ORGULLO Y HUMILDAD
A. ENFERMEDAD DEL ORGULLO a En qué consiste
No se trata del legítimo deseo de superación que Dios puso en el corazón humano; ser mejor, conocer más o ser más capaz, sino de una sed desmedida de ambición que nos hace entrar en competencia con los demás: ser más rico que el otro, más sabio que el compañero, más capaz que el vecino. De esta manera se está siempre descontento.
El adúltero y el avaro están insatisfechos porque quieren más de lo que tienen; más que los otros.
Esta actitud nos hace estar molestos no sólo con los demás, sino también con nosotros mismos, ya que el orgulloso tiene una ambición insaciable.
b. El orgulloso
Si el lema del egoísta es: “todo para mí”, el del orgulloso es: “Yo soy superior a ti”. Siempre vive en competencia, pero no puede gozar sus triunfos porque sabe que están fabricados con humo de vanagloria.
Generalmente el orgulloso es muy tolerante con sus defectos; siempre los excusa, los explica o los niega, pero es muy exigente con las faltas y limitaciones de los demás. Sus pecados nunca son pecados, pero las fallas de los otros son inexcusables, imperdonables e inolvidables.
El orgulloso critica a su prójimo; calumniándolo si es necesario, para acabar con su prestigio, porque no admite a nadie cerca de sí. Tiene que estar publicando las fallas de otros para de esa manera demostrar su superioridad. No deja que nadie sobresalga junto a él, no permite que ninguno le haga sombra. Por eso, siempre está exhibiendo, magnificando y hasta fabricando imperfecciones ajenas.
Sin embargo, los defectos que más odia en los otros son los mismos que se encuentran en él. El orgulloso no se acepta limitado, por eso sufre tanto con los límites de otros.
Como procura que los demás hablen siempre bien de él, no tolera la crítica ni admite las correcciones, aun las hechas con amor. Siempre se hace propaganda a sí mismo, vive en un pedestal, con incienso fabricado en su imaginación.
El orgulloso es incapaz de amar al pobre, visitar al encarcelado, aceptar al anciano o al que no manifiesta signos exteriores de poder o tener. “Es altivo, vano, iracundo, avaro, envidioso. La sensualidad lo arrastra, la mortificación le
repugna. Es doble, falso, egoísta, murmurador y vengativo. Las cosas divinas le fastidian, vive en cansancio espiritual y el desaliento lo embarga” (Conchita Armida).
El orgulloso nunca abre su corazón de par en par, únicamente conoce la presunción. No tiene amigos, sólo competidores, porque a ninguno valora, con todos compite y nunca entabla una relación franca, porque siempre se siente superior. Vive enemistado con los demás, especialmente con los que ostentan su mismo calibre de orgullo.
El orgulloso se atreve a competir hasta con Dios. No es capaz de arrodillarse ante Él, pues no puede reconocer a otro ser superior, más sabio, poderoso y perfecto que él. En fin, no ora, no sabe alabar y mucho menos adorar a Dios porque todo esto implica mirar para arriba.
Por eso, Santo Tomás de Aquino afirmaba que el mayor obstáculo en nuestra relación con Dios es el orgullo. Por eso, si tenemos problemas con la oración, antes de buscar nuevos métodos o formas de orar, deberíamos examinar el nivel de nuestro orgullo.
El orgullo ataca de una manera sutil a los que tratan de servir a Dios.
• Por orgullo, Lucifer dijo: “No serviré a Dios”. Él no podía estar en segundo lugar y fundó un reino donde él fuera el número uno.
• Por orgullo, Adán y Eva no aceptaron su condición de criaturas y quisieron ser como Dios.
• Por orgullo, Caín mató a Abel, porque no admitió que su sacrificio fuera inferior al de su hermano. La primera muerte en la tierra fue por cuestión de culto.
• Por orgullo, los escribas y fariseos despreciaban a todo mundo y no aceptaron la predicación de Jesús. Su problema no fue de castidad ni de ortodoxia sino de puro celo.
• Por orgullo, los discípulos de Jesús discutían quién era el primero, hasta en la última cena.
• Por orgullo, Hitler quiso ser el líder de una raza superior. Para dominar a “los inferiores” exterminó a seis millones de hombres exactamente iguales a todos nosotros.
• Por orgullo, nos aferramos a los signos de poder que el mundo ofrece: títulos, marcas de prestigio, abundancia de tarjetas de crédito, ser cliente VIP de los establecimientos, etc.
c. Propaganda del mundo
Si analizamos la propaganda, notaremos que constantemente nos está proponiendo la manera de ser superiores. Se nos bombardea desde las formas más sutiles hasta las más descaradas para incensar: ese es el fondo a veces inconsciente, pero presente, en la propaganda de televisión y los cartelones con sus sugestivas imágenes de colores: No se contente con poco si usted puede darse el lujo de tener lo mejor.
• Este televisor, celular o reloj no es para cualquier persona; sólo para gente como usted.
• Este automóvil o comprar su casa en tal lugar le otorga prestigio sobre los demás. • Usted se sentirá superior a todos, si posee la tarjeta de crédito que muy pocos pueden
obtener.
• Este cosmético o aquella ropa, la van a transformar en la mujer más hermosa.
En fin, se fomenta siempre la competencia y el afán de mostrar superioridad ante los demás. Tal vez para muchos ricos es peor pecado el vanagloriarse de sus riquezas que de sus múltiples adulterios. Cuántas veces nos invitan cortésmente: “Venga a visitarme”, pero en el fondo lo que nos quieren decir es: “Venga a admirar mi casa”.
La belleza, el auto, una prenda de vestir, el éxito o el reconocimiento de tal persona son usados como motivos para demostrar superioridad. Son increíbles los heroicos sacrificios y privaciones de artistas y deportistas para ganar un momento de gloria que les hace sentirse superiores a los demás.
El orgulloso presume de lo que carece. Se autopromueve y trata de cubrir su vacío con éxitos artificiales.
Una fría mañana saqué a mi padre, ciego, de la cabaña de madera para dar un paseo por el bosque que olía a pino fresco. Él se detuvo en una curva, y después de un pequeño silencio, levantando su mano, me preguntó:
- Además del trinar de los pájaros y el viento que canta entre las ramas de los árboles, ¿percibes alguna cosa más?
Agudicé mis oídos por algunos segundos, y le respondí: - Estoy escuchando un ruido que se va acercando. - Sí, afirmó mi padre. Es una carroza.
Yo levanté las cejas admirado por la percepción de mi padre. Pero me quedé atónito cuando añadió:
- Es una carroza vacía.
Pregunté entonces, con curiosidad:
- ¿Una carroza vacía? ¿Cómo sabes que viaja sin gente ni mercancía, si está lejos y no puedes verla?
Entonces mi padre me sorprendió con su sabiduría. Colocó su mano derecha sobre mi hombro, y con pausada pero segura voz, me enseñó:
- Es muy fácil saber cuándo una carroza no lleva carga ni mercancía. Cuanto más vacía la carroza, mayor es el ruido que produce.
- “Cuanto más vacía la carroza, mayor es el ruido que produce”-, repetí en voz baja, besándole la mano.
El orgulloso hace alarde de sus éxitos y triunfos porque su carroza está vacía.
d. Enfermedad universal
otros, en nosotros tratamos de ocultarlo, disimularlo o disfrazarlo. Muy fácilmente identificamos a una persona orgullosa, pero nos es muy difícil reconocernos como tales. “Es la enfermedad que siempre aborrecemos cuando la encontramos en los demás, pero que todos padecemos, y al mismo tiempo la más difícil de aceptar en nosotros mismos” (C. S. Lewis).
El orgullo es una realidad intrínseca, inherente a nosotros, como nuestra propia piel; como si formara parte de nuestra naturaleza humana.
Un día entrevistaban al famoso compositor y director de orquesta Leonard Bernstein. La última pregunta parecía muy ingenua:
- ¿Cuál es el instrumento más difícil de tocar en la sinfónica? Sonriendo pícaramente, el maestro respondió sin titubeos:
- El segundo violín. Todo mundo anhela tocar primer violín y existen muy pocos que tengan el mismo entusiasmo e interés para ser segundo violín. Cada músico sueña con llegar a ser primer violín y pocos entienden la importancia del segundo. Las orquestas más famosas del mundo son las que tienen mejores segundos violines, porque todas cuentan con excelentes primeros. Sin el segundo violín no hay armonía, y lo mismo podría decir de la segunda trompeta y la segunda flauta.
La realidad es que a nadie le gusta ser segundo violín en la orquesta de la vida y por eso se compite en guerra a muerte por ser el número uno y así ostentar un crédito que haga sentir superioridad sobre los demás.
A quien todavía no reconoce su orgullo, yo le pregunto: ¿Cómo te sientes cuando te critican, sea justa o injustamente? ¿Cuál es tu reacción cuando alguien trata de mostrarte su superioridad en algún campo? ¿Qué actitud tomas cuando le otorgan a otro el ascenso o nombramiento que esperabas para ti? ¿Qué piensas cuando no te eligen para tal puesto? ¿Qué te pasa cuando felicitan o hablan bien de alguien a quien menosprecias? ¿Cómo respondes cuando te corrigen o te llaman la atención? ¿Qué haces cuando no aceptan tus planes o no toman en cuenta tus opiniones? En fin, ¿cómo te comportas con quien te ignora, te trata con indiferencia o te mira con frialdad? ¿Te gusta exhibir signos de poder o influencia? ¿Aceptas ser segundo violín para que haya armonía?
La verdad, aunque nos cuesta trabajo aceptarlo, es que somos muy orgullosos. El más orgulloso podría ser aquél que ni siquiera se reconoce como tal, sino que se excusa y se justifica, les echa la culpa a otros y no admite sus limitaciones.
La carroza del orgulloso hace mucho ruido porque va vacía.
e. Orgullo apostólico
En el campo del trabajo apostólico, el orgullo se manifiesta en individualismo y activismo. Aflora el orgullo cuando hay competencia de líderes, rivalidad entre los grupos y comparaciones con otros movimientos apostólicos. Aparece el orgullo cuando demostramos que nuestros planes pastorales no sólo son los
mejores, sino los únicos dignos de ser tomados en cuenta; cuando presumimos el número de miembros de nuestra comunidad, los éxitos que obtuvimos, y el reconocimiento y agradecimiento del Obispo para con nosotros.
Orgullo refinado es buscar los dones carismáticos, no para servir a los demás, sino como medallas condecorativas, o aprovecharse de la autoridad para imponerse y dominar.
En un Encuentro Internacional de Líderes me preguntaban los responsables a qué se debía tanta división entre los grupos y entre los líderes. Yo les contesté: “Hay un solo problema y la respuesta la voy a dar en sólo tres palabras. No más, sólo tres: or-gu-llo, orgullo, ORGULLO”.
Ellos esperaban otro tipo de respuesta más descriptiva que ahondara causas y analizara problemas, pero al escuchar mi contestación todos estuvieron de acuerdo.
A veces encontramos personas que comenzaron obras apostólicas maravillosas. Sin embargo, al poco tiempo en vez de alegrarse porque otros trabajan en lo mismo, tienen celos de ellos. Se sienten mal con los éxitos de otros porque quisieran tener el privilegio exclusivo de ser los únicos que trabajan para la gloria del Señor.
El orgulloso no sabe recibir de los demás porque no admite necesitarlos. Él se cree indispensable e insustituible. Por eso se sumerge en un remolino de actividad que lo mantiene en lo superficial. Tiene “complejo mesiánico”, cree que es el único que puede solucionar cada problema y la salvación de la comunidad.
Como tiene tanto trabajo no le queda tiempo para la oración. En el fondo, llega a creer que es capaz de salir adelante por sus propias fuerzas. Jesús no es su Señor. Él es el señor de sí mismo.
f. Consecuencias
El orgullo nos transforma en dardos para herir a los demás y al mismo tiempo nos debilita tanto que nos hace vulnerables ante la menor contrariedad.
El orgullo provoca orgullo, violencia, enojo, discusión, guerras e injusticias. Si pudiera definir el infierno sería como el reino del orgullo. Así como en el infierno no puede entrar nada de amor, en el cielo no puede haber nada de egoísmo ni orgullo.
El día que Santiago y Juan buscaron obtener los puestos más importantes en el Reino, lo único que provocaron fue enojo de parte de todos los demás apóstoles (Cf. Mc 10,41), y que se intensificara más la competencia por el primer lugar.
Hay pecados que producen cierta satisfacción transitoria o cierta unión aparente, sin embargo, el orgullo sólo produce división y conflictos.
No existe ninguna recompensa o compensación agradable o benéfica en el orgullo. Creo que es uno de los pecados más dañinos porque por naturaleza
causa frustración.