ESPÍRITU SANTO, FUENTE DE SALUD
DEL AGUA Y DEL ESPÍRITU
Ciertamente no podemos morir a nosotros mismos y es imposible autoliberarnos de nuestro egoísmo. No está en nuestras manos ser humildes y generosos. Somos incapaces de vivir en la verdad. Nos resistimos a compartir lo nuestro, a servir al necesitado y a amar al que no nos ama.
No tenemos fuerza para construir el mundo nuevo e implantar la civilización del amor. Mucho menos podemos nacer de nuevo. Esto es obra del Espíritu de Dios en nosotros.
En verdad te digo, el que no nazca del agua
y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios: Jn 3,3.
La comunidad no es obra humana, sino la especialización del Espíritu de Dios que forma y anima el Cuerpo de Cristo. No es fácil aceptar las espinas y heridas, tanto de los demás como las propias. Para ello, necesitamos un amor que supere los límites de lo tradicional y normal
Si con nuestras propias fuerzas nos lanzáramos a poner en práctica los principios evangélicos aquí expuestos, bien pronto nos frustraríamos, ya que rápidamente constataríamos lo limitado que somos como para efectuar obra tan gigantesca.
Cristo Jesús, teniendo en cuenta nuestra fragilidad prometió enviarnos una fuerza de lo alto. Sabiendo que nosotros éramos incapaces de hacer el bien y evitar el mal nos envió un poder que viniera en ayuda de nuestra debilidad:
Yo les enviaré la Promesa de mi Padre. Permanezcan en Jerusalén
hasta que sean revestidos del poder de lo alto: Lc 24,49.
Serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días: Hech 1,5.
La sanación completa sólo es obra del Espíritu Santo. No puede existir alguien con sabiduría integral si su interior permanece enfermo. Cuando el Espíritu Santo no sólo habita en nosotros sino que se transforma en el alma de nuestra alma, la raíz de nuestras motivaciones y la fuerza de nuestra acción, produce en nosotros una personalidad completamente sana en todos los aspectos de la vida.
Podríamos muy bien llegar a decir que el Espíritu Santo es la salud y la medicina que doblega la altivez, endereza lo torcido, calienta lo que está frío y cura nuestras heridas.
El día que nuestro interior sea sano, estaremos inmunes a toda enfermedad somática, psicológica o espiritual.
Su acción se asemeja al sistema inmunológico que no permite la intromisión de virus de pecado ni bacterias de mentiras o esclavitud que perjudiquen nuestra salud integral. Además, nos hace tener control de nuestros pensamientos que son el motor y fuente de nuestras acciones. Ordena también los deseos y apetitos que son causa de frustraciones y depresiones.
Dios ha derramado en nuestros corazones su Espíritu Santo el día de nuestro bautismo. A nosotros nos corresponde no extinguirlo (Cf. 1Tes 5,1) ni entristecerlo (Cf. Ef 4,30), sino permanecer llenos de él (Cf. Ef 5,48).
El Espíritu Santo nos transforma en Cristo Jesús, el hombre sano por excelencia, participando de su vida en abundancia. En esto consiste la perfecta y total sanación.
B. MORIR AL HOMBRE VIEJO
Jesús nos dijo que para entrar al Reino de Dios había que nacer del espíritu. El nuevo nacimiento exige morir al hombre viejo. Esta es precisamente la obra del Espíritu Santo; hacer morir en nosotros todo egoísmo, fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicerías, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes (Cf. Gal 5,19-21).
En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio de sí. Al ir creciendo en la libertad, va eliminando y haciendo desaparecer las obras de la carne, como el vino que cae a un vaso desplaza al agua que éste contenía. Así, no se trata tanto de luchar contra las tendencias egoístas sino primordialmente de permanecer llenos del Espíritu de amor. El termómetro de cuánto Espíritu Santo tenemos es proporcional a la presencia de los frutos del Espíritu enumerados por San Pablo
(Cf. Gal 5,22-23).
