo de vida, actividades e indumentarias, que les da identidad particular en el grupo; esto bajo la expresión social de características y pensamientos comunes, que dejan ver la necesidad de pertenecer a algún grupo donde puedan obtener poder y ser aceptados, lo que les produce afán por comportarse como el resto de sus compañeros.
Ahora es fácil presenciar al interior de las aulas y desde nuestra propia experiencia como orientadores de instituciones educativas, situaciones en las que se dejan ver expresiones de agresividad, de falta respeto, de desacato a la norma; ya no se pide permiso al docente para levantarse del puesto o para salir del aula, cada vez se presenta más la interrupción de clases, los
enfrentamientos entre compañeros y por qué no decirlo, ya no es manejable la altanería y la respuesta soez con que los estudiantes se dirigen a sus docentes cuando difieren en sus ideas. Por esto, necesariamente tenemos que plantearnos interrogantes ante la idea de que la escuela está alimentando la formación de seres que con facilidad presentan expresiones de agresividad y que cada vez se tornan más intolerantes, lo que de cualquier manera está propiciando una dinámica de intimidación escolar.
No basta entonces con dar una mirada desde lo que implementa el docente y menos aún desde lo que éste espera, sino que es preciso revisar la perspectiva desde los derechos y responsabilidades de los estudiantes frente a las relaciones que entablan, particularmente las referidas a los adultos que les rodean y quienes en ocasiones imponen decisiones, proyectos o planteamientos. En ese sentido no deja de ser un punto de reflexión, considerar que la presencia de estudiantes víctimas de intimidación en las aulas de clase, donde se ha tenido la oportunidad de hacer un análisis sobre el papel asumido por los estudiantes y los adultos, con docentes que ejercen esta acción sobre sus estudiantes (Chapell, Casey, Forman, De la Cruz -2004). Por lo tanto, el fenómeno de intimidación desarrollado al interior de la escuela debe interpelar a docentes, directivos, estudiantes y a todos los involucrados en la educación, permitiendo que la escuela funcione como una ventana para mirarnos como individuos y como sociedad.
Parafraseando a la licenciada Myriam Luz Mora Cely, psicoorientadora del Colegio La Salle de Bogotá en su publicación sobre este fenómeno en el periódico Panel de Expertos de la Secretaría de Educación del Distrito Lasallista de Bogotá, son muchos los factores que están cooperando con la profundización del fenómeno y hoy en día se observan situaciones que
inciden fuertemente en el desarrollo de la personalidad agresiva: la desintegración familiar, la falta de una adecuada enseñanza de los límites, la exposición de la violencia a través de medios de comunicación, la integración de grupos que comparten ideologías con orientación negativa o violenta, así como una sociedad incierta, con condiciones de exclusión y desigualdad social que brinda pocas posibilidades y esperanzas para la población infantil y juvenil.
Es en la escuela como lugar privilegiado de interacciones donde convergen entre muchas otras cosas, la multiplicidad de representaciones, relaciones entre estudiantes y docentes, actos cotidianos, a veces repetidos y sistemáticos; donde existen múltiples estructuras de autoridad, de poder y de reconocimiento de intervención de diversidad cultural; docentes poco capacitados para enfrentar las situaciones adversas que puedan darse; estructuras políticas y gubernamentales ineficientes, cambios familiares y sociales, reformas al sistema y otros factores que representan patrones de vida de una colectividad social. Aunque no es el único lugar de violencia, pero sí es un lugar privilegiado donde la sociedad puede verse a sí misma, porque frente a la violencia en la escuela, la sociedad no reacciona de la misma manera que en otros lugares, pues en ellos se reprime, se sanciona, y se juzga, en la escuela todavía no.