No asocio lo más duro del eufemístico Período Especial a la escasez de alimentos y a todas las carencias conocidas y des- conocidas que el fatídico trajo consigo, sino con los apagones interminables. Aprecio la luz. Siempre pensé que una luminaria encendida es una conquista de la civilización, de la humanidad toda, de pobres y ricos, y su ausencia en ese período me tocó fuerte.
Ya había habido falta de fluido eléctrico en mis tiempos de es- tudiante en la Universidad, pero fue mucho más corto y menos especial, es decir menos intenso. Yo estudiaba a la luz de una vela medieval posada en un pequeño candelabro, también gótico, porque goteaba; pero tenía una ventaja, era joven. El que haya vivido un poco sabe que en lo relativo a esa última palabra no hacen falta más comentarios.
Decía que en esta nueva experiencia, ya en la madurez, Período Especial y lobreguez se amalgaman y componen una imagen oscura en mi mente. Un cuadro negro, al lado de otro cuadro negro y otro cuadro negro repentino, que sustituye a la realidad llena de color sin avisar, sin preparación paulatina.
Esa falta de luz súbita, y todas las modalidades de la oscuridad —incluso la de la mente humana— son carencias que me trans- forman en un ser rebelde y abatido. En vano me daba terapia de todo tipo y me inventaba historias, en vano me trataba de consolar pensando en personas que siempre estaban en la oscu- ridad: mi alma se descolgaba a la tristeza, al desasosiego.
En esa época las personas trataban de pasar las horas de tinieblas de diversos modos, con entretenimientos de infinita imaginación, incluidos los juegos. Escribí el relato «Efectos se- cundarios» —que aparece en la antología Mujeres como islas—, basado precisamente en un apagón, aunque no se menciona la palabra, y hay un rejuego entre lo real y lo onírico.
He trabajado toda mi vida a todas horas —y uno trabaja ob- servando, leyendo, escuchando, escribiendo, editando un libro, analizando la realidad política, sufriendo, riendo, consiguiendo el sustento, limpiando, experimentando un plato en la cocina—, pero el largo apagón me impedía toda actividad productiva. Ha- bía que sentarse horas frente al Tiempo Perdido. ¡Oh, Marcel Proust!
Solía salir a la azotea donde vivo a hacer cosas irracionales y a hablar conmigo misma, a veces a pensar, como diría la escritora Denia García Ronda, en las musarañas; pero mis pensamientos no siempre eran optimistas ni musarañeros. Más bien pensaba en las telarañas que le estaban saliendo a los libros que tenía que leer. No podía hacerlo, como antaño, bajo la luz de una vela, porque ya mi vista no era 20-20, más bien era menos 20-20.
Me ponía a observar, no obstante, lo más evidente: los luceros. Las estrellas en una azotea, en una noche negra, en medio de un apagón, son impresionantes, y una se siente insignificante y solitaria frente ellas. Una es una gota de universo. No obstante, una pizca de universo que puede reflejarlas y pensar acerca de ellas. De todos modos, la belleza del firmamento y su magia, su profundo misterio —estemos o no en un siglo tecnológico, don- de los grandes aparatos para comunicarnos no han aumentado demasiado la verdadera comunicación entre las naciones, entre los hombres—, nos pone a reflexionar, pero los apagones eran demasiado frecuentes y mi diálogo filosófico con la estratosfera tenía sus límites. Concluí que me sirven poco la visión de las estrellas, el pensamiento filosófico o la especulación, ante la oscuridad inapelable y frecuente.
Lo sufría mucho menos cuando estaba acompañada de personas queridas o familiares, sobre todo de una persona muy cercana que murió a mediados del año 2009, Cuqui Ponce de León. Apagón y Período Especial también ahora se me hacen nostalgia, con una luminosidad que fue la amistad de la inteligente Cuqui, sobre todo para calibrar a las personas. Una pionera de la televisión, directora de teatro, y una mujer valiente.
Rememoro el apagón y veo otra vez las imágenes de las peregri- naciones —en conjunto con Cuqui Ponce y la mayor de sus hijas, Celia— a casa de una vecina que tenía electricidad, porque vivía cerca de un hospital. Esto último era como sacarse el Premio
Iluminación Paralela. Antes de emigrar —las tres, siempre jun- tas, haciéndonos compañía la una a las otras— conversábamos en la negrura del apagón, sentadas en el viejo y decimonónico portal de la casa de Cuqui. Casi siempre ella rememoraba episodios de su trabajo en la televisión o en el teatro, o me hacía anécdotas sobre ciclones y personas aciclonadas. Al rato, atravesábamos el parque John Lennon, con cuidado de no pisar la raíz de un árbol en las tinieblas y nos íbamos las tres a regiones civilizadas a varias cuadras de su casa.
Ahí teníamos que agradecer la solidaridad de una amiga llamada Madaly, que nos acogía dichosa en la cuadra cercana y distante de la oscuridad primitiva. Entonces, en esa zona de luz, todo era actividad y entusiasmo. La conversación se hacía más agradable y tónica. Salía a relucir el sentido del humor de Muti, como llamábamos a Cuqui los que la queríamos. Y esa era la parte iluminada. Sí, el Período Especial fue para mí un tiempo apagado y lleno de carencias; pero con el fulgor de la solidaridad de los verdaderos, eternos, amigos.