El Espíritu Santo nos conduce a entregarnos con alegría al servicio de los demás, en especial de los más necesitados. Esta felicidad es parte de la salud integral que el Señor tiene destinada para nosotros. Sólo el Espíritu de Cristo resucitado nos identifica con el corazón manso y humilde de Jesús, gracias al amor de Dios derramado en nuestros corazones.
Nos vamos transformado en la imagen (de Jesús), cada vez más gloriosos, conforme a la oración del Señor, que es Espíritu:
2Cor 3,17b.
El Espíritu Santo nos sana de temores, rivalidades, inseguridades, complejos de culpa o de no aceptación, que hacen ricos a los psiquiatras. Nos cura de la impresión de que todo mundo está en contra nuestra, que nadie nos quiere o que vivimos hundidos en la soledad. Nos libera de la insaciable necesidad de poseer más, del deseo desenfrenado de poder y de aparentar algo diferente, a lo que somos. En fin, el Espíritu Santo nos sana a niveles tan profundos que ningún psicólogo o psiquiatra alcanzaría.
El poder de lo alto destruye en nosotros la necesidad de competir, que es lo que nos mantiene en pie de guerra. Nos libera de la presión de tener que llegar primero a todas las metas y de ser el solista en el concierto de la vida.
C. SER ARTÍFICES DE LA UNIDAD
La actividad más importante del Espíritu Santo es formar el Cuerpo de Cristo y mantenerlo unido en la diversidad de dones y variedad de ministerios. Es espíritu de unidad. El Espíritu Santo sostiene nuestra comunión con Dios, la unidad de la Iglesia y la integración de nuestra persona.
Quien esté desintegrado en su personalidad, separado de los demás miembros del Cuerpo de Cristo y no mantenga su comunión íntima y permanente con Dios es porque está necesitando urgentemente una nueva efusión de Espíritu Santo.
El Espíritu Santo nos hace tomar conciencia de nuestra pertenencia a la Iglesia de Jesús, por encima de cualquier movimiento o asociación. Cuando nuestro grupo o comunidad toman prioridad sobre el Cuerpo de Cristo, es porque todavía tenemos un espíritu partidista y no el espíritu de unidad: el Espíritu Santo.
Toda división es mutilación de los miembros del Cuerpo de Cristo. El Espíritu Santo preserva la unidad por encima de cualquier diferencia. Él nos sana de las heridas causadas por las divisiones y mantiene unido el Cuerpo de Cristo para vivir de manera saludable.
D. SER LIBRES Y CAPACES PARA PERDONAR
Donde está el Espíritu de Dios, allí está la libertad: 2Cor 3,17.
esclavitud, especialmente de la peor de todas que es el pecado. El Espíritu nos hace libres del pecado en cuanto nos capacita no sólo para vencer la tentación, sino también para cambiar nuestros deseos de tal manera que ya no apetezcamos los frutos de la carne, sino que tendamos a lo bueno, lo justo y lo honorable, porque nuestro interior ha sido transformado.
El Espíritu Santo conforma nuestra mente y nuestro corazón a la voluntad de Dios, de tal manera que ya queremos lo que Dios quiere y su voluntad no es una carga pesada sobre nuestra vida sino “más dulce que un panal de miel” (Sal 118,103).
El Espíritu de la verdad nos libera de los engaños del Padre de la mentira y nos sana. Gracias a Él somos capaces de vivir la verdad que libera, haciéndonos tomar conciencia de nuestra dignidad cristiana, basada en que somos hijos de Dios. Por lo tanto no necesitamos aparentar nada, ya que hemos recibido el mayor don: la filiación divina que nos hace exclamar: “Abbá”; llamar a Dios “papá” (Gal 4,6).
La fuerza que necesitamos para perdonar nos viene gracias al Espíritu Santo. Mucha gente afirma (y con razón): “No puedo perdonar”. Sin embargo, debe quedar bien claro que está a nuestro alcance esa capacidad gracias al Espíritu de Cristo crucificado que perdonó a todos los que lo ofendieron.
El Espíritu de Cristo nos hace fecundos para que, incluso por las heridas que recibimos, nazca una fuente de paz y salud, tanto para nosotros como para los demás.
Reciban el Espíritu Santo. A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados...: Jn 20,22-23.
Antes de enviar Jesús a sus discípulos a perdonar, sopló sobre ellos y los llenó de Espíritu Santo. La relación que existe entre Espíritu Santo y perdón es directa:
Siempre que se hace presente el Espíritu Santo se da el perdón. El odio y el rencor indican su ausencia. El perdón sólo es obra del Espíritu.
E. VIDA EN EL ESPÍRITU
Algunos consideran al Espíritu Santo como una devoción más. Le rezan una novena, hacen aparecer una oración en el periódico o traen una palomita en la solapa.
Más que una devoción, es una vida.
• Es dejarnos sanar del cáncer del egoísmo con su fuego purificador.
• Es renunciar formalmente al orgullo y optar por el camino de las bienaventuranzas. • Es servir, buscando primero el provecho del prójimo que el nuestro.
• Es dejarnos conducir por él, para formar el Cuerpo de Cristo, del cual él es el alma. • Es mantener la unidad del Cuerpo de Cristo por encima de cualquier otro criterio. • Es renunciar a todo pecado o situación de pecado.
• Es perdonar como Cristo en la cruz.
• Es dejarnos conducir por él de tal manera que todas nuestras acciones como Cuerpo de Cristo sean sanas.
• Es, en fin, dejarnos transformar por él en Cristo Jesús.
Esto no significa que le vamos a dejar a Él solo toda la tarea, sino estar convencidos que Él habita en nosotros y que actúa a través nuestro; que se trata de un trabajo conjunto de Él y nosotros; o mejor, Él en nosotros y con nosotros, de manera indivisible.
Por eso, San Pablo no se contenta con una simple devoción, sino que la cataloga como “la vida en el Espíritu”.
F. CURACIÓN DIFÍCIL, PERO SEGURA
Cuando suponemos que la salud nos vendría instantáneamente y sin que nada tuviéramos que hacer, yo les digo que como se trata de una salud permanente y no aparente, completa y no parcial; es costosa y hasta dolorosa, pero ya contamos con el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos que nos garantiza no sólo la recuperación total sino una vida completamente nueva:
El que está en Cristo es una nueva criatura: 2Cor 5,17.
G. PEDIR ESPÍRITU SANTO
En cada momento difícil podemos exclamar: “Señor, yo no puedo; pero con el poder de tu Santo Espíritu me será posible”.
La vida cristiana implica lo natural y algo más al mismo tiempo. La base es natural; esto es, realizar todo lo que hacemos pero con una fuerza superior que nuestra naturaleza no tiene: el Espíritu Santo. Yo solo no puedo servir, no puedo perdonar, entregarme o comprometerme, pero con el poder del Espíritu Santo sí me es posible.
¿Quién de nosotros con sus propias fuerzas es capaz de edificar el Reino de Dios y construir la Iglesia de Jesús? Nadie. Pero si viene el Espíritu Santo, Él lo puede hacer por nosotros, con nosotros y en nosotros.
¿Quién puede vencer el egoísmo, la soberbia y el orgullo? No podemos sin la fuerza sobrenatural que es el poder del Espíritu Santo.
¿Quién de nosotros puede amar como ama Cristo según su mandamiento: “amen como yo los he amado”? Pero él mismo nos prometió la capacidad para hacerlo cuando añadió: “Yo les voy a enviar el amor de mi Padre para que ustedes sepan amar como yo los amo a ustedes”.
La gracia de Pentecostés no se redujo a lo sucedido hace dos mil años, ni sólo cuando recibimos el bautismo en el Espíritu Santo.
Pentecostés es permanente y actual. Se repite tantas veces como sea necesario. Por ejemplo, Pedro recibió Espíritu Santo el domingo de Resurrección (Cf. Jn 20,22), la mañana de Pentecostés (Cf. Hech 2), cuando
predicó frente a las autoridades religiosas de Jerusalén (Cf. Hech 4,8) y seguramente muchas veces más.
Cada circunstancia es una oportunidad para pedir y recibir Espíritu Santo. La oración constante del cristiano debe ser: “Ven, Espíritu Santo”.