Mis recuerdos más desgarradores del Período Especial se rela- cionan con la comida, y en ese rumbo, 1991 fue un año difícil, tras la desaparición de muchas cafeterías y mercados. Mi esposa Norma es de Pinar del Río, yo soy de Holguín, vivíamos en La Habana sin libreta para alimentos, y así se nos iban cerrando los caminos.
Norma ejercía como investigadora en el Instituto de Literatura y Lingüística, yo coordinaba la sección literaria en la Casa del Joven Creador. Nuestros ingresos —a finales de los años 80— eran suficientes para sentirnos más o menos felices en Cuba, pero el trauma económico de los 90 limitó esa ilusión con sus penurias.
Una tarde me sorprendí mirando los gorriones en los parques de Miramar. Esa vez no quería convertir aquel vuelo profundo en escritura poética. Imaginaba una sopa humeante, un fricasé, un arroz con gorriones... y hasta fui a la casa de un señor que en la Habana Vieja tejía jaulas y trampas para cazar todo tipo de pájaros.
Me vinieron a la mente las crueles matanzas que protagoni- zaron los chinos cuando los gorriones invadían sus cosechas de arroz. Yo no podía matar ni una mariposa. Entonces intenté prepararme un bisté de toronja con las especies al alcance. El resultado fue aterrador: fibras con un gusto tan amargo que solo comí por vanidad.
El 15 de noviembre de ese mismo año, casi al amanecer, despedí a Norma que iba a los Estados Unidos y Puerto Rico invitada por la Universidad de Nueva York a impartir unas conferencias. Del aeropuerto me fui al trabajo y regresé a Santos Suárez, el barrio donde vivía, ya en la noche y con un hambre largo como aullido de lobo. En una cafetería de la calle Santa Catalina, hice una cola más larga que mi hambre con la esperanza de alcanzar
una hamburguesa y un refresco oscuro, pero en una hora se extinguieron. La hamburguesa costaba dos pesos. Le ofrecí a un empleado 20 por algún pedazo de pan. Buscó en todas partes y regresó con sus manos vacías.
En el apartamento no había luz. Me tomé un jarro lleno de agua al tiempo. Con la barriga inflada engañé esa noche al hambre y pude dormir en paz hasta el otro día, en que Margarita Masi- ñeira me invitó a desayunar en su casa. Nunca me supieron tan exquisitos un pan con mayonesa y un jugo de mango como esa inolvidable mañana.
Vine a México en febrero de 1992. Una semana después, la maestra Lilí Conde nos llevó a Odette Alonso y a mí a leer poemas en una cárcel. Nuestro público estaba integrado por asesinos, narcotraficantes y violadores. Leí para ellos un poema de Agus- tín Medina sobre su experiencia carcelaria y todos aplaudieron emocionados.
Al terminar la lectura, se me acercaron dos reclusos cubanos. Llevaban años allí desde que fueron detenidos en aguas mexi- canas dentro de un barco con cocaína procedente de Colombia hacia los Estados Unidos. Me invitaron a su celda a comer: con- grí, lechón asado, tostones, ensalada mixta, dulce de guayaba, queso blanco y café.
Aquellos reos perdidos en una prisión sureña habían prepa- rado una comida cubana con todas las de la ley y con un sabor extraordinario para sorpresa mía, que llegaba de Cuba con una gran añoranza alimenticia, y comenzaba a descubrir los prodi- gios mexicanos de su vasta cocina. El encuentro se les volvió casi una fiesta.
La escena era un contraste, y un contraste fue la lectura que cinco años y medio más tarde —en Isla Mujeres— hizo Carlos Jesús Cabrera de su libro El restaurador anónimo, que obtuvo el I Premio Internacional de Poesía Nicolás Guillén. Era un auténtico poemario del Período Especial sobre los alimentos, sin bordes políticos.
Carlos Jesús leyó sus textos, conmovedores y apacibles, mientras sus amigos comíamos en un lujoso restaurante. Más allá del placer, Cabrera les concedía cierta espiritualidad a los sagrados alimentos. Al oír esos poemas, se me hizo un nudo en la garganta y oculté mis emociones, avivadas por la memoria, contemplando el mar.
Aún escucho algunos versos dedicados al huevo: «Desde la di- gestión te glorifico, / humilde soldado [...] como a granadas que mutilan/ las piernas de la muerte. / Voy a guardar tu cáscara/ como reliquia de una batalla/ en los museos de la abundancia, / para que los hombres no olviden esta época/ cuando te lanzamos al rostro/ de la miseria».
Esos y otros recuerdos aciagos pertenecían a la historia y su polvo conciliador hasta que fueron despertados, en diciembre de 2002, cuando Norma y yo paseábamos por Guadalajara con el crítico Enrique Saínz, recién venido de Cuba, quien al descubrir un puesto de pollos rostizados, dijo con voz asombrada: «Esto es una alucinación».
Decidí establecerme fuera de Cuba por dos motivos, uno eco- nómico, otro profesional. Se me volvía angustioso sobrevivir en espacios ilegalmente rentados, con poco y a veces nada que comer, entre múltiples carencias, elementales como el pan y el vino. En mi visita a México, me ofrecieron una plaza de periodista cultural con muchas libertades y opciones para escribir. Es una profesión con la que siempre había soñado.
Me quedé acá, he alcanzado esos y otros sueños, sin desligarme espiritualmente de Cuba. Añoro la vida cultural habanera y la literatura fresca de toda la Isla. Nunca he visto tantas muchachas hermosas juntas como en mi país, ni he sentido otra vez —en ninguna parte— una sensualidad tan honda y danzante como la nuestra. Si no hubiese emergido el Período Especial, me habría quedado para siempre en La Habana